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La cámara de obsidiana (Inspector Pendergast 16)

Lincoln Child
Douglas Preston

Fragmento

cap-1

Prólogo

8 de noviembre

 

Proctor abrió con cuidado la puerta de doble hoja de la biblioteca para que la señora Trask pudiera entrar con una bandeja de plata con el servicio del té de media mañana.

La estancia estaba sumida en el silencio, en penumbra, iluminada tan solo por la luz del fuego que crepitaba en la chimenea. Delante, sentada en un sillón orejero, Proctor vio una figura inmóvil, indistinguible debido a la tenue luz. La señora Trask dejó la bandeja en una mesita junto al sillón.

—He pensado que podría apetecerle una taza de té, señorita Greene.

—No, gracias, señora Trask —respondió Constance en voz baja.

—Es su té favorito. Jazmín, primera cosecha. También le he traído unas magdalenas. Las he horneado esta misma mañana. Sé cuánto le agradan.

—No tengo hambre. Pero le agradezco las molestias.

—Entonces las dejaré aquí por si cambia de opinión.

La señora Trask sonrió con aire maternal y se dispuso a salir de la biblioteca. Cuando llegó a la altura de Proctor, la sonrisa se desvaneció y su cara adoptó de nuevo una expresión de preocupación.

—Estaré fuera solo unos días —le dijo casi en un susurro—. Mi hermana saldrá del hospital y el fin de semana ya la tendremos en casa. ¿Seguro que estaréis bien?

Proctor asintió y observó cómo la señora Trask regresaba a la cocina, para a continuación dirigir de nuevo la mirada hacia la figura sentada en el sillón orejero.

Habían pasado más de dos semanas desde que Constance regresó a la mansión del 891 de Riverside Drive. Había vuelto, sombría y silenciosa, sin el agente Pendergast, y sin dar explicación alguna sobre lo ocurrido. Proctor, en tanto que chófer, exmilitar subordinado y factótum de la seguridad, entendía que era su deber, en ausencia del agente Pendergast, ayudar a Constance a sobrellevar el trago por el que estaba pasando. Le costó tiempo, paciencia y un gran esfuerzo arrancarle a Constance las palabras necesarias para entender la historia. Una historia que incluso ahora le seguía pareciendo incomprensible, por lo que no tenía claro qué había sucedido en realidad. Lo que sí estaba claro, sin embargo, era que aquella mansión, sin Pendergast, había cambiado; había cambiado por completo. Como también había cambiado Constance.

Nada más llegar de Exmouth, en Massachusetts, adonde había ido para ayudar al agente especial A. X. L. Pendergast en una investigación privada, Constance se encerró durante días en su habitación, y comía casi contra su voluntad. Cuando salió, parecía otra persona: flaca y espectral. Proctor siempre había tenido claro que Constance era fría y reservada, contenida en extremo. Pero los últimos días se había mostrado a ratos apática, y otros cargada de una repentina e inagotable energía que la llevaba a recorrer los pasillos y las habitaciones como si estuviese buscando algo. Se olvidó por completo de los pasatiempos a los que antes había dedicado horas y horas: nada de investigaciones acerca de los ancestros de la familia Pendergast, nada de estudios sobre antigüedades, nada de leer ni de tocar el clavicémbalo. Tras recibir varias visitas preocupadas del teniente D’Agosta, la capitana Laura Hayward y Margo Green, se negó a ver a nadie más. Parecía estar en guardia, a la expectativa; a Proctor no se le ocurrió una mejor manera de definirlo. Los únicos momentos en los que dejaba entrever a la mujer que había sido eran las raras ocasiones en las que sonaba el teléfono, o cuando Proctor regresaba con las cartas recibidas en el apartado de correos. Siempre estaba esperando una palabra de Pendergast, siempre, pensaba Proctor. Pero no llegó ninguna.

Un elevado cargo del FBI se las había ingeniado para mantener fuera del foco de atención de los medios de comunicación tanto la investigación sobre Pendergast como el nombre del agente que la estaba llevando a cabo. Aun así, Proctor se había impuesto la misión de reunir toda la información posible sobre la desaparición de su patrón. Descubrió que habían estado buscando su cuerpo durante cinco días. Dado que el desaparecido era un agente federal, le habían dedicado un esfuerzo excepcional. Los patrulleros de los guardacostas habían buscado en las aguas de Exmouth. Los oficiales locales y la Guardia Nacional habían peinado la línea de costa desde la frontera con New Hampshire hasta Cape Ann, en busca de cualquier rastro de Pendergast, aunque se tratase de un simple pedazo de ropa. Los buceadores habían revisado con cuidado las rocas adonde las corrientes podrían haber llevado el cuerpo, y escudriñaron el lecho marino con el sónar. Pero no encontraron nada. El caso seguía oficialmente abierto, pero la conclusión oficiosa era que Pendergast, herido de gravedad en el enfrentamiento con aquella criatura, tratando de luchar contra las corrientes de la marea, debilitado por el oleaje y sumergido en un agua a diez grados centígrados, se había visto arrastrado mar adentro y había muerto ahogado. Hacía tan solo dos días, el abogado de Pendergast, socio de uno de los más antiguos y discretos bufetes de Nueva York, había buscado al hijo de Pendergast, Tristram, para darle la triste noticia de la desaparición de su padre.

Proctor se acercó y se sentó junto a Constance. Ella lo miró de refilón mientras se sentaba, ofreciéndole una leve sonrisa. Después volvió a fijar la mirada en el fuego. La luz parpadeante proyectaba oscuras sombras sobre sus ojos violeta y su corto cabello oscuro.

Desde su regreso, Proctor se había comprometido a cuidar de ella, pues sabía que eso era justamente lo que su patrón habría querido. La aflicción de la joven había dado pie a un inesperado sentimiento de protección por parte de Proctor, lo cual no dejaba de resultar irónico, dado que en circunstancias normales Constance jamás habría buscado la protección de nadie. Sin embargo, y aunque no había dicho una sola palabra al respecto, ella parecía sentirse a gusto con sus atenciones.

Constance se irguió en el sillón.

—Proctor, he decidido bajar.

El abrupto anuncio pilló a Proctor desprevenido.

—¿Quieres decir… ahí abajo, donde vivías?

Ella no dijo nada.

—¿Por qué?

—Para… aprender a aceptar lo inevitable.

—¿Y por qué no lo haces aquí, con nosotros? No puedes volver ahí abajo.

Constance se dio la vuelta y lo miró con tal intensidad que Proctor se quedó sin palabras. Entendió que no tenía la menor posibilidad de hacerla cambiar de opinión. Tal vez era una señal de que al fin aceptaba que Pendergast ya no regresaría, y eso suponía un progreso… de alguna clase. Ojalá lo fuera.

Constance se levantó del sillón.

—Escribiré una nota a la señora Trask indicándole qué ropa y qué otras cosas necesitaré, para que las deje en el montacargas. Solo comeré caliente una vez al día, a las ocho de la noche. Pero no quiero nada durante las dos primeras noches, por favor. Ahora mismo me siento sobreprotegida. Además, la señora Trask va a estar fuera y no quiero causarte molestias.

Proctor también se puso en pie. La agarró del brazo.

—Constance, tienes que escucharme…

Ella miró la mano y después lo miró a la cara con una expresión que hizo que Proctor le soltase el brazo de inmediato.

—Gracias, Proctor, por respetar mis deseos.

Constance se puso de puntillas y volvió a sorprenderlo dándole un ligero beso en la mejilla. Después dio media vuelta y, desplazándose casi como una sonámbula, se dirigió al extremo de la biblioteca, donde estaba oculto el montacargas tras una falsa estantería. Abrió la puerta, se metió en el montacargas, cerró la puerta y… desapareció.

Proctor se quedó mirando hacia aquel punto durante un buen rato. Era una locura. Sacudió la cabeza y se alejó. De nuevo, la ausencia de Pendergast pendía sobre la mansión como una sombra alargada; también sobre él. Necesitaba tiempo para estar solo, para pensar en todo aquel asunto.

Salió de la biblioteca, enfiló el corredor, abrió una puerta que llevaba a un pasillo alfombrado y subió por la sinuosa escalera que conducía a los antiguos aposentos del servicio. Llegó a la tercera planta y recorrió otro pasillo hasta llegar a la puerta del pequeño apartamento en el que se encontraban sus habitaciones. La abrió, entró y cerró tras él.

Tendría que haberse opuesto al plan de Constance con más energía. Sin Pendergast allí, él era el responsable de la joven. Pero sabía que nada de lo que hubiese podido decirle le habría hecho cambiar de opinión. Hacía ya tiempo que había entendido que, si bien era capaz de lidiar casi con cualquier cosa, llevaba las de perder a la hora de oponerse a ella. Con el paso del tiempo, se dijo, Constance aceptaría el hecho de que Pendergast había muerto… y seguirían adelante…

Una mano enguantada lo rodeó desde la espalda y apretó con una fuerza enorme su caja torácica.

A pesar de pillarlo por sorpresa, Proctor reaccionó instintivamente agachándose con rapidez, con la intención de sorprender al intruso, que tenía la guardia baja. Sin embargo, el hombre se anticipó a la reacción y la frustró. Acto seguido, Proctor sintió el pinchazo de una aguja, que se hundió en su cuello. Se quedó paralizado.

—Le aconsejo que no se mueva —dijo una voz extraña y sedosa que Proctor, con profundo desagrado, reconoció.

No se movió. Le sorprendía que aquel hombre, que cualquier hombre, hubiese llegado hasta él. ¿Cómo era posible? No había estado lo bastante alerta, no había estado atento. Jamás se lo perdonaría. Sobre todo teniendo en cuenta quién era ese individuo: el mayor enemigo de Pendergast.

—Usted está mucho más versado que yo en las artes del combate físico —prosiguió la voz suave—. Por eso me he tomado la libertad de adelantarme a los acontecimientos. Lo que está sintiendo en el cuello en este momento es, obviamente, una aguja hipodérmica. Todavía no he bajado el émbolo. Contiene una dosis de pentotal sódico; una dosis más que considerable. Se lo preguntaré una vez, solo una vez. Relaje el cuerpo para darme a entender que lo ha comprendido. Su reacción determinará si le suministro una mera dosis anestésica o… letal.

Proctor calculó sus posibilidades. Relajó sus miembros.

—Excelente —dijo la voz—. Su nombre es Proctor, si no recuerdo mal.

Proctor permaneció en silencio. Debía de haber una manera de revertir la situación; siempre había una manera. Solo tenía que pensar.

—He estado vigilando la mansión durante un tiempo. El amo de la casa se ha ido… para siempre, por lo que parece. Esto está más triste que una tumba. Tal vez deberían lucir crespones negros.

La mente de Proctor funcionaba a toda velocidad imaginando diferentes escenarios. Tenía que escoger una opción y llevarla a cabo. Necesitaba tiempo, un poco más de tiempo, unos pocos segundos al menos…

—¿No está de humor para charlar? Me parece bien. Tengo un montón de cosas que hacer, así que esta es mi propuesta: buenas noches.

Al sentir cómo descendía el émbolo de la jeringa, Proctor entendió que su tiempo se había acabado… Pero, para su sorpresa, se equivocó.

cap-2

1

Poco a poco, como si saliese de las más oscuras profundidades, Proctor fue recuperando la consciencia. Le estaba costando mucho, y parecía que iba a ser un proceso largo. Abrió los ojos al fin. Sentía los párpados pesados, pero hizo todo lo posible para que no se le cerrasen. ¿Qué había ocurrido? Durante un rato permaneció inmóvil, observando lo que tenía a su alrededor. Entonces se dio cuenta de que estaba tirado en el suelo de su sala de estar.

Su sala de estar.

«Tengo un montón de cosas que hacer…»

De repente lo recordó todo como si se tratase de una corriente enfurecida de imágenes. Trató de ponerse en pie. En vano. Volvió a intentarlo esforzándose todavía más y logró sentarse. Se sentía como si su cuerpo fuera un saco de comida.

Le echó un vistazo a su reloj. Las once y cuarto de la mañana. Había estado inconsciente unos treinta minutos.

«Treinta minutos.» A saber qué habría pasado en ese rato. Solo Dios lo sabía.

«Tengo un montón de cosas que hacer…»

Con un heroico esfuerzo, Proctor logró ponerse en pie. La habitación se tambaleó y él se apoyó en la mesa para mantener el equilibrio, mientras sacudía la cabeza con violencia para intentar aclararse. Se detuvo un momento para tratar de recuperar sus facultades, tanto las físicas como las psíquicas. Abrió entonces el cajón de la mesa, agarró la Glock calibre 22 y se la encajó en el cinturón.

La puerta de su apartamento estaba abierta y podía verse el pasillo central que llevaba a los cuartos del resto del servicio. Cruzó la puerta apoyándose en el marco y acto seguido avanzó por el pasillo como si estuviese borracho. Al llegar a la estrecha escalera trasera se aferró con fuerza a la barandilla y, medio caminando medio arrastrando los pies, descendió los dos tramos de escalera que conducían a la planta principal de la mansión. El esfuerzo que eso conllevó, junto con un acuciante sentido de peligro extremo, agudizó sus sentidos. Recorrió un pasillo corto y abrió la puerta que, en un extremo, llevaba a las estancias comunes.

Se detuvo, dispuesto a llamar a la señora Trask. Pero se lo pensó mejor. Anunciarse no era una buena opción. Por otra parte, con toda probabilidad la señora Trask ya se habría ido a Albany a ver a su hermana enferma. Y tampoco era ella la que estaba en peligro. Quien corría peligro era Constance.

Proctor recorrió el suelo de mármol con la intención de entrar en la biblioteca, subirse al montacargas, bajar al sótano y hacer cuanto fuera necesario para protegerla. Sin embargo, volvió a detenerse antes de entrar en la biblioteca. Desde su posición advirtió que una de las mesas estaba volcada y había libros y papeles esparcidos por la alfombra.

Echó un rápido vistazo. A su derecha, el amplio recibidor de la mansión, con las paredes cubiertas de vitrinas llenas de extraños expositores, estaba hecho un desastre. Uno de los pedestales estaba por los suelos, y la urna cineraria etrusca que sostenía había quedado hecha añicos. El enorme jarrón que presidía el centro del recibidor, con flores que la señora Trask cambiaba a diario, ahora estaba tumbado en el suelo de mármol, roto, y las dos docenas de rosas y lirios yacían en charcos de agua. Las puertas de una de las vitrinas, la que estaba en el extremo más alejado del recibidor, junto a la puerta que llevaba a la galería del refectorio, estaban abiertas de par en par e inclinadas hacia un lado, medio arrancadas las bisagras. Parecía como si alguien hubiese tirado de ellas en un intento desesperado de aferrarse a algo.

Sin duda, todas eran pruebas de una lucha terrible. Y conducían, desde la biblioteca y a través del recibidor, directamente hacia la puerta principal de la mansión. Y de ahí al mundo exterior.

Proctor cruzó el recibidor a la carrera. En la alargada y estrecha estancia que se extendía más allá, en la que hasta hacía bien poco se encontraba la mesa del refectorio donde Constance realizaba sus investigaciones sobre la historia de la familia Pendergast, todo estaba desordenado: libros y papeles por todas partes, sillas volcadas, un ordenador portátil bocabajo. Y en un extremo de la estancia, donde se hallaba el acceso al vestíbulo, había algo incluso más inquietante: la pesada puerta principal, que rara vez se usaba, estaba entreabierta, por lo que dejaba entrar en casa el sol de última hora de la mañana.

Mientras ordenaba mentalmente todas esas señales con creciente temor, Proctor oyó un grito ahogado que provenía del otro lado de la puerta, una voz femenina pidiendo auxilio.

Sin pensar siquiera en su mareo, cada vez más leve, echó a correr y sacó la Glock de su cinturón. Pasó bajo el arco, cruzó el hall, abrió la puerta de par en par y se detuvo bajo la puerta cochera para llevar a cabo un reconocimiento.

A lo lejos, en el acceso al camino de entrada, un Lincoln Navigator con los vidrios tintados avanzaba despacio hacia Riverside Drive. Una de las puertas traseras estaba abierta. Justo al lado se encontraba Constance Greene, con las muñecas atadas a la espalda. Le daba la espalda a Proctor y luchaba con desesperación, pero su corte de pelo y su gabardina Burberry color verde oliva resultaban inconfundibles. Un hombre, también de espaldas a Proctor, la agarraba por la cabeza y con un violento empujón la metió en la parte trasera del coche; después cerró la puerta.

Proctor apuntó con la pistola y disparó, pero el hombre saltó por encima del capó y se metió en el coche por la puerta del conductor, sin que el tiro lo alcanzara. El segundo disparo impactó contra el cristal antibalas. A pesar de que el acelerón del coche levantó una nube de humo de neumático que lo lanzó hacia Riverside Drive, la silueta de Constance, que seguía luchando, resultaba visible a través del vidrio tintado trasero. El motor del automóvil rugió por la avenida y no tardó en quedar fuera del alcance de Proctor.

Justo antes de saltar sobre el capó, el asaltante se había dado la vuelta para encarar a Proctor y sus miradas se cruzaron. Sus rasgos resultaban inconfundibles: sus extraños ojos de dos colores, su rostro pálido, cincelado, su barba pelirroja bien recortada y la crueldad de su mirada… No podía ser nadie más que Diogenes, el hermano de Pendergast, su más implacable enemigo. Todos lo habían dado por muerto; creían que Constance había acabado con él hacía tres años.

Pero había vuelto. Y tenía a Constance.

La mirada de Diogenes —la ferocidad, y ese oscuro y perverso destello de triunfo en sus ojos— había resultado tan terrorífica que, durante unos segundos, incluso el estoico Proctor se había quedado petrificado. Pero su parálisis duró apenas un segundo. Se sacudió el espanto y la laxitud de encima y echó a correr tras el coche. Recorrió a toda velocidad el camino de salida y superó el murete de un salto.

cap-3

2

En su juventud, Proctor había sido un atleta excepcional. Durante su servicio militar había establecido un récord en carreras de resistencia que seguía vigente en Fort Benning, y había sabido mantenerse en forma desde entonces. Así pues, persiguió al Navigator todo lo rápido que pudo. El coche estaba ahora detenido en un semáforo, manzana y media por delante de él. Proctor cubrió esa distancia en menos de quince segundos, pero cuando estaba a punto de alcanzarlo, la luz cambió a verde y el Navigator arrancó con un chirriar de ruedas.

Proctor se plantó en mitad del asfalto y apuntó con la Glock a los neumáticos traseros del coche. Disparó dos veces, primero al izquierdo y después al derecho. Hizo blanco. Ambos neumáticos temblaron con el impacto de las balas, pero volvieron a inflarse inmediatamente con un siseo explosivo, bajo la atenta mirada de Proctor. Autoinflado. El Navigator, con Diogenes al volante, sobrepasó al coche que tenía delante y aceleró Riverside arriba, zigzagueando entre el tráfico.

Proctor dio media vuelta y regresó corriendo a la mansión. Volvió a colocarse la pistola en el cinturón y sacó el teléfono móvil. No conocía demasiado a los contactos de Pendergast en el FBI o en las otras agencias federales, aparte de que ponerse en contacto en ese momento con el FBI solo ralentizaría las cosas. Era un caso para la policía. Así que marcó el 911.

—Ha llamado a emergencias —respondió una fría voz femenina.

Al llegar a la mansión, Proctor cruzó la puerta principal y atravesó a todo correr los salones hacia la parte trasera de la casa. Con el fin de mantener el anonimato y por razones de seguridad, el teléfono móvil estaba asociado a un nombre y a una dirección falsos, y sabía que dicha información habría aparecido ya en la pantalla de la operadora.

—Soy Kenneth Lomax —dijo Proctor utilizando un nombre ficticio. Abrió entonces un falso panel que había en la pared del corredor trasero y agarró una mochila preparada para esa clase de emergencias—. Acabo de presenciar un secuestro.

—Dirección, por favor.

Proctor le dio la dirección mientras guardaba la Glock y varios cargadores de munición en la mochila.

—He visto cómo un hombre sacaba a una mujer de una casa tirándole de los pelos. Ella gritaba con todas sus fuerzas pidiendo ayuda. El tipo la ha metido en el coche y se ha ido.

—Descríbame el coche.

—Un Navigator de color negro con los vidrios tintados. Se han ido hacia el norte por Riverside. —Le dijo el número de matrícula al tiempo que cruzaba la cocina, mochila al hombro, en dirección al garaje, donde Pendergast guardaba su Rolls-Royce Silver Wraith.

—Por favor, señor, no cuelgue. Estoy enviando a alguien.

Proctor puso en marcha el motor, recorrió el camino de acceso a la mansión, giró hacia el norte por Riverside Drive y al acelerar dejó una marca de neumáticos de unos tres metros en el asfalto. Se saltó dos semáforos en rojo. El tráfico era escaso, lo que le permitía tener una perspectiva de casi un kilómetro. Oteando entre la luz brumosa, intentó localizar el Navigator y le pareció verlo diez manzanas más allá.

Aceleró más, esquivó varios taxis y se saltó otro semáforo entre furiosos bocinazos. Sabía que, ante la posibilidad de un secuestro, la operadora de emergencias habría llamado a algún coche patrulla y luego se habría puesto en contacto con la agencia de detectives. También le requeriría más información sobre su persona. Lanzó el teléfono móvil al asiento del copiloto, sin colgarlo. Después puso en marcha la radio de la policía que tenía instalada bajo el salpicadero.

Aceleró todavía un poco más, dejando atrás las manzanas como una exhalación. Ya no podía ver el Navigator, ni siquiera en la recta que llevaba a Washington Heights. La ruta de escape lógica era tomar Riverside Drive hacia el norte. Empezó a oír sirenas. La policía había respondido con celeridad.

De repente, vio por el retrovisor cómo el Navigator irrumpía en Riverside Drive desde la calle Ciento cuarenta y siete, en dirección sur. Por lo visto Diogenes se había metido en una calle de dirección única en sentido equivocado y había dado la vuelta.

Proctor apretó los labios mientras evaluaba el tráfico a su alrededor. Y entonces dio un volantazo hacia la izquierda, a la vez que accionaba el freno de mano para bloquear las ruedas, de manera que el coche realizó un giro de ciento ochenta grados con un sonoro derrape. La maniobra fue acogida con chirridos de frenos y más bocinazos en forma de protesta. Proctor soltó el freno de mano al completar la maniobra y aceleró. Aquel pedazo de automóvil salió lanzado hacia delante. Ahora, en la distancia, podía ver las luces parpadeantes que acompañaban el ulular de las sirenas.

Cinco manzanas más allá vio el Navigator, que se desvió hacia la derecha por la calle Ciento cuarenta y cinco Oeste. Girar allí no tenía sentido: la calle Ciento cuarenta y cinco finalizaba al poco en el aparcamiento del parque Riverbank State, un espacio ajardinado construido, irónicamente, sobre una planta de tratamiento de aguas residuales encajada entre el río Hudson y la autopista West Side. ¿Habría una lancha motora esperando a Diogenes?

A Proctor le llevó medio minuto llegar a la altura de la calle Ciento cuarenta y cinco y tomar la curva cerrada con el Rolls. Pero entendía que era fundamental saber qué pretendía Diogenes antes de actuar. Por eso detuvo el coche de golpe y, tras extraer de la mochila unos prismáticos pequeños pero potentes, estudió el panorama que se extendía frente a él: primero la calle, después el aparcamiento y por último los caminos de servicio adyacentes. No había ni rastro del Navigator. ¿Dónde demonios se había metido?

Proctor dejó los prismáticos. Y en aquel momento su visión periférica captó que algo se movía entre la maleza, a su derecha. La cuneta trazaba un ángulo cerrado en ese punto, apuntando hacia la franja norte-sur de la autopista West Side. Las ramas y las hojas parecían recién cortadas. Había una capa de tierra fina y dispersa y marcas de neumático recientes en el polvo.

Proctor recuperó los prismáticos. Vio el Navigator en la lejanía, ya en la autopista, hacia el norte, a toda velocidad. Maldijo. Todas esas maniobras le habían dado a Diogenes casi un kilómetro de ventaja, como mínimo.

Puso en marcha el motor una vez más, sacó el Rolls de la calle y tomó el tambaleante y precario camino que llevaba, terraplén abajo, hasta la autopista, donde Proctor irrumpió de manera salvaje en mitad del tráfico. Después cogió el teléfono móvil del asiento del copiloto.

—Soy Kenneth Lomax. El vehículo sospechoso circula ahora por la autopista West Side hacia el norte y se aproxima al puente George Washington.

—Señor —dijo la operadora—, ¿cómo puede estar tan seguro?

—Porque lo estoy siguiendo.

—No lo siga, señor. Deje que la policía se haga cargo de la situación.

Proctor rara vez alzaba la voz, pero lo hizo en ese momento.

—¡Pues síganlo de una maldita vez, y háganlo ya!

Lanzó el teléfono de nuevo al asiento del copiloto sin esperar la respuesta de la operadora.

Recorrió la autopista West Side bordeando la Hudson River Greenway, subiendo y bajando según la orografía del lugar. Puso el Rolls a más de ciento sesenta kilómetros por hora, pero sabía que Diogenes corría a la misma velocidad. Más adelante, por encima de la autopista, se arqueaba el tramo de la I-95 que conectaba con el puente George Washington. Proctor ya no podía ver el Navigator. ¿Habría tomado Diogenes la salida que llevaba a New Jersey, o a Long Island, o a Connecticut? ¿O había permanecido en la autopista hasta alcanzar el último nódulo de Manhattan y había tomado entonces la salida norte hacia Westchester?

Proctor volvió a maldecir. Intentó sintonizar las frecuencias de la policía y captó la conversación de los coches patrulla que respondían a la llamada de alerta sobre un Lincoln Navigator color negro con cristales tintados que circulaba por la autopista West Side en dirección norte. Sin embargo, a esas alturas, el Navigator, fuera a donde fuese, ya no circulaba por la autopista West Side.

La persecución, por lo visto, había terminado.

cap-4

3

Pero la persecución no había acabado.

En el último instante, dejándose llevar por su instinto, Proctor tomó la salida del puente tras cruzar tres carriles de golpe, manteniendo a duras penas el control del Rolls mientras subía por la pronunciada rampa flanqueada por muretes de cemento. Escogió la parte baja del puente debido a que por allí el tráfico de camiones era reducido, y así podría correr más y maniobrar mejor. La policía informaba por radio que no había encontrado nada. En el asiento del copiloto, hablaba la voz de la operadora de emergencias, apenas audible. Proctor sabía que en el momento en que la policía abandonase la persecución del Navigator, empezaría a interesarse por él. Y él no tenía tiempo para preguntas no deseadas o, lo que era peor, una posible detención. Por eso alargó el brazo, se hizo con el teléfono móvil, bajó la ventanilla y lo lanzó fuera del coche. En la mochila guardaba otros teléfonos de prepago desechables.

Al llegar al otro extremo del puente, ya en New Jersey, redujo la velocidad a ciento diez kilómetros por hora al pasar por el peaje del este; no deseaba que lo detuviesen por exceso de velocidad en un momento tan delicado. Estudió el nudo formado por las diferentes autopistas y escogió la I-80 Express hacia el oeste. Quince minutos después, tomó la salida 65 hacia la interestatal en dirección al aeropuerto de Teterboro.

Proctor había llegado a la conclusión de que Diogenes solo disponía de dos posibles vías de escape: o bien se dirigía a una casa cercana preparada para tal fin, o bien se llevaba a Constance a un lugar lejano mediante transporte privado. Si Diogenes disponía de una casa, ya era demasiado tarde para hacer algo. Pero si había planeado llevársela lejos, no podía arriesgarse a seguir en el Navigator. Resultaba imposible subir a una persona secuestrada a un vuelo comercial o a alguna otra clase de transporte público; y la policía conocía el número de matrícula del coche. Así pues, Proctor se decidió por Teterboro: el único aeropuerto cercano con capacidad para vuelos privados de larga distancia.

Giró por Industrial Avenue y aparcó el Rolls sobre la acera, junto a la entrada más próxima a la terminal del aeropuerto. Estudió la línea que formaban las construcciones más cercanas: la torre, la estación de bomberos, los edificios de la FBO. No había rastro del Navigator, pero eso no quería decir nada: Diogenes podía haberse deshecho de él, o podía haberlo aparcado en uno de la media docena de hangares que había allí. Proctor abrió la puerta del conductor y salió a observar las pistas de rodaje de los aviones; no había ninguno. Después miró hacia el cielo. Un jet se elevaba en el cielo, recogiendo el tren de aterrizaje mientras lo observaba alejarse. Pero el espacio aéreo sobre la zona donde convergían los tres estados estaba plagado de aviones: no había manera de saber si Diogenes volaba en alguno de ellos.

Aún no, en todo caso.

Proctor regresó al Rolls y sacó el ordenador portátil, se conectó a internet y buscó el plano de Teterboro. El siguiente paso fue entrar en la página web de AirNav para encontrar información sobre el aeropuerto: latitud y longitud, estadísticas operativas, dimensiones de las pistas. Las dos pistas de Teterboro eran de unos dos kilómetros de longitud, por lo tanto tenían capacidad para albergar casi cualquier clase de avión. Se fijó en que el aeropuerto daba servicio a unos cuatrocientos cincuenta aviones al día, el sesenta por ciento de los cuales eran vuelos regulares. Descendió por la página web hasta llegar a la información de la base de operaciones fija: datos sobre asistencia en tierra, servicios de aviónica y aviones de alquiler. Grabó en la memoria toda esa información.

Puso en marcha el Rolls, se adentró en las instalaciones del aeropuerto y recorrió el perímetro de edificios hasta llegar a uno que se encontraba en la punta de la pista número uno. El edificio era un hangar cavernoso con una enorme señal en la que podía leerse ESCUELA DE VUELO DE NORTH JERSEY. Agarró la mochila, salió del coche y corrió hacia el hangar. Echó un vistazo al interior y lo dejó atrás camino de la pista. La escuela de vuelo disponía de una docena de Cessna 152, bastante cutres, aparcados a pie de pista. Había dos personas sentadas dentro del que estaba más cerca, sin duda un piloto y su alumno, observando el plan de vuelo para la siguiente lección.

Con un evidente gesto de preocupación, Proctor corrió hacia la avioneta moviendo los brazos para indicar que abriesen la ventanilla. Los ocupantes lo miraron. Por la expresión de sus caras le quedó muy claro quién era el piloto y quién el alumno.

—¿Podrían ayudarme? —preguntó Proctor alzando la voz con tono quejumbroso—. ¿Se han fijado si un hombre y una mujer subían a alguno de los aviones de por aquí?

Los ocupantes del Cessna se miraron.

—La mujer es joven, de veintipocos años, con el pelo oscuro. El hombre es bastante alto, con barba recortada y una cicatriz en la mejilla.

—Señor, no puede estar aquí sin autorización —respondió el piloto.

Proctor se dirigió al alumno, un hombre mayor al que se le notaba que el simple hecho de estar sentado en la avioneta ya le resultaba emocionante.

—Se trata de mi jefe —repuso Proctor sin aliento, agitando la mochila—. Se ha olvidado esto. Y no me responde al teléfono móvil. Es de vital importancia; estos documentos contienen información que necesita.

—Sí, los he visto —dijo el alumno—. Han montado en un avión hará unos cinco minutos. De hecho, el avión los estaba esperando justo aquí, en la pista. La mujer parecía enferma. Iba dando tumbos.

—¿Qué clase de avión? —preguntó Proctor.

El piloto frunció el ceño.

—Señor, no podemos proporcionarle esa clase de…

Pero el alumno, sin lugar a dudas un entusiasta, se adelantó:

—Era un jet de dos motores. Un Lear. No he reconocido el modelo.

—Sí —dijo Proctor—. Un Lear. Es él, efectivamente. Muchísimas gracias, intentaré encontrar el modo de contactar con él.

El piloto abrió la boca para hablar, pero no había dicho ni media palabra cuando Proctor se dio la vuelta y empezó a correr dejando atrás el hangar de la escuela de vuelo.

Una vez en el Rolls, se conectó a la página web FlightAware y, en el apartado de los despegues y aterrizajes, se dispuso a localizar el KTEB, el código de la Organización Internacional de Aviación Civil para Teterboro. Apareció un mapa de la zona triestatal, con Teterboro en el centro, cubierto por las fantasmales formas blancas de diminutos aviones que se dirigían hacia diferentes puntos. Bajo el mapa había dos paneles: llegadas y SALIDAS.

Proctor escogió el panel de SALIDAS. Consistía en toda una serie de datos, listados en orden cronológico inverso. Cada una de las líneas representaba un avión que había salido de Teterboro durante las últimas horas e identificaba el número de cola, el modelo de avión, el destino, la hora de despegue y la hora aproximada de llegada a destino.

En ese momento eran las 12.45. En la pantalla, Proctor pudo ver que los despegues más recientes correspondían a las 12.41, las 12.32 y las 12.29. Así que solo un avión había despegado de ese aeropuerto en los últimos cinco minutos.

Comprobó qué tipo de aparato era el que había despegado a las 12.41. Estaba inscrito como LJ45, un Learjet 45. Su destino era KOMA. Una búsqueda rápida identificó dicho aeropuerto, según los códigos de la ICAO, como el Aeródromo Eppley en Omaha, Nebraska.

En la página web, el número de cola o identificador era LN303P. Proctor cliqueó encima y se abrió una ventana nueva: un mapa que mostraba la ruta que el avión iba a seguir desde New Jersey hasta Nebraska. Por detrás, el pequeño símbolo que representaba al avión tenía una cola corta y fina que llegaba hasta Teterboro. Por delante, una línea discontinua que trazaba un leve zigzagueo en dos puntos y apuntaba hacia el oeste, señalaba la ruta prevista. En un lateral de la pantalla, una lista de datos indicaba que el avión tenía prevista una velocidad de crucero de setecientos setenta y siete kilómetros por hora y que estaba ascendiendo a dos mil metros de altitud, en busca de los seis mil.

Con un clic, Proctor cerró la ventana de los vuelos. Ahora sabía dos cosas fundamentales: Diogenes y Constance habían subido al Learjet y Diogenes había acordado con la Administración Federal de Aviación un vuelo a Nebraska. Todos los vuelos regidos por las Reglas de Vuelo Instrumental exigían un plan de vuelo; intentar volar sin uno generaba de inmediato una investigación no deseada.

Al comprobar el panel de LLEGADAS, vio que el Learjet con el número LN303P había aterrizado en Teterboro solo media hora antes. Así pues, no se trataba de un vuelo chárter local: Diogenes había contratado un chárter «reposicionado» desde otro aeropuerto con el objetivo de cubrir sus huellas.

«Muy listo. Pero no lo bastante.» Porque Diogenes no había pensado —o no había sabido— bloquear el nombre de cola del registro que llevaba la FlightAware. Y, como resultado, Proctor sabía ahora con precisión adónde se dirigía.

De todos modos, semejante conocimiento tenía una utilidad limitada. Porque con cada minuto que pasaba, Diogenes se alejaba de él, hacia Nebraska, a cientos de kilómetros por hora.

cap-5

4

Según lo que había podido comprobar en la página web AirNav, DebonAir Aviation Services era la única compañía aérea de alquiler que operaba en la actualidad directamente desde el aeropuerto de Teterboro. Proctor circuló a lo largo de los edificios del aeropuerto hasta que al fin vio el cartel de la compañía de vuelos chárter. Aparcó frente a la puerta de cristales translúcidos, apagó el motor, agarró su mochila y el ordenador portátil y salió con prisas del Rolls.

El interior de la oficina del servicio de vuelos chárter se parecía a otras que había visto antes, cómoda aunque sobre todo funcional: la mayoría de los operadores de vuelos de alquiler eran antiguos pilotos de líneas comerciales o exmilitares. Había tres mostradores, pero solo uno estaba ocupado. De las paredes colgaban varios pósteres con aviones. La puerta abierta al fondo de la oficina llevaba a lo que parecía ser una sala de archivos.

Proctor se fijó en el hombre que estaba sentado tras el mostrador. Debía de rondar los cincuenta, tenía el pelo de color gris acero, corto, y el cuerpo musculado. La placa de encima de la mesa indicaba su apellido: bowman. El hombre miró a Proctor, sin duda calculando si se trataba de un cliente potencial.

Proctor evaluó la situación. Lo que estaba a punto de solicitar era algo inusual y, por lo general, llevaría su tiempo organizarlo; más tiempo del que disponía. A toda velocidad y de manera metódica, calculó sus opciones observando adónde conducía por lógica cada una de las decisiones. A continuación se sentó en una silla al otro lado del mostrador, dejó el ordenador en el suelo y mantuvo en su regazo la mochila, para protegerla.

—Necesito un vuelo chárter de inmediato.

El hombre parpadeó.

—De inmediato —repitió.

Proctor asintió.

—¿A qué viene tanta prisa? —La expresión del hombre, de repente suspicaz, sugería otra pregunta: «¿Se trata de algo ilegal?».

—No es lo que parece —dijo Proctor. Había decidido mostrar cierto grado de sinceridad para conseguir lo que quería; sinceridad mezclada con otra clase de incentivos—. Se trata de una persecución.

Al oír esas palabras, el hombre dio la impresión de despertar de golpe. Miró de otro modo a Proctor, como de militar a militar.

—¿Sirvió en los Rangers?

Proctor hizo un vago gesto con la mano.

—Fuerzas especiales. —Echó un vistazo al estuche enmarcado que colgaba de la pared a la espalda de Bowman—. ¿Fuerzas Aéreas?

Bowman asintió. La mirada suspicaz se había esfumado.

—¿Por qué no acude a la policía?

—Se trata de un secuestro. Cualquier intervención por parte de la policía implicaría la muerte del rehén. El secuestrador es inteligente y extremadamente violento. Además, se trata de un asunto personal delicado. Y el tiempo es un factor clave. Conozco el número de cola y el destino. Tengo que llegar al destino antes de que el objetivo desaparezca.

Bowman volvió a asentir, aunque ahora más despacio.

—¿De qué destino se trata?

—Aeródromo Eppley, Omaha.

—Omaha —repitió el hombre—. Eso es mucho combustible, amigo. ¿A qué distancia está la escala?

—Sin escalas. Es un viaje de un tirón. Solo ida.

—Aun así tendré que cobrarle el viaje de vuelta.

—Lo entiendo.

—¿Cuántos pasajeros?

—El que tiene delante.

Una pausa.

—Supongo que sabe que los vuelos de última hora, como este, dada la burocracia extra y los gastos generales, conllevan un cargo adicional.

—No hay problema.

Dio la impresión de que el hombre se lo pensaba durante unos segundos. Después se volvió hacia el ordenador que tenía en la mesa y empezó a teclear. Proctor aprovechó para abrir su ordenador portátil y comprobar el estado del vuelo de Diogenes. El icono del LN303P avanzaba hacia el oeste. Volaba a tres mil seiscientos metros de altitud y se aproximaba a velocidad de crucero.

—Está de suerte —dijo Bowman—. Tenemos un avión disponible, un Pilatus PC-12. También tenemos un piloto con licencia en el aeropuerto; está acabando de comer. —El hombre cogió la calculadora—. Contando el combustible, las tasas de despegue y de segmentos, el tiempo empleado, la tasa de viaje de ida y el quince por ciento, el cargo habitual, serán mil doscientos por…

—No me vale —le interrumpió Proctor.

El hombre fijó la vista en él.

—¿Por qué no?

—El PC-12 solo tiene un motor. Necesito un jet.

—Un jet.

—Estoy persiguiendo a un Learjet 45. Necesito algo igual o más rápido.

La mirada suspicaz reapareció por un instante. Después Bowman se centró en el ordenador.

—Disponemos de otro avión. Un Gulfstream IV. Pero no es posible salir de inmediato.

—¿Por qué no?

—Le he dicho que tenemos un piloto. No he dicho nada sobre «dos» pilotos. Ese jet no puede volar con un único piloto. —Tecleó algo más—. Tengo alguien de guardia. Podría estar aquí a primera hora de la mañana. Es decir, si el coste adicional del Gulfstream no supone un problema…

—Inaceptable.

El hombre se calló de golpe, sin dejar de mirar a Proctor.

—Debo salir de inmediato —insistió Proctor con voz serena.

—Y yo le he dicho que no dispongo de copiloto hasta mañana por la mañana.

De nuevo, Proctor barajó sus posibilidades. La violencia, habitualmente, era su primera opción. Sin embargo, dadas las circunstancias, no parecía lo más adecuado: demasiadas variables en juego, demasiada seguridad en la zona. Por otra parte, necesitaba cooperación voluntaria si quería salirse con la suya.

—¿Cuál es la tarifa habitual para un viaje de ida y vuelta a Omaha en el Gulfstream IV?

De nuevo, el hombre tecleó en la calculadora.

—Tres mil ochocientos dólares por hora.

—Así que si se trata de un viaje de ida de, más o menos, tres horas de duración, estaríamos hablando de unos veinticinco mil dólares.

—Por ahí andaría la cosa… —empezó a decir el hombre, pero volvió a cerrar la boca cuando Proctor rebuscó en su bolsa y sacó varios fajos de billetes de cien y los colocó sobre el mostrador.

—Aquí hay treinta mil. Vámonos.

El hombre se quedó mirando la pila de billetes.

—Acabo de decirle que no dispongo…

—Usted tiene licencia, ¿no? —Proctor apuntó con el mentón hacia otro de los marcos que colgaban de la pared.

—Sí, pero…

Sin decir ni media palabra, Proctor rebuscó de nuevo en la bolsa, sacó otro fajo con cinco mil dólares y lo añadió a la pila. Se cuidó mucho de dejar la bolsa abierta, con los otros fajos de billetes de cien dólares a la vista, casi medio millón en total, así como dos Glock del calibre 22.

El hombre observó el dinero del mostrador, después miró hacia la bolsa y de nuevo al mostrador. Al final cogió el teléfono y marcó un número.

—Ray. Tenemos un vuelo de emergencia. Sí, ahora mismo. Omaha. No, solo de ida. Volaré de copiloto. Vente aquí. Ahora. —Escuchó lo que decían al otro lado de la línea durante un minuto—. Bien, pues dile que espere hasta mañana, maldita sea.

Entretanto, Proctor aprovechó la oportunidad para observar en el monitor el vuelo de Diogenes en FlightAware. Para su sorpresa y consternación, vio que, minutos atrás, el avión había variado su trayectoria original y trazaba una curva pronunciada. Un vistazo a la ventana de la información del vuelo en la parte derecha de la pantalla le mostró el nuevo destino: ya no se trataba de KOMA sino de CYQX. Al verlo, Proctor supo que era el código para el aeropuerto internacional de Gander, en New­foundland.

Así pues, Diogenes no solo se había limitado a contratar un vuelo chárter reposicionado para escapar de Teterboro. Por lo visto, también había solicitado a la FAA un nuevo plan de vuelo en mitad del trayecto, ahora de Omaha a Gander. Su intención debía de ser asegurarse de que no lo seguían.

Mientras Proctor examinaba su ordenador portátil, Bowman hizo unas cuantas llamadas.

—De acuerdo —dijo mirando de reojo la pila de billetes—. Mi piloto está de camino y están llenando de combustible los depósitos del avión. Me haré con la previsión de DUATS y podremos salir inmediatamente…

—Hay un cambio de destino —lo interrumpió Proctor—. Ya no vamos a Omaha. Ahora vamos a Gander, en Newfoundland.

—¿Newfoundland? —Bowman frunció el ceño—. Un segundo. Entonces hablamos de un vuelo internacional y…

—Eso no importa. El vuelo es más corto. Pagaré lo

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