Henry Lyulph Holland, primer conde de Slane, llevaba existiendo tanto tiempo que el público había empezado a considerarle inmortal. Al público, en conjunto, le resulta reconfortante la longevidad y, tras la necesaria pausa de reacción, está dispuesto a reconocer en la vejez extrema un signo de distinción. El longevo ha triunfado por lo menos sobre una de las desventajas iniciales del hombre: la brevedad de la vida. Hurtar veinte años a la aniquilación eterna supone imponer la propia superioridad sobre un programa asignado. Así de pequeña es la escala sobre la que disponemos nuestros valores. Fue por ello con un sobresalto de auténtica incredulidad con lo que los hombres de la City, al abrir sus periódicos en el tren una tibia mañana de mayo, leyeron que Lord Slane, a la edad de noventa y cuatro años, había pasado inesperadamente a mejor vida la noche anterior después de la cena. «Un ataque al corazón», dijeron con perspicacia, aunque en realidad estaban citando los periódicos; y, a continuación, añadieron con un suspiro: «Bueno, otro viejo hito que desaparece». Ese era el sentimiento dominante: otro viejo hito que desaparecía, otro recordatorio de la inseguridad. Los periódicos, en un estallido final de publicidad, recogieron y consignaron todos los acontecimientos y progresos de la vida de Henry Holland; los juntaron en un puñado tan duro como una pelota de críquet, y los lanzaron a la cara del público, desde los días de su «brillante carrera universitaria», pasando por la época en la que Mister Holland, a una edad asombrosamente temprana, había ocupado un escaño en el gabinete, hasta este mismísimo día final en el que, siendo conde de Slane, KG, GCB, GCSI, GCIE, etcétera —sus condecoraciones le seguían en orden decreciente como la cola de un cometa—, se había hundido en su silla después de la cena, y lo acumulado durante noventa años había retrocedido bruscamente a la historia. El tiempo parecía haber dado un pequeño salto hacia delante, ahora que la figura del viejo Slane ya no estaba allí con sus brazos extendidos para contenerlo. Desde hacía unos quince años no había participado de una forma muy activa en la vida pública, pero había estado allí y, de vez en cuando, la irrefutable suavidad, el sentido común y el tono burlón de su elocuencia en el Parlamento habían inquietado, aunque nunca realmente detenido, a sus colegas más radicales al borde de la locura. Tales declaraciones habían sido escasas, ya que Henry Holland se había distinguido siempre por su capacidad para apreciar el valor de la economía, pero por su misma escasez producían un saludable sentimiento de intranquilidad, puesto que la gente sabía que estaban respaldadas por una experiencia ya legendaria: si el anciano, el octogenario, el nonagenario, era capaz de tomarse la molestia de acercarse con paso medido hasta Westminster y, en su incomparable estilo, aliviarse de unas opiniones cuidadosa, grave, pero cínicamente concebidas, entonces la prensa y el público estaban obligados a prestar atención. Nadie había atacado jamás a Lord Slane en serio. Nadie le había acusado jamás de ser una vieja gloria. Su honor, su encanto, su languidez y su buen juicio le habían hecho sacrosanto a los ojos de todas las generaciones y todos los partidos; era quizá el único, entre los estadistas y políticos, del que se podía decir eso. Quizá porque parecía haber tocado la vida en todos sus aspectos y, sin embargo, no parecía haber tocado la vida, la vida normal, en absoluto, debido a su distanciamiento proverbial, nunca había atraído sobre sí el odio y la desconfianza comúnmente otorgados al simple experto. Hedonista, humanista, deportista, filósofo, erudito, hombre de encanto e ingenio; uno de esos raros ingleses que tienen la fortuna de nacer equipados con una mente auténticamente adulta. Sus colegas y sus subordinados se habían sentido alternativamente cautivados y enfurecidos con su pretendida displicencia para ocuparse de cualquier cuestión práctica. Resultaba difícil obtener un sí o un no de este hombre. Cuanto mayor era la importancia del asunto, mayor era su ligereza al ocuparse de él. «Sí», escribía al pie de un memorándum que exponía las ventajas de dos políticas opuestas; y sus subalternos, desesperados, se pasaban la mano por la frente. Estaba acabado como estadista, decían, porque siempre veía las dos caras de la cuestión; pero incluso mientras lo decían exasperados, no lo pensaban realmente, ya que sabían que, llegado el momento, cuando finalmente se le arrinconaba, era más incisivo, más devastador que cualquiera de los que se sentaban firmes y engreídos en un despacho gubernamental. Era capaz de echar una ojeada a un informe y descubrir su esencia y su debilidad antes de que otro hombre hubiera tenido tiempo de leerlo entero. Con su acostumbrada cortesía exquisita, aniquilaba de igual manera el optimismo y la miopía de su interlocutor. Siempre cortés, y correcto, acababa con sus competidores.
El público, al igual que los caricaturistas, apreciaba también sus idiosincrasias personales; su corbatín de raso negro, el monóculo colgado de una cinta exageradamente ancha, los botones de coral en el chaleco de gala, el cabriolé privado que siguió manteniendo mucho tiempo después de que los motores se hubieran puesto de moda: todo esto le sostenía a través de la confusa justicia e injusticia de la leyenda; y cuando, a los ochenta y cinco años, consiguió por fin ganar el Derby, ningún hombre recibió jamás una ovación mayor. Únicamente su mujer sospechaba la estrecha relación que existía entre esas idiosincrasias y una táctica premeditada. Ella, por naturaleza la persona menos cínica del mundo, había aprendido a colocarse una máscara de cinismo tras setenta años de asociación con Henry Holland. «Pobre anciano —dijeron los hombres de la City en el tren—; bueno, se ha marchado».
En efecto, se había ido, del modo más definitivo e irreparable. Así pensaba su viuda, al contemplarle mientras yacía en su lecho de Elm Park Gardens. Las persianas no estaban bajadas, porque él había estipulado siempre que, cuando le llegara la muerte, no debería oscurecerse la casa, e incluso tras su fallecimiento a nadie se le habría ocurrido desobedecer sus órdenes. Estaba allí, tendido a plena luz del sol, ahorrándole al cantero el esfuerzo de esculpir su efigie. Su bisnieto favorito, al cual se le permitía todo, le había tomado el pelo con frecuencia, diciendo que sería un apuesto cadáver; y ahora que la broma se había convertido en realidad, la realidad ganaba en dramatismo al haber sido anticipada por una broma. Tenía el tipo de rostro que, incluso en vida, uno asocia proféticamente con la elevada dignidad de la muerte. La estructura ósea de la nariz, la barbilla y las sienes resaltaban más debido al ligero hundimiento de la carne; los labios adquirían una línea firme, y sellaban tras ellos toda una vida de sabiduría. Además, y eso era aún más importante, Lord Slane tenía un aspecto tan soigné en la muerte como lo había tenido en vida. «He aquí un dandi», se habría podido decir de él, a pesar de que las sábanas le cubrían.
Sin embargo, pese a toda su dignidad, la muerte trajo con ella una revelación. El rostro que había sido tan noble en vida perdió al morirse una pizca de su nobleza; los labios, demasiado divertidos para resultar desagradablemente sardónicos, traicionaron ahora su delgadez; la ambición cuidadosamente oculta se reveló ahora por completo en la orgullosa curva de las ventanas de la nariz. La dureza que se había disimulado bajo los encantadores modales se quedó ahora sola, privada de la protección de una sonrisa. Estaba bello, pero resultaba menos agradable. Sola en el cuarto, su viuda le contempló, llena de pensamientos que habrían sorprendido enormemente a sus hijos si estos hubieran podido leer su mente.
Sin embargo, sus hijos no estaban allí para observarla. Estaban, los seis, congregados en el salón; dos mujeres y un marido elevaban el número a nueve. Una reunión familiar bastante formidable: parecían viejos cuervos negros, pensó Edith, la más joven, que estaba siempre agitada y siempre intentando confinar las cosas a los límites de una frase, como el que vierte agua en una jarra, pero invariablemente rebosaban grandes gotas llenas de significado e implicaciones, y se derramaban y se perdían. Intentar recuperarlas después de que se hubieran vertido era tan inútil como intentar sujetar el agua en la mano. Quizá, si uno tuviera siempre a punto un cuaderno y un lápiz…, pero entonces se perdería el pensamiento mientras se buscaba la palabra apropiada; y, además, resultaría difícil utilizar un cuaderno sin que todo el mundo lo viera. ¿Taquigrafía?… Pero no había que dejar que los pensamientos se dispararan así; había que disciplinar la mente, manteniendo la atención en el asunto del momento, como otra gente parecía hacer sin ninguna dificultad; aunque, desde luego, si no se había aprendido esa lección para cuando se llegaba a los sesenta, era probable que no se aprendiera nunca. Una formidable reunión familiar, pensó Edith, volviendo a la realidad: Herbert, Carrie, Charles, William y Kay; Mabel, Lavinia; Roland. Llegaron en grupos: los Holland, las cuñadas, los cuñados; después se distribuyeron de un modo diferente: Herbert y Mabel, Carrie y Roland; Charles; William y Lavinia; y a continuación Kay solo. No era frecuente que se encontraran todos juntos, sin faltar nadie; qué curioso, pensó Edith, que fuera la muerte la que les convocara, como si todos los vivos se apresuraran inmediatamente a unirse para protegerse y apoyarse mutuamente. Dios mío, qué viejos somos todos. Herbert debe de tener sesenta y ocho años, y yo tengo sesenta, y papá tenía más de noventa, y mamá tiene ochenta y ocho. Edith, que había empezado a sumar todas sus edades, les sorprendió grandemente al preguntar:
—¿Cuántos años tienes tú, Lavinia?
Desconcertados por semejante comentario, reprendieron a Edith clavando en ella sus miradas; pero eso era muy propio de Edith, nunca escuchaba lo que se estaba diciendo, y de repente se descolgaba con una observación irrelevante. Edith podría haberles explicado que llevaba toda la vida intentando decir lo que pensaba, y que aún no lo había conseguido. Con demasiada frecuencia decía algo que era precisamente lo opuesto de lo que quería decir. Le aterraba pensar que un día usaría una palabra indecente por equivocación. «Qué maravilloso que papá haya muerto», podría decir, en vez de «Qué terrible»; y había otras posibilidades, todavía más espantosas, que suponían el uso de una palabra realmente horrible, el tipo de palabra que los recaderos de la carnicería garabateaban a lápiz en las paredes encaladas del pasadizo del sótano, y que había que mencionar de la forma más indirecta posible a la cocinera. Una tarea desagradable; el tipo de tarea que le tocaba a Edith en Elm Park Gardens y a mil Ediths por todo Londres. Pero de estas preocupaciones su familia no sabía nada.
Ahora se alegraron al ver que se sonrojaba y que sus manos subían nerviosas a juguetear con los mechones grises de su cabello; el gesto implicaba que no había hablado. Tras haberla sumido así en semejante turbación, regresaron a su conversación en un tono convenientemente apagado y afligido. Incluso las voces de Herbert y Carrie, por lo general insistentes, se hicieron más bajas. Su padre yacía arriba, y su madre estaba con él.
—Mamá es maravillosa.
Una y otra vez, pensó Edith, habían reiterado esa frase. Había sorpresa en sus voces, como si hubieran esperado que su madre desvariara, delirara, gritara, se dejara morir. Edith sabía muy bien que, en privado, sus hermanos y hermanas albergaban la teoría de que su madre era más bien simple. De vez en cuando dejaba caer observaciones que no podían conciliarse con el sentido común; no comprendía el mundo tal como era; era propensa a decir cosas impetuosas que, aunque proferidas en inglés, no tenían más sentido que si lo hubieran sido en un lenguaje extraplanetario. Mamá es un niño cambiado por otro, habían dicho a menudo con cortesía en el tono agridulce reservado a las bromas familiares; pero ahora, en esta emergencia, encontraron una nueva frase: mamá es maravillosa. Era lo que se esperaba que dijeran, por lo que lo dijeron, repitiéndolo varias veces, como un estribillo que aparecía periódicamente en su conversación y la elevaba a un nivel superior. Después volvía a decaer; se hacía práctica. Mamá era maravillosa, pero ¿qué iban a hacer con mamá? Evidentemente, no podía seguir siendo maravillosa el resto de su vida. En algún lugar, de una forma u otra, debía permitírsele que se derrumbara, y a continuación, cuando eso concluyera, debía ser guardada; alojada, cuidada. Fuera, en las calles, los carteles podían proclamar: MUERTE DE LORD SLANE. Los periodistas podían recorrer Fleet Street arriba y abajo a toda prisa montando su edición; podían abalanzarse sobre los casilleros —ese columbario macabro— en los que se almacenaban listas las esquelas; podían hacer incursiones mutuas en sus informaciones: «Oye, ¿es verdad que el viejo Slane siempre llevaba el dinero en calderilla? ¿Usaba suelas de crepé? ¿Mojaba el pan en el café?». Cualquier cosa con la que hacer un buen párrafo. Los chicos de telégrafos podían tocar el timbre, tras apoyar sus bicicletas rojas contra el bordillo, y entregar sus mensajes marrones de condolencia, procedentes de todo el mundo, de todas las regiones del Imperio, especialmente de allí donde Lord Slane había servido su mandato de gobierno. Los floristas podían entregar sus coronas —el estrecho vestíbulo estaba ya lleno de ellas— «indecentemente pronto», dijo Herbert, estudiando sin embargo lleno de celos las tarjetas a ellas unidas a través de su monóculo. Podían venir viejos amigos: «Herbert…, tan terriblemente repentino…, desde luego, no esperaba ver a tu querida madre…». Pero evidentemente lo habían esperado, habían esperado ser la única excepción, y Herbert tenía que despedirles, disfrutando sin duda con ello: «Mamá, usted lo comprenderá, se siente como es natural más bien abrumada; es maravillosa, debo decir; pero por ahora, estoy seguro de que usted lo comprenderá, no ve a nadie más que a Nosotros»; y así, con repetidos apretones de la mano de Herbert, se marchaban, sin haber llegado más allá del vestíbulo o el umbral de la puerta. Los reporteros podían merodear por la acera, balanceando cámaras como concertinas negras. Todo esto podía suceder fuera de la casa, pero en su interior, arriba, mamá estaba con papá, y el problema de su futuro pesaba sobre sus hijos e hijas.
Por supuesto, ella no pondría en duda la sensatez de cualquier disposición que ellos decidieran tomar. Mamá no tenía voluntad propia; amable y dulce, había sido durante toda su vida totalmente obediente, un apéndice. Se asumía que no tenía inteligencia suficiente para ser agresiva. «Gracias a Dios —comentaba Herbert a veces—, mamá no es una de esas mujeres inteligentes». Nunca entró en sus cálculos que pudiera tener ideas desconocidas para ellos. No preveían ningún problema con su madre. El hecho de que pudiera volverse contra ellos y jugarles una mala pasada —varias malas pasadas—, tras años de ser simplemente una encantadora presencia revoloteando entre ellos, tampoco entró en sus cálculos. No era una mujer inteligente. Les estaría agradecida por haberle organizado los escasos años que le quedaban.
Estaban todos juntos de pie en la sala pasando incómodos el peso de un pie a otro, pero en ningún momento se les ocurrió sentarse. Les habría parecido irrespetuoso. A pesar de su sólido sentido común, la muerte, incluso una muerte esperada, les desconcertaba ligeramente. A su alrededor flotaba esa atmósfera incómoda, provisional, que acompaña a aquellos que están a punto de emprender un viaje o a aquellos cuyas vidas se han visto seriamente alteradas. A Edith le habría gustado sentarse, pero no se atrevía. Qué grandes eran todos, pensó; grandes y negros y viejos, con nietos propios. Qué suerte, pensó, que todos vistamos tanto de negro habitualmente, ya que sin duda no habríamos podido conseguir todavía nuestra ropa de luto, y qué terrible habría sido que Carrie llegara con una blusa rosa. Así las cosas, estaban todos tan negros como cuervos, y los guantes negros de Carrie se encontraban sobre el escritorio junto a su boa y su bolso. Las señoras de la familia Holland todavía llevaban boas, cuellos altos, y faldas largas que tenían que levantar al cruzar la calle; cualquier concesión a la moda era, en su opinión, impropia de su edad. Edith admiraba a su hermana Carrie. No la quería, y la temía, pero la admiraba y la envidiaba inmensamente. Carrie había heredado la nariz aguileña y la presencia imponente de su padre; era alta, pálida y distinguida. Herbert, Charles y William también eran altos y distinguidos; solo Kay y Edith eran regordetes. Los pensamientos de Edith estaban vagando de nuevo: Kay y yo podríamos pertenecer a otra familia, pensó. En efecto, Kay era un viejecito rechoncho, con unos brillantes ojos azules y una pulcra barba blanca; en eso también se distinguía de sus hermanos, que iban perfectamente afeitados. Qué cosa más peculiar era el aspecto, y qué injusta. Dictaba los términos de la consideración de la gente a lo largo de toda la vida. Si uno tenía un aspecto insignificante, se le consideraba insignificante; sin embargo, era probable que uno no tuviera un aspecto insignificante a menos que se lo mereciera. Pero Kay parecía completamente feliz; no le preocupaba significarse, ni ninguna otra cosa; sus habitaciones de soltero y su colección de compases y astrolabios parecían satisfacerle tanto como la estima ajena, o una esposa y una vida más personal. Él era en efecto la mayor autoridad viviente en lo relativo a globos, compases, astrolabios y todos los instrumentos afines; qué afortunado era Kay, pensó Edith, al haberse conformado con concentrarse en una esfera limitada. (No obstante, eran unos símbolos curiosos los que había elegido, para alguien que nunca había amado el mar o escalado una montaña; para él eran piezas de coleccionista, ordenadas y clasificadas, pero para Edith, la romántica, un mundo inmenso y oscuro se alzaba más allá de los pequeños objetos de cobre y caoba, del laberinto de pivotes y balancines, de los discos y círculos, del latón dorado como las guineas y la madera castaña, de los signos del zodíaco y los delfines haciendo surtidores con el océano; un mundo inmenso y oscuro en cuyos mapas solo figuraban regiones de peligro e incertidumbre, y en el que hombres harapientos mascaban balas para aliviar su sed.)
—Además, está la cuestión de la renta —estaba diciendo William.
Qué típico de William mezclar el futuro de mamá con cuestiones de renta; ya que para William y Lavinia la parsimonia constituía una profesión en sí misma. Una manzana dañada al caerse prematuramente del árbol debía convertirse inmediatamente en budín, no fuera a ser que se desperdiciara. El desperdicio era la pesadilla en la vida de William y Lavinia. Incluso había que enrollar el periódico formando pajuelas para ahorrar cerillas. Les encantaba obtener algo a cambio de nada. Cada mora en el seto suponía una agonía para Lavinia hasta que la ponía en conserva. Al vivir, como lo hacían, en Godalming con dos acres de terreno, pasaban tardes dolorosas y felices a la vez calculando si sería posible que un cerdo resultara rentable alimentándolo con las sobras de la casa, y si una docena de gallinas podía superar con sus huevos el gasto en maíz. Bueno, pensaba Edith, esa preocupación constante debía de absorber por completo su tiempo; pero qué desgraciados debían de sentirse al pensar en todos los sacos de oro que habían despilfarrado desde su matrimonio. Vamos a ver, pensó Edith, William es el cuarto, por lo que debe de tener sesenta y cuatro años; debe de llevar casado treinta años, así que, si han gastado mil quinientas libras al año —entre la educación de los niños y todo lo demás—, eso hace cuarenta y cinco mil libras; sacos y sacos de tesoro, como el que los buzos andan siempre buscando en Tobermory. Pero Herbert estaba diciendo algo. Herbert siempre tenía mucha información; y lo sorprendente era que, para ser un hombre tan estúpido, solía ser correcta.
—Yo os puedo dar todos los detalles al respecto —introdujo dos dedos en el cuello de la camisa, lo ajustó sacudiendo la barbilla hacia arriba, se aclaró la garganta, y lanzó una feroz mirada preliminar a sus parientes—. Yo puedo daros todos los detalles al respecto. Lo discutí con papá; podría decirse que depositó su confianza en mí. ¡Ejem! Papá, como sabéis, no era un hombre rico, y la mayor parte de su renta muere con él. Mamá se quedará con una renta neta de quinientas libras anuales.
Los demás asimilaron este hecho. William y Lavinia se cruzaron miradas, y podía apreciarse que sus mentes estaban ocupadas en cálculos rápidos y expertos. Edith, que en privado pasaba por tonta entre sus parientes, podía en ocasiones ser sorprendentemente perspicaz; su forma de ser le permitía ver a través de las palabras de la gente y llegar al fondo, hasta sus motivos, y expresar sus conclusiones con una franqueza que resultaba desconcertante, más que discreta. Ahora sabía muy bien lo que William estaba a punto de decir, aunque por una vez se contuvo. Pero se rio para sus adentros al oírselo decir.
—Supongo que papá no mencionaría por casualidad las joyas durante sus confidencias, ¿no, Herbert?
—Lo hizo. Las joyas, como tú sabes, constituyen una parte nada despreciable de su fortuna. Eran de su propiedad privada, y ha juzgado conveniente dejárselas incondicionalmente a mamá.
Eso es una bofetada para Herbert y Mabel, pensó Edith. Supongo que esperaban que papá dejara las joyas a su hijo mayor, como si fueran parte de la herencia. Una ojeada al rostro de Mabel le demostró, sin embargo, que el anuncio no la sorprendía. Evidentemente Herbert ya le había contado a su mujer las confidencias de su padre, y Mabel había tenido suerte, pensó Edith, si Herbert no había dado muestras de irritación hacia ella por su evidente fracaso en convertirle en un legatario afortunado.
—En ese caso —dijo William con tono rotundo, ya que, aunque él y Lavinia habían esperado obtener parte de las joyas, resultaba agradable pensar que Herbert y Mabel también se habían visto defraudados—, en ese caso mamá deseará sin duda venderlas. Y con toda la razón, además. ¿Para qué iba a dejar un montón de alhajas inútiles guardadas en el banco? Bien manejadas, las joyas podrían alcanzar en mi opinión un precio entre cinco y siete mil libras.
—Pero más importante que la cuestión de las joyas o la renta —prosiguió Herbert— es la cuestión de dónde va a vivir madre. No se la puede dejar sola. En cualquier caso, no podría permitirse mantener esta casa. Hay que venderla. Entonces, ¿adónde va a ir? —otra mirada feroz—. Sin duda es nuestro deber cuidar de ella. Debemos acogerla entre nosotros —parecía un discurso preparado.
¡Todos estos ancianos, pensó Edith, decidiendo qué hacer con una persona aún más anciana! Y, sin embargo, parecía inevitable. Mamá repartiría su año: tres meses con Herbert y Mabel, tres con Carrie y Roland, tres con Charles, tres con William y Lavinia…, ¿y dónde entraban ella y Kay? Elevándose una vez más hasta la superficie de sus reflexiones, lanzó uno de sus bruscos y poco apropiados comentarios.
—Pero sin duda yo debería soportar la carga…, siempre he vivido en casa…, no estoy casada.
—¿Carga? —dijo Carrie, volviéndose contra ella. Edith quedó instantáneamente aniquilada—. ¿Carga? ¡Mi querida Edith! ¿Quién ha hablado de carga? Estoy convencida de que todos consideraremos un placer, un privilegio, la parte que nos corresponda en el cuidado de mamá durante estos últimos y tristes años de su vida, ya que tienen que ser tristes por fuerza, privada de la única razón de su existencia. Opino que carga difícilmente resulta la palabra adecuada, Edith.
Edith, sumisa, le dio la razón: no lo era. Dicha así, repetida varias veces, sin el apoyo de su pequeña frase habitual, adquiría un aire extraño y tosco, como mondo sin lirondo, troche sin moche, ton sin son. Se convertía en una palabra grosera y sajona, como woad, o witenagemot; roma; una palabra roma. Y ¿qué quería decir soportar la carga? ¿Qué era una carga, en cualquier caso? No, carga no era la palabra adecuada.
—Bueno —dijo Edith—, creo que debería vivir con madre.
Vio el alivio extenderse por el rostro de Kay; resultaba evidente que había estado pensando en sus confortables habitaciones y su colección. La voz de Herbert había sido como una trompeta amenazando las murallas de Jericó. También los demás estudiaron a Edith y la posibilidad que les ofrecía. La hija soltera; ella era la solución obvia. Pero los Holland no eran gente que rehuyera un deber, y cuanto más molesto fuera el deber, menos posibilidades había de que lo rehuyeran. El placer era algo en lo que raramente pensaban, si bien nunca dejaban de tener presente el deber, siempre teñido de seriedad y en ocasiones de gravedad. Habían heredado la energía de su padre, aunque un poco agriada por el camino. Carrie habló en nombre de sus parientes. Carrie era buena; pero, al igual que tanta gente buena, siempre conseguía sembrar la discordia entre todo el mundo.
—Sin duda, hay algo de cie
