El final del desfile

Ford Madox Ford

Fragmento

tán Mackenzie podía hacer lo que gustase. El sargento mayor le dijo al capitán Mackenzie que el capitán Tietjens se preocupaba tanto por ese destacamento de andrajosos como si fuera un furriel de los Coldstream9 de

Chelsea y estuviera encargado de garantizar la partida de uno de sus destacamentos. El capitán Mackenzie replicó que por eso mismo siempre resolvían el papeleo cuatro días antes que cualquier otro IBD del campamento. Era todo lo que tenía que decir, añadió de mala gana y volvió a hundir la cabeza entre los papeles. A Tietjens le pareció que el barracón se movía lentamente arriba y abajo. Era como si acabaran de golpearle en el estómago. Así le afectaban siempre las impresiones. Se dijo que tenía que serenarse como fuese. Cogió un trozo de papel de estraza con sus pesadas manos y escribió en él una columna de letras gruesas y húmedas:

Ea
b
b
a
a
b
b
a, y demás…

En tono oprobioso le dijo al capitán Mackenzie:
—¿Sabe lo que es un soneto? Deme las rimas de un soneto. Ahí tiene el esquema.

Mackenzie gruñó:
—Pues claro que sé lo que es un soneto. ¿A qué viene esto? Tietjens dijo:
—Deme las catorce rimas finales de un soneto y yo le escribiré los versos. En menos de dos minutos y medio.

Mackenzie replicó ofendido:
—Si lo hace, yo lo traduciré en hexámetros latinos en tres. En menos de tres minutos.

Eran como hombres que estuviesen dirigiéndose insultos mortales el uno al otro. Para Tietjens era como si hubiese un inmenso gato desfilando, fascinado y fatídico, alrededor de aquel barracón. Se había imaginado lejos de su mujer. No había oído hablar de ella desde que se marchó de su piso a las cuatro de la mañana hacía meses y eternidades, con el alba apuntando sobre las caperuzas de las chimeneas de los tejados georgianos de enfrente. En el silencio absoluto del amanecer había oído su voz diciéndole claramente: «Paddington»10 al chófer, y luego todos los gorriones se despertaron y empezaron a cantar a coro… De pronto se le ocurrió la espantosa idea de que podría no haber sido la voz de su mujer la que había dicho «Paddington», sino su doncella… Era un hombre que se regía por unas rígidas normas de conducta. Y una de ellas era: «No pienses en nada que te produzca un gran sobresalto en el momento de producirse el sobresalto». La imaginación en esos casos se vuelve demasiado sensible. Las causas de una gran impresión deben analizarse en su conjunto. Si la imaginación las considera cuando es demasiado sensible, sus conclusiones serán demasiado drásticas. Así que le dijo a Mackenzie:

—¿Todavía no tiene las rimas? ¡Maldita sea!

Mackenzie rezongó en tono ofensivo:
—No. Es mucho más difícil inventar rimas que escribir sonetos… Muerte, trabajo, destajo, inerte… —Se interrumpió.

—Fuerte, hatajo, abajo, deserte —dijo con desprecio Tietjens—. Sus rimas parecen elegidas por una jovencita oxoniense… Vamos… ¿Qué es lo que pasa ahora?

Junto a la mesa cubierta por la manta había un oficial muy avejentado y de aspecto muy poco marcial. Tietjens sintió haberle hablado con brusquedad. Tenía una barba blanca grotescamente rala y cana. ¡Y patillas blancas! Debía de haberlas llevado durante todo el tiempo que había pasado en el ejército, ¡pues ningún oficial superior —ni siquiera un mariscal de campo— habría tenido el valor de decirle que se las quitara! Eran como un símbolo de su patetismo. Aquel objeto fantasmal se estaba disculpando por no haber sido capaz de contener al destacamento, le estaba pidiendo a su superior que tuviese en cuenta que esas tropas coloniales carecían del menor instinto de disciplina. Ninguno en absoluto. Tietjens reparó en que llevaba una cruz azul en el brazo derecho donde suelen estar las cicatrices de las vacunas. Imaginó a los canadienses hablando con aquel héroe… El héroe empezó a hablar del mayor Cornwallis del RASC.

Tietjens preguntó con desinterés:
—¿Hay un mayor Cornwallis en el ASC? ¡Dios mío!

El héroe replicó con desmayo:
—En el RASC.

Tietjens respondió con amabilidad:
—Sí. Sí. El Royal Army Service Corps.

Era evidente que, hasta ahora, había considerado el «Paddington» de su mujer como la despedida definitiva entre los dos… La había imaginado como Eurídice, alta, pero pálida y borrosa, perdiéndose de nuevo entre las sombras… Che faro senz’ Eurydice…?,11 tarareó. ¡Absurdo! Y, por supuesto, podía ser que quien hubiese hablado fuera la doncella… Ella también tenía una voz cristalina. Así que la palabra mística «Paddington» podía no ser ningún símbolo y Sylvia Tietjens, lejos de estar pálida y borrosa, podía estar liándose con la mitad de los oficiales del Estado Mayor desde Whitehall hasta Alaska.

Mackenzie —desde luego, parecía un maldito oficinista— estaba copiando las rimas, que sin duda había encontrado por fin, en otra hoja de papel. Lo más probable era que tuviese manos redondas de chupatintas. Seguro que iba pronunciando las palabras para sí mientras las escribía. Así eran hoy los oficiales de Su Majestad. Un tipo inteligente y moreno. De los que pasan hambre en su juventud y consiguen todas las becas que ofrece la escuela pública. Sus ojos eran demasiado grandes y negros. Como los de un malayo… O de cualquier otro integrante de una puñetera raza sometida.

El tipo del ASC sin duda había estado hablando de caballos. Había ofrecido sus servicios para estudiar el tipo de conjuntivitis aguda que estaba diezmando los caballos en el frente. Había sido profesor —ciertamente profesor— en una facultad de herradores o algo parecido. Tietjens dijo que, en ese caso, debería estar en el AVC, o tal vez fuera el Royal Army Veterinary Corps. El hombre respondió que no lo sabía. Pensaba que el RASC había requerido sus servicios para cuidar de sus propios caballos…

Tietjens dijo:
—Le diré lo que puede hacer, teniente Hitchcock… Qué demonios, está usted un poco grueso… —El pobre hombre, salido a sus años de los claustros de alguna universidad provinciana…, ciertamente no tenía aspecto de ser un jinete muy atlético…

El viejo teniente replicó:
—Hotchkiss…

Y Tietjens exclamó:
—Por supuesto, Hotchkiss… He visto su nombre al pie de un documento que recomendaba el linimento de caballos Pigg’s… En fin, si no quiere usted llevar este destacamento al frente… Aunque yo le recomendaría que… Es sólo un paseo hasta Hazebrouck… No, Bailleul… El sargento mayor dirigirá a los hombres por usted… Y habrá estado en las líneas del Primer Ejército y podrá contarles a sus amigos que estuvo en servicio activo en el frente… —Su imaginación le dijo, mientras seguía pronunciando palabras…: «Entonces, Dios mío, si Sylvia se está interesando por mi carrera, seré el hazmerreír de todo el ejército. ¡Llevo pensándolo diez minutos…! ¿Qué hago ahora? ¿Qué demonios hago ahora?». Una especie de velo de crepé negro pareció cubrirle la visión… El hígado…

El teniente Hotchkiss dijo con dignidad:
—Quiero ir al frente. Quiero ir al frente de verdad. Me han declarado A1 esta misma mañana.12 Estudiaré las reacciones sanguíneas de los caballos bajo el fuego enemigo.

—Veo que es usted un tipo valiente —dijo Tietjens. No podía hacer nada. Las asombrosas actividades de las que sería capaz Sylvia harían que el ejército entero se desternillase de risa. Gracias a Dios, no podía ir a Francia, a aquel lugar, aunque sí suministrar escándalos a los periódicos que leían todos los Tommies. No había nada de lo que no fuera capaz. En su círculo de amigas lo llamaban «tirar del cordón de la ducha».

Nada. No podía hacer nada… La condenada lámpara estaba humeando—. Le diré lo que tiene que hacer —le dijo al teniente Hotchkiss.

Mackenzie le había puesto delante la hoja de papel con las rimas. Tietjens leyó: Muerte, trabajo, destajo, inerte…, diserte, ¡maldito cockney!, cabizbajo, cascajo…

—Me habría dejado matar —exclamó Mackenzie con una sonrisa perversa—, antes que darle las rimas que me había sugerido usted…

El oficial dijo:
—Por supuesto, no quiero molestar si está usted ocupado.
—No me molesta —replicó Tietjens—. Para eso estamos. Pero le sugiero que, de vez en cuando, responda usted «señor» al oficial al mando de su unidad. Causa buen efecto entre los hombres… Ahora, vaya a la antesala de la habitación de oficiales del IBD n.º XVI…, donde está la mesa de billar rota…

La voz del sargento mayor Cowley dijo tranquilamente desde fuera: —¡A formar! Los hombres que tengan sus papeles y las tres placas de identificación a la izquierda. Los que no, a la derecha. Quien no haya podido conseguir mantas, que informe al sargento primero Morgan. No lo olvidéis. Donde vais no conseguiréis ninguna. Quien quiera hacer testamento en su cartilla militar o en cualquier otra parte, que le pregunte al capitán Tietjens. Quien quiera sacar dinero, que hable con el capitán Mackenzie. Los RC que quieran confesarse, una vez tengan los papeles en regla, encontrarán al cura en el cuarto barracón a la izquierda al salir de aquí… Y bien amable que es el reverendo padre por atender a una pandilla de borregos como vosotros que echan a correr como niños en cuanto ven un pequeño incendio. Antes de una semana estaréis corriendo en dirección opuesta, Dios sabe por qué os quieren allí. Parecéis una pandilla de niñatos recién salidos de la escuela dominical. Eso es lo que parecéis, gracias a Dios que tenemos a la marina.

Aprovechando la distracción, Tietjens había estado escribiendo: «Ahora que afrontamos los golpes de la Muerte», mientras le decía al teniente Hotchkiss:

—En la antesala de IBD encontrará a un montón de malditos Glamorganshire emborrachándose y hojeando La Vie Parisienne… Pídale a cualquiera de ellos… —Escribió:

cuando entre los cadáveres y el arduo trabajo, en villas y mercados se labore a destajo…

—¡Y esto le parece difícil! —le dijo a Mackenzie—, pero si ha escrito la oda de un enterrador sólo con las rimas. —Y siguió diciéndole a Hotchkiss—: Pídale a quien usted quiera, siempre que sea un oficial PB… ¿Sabe lo que significa PB? No, no me refiero al pobre B****y, sino a un oficial asignado permanentemente a la base. No apto… Si querría llevar un destacamento a Bailleul.

El barracón se estaba llenando de hombres lentos y desgarbados vestidos de marrón amarillento. Arrastraban los pies con desánimo; soltaban petates de lona en el suelo y sostenían en sus manos iletradas unas cartillas abiertas que se les caían de vez en cuando. Desde fuera llegaba un rumor de voces que aumentaba y disminuía, a veces parecía una risa y a veces una amenaza, luego los motivos se entremezclaban como en una fuga, como el mar en una playa de cantos rodados. A Tietjens de pronto le pareció extraordinario lo encerrado en sí mismo que pasaba uno la vida… Se sentó y garrapateó a toda prisa: «Y un viejo espectro exhale su aliento inerte…, y, vanidad de vanidades, el cura diserte…: “No más desfiles, se acabó el marchar cabizbajo…”». Le estaba diciendo a Hotchkiss, a quien, obviamente, le daba reparo abordar a los Glamorganshire en su antesala… «“Nuestros miembros exangües sobre el frío cascajo…”», que no creía que ningún oficial PB se negase. Irían a celebrarlo al frente en un vagón de primera y conseguirían un permiso y además una paga del mando… «“Sin adornos funerarios, nuestra alma sin suerte…”» Si alguno se niega, envíeme su nombre y lo asignaré a tareas especiales…

La marea marrón de hombres había llegado ya a sus pies. Con las extraordinarias complicaciones de cualquier vida, incluso de la más sencilla… Había un tipo a su lado… El soldado Logan, antes nada menos que soldado de caballería de los Inniskilling,13 y nada menos que propietario de una lechería en las afueras de Sidney, que está en Australia. Un hombre con los problemas sentimentales y la desenvoltura de un soldado de los Inniskillings, el acento cockney que adorna a los habitantes de Sidney y una absoluta desconfianza en los abogados. Y, por otro lado, una fe ciega en Tietjens. Por encima de su hombro —era rubio y alto, y las insignias le brillaban como si fueran de oro—, le miraba una cara café-aulait de nariz aguileña: un mestizo de una de las Seis Naciones,14 que había sido chico de los recados de un médico en Quebec… Tenía problemas, pero era difícil entenderle. Detrás, moreno y atezado, con ojos truculentos y acento irlandés, había un licenciado por la Universidad McGill que había sido profesor de idiomas en Tokio y tenía una cuenta pendiente con el gobierno japonés… Y más caras en fila de a dos que daban la vuelta al barracón…, como polvo, como una nube de polvo que se abate sobre un paisaje, cada uno de ellos con problemas y ansiedades absurdas, aun cuando no te atosigaran personalmente con ellas… Polvo marrón…

Dejó esperando al Inniskilling mientras garrapateaba a toda prisa el sexteto del soneto que debería aclarar un poco su significado. Por supuesto, la idea general era que uno iba al frente, o cerca de él, y no había sitio para pretensiones, simbolizadas por funerales onerosos. Podría decirse: «Nada de flores por obligación… ¡No más desfiles…!». También tuvo que explicarle, mientras lo hacía, al heroico veterinario sexagenario que no debía avergonzarse de ir a la sala de oficiales de los Glamorganshire a reclutar hombres. Los Glamorganshire le prestarían a Tietjens a todos los oficiales PB que no tuvieran otra labor asignada. El teniente Hotchkiss podía hablar con el coronel Johnson, a quien encontraría en el comedor cenando tranquilamente. Era un hombre amable y comprensivo y sabría apreciar el deseo de Hotchkiss de no ir al frente inútilmente. Hotchkiss podía ofrecerse a echarle un vistazo al corcel del coronel, un caballo de guerra alemán, capturado en el Marne y llamado Schomburg, que había dejado de comer… Añadió: «Pero no le haga nada a Schomburg. ¡Yo monto ese caballo!».

Le pasó el soneto a Mackenzie, que estaba contando billetes franceses y monedas de aspecto dudoso con aire de preocupación ante un trasfondo de rostros, piernas y brazos de color caqui…

¿Para qué demonios querrían sacar dinero los hombres —a veces sumas muy considerables, pues a los canadienses les pagaban en dólares que cambiaban a la moneda local— cuando iban a partir en una hora o así? Pero siempre lo hacían y sus cuentas estaban siempre en un estado increíblemente embrollado. Mackenzie tenía motivos para estar preocupado. Lo más probable era que al acabar la tarde tuviera un descubierto de cinco libras por pagos no autorizados. Si sólo tenía su paga y una mujer extravagante a la que mantener, eso bastaría para asustar a cualquiera. Pero eso era problema suyo. Le dijo al teniente Hotchkiss que fuese a charlar con él a su tienda, que estaba junto a la sala de oficiales. Sobre caballos. También él sabía un poco de caballos. De manera sólo empírica, claro.

Mackenzie estaba mirando el reloj.
—Ha tardado dos minutos y once segundos —dijo—. Daré por sentado que se trata de un soneto… No lo he leído, porque aquí no puedo traducirlo al latín… No tengo su habilidad para hacer once cosas al mismo tiempo…

Un hombre con gesto preocupado, con un petate y una cartilla, estaba examinando los números por encima del hombro de Mackenzie. Le interrumpió con un marcado acento americano para decirle que nunca había sacado catorce dólares setenta y cinco centavos en los Cuarteles Thrasna de Aldershot.

Mackenzie le gritó a Tietjens:
—¿Lo comprende? No he leído su soneto. Lo traduciré al latín en la sala de oficiales en el tiempo acordado. No quiero que piense que lo he leído y que aprovecho el tiempo para pensarlo.

El hombre que tenía al lado le dijo:
—Cuando fui a ver al pagador canadiense, en el Strand, en Londres, la oficina estaba cerrada…

Mackenzie exclamó con furia:
—¿Cuánto tiempo lleva de servicio? ¿Todavía no ha aprendido que no se debe interrumpir a un oficial cuando está hablando? Arrégleselas con su condenado pagador colonial. A mí me consta que tiene usted dieciséis dólares y treinta centavos. ¿Quiere sacarlos o dejarlos?

Tietjens dijo:
—Conozco el caso de ese hombre. Envíemelo. No es complicado. Tiene el cheque del pagador, pero no sabe cómo cobrarlo y, por supuesto, no quieren darle otro…

El hombre, de rasgos toscos, tardos y atezados, inspeccionó a los dos oficiales con ojos escrutadores como si tuviera el viento de frente y la luz lo cegase. Empezó una larga historia acerca de los cincuenta dólares que había perdido jugando a las cartas y que le debía Bill el Orejas. Tal vez fuese medio chino, medio finlandés. Siguió hablando preocupadísimo por su dinero. Tietjens se ocupó del caso del ex soldado de los Inniskilling de Sidney y del licenciado en McGill que había sufrido un agrario por parte del ministro japonés de Educación. En conjunto resultaba muy complicado. «Cualquiera diría —se dijo Tietjens— que con esto bastaría para distraerme.»

El espigado soldado de caballería tenía una historia sentimental muy complicada. Era difícil darle consejos en presencia de sus camaradas. Él, no obstante, no era recatado. Le habló de una chica llamada Rosie a la que había seguido desde Sidney hasta la Columbia Británica, de otra llamada Gwen a la que había conocido en Aberystwyth y de una mujer llamada señora Hosier con quien había convivido maritalmente en Berwick St. James, cerca de la llanura de Salisbury, aprovechando un permiso. Le habló de todas ellas con detalle, sin prestar atención a la voz monótona del mestizo chino, y le explicó que quería que cada una de ellas se llevase alguna cosa como recuerdo, si una bala se cruzaba en su camino. Tietjens le dio el borrador del testamento que le había redactado, le pidió que lo leyera con atención y lo copiara de su puño y letra en su cartilla militar. Luego Tietjens firmaría como testigo. Él le preguntó: «¿Cree usted que este testamento haría que mi mujer de Sidney me abandonara? No creo. Es muy persistente. Como un arrancamoños. Dios la bendiga».

El licenciado por McGill estaba a punto de introducir una nueva complicación en la historia de sus problemas con el gobierno japonés. Por lo visto, aparte de su labor puramente escolar, había invertido un poco de dinero en un manantial de agua mineral cerca de Kobe, cuya agua embotellada se exportaba a San Francisco. Por lo visto, la compañía había incurrido en varias irregularidades según las leyes japonesas, pero Tietjens permitió que un canadiense francófono, que había tenido algunas dificultades para conseguir su certificado de bautismo en una misión del Klondike, interrumpiera la historia del licenciado; y varios hombres, que no tenían otra complicación que conseguir que les firmasen los papeles para poder escribir una última carta a sus casas antes de la partida del destacamento, avanzaron en masa hacia el escritorio de Tietjens.

El humo de las pipas de los NCO que había al otro extremo de la habitación flotaba opalescente por debajo de las lámparas que colgaban sobre cada mesa; botones y minerales brillaban en el aire que el omnipresente caqui parecía teñir de marrón, como en una nube de polvo. Voces nasales, guturales y gangosas se mezclaban en un guirigay en el que la cantinela chillona y profana de un NCO galés: «¿Por qué demonios no has traído tu 124? ¿Por qué **** demonios no has traído tu 124? ¿Es que no sabías que tenías que traer el maldito 124?», parecía gemir trágicamente en el silencio… Fue pasando la tarde. Tietjens se sorprendió al mirar la hora y ver que eran sólo las nueve y veinte. Tenía la sensación de llevar más de diez horas pensando soñoliento en sus asuntos… Pues, al fin y al cabo, éstos eran sus asuntos… Dinero, mujeres, problemas testamentarios. Cada una de esas complicaciones del otro lado del Atlántico y del mundo entero eran también problema suyo: un mundo quebrantado; un ejército que se ponía en marcha en mitad de la noche. A empujones. De cualquier modo. Y con exageración. Una sección lateral del mundo…

Al echarle un vistazo al historial médico de un hombre que tenía cerca reparó en que lo habían clasificado como C1…15 Era obviamente un error por parte del tribunal médico o de uno de los celadores, que había escrito C en lugar de A. Se trataba del soldado raso 197394, un trozo de carne de ternera de rostro brillante, que había trabajado como peón en la Columbia Británica en las inmensas fincas de Rugeley, el portentoso y ducal primo segundo de Sylvia Tietjens. Era una molestia doble. Tietjens no quería que le recordaran al primo segundo de su mujer, porque no quería que le recordasen a su mujer. Había decidido dejar que sus pensamientos se explayaran sobre el particular cuando estuviese caliente en su tienda llena de pulgas que olía a parafina y en cuyas paredes de lona crujía la escarcha y brillaba la luna… Ya pensaría en Sylvia a la luz de la luna. ¡Estaba decidido a no hacerlo ahora! Pero el soldado raso 197394 Thomas Johnson era un incordio y Tietjens se maldijo por haber hojeado su historial médico. Si aquel patán absurdo era C316 no podía estar destinado en un destacamento… ¡Ni siquiera si fuese C1! Daba igual. En ambos casos tendrían que buscar a otro hombre para reemplazarlo y eso sacaría al sargento mayor Cowley de sus casillas. Levantó la vista buscando los ojos ingenuos, saltones, brillantes, líquidos y azulados de Thomas Johnson… Aquel tipo no había estado enfermo en su vida. No podía haber estado enfermo…, salvo por un atracón de cerdo guisado…, y diez contra uno a que, aunque le dieran una pastilla de caballo, no le quitarían el dolor de estómago…

Sus ojos se cruzaron con la mirada huidiza de un tipo moreno, delgado y elegante, con una llamativa cinta escarlata en el sombrero, muchos dorados en el uniforme caqui y pequeñas tiras de cota de malla de acero en los hombros… Levin… Coronel Levin…, GSO II, o algo parecido, uno de los ayudantes del general lord Edward Campion… ¿Cómo demonios se entrometían esos tipos en momentos de tanta intimidad entre los jefes de las unidades y sus hombres? Se colaban nadando como peces en un tanque lleno de agua marrón y de pronto a su lado…, ¡espías! Los hombres se habían puesto en posición de firmes y lo miraban boquiabiertos. El solícito sargento mayor Cowley corrió al lado de Tietjens. Uno protege a sus oficiales de los hombres del Estado Mayor igual que protege a su bebé de las corrientes de aire. El moreno, brillante y alegre jerifalte dijo con un leve ceceo:

—Veo que están ocupados. —Podría haber estado allí un siglo y tener otro siglo que perder—. ¿Qué destacamento es éste?

El sargento mayor Cowley, siempre atento por si su oficial no sabía su propio nombre o el de su unidad, respondió:

—IBD n.º 16. Primera División Canadiense, Destacamento de Reemplazo Número Cuatro.

El coronel Levin dejó escapar el aire entre los dientes con un ceceo. —Así que el destacamento del 16 no ha salido todavía… ¡Vaya, vaya, vaya…! El Primer Ejército nos va a zurrar de lo lindo… —Utilizó sus palabras como si las hubiera envuelto en algodón perfumado.

Tietjens se había puesto en pie. Conocía muy bien a aquel tipo, que había sido un horrendo pintor de acuarelas de sociedad, de buena familia por el lado de su madre, de ahí la quincalla de caballería que llevaba sobre los hombros. ¿Sería de buen…, digamos de buen gusto, explotar? Dejó que hablara el sargento mayor. Cowley era un NCO de mucho peso porque conocía diez veces mejor su trabajo que cualquier oficial del Estado Mayor. El sargento mayor explicó que había sido imposible despachar antes al destacamento. El coronel dijo:

—Pero sin duda, sargento mayor… —El sargento, convertido en un deferente empleado de un almacén de ropa para señoras, observó que habían recibido órdenes urgentes de no dejar partir al destacamento sin los cuatrocientos ferroviarios canadienses que debían llegar de Etaples. Los hombres no habían llegado a la estación de ferrocarril hasta las cinco y media. Traerlos a pie hasta aquí había costado otros tres cuartos de hora. El coronel insistió—: Pero sin duda, sargento mayor…

El bueno de Cowley lo mismo podría haberle contestado «señora» o «señor» al de la gorra con la banda roja… Los cuatrocientos habían llegado sólo con lo puesto. La unidad había tenido que sacarlo todo del depósito de suministros: botas, mantas, cepillos de dientes, tirantes, rifles, munición, placas identificativas. Y ahora eran las nueve y veinte… En ese momento, Cowley permitió que su oficial al mando dijera:

—Debe comprender usted que trabajamos en condiciones extremadamente difíciles, señor…

El distinguido coronel estaba sumido en la contemplación absorta de sus elegantes rodillas.

—Lo sé, por supuesto… —ceceó—. Muy difíciles… —La cara se le iluminó y añadió—: Pero debe usted admitir que es muy desafortunado que… Debe usted admitir que… —No obstante, el peso volvió a posarse sobre su imaginación.

Tietjens dijo:
—Supongo, señor, que no somos más desafortunados que cualquier otra unidad en la que se dé un control doble de los suministros…

El coronel respondió:
—¿Cómo? Doble… ¡Ah!, veo que está usted ahí, Mackenzie…, lo veo a usted muy bien…, en plena forma, ¿eh?

En el barracón reinó un silencio absoluto. La rabia por el tiempo que estaban perdiendo le hizo decir a Tietjens:

—Comprenderá usted, señor, que somos una unidad cuyo propósito principal es proporcionar suministros con los que equipar a los destacamentos… —Aquel tipo los estaba retrasando de un modo atroz. ¡Se estaba sacudiendo las rodillas con un pañuelo!—. Esta tarde ha muerto un hombre entre mis brazos porque, para conseguir cascos para mi puesto de mando, tenemos que solicitarlos a Dublín mediante un AFB canadiense vía Aldershot… Lo mataron ahí mismo… Acabamos de limpiar la sangre justo de debajo de donde está usted…

El coronel de caballería exclamó:
—¡Oh, Dios mío…! —Dio un saltito y examinó sus hermosas y relucientes botas de aviación que llegaban hasta la rodilla—. ¡Muerto…! ¡Aquí…! Pero habrá que formar una comisión de investigación… Ciertamente, es usted muy desafortunado, capitán Tietjens… Siempre esos misteriosos… ¿Por qué no estaba ese hombre en un refugio…? Muy desafortunado… No podemos tener víctimas entre las tropas coloniales… Entre las tropas de los Dominios,17 quiero decir…

Tietjens dijo en tono lúgubre:
—Ese hombre era de Pontardulais…, no de uno de los Dominios… Estaba destacado en mi puesto de mando… Tenemos prohibido, bajo amenaza de consejo de guerra, permitir que nadie que no pertenezca a la Fuerza Expedicionaria de los Dominios entre en los refugios… Todos mis canadienses estaban allí… Se trata de una ACI local con fecha 11 de noviembre…

El oficial del Estado Mayor dijo:
—¡Eso es diferente, claro…! ¿Dice usted que sólo era un Glamorganshire? ¡Oh, bueno…! Pero esos misteriosos… —exclamó con la fuerza y el alivio de una explosión—: Oiga…, ¿es posible que me dedique diez…, veinte… minutos…? No se trata exactamente de algo relacionado con el servicio… así por…

Tietjens exclamó:
—Ya ve en qué situación nos encontramos, coronel… —Y extendió ambas manos sobre el papeleo y en dirección a sus hombres como si estuviera sembrando hierba… Estaba atragantado de rabia. El coronel Levin tenía, bajo la protección de una respetable carabina inglesa que regentaba una confitería en los muelles de Ruán, a una muchachita francesa con la que estaba seriamente comprometido. Aunque de un modo más bien ingenuo. Y la joven, que era enormemente celosa, se las arreglaba para inventar supuestas ofensas gracias al francés macarrónico de su apuesto coronel. Era todo un idilio, pero llevaba de cabeza al coronel. En esos casos, Levin siempre le pedía a Tietjens, que pasaba por ser un hombre inteligente y un erudito conocedor de la lengua francesa, que le sugiriese amables piropos en aquel complicado idioma… En cuanto a cómo explicar que a un GSO II, o lo que quiera que fuese el coronel, se le viera a menudo en compañía de hermosas VAD y de los organizadores femeninos de otras secciones… Era de una de esas estupideces sobre las que no se debe consultar a ningún caballero… Y ahí estaba Levin con el pliegue agónico y femenino en su ceño de alabastro broncíneo… Como un puñetero soldado de opereta. ¿Por qué no se pondría a cantar aquel asno como un tenor…?

Naturalmente, quien salvó la situación fue Cowley. Justo cuando Tietjens estaba a punto de decir: «Váyase al demonio», el sargento mayor, convertido ahora en el empleado de confianza de un influyente abogado, empezó a susurrarle al coronel…

—El capitán puede tomarse un descanso… Hemos acabado con todos los hombres, excepto con los ferroviarios canadienses, y no podremos proporcionarles mantas hasta dentro de media hora… o tres cuartos. ¡Y eso con suerte! Depende de si el correo consigue averiguar dónde está cenando el cabo de intendencia para que nos las entregue… —El sargento mayor había introducido aquella última frase con mucha habilidad. El oficial del Estado Mayor, con un vago recuerdo de sus días en el regimiento exclamó:

—¡Maldita sea…! Quisiera saber por qué no rompen la puerta del depósito de suministros y cogen lo que necesitan…

El sargento mayor, convertido en la pureza personificada, exclamó: —¡Oh!, no, señor, no podríamos hacer eso, señor…
—Pero esos malditos hombres hacen mucha falta en el frente —dijo el coronel Levin—. ¡Maldita sea, la situación es muy incierta! Estamos atacando… —Consideró por un momento que pertenecía al Estado Mayor y que Tietjens y el sargento mayor lo habían enredado con mucha habilidad.

—Sólo nos queda rezar —respondió el sargento mayor— para que esos malditos alemanes tengan oficiales de intendencia, depósitos de suministro y departamentos de entrega, igual que nosotros. —Bajó la voz hasta convertirla en un áspero susurro—. Además, señor, circula un rumor… sobre una llamada telefónica al puesto de mando de la base… y una orden del WO recibida en el cuartel general… anulando la partida de este y otros destacamentos…

El coronel dijo:
—¡Oh, Dios mío!

Y la consternación los embargó a Tietjens y a él. Las trincheras congeladas en mitad de la noche; la agónica espera de los hombres; el peso sobre la imaginación que era como un peso sobre el entrecejo; la sensación inminente de que se aproximaba algo inimaginable por la derecha o por la izquierda, según si uno miraba a un lado u otro de la trinchera; la tierra sólida y protectora del parapeto que luego se convierte en una niebla deshilachada…, y sin que llegasen nunca refuerzos… Los hombres pensaban ingenuamente que estaban a punto de llegar, pero no llegaban. ¿Y por qué no? ¿Dios mío, por qué no? Mackenzie dijo:

—Pobre Bird… El miércoles pasado sus hombres cumplieron once semanas en el frente… Con lo único que contaban para aguantar era…

—Pues tendrán que aguantar mucho más —dijo el coronel Levin—. Me encantaría poder echarle mano a los inútiles que… —En esa época, la Fuerza Expedicionaria de Su Majestad estaba firmemente convencida de que el ejército en el campo de batalla era sólo la herramienta de un puñado de políticos y civiles. En los momentos de rutina esa nube se disipaba levemente, pero siempre que llegaban malas noticias volvía a cernerse como una nube de gas negro. La gente se limitaba a mover la cabeza con impotencia…

—El caso —dijo alegremente el sargento mayor— es que el capitán puede tomarse media hora para cenar. O cualquier otra cosa… —Aparte del deseo doméstico de que la digestión de Tietjens no se resintiese por comer a deshoras, tenía la convicción profesional de que era bueno para la unidad que su capitán tuviese una conversación privada con un miembro del Estado Mayor…—. Supongo, señor —le dijo a Tietjens a modo de despedida— que será mejor que acomode al destacamento y a los novecientos hombres que llegaron a reemplazarlos, veinte en cada tienda… Menos mal que no las habíamos desmontado…

Tietjens y el coronel empezaron a abrirse paso entre la gente para salir. El Inniskilling-canadiense estaba junto a la puerta del puesto de mando con una cartilla marrón abierta extendida con gesto de desaprobación. Abordó con nerviosismo a Tietjens, «¿Eh?», dijo:

—Ha escrito mal los nombres de las chicas, señor. Con quien tuve un hijo en Aberystwyth y a quien quería dejarle el arrendamiento de la casa y los diez chelines a la semana era a Gwen Lewis. La señora Hosier, con quien viví en Berwick St. James sólo tenía que cobrar cinco guineas de recuerdo… Me he tomado la libertad de corregir los nombres…

Tietjens le quitó la cartilla, se apoyó en la mesa del sargento mayor y estampó su firma en la página azulada. Le devolvió la cartilla al hombre y dijo:

—Tome…, y ahora ya puede romper filas.

Al tipo se le iluminó la cara. Exclamó:

—Gracias, señor. Gracias de todo corazón, capitán… Estaba deseando acabar con esto para ir a confesarme. He obrado mal…

El licenciado por McGill, con su arrogante bigote negro, abordó a Tietjens mientras se ponía el abrigo.

—No lo olvidará, ¿verdad, señor…? —empezó.

Tietjens dijo:
—Maldita sea. Ya le he dicho que no lo olvidaré. Nunca me olvido de nada. Le dio usted clases a ese japonés en Asaki, pero las autoridades educativas están en Tokio. Y su infame empresa de agua mineral tenía las oficinas en el manantial de Tan Sen, cerca de Kobe… ¿No es así? Bueno, haré todo lo que esté en mi mano.

Pasaron en silencio entre los grupos de hombres que rondaban la puerta del puesto de mando y relucían a la luz de la luna. Una vez en el camino regional que hacía las veces de vía principal del campamento, el coronel Levin empezó a musitar entre dientes:

—Se toma usted muchas molestias con esa chusma…, muchas molestias… Y no obstante…

—Y bien, ¿de qué se trata? —preguntó Tietjens—. Disponemos a nuestros destacamentos en treinta y seis horas menos que cualquier otra unidad.

—Lo sé —admitió el otro—. Son sólo esos reproches misteriosos. El caso es que…

Tietjens lo interrumpió enseguida:
—¿Le importa que le pregunte una cosa? ¿Me habla usted de forma oficial? ¿Es esto una reprimenda del general Campion por el modo en que dirijo mi unidad?

El otro respondió con la misma prisa y mucho más preocupado: —Dios me libre. —Y añadió todavía con más celeridad—: ¡Viejo amigo! —Y se dispuso a meter el brazo debajo el codo de Tietjens, quien, no obstante, siguió mirándolo a la cara. Estaba muy enfadado.

—Entonces, dígame —prosiguió—, cómo diantres se las arregla para ir por ahí sin abrigo con este tiempo. —Si lograba distraer al tipo del asunto de los reproches misteriosos, acabarían discutiendo lo que lo había llevado allí en esa noche tan fría, cuando debería estar sentado junto a un buen fuego en compañía de mademoiselle Nanette de Bailly. Hundió la barbilla en el cuello de piel de cordero de su abrigo. Levin, delgado, con todas sus placas, cintas y cadenitas brillando en la noche fría, que hacía que a Tietjens le castañetearan los dientes como si fuesen de porcelana, se animó un poco:

—Debería hacer usted como yo… Un horario regular…, mucho ejercicio…, a caballo… Hago gimnasia todas las mañanas delante de la ventana de mi habitación…, así se va endureciendo uno…

—Debe de ser muy gratificante para las damas de la habitación de enfrente —dijo Tietjens con severidad—. ¿Es eso lo que pasa ahora con mademoiselle Nanette…? No tengo tiempo de hacer ejercicio como Dios manda…

—Dios mío, no —respondió el coronel. Le pasó a Tietjens la mano por debajo del brazo y empezó a tirar de él hacia la margen izquierda del camino, como si quisiera salir del campamento. Tietjens anduvo con paso firme hacia la derecha hasta que acabaron inclinados en direcciones opuestas—. Lo cierto, viejo amigo —dijo el coronel—, es que Campy, pese a lo indispensable que es aquí, se está esforzando tanto por que lo pongan al mando de un ejército en combate, que en cualquier momento podrían darnos la orden de hacer el petate… Eso ha hecho entrar en razón a Nanette…

—¿Y qué pinto yo en esto? —preguntó Tietjens.

Pero el coronel prosiguió tan tranquilo:
—De hecho, casi he logrado que me prometa que la semana que viene…, o como mucho la siguiente…, ella…, maldita sea…, elegirá el día.

Tietjens dijo:
—¡Bien hecho…! ¡Qué espléndidamente victoriano!
—¡Eso, maldita sea —exclamó con virilidad el coronel—, es lo que me digo yo… Muy victoriano…! Todos esos preparativos matrimoniales… ¿Y cómo se llaman…? ¿Los Droits du Seigneur? Y los notarios… Y el conde también…, y la marquesa…, y sus dos tías abuelas… Pero… ¡Hurra! —Ejecutó una rápida pirueta a la luz de la luna con el pulgar enguantado de su mano derecha…— La semana próxima…, o a lo sumo la siguiente… —De pronto bajó mucho la voz—. Al menos —vaciló—, así era a la hora de comer. Luego…, ha sucedido algo…

—¿No le habrá pillado en la cama con una VAD? —preguntó Tietjens.

El coronel balbució:
—No, en la cama no… Ni con una VAD… ¡Oh!, maldita sea, fue en la estación de tren… Con…, el general me envió a recoger a su…, y Nanny había ido a despedir a su abuela, la duquesa… Me trató con mucha frialdad…

Tietjens se puso furioso.
—Entonces me ha traído aquí por una de sus estúpidas discusiones con la señorita de Bailly. ¿Le importa acompañarme al cuartel general del IBD? Puede que las órdenes definitivas estén allí. Los zapadores no quieren darme un teléfono y tengo que ir en persona a averiguar las novedades…

Sintió añoranza por un barracón caldeado con una estufa de carbón y lámparas eléctricas, con cabos primeros inclinados sobre AFB delante de una pared cubierta de casilleros llenos de papeles marrones y azules. Allí había tranquilidad y trabajo absorbente. Era raro, el único lugar donde Christopher Tietjens de Groby podía estar a gusto era en un puesto de mando o algún sitio parecido…, el único sitio del mundo… Y ¿por qué? Era muy raro… Aunque, en realidad, no tanto. Si se paraba uno a pensarlo, era una cuestión de selección inevitable. A un cabo se le asignaba a un puesto de mando por su habilidad como escribano, su capacidad de hacer cuentas sencillas, su fiabilidad entre innumerables números y mensajes, y por ser digno de confianza. Ese ínfimo detalle lo ponía por encima del simple soldado raso. Y era un ínfimo detalle que, para él, suponía la diferencia entre la vida y la muerte. Pues, si resultaba no ser digno de confianza, volvía al servicio en el frente. Mientras lo fuese, dormía debajo de una mesa en una habitación caliente, con sus artículos de tocador en una bolsa de cuero junto a la cabeza, una tetera llena de té humeando siempre sobre una estufa siempre encendida…, ¡el paraíso…! ¡No! ¡El paraíso, no, el paraíso de los soldados rasos…! Puede que lo despertasen a la una de la madrugada. A kilómetros de distancia de allí el enemigo podía estar iniciando un bombardeo… Saldría de entre las mantas de debajo de la mesa, entre las piernas de apresurados NCO y oficiales, el teléfono no dejaría de sonar… Tendría que atender a un sinfín de órdenes en notas manuscritas, escritas a máquina… Es una molestia que a uno lo despierten a la una de la mañana, pero no deja de ser emocionante: el enemigo podría estar bombardeando de forma terrible el pueblo de Dranoutre, habría que enviar como refuerzos a la decimonovena división por la carretera de Bailleul-Nieppe. En caso…

Tietjens pensó en aquel ejército durmiente… Aquel poblado iluminado por el claro de luna, de paredes de lona y ventanas de celuloide, cuarenta hombres por barracón… Aquella Arcadia soñolienta era una de…, ¿cuántas? Digamos treinta y siete mil quinientas, para un millón y medio de hombres… Pero en esa base probablemente hubiera más de un millón y medio… En fin, alrededor de las Arcadias soñolientas se veían los tenues bordes de las tiendas virginales… Había catorce hombres por tienda… Así que para un millón… Setenta y una mil cuatrocientas veintiuna tiendas alrededor de, digamos, ciento cincuenta IBD, CBD, REBD… Depósitos de suministros de infantería, caballería, zapadores, artilleros, antiaéreos, comunicaciones, veterinarios, podólogos, el Royal Army Service Corps, el cuerpo de palomas mensajeras, sanitarios, el Women’s Army Auxiliary Corps, el VAD —¿qué demonios significarían esas siglas?—, cantinas, encargados de las tiendas de descanso, superintendentes de daños en los cuarteles, pastores, sacerdotes, rabinos, obispos mormones, brahmanes, lamas, imanes, fanti, sin duda, para las tropas africanas. Y la salvación temporal y espiritual de todos ellos dependía de los cabos primeros de los puestos de mando… Pues, si debido a una confusión, el cabo enviaba a un cura papista a un regimiento del Ulster, los hombres lo lincharían y se condenarían a ir al infierno. O si, por un pequeño desliz al teléfono, o un error de mecanografiado, enviaba a una división a Westoutre en lugar de a Dranoutre a la una de la ma

ñana, esos seis o siete mil pobres diablos podrían ser masacrados y nada, salvo la marina de Su Majestad, podría salvarnos…

Y, sin embargo, al final todo aquel embrollo se resolvía satisfactoriamente: los destacamentos se ponían en marcha desenredándose como serpientes de una maraña inextricable de ramas, se deslizaban vertebralmente sobre el fango y se hundían en sus agujeros…, los rabinos encontraban judíos agonizantes a quienes absolver; los veterinarios, mulas con esparavanes; los del VAD hombres con el hombro o la mandíbula arrancada en los CCS; los cocineros, ternera congelada; los podólogos, uñeros; los dentistas, muelas cariadas; los dirigibles navales, puestos camuflados en pintorescos vallecillos boscosos… De uno u otro modo, todo llegaba a su sitio…, ¡incluso los tarros de mermelada de fresa!

Pues si el cabo, cuya vida pendía de un hilo, cometía un error acerca de una docena de tarros de mermelada, volvía al servicio en el frente…, volvía al rifle congelado, a las lonas embreadas sobre el fango líquido, a la succión desesperante en el tobillo al adelantar el pie, a los paisajes silueteados con campanarios de iglesias derruidos, al zumbido continuo de los aviones, a los laberintos de tablones sobre vastas llanuras de lodo, al inagotable humor cockney, a las grandes bombas etiquetadas «Con amor para el pequeño Willie»… De vuelta al Ángel de la Espada Flamígera. ¡Y del lado equivocado…! Así que, en conjunto, las cosas funcionaban satisfactoriamente…

Estaba llevando imperiosamente al coronel Levin entre los barracones hacia la sala de oficiales, sus pasos crujían sobre la grava helada, el coronel se hacía un poco el remolón, pero era un peso ligero y no llevaba clavos en las elegantes suelas de las botas, así que no tenía agarre en el suelo. Estaba muy silencioso. Fuese lo que fuese lo que quería decirle, le estaba costando mucho soltarlo. No obstante, por fin lo soltó:

—Me extraña que no solicite volver al frente…, a su batallón. Yo lo haría si fuese usted.

Tietjens dijo:
—¿Por qué? ¿Porque ha muerto un hombre en mis brazos…? Esta noche deben de haber muerto una docena.

—¡Oh!, probablemente más —respondió el otro—. El avión derribado era uno de los nuestros… Pero no me refería a eso… ¡Oh, maldita sea…! ¿Le importaría ir hacia el otro lado…? Siempre he sentido el mayor respeto…, ¡oh!, casi…, por usted personalmente. Es usted un intelectual…

Tietjens estaba considerando una interesante cuestión de etiqueta militar.

Aquel tipo inútil y ceceante, ¡debía de ser un oficial del Estado Mayor muy cuidadoso o Campion no lo querría a su lado!, se había ido moldeando a imagen y semejanza de su general: físicamente; en su manera de vestir, hasta donde le era posible; en la voz —pues aquel ceceo no era tanto propio como una adaptación del ligero tartamudeo del general— y sobre todo en sus frases incompletas y sus puntos de vista… De modo que si le dijera: «Mire, coronel…», o «Mire, coronel, Levin…», o «Mira, Stanley, amigo…». Pues lo único que un oficial no podía decirle a un superior por muy íntima que fuese su relación era: «Mira, Levin…». El caso es que si le dijera: «Mira, Stanley, eres un completo estúpido. Está muy bien que Campion diga que estoy mal de la cabeza porque tengo un poco de cerebro. Es mi padrino y lleva diciéndolo desde que yo tenía doce años, y más cerebro en el talón de mi pie izquierdo que él en todo su hermoso cráneo rasurado… Pero tú actúas como un loro. No lo dices porque se te haya ocurrido a ti. Ni siquiera lo piensas. Sabes que soy pesado, que me falta el resuello y que soy obstinado…, pero también sabes perfectamente que estoy tan cuerdo como tú. Y aún más. Jamás me has sorprendido en renuncio. Tu sargento puede que sí. Pero tú no…».

Si Tietjens le dijera eso a aquel petimetre, ¿sería ir más lejos de lo que debía ir un oficial a cargo de un destacamento con un oficial del Estado Mayor, pese a que no estuviesen hablando oficialmente y se tratase de una conversación privada? Extraoficialmente y tratándose de una conversación privada, los pobres… oficiales de Su Majestad son todos iguales…, caballeros al servicio de Su Majestad, ¡no hay rangos superiores ni ninguna de esas tonterías! ¿Cómo si no iba aquel descendiente de un ropavejero de Frankfurt a ser un igual de Tietjens de Groby? No lo era de ningún modo…, y menos socialmente. Si Tietjens le golpeara, aquel tipo caería fulminado; si le hiciese una observación desdeñosa a Levin, se fundiría de tal modo que se vería al viejo judío farfullando a través de sus falsos rasgos de gentil.18 No sabía disparar tan bien como Tietjens, ni montar, ni pujar en una subasta. Pero, maldita sea, si Tietjens hasta estaba seguro de saber pintar mejores acuarelas que él… En cuanto a lo de sorprenderlo en renuncio…, se comprometía a destripar media docena de ACI contradictorias y escribirle doce ordenanzas basadas en ellas, antes de que Levin hubiera ceceado la fecha y el número de la primera… Lo había hecho varias veces en el cuarto, amueblado como un salón de literatas francesas, donde trabajaba Levin en el cuartel general de la guarnición. Le había redactado a Levin las dichosas ordenanzas mientras el otro echaba humo porque llegaba tarde a tomar el té con mademoiselle de Bailly…, y se atusaba el delicado bigote… Mademoiselle de Bailly, escoltada por la vieja lady Sachse, tomaba el té en valiosas tazas de porcelana sin asas junto a un brillante fuego de leña, en una habitación octogonal del siglo XVIII con las paredes tapizadas de azul y gris. ¡Un té pálido que sabía ligeramente a canela!

Mademoiselle de Bailly era una provenzal alta, morena y rubicunda. No exactamente fornida, sino alta, lenta y cruel; acurrucada en un sillón, mientras le decía a Levin las cosas más hirientes, parecía un gato persa que diera un zarpazo indeciso para extender las garras. Con los ojos achinados y una finísima nariz ganchuda…, casi parecía japonesa… Y brillaba en sociedad a la francesa con su temible cortège de parientes. Tenía un hermano que era el chófer de un mariscal… ¡Una aristocrática manera de escaquearse!

Con todo eso, era evidente que, incluso extraoficialmente, uno podía ser el igual de un coronel del Estado Mayor, pero tenía que disimular que era su superior. Sobre todo desde el punto de vista intelectual. Si uno le hacía notar a un oficial del Estado Mayor que era un auténtico estúpido —¡uno podía decirlo tanto como quisiera, siempre que no lo demostrara!— podía estar seguro de que le caería encima una buena. Y con razón. La habilidad intelectual no era una cualidad inglesa. No, nada inglesa. Y el deber de un oficial de campo era asegurarse de que la sala de oficiales fuese todo lo inglesa posible… El oficial del Estado Mayor la tomaría con el oficial inferior. De forma totalmente encomiable. Los estropicios que harían los oficiales del cuartel general con sus informes serían inimaginables. Hasta lograr que le importunasen y consumieran las preocupaciones, y o bien le transfiriesen, o rezara para que le transfiriesen, a… cualquier otro puesto en todo el ejército…

Y eso era muy desagradable. El proceso, no el efecto. En general, a Tietjens no le importaba adónde lo mandaran o lo que tuviera que hacer, siempre y cuando fuese lejos de Inglaterra, pensar en aquel país, de noche, dormitando al otro lado del Canal, le resultaba sentimentalmente insoportable… Aun así, le tenía aprecio al viejo Campion, y prefería estar a sus órdenes que bajo las de cualquier otro. Había adscrito a su Estado Mayor a un grupo de tipos bastante pasable, todo lo pasables que podían ser…, si uno tenía que contentarse con los de su clase… De modo que se limitó a decir:

—Mire, Stanley, es usted un perfecto idiota. —Y lo dejó ahí, sin demostrar lo cierto de su afirmación.

El coronel respondió:
—¿Por qué? ¿Qué es lo que he hecho ahora…? Preferiría ir hacia el otro lado…

Tietjens dijo:
—No, no puedo salir del campamento… Tengo que ir mañana por la tarde a ver su fantástico contrato de matrimonio, ¿no…? No puedo salir del campamento dos veces en una semana…

—Tiene usted que bajar al cuerpo de guardia —replicó Levin—. Detesto hacer esperar a una mujer con este frío…, aunque esté en el coche del general…

Tietjens exclamó:
—¿No se le habrá ocurrido la… peregrina idea de traer aquí a la señorita de Bailly? ¿Para hablar conmigo?

El coronel Levin balbució en voz tan baja que Tietjens casi pensó que no quería que lo oyera:

—¡No se trata de la señorita de Bailly! —Luego exclamó en voz alta—: Maldita sea, Tietjens, ¿es que no se lo he dado a entender con la suficiente claridad…?

En un instante de ofuscación a Tietjens se le pasó por la cabeza que quien estaba en el coche del general debía de ser la señorita Wannop, en la entrada, junto al cuerpo de guardia. Pero sabía reconocer cuándo se le ocurría una locura. No obstante, se había dado la vuelta y ambos estaban regresando muy despacio por el ancho camino entre los barracones. Desde luego, Levin no tenía ninguna prisa. Al llegar al final de los barracones, el camino desembocaba en una pendiente de unos ocho metros cuadrados en la oscuridad, unas piedras enjalbegadas señalaban una especie de sendero de seguridad que apenas se distinguía a la luz de la luna oscurecida por la escarcha. Y allí, en mitad del bosque, al final de aquel sendero, en un despampanante Rolls-Royce, esperaba algo que a Levin sin duda le inspiraba miedo…

Por un minuto la espina dorsal de Tietjens se puso rígida. No quería interferir entre mademoiselle de Bailly y quienquiera que fuese la mujer casada que Levin hubiera tenido como amante… Por alguna razón estaba convencido de que en aquel coche había una mujer casada… No se atrevía a pensar de otro modo. Si no era una mujer casada podía ser la señorita Wannop. Si lo era, no podía serlo… Una inmensa oleada de calma y felicidad sentimental se había abatido sobre él. ¡Y sólo porque había pensado en ella! Sin saber por qué, imaginó su carita pálida y un poco chata debajo de un gorro de pieles. Estaría inclinada hacia delante, en el asiento iluminado del coche del general, ¡detrás de la ventana como en un espectáculo de mundonuevo! Asomada sin ver muy bien debido a los reflejos del cristal…

Le estaba diciendo a Levin:
—Mire, Stanley…, si le he dicho que es usted un perfecto idiota es porque la principal afición de la señorita de Bailly es afectar celos. No sentirlos sino hacer exhibición de ellos.

—¿Cree que debería cuestionar a mi prometida en mi presencia? —preguntó Levin con ironía—. Como caballero inglés. Todo un Tietjens de Groby.

—Pues claro —dijo Tietjens. Seguía sintiéndose feliz—. Ya que me he convertido en una especie de padrino suyo, tengo el deber de instruirle. Las madres hablan con sus hijas antes de la boda. Los padrinos, con el inocente Benedicto…19 Y siempre está usted preguntándome por la joven…

—Ahora no se trata de eso —gruñó Levin de un modo horrible. —Entonces, ¿de qué se trata?, en el nombre de Dios. Tiene usted a una amante despechada en el coche del viejo Campion, ¿no es así…? —Estaban junto al camino que llevaba a su puesto de mando. Grupos de hombres grises y apáticos, seguían abarrotándolo un poco más abajo.

—No —exclamó Levin casi al borde de las lágrimas—. Nunca he tenido una amante…

—¿Y no está usted casado? —preguntó Tietjens. Empleó a propósito la exclamación colegial «¡Córcholis!» para suavizar la pulla—. Si me disculpa —dijo—. Tengo que ir a ver a mis hombres. Para ver si han llegado ya sus órdenes.

No encontró ninguna orden en el barracón, más saturado que nunca de los apagados vapores y olores del caqui, pero a cambio se topó con un elegante y rubio cabo de vieja raigambre colonial con una historia conmovedora, tal como le relató el sargento mayor Cowley:

—Este hombre, señor, es uno de los ferroviarios canadienses. Su madre acaba de llegar a la ciudad, ha venido desde Eetarpels. Directa desde Toronto, donde estaba postrada en cama.

Tietjens preguntó:
—Bueno, ¿y de qué se trata? No se ande por las ramas. —El hombre quería permiso para ir a ver a su madre, que estaba esperándolo en un café respetable que había al final de la línea ferroviaria, justo a la salida del campamento, donde empezaban las casas de la ciudad. Tietjens dijo—: Es imposible. Totalmente imposible. Lo sabe usted muy bien. —El hombre se le quedó mirando muy rígido con aire inexpresivo; a Tietjens, que estaba maldiciendo su suerte, sus ojos azules le parecieron condenadamente honrados. Le dijo al hombre—: Usted mismo se dará cuenta de que es imposible, ¿no?

El hombre respondió muy despacio:
—No conozco las ordenanzas para circunstancias semejantes y no sabría decirle, señor. Pero el de mi madre es un caso muy especial… Ya ha perdido a dos hijos.

Tietjens replicó:
—Lo mismo les ha ocurrido a muchos… Comprenda que si le autorizase, podrían…, es más que probable que me relevaran del mando. Soy el responsable de que todos ustedes vayan al frente.

El hombre miró al suelo. Tietjens se dijo que la culpable de que se sintiera así era Valentine Wannop. Estaba dominado por su presencia. Era una idiotez. Pero así era. Le preguntó al hombre:

—Antes de partir de Toronto se despediría usted de su madre, ¿no? El hombre respondió:
—No, señor. —No había visto a su madre desde hacía siete años. Estaba en el Chilkoot cuando estalló la guerra y no se había enterado hasta diez meses después. Luego se había enrolado en la Columbia Británica y lo habían enviado de ferroviario a Aldershot, donde los canadienses tienen un campamento en construcción. No supo lo de que sus hermanos habían muerto hasta que llegó allí, y su madre, que había quedado postrada al conocer la noticia, no había podido ir a despedirse a Toronto cuando pasó por allí su unidad. Vivía a noventa kilómetros de Toronto. Ahora se había levantado de la cama como por milagro y había recorrido todo el trayecto. Una viuda de sesenta y dos años. Muy débil.

A Tietjens se le ocurrió, por décima vez aquel día, que pensar en Valentine Wannop era una idiotez por su parte. No tenía ni la menor idea de dónde estaba, en qué circunstancias o siquiera en qué casa. No creía que ella y su madre se hubieran quedado en aquella madriguera de Bedford Park. Ahora estarían mucho más cómodas. Su padre les había dejado dinero. «Es absurdo —se dijo— seguir pensando en alguien cuando no se sabe ni dónde está.» Le preguntó al hombre:

—¿No le bastaría con ver a su madre a las puertas del campamento, junto al cuerpo de guardia?

—No sería una gran despedida, señor —respondió el hombre—, a ella no se le permite entrar y a mí no me dejan salir. Lo más probable es que tuviéramos que hablar delante del centinela.

Tietjens se dijo:
«¡Qué absurdo tan enorme es eso de verse para hablar un minuto! Ves a alguien, hablas con él…». Y al día siguiente a la misma hora. Nada… Como si no lo hubieras visto ni hubieses hablado con él… Pero la alocada idea de ver a Valentine Wannop un solo minuto… A ella no le dejarían entrar en el campo y él no podría salir. Lo más probable era que tuviesen que hablar delante del centinela… Le había hecho oler a prímulas. A prímulas, como la señorita Wannop. Le preguntó al sargento mayor:

—¿Qué clase de hombre es éste? —Cowley, boquiabierto, jadeó como un pez. Tietjens dijo—: Imagino que su madre estará demasiado débil para esperar a la intemperie, ¿no?

—Muy buena persona, señor —soltó por fin el sargento mayor—, uno de los mejores. Una magnífica hoja de servicios. Muy buena formación. En la vida civil era ingeniero de ferrocarriles… Por supuesto, se presentó voluntario, señor.

—Eso es lo raro —le dijo Tietjens al hombre—, el porcentaje de desertores es tan alto entre los voluntarios como entre los naturales de Derby o entre los que se han alistado obligatoriamente… ¿Comprende lo que le ocurrirá si el destacamento parte sin usted?

El hombre respondió con sobriedad:
—Sí, señor. Lo comprendo perfectamente.
—¿Comprende que lo fusilarán? Tan seguro como que está usted ahí. Y que no tendrá la menor oportunidad de huir.

Se preguntó qué pensaría Valentine Wannop, la pacifista convencida, si le oyese hablar así. Sin embargo, hacerlo era su deber, y no sólo profesional, sino como ser humano. Igual que el deber de un médico era advertir a un hombre de que si bebía agua contaminada con el tifus contraería fiebres tifoideas. Pero la gente no era razonable. Le parecería brutal que le hablara a un hombre de la posibilidad de que lo fusilase un pelotón de ejecución. Al darse cuenta de que no tenía sentido preocuparse por lo que Valentine Wannop pensara o dejara de pensar de él, se le escapó un gemido. No tenía sentido. No tenía sentido. No tenía sentido…

El hombre, por suerte, le estaba respondiendo con sobriedad que sabía el castigo por ausentarse del destacamento. El sargento mayor al oír hablar a Tietjens, le dijo con admirable quisquillosidad:

—¡Vamos, vamos! ¿No has oído que el oficial te está hablando? Jamás interrumpas a un oficial.

—Le fusilarán —continuó Tietjens— al amanecer… Literalmente al amanecer. —¿Por qué los fusilarían al amanecer? Aunque los drogaban para que no reconocieran el sol aunque lo viesen, atados a una silla… Era peor para el pelotón de fusilamiento. Añadió—: No piense que le estoy insultando. Parece usted un hombre honrado. Pero tipos muy honrados han desertado… —Le dijo al sargento mayor—: Dele a este hombre un pase de dos horas al… comoquiera que se llame el café. El destacamento no partirá hasta dentro de dos horas, ¿no? —volvió a decirle al hombre—. Si ve pasar a su destacamento junto al café, salga corriendo y preséntese. Como un loco, ¿comprende? No tendrá otra oportunidad.

Se oyó un murmullo como un aplauso de envidia por la buena suerte de un compañero proveniente de un público que había asistido con mucha atención a aquel sencillo melodrama…, un público que parecía estar compuesto sólo de ojos muy abiertos, el caqui era tan anodino… Habrían aplaudido si se hubiesen atrevido, pero no tenía sentido preguntarse si Valentine Wannop habría aplaudido o no… Y tampoco había manera de saber si el tipo desertaría. Lo más probable era que no le estuviese esperando su madre. Una chica, casi seguro. Igual que era casi seguro que el hombre desertara… Miraba directamente a los ojos. Pero una pasión arrebatadora, como la inspirada por una huida —o por una chica— le proporciona a uno control sobre los músculos de los ojos. ¡Comparado con una pasión arrebatadora eso no es nada! En un caso así uno miraría a Dios a la cara el día del Juicio y le mentiría.

¿Qué demonios quería él de Valentine Wannop? ¿Por qué no podía dejar de pensar en ella? Había dejado de pensar en su mujer…, o en su no mujer. Pero la imagen de Valentine Wannop no dejaba de rondar por su cabeza. A todas horas del día y de la noche. Era una obsesión. ¡Una locura…, lo que esos estúpidos llamaban un «complejo»! Debido, sin duda, a algo que hizo tu niñera o que te dijeron tus padres. Al nacer… Una pasión arrebatadora…, evidentemente no lo bastante arrebatadora. De lo contrario, también él habría desertado, en cualquier caso, de Sylvia…, cosa que no había hecho. No. ¿O sí? Era imposible saberlo…

Desde luego hacía más frío en el camino entre los barracones. Un hombre estaba diciendo: «Juuuu… Juuuu… Juuuu…», o un sonido parecido mientras agitaba los brazos y daba saltos… «¡Un, dos, marcad el paso!» Alguien debería hacer formar a aquellos pobres diablos y hacerles desfilar para que les circulase un poco la sangre. Pero puede que no supieran cómo hacerlo… En realidad, era cosa de los guardias… ¿Qué demonios hacían allí aquellos tipos?, preguntó.

Una o dos voces dijeron que no lo sabían. La mayoría respondieron guturalmente:

—Esperamos a nuestros compañeros, señor…
—Yo pensaba que preferían ustedes esperar bajo techo —respondió en tono cáustico Tietjens—. Pero da igual, ustedes verán, si les gusta… —Eso de reunirse era otra pasión arrebatadora. Había un barracón recreativo para los destacamentos en espera, a menos de cincuenta metros de allí. Pero preferían estar dando diente con diente y murmurando «Juuuu… Juuuu…», antes que perderse treinta segundos de parloteo… Acerca de lo que dijo el sargento mayor y lo que respondió el oficial y a cuántos dólares te han dado… Y, por supuesto, a lo que tú contestaste… O tal vez eso no. Los soldados canadienses eran tipos serios y hoscos, y no se pavoneaban como esos chiflados cockney o de Lincolnshire. En apariencia querían aprender las normas de la guerra. Discutían preocupados la información que se les daba en los puestos de mando, y le miraban a uno como si estuviera exponiendo el Evangelio.

Pero, maldita sea, él estaría dispuesto a hacer en ese mismo momento un pacto con el Destino y a pasar treinta meses en el círculo helado del infierno a cambio de tener ocasión de ver treinta segundos a Valentine Wannop y contarle lo que le había respondido… ¡al Destino…! ¿Quién era aquel tipo en el Infierno que estaba enterrado hasta el cuello en el hielo20 y le había suplicado a Dante que le quitara los carámbanos de los párpados para poder ver? Y Dante se había negado a hacerlo porque era un gibelino. Ese Dante siempre fue un poco cerdo… Casi como…, ¿como quién…? ¡Oh, como Sylvia Tietjens…! ¡Lleno de odio…! Imaginó oleadas de odio llegando hasta él desde el convento en el que se había recluido Sylvia… A un retiro… Imaginaba que lo había hecho. Es lo que ella había dicho. Hasta que acabase la guerra… Mientras durasen las hostilidades, o de por vida, según lo que durase más… Imaginó a Sylvia, acurrucada en la cama de un convento… Odiando… Con su espléndido cabello desparramado a su alrededor… Odiando… Lenta y fríamente… Como la cabeza de una serpiente cuando se la mira de cerca… Con los ojos inmóviles y la boca apretada… Mirando a lo lejos y odiando… Probablemente estuviera en Birkenhead… Una gran distancia para hacerle llegar su odio… ¡A través del mar y la tierra en una noche helada! Por encima de la tierra negra y el agua…, con las luces apagadas por los ataques aéreos y los submarinos… Bueno, en ese momento no tenía que pensar en Sylvia. Estaba muy lejos de allí…

Desde luego, la noche era cada vez más fría… Incluso aquel idiota de Levin iba y venía a la tenue luz de la luna junto a los últimos barracones que daban a la pendiente y el sendero de las piedras blancas… A pesar de su jactancia por no llevar abrigo y deslumbrar a las mujeres con toda la quincalla del Estado Mayor que llevaba encima como un leopardo a la hora de comer.

Tietjens dijo:
—Siento haberle hecho esperar, amigo…, o más bien a la dama… Pero he tenido que atender a algunos hombres. Ya sabe… «La comodidad, ¿cómo era?, de los hombres está por encima de cualquier, ¿es “consideración”?, salvo las exigencias de la presente guerra…» Últimamente mi memoria es un desastre… De modo que quiere usted que baje esta colina y vuelva a subir… ¡Para ver a una mujer!

Levin chilló:
—¡Maldito idiota, es su mujer quien le está esperando ahí abajo!

III

Lo único que destacaba claramente en la imaginación de Tietjens cuando por fin se sentó en su saco de dormir con seis mantas del ejército encima, una novela barata francesa en una silla de campaña a su lado, un buen vaso de ponche con ron, su cuaderno de oficial y un lápiz con el que esbozar, antes de las once, un informe acerca de la conveniencia de dictarle a su unidad conferencias especiales sobre las causas de la guerra, lo único que destacaba con tanta claridad en su imaginación como unas insignias del Estado Mayor era que ese estúpido de Levin era totalmente patético. Sus suelas sin clavos le habían entorpecido mucho en la pendiente helada y se había dedicado a cojear un paso o dos, y, reducido a la inacción, a cogerse del codo de Tietjens, mientras pronunciaba frases jadeantes e incoherentes.

De ahí resultó un singular mosaico de afirmaciones extraordinarias, vívidas y melodramáticas, pues Levin, que primero cojeó colina abajo con Tietjens y luego volvió a cojear colina arriba colgado de su brazo, le había contado monstruosidades acerca de las actividades de Sylvia, sin la menor ilación y, desde luego, sin ningún otro motivo aparente que el gran afecto que sentía por Tietjens… Por lo visto, habían estado ocurriendo cosas muy peculiares en torno a ella en la zona desdibujada, fuera de aquel mundo absorbente y cubierto de polvo…, en la zona desdibujada que contenía…, ¡oh, a la población civil y sus tés en los que escaseaba la mantequilla…!

Y mientras Tietjens, sentado sobre los muslos y con las rodillas dobladas, se embozaba en la suave lana del saco de dormir y maldecía el calentador de parafina por emitir un olor nuevo y peculiar, tuvo la sensación de que aquello era como regresar después de pasar dos meses fuera y tratar de volver a cogerle el tranquillo a las órdenes del batallón… Uno vuelve a la destartalada y familiar antesala de la habitación de oficiales. Le pide al ordenanza que le traiga las órdenes de los dos últimos meses, pues es vital saber lo que se dice o no en ellas… Puede que haya una ACI que ordene llevar el casco siempre que se esté en el frente, o una orden del batallón que establezca que las granadas deban llevarse siempre en el bolsillo izquierdo del pecho. ¡O puede que se proporcionen las instrucciones para ponerse una nueva máscara antigás…!

El ordenanza te entrega un fajo desordenado de papeles tenuemente mecanografiados y tan manoseados que casi son ilegibles, con las órdenes del 16 de noviembre colocadas de forma inextricable en mitad de las del 1 de diciembre, y donde faltan las del 10, el 15 y el 29… Y todo lo que sacas en claro es que el cuartel general tiene algunas cosas muy insultantes que decir a propósito de la compañía A; que un tipo llamado Hartopp, a quien no conoces, ha sido relevado del mando y que la comisión de investigación formada para investigar ciertas irregularidades del capitán Wells en la Compañía C —¡pobre Wells!— las ha valorado en veintisiete libras, once chelines y cuatro peniques que deberá pagarle al furriel inmediatamente…

Así que, al ir y volver por la negra falda de la colina, lo que Tietjens pudo sacar en claro fue que el general había advertido a Levin de que Tietjens era un tipo muy violento que sin duda lo tumbaría de un golpe cuando le dijese que su mujer estaba a la puerta del campamento; que Levin se creía descendiente de una antigua familia de cuáqueros… (Tietjens había dicho «¡Dios mío!» al oírlo); que los «reproches» misteriosos a los que, en su temor, se había referido constantemente Levin eran las sucesivas cartas que le había enviado Sylvia al agobiado general…, y que Sylvia había acusado a Tietjens de robarle dos pares de sus mejores sábanas… Había muchas más cosas. Pero, después de enfrentarse a lo que consideraba lo peor de la situación, Tietjens se puso a considerar con la mayor frialdad todas las facetas de su separación matrimonial. Había querido considerar todas las facetas, no sólo la meramente social en la que, hasta ese momento, había pensado que se basaba su desunión. Tal como él lo veía, los ingleses de buena posición consideran que la base de toda unión o desunión marital es la máxima: «nada de escenas». Obviamente, en lo que se refiere al servicio…, que viene a ser lo mismo que el público. Así que nada de escenas para el público. Y desde luego, en su caso, el instinto por la intimidad —respecto a sus relaciones, sus pasiones e incluso sus motivos más triviales— era tan fuerte como el instinto de seguir viviendo. Preferiría, literalmente, estar muerto a ser un libro abierto.

Y hasta esa tarde había creído que su mujer también preferiría estar muerta antes que ventilar sus asuntos delante de los soldados rasos. Pero esa presunción tenía que olvidarla para siempre. Revisarla… Por supuesto, podía dar por sentado que se había vuelto loca. Pero si lo hacía tendría que revisar gran parte de su relación, y eso sólo complicaría más las cosas…

El ordenanza del médico dijo desde el otro extremo de la tienda: «¡Pobre ****Cero Nueve Morgan…!», en tono cantarín y burlón…

Pues, a pesar de que, horas antes, Tietjens había fijado ese momento de comodidad física que por lo general se producía después de que se tumbara pesadamente en su desvencijada cama de campaña en la tienda prestada por el médico, para considerar con frialdad sus relaciones con su mujer, no estaba resultándole nada fácil hacerlo. La tienda estaba demasiado caldeada: había invitado a Mackenzie —cuyo verdadero nombre resultó ser McKechnie, James Grant McKechnie— a instalarse en el otro extremo. El otro extremo estaba separado por una pared de lona y una cortina india de rayas. Y McKechnie, que no podía dormir, había decidido entablar una larga —e interminable— conversación con el ordenanza del médico.

El ordenanza del médico tampoco podía dormir y, al igual que McKechnie, estaba un poco mal de la chaveta: era un galés salido de Dios sabe qué valle de las montañas y apenas sabía hablar inglés. Tenía el pelo desgreñado como un salvaje caribeño y ojos oscuros y vengativos; como buen minero, estaba más cómodo sentado sobre sus talones que en una silla y su voz era una especie de ululación baja en la que, de vez en cuando, intercalaba una frase ocasional y sorprendentemente comprensible.

Era molesto, pero entraba dentro de lo normal. Hacía ya más de un año, un potente explosivo alemán había volado literalmente por los aires a aquel ordenanza del VI Batallón del Regimiento de Glamorganshire y desde entonces estaba medio chiflado. Pero, al parecer, antes había pertenecido a la compañía de McKechnie en ese mismo batallón. No había nada de malo en que un oficial cotilleara con un soldado de su antiguo pelotón o compañía, sobre todo si era la primera vez que se veían después de una larga separación motivada por la herida del uno o del otro. McKechnie se había reencontrado con aquel canalla de Jonce, o Evanns, a las once de esa noche —dos horas y media antes—. Y allí estaban, a la luz de una vela clavada en una botella de cerveza: el ordenanza sentado sobre sus talones junto a la cama del oficial, que estaba en pijama apoyado en la almohada y se desperezaba estirando los brazos, bostezaba de vez en cuando y preguntaba: «¿Y qué fue del sargento mayor de la compañía, Hoyt?». Podían seguir así hasta las tres y media.

Tal vez entrara dentro de lo normal, pero no por eso era menos molesto para un caballero que trataba de reconsiderar cuáles eran exactamente sus relaciones con su mujer.

Antes de que el ordenanza del médico le interrumpiera al hablar de Cero Nueve Morgan, Tietjens había llegado hasta aquí con su recapitulación: la dama en cuestión, es decir, la señora Tietjens, era una puta sin atenuantes; él, por su parte, había sido físicamente fiel, y sin ningún tipo de matices, a la dama y a su vínculo matrimonial. Desde el punto de vista legal, tenía la razón de su parte. Pero ese hecho pesaba menos que una pluma. Pues, después de su última desviación de la fidelidad, él le había proporcionado la protección de su techo y su apellido. Ella había vivido años a su lado, en apariencia en términos de odio y discordia. Pero, sin duda, en condiciones de castidad. Luego, durante las horas lúgubres y tenues previas a su vuelta a Francia, ella había dado pruebas de una vengativa y alocada pasión por su persona. Una pasión física, en cualquier caso.

En fin, aquéllos eran tiempos de emociones descabelladas y fugitivas. Pero ni siquiera en las épocas más tranquilas podía uno esperar que una mujer viviera con él, como señora de la casa y madre de su heredero, sin que llegara a tener cierto tipo de pretensiones sobre él. No habían dormido juntos. Pero ¿no era posible que tanto medir sus fuerzas le hubiese dado derecho a medir también sus cuerpos? Era perfectamente posible. En ese caso…

¿Qué separaba una unión a los ojos de Dios…? Ciertamente, hasta esa misma tarde, él había creído que su unión la había roto, igual que se corta el tendón de Aquiles al desjarretar a alguien, la voz clara de Sylvia, fuera de su casa, al decirle al amanecer al chófer: «¡Paddington!». Trató de recordar con sumo cuidado todos los detalles de su última conversación desde el extremo del salón en penumbra donde ella le había parecido una mera fosforescencia blanca…

Luego se habían despedido para siempre. Él se iba a Francia y ella a retirarse a un convento cerca de Birkenhead…, adonde se va desde la estación de Paddington. Así que perfecto, era una despedida. Eso lo había liberado para poder ir con la otra chica.

Dio un sorbo al vaso con agua y ron que había en la silla de lona a su lado. Estaba tibio y por tanto asqueroso. Le había pedido al ordenanza que se lo llevara caliente, fuerte y dulce, pues estaba seguro de estar incubando un catarro incipiente. No se lo había bebido porque había recordado que tenía que pensar en Sylvia con sangre fría, y tenía por costumbre no beber alcohol cuando se disponía a pensar un rato. Siempre había seguido la misma práctica, que ahora se había visto inmensa y empíricamente reforzada por sus vivencias bélicas. En el Somme, en verano, cuando la señal de ataque se daba a las cuatro de la madrugada, uno salía del refugio y contemplaba, con todo un elenco de pensamientos pesimistas, un paisaje gris, vago y repulsivo sobre un parapeto sombrío y demasiado delgado. Veía repulsivas avanzadillas, marañas de alambre de espino excesivamente frágiles, ruedas rotas, detritus, volutas de niebla sobre las posiciones de los repugnantes alemanes. Una quietud gris y grises horrores ¡delante y detrás de él, entre la población civil! Y unas ideas de perfiles claros y bien definidos… Luego el ordenanza te traía una taza de té con un poco —muy poco— de ron, y, en tres o cuatro minutos, el mundo entero cambiaba ante tus ojos: las barreras de alambre de espino se transformaban en protecciones muy eficientes ideadas por ti y por las que podías dar gracias a Dios; las ruedas rotas se convertían en óptimos puntos de referencia para hacer incursiones nocturnas en la tierra de nadie. Llegabas a decirte que cuando mandaste reconstruir el parapeto, después de que se viniera abajo la última vez, la compañía hizo un buen trabajo. Y que, por lo que se refería a los alemanes, estabas allí para matar a esos cerdos; pero no sentías que pensarlo te fuese a revolver el estómago de antemano… Eras, de hecho, un hombre cambiado. Tu espíritu tenía un peso específico diferente. Ni siquiera eras capaz de discernir si esos toques rosados del amanecer en la niebla no serían en realidad los efectos del ron…

Así que había decidido no probar el grog. Aunque la garganta se le había secado por completo y había alargado el brazo para buscar algo que beber y se había contenido al darse cuenta de lo que iba a hacer. Pero ¿por qué tenía la garganta tan seca? No había bebido nada. Ni siquiera había cenado nada. ¿Por qué estaba en ese estado tan extraordinario…? Porque, desde luego, lo estaba. Tal vez fuese porque se le había ocurrido la idea de que despedirse de su mujer le había liberado respecto a la otra chica… Hasta entonces no se le había ocurrido pensarlo.

Se dijo: «¡Tengo que pensarlo metódicamente!», tenía que repasar metódicamente su último día en el mundo…

Porque estaba dispuesto a jurar que, cuando partió para Francia la última vez, lo había hecho convencido de que estaba separándose para siempre de este mundo. Y durante los meses que había estado allí no tenía la impresión de haber estado en contacto con ninguna cosa terrenal. Había imaginado a Sylvia en su convento y la había olvidado; a la señorita Wannop no había logrado imaginársela, pero también creía haberla olvidado.

Le costaba reconstruir aquella noche en su memoria. Uno no puede forzarse a recordar algo de forma consecutiva y deliberada a menos que su memoria esté por la labor, y en ese caso lo hará quiéralo o no… En aquella ocasión, hacía unos tres meses, había pasado una mañana muy dolorosa con su mujer, debido a la convicción cada vez mayor de que su mujer estaba obligándose a fingir que estaba preocupada por él. Probablemente sólo lo estuviera fingiendo, porque, en el fondo, Sylvia era una dama y no se permitiría preocuparse de verdad por la única persona del mundo por la que no sería decente preocuparse… Pero era muy capaz de obligarse a fingirlo si creía que a él iba a incomodarle…

Pero ése no era el modo, no era el modo, no era el modo, le decía su imaginación alterada. Estaba alterado porque cabía la posibilidad de que la señorita Wannop tampoco hubiese pretendido que su separación fuese permanente. Eso abría una perspectiva inmensa. No obstante, la contemplación de tan inmensa perspectiva no era el modo de ponerse a analizar con calma sus relaciones con su mujer. Los hechos de una historia deben exponerse antes que la conclusión. Se dijo que debía formular en lenguaje preciso, como si estuviese haciendo un informe para el cuartel general de la guarnición, la historia de sus relaciones con su mujer… Y con la señorita Wannop, por supuesto. «Mejor ponerlo por escrito», se dijo.

Muy bien. Cogió su cuaderno y escribió a lápiz con letra grande: «Cuando me casé con la señorita Satterthwaite…», estaba tratando de imitar con exactitud el estilo de un informe al cuartel general, «… y sin que yo lo supiera, ella creía estar embarazada de un hombre llamado Drake. En mi opinión no lo estaba. La cuestión es discutible. Estoy muy unido al niño, que es mi heredero y el heredero de una familia considerablemente bien situada. Después, la dama me fue infiel en varias ocasiones, aunque ignoro cuántas. Me dejó para irse con un tipo llamado Perowne, a quien ella había visto con frecuencia en casa de mi padrino, el general lord Edward Campion, de cuyo Estado Mayor formaba parte Perowne. Eso ocurrió mucho antes de la guerra. Por supuesto, el general ignoraba por completo su relación. Ahora, Perowne vuelve a estar en el Estado Mayor del general Campion, que tiene la virtud de acordarse de sus viejos subordinados, aunque, como Perowne es un incompetente, sólo lo utilizan para labores más o menos decorativas. De lo contrario, es obvio que por edad ya tendría que ser general y no ha llegado más que a mayor. Hago esta digresión sobre Perowne porque su presencia en esta guarnición supone para mí una evidente molestia personal.

»Mi mujer, tras una ausencia de varios meses pasados con Perowne, me escribió y me dijo que quería volver a vivir conmigo. Yo lo permití. Mis principios me impiden divorciarme de cualquier mujer, en particular de una mujer con un hijo. Puesto que no hice nada por dar publicidad a la huida de la señora Tietjens, nadie, que yo sepa, reparó en su ausencia. La señora Tietjens, por ser católica romana, no puede divorciarse de mí.

»Durante dicha ausencia de la señora Tietjens con el tal Perowne, conocí a una joven, la señorita Wannop, la hija del amigo más antiguo de mi padre, que también era un viejo amigo del general Campion. Como es natural, nuestra posición social hace que nuestros círculos sean muy restringidos. Enseguida reparé en que había desarrollado un grato aunque no exactamente apasionado afecto por la señorita Wannop y en que mis sentimientos eran correspondidos. Puesto que ni la señorita Wannop ni yo somos dados a hablar de nuestros sentimientos, no intercambiamos ninguna confidencia al respecto… Desventajas de ser inglés y tener cierta posición social.

»La situación siguió así varios años. Seis o siete. A la vuelta de su escapada con Perowne, creo que la señora Tietjens fue completamente casta. Por un tiempo vi a la señorita Wannop con frecuencia, en casa de su madre o con motivo de ocasiones sociales, a veces muy poco tiempo. Nunca intercambiamos ninguna expresión de afecto. Ni una sola. Nunca.

»El día anterior a mi regreso a Francia, tuve una escena muy dolorosa con mi mujer, durante la cual hablamos, por primera vez, del asunto de la paternidad de mi hijo y de otras cuestiones. Por la tarde me encontré con la señorita Wannop a la puerta del Ministerio de la Guerra. El encuentro lo arregló mi mujer, yo no estaba enterado. Sylvia debe de haber sido más consciente de lo que yo sentía por la señorita Wannop que yo mismo.

»En Saint James Park invité a la señorita Wannop a convertirse en mi amante esa noche. Ella aceptó y concertó una cita. Es de suponer que eso fuera una prueba del cariño que sentía por mí. Nunca nos hemos dicho una palabra de afecto. Imagino que una joven no aceptaría acostarse con un hombre casado si no sintiese afecto por él. Pero no tengo ninguna prueba. Por supuesto, eso ocurrió pocas horas antes de mi partida hacia Francia. Son momentos muy emotivos para las jóvenes. Sin duda, aceptan esas cosas con más facilidad.

»Pero no lo hicimos. Estuvimos juntos a la una y media de la mañana apoyados en la cerca de un jardín de las afueras. Y no pasó nada. Acordamos que éramos de los que no hacen esas cosas. No sé cómo lo convinimos. No llegamos a terminar ni una sola frase. Aun así, fue una escena apasionada. El caso es que me llevé la mano a la visera de la gorra y le dije: “¡Hasta la vista…!”. O tal vez ni siquiera le dijese “Hasta la vista”. O ella… No lo recuerdo. Recuerdo lo que pensé y lo que pensé que pensaba ella. Aunque puede que ella no lo pensara. No hay forma de saberlo. No vale la pena recordarlo…, salvo que interpreté que ella creía que nos estábamos despidiendo para siempre. Tal vez no quisiera darme a entender eso. Tal vez pudiera escribirle. Y vivir…».

Exclamó:
—¡Dios, estoy empapado de sudor!

En efecto, el sudor le corría por las sienes. Sintió la tentación de dejar vagar sus pensamientos en epítetos y dejar que fuesen a donde quisieran. Pero se contuvo. Estaba decidido a expresarlo todo. Volvió a ponerse a escribir:

«Llegué a casa hacia las dos de la mañana y entré en el comedor en la oscuridad. No necesité ninguna luz. Me senté a meditar un buen rato. Luego, Sylvia me habló desde el otro extremo de la habitación. Se produjo una situación abominable. Nunca me habían hablado con tanto odio. Tal vez se hubiera vuelto loca. Por lo visto, había estado fantaseando con la idea de que si yo tenía contacto físico con la señorita Wannop desaparecería el afecto que sentía por la chica… Y sentiría deseo físico por ella… Pero supo, sin que yo se lo dijera, que no se había producido aquel contacto físico con la chica. Me amenazó con arruinarme; con arruinarme en el ejército; con arrastrar mi nombre por el fango… Yo no dije nada. Se me da muy bien no decir nada. Me abofeteó y se marchó. Después arrojó en la habitación, a través de la puerta entreabierta, una medalla de oro de san Miguel, el patrón RC de los soldados en activo, que había llevado entre los pechos. Lo tomé por un acto final de despedida. Como si, al dejar de llevarlo, dejase también de rezar por mi seguridad… Aunque también podría significar que quería que yo lo llevase como protección… La oí bajar las escaleras con la doncella. Empezaba a clarear sobre las caperuzas de las chimeneas del edificio de enfrente. La oí decir: “Paddington”. ¡En voz alta y clara! Y oí un motor que se alejaba.

»Cogí mis cosas y me fui a Waterloo. La señora Satterthwaite, su madre, estaba esperando para despedirse de mí. Estaba muy disgustada de que su hija no hubiese ido también. Era de la opinión de que eso significaba que nos habíamos dicho adiós para siempre. Me sorprendió descubrir que Sylvia le había hablado a su madre de la señorita Wannop, porque siempre había sido extremadamente reservada, incluso con su madre…, la señora Satterthwaite, que estaba muy disgustada —¡le caigo bien!—, expresó los más negros presagios respecto a lo que podría estar tramando Sylvia. Yo me eché a reír. Empezó a contarme una larga anécdota sobre lo que había dicho de ella muchos años antes un tal padre Consett, que era el confesor de Sylvia. Había dicho que si alguna vez yo llegaba a estar interesado por otra mujer, Sylvia movería cielo y tierra con tal de conseguirme… ¡Es decir, con tal de acabar con mi ecuanimidad…! Era difícil seguir a la señora Satterthwaite. La escalerilla de un vagón de oficiales a punto de partir no es el mejor lugar para intercambiar confidencias. Así que la conversación concluyó de forma un poco brusca».

En ese momento, Tietjens gimió de modo tan audible que McKechnie le preguntó, desde el otro extremo de la tienda, si había dicho alguna cosa. Tietjens desvió la cuestión con:

—Desde aquí la vela parece estar demasiado cerca de la pared de la tienda. Tal vez no lo esté. Estas cosas son muy inflamables.

Era inútil seguir escribiendo. Él no era escritor, y escribir no le estaba proporcionando ninguna pista psicológica. Tampoco tenía madera de psicólogo, aunque había que ser tan bueno en eso como en todo lo demás… Entonces… ¿Qué había en el fondo de toda la locura y crueldad que les había caracterizado tanto a Sylvia como a él la última noche que había pasado en su país…? Pues era necesario tener muy presente que había sido Sylvia quien había organizado, sin él saberlo, su encuentro con la chica. Sylvia había querido que se arrojasen el uno en brazos del otro. Sin duda alguna. Era como si lo hubiese dicho de manera explícita. Aunque no lo había dicho hasta después. Cuando comprobó que le había salido mal la jugada. Estaba demasiado avezada en las maniobras amatorias para dejar ver sus cartas antes.

Entonces, ¿por qué lo había hecho? En parte, sin duda, porque le inspiraba lástima. Se lo había hecho pasar muy mal, así que, indudablemente, había querido ofrecerle el consuelo de los brazos de la chica…

¿Por qué, maldita sea, precisamente Sylvia había conseguido que le pidiera a la chica que se hicieran amantes? Nada, salvo la infernal crueldad de la conversación que tuvieron por la mañana, podría haberlo llevado al grado de excitación sexual que le empujó a proponerle una relación ilícita a una joven con quien hasta entonces no había intercambiado una sola palabra de cariño. Era un efecto sádico. No había otra manera de analizarlo de forma científica. Y, sin duda, Sylvia había sido muy consciente de lo que hacía. Toda la mañana, a intervalos, como quien concentra sus latigazos en un lugar particularmente doloroso, había seguido golpeándolo una y otra vez. Le había acusado de ser el amante de Valentine Wannop. Le había acusado de ser el amante de Valentine Wannop… Exactamente con esa reiteración enloquecedora. Habían repartido una herencia; habían arreglado varias cuestiones de negocios; habían decidido que su heredero fuese educado como papista…, ¡la religión de su madre! Habían revisado, de manera angustiosa, su relación en el pasado. Habían abordado incluso la cuestión de la paternidad del niño… Pero todo el tiempo, cuando su imaginación era como un pulpo ciego que se retorciera torturado por las cuchilladas, había seguido formulando la misma acusación. Le había acusado de ser el amante de Valentine Wannop…

Tietjens juró por Dios…, No había reparado en la pasión que le inspiraba la chica hasta aquella mañana: una pasión profunda e ilimitada como el mar, que le hacía temblar como si el mundo entero se estremeciese, una sed insaciable que le revolvía el estómago de sólo pensarlo… Pero nunca había sido de los que se dejan arrastrar por sus emociones… Maldita sea, pero si incluso ahora, cuando pensaba en la chica, en aquel maldito campamento, en esa tienda de campaña llena de sombras que cualquiera diría sacadas de un cuadro de Rembrandt, seguía llamándola señorita Wannop…

No es así como piensa un hombre en una joven a la que ama apasionadamente. No era consciente. No había sido consciente. Hasta esa mañana…

Luego…, eso le liberó… Sin duda eso le liberó… Una mujer no puede arrojar a su marido en los brazos de la primera chica que pase por allí y pensar que sigue teniendo derecho a él. ¡Sobre todo si, ese mismo día, se separa de él, que va a partir para Francia! ¿Le había liberado eso? Sin duda sí.

Cogió tan deprisa su vaso de ron con agua que se le derramó un poco sobre el pulgar. Se lo tragó todo y al instante se sintió reconfortado…

¿Qué demonios estaba haciendo? ¿A qué venía ahora tanta introspección…? Maldita sea, no se estaba justificando… Había actuado con total corrección por lo que se refería a Sylvia. No tanto, tal vez, con la señorita Wannop… Pero si él, Christopher Tietjens de Groby, tenía la necesidad de justificarse, ¿qué significaba ser Christopher Tietjens de Groby? Eso era lo más inconcebible.

Obviamente, como hombre no era inmune a los siete pecados capitales. Podía mentir, pero no aportar falso testimonio contra un vecino; podía matar, pero no sin que mediase provocación previa o por interés; podía considerar que, por el simple hecho de haber nacido en Yorkshire, tenía el deber de robar y de arrebatarles el ganado a esos falsos escoceses; podía fornicar, siempre y cuando fuese sin escándalos innecesarios. Ésos eran los derechos del Seigneur en un mundo lleno de gente vulgar. Personalmente, no había abusado de ninguno de esos pecados. Se reservaba el derecho de cometerlos y de sufrir las consecuencias…

Pero ¿qué demonios le había pasado a Sylvia? Le estaba dejando ver sus cartas y eso nunca lo había hecho. No habría podido hacer nada mejor para empujarle a reiniciar su relación con la señorita Wannop que inmiscuirse de aquel modo en su vida privada y con tamaña vulgaridad además. ¡Pues lo que había hecho era organizar una escena delante de los sirvientes! Llevaba preparándolo desde que él volvió a Francia. Y ahora lo había hecho en presencia de los Tommies de su propia unidad. Pero Sylvia no cometía errores así. Era un juego. ¿Qué juego? ¡Ni siquiera se atrevía a conjeturarlo! No era posible que contase con que, en el futuro, siguiera ofreciéndole la protección de su techo… ¿Cuál era entonces su juego? No podía creer que fuese capaz de cometer una vulgaridad semejante sin un propósito.

Sylvia era como un pura sangre. Siempre la había tenido por uno. Y ahora se comportaba como una yegua llena de mañas. O eso parecía. ¿Sería acaso porque había estado en su establo? Pero, si no, ¿cómo demonios iban a haber vivido? Le había sido infiel. Siempre, antes y después de la boda, le había sido fiel. De un modo despótico, de manera que no podía condenarla, aunque para él resultase muy desagradable. La aceptó de vuelta en su casa después de que se hubiese ido con el tal Perowne. ¿Qué más podía pedir…? No lograba encontrar una respuesta. ¡Y tampoco era asunto suyo!

Pero aun cuando no le importasen los motivos de aquella mujer, era la madre de su heredero. Y ahora se paseaba por el mundo proclamando sus injusticias. ¿Qué ejemplo era ése para un niño? ¡Una madre que organizaba escenas delante de la servidumbre! Era más que suficiente para arruinar la vida de cualquier niño…

No cabía duda de que eso era lo que había estado haciendo Sylvia. Durante los dos últimos meses, le había enviado una avalancha de cartas al general, al principio contentándose sólo con preguntarle dónde estaba Tietjens y cuál era su estado de salud, si corría peligro y cosas parecidas. Muy correctamente, por un tiempo, el hombre no le había dicho nada al respecto. Lo más probable era que hubiese tomado aquellas cartas por una muestra de la preocupación natural de una mujer cuyo marido está en el frente; debió de pensar que las cartas que le escribía Tietjens no eran lo bastante comunicativas u ocultaban lo que ella tomaba por una herida o una situación muy peligrosa. En cualquier caso, no habría sido apropiado: las mujeres no deben incomodar a los oficiales superiores con las vicisitudes de sus maridos. Nadie lo hacía. Sin embargo, Sylvia era amiga íntima de Campion y su familia —de hecho, más que él, pese a que Campion era su padrino—. No obstante, estaba claro que las cartas habían ido empeorando cada vez más.

A Tietjens le costaba reconstruir con exactitud lo que había escrito en ellas. Su canal de información había sido Levin, que era demasiado caballeroso para aludir a nada directamente. Demasiado caballeroso, demasiado confiado en el honor de Tietjens…, y demasiado desconcertado por los encantos de Sylvia, que, obviamente, se había esmerado en desconcertar al jefazo del Estado Mayor… Pero, desde que estaba en la ciudad, a la que había llegado —¡cómo no!— sin pasaporte ni papeles de ninguna clase, simplemente pasando por delante de hombres en garitas de madera en los muelles y otros sitios por el estilo, debía de haber ido muy lejos, ya fuese por carta o en sus conversaciones ¡nada menos que con Perowne!, quien acababa de volver de permiso con despachos del rey, o algo parecido. En un tren especial probablemente. Sylvia en estado puro.

Levin le contó que Campion le había echado a Perowne el mayor rapapolvo que había presenciado jamás. Y, desde luego, debía de ser condenadamente molesto para el pobre general que, después de lo que le había ocurrido a uno de sus predecesores, siempre había insistido en que no quería faldas rondando por su cuartel general. De hecho, una de las cruces de la angustiada vida de Levin era que el general se había negado en redondo a darle permiso para casarse con la señorita de Bailly a menos que se comprometiese a enviar a la joven lejos de Francia en el primer barco, justo después de la ceremonia. Levin, por supuesto, iría con ella, pero la chica no podría volver a Francia hasta el fin de las hostilidades. Eso había desatado las iras de sus aristocráticos parientes y le había costado a Levin otros ciento cincuenta mil francos en el acuerdo matrimonial. Las mujeres casadas de los oficiales no estaban autorizadas a quedarse en Francia, aunque, en el caso de las que no estaban casadas, no hubiera forma de impedirlo…

Campion, en cualquier caso, le había enviado su furiosa nota a Tietjens tras recibir, a primera hora de la mañana, una carta de Sylvia en la que le decía que su ducal primo segundo, el lúgubre Rugeley, desaprobaba el hecho de que Tietjens estuviera en Francia, y después de recibir, hacia las cuatro de la tarde, un telegrama, enviado por Sylvia desde El Havre, para advertirle de que llegaría con el tren de mediodía. Al general casi le había irritado tanto pensar que su coche no estaría allí para recogerla como el que ella fuese a presentarse allí. Pero una huelga de ferroviarios franceses había retrasado la llegada de Sylvia. En cinco minutos, Campion envió su gruñido a Tietjens, convencido de que estaba al tanto de todo, y a Levin con el coche a la estación de Ruán.

Al general, de hecho, lo dominaba la confusión. Estaba convencido de que Tietjens, como buen intelectual, había tratado mal a Sylvia, llegando incluso al extremo de robarle dos pares de sus mejores sábanas, y también estaba convencido de que Tietjens estaba confabulado con ella. Campion estaba convencido de que, como buen intelectual, a Tietjens le desagradaba su puesto de oficial encargado de enviar los destacamentos al frente, y ambicionaba un puesto más rutilante en el entorno del general…Y Levin le había contado que lo peor era que, en el fondo de su corazón, Campion pensaba que Tietjens merecía estar en un puesto mejor. Le había dicho a Levin lo siguiente:

«Maldita sea, ese tipo debería estar al mando de mi Servicio de Inteligencia, en lugar de usted. Pero está mal de la cabeza. Eso es lo que le pasa, que está mal de la cabeza. Es demasiado brillante… Siempre le está buscando tres pies al gato». Lo de buscarle tres pies al gato era el caballo de batalla favorito del general, a quien no le gustaba demasiado hablar. Siempre que hablaba con alguien de algo que no estuviera relacionado con su trabajo —y, desde luego, siempre que conversaba con Tietjens— acababan demostrándole que estaba equivocado, y eso minaba su confianza en sí mismo.

De modo que el general estaba que echaba humo. Y muy confundido. Parecía dispuesto a creer que Tietjens estaba detrás de todo lo malo que ocurría bajo su mando.

Pero, después de considerarlo todo, Tietjens seguía sin comprender qué hacía su mujer en Francia.

—Se queja —gimoteó penosamente Levin en algún momento por el resbaladizo sendero— de que se llevara usted sus sábanas. Y acerca de una tal señorita…, ¿le suena una tal señorita Wanostrocht…? El general no parece concederle demasiada importancia a lo de las sábanas.

Al parecer, se había celebrado una especie de reunión acerca del caso Tietjens en el inmenso salón cubierto de tapices en el que vivía Campion con los miembros más próximos de su cuartel general, presidida por Sylvia, que les había expuesto sus quejas al general y a Levin. El mayor Perowne se había excusado, alegando que no se consideraba cualificado para emitir una opinión al respecto. En realidad, le dijo Levin, estaba enfadado porque Campion le había acusado de correr el riesgo de que la gente «murmurase» sobre él y la señora Tietjens. Levin pensaba que el general había sido demasiado duro con él. ¿Acaso ahora los miembros de su Estado Mayor no iban a poder acompañar a una dama a ninguna parte? Ni que fuesen colegiales de sexto curso.

—Pero usted…, usted…, usted… —balbució tembloroso— ha sido un tanto descuidado al no escribir a la señora Tietjens. Perdone que se lo diga, pero, desde luego, la pobre parecía fuera de sí de preocupación… —Por eso Sylvia le había esperado en el coche del general al pie de la colina. Para ver a Tietjens con vida. Pues ellos habían sido incapaces de convencerla en el cuartel general de que Tietjens estaba vivo y en la ciudad.

De hecho no le había esperado tanto tiempo. Al parecer, después de conversar con los centinelas y quedar convencida de que, efectivamente, Tietjens seguía con vida, le había dicho al chófer que la llevara de vuelta al Hôtel de la Poste, y había dejado que el desconsolado Levin volviera a la ciudad en tranvía, o como mejor pudiera. Vieron las luces del coche girando, con su interior alegremente iluminado, y desapareciendo entre los árboles a lo largo de la carretera que había más abajo… El centinela, hosco y monosilábico —¡uno sabe cuándo a un Tommie le ronda algo por la cabeza!—, les informó de que el sargento había mandado formar a la guardia para que todos pudieran confirmarle a la dama que el capitán estaba vivo y gozaba de buena salud. El solícito sargento dijo que había optado por aquella maniobra, que normalmente está reservada a la visita de algún general y, una vez al día, al CO, porque la dama le había parecido muy preocupada por no haber recibido ninguna carta del capitán. En el cuerpo de guardia, que no tenía celdas, había dos borrachos a los que les había dado por quitarse la ropa y estaban en un estado de total desnudez, así que el sargento esperaba no haber hecho nada malo. En realidad, la policía militar de la guarnición tenía la obligación de llevar a los borrachos detenidos fuera del campamento al cuerpo de guardia del APM, pero en vista del estado de desnudez y del comportamiento violento de aquellos dos, al sargento le había parecido bien hacerle un favor a la policía militar. Las voces de los borrachos cantando el himno marcial de los «Hombres de Harlech»21 corroboraban la opinión del sargento respecto a su estado. Añadió que no habría mandado formar a la guardia de no haberse tratado de la mujer del capitán.

—Ese sargento es un tipo listo —había dicho el coronel Levin—. No se me ocurre un modo mejor de convencer a la señora Tietjens.

Tietjens había respondido: «¡Oh, sí, listísimo!», a pesar de que mientras pronunciaba esas palabras deseó no haberlo hecho, pues la amarga ironía de su tono le había dado una ocasión a Levin para reprocharle su actitud con Sylvia. No tanto por sus acciones —Levin seguía aferrándose a la tesis de que Tietjens era el honor en persona— como por la forma en que le había hablado a aquel sargento que había sido tan amable con Sylvia, y precisamente porque lo que había motivado aquel incidente era que Tietjens no hubiera escrito a su mujer. Tietjens había estado a punto de alegar que, teniendo en cuenta los términos en los que se despidieron, escribirle una sola carta le habría parecido ofensivo para la dama. Pero no dijo nada y, el siguiente cuarto de hora, el incidente se resolvió en un soliloquio de Levin acerca del matrimonio en la colina resbaladiza. Asunto que, como es lógico, ocupaba en ese momento gran parte de sus pensamientos. Pensaba que había que tener tanta confianza en la mujer que a uno no le importase que ella leyera todas sus cartas. Ésa era su idea de lo idílico. Y cuando Tietjens observó con ironía que nunca, en toda su vida, había escrito o recibido una carta que su mujer no pudiera haber leído, Levin exclamó con un entusiasmo que casi le hizo perder el equilibrio en la niebla:

—Estaba seguro, viejo amigo. Pero me alegra muchísimo oírselo decir. —Añadió que deseaba, en la medida de lo posible, tomar ejemplo de sus ideas sobre la vida y la forma de comportarse. Pues, como era lógico, ahora que estaba a punto de unir su suerte con la de la señorita de Bailly, podía decirse que iba a dar un giro decisivo a su carrera.

IV

Habían vuelto a subir por la falda de la colina para que Levin pudiera telefonear al cuartel general y pedir que le enviaran su coche, en caso de que el chófer de Campion no tuviese el sentido común de volver a buscarle. Pero eso era todo lo que lograba recordar Tietjens de aquella escena… Estaba sentado en su saco de dormir, garabateando aburrido con el lápiz en la página cuadrada del cuaderno que seguía abierto sobre sus rodillas, leyendo, una y otra vez, las palabras con las que había concluido el informe sobre su caso: «Así que la conversación concluyó de forma un poco brusca». Por encima de las palabras veía la imagen de la oscura falda de la colina y las luces de la ciudad extendiéndose por debajo hacia el cielo una vez concluida la incursión aérea…

Pero, en ese momento, el ordenanza del médico pronunció, con una ironía jocosa y grosera, el nombre: «Pobre**** Cero Nueve Morgan…», y, por encima de la página blancuzca de papel que tenía delante de la nariz, Tietjens notó una fina película de color rojizo o purpúreo, y luego una superficie gelatinosa de un pegajoso pigmento escarlata ¡que se movía! Era otro efecto del cansancio, que operaba sobre la retina y que Tietjens conocía a la perfección. Sin embargo, lo llenó de indignación por su propia debilidad. Se preguntó si es que no iba a poder oír el nombre de ese desdichado de Cero Nueve Morgan sin que su retina le obsequiara con la imagen de la sangre de aquel hombre. Observó el fenómeno, que se fue haciendo más tenue a medida que se movía hacia la esquina superior derecha del papel y acabó por convertirse en un verde vagamente luminoso. Lo observó con lúgubre ironía.

¿Acaso, se preguntó, tenía que sentirse responsable por la muerte de aquel hombre? ¿Iba su subconsciente a acusarlo de eso? Nada más absurdo. ¡Sería el acabose…! Y, sin embargo, esa misma noche aquel estúpido insignificante de Levin se había creído con derecho a entrometerse en las relaciones de él, Tietjens de Groby, con su mujer. ¡También era absurdo y el acabose! Era inconcebible, tan inconcebible como la teoría de que un oficial pudiera ser responsable de la muerte de uno de sus hombres… Pero, no obstante, la idea se le había ocurrido. ¿Cómo iba a ser él responsable de su muerte? De hecho —en sentido literal—, lo era. Había dependido sólo de él que el hombre volviera a casa o no. Había tenido en sus manos la vida y la muerte de aquel tipo. Había seguido el camino correcto. Había escrito a la policía de su pueblo y ellos le habían pedido que no lo dejase volver… ¡Había sido una extraordinaria exhibición de moralidad para tratarse de una fuerza policial! Le rogaron que no le permitiese volver porque un púgil estaba ocupando su lecho y su lavandería… Probablemente, estuviesen haciendo gala de un extraordinario sentido común. No querrían verse mezclados en una pelea con Red Evans de Red Castle…

Por un instante le pareció ver…, vio en realidad…, los ojos de Cero Nueve Morgan, mirándolo con una especie de perplejidad, igual que lo miraron cuando se negó a concederle el permiso… ¡Una especie de perplejidad! Sin resentimiento, pero con incredulidad. ¡Igual que miraría uno a Dios, tres metros por debajo de su trono, cuando Él pronunciase algún juicio inescrutable! El Señor concede los permisos, y el Señor los deniega… ¡Probablemente, no bendito, pero sí extraño sea el nombre del Dios-Tietjens!

Y al pensar en aquel hombre, tal como era cuando estaba vivo y ahora que estaba muerto, una inmensa negrura se abatió sobre Tietjens. Se dijo: «Estoy muy cansado». Pero no se sentía avergonzado… Era la misma negrura que se abate sobre uno cuando piensa en sus muertos… Llega en cualquier momento, a plena luz del día, con la luz gris del amanecer o del atardecer, en el comedor; en un desfile; llega al pensar en un solo hombre, o al pensar en los soldados de medio batallón a los que has visto tendidos, debajo de unas sábanas en las que la nariz hacía un pequeño bulto, o boca abajo, semienterrados. O al pensar en los muertos que nunca has visto muertos… De pronto se apaga la luz… En ese caso era por un tipo, un hombre bastante desaliñado, no muy complaciente, ni mucho menos simpático y que, sin duda, estaba pensando en desertar… Pero es tu muerto…, tuyo…, y sólo tuyo. Como si estuviera unido a tu identidad por un cordón negro…

Fuera, en la oscuridad, se oyeron los pasos rítmicos, ágiles y susurrantes de un enorme número de hombres, como si fuesen fantasmas.

Un número enorme de hombres en fila de a cuatro, empujados adelante, de manera irresistible por el poder abrumador de la humanidad organizada. Las paredes de la tienda eran tan delgadas que daba la impresión de estar poblada por una innumerable multitud. Una voz ebria, justo detrás de Tietjens, soltó una risita: «Por el amor de Dios, sargento mayor, detenga a esos**** Estoy demasiado**** borracho para hacerlo yo…».

Al principio, no produjo ninguna impresión en la imaginación de Tietjens. Los hombres pasaban. Se oían gritos en el campamento. No se oía ninguna orden, los hombres seguían pasando. Gritos.

Los labios de Tietjens —su imaginación seguía ocupada con los muertos— dijeron:

—¡Ese desvergonzado de Pitkins…! Haré que lo releven del mando por esto…

Vio a un subalterno impúdico, pequeño y con un párpado caído. Entonces cayó en la cuenta. Pitkins era el subalterno al que había asignado para llevar el destacamento a la estación y seguir hasta Bailleul a las órdenes de un oficial de campo borrachín donde los hubiera.

McKechnie exclamó desde la otra cama:
—Eso es el destacamento que vuelve.

Tietjens gritó:
—¡Dios mío…!

McKechnie le espetó al ordenanza:
—¡Por el amor de Dios, vaya a ver si es cierto! Y vuelva de inmediato…

La imagen insoportable de los hombres en el frente, helándose de frío a la luz de la luna, y de unos hombres de gris empujando traicioneramente con el codo a una multitud vestida de marrón, cruzó zigzagueando por delante de la luz broncínea de la tienda. La insoportable sensación que todos teníamos en aquellos días de que todos esos millones de hombres eran los juguetes de unas hormigas que se movían muy atareadas por los kilómetros de pasillos de debajo de las cúpulas y campanarios que se alzan sobre el corazón de nuestra comunidad, ese peso intolerable sobre el cerebro y las extremidades, cayó una vez más sobre aquellos dos hombres que esperaban apoyados en el codo. Se quedaron boquiabiertos mientras escuchaban. Sólo el largo y polifónico balbuceo procedente de la fila de hombres llegaba a sus oídos.

Tietjens exclamó:
—Ese tipo no volverá… Es incapaz de hacer un recado y volver… —Sacó pesadamente una de las piernas del saco de dormir y exclamó—: ¡Por Dios, los alemanes estarán aquí en una semana!

Luego se dijo:
«Si en Whitehall nos traicionan de este modo, ese Levin no tiene ningún derecho a husmear en mis asuntos matrimoniales. Me parece bien que se sacrifiquen los sentimientos de un individuo en pro de las necesidades de la colectividad. Pero no si a esa colectividad la traicionan desde arriba. No, si no tiene ni la más remota posibilidad…». La reciente incursión de Levin en su intimidad le parecía instigada por el general… Le resultaba increíblemente dolorosa, como un examen médico de su cuerpo desnudo, pero también comprensible. El viejo Campion tenía que velar por la moral de la tropa ante las infidelidades matrimoniales de los oficiales… ¡No obstante, esas investigaciones no debían llevarse a cabo si todo el espectáculo era una gigantesca demostración de amoralidad!

McKechnie dijo, al ver aparecer la pierna de Tietjens:
—No vale la pena que salga… Cowley hará formar a los hombres. Está preparado. —Añadió—: Si esos tipos de Whitehall están tan decididos a acabar con la carrera del viejo Puffles, ¿por qué no lo destituyen de una vez? —Circulaba la leyenda de que un eminente personaje del gobierno le tenía manía personal a un general del ejército apodado Puffles. Así que se decía que el gobierno le escatimaba los soldados para que su división sufriese una terrible derrota—. Pueden destituir a los generales cuando quieran —prosiguió McKechnie—, ¡o a cualquier otro!

Que aquel miembro de la clase media baja tuviera opiniones a propósito de los asuntos públicos le produjo a Tietjens una profunda aversión. Exclamó:

—¡Oh, todo eso son tonterías!
Él mismo estaba ahora al margen de los asuntos públicos. Pero el otro rumor que circulaba entre las tropas intranquilas era que los cerebros de Whitehall —los cerebros civiles— habían ideado la estrategia política de privar al ejército de tropas para amenazar a los aliados de Gran Bretaña con retirarse del frente occidental. Se decía que amenazaban con una maniobra estratégica a gran escala en Oriente Próximo, tal vez porque iban a llevarla a cabo de verdad o para obligar a sus aliados mediante una intriga política. Aquellos rumores atroces reverberaban una y otra vez en los oídos de aquellos millones de hombres bajo la negra cúpula del cielo. Sus camaradas del frente iban a ser sacrificados como retaguardia de las tropas en retirada. Todo el país iba a ser aniquilado como sacrificio a la vanidad de algunos. Ahora habían hecho volver al destacamento, ¡lo que parecía una prueba evidente de que el gobierno quería privar al frente de hombres! McKechnie gimió:

—¡Pobre**** Bird…! Está listo… Lleva once meses en el frente… ¡Once meses…! Yo pasé nueve con él. —Añadió—: Vuélvase a la cama, amigo… Yo saldré a ver a los hombres si es necesario…

Tietjens replicó:
—Usted no sabe dónde están sus barracones… —Y se sentó a escuchar. No oyó más que un continuo murmullo. Dijo—: ¡Maldita sea! Esos hombres no tendrían que estar ahí con el frío que hace… —La rabia asomó por debajo de su desesperación. Los ojos se le llenaron de lágrimas. «Dios», se dijo, «ese Levin pretende inmiscuirse en mi vida privada… ¡Maldita sea!», volvió a pensar, «es como cometer una leve impertinencia en un mundo que se va a pique…»

El mundo se iba a pique.
—Saldría yo —dijo—, pero no quiero tener que arrestar a ese sucio Pitkins. Sólo bebe por la fatiga de combate. Ese sucio hereje no es lo bastante hombre…

McKechnie replicó:
—¡Pare el carro…! Yo soy presbiteriano…

Tietjens respondió:
—¿Ah, sí…? Le ruego que me perdone… No habrá más desfiles… El ejército británico se ha deshonrado para siempre…

McKechnie dijo:
—Nada más cierto, amigo…

Tietjens exclamó con súbita violencia:

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