El gran Meaulnes

Alain Fournier

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

Ante esta extraña maravilla que es El gran Meaulnes, puede ser lícito, y aun inevitable, presentarla en términos personales, como una experiencia emotiva que, a través del tiempo, se revela aún más romántica en el reencuentro. No ha sido azar, sino destino, mi manera de hallar y recobrar esta obra, revelando su esencia en una aparente anécdota. Leí El gran Meaulnes cuando tenía yo la misma edad de sus personajes, y me quedó confundida entre mi propia adolescencia, sin recordar bien si era un libro mágico por sí mismo o porque se había identificado con un momento de mi vida —más aún: mi primera noticia del libro había sido al encontrar en mi texto de francés, de Bachillerato, un trozo suyo, el de la pelea en la escuela jugando a caballos y jinetes, y, alucinadamente, no supe ya distinguir luego hasta qué punto eso lo había leído o lo había vivido en mi clase—. Aquella lectura juvenil no fue acompañada de ninguna información ni prólogo: me resultaba evidente que la historia era la del propio autor, el muchacho fascinado por su compañero grandullón y un poco misterioso, «el gran Meaulnes», y me habría parecido absurdo verla como producto de un autor, de un profesional literario con unas «obras completas» entre las cuales hubiera incluso otras novelas; pero ¿cabía leer como «novela» aquella rememoración, tan personal, aunque vuelta hacia otro? Casi cuarenta años después, y al terminar mi colaboración en la traducción de este libro, me he informado mejor sobre el autor y sobre la génesis de El gran Meaulnes y me he quedado maravillado al ver cómo se unían la literatura y la vida en él. Se puede contar todo, sin miedo a estropear el «suspense» que tira del lector, intrigado, hasta la última página, porque la experiencia personal de Alain Fournier quedó sorprendentemente transfigurada en su estructura argumental al convertirse en libro, dejando de aquella solo el sentimiento central, y volviendo del revés las peripecias. Veámoslo.

Alain Fournier —en realidad, Henri-Alban Fournier— nació en 1886 en La Chapelle d’Angillon (Cher), es decir, en la comarca donde ocurre la acción de su libro, y siendo, como su narrador, hijo de un instituteur, un maestro de enseñanza media. Un sueño de aventura le hizo prepararse para la Escuela Naval de Brest, pero el apego a su tierra acabó por sujetarle, y, en vez de navegar, estudió filosofía en Bourges. Luego se licenció para enseñar letras, en Sceaux, junto con el que sería famoso escritor Jacques Rivière (casado después, en 1909, con la hermana de Fournier, Isabelle, a quien está dedicado El gran Meaulnes). Los dos amigos se entregaron al descubrimiento de la literatura, entrando en relación con nuevos escritores de alto porvenir —Claudel, Péguy, Valéry—. Pero Alain Fournier, mientras publicaba diversos artículos, cuentos y poemas, iba creando lenta y ocultamente su gran relato, donde metamorfoseaba la aventura esencial de su corazón. En efecto, en 1905, había encontrado fugazmente una bella muchacha, con la que tuvo una breve conversación a orillas del Sena. La muchacha desapareció, y Alain Fournier se puso a buscarla ansiosamente, a través de los años, mientras incorporaba su imagen a las páginas de su relato como la señorita Yvonne de Galais. Ocho años después, por fin, encontró a la que solo podía llamar para sí «la Belle Jeune Fille»: estaba casada y tenía hijos. Pocos meses más tarde, se publicaba El gran Meaulnes: podríamos suponer, conociendo estos datos, que, transformada la emoción en literatura, Alain Fournier proseguiría luego su carrera literaria hasta redondear su obra. Pero no iba a ser así: unos meses después, estalla la que entonces se llamó «drôle de guerre», y luego «Gran Guerra», y hoy, fríamente, «Primera Guerra Mundial», y Alain Fournier fue uno de los primeros movilizados que cayeron —en septiembre de 1914: en vísperas de cumplir veintiocho años—. Yo, que no me había dado cuenta de tal dato hasta después de mi relectura, tuve que reconocer que aquí el destino real parecía obedecer secretamente a la literatura (los clásicos lo decían más bellamente: «el amado de los dioses muere joven»). Alain Fournier, que, con una vida larga, podía haberse convertido en un grisáceo homme de lettres, quedaba así transfigurado en figura poética sin realidad civil, reducido a personaje de su propio poema narrativo, desapareciendo de escena con proverbial oportunidad. Pero el lector, cuando avance por el libro y lo termine, encontrará, con asombro, que toda esta información que damos no le anticipa en absoluto la organización y el argumento de El gran Meaulnes —que, claro está, no resumimos aquí—: más bien, acaso pueda interferir, por las expectaciones suscitadas, con el desarrollo efectivo de la acción. La voz que narra en primera persona no tiene más papel que contemplar, ayudar y contar, pero tampoco cabe entender que el autor se haya identificado con el gran Meaulnes, porque el tema central del libro es precisamente la fascinación que ejerce otro muchacho sobre el narrador, y sobre los otros chicos —hasta el punto de que, con los hábitos de la crítica actual, difícilmente cabe eludir la sugerencia de una velada y platónica homosexualidad—. ¿Sería entonces el gran Meaulnes una transfiguración de Jacques Rivière, mezclado con «la Belle Jeune Fille»? Pregunta inútil y sin sentido: la gracia del libro, como sugeríamos ya, está en no haberse atenido a la anécdota personal —la muchacha buscada, que se queda en tema muy secundario—, sino en haber sabido transformarlo todo en un trenzado de «variaciones» —en el sentido musical de la palabra— sobre el motivo originario, introduciendo algún personaje tan desbocadamente romántico como el que se quiere suicidar por amor y se convierte en cómico de la legua —una figura digna de un relato del Romanticismo alemán—. Al final, la tragedia queda vibrando, abierta: un sueño de la adolescencia, un momento alucinado, un encuentro, la entrada en un caserón que parece hechizado, pueden trastornar toda una vida, dejando una herida de nostalgia que no se cerrará nunca, ni aun con el hallazgo del ser amado y buscado. Y, entonces, lo que queda allá es la imagen del pueblo en la niñez escolar, hecha dolorosa melancolía de lírica belleza: como en el verso machadiano, «borrada la historia / contaba la pena».

JOSÉ MARÍA VALVERDE

cap

A mi hermana Isabelle

cap-2

PRIMERA PARTE

cap-3

Capítulo primero

EL HUÉSPED

Llegó a nuestra casa un domingo de noviembre de 189...

Aún digo «nuestra casa», aunque ya no nos pertenece. Nos fuimos de esa región hace quince años, y seguramente no volveremos nunca más.

Vivíamos en el edificio del Curso Superior de la Escuela de Sainte-Agathe. Mi padre, a quien yo llamaba señor Seurel, igual que los otros alumnos, era a la vez el director del Curso Superior donde los alumnos estudiaban para maestros, y del Curso Medio. Mi madre enseñaba a los pequeños.

Una casa larga y roja, con cinco puertas de vidrieras bajo la parra virgen, allí, al final del pueblo; un patio inmenso con porches y lavadero del que se salía por un gran portal que daba hacia el pueblo. En el lado norte una pequeña verja detrás de la cual pasaba la carretera que iba hacia la estación, a tres kilómetros; al sur y al otro lado de la casa, campos, jardines y prados entremezclados con los barrios de las afueras del pueblo... Este es el plano general de la vivienda en la que pasé los días más tormentosos pero más valiosos de mi vida —vivienda de la que salieron nuestras aventuras para luego volver a estrellarse contra ella, como olas contra un roquedo desierto.

El azar de los «traslados», una decisión de inspector o de prefecto, nos había llevado hasta allá. Hacia el final de las vacaciones, hace ya mucho tiempo, un carruaje campesino, que precedía a nuestra mudanza, nos había dejado a mi madre y a mí delante de la pequeña verja oxidada. Unos chiquillos que robaban melocotones en el jardín se escaparon silenciosamente por los huecos de la cerca... Mi madre, a la que llamábamos Millie, y que era el ama de casa más metódica que he conocido en toda mi vida, entró enseguida en los cuartos llenos de paja polvorienta y declaró consternada, como en cada «traslado», que nuestros muebles no cabrían nunca en una casa tan mal construida... Salió para confiarme su preocupación. Mientras me hablaba, me limpió suavemente con el pañuelo mi cara de niño, sucia del viaje. Después volvió a entrar a hacer una lista de todos los huecos que iba a hacer falta condenar para que la vivienda llegara a estar habitable... Y yo, con un gran sombrero de paja con cintas, me había quedado ahí, esperándola, en la grava de ese patio extraño, atisbando tímidamente alrededor del pozo y bajo el cobertizo del carro.

Así es, al menos, como me imagino hoy que fue nuestra llegada. Porque siempre que quiero volver a recuperar el lejano recuerdo de la espera de aquella primera tarde en nuestra memoria, me veo con las manos agarradas a los barrotes del portal, acechando con inquietud a alguien que va a bajar por la calle principal. Y si intento imaginarme la primera noche que debí pasar en mi buhardilla, entre los desvanes del piso de arriba, son ya otras noches las que recuerdo; no estoy solo en este cuarto; una gran sombra inquieta y amiga se pasea por las paredes. Todo ese paisaje tranquilo —la escuela, el campo del tío Martin con sus tres nogales, el jardín que todos los días, a partir de las cuatro, se veía invadido por mujeres que venían de visita— ha quedado permanentemente agitado y transformado en mi memoria por la presencia de aquel que trastornó toda nuestra adolescencia sin que ni siquiera su huida nos dejara tranquilos.

Sin embargo, llevábamos ya diez años en esa región cuando llegó Meaulnes.

Yo tenía quince años. Era un domingo frío de noviembre, el primer día de otoño que hacía pensar en el invierno. Millie había estado el día entero esperando que llegara un coche de la estación que debía traerle un sombrero para la temporada del mal tiempo. Por la mañana, había faltado a misa; y yo, sentado en el coro con los otros chicos, había estado hasta el sermón mirando inquieto hacia la puerta para verla entrar con su sombrero nuevo.

Por la tarde tuve que ir solo a vísperas.

—Además —me dijo para consolarme, mientras le quitaba un poco el polvo a mi traje de niño con la mano—, aunque el sombrero hubiera llegado, seguro que hubiera tenido que pasarme el domingo repasándolo.

Así es como pasábamos a menudo los domingos de invierno. Por la mañana temprano mi padre se iba por ahí lejos, a la orilla de alguna laguna brumosa a pescar lucios en una barca; y mi madre, metida hasta la noche en su cuarto oscuro, se dedicaba a arreglar sus humildes ropas. Se encerraba de esta manera por miedo a que alguna de sus amigas, tan orgullosas y pobres como ella, pudiera sorprenderla. Y yo, acabadas las vísperas, esperaba leyendo en el frío comedor a que abriera la puerta para enseñarme cómo le sentaban.

Ese domingo, un poco de animación delante de la iglesia hizo que me quedara fuera después de las vísperas. En el atrio, un bautizo había atraído a los chiquillos. En la plaza, varios hombres del pueblo se habían puesto sus guerreras de bombero y, formados los destacamentos, oían cómo Boujardon, el sargento, se embrollaba con teorías mientras ellos, ateridos por el frío, daban pataditas en el suelo.

Las campanas del bautizo pararon de pronto, como un repique de fiesta que se hubiera equivocado de día y de lugar; Boujardon y sus hombres, con las armas en bandolera, se llevaron el carro de bomberos al trote corto. Les vi desaparecer por la primera esquina seguidos de cuatro chiquillos silenciosos, aplastando con las gordas suelas de sus zapatos las ramitas del camino escarchado por el que no me atreví a seguirles.

En el pueblo, el único sitio donde quedaba vida era el café Daniel; desde allí me llegaba el barullo de las discusiones de los hombres que bebían, aumentando de volumen por momentos, bajando enseguida otra vez. Y yo, pegándome al muro bajo del gran patio que separaba nuestra casa del pueblo, llegué a la cancela un poco inquieto por haberme retrasado.

Estaba entreabierta y vi que pasaba algo extraño.

En efecto, intentando atisbar desde fuera por la puerta del comedor —la más cercana de las cinco puertas de vidriera que daban al patio— había una mujer de pelo gris intentando ver a través de los visillos. Era pequeña y llevaba una capota de terciopelo negro a la antigua. Tenía la cara delgada y fina, pero alterada por la inquietud; y no sé qué aprensión, al verla, hizo que me parara en el primer escalón de la entrada.

—¡Dios mío! ¿Adónde se habrá ido? —decía a media voz—. Estaba aquí conmigo hace un momento. Ya he recorrido la casa. Tal vez se ha ido...

Y entre frase y frase daba en el cristal tres golpecitos casi imperceptibles.

Nadie venía a abrir a la visitante desconocida. Sin duda, Millie había recibido el sombrero de la estación, y al fondo del cuarto rojo, no oía nada, delante de una cama sembrada de cintas y plumas viejas deshilachadas, cosiendo, descosiendo y remodelando su mediocre sombrero... En efecto, en cuanto hube entrado en el comedor, seguido de cerca por la visita, apareció mi madre sosteniendo en la cabeza con las manos unos alambres, unas cintas y unas plumas que no habían llegado a estar aún en perfecto equilibrio... Me dirigió una sonrisa con sus ojos azules, cansados de haber trabajado al anochecer, y exclamó:

—¡Mira! Te estaba esperando para enseñarte...

Pero al ver a aquella mujer sentada en la gran butaca al fondo de la sala, dejó de hablar, desconcertada. Se quitó rápidamente el sombrero y durante toda la escena que tuvo lugar a continuación, lo tuvo sujeto contra el pecho, invertido, como un nido, en su brazo derecho doblado.

La mujer de la capota, con un bolso de cuero y un paraguas entre las rodillas, había empezado a explicarse balanceando ligeramente la cabeza y chasqueando la lengua, como una mujer de visita. Había vuelto a recuperar todo su aplomo. Tenía, incluso, al hablarnos de su hijo, un aire superior y misterioso que nos intrigó.

Habían venido los dos en coche desde La Ferté-d’Angillon, a catorce kilómetros de Sainte-Agathe. Viuda, y muy rica, por lo que nos dio a entender, había perdido el menor de sus dos hijos, Antoine, que había muerto una tarde a la vuelta de la escuela por haberse bañado con su hermano en una charca estancada. Había decidido poner a pensión en nuestra casa al mayor, Augustin, para estudiar el Curso Superior.

E inmediatamente se puso a elogiar a este huésped que nos traía. Yo no reconocía ya a la mujer de pelo gris que había visto encorvada delante de la puerta hacía un momento, con ese aire suplicante y alocado de gallina que ha perdido al pollito más díscolo de su nidada.

Lo que nos contaba de su hijo con tanta admiración era de lo más sorprendente: le encantaba hacer cosas para complacerla; a veces hacía varios kilómetros por el borde del río mojándose las piernas, para traerle huevos de gallineta o de pato salvaje que cogía entre los juncos... También ponía trampas... La otra noche había encontrado en el bosque un faisán atrapado por el cuello...

Yo, que no me atrevía a volver a casa cuando me había hecho un desgarrón en la camisa, miraba a Millie con asombro.

Pero mi madre ya no escuchaba. Incluso le hizo un gesto a la mujer de que callara y, dejando con cuidado su «nido» en la mesa, se levantó silenciosamente como para ir a sorprender a alguien...

Encima de nosotros, en efecto, en un lugar donde estaban amontonados los restos ennegrecidos de los fuegos artificiales del último Catorce de Julio, unos pasos desconocidos y seguros de sí mismos, iban y venían, estremeciendo el techo al atravesar los inmensos desvanes tenebrosos del piso de arriba, y se iban a perder hacia los cuartos abandonados de los ayudantes, donde se ponía la tila a secar y las manzanas a madurar.

—Ya había oído yo hace poco ese ruido por los cuartos de abajo —dijo Millie a media voz—, y creí que eras tú, François, que habías vuelto...

Nadie contestó. Los tres estábamos de pie con el corazón latiéndonos, cuando se abrió la puerta del desván que daba hacia la escalera de la cocina; alguien bajó los escalones, atravesó la cocina y se presentó en la entrada oscura del comedor.

—¿Eres tú, Augustin? —dijo la señora.

Era un chico grandote de unos diecisiete años. En la oscuridad del anochecer no vi, al principio, más que su sombrero campesino de fieltro, echado hacia atrás, y su blusón negro sujeto con un cinturón, como lo llevan los escolares. También noté que sonreía.

Me vio, y antes de que nadie hubiera podido pedirle ninguna explicación, me dijo:

—¿Vienes al patio?

Dudé un segundo. Después, como Millie no hizo gesto de retenerme, cogí mi gorra y me dirigí hacia él. Salimos por la puerta de la cocina y fuimos al patio de recreo, que estaba ya casi oscuro. A la pálida luz del crepúsculo yo miraba, al andar, su cara angulosa de nariz recta y labio velloso.

—Mira —dijo—, he encontrado esto en tu desván. ¿Es que no habías mirado ahí nunca?

Tenía en la mano una pequeña rueda de madera ennegrecida, con una ristra de cohetes quemados alrededor; había debido ser la girándola de los fuegos artificiales del Catorce de Julio.

—Hay dos que no se encendieron: vamos a prenderlos —dijo con un tono tranquilo y el aire de alguien que espera descubrir más detalles más adelante.

Tiró la gorra al suelo y vi que llevaba el pelo completamente rapado, como un campesino. Me enseñó los dos cohetes con sus trozos de mecha de papel que la llama había cortado, ennegrecido y abandonado. Clavó en la arena el cubo de la rueda y sacó del bolsillo —con gran asombro mío, puesto que eso nos estaba terminantemente prohibido— una caja de cerillas. Agachándose con cuidado le prendió fuego a la mecha. Después, cogiéndome de la mano, tiró de mí.

Un momento después mi madre salía por el umbral de la puerta con la madre de Meaulnes, después de haber discutido y arreglado el precio de la pensión, y vio surgir del cobertizo un haz de chispas rojas y blancas acompañadas de un silbido. Durante un segundo me pudo ver, erguido y sin inmutarme en ese resplandor mágico, de la mano de aquel chico grande recién llegado...

Tampoco se atrevió a decir nada esta vez.

Y por la noche, en la cena, tuvimos en la mesa familiar un compañero silencioso que comía con la cabeza baja, sin preocuparse de nuestras tres miradas fijas en él.

cap-4

Capítulo II

DESPUÉS DE LAS CUATRO

Hasta entonces yo no solía ir a corretear por las calles con los chicos del pueblo. Una coxalgia de la que había sufrido hasta ese año de 189... me había dejado temeroso y malhumorado. Aún me veo corriendo detrás de los otros colegiales ágiles por las callejuelas que había alrededor de nuestra casa, cojeando penosamente de una pierna.

Tampoco me dejaban salir casi. Y me acuerdo de Millie, que aunque estaba tan orgullosa de mí, me hacía volver a casa a pescozones más de una vez, por haberme encontrado así, renqueando por ahí con los granujas del pueblo.

La llegada de Augustin Meaulnes, que coincidió con mi recuperación, fue el principio de una vida nueva.

Antes de que él llegara, al acabar las clases a las cuatro, se cernía sobre mí un largo anochecer solitario. Mi padre traía el fuego de la estufa de la clase a la chimenea de nuestro comedor y, poco a poco, los últimos chiquillos que se habían retrasado se iban de la escuela, ya fría y atufada de humo. Había todavía algunos que jugaban, algunas carreras por el patio; después se hacía de noche. Los dos alumnos que habían estado barriendo la clase buscaban en el cobertizo sus capuchones y sus esclavinas y se marchaban deprisa, las cestas al brazo, dejando el gran portal abierto.

Entonces, mientras quedaba un poco de luz del día, me iba al fondo del ayuntamiento y encerrado en el cuarto de los archivos lleno de moscas muertas y de carteles agitándose con el viento, leía sentado en una báscula vieja junto a una ventana que daba al jardín.

Cuando ya estaba oscuro y los perros de la granja vecina empezaban a aullar y se iluminaba el cristal de nuestra pequeña cocina, volvía a casa. Mi madre había empezado a preparar la cena. Yo subía tres peldaños de la escalera que iba al desván, me sentaba sin decir nada y miraba cómo mi madre encendía el fuego en la cocina estrecha donde vacilaba la llama de una vela.

Pero llegó alguien que me arrancó de todos esos placeres de niño tranquilo. Alguien sopló la vela que me iluminaba la dulce cara materna inclinada sobre la cena. Alguien apagó la lámpara alrededor de la cual éramos una familia feliz, por la noche, después de que mi padre cerrara los postigos de madera de cristales. Y ese «alguien» fue Augustin Meaulnes, a quien los otros alumnos empezaron pronto a llamar «el gran Meaulnes».

Desde que empezó a vivir con nosotros, o sea, desde los primeros días de diciembre, la escuela dejó de estar desierta por las tardes a partir de las cuatro. A pesar del frío que entraba por la puerta oscilante, de los gritos de los que barrían y de sus cubos de agua, siempre había en el aula, después de las clases, unos veinte alumnos de los mayores, tanto del pueblo como del campo, que se apiñaban alrededor de Meaulnes. Y había largas discusiones, disputas interminables en las que me introducía sigilosamente con inquietud y placer.

Meaulnes no decía nada; pero era para él para quien a cada momento uno de los más charlatanes avanzaba en medio del grupo y, tomando por testigo, uno tras otro, a cada uno de sus compañeros, que le aprobaban ruidosamente, contaba cualquier historia larga de ladrones que todos los demás seguían boquiabiertos, riendo silenciosamente.

Sentado en un pupitre, balanceando las piernas, Meaulnes reflexionaba. En los momentos mejores también se reía, pero suavemente, como si reservara sus carcajadas para alguna historia mejor que solo él sabía. Después, al caer la noche, cuando la débil luz que entraba por las ventanas de la clase ya no iluminaba al grupo amontonado de muchachos, Meaulnes se levantaba de pronto y, atravesando el círculo apresuradamente, decía:

—¡Venga, vámonos!

Entonces se iban todos siguiéndole, y hasta bien entrada la noche se les oía gritar en lo alto del pueblo...

Pronto empecé yo también a acompañarles. Iba con Meaulnes hasta la puerta de los establos de las afueras del pueblo a la hora en que se ordeña las vacas... Entrábamos en las tiendas y, al fondo de la oscuridad, entre dos chasquidos de su telar, el tejedor decía:

—¡Ya están aquí los estudiantes!

Generalmente, a la hora de la cena, solíamos estar al lado de la escuela viendo a Desnounes el carretero, que era también herrador. Su taller era una vieja posada con grandes puertas de dos hojas, que solían estar abiertas. Desde la calle se oía rechinar el fuelle de la forja; y en el resplandor del hornillo, en ese lugar oscuro y ruidoso, se veía a veces gente del campo que había parado el carro un momento para charlar un poco; otras veces era un escolar como nosotros que, apoyado en una puerta, miraba sin decir nada.

Y allí fue donde empezó todo, una semana antes de Navidad.

cap-5

Capítulo III

«FRECUENTANDO LA TIENDA DE UN CESTERO»

Había estado lloviendo todo el día y no paró hasta el amanecer. El día había sido de una pesadez mortal. Durante los recreos no había salido nadie y habíamos oído a mi padre, el señor Seurel, gritar en la clase a cada momento:

—¡No arméis ese ruido con los zuecos, chicos! Después del último recreo del día, o como solíamos decir, del último «cuarto de hora», el señor Seurel puso fin a las idas y venidas que desde hacía un rato venía dando pensativamente por el aula, pegó con la regla un golpe sobre la mesa para cortar el murmullo confuso de un final de clases de un día aburrido y, en el silencio atento, preguntó:

—¿Quién va a ir mañana con François en coche a la estación a recibir a los señores Charpentier?

Eran mis abuelos: el abuelo Charpentier, el hombre del gran capote de lana gris, el viejo guardabosques retirado, con su gorro de piel de conejo al que llamaba su quepis... Los chiquillos le conocían bien. Por las mañanas, para lavarse la cara, sacaba un cubo de agua y se frotaba vagamente la perilla, salpicando, como hacen los viejos soldados. Un corro de niños, con las manos detrás de la espalda, le observaba con curiosidad respetuosa... Y también conocían a la abuela Charpentier, la pequeña campesina con su abrigo de punto, porque Millie la llevaba a la clase de los pequeños por lo menos una vez.

Todos los años íbamos a buscarles a la estación unos días antes de Navidad al tren de las cuatro y veinte. Para vernos atravesaban toda la provincia, cargados de fardos llenos de castañas y de golosinas navideñas envueltas en servilletas. En cuanto los dos entraban en casa, bien arropados, sonriendo y un poco sobrecogidos, cerrábamos tras ellos todas las puertas y empezaba una gran semana de felicidad...

Para llevar conmigo el coche con el que les íbamos a recoger, hacía falta alguien serio que no nos fuera a meter en una cuneta y que fuera también bastante jovial, porque el abuelo Charpentier juraba con demasiada facilidad y la abuela era un poco charlatana.

A la pregunta del señor Seurel contestaron una decena de voces gritando al unísono:

—¡El gran Meaulnes! ¡El gran Meaulnes!

Pero el señor Seurel hizo como si no les oyera. Entonces gritaron:

—¡Fromentin! Y otros:

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