AGRADECIMIENTOS
Los autores quieren expresar su más sincera gratitud a:
Jan Herbert, por su inagotable devoción y apoyo creativo constante.
Penny Merritt, por su contribución a la administración del legado literario de su padre, Frank Herbert.
Rebecca Moesta Anderson, por su entusiasmo y apoyo incansable a este proyecto, ya que sus ideas, imaginación e intuición contribuyeron a perfeccionarlo.
Robert Gottlieb y Matt Bialer, de la William Morris Agency, Mary Alice Kier y Anna Cottle, de Cine/Lit Representation, cuya fe y dedicación nunca flaquearon, cuando comprendieron las posibilidades del proyecto.
Irwyn Applebaum y Nita Taublib, de Bantam Books, que prestaron su apoyo y atención a una tarea tan enorme.
El entusiasmo y dedicación de Pat LoBrutto a este proyecto, desde el principio, nos ayudaron a perseverar. Nos alentó a considerar posibilidades y giros arguméntales que convirtieron Dune: Casa Harkonnen en un relato todavía más vigoroso y complejo.
Anne Lesley Groell y Mike Shohl, que tomaron las riendas editoriales, nos ofrecieron excelentes consejos y sugerencias, incluso a última hora.
Nuestra editora inglesa, Carolyn Caughey, por empeñarse en descubrir cosas que todo el mundo pasaba por alto, y por sus sugerencias sobre detalles, importantes o no.
Anne Gregory, por su trabajo editorial en una edición para la exportación de Dune: la Casa Atreides, que salió demasiado tarde para incluirla en la lista de agradecimientos.
Como siempre, Catherine Sidor, de WordFire Inc., trabajó sin descanso para transcribir docenas de microcasetes y mecanografiar cientos de páginas, con el fin de estar a la altura de nuestro maníaco ritmo de trabajo. Su colaboración en todas las fases de este proyecto nos ha ayudado a conservar la cordura, y hasta consigue convencer a otras personas de que somos organizados.
Diane E. Jones y Diane Davis Herdt trabajaron a destajo como lectores y conejillos de indias, nos transmitieron reacciones sinceras y sugirieron escenas adicionales que nos ayudaron a construir un libro mejor.
La Herbert Limited Partnership, que incluye a Ron Merritt, David Merritt, Byron Merritt, Julie Herbert, Robert Merritt, Kimberly Herbert, Margaux Herbert y Theresa Shackelford, todos los cuales nos han proporcionado su apoyo más entusiasta y confiado la continuación de la maravillosa visión de Frank Herbert.
Beverly Herbert, por casi cuatro décadas de apoyo y devoción a su marido, Frank Herbert.
Y, sobre todo, gracias a Frank Herbert, cuyo genio creó un universo prodigioso para que todos pudiéramos explorarlo.
Los descubrimientos son peligrosos... pero también lo es la vida. Un hombre que no desea correr riesgos está condenado a no aprender jamás, ni a madurar, ni a vivir.
Planetólogo PARDOT KYNES,
Un primer libro de lecturas, escrito para su hijo Liet
Cuando la tormenta de arena llegó desde el sur, Pardot Kynes estaba más interesado en tomar lecturas meteorológicas que en buscar refugio. Su hijo Liet (de sólo doce años, pero avezado en las duras costumbres del desierto) examinó con ojo crítico la antigua estación meteorológica que habían encontrado en el puesto de experimentos botánicos abandonado. No albergaba la menor confianza en que la máquina funcionara.
Entonces, Liet desvió la mirada hacia la tempestad que se aproximaba, al otro lado del mar de dunas.
—El viento del demonio en pleno desierto. Hulasikali Wala.
Casi por instinto, comprobó los cierres de su destiltraje.
—Tormenta de Coriolis —le corrigió Kynes, utilizando un término científico en lugar de la expresión fremen que su hijo había usado—. El movimiento de rotación del planeta aumenta la velocidad de los vientos que azotan las llanuras. Las ráfagas pueden alcanzar velocidades de setecientos kilómetros por hora.
Mientras su padre hablaba, el joven se ocupó de cerrar la estación meteorológica en forma de huevo, y comprobó los cierres de los respiraderos, la pesada compuerta, las provisiones de emergencia almacenadas. No hizo caso del generador de señales y el radiofaro de socorro. La estática de la tormenta de arena reduciría a añicos electromagnéticos cualquier transmisión.
En sociedades sofisticadas, Liet habría sido considerado un niño, pero la vida entre los fremen, siempre difícil y sometida a mil peligros, le había dotado de una madurez que pocos alcanzaban a una edad que doblaba la suya. Estaba más preparado para hacer frente a emergencias que su padre.
El Planetólogo se rascó su barba rubia veteada de gris.
—Una buena tormenta como esta puede abarcar una extensión de cuatro grados de latitud. —Aumentó el brillo de las pantallas de los aparatos analíticos de la estación—. Eleva partículas a una altitud de dos mil metros, de forma que quedan suspendidas en la atmósfera, y mucho después de que la tormenta haya pasado, continúa cayendo polvo del cielo.
Liet dio un último tirón a la cerradura de la escotilla, satisfecho de que pudiera resistir a la tormenta.
—Los fremen la llaman El-Sayal, «la lluvia de arena».
—Un día, cuando tú también seas Planetólogo, tendrás que utilizar un lenguaje más técnico —dijo Pardot Kynes en tono didáctico—. Todavía envío mensajes al emperador de vez en cuando, aunque no con tanta frecuencia como debería. Dudo que se tome la molestia de leerlos. —Dio unos golpecitos sobre uno de los instrumentos—. Ay, creo que el frente está casi encima de nosotros.
Liet levantó el protector de una portilla para ver la muralla de blanco, canela y estática que se avecinaba.
—Un planetólogo ha de utilizar los ojos, así como un lenguaje científico. Mira por la ventana, padre.
Kynes sonrió a su hijo.
—Ya ha llegado el momento de que la estación abandone el suelo.
Manipuló unos controles dormidos desde hacía mucho tiempo y consiguió poner en marcha la doble hilera de motores suspensores. La estación luchó con la gravedad y se elevó sobre el suelo.
La boca de la tormenta se abalanzó sobre ellos, y Liet cerró la placa del protector con la esperanza de que el anticuado aparato meteorológico aguantaría. Confiaba en la intuición de su padre hasta cierto punto, pero no en su sentido práctico de las cosas.
La estación en forma de huevo se alzó con suavidad gracias a los suspensores, azotada por las brisas precursoras de la tormenta.
—Ya viene —dijo Kynes—. Ahora empieza nuestro trabajo...
La tormenta les golpeó como un garrote romo, y les precipitó hacia el corazón del maelstrom.
Días antes, en el curso de un viaje a las profundidades del desierto, Pardot Kynes y su hijo habían descubierto las señales familiares de una estación de pruebas botánica, abandonada miles de años antes. Los fremen habían saqueado casi todos los puestos de investigación, y requisado objetos valiosos, pero esta estación aislada en un hueco rocoso había permanecido sin descubrir hasta que Kynes había localizado las señales.
Liet y él habían abierto la escotilla incrustada de polvo para escudriñar su interior, como espectros a punto de entrar en una cripta. Tuvieron que esperar bajo el ardiente sol a que el intercambio atmosférico eliminara el aire estancado. Pardot Kynes paseó de un lado a otro sobre la arena suelta, con el aliento contenido, escrutando de vez en cuando la oscuridad, a la espera de que pudieran entrar a investigar.
Aquellas estaciones de análisis botánicos habían sido construidas en la edad de oro del antiguo Imperio. Kynes sabía que en aquella época este planeta desierto no había sido considerado especial en ningún aspecto, sin recursos importantes, sin motivos para ser colonizado. Cuando los peregrinos Zensunni habían llegado tras generaciones de esclavitud, lo habían hecho con la esperanza de construir un mundo donde ser libres.
Pero eso había sido antes del descubrimiento de la especia melange, la preciosa sustancia que no se encontraba en ningún otro lugar del universo. Y después todo había cambiado.
Kynes ya no llamaba Arrakis a este mundo, el nombre que constaba en los registros imperiales, sino que utilizaba el nombre fremen: Dune. Si bien por naturaleza era un fremen, seguía siendo un servidor de los emperadores Padishah. Elrood IX le había ordenado que descubriera el misterio de la especia: de dónde procedía, cómo se formaba, dónde podía encontrarse. Kynes había vivido trece años con los moradores del desierto. Había tomado una esposa fremen y había criado a un hijo medio fremen para que siguiera sus pasos, para que se convirtiera en el siguiente Planetólogo de Dune.
El entusiasmo de Kynes por el planeta no había disminuido un ápice. Le emocionaba la perspectiva de descubrir algo nuevo, aunque tuviera que aventurarse en medio de una tormenta...
Los antiguos suspensores de la estación zumbaban en su lucha contra el aullido de Coriolis, como un nido de avispas enfurecidas. La nave meteorológica rebotaba sobre las corrientes de aire remolineantes, como un globo de paredes de acero. El polvo que proyectaba el viento golpeaba el casco.
—Esto me recuerda las tormentas matinales que veía en Salusa Secundus —musitó Kynes—. Cosas asombrosas... Muy pintorescas y muy peligrosas. El viento puede levantarse por sorpresa y aplastarte. No debe sorprenderte a la intemperie.
—Tampoco quiero que este me sorprenda a la intemperie —dijo Liet.
Tensada hacia dentro, una de las planchas laterales se combó. El aire se coló por la brecha con un zumbido. Liet se precipitó hacia la brecha. Tenía a mano el maletín de reparaciones y un sellador de espuma, convencido de que la decrépita estación se agrietaría.
—Dios nos sujeta en su mano, y podríamos morir aplastados en cualquier momento.
—Eso es lo que diría tu madre —contestó el Planetólogo sin levantar la vista de las madejas de información que el aparato de grabación descargaba en un anticuado compresor de datos—. ¡Fíjate, una ráfaga ha alcanzado ochocientos kilómetros por hora! —Su voz no transmitía temor, sólo entusiasmo—. ¡Es una tormenta monstruosa!
Liet levantó la vista del sellador que había esparcido sobre la delgada grieta. El chillido del aire que se filtraba murió, sustituido por el estrépito ahogado de un huracán.
—Si estuviéramos fuera, este viento nos despellejaría.
Kynes se humedeció los labios.
—Tienes toda la razón, pero has de aprender a expresarte con objetividad y precisión. «Nos despellejaría» no es una frase que yo incluiría en un informe al emperador.
El estrépito del viento, el arañar de la arena y el rugido de la tormenta alcanzaron un crescendo. Después, con un estallido de presión en el interior de la estación, todo se transformó en una burbuja de silencio. Liet parpadeó y bostezó para destaparse los oídos. Un intenso silencio repiqueteaba en su cráneo. A través del casco de la estación todavía podía oír los vientos de Coriolis, como voces susurradas en una pesadilla.
—Estamos en el ojo. —Pardot Kynes se apartó de sus instrumentos, muy satisfecho—. Un sietch en el corazón de la tormenta, un refugio donde menos lo esperarías.
Descargas de estática azulinas chisporroteaban a su alrededor, la fricción de arena y polvo generaba campos electromagnéticos.
—Preferiría estar de vuelta en el sietch —admitió Liet.
La estación meteorológica derivaba en el ojo, a salvo y silenciosa después del intenso golpeteo de la muralla de la tormenta. Encerrados en la pequeña nave, ambos tenían la oportunidad de hablar de padre a hijo.
Pero no lo hicieron...
Diez minutos después, chocaron contra el muro opuesto de la tormenta, y fueron devueltos al demencial flujo con un empujón indirecto de los vientos, cargados de polvo. Liet se tambaleó y tuvo que agarrarse. Su padre consiguió mantener el equilibrio. El casco de la nave vibraba y matraqueaba.
Kynes echó un vistazo a sus controles y al suelo. Miró a su hijo.
—No sé muy bien qué hacer. Los suspensores están... —con una sacudida, empezaron a caer, como si su cable de seguridad se hubiera cortado— fallando.
Liet se sujetó sintiendo una extraña falta de peso, mientras la nave caía hacia el suelo, que una oscuridad polvorienta ocultaba.
Los suspensores averiados chisporrotearon y se estabilizaron justo antes de tocar tierra. La fuerza del generador de campo Holtzman les protegió de lo peor del impacto. Después, la nave se estrelló contra la arena, y los vientos de Coriolis rugieron por encima de ellos como un recolector de especia aplastando bajo sus llantas a un ratón canguro. El cielo liberó un diluvio de polvo.
Pardot y Liet Kynes, que no sufrían más que contusiones sin importancia, se levantaron e intercambiaron una mirada, después de la descarga de adrenalina. La tormenta prosiguió su camino, abandonando la estación...
Liet renovó el aire del interior mediante un snork de arena. Cuando abrió la pesada escotilla, un chorro de arena cayó en el interior, pero Liet reforzó las paredes con un aglutinador de espuma estática. Se puso a trabajar con la ayuda de su fremochila y las manos desnudas.
Pardot Kynes confiaba plenamente en que su hijo conseguiría que les rescataran, de modo que trabajó en la oscuridad para introducir sus nuevas lecturas meteorológicas en un compresor de datos anticuado.
Liet salió al aire libre como un bebé que emergiera del útero, y contempló el paisaje asolado por la tormenta. El desierto había vuelto a nacer: las dunas se movían como ganado, hitos familiares cambiaban; huellas, tiendas, incluso aldeas, habían sido borradas. Toda la depresión parecía recién creada.
Cubierto de polvo pálido, ascendió hasta una extensión de arena más estable y vio la depresión que ocultaba la estación enterrada. Al estrellarse, la nave había abierto un cráter en la superficie del desierto, justo antes de que la tormenta arrojara un manto de arena sobre ellos.
Gracias a sus sentidos fremen y a un sentido innato de la orientación, Liet fue capaz de determinar su posición aproximada, no lejos de la Muralla Falsa del Sur. Reconoció las formas rocosas, las franjas de los riscos, los picos y riachuelos. Si los vientos les hubieran arrojado un kilómetro más adelante, la nave se habría estrellado contra las montañas... un final ignominioso para el gran Planetólogo, a quien los fremen reverenciaban como a su Umma, su profeta.
—Padre —gritó Liet al hueco que señalaba la posición de la nave hundida—, creo que hay un sietch en los riscos cercanos. Si nos acercamos allí, los fremen nos ayudarán a desenterrar nuestro módulo.
—Buena idea —contestó Kynes con voz apagada—. Ve a comprobarlo. Yo me quedaré a trabajar. He tenido... una idea.
El joven se alejó con un suspiro en dirección a los salientes de roca ocre. Andaba con ritmo irregular, para no atraer a ningún gigantesco gusano: paso, arrastre, pausa... arrastre, pausa, paso, paso... arrastre, paso, pausa, paso...
Los amigos de Liet en el sietch de la Muralla Roja, en especial su hermano de sangre Warrick, le envidiaban por el tiempo que pasaba con el Planetólogo. Umma Kynes había llevado una visión paradisíaca a la gente del desierto. Creían en el sueño de volver a despertar Dune, y seguían al hombre.
Sin que lo supieran los señores Harkonnen (los únicos habitantes de Arrakis que recolectaban la especia, y que consideraban a la gente meros recursos a los que no importaba explotar), Kynes supervisaba ejércitos de trabajadores furtivos y fieles que plantaban hierba para anclar las dunas móviles. Estos fremen establecían cultivos de cactus y arbustos resistentes en cañones protegidos, a los que llegaba el agua de las precipitaciones de rocío. En las regiones inexploradas del polo sur habían plantado palmeras que habían echado raíces y estaban floreciendo. El proyecto experimental de la Depresión de Yeso producía flores, fruta fresca y árboles enanos.
De todos modos, aunque el Planetólogo fuera capaz de orquestar planes grandiosos a escala mundial, Liet no confiaba lo suficiente en el sentido común de su padre para dejarle solo durante mucho rato.
El joven siguió el contorno del risco hasta que descubrió sutiles marcas en las rocas, un sendero que ningún forastero observaría, mensajes en la colocación de piedras descoloridas que prometían comida y refugio, bajo las respetadas reglas de la Bendición de los Viajeros, al'amyah.
Con la ayuda de los fuertes fremen del sietch, podrían desenterrar la estación meteorológica y arrastrarla hasta un escondite, donde sería despiezada o reparada. Al cabo de una hora, los fremen eliminarían todas las huellas y dejarían que el desierto volviera a sumirse en un silencio inquietante.
Pero cuando miró de nuevo hacia el lugar de la colisión, Liet se alarmó al ver que la nave se movía. Una tercera parte ya sobresalía de la arena. El módulo se alzaba poco a poco con un zumbido profundo, como una bestia de carga atrapada en una ciénaga de Bela Tegeuse. Sin embargo, los suspensores sólo tenían capacidad para elevar la nave unos centímetros cada vez.
Liet se quedó petrificado cuando comprendió lo que su padre estaba haciendo. Suspensores. ¡En pleno desierto!
Corrió como un poseso, tropezando y trastabillando, seguido de una avalancha de arena.
—Detente, padre. ¡Desconéctalos!
Gritó hasta enronquecer. Miró al otro lado del océano dorado de dunas, con una sensación de terror en el estómago, hacia el pozo infernal de la lejana Depresión del Ciélago. Buscó una ondulación reveladora, la alteración que indicaba un movimiento en las profundidades...
—Sal de ahí, padre.
Se detuvo ante la escotilla abierta, mientras la nave continuaba agitándose sin cesar. Los campos suspensores zumbaban. Liet se agarró al marco de la puerta, saltó a través de la escotilla y cayó en el interior de la estación, asustando a Kynes.
El Planetólogo sonrió a su hijo.
—Es una especie de sistema autónomo. No sé qué controles he activado, pero este módulo podría alzar el vuelo en menos de una hora. —Se volvió hacia sus instrumentos—. Me dio tiempo de introducir todos los datos nuevos en un solo archivo...
Liet cogió a su padre del hombro y le arrancó de los controles. Dio un manotazo al interruptor del cierre de emergencia, y los suspensores interrumpieron su funcionamiento. Kynes, confuso, intentó protestar, pero su hijo le empujó hacia la escotilla abierta.
—¡Sal ahora mismo! Corre lo más rápido que puedas hacia las rocas.
—Pero...
Las aletas de la nariz de Liet se dilataron a causa de la exasperación.
—Los suspensores funcionan gracias a un campo Holtzman, como si fueran escudos. ¿Sabes lo que pasa cuando activas un escudo personal en pleno desierto?
—¿Los suspensores vuelven a funcionar? —parpadeó Kynes, y sus ojos se iluminaron cuando comprendió—. ¡Ah! Viene un gusano.
—Siempre viene un gusano. ¡Corre!
Kynes salió por la escotilla y saltó a la arena. Recuperó el equilibrio y se orientó bajo el sol cegador. Cuando vio el risco que Liet le había indicado, a un kilómetro de distancia, corrió hacia él con movimientos torpes e irregulares, como si ejecutara una danza complicada. El joven fremen le siguió hasta el refugio que ofrecían las rocas.
Al cabo de poco oyeron un siseo atronador a su espalda. Liet miró hacia atrás, y después empujó a su padre para que corriera hacia la cumbre de una duna.
—Más deprisa. No sé cuánto tiempo nos queda.
Aumentaron la velocidad. Kynes tropezó, se rezagó.
Las arenas se ondulaban en dirección al módulo semienterrado. En dirección a ellos. Las dunas se ondulaban al ritmo del avance inexorable de un gusano que ascendía hacia la superficie.
—¡Corre con todas tus fuerzas!
Corrieron hacia los riscos, atravesaron la cresta de una duna, bajaron, se precipitaron hacia adelante y la blanda arena cedió bajo sus pies. Las esperanzas de Liet aumentaron cuando vio el refugio rocoso a menos de cien metros de distancia.
El siseo aumentó de potencia cuando el gigantesco gusano aceleró. El suelo tembló bajo sus botas.
Por fin, Kynes llegó a los primeros peñascos y se aferró a ellos como si fueran un ancla, jadeante. Liet le obligó a continuar hasta la ladera, para que el monstruo no pudiera alcanzarles cuando surgiera de la arena.
Momentos después, sentados en un saliente, en silencio mientras respiraban por la nariz para contener el aliento, Pardot Kynes y su hijo vieron que un remolino se formaba alrededor del módulo semienterrado. Mientras la viscosidad de la arena agitada cambiaba, el módulo empezó a hundirse.
El corazón del torbellino se elevó en forma de boca cavernosa. El monstruo del desierto engulló la nave junto con toneladas de arena, que cayeron por una garganta erizada de dientes de cristal. El gusano volvió a hundirse en las áridas profundidades, y Liet observó las ondulaciones de su paso, ahora más lentas, que regresaban a la hondonada vacía...
En el silencio que siguió, Pardot Kynes no parecía entusiasmado por su roce con la muerte, sino más bien decepcionado.
—Hemos perdido todos esos datos. —El planetólogo exhaló un profundo suspiro—. Podría haber utilizado nuestras lecturas para comprender mejor esas tormentas.
Liet introdujo la mano en un bolsillo delantero de su destiltraje y extrajo el anticuado compresor de datos que había arrancado del panel de instrumentos del módulo.
—Incluso mientras procuro salvar nuestras vidas, no dejo de prestar atención a la investigación.
Kynes sonrió, henchido de orgullo paterno.
Bajo el sol del desierto, subieron por el escarpado sendero hasta la seguridad del sietch.
Cuidado, hombre, puedes crear vida. Puedes destruir vida. Pero no tienes otra alternativa que experimentar la vida. Y ahí residen tu mayor fortaleza y tu mayor debilidad.
Biblia Católica Naranja,
Libro de Kimla Séptima, 5: 3
En Giedi Prime, rico en petróleo, la cuadrilla de trabajadores abandonó los campos al final de otro día interminable. Cubiertos de polvo y sudor, los obreros salieron de las parcelas horadadas y desfilaron bajo un sol rojo camino de casa.
Entre ellos, Gumey Halleck, con el cabello rubio empapado en sudor, daba rítmicas palmadas. Era la única forma de seguir adelante, su método particular de rebelarse contra la opresión de los Harkonnen, que en aquel momento no podían oírle. Compuso una canción de trabajo con letra absurda, e intentó que sus compañeros le corearan, o al menos lo intentaran.
Curramos todo el día, como los Harkonnen dictan,
hora tras hora, anhelamos una ducha,
trabajando, trabajando y trabajando...
La gente caminaba en silencio. Demasiado agotados tras once horas de trabajar en los campos rocosos, apenas reparaban en el trovador aficionado. Gumey desistió de sus esfuerzos con un suspiro de resignación, aunque su sonrisa irónica no desapareció.
—La verdad es que somos unos desgraciados, amigos míos, pero no hay que deprimirse por eso.
Más adelante había un pueblo de edificios prefabricados, un poblado llamado Dmitri en honor del anterior patriarca Harkonnen, el padre del barón Vladimir. Después de que el barón se hiciera con el control de la Casa Harkonnen, décadas atrás, había examinado los mapas de Giedi Prime y bautizado accidentes geográficos a su antojo. De paso, había añadido un toque melodramático a las austeras formaciones: Isla de las Desdichas, Bajíos de la Perdición, Acantilado de la Muerte...
Alguna generación posterior, sin duda, volvería a bautizarlas de nuevo.
Tales preocupaciones eran ajenas a Gumey Halleck. Aunque de escasa cultura, sabía que el Imperio era inmenso, con un millón de planetas y decillones de habitantes... pero no era probable que viajara más allá de Harko City, la metrópolis densamente poblada y contaminada que proyectaba un perpetuo resplandor rojizo sobre el horizonte, hacia el norte.
Gumey examinó a la gente que le rodeaba, gente a la que veía cada día. Desfilaban con la vista gacha, como máquinas, de regreso a sus humildes moradas, tan hoscos que no pudo reprimir una carcajada.
—Meted un poco de sopa en la panza, y espero que esta noche empecéis a cantar. ¿No dice la Biblia Católica Naranja «Regocijaos en vuestros corazones, porque el sol sale y se pone según vuestra perspectiva del universo»?
Algunos trabajadores murmuraron con leve entusiasmo. Era mejor que nada. Al menos, había logrado alegrar a alguno. Con una vida tan miserable, cualquier toque de color era bienvenido.
Gumey tenía veintiún años, y la piel áspera y correosa debido a trabajar en los campos desde la edad de ocho años. Por la fuerza de la costumbre, sus brillantes ojos azules absorbían todos los detalles... aunque no había gran cosa que ver en el pueblo de Dmitri y los campos desolados. De mandíbula angulosa, nariz demasiado redonda y facciones aplastadas, ya tenía aspecto de granjero viejo, y sin duda se casaría con alguna de las chicas resignadas y de aspecto cansado del pueblo.
Gumey había pasado el día hundido en una zanja hasta los hombros, dedicado a extraer toneladas de tierra pedregosa con una pala. Después de muchos años de cultivar el mismo suelo, los aldeanos tenían que horadarlo más para encontrar nutrientes en la tierra. El barón no quería gastarse Solaris en fertilizantes, sobre todo para esta gente.
Durante los cientos de años que llevaban administrando Giedi Prime, los Harkonnen habían convertido en costumbre extraer de la tierra todo cuanto contuviera algo de valor. Era su derecho y su deber explotar este planeta, para después trasladar los poblados a nuevas tierras y cosechas. Un día, cuando Giedi Prime fuera una cáscara vacía, el líder de la Casa Harkonnen exigiría sin duda un feudo diferente, una nueva recompensa por servir a los emperadores Padishah. Al fin y al cabo, había muchos planetas donde elegir en el Imperio.
Pero la política galáctica no interesaba a Gumey. Sus objetivos se limitaban a disfrutar de la velada inminente, a compartir un rato de diversión y relajación en el lugar de encuentro. Mañana sería otro día de trabajo extenuante.
En los campos sólo crecían tubérculos krall, duros y filamentosos. Si bien casi toda la cosecha se exportaba para alimento de animales, los tubérculos blandos eran lo bastante nutritivos para asegurar que la gente continuara trabajando. Gumey los comía cada día, al igual que todo el mundo. Una tierra mala provoca mal gusto.
Sus padres y compañeros de trabajo sabían montones de proverbios, muchos procedentes de la Biblia Católica Naranja. Gurney los memorizaba y a menudo les ponía música. La música era el único tesoro que se le permitía poseer, y la compartía con liberalidad.
Los trabajadores se separaron en dirección a sus viviendas respectivas, aunque idénticas, unidades prefabricadas defectuosas que la Casa Harkonnen había comprado de rebajas y puesto allí. Gurney echó un vistazo a la casa donde vivía con sus padres y su hermana menor, Bheth.
Su casa tenía un toque más alegre que las demás. Ollas viejas y herrumbradas se habían llenado de tierra, y en ellas crecían flores de alegres colores: pensamientos marrones, azules y amarillos, un montón de margaritas, incluso lirios cala de aspecto sofisticado. La mayoría de las casas tenían huertos donde la gente cultivaba plantas, hierbas, hortalizas, aunque cualquier producto de aspecto apetitoso podía ser requisado y devorado por las patrullas Harkonnen.
El día era caluroso y el aire contaminado, pero las ventanas de su casa estaban abiertas. Gumey oyó la dulce voz de Bheth, entonando una trepidante melodía. La recreó en su mente, con su largo cabello rubio. Lo consideraba «pajizo», una palabra que había aprendido de los poemas de la Vieja Tierra, si bien nunca había visto lino tejido en casa. Bheth, de sólo diecisiete años, tenía hermosas facciones y una dulce personalidad que aún no había sido erosionada por toda una vida dedicada al trabajo.
Gumey utilizó el grifo del exterior para eliminar la tierra gris pegoteada a su cara, brazos y manos. Sostuvo la cabeza bajo el agua fría, empapó su rubio cabello enmarañado, y después utilizó los dedos gruesos para dotarlo de una apariencia de orden. Agitó la cabeza y entró en casa, besó a Bheth en la mejilla y le tiró agua fría. La muchacha lanzó un chillido y retrocedió, y luego volvió a sus labores culinarias.
Su padre ya se había derrumbado en una silla. Su madre estaba inclinada sobre enormes recipientes de madera, en el umbral de la puerta trasera, preparando kralls para el mercado. Cuando se dio cuenta de que Gumey había llegado a casa, se secó las manos y entró para ayudar a Bheth a servir. Su madre, de pie ante la mesa, leyó varios versículos de una sobada Biblia Católica Naranja con voz reverente (su objetivo era leer todo el mamotreto a sus hijos antes de morir), y después se sentaron a comer. Su hermana y él hablaron mientras bebían una sopa de fibrosas verduras, condimentada sólo con sal y unas ramitas de hierbas secas. Durante la comida, los padres de Gumey hablaron poco, por lo general con monosílabos.
Al terminar, llevó sus platos al fregadero, donde los lavó y dejó que se secaran para el día siguiente. Palmeó a su padre en el hombro con las manos mojadas.
—¿Vas a venir conmigo a la taberna? Es la noche de la camaradería.
Su padre meneó la cabeza.
—Prefiero dormir. A veces tus canciones consiguen que me sienta demasiado cansado.
Gumey se encogió de hombros.
—Ve a descansar, pues.
Abrió el destartalado ropero de su pequeña habitación y sacó su más preciada posesión: un antiguo baliset, diseñado como instrumento de nueve cuerdas, aunque Gumey había conseguido aprender a tocarlo con sólo siete, pues dos cuerdas se habían roto y no tenía repuestos.
Había encontrado el instrumento descartado, estropeado e inútil, pero después de trabajar con paciencia durante seis meses, lijando, aplicando una capa de barniz con laca, ajustando piezas, el baliset produjo la música más excelsa que había escuchado jamás, pese a carecer de todo el registro de tonos. Gumey pasaba horas por las noches tañendo las cuerdas, haciendo girar la rueda de contrapeso. Aprendía canciones que había oído, o componía nuevas.
Cuando la oscuridad cayó sobre el pueblo, su madre se derrumbó en una silla. Colocó la preciada Biblia en su regazo, confortada más por su peso que por sus palabras.
—No vuelvas tarde —dijo con voz seca e inexpresiva.
—No lo haré. —Gumey se preguntó si la mujer se daría cuenta si no volvía en toda la noche—. Necesito toda mi fuerza para atacar esas zanjas mañana.
Levantó un brazo musculoso y fingió entusiasmo por las tareas que nunca terminarían, como bien sabían todos. Se encaminó por las calles de tierra apisonada hacia la taberna.
Años antes, tras una epidemia de fiebres mortíferas, cuatro de las estructuras prefabricadas habían sido abandonadas. Los aldeanos habían unido los edificios, derribado los muros de separación y habilitado una amplia casa comunitaria. Aunque no era un acto contrario a las numerosísimas restricciones de los Harkonnen, las autoridades habían contemplado con suspicacia tal despliegue de iniciativa. Pero la taberna seguía en su sitio.
Gumey se sumó a la pequeña multitud de hombres que se habían reunido en la taberna. Algunos habían venido con sus esposas. Un hombre ya estaba derrumbado sobre una mesa, más agotado que borracho, pues su botella de cerveza aguada sólo estaba consumida a medias. Gumey se colocó con sigilo a su espalda, extendió el baliset y pulsó un acorde que despertó por completo al hombre.
—Tengo una nueva canción, amigos. No se trata exactamente de un himno que vuestras madres recuerden, pero os la enseñaré. —Les dedicó una sonrisa irónica—. Después la cantaréis conmigo, y lo más probable es que estropeéis la melodía.
No había ningún buen cantante en el grupo, pero las canciones eran divertidas, y aportaban un poco de luz a sus vidas.
Con energía, acopló una letra sardónica a una melodía familiar:
¡Oh, Giedi Prime!
Tus tonos negros son incomparables,
desde llanuras de obsidiana hasta mares aceitosos,
hasta las noches más oscuras del Ojo del Emperador.
Venid de todos los rincones
para ver lo que ocultan nuestros corazones y mentes,
para compartir nuestro botín
y levantar un zapapico o dos...
hasta hacerlo más encantador que antes.
¡Oh, Giedi Prime!
Tus tonos negros son incomparables,
desde llanuras de obsidiana hasta mares aceitosos,
hasta las noches más oscuras del Ojo del Emperador.
Cuando Gumey terminó la canción, dibujó una sonrisa en su sencillo rostro y dedicó una reverencia a los aplausos imaginarios.
—¡Ve con cuidado, Gumey Halleck! —gritó uno de los hombres con voz ronca—. Si los Harkonnen oyen tu dulce voz, no dudes que te llevarán por la fuerza a Harko para que cantes ante el propio barón.
Gumey emitió un sonido despectivo.
—El barón no tiene oído para la música, sobre todo para canciones deliciosas como la mía.
Su réplica provocó carcajadas. Cogió una jarra de cerveza agria y la engulló.
La puerta se abrió con brusquedad y Bheth entró corriendo, con el cabello pajizo suelto y la cara enrojecida.
—¡Se acerca una patrulla! Hemos visto las luces de los suspensores. Traen un transporte de prisioneros y una docena de guardias.
Los hombres se pusieron en pie al instante. Dos corrieron hacia las puertas, pero los demás se quedaron como petrificados, con aspecto abatido y derrotado.
Gumey pulsó una nota tranquilizadora en su baliset.
—Conservad la calma, amigos míos. ¿Estamos haciendo algo ilegal? «Los culpables conocen y revelan sus crímenes.» Estamos disfrutando de nuestra mutua compañía. Los Harkonnen no pueden detenemos por eso. De hecho, estamos demostrando lo mucho que nos gusta nuestra situación, lo felices que somos de trabajar para el barón y sus esbirros. ¿De acuerdo, compañeros?
Un sombrío gruñido fue toda la conformidad que obtuvo. Gumey dejó a un lado el baliset y se acercó a la ventana trapezoidal del edificio comunitario, justo cuando un transporte de prisioneros paraba en el centro del pueblo. Varias formas humanas se veían tras las ventanas de plaza del transporte, prueba de que los Harkonnen habían procedido a efectuar detenciones. Todo mujeres, al parecer. Aunque palmeó la mano de su hermana y conservó el buen humor de puertas afuera, Gumey sabía que los patrulleros necesitaban pocas excusas para tomar más cautivas.
Brillantes focos perforaban el pueblo. Fuerzas acorazadas corrían por las calles y llamaban a las casas. Entonces, la puerta de la sala comunitaria se abrió con violencia.
Entraron seis hombres. Gumey reconoció al capitán Kryubi, de la guardia del barón, el hombre encargado de la seguridad de la Casa Harkonnen.
—Todos quietos para ser inspeccionados —ordenó Kryubi. Un fino bigotillo adornaba su labio superior. Tenía la cara estrecha y sus mejillas parecían hundidas, como si apretara la mandíbula con excesiva frecuencia.
Gumey se quedó junto a la ventana.
—No estamos haciendo nada malo, capitán. Obedecemos las normas Harkonnen. Hacemos nuestro trabajo.
Kryubi le miró.
—¿Quién te ha nombrado líder de este pueblo?
Gumey no consiguió disimular su sarcasmo.
—¿Quién os ha dado órdenes de acosar a aldeanos inocentes? Conseguiréis que mañana seamos incapaces de trabajar.
Sus compañeros se quedaron horrorizados de su imprudencia. Bheth apretó la mano de Gumey, con la intención de que su hermano callara. Los guardias Harkonnen hicieron gestos amenazadores con sus armas.
Gumey alzó la barbilla para indicar el transporte de prisioneros que se veía al otro lado de la ventana.
—¿Qué ha hecho esa gente? ¿Por qué delitos se les detiene?
—Ningún delito es necesario —dijo Kryubi, indiferente a decir la verdad.
Gumey avanzó un paso, pero tres guardias lo derribaron al suelo. Sabía que el barón reclutaba con frecuencia guardias entre los pueblos agrícolas. Los nuevos matones (rescatados de vidas sin perspectiva alguna, provistos de uniformes nuevos, armas, alojamiento y mujeres) solían mirar con desdén sus vidas anteriores y demostraban mayor crueldad que los profesionales venidos de otros planetas. Gumey confiaba en reconocer a un hombre de un pueblo cercano, con tal de escupirle en la cara. Su cabeza golpeó el duro suelo, pero se puso en pie de un brinco.
Bheth acudió a su lado.
—No les provoques más.
Fue lo peor que pudo hacer. Kryubi la señaló.
—Llevaos a esa también.
La estrecha cara de Bheth palideció cuando dos de los tres guardias la sujetaron por sus delgados brazos. Forcejeó al ser llevada en volandas hacia la puerta, que seguía abierta. Gumey dejó el baliset a un lado y se abalanzó, pero el guardia restante sacó su arma y lo golpeó en la frente y nariz con la culata.
El joven se tambaleó pero volvió a cargar, al tiempo que agitaba unos puños como mazas.
—¡Soltadla!
Derribó a un guardia y liberó a su hermana del otro. La muchacha chilló cuando los tres guardias se arrojaron sobre Gumey, utilizando las armas con tal brutalidad que sus costillas crujieron. Ya sangraba por la nariz.
—¡Ayudadme! —gritó Gumey a los aldeanos, que tenían los ojos abiertos como platos—. Superamos en número a estos bastardos.
Nadie acudió en su ayuda.
Se debatió y repartió puñetazos, pero cayó bajo una lluvia de patadas y culatazos. Levantó la cabeza con un esfuerzo y vio que Kryubi miraba mientras sus hombres se llevaban a Bheth hacia la puerta. Gumey intentó quitarse de encima a sus enemigos.
Entre brazos provistos de guanteletes y piernas almohadilladas, vio a los aldeanos petrificados en sus asientos, como ovejas. Le contemplaban con expresión contrita, pero siguieron tan inmóviles como piedras de una fortaleza.
—¡Ayudadme, maldita sea!
Un guardia le golpeó en el plexo solar. Jadeó y sintió náuseas. Perdió la voz, se quedó sin aliento. Puntitos negros bailaron ante sus ojos. Por fin, los guardias se retiraron.
Se apoyó en un codo, justo a tiempo de ver el rostro desesperado de Bheth cuando los soldados Harkonnen la arrastraban hacia la noche.
Furioso y frustrado, se puso en pie, esforzándose por no perder el conocimiento. Oyó que el transporte de prisioneros se elevaba desde la plaza. Rodeado por un resplandor, como un halo, se alejó en dirección a otro pueblo para hacer más cautivos.
Gumey miró a los aldeanos con sus ojos hinchados. Desconocidos. Tosió y escupió sangre. Por fin, cuando pudo hablar, dijo:
—Os habéis quedado con las manos cruzadas, bastardos. No habéis alzado ni un dedo para ayudarme. —Fulminó con la mirada a los aldeanos—. ¿Cómo es posible que les hayáis permitido hacer esto? ¡Se han llevado a mi hermana!
Pero no eran mejor que ovejas, y nunca lo habían sido. Tendría que haberlo sabido.
Escupió sangre y saliva en el suelo con absoluto desprecio, se tambaleó hacia la puerta y salió.
Los secretos constituyen un aspecto importante del poder. El líder eficaz los esparce con el fin de mantener la disciplina entre los hombres.
Príncipe RAPHAEL CORRINO,
Discursos sobre el liderazgo en un imperio
galáctico, 12.ª edición
El hombre con cara de hurón se erguía como un cuervo al acecho en el segundo nivel de la Residencia de Arrakeen. Contemplaba el espacioso atrio.
—¿Estás seguro de que están enterados de nuestra pequeña velada, ummm? —Sus labios estaban agrietados a causa del aire seco, desde hacía años—. ¿Todas las invitaciones han sido entregadas en persona? ¿El populacho ha sido informado?
El conde Hasimir Fenring se inclinó hacia el delgado jefe de su guardia personal, Geraldo Willowbrook, que estaba a su lado. El hombre, con su uniforme escarlata y oro, asintió, y entornó los ojos para protegerlos de la brillante luz que entraba a chorros a través de las ventanas prismáticas, protegidas mediante escudos de fuerza.
—Será una gran celebración del aniversario de vuestra llegada al planeta, señor. Los mendigos ya se están aglomerando ante la puerta principal.
—Ummm, bien, muy bien. Mi esposa se sentirá complacida.
En la planta baja, un chef llevaba un servicio de café hacia la cocina. Olores de comida se elevaban hacia los dos hombres, sopas y salsas exóticas preparadas para la extravagante fiesta de la noche, brochetas de carne de animales que jamás habían vivido en Arrakis.
Fenring aferró una balaustrada de tamarindo tallado. Un techo gótico arqueado se alzaba dos pisos por encima de sus cabezas, con vigas de madera de Elacca y claraboyas de plaz. Aunque musculoso, no era un hombre grande, y se encontraba empequeñecido por la inmensidad de la casa. Él mismo había ordenado la construcción del techo, y de otro idéntico en el comedor. La nueva ala este también era de su invención, con sus elegantes cuartos de invitados y opulentas piscinas privadas.
En la década que cumplía como Observador Imperial en el planeta desierto, había impulsado un sinfín de construcciones. Después de su forzado exilio de la corte de Kaitain, tenía que dejar su impronta como fuera.
Desde el invernadero en construcción, cerca de los aposentos privados que compartía con lady Margot, oyó el zumbido de herramientas eléctricas, junto con los cánticos de los obreros. Cortaban portales en forma de arco de herradura, colocaban fuentes secas en huecos, adornaban paredes con mosaicos geométricos de alegres colores. Para traer buena suerte, uno de los goznes que sostenían una puerta muy ornamentada tenía la forma de la mano de Fátima, amada hija de un antiguo profeta de la Vieja Tierra.
Fenring estaba a punto de despedir a Willowbrook, cuando un sonoro estruendo hizo temblar el suelo. Los dos hombres corrieron por el pasillo curvo, flanqueado de librerías. Criados picados por la curiosidad asomaron la cabeza desde habitaciones y elevadores.
La puerta del invernadero oval estaba abierta, y revelaba una masa de metal y plaz enmarañados. Uno de los obreros requería a gritos la presencia de un médico, haciéndose oír por encima de los chillidos. Todo un andamio flotante se había venido abajo. Fenring juró que administraría en persona un castigo apropiado, en cuanto la investigación descubriera al chivo expiatorio más conveniente.
Fenring entró en la sala y alzó la vista. Vio un cielo amarillo limón a través del marco metálico abierto del techo arqueado. Sólo se habían instalado unas pocas ventanas con cristales filtrantes. Otras se veían destrozadas entre los restos del andamio. Habló con tono de irritación.
—Un momento de lo más desafortunado, ¿ummm? Esta noche se lo iba a enseñar a nuestros invitados.
—Sí, de lo más desafortunado, conde Fenring, señor.
Willowbrook miró mientras los obreros empezaban a buscar víctimas entre los escombros.
Médicos con uniforme caqui entraron corriendo en la zona del accidente. Uno de ellos atendió a un hombre con la cara ensangrentada, al cual acababan de rescatar de los escombros, mientras dos hombres ayudaban a levantar una pesada hoja de plaz caída sobre otras víctimas. El andamio había aplastado al capataz. Estúpido, pensó Fenring. Pero afortunado, teniendo en cuenta lo que yo le habría hecho por este desastre.
Fenring consultó su crono. Faltaban dos horas para que llegaran los invitados. Hizo un gesto a Willowbrook.
—Aísla esta zona. No quiero que llegue ningún ruido desde aquí durante la fiesta. Eso no transmitiría el mensaje pertinente, ¿ummm? Lady Margot y yo hemos preparado las festividades de la velada con todo cuidado, hasta el último detalle.
Willowbrook frunció el entrecejo, pero se cuidó muy mucho de desafiar las órdenes.
—Así se hará, señor. En menos de una hora.
Fenring hervía de rabia. En realidad, le importaban un pimiento las plantas exóticas, y había accedido a esta cara remodelación sólo como concesión a su esposa Bene Gésserit, lady Margot. Aunque ella sólo había pedido una modesta cámara estanca con plantas en su interior, Fenring, siempre ambicioso, la había transformado en algo mucho más impresionante. Concibió planes para recoger muestras raras de flora procedentes de todo el Imperio.
Si el invernadero pudiera terminarse algún día...
Se serenó y saludó a Margot en la entrada abovedada, justo cuando ella regresaba de los laberínticos mercados de souk de la ciudad. La mujer, una esbelta rubia de ojos verdegrisáceos, figura perfecta y facciones impecables, le superaba casi en una cabeza. Vestía un manto aba diseñado para resaltar su figura, la tela negra salpicada de polvo de las calles.
—¿Has encontrado los nabos de Ecaz, querida?
El conde contempló con avidez los dos pesados paquetes, envueltos en grueso papel de especia marrón, que sostenían dos sirvientes. Como se había enterado de la llegada de un mercader aquella tarde, a bordo de un Crucero, Margot había corrido a Arrakeen para comprar las buscadas hortalizas. Fenring intentó mirar bajo los envoltorios de papel, pero ella le apartó la mano con una palmada juguetona.
—¿Todo está preparado, querido?
—Ummm, todo va bien —dijo él—. Sin embargo, esta noche no podremos visitar tu nuevo invernadero. Está demasiado desordenado para nuestros invitados.
Lady Margot, mientras esperaba a recibir a los invitados importantes, se erguía en el atrio de la mansión, adornado en su nivel inferior chapado en madera con retratos de emperadores Padishah, que se remontaban hasta el legendario general Faykan Corrin, que había luchado en la Jihad Butleriana, y el culto príncipe Raphael Corrino, así como Fondil III el Cazador y su hijo Elrood IX.
En el centro del atrio, una estatua de oro plasmaba al emperador actual, Shaddam IV, con el uniforme de gala Sardaukar y una espada ceremonial alzada. Era una de las muchas obras costosas que el emperador había encargado en la primera década de su reinado. Había numerosos ejemplos más alrededor de la residencia y sus terrenos, regalos del amigo de la infancia de su marido. Si bien los dos hombres se habían peleado en la época de la ascensión de Shaddam al trono, poco a poco se habían ido reconciliando.
A través de las dobles puertas que aislaban del polvo entraban damas vestidas con elegancia, acompañadas por hombres ataviados con esmóquines posbutlerianos negros como ala de cuervo y uniformes militares de variados colores. Margot llevaba un vestido largo hasta el suelo, de tafetán de seda con lentejuelas esmeralda en el corpiño.
Cuando un pregonero uniformado anunciaba a sus invitados, Margot los saludaba. Entraban en el gran salón, donde se oían muchas carcajadas, conversaciones y tintineo de vasos. Animadores de la Casa Jongleur realizaban números circenses y cantaban canciones ingeniosas para celebrar los diez años de los Fenring en Arrakis.
Su marido bajó la gran escalera desde el segundo piso. El conde Fenring vestía un retroesmoquin azul oscuro con una banda púrpura sobre el pecho, hecho a medida para él en Bifkar. Se agachó para que el hombre la pudiera besar en los labios.
—Entra y da la bienvenida a nuestros invitados, querido, antes de que el barón monopolice todas las conversaciones.
Fenring esquivó a paso ligero a una ávida duquesa de aspecto desaliñado, procedente de uno de los subplanetas Corrino. La duquesa pasó un detector de venenos sobre su copa de vino antes de beber, y luego guardó el aparato en un bolsillo de su vestido de baile.
Margot siguió con la vista a su marido, que se encaminaba a la chimenea para hablar con el barón Harkonnen, que detentaba en la actualidad el feudo de Arrakis y su rico monopolio de especia. La luz de un fuego cegador, potenciado por prismas de crisol, dotaba a las hinchadas facciones del barón de un aspecto siniestro. Tenía muy mal aspecto.
Durante los años que Fenring y ella llevaban en el planeta, el barón les había invitado a cenar en su fortaleza o a presenciar luchas de gladiadores, con esclavos de Giedi Prime. Era un hombre peligroso y pagado de sí mismo. El barón se apoyaba en un bastón dorado cuya cabeza recordaba a la boca de un gusano de arena de Arrakis.
Margot había visto que la salud del barón declinaba drásticamente durante la pasada década. Padecía una misteriosa enfermedad muscular y neurológica que le hacía engordar. Por sus hermanas Bene Gésserit sabía el motivo de sus problemas físicos, que habían recaído sobre él cuando había violado a la reverenda madre Gaius Helen Mohiam. No obstante, el barón jamás había averiguado la causa de su aflicción.
La propia Mohiam, otra invitada cuidadosamente seleccionada para este acontecimiento, pasó ante la línea de visión de Margot. La canosa reverenda madre llevaba un manto aba oficial con un collar incrustado de diamantes. Saludó con una sonrisa tensa. Envió un mensaje y una pregunta con un sutil movimiento de dedos. «¿Qué noticias hay para la madre Superiora Harishka? Dame detalles. Debo informarla.»
Los dedos de Margot respondieron: «Progresos sobre el asunto de la Missionaria Protectiva. Sólo rumores, nada confirmado. Hermanas desaparecidas todavía sin localizar. Mucho tiempo. Puede que estén todas muertas.»
Mohiam no pareció complacida. Había trabajado en una ocasión con la Missionaria Protectiva, una valiosísima división de la Bene Gésserit que difundía contagiosas supersticiones en planetas alejados. Mohiam le había dedicado muchos años de juventud, en su papel de mujer de ciudad, que diseminaba información y potenciaba supersticiones que podían beneficiar a la Hermandad. Mohiam nunca había sido capaz de infiltrarse en la cerrada sociedad fremen, pero a lo largo de los siglos muchas otras hermanas habían ido a las profundidades del desierto para mezclarse con los fremen... y habían desaparecido.
Puesto que estaba en Arrakis en su calidad de consorte del conde, habían pedido a Margot que confirmara el trabajo sutil de la Missionaria. Hasta el momento sólo había escuchado informes sin confirmar, acerca de reverendas madres que se habían unido a los fremen y pasado a la clandestinidad, así como rumores de rituales religiosos estilo Bene Gésserit entre las tribus. Al parecer, un sietch aislado tenía una mujer santa; viajeros cubiertos de polvo habían hablado en una tienda de café de cierta ciudad sobre un mesías claramente inspirado por la Panoplia Propheticus... pero ninguna de estas informaciones llegaba de los fremen. El pueblo del desierto, como su planeta, parecía impenetrable.
Quizá los fremen asesinaron sin más a las mujeres Bene Gésserit y robaron el agua de sus cuerpos.
«A estas otras se las ha tragado la arena», comunicaron los dedos de Margot.
«Da igual, encuéntralas.» Con un cabeceo que interrumpió la silenciosa conversación, Mohiam atravesó la sala en dirección a una puerta lateral.
—Rondo Tuek —gritó el pregonero—, el mercader de agua.
Margot se volvió y vio a un hombre de cara ancha, pero nervudo, que cruzaba el vestíbulo con un extraño paso oscilante. Mechones grises colgaban a los lados de su cabeza y delgadas franjas surcaban su cráneo. Tenía los ojos grises muy separados.
—Ah, sí... El contrabandista.
Las lisas mejillas de Tuek enrojecieron, pero una amplia sonrisa hendió su rostro cuadrado. Agitó un dedo en su dirección, como un profesor amonestando a un estudiante.
—Soy un suministrador de agua que trabaja a destajo para extraer humedad de los casquetes polares.
—Sin la diligencia de su familia, estoy segura de que el Imperio se derrumbaría.
—Mi señora es demasiado generosa.
Tuek hizo una reverencia y entró en el gran salón.
En las afueras de la residencia, los mendigos se habían congregado con la esperanza de que el conde tuviera uno de sus raros gestos de benevolencia. Otros espectadores habían ido para observar a los mendigos, y contemplaban con anhelo la fachada ornamentada de la mansión. Vendedores de agua, con el atuendo tradicional teñido de vivos colores, agitaban sus campanillas y lanzaban el misterioso grito de «Soo-soo Sook!». Junto a las puertas, guardias prestados por las tropas Harkonnen y obligados a llevar el uniforme imperial para el acontecimiento, mantenían a raya a los indeseables y abrían paso a los invitados. Era un circo.
Cuando el último de los invitados esperados llegó, Margot lanzó un vistazo a un antiguo crono empotrado en la pared, adornado con figuras mecánicas y delicados carillones. Llevaban una media hora de retraso. Corrió al lado de su marido y susurró en su oído. Fenring envió un mensajero a los Jongleurs, y guardaron silencio, una señal conocida para los invitados.
—¿Podéis hacer el favor de prestarme atención, ummm? —gritó Fenring. Lacayos vestidos con aparatosidad llegaron para escoltar a los asistentes—. Nos reuniremos de nuevo en el comedor.
Conforme a la tradición, el conde y la condesa Fenring desfilaron detrás del último de los invitados.
A cada lado del amplio portal que daba acceso al comedor había jofainas de losas incrustadas de oro, decoradas con complejos mosaicos que contenían los emblemas de la Casa Corrino y la Casa Harkonnen, de acuerdo con la necesidad política. El emblema que identificaba al anterior gobernante de Arrakis, la Casa Richese, había sido borrado con grandes esfuerzos para sustituirlo por el grifo azul de los Harkonnen. Los invitados se detenían ante las jofainas, hundían las manos en el agua y tiraban un poco al suelo. Después de secarse las manos, arrojaban las toallas a un montón cada vez más grande.
El barón Harkonnen había sugerido esta costumbre para demostrar que a un gobernador planetario le importaba un bledo la escasez de agua. Era una optimista demostración de riqueza. A Fenring le había gustado la idea, y se había instituido el procedimiento, con un giro benevolente, pese a todo: lady Margot vio una forma de ayudar a los mendigos, de una manera bastante simbólica. Con el consentimiento a regañadientes de su marido, anunció que al final de cada banquete se invitaba a los mendigos a congregarse ante la mansión, con el fin de recibir el agua que pudieran exprimir de las toallas mojadas.
Margot, con las manos hormigueantes y mojadas, entró en el largo salón con su marido. Tapices antiguos adornaban las paredes. Globos de luz salpicaban la sala, todos dispuestos a la misma altura sobre el suelo, todos sintonizados en el espectro amarillo. Sobre la reluciente mesa de madera colgaba una araña de centelleante cuarzo de Hagal azul verdoso, con un sensible detector de venenos oculto en la parte superior de la cadena.
Un pequeño ejército de lacayos apartaba de la mesa las sillas de los invitados y extendía una servilleta sobre el regazo de cada comensal. Alguien tropezó y tiró al suelo un centro de mesa de cristal, que se hizo añicos. Los criados se apresuraron a recoger los restos y a sustituirlo. Todo el mundo fingió no darse cuenta.
Margot, sentada a la cabecera de la larga mesa, saludó con un cabeceo elegante al Planetólogo Pardot Kynes y a su hijo de doce años, que se sentaron flanqueándola. La había sorprendido que el hombre del desierto, al que apenas se veía ya, hubiera aceptado su invitación, y esperaba averiguar hasta qué punto eran ciertos los rumores que corrían sobre él. Según su experiencia, fiestas como estas destacaban por las conversaciones intrascendentes y la hipocresía, aunque algunas cosas no escapaban a la atención de una astuta observadora Bene Gésserit. Examinó con cautela al delgado hombre, y se fijó en un remiendo del cuello gris de su casaca de gala, y en el enérgico contorno de su mandíbula, cubierta por una barba rubia.
La reverenda madre Mohiam tomó asiento a dos sillas de distancia de ella. Hasimir Fenring presidía la mesa, con el barón Harkonnen a su derecha. Consciente de que el barón y Mohiam se odiaban, Margot los había sentado bastante alejados.
Fenring chasqueó los dedos, y los criados cargados con bandejas de platos exóticos salieron por puertas laterales. Recorrieron la mesa, identificaron el manjar y sirvieron raciones en cada plato.
—Gracias por invitarnos, lady Fenring —dijo el hijo de Kynes mirando a Margot. El Planetólogo había presentado al joven como Weichih, que significaba «bienamado». Observó que se parecía al padre, pero en tanto el Kynes de mayor edad tenía una mirada soñadora, Weichih poseía una dureza producto de haber crecido en Arrakis.
Margot le sonrió.
—Uno de nuestros chefs es un fremen de la ciudad, que ha preparado una especialidad de los sietch para el banquete, pastelillos de especia con miel y sésamo.
—¿La cocina fremen ha alcanzado categoría imperial? —preguntó Pardot Kynes con una sonrisa irónica. Daba la impresión de nunca haber considerado la comida otra cosa que mero sustento, y pensaba que una cena oficial constituía una distracción de trabajos más serios.
—La cocina es una cuestión de... gusto. —Margot eligió las palabras con diplomacia. Sus ojos centellearon.
—Considero vuestra respuesta una negativa —dijo el hombre.
Altas doncellas extraplanetarias iban sirviendo vino azul impregnado de melange. Para asombro de los residentes, aparecieron bandejas de marisco, rodeado de mejillones de Buzzell. Hasta los habitantes más ricos de Arrakis probaban en muy escasas ocasiones el marisco.
—¡Ah! —exclamó Fenring, complacido, desde el otro extremo de la mesa, cuando un criado levantó la tapa de una bandeja—. Me encantan los nabos de Ecaz, ummm. Gracias, querida.
El criado cubrió las hortalizas con una salsa oscura.
—Ningún gasto es excesivo para nuestros honorables invitados —dijo Margot.
—Voy a explicaros por qué son tan caras estas hortalizas —gruñó un diplomático de Ecaz, atrayendo la atención de todo el mundo. Bindikk Narvi era un hombre menudo, de voz profunda y tonante—. El sabotaje de cosechas ha reducido drásticamente nuestros suministros a todo el Imperio. Llamamos a esta nueva calamidad la «plaga de Grumman». —Traspasó con la mirada al embajador de Grumman, sentado frente a él, un hombre corpulento que bebía sin cesar, de piel oscura y arrugada—. También nosotros hemos descubierto un sabotaje biológico en nuestros bosques de árboles de niebla, en el continente de Elacca.
Todo el Imperio valoraba las esculturas de árboles de niebla de Ecaz, que se esculpían controlando el crecimiento mediante el poder de la mente humana.
Pese a su tamaño, el hombre de Moritani, Lupino Ord, habló con voz aflautada.
—Una vez más, los ecazi fingen escasez para aumentar los precios. Un truco antiquísimo, que se remonta a la época en que vuestros ladrones antepasados fueron expulsados de la Vieja Tierra tras caer en desgracia.
—Las cosas no ocurrieron así...
—Por favor, caballeros —terció Fenring. Los grumman siempre habían sido muy volubles, dispuestos a dejarse llevar por una furia vengadora en cuanto percibían el insulto más leve. Fenring la consideraba una característica aburrida y desagradable. Miró a su mujer—. ¿Hemos cometido algún error en la distribución de asientos, querida, ummm?
—Tal vez en la lista de invitados —replicó ella.
Risas educadas y forzadas se elevaron alrededor de la mesa. Los dos hombres en litigio callaron, aunque se fulminaron con la mirada.
—Me complace ver que nuestro eminente Planetólogo ha venido con su inteligente hijo —dijo el barón Harkonnen con tono untuoso—. Un chico muy atractivo. Tienes la distinción de ser el invitado más joven.
—Es un honor para mí encontrarme entre una compañía tan distinguida —contestó el muchacho.
—Te han educado para seguir los pasos de tu padre, según me han dicho —continuó el barón. Margot detectó un sutil sarcasmo en su voz de bajo—. No sé qué haríamos sin un planetólogo.
La verdad era que Kynes apenas aparecía por la ciudad, y casi nunca entregaba los informes solicitados al emperador, aunque a Shaddam le daba igual. Margot había averiguado por su marido que el emperador estaba ocupado en otros asuntos, cuya naturaleza ignoraba.
Los ojos del joven centellearon. Levantó una botella de agua.
—¿Puedo proponer un brindis por nuestros anfitriones?
Pardot Kynes parpadeó debido a la audacia de su hijo, como sorprendido de que tal delicadeza social no se le hubiera ocurrido antes a él.
—Una sugerencia excelente —exclamó el barón. Margot se dio cuenta de que arrastraba las palabras, debido al excesivo consumo de melange.
El muchacho de doce años habló con voz firme, antes de tomar un sorbo.
—Que la generosidad que exhibís aquí, con tanta comida y abundancia de agua, sea tan sólo un pálido reflejo de la riqueza de vuestros corazones.
Los invitados corearon el brindis, y Margot detectó un brillo de codicia en sus ojos. El Planetólogo, nervioso, dijo por fin lo que anhelaba expresar, cuando el tintineo de copas se desvaneció.
—Conde Fenring, tengo entendido que habéis emprendido la construcción de un extenso invernadero. Me gustaría mucho verlo.
De pronto, Margot comprendió por qué Kynes había aceptado la invitación, el motivo de que hubiera salido del desierto. El hombre, vestido con su casaca y pantalones, sencillos pero cómodos, cubierto por una capa de color arena, parecía más un fremen que un funcionario imperial.
—Habéis averiguado nuestro pequeño secreto, ¿ummm? —Fenring se humedeció los labios, con incomodidad—. Tenía la intención de enseñarlo a mis invitados esta noche, pero ciertos... retrasos deplorables lo han impedido. Tal vez en otro momento.
—Al construir un invernadero particular, ¿no hacéis gala de cosas que el pueblo de Arrakis no puede tener? —preguntó el joven Weichih.
—Todavía —musitó Pardot Kynes.
Margot le oyó. Interesante. Comprendió que sería un error subestimar a aquel hombre tosco, e incluso a su hijo.
—No cabe duda de que reunir plantas de todo el Imperio es un objetivo admirable —dijo con paciencia—. Lo considero una exhibición de las riquezas que el universo ofrece, más que un recordatorio de las carencias del pueblo.
Pardot Kynes reprendió a su hijo en voz baja pero firme.
—No hemos venido para imponer nuestros puntos de vista a los demás.
—Al contrario, os ruego que expongáis vuestras opiniones —se apresuró a decir Margot, al tiempo que intentaba pasar por alto las miradas insultantes que intercambiaban los embajadores de Ecaz y Grumman—. No nos sentiremos ofendidos, os lo prometo.
—Sí —dijo un importador de armas cartaginense, sentado hacia el centro de la mesa. Sus dedos estaban tan cargados de anillos enjoyados que apenas podía levantar las manos—. Explicad la opinión de los fremen. ¡Todos queremos saberlo!
Kynes asintió lentamente.
—He vivido con ellos muchos años. Para empezar a comprender a los fremen, hay que comprender que la supervivencia es su principal prioridad. No desperdician nada. Todo se recicla para volver a utilizarlo.
—Hasta la última gota de agua —dijo Fenring—. Hasta el agua de los cadáveres, ¿ummm?
Kynes paseó la vista entre su hijo y Margot.
—Y vuestro invernadero particular necesitará para su mantenimiento una gran cantidad de esta preciosa agua.
—Ah, pero como Observador Imperial destacado en el planeta, puedo hacer lo que me plazca con los recursos naturales —dijo Fenring—. Considero que el invernadero de mi esposa es un desembolso positivo.
—Nadie pone en duda vuestros derechos —dijo Kynes, en un tono tan firme como la Muralla Escudo—. Y yo soy el Planetólogo del emperador Shaddam, como lo fui antes de Elrood IX. Todos estamos obligados por nuestros deberes, conde Fenring. No escucharéis de mis labios discursos sobre ecología. Me he limitado a contestar a la pregunta de vuestra dama.
—Bien, Planetólogo, en tal caso, decidnos algo que no sepamos sobre Arrakis —dijo el barón—. Lleváis mucho tiempo aquí. Es la posesión Harkonnen en la que pierdo más hombres. La Cofradía ni siquiera es capaz de poner en órbita los satélites meteorológicos suficientes para proporcionar vigilancia y hacer predicciones. Es de lo más frustrante.
—Y, gracias a la especia, Arrakis es también muy productivo —dijo Margot—. En especial para vos, querido barón.
—El planeta desafía toda comprensión —dijo Kynes—. Será necesaria más que mi breve existencia para determinar lo que sucede aquí. Sólo sé esto: hemos de aprender a vivir con el desierto, antes que contra él.
—¿Los fremen nos odian? —preguntó la duquesa Caula, una prima del emperador. Sostenía pinchadas en el tenedor unas mollejas condimentadas con coñac.
—Es una comunidad cerrada en sí misma, y desconfían de los que no son fremen. Pero es un pueblo sincero y honrado, con un código de honor que nadie de esta mesa, ni siquiera yo, comprende por completo.
Margot formuló la siguiente pregunta con un elegante enarcamiento de cejas, mientras vigilaba la reacción de su interlocutor.
—¿Es verdad lo que ha llegado a nuestros oídos, que os habéis convertido en uno de ellos, Planetólogo?
—Sigo siendo un servidor del Imperio, mi señora, si bien hay mucho que aprender de los fremen.
Se elevaron murmullos desde diferentes asientos, acompañados por comentarios, mientras llegaban los primeros platos.
—Nuestro emperador aún no tiene heredero —dijo Lupino Ord, el embajador de Grumman. La voz del hombretón era un poco chillona. Había bebido sin parar—. Sólo dos hijas, Irulan y Chalice. No es que las mujeres no sean valiosas... —Paseó una mirada maliciosa con sus ojos negros como el carbón, y captó las miradas desaprobadoras de varias damas sentadas a la mesa—. Pero sin un heredero varón, la Casa Corrino ha de dejar paso a otra Gran Casa.
—Si vive tanto como Elrood, a nuestro emperador tal vez le queda todavía un siglo —señaló Margot—. Tal vez no estáis enterado de que lady Anirul está embarazada de nuevo.
—En ocasiones, mis deberes me mantienen alejado de las noticias recientes —admitió Ord. Alzó su copa de vino—. Esperemos que el siguiente sea varón.
—¡Bravo, bravo! —gritaron varios comensales.
Pero el diplomático ecazi, Bindikk Narvi, hizo un gesto obsceno. Margot había oído hablar de la legendaria animosidad entre el archiduque Armand Ecaz y el vizconde Moritani de Grumman, pero no conocía la gravedad de la situación. Se arrepintió de haber sentado a los dos rivales tan cerca.
Ord agarró una botella de cuello esbelto y se sirvió más vino azul, antes de que un criado se le adelantara.
—Conde Fenring, poseéis muchas obras de arte que plasman a nuestro emperador... cuadros, estatuas, placas con su efigie. ¿No invierte Shaddam demasiado dinero en tales encargos autoaduladores? Se han esparcido por todo el Imperio.
—Y siempre hay alguien que los decapita o derriba —dijo el importador de armas de Carthag con una risotada burlona.
En deferencia al Planetólogo y a su hijo, Margot eligió un pastelillo de melange de la bandeja de postres. Tal vez los invitados no habían oído los otros rumores, que esos bondadosos regalos contenían aparatos de vigilancia que controlaban las actividades que tenían lugar a lo largo y ancho del Imperio. Como la placa clavada en la pared que había justo detrás de Ord.
—Shaddam desea dejar su impronta como gobernante, ¡ummm? —comentó Fenring—. Hace muchos años que le conozco. Desea distanciarse de la política de su padre, tan dilatada en el tiempo.
—Tal vez, pero está dejando de lado el entrenamiento de los Sardaukar, mientras permite que las filas de sus generales... ¿Cómo se llaman?
—Bursegs —dijo alguien.
—Sí, mientras permite que las filas de sus bursegs aumenten, con pensiones exorbitantes y otras prebendas. La moral de los Sardaukar se está relajando, pues se les exige cada vez más con recursos cada vez menos numerosos.
Margot reparó en que su marido había adoptado un silencio inquietante. Contemplaba al imprudente borracho con los ojos entornados.
Una mujer susurró algo al embajador de Grumman, que acarició con un dedo el borde de su copa.
—Ah, sí. Me disculpo por decir lo evidente a alguien que conoce tan bien al emperador.
—¡Eres un idiota, Nord! —tronó Narvi, como si hubiera estado esperando la oportunidad de insultarle.
—Y tú eres un imbécil y un hombre muerto.
El embajador de Grumman se puso en pie, derribando la silla. Se movió con rapidez y precisión. ¿Había sido su ebriedad una excusa para provocar al hombre?
Lupino Ord desenfundó un cortador a rayos y disparó repetidas veces contra su adversario. ¿Había planeado provocar a su rival ecazi? Los cortadores desgarraron la cara y el pecho de Narvi, y le mataron antes de que los venenos de las afiladas hojas obraran su efecto.
Los comensales gritaron y salieron huyendo en todas direcciones. Unos lacayos sujetaron al tambaleante embajador y le arrebataron el arma. Margot estaba petrificada en su asiento, más estupefacta que aterrorizada. ¿En qué he fallado? ¿Hasta qué extremos llega esta animosidad entre Ecaz y la Casa Moritani?
—Encerradle en uno de los túneles subterráneos —ordenó Fenring—. Que esté vigilado en todo momento.
—¡Gozo de inmunidad diplomática! —protestó Ord con voz chillona—. No osaréis retenerme.
—Jamás deis por sentado de lo que soy capaz. —El conde contempló las caras sobresaltadas que le miraban—. Podría permitir que mis invitados os castigaran, ejerciendo así su propia... inmunidad, ¿ummm?
Fenring movió un brazo, y se llevaron al hombre, hasta que pudiera ser devuelto a Grumman sano y salvo.
Un equipo de médicos entró corriendo, los mismos que Fenring había visto antes en el desastre del invernadero. No pudieron hacer nada por el mutilado embajador de Ecaz.
Cuántos cadáveres han caído hoy, pensó Fenring. Y no he matado a nadie.
—Ummm —dijo a su mujer, de pie a su lado—. Temo que esto se convertirá en un... incidente. El archiduque Ecaz presentará una protesta oficial, y nadie sabe cómo reaccionará el vizconde Moritani.
Ordenó a los lacayos que se llevaran el cadáver de Narvi del salón. Muchos invitados habían huido a otras estancias de la mansión.
—¿Enviamos a buscar a la gente? —Apretó la mano de su esposa—. Odio que la velada termine así. Quizá podríamos llamar a los Jongleurs, para que les cuenten historias divertidas.
El barón Harkonnen se acercó a ellos, apoyado en su bastón.
—Es vuestra jurisdicción, conde Fenring, no la mía. Enviad un informe al emperador.
—Ya me ocuparé de ello —dijo Fenring, tirante—. Viajo a Kaitain por otro asunto, y proporcionaré a Shaddam los detalles necesarios. Y las excusas apropiadas.
En los días de la Vieja Tierra había expertos en venenos, personas de una inteligencia tortuosa duchas en lo que era conocido como «los polvos de la herencia».
Extracto de un videolibro, Biblioteca Real de Kaitain
Beely Ridondo, el chambelán de la corte, atravesó la puerta con una sonrisa de orgullo.
—Tenéis una nueva hija, vuestra Majestad Imperial. Vuestra esposa acaba de dar a luz una niña sana y hermosa.
En lugar de alegrarse, el emperador Shaddam IV maldijo por lo bajo y despidió al hombre. ¡Y van tres! ¿De qué me sirve otra hija?
Estaba de muy mal humor, peor que nunca desde la conspiración para expulsar a su decrépito padre del Trono del León Dorado. Shaddam entró en su estudio privado como una exhalación, y pasó bajo una antigua placa que rezaba «La ley es la ciencia definitiva», una tontería del príncipe heredero Raphael Corrino, un hombre que nunca se había molestado en ceñirse la corona imperial. Cerró la puerta a su espalda y acomodó su cuerpo anguloso en la butaca de respaldo alto que flotaba ante su escritorio.
Shaddam, un hombre de mediana estatura, tenía un cuerpo de músculos fofos y nariz aquilina. Llevaba sus largas uñas cuidadosamente manicuradas, y el pelo rojizo peinado hacia atrás con brillantina. Vestía un uniforme gris estilo Sardaukar con charreteras y adornos plateados y dorados, pero los adornos militares ya no le consolaban como antes.
Muchas cosas ocupaban su mente, además del nacimiento de otra hembra. Hacía poco, en un concierto de gala celebrado en uno de los estadios de pirámide invertida de Harmonthep, alguien había soltado un globo con una efigie gigantesca de Shaddam IV. Obscenamente insultante, la llamativa caricatura le daba aire de bufón. El globo había volado sobre las multitudes risueñas, hasta que los guardias dragón de Harmonthep lo habían reducido a añicos con sus fusiles. Hasta un idiota se daba cuenta del significado que encerraba aquel acto. Pese a las torturas e interrogatorios más exacerbados, ni siquiera los investigadores Sardaukar habían logrado averiguar quién era el responsable de la creación o lanzamiento de la efigie.
En otro incidente se habían garrapateado letras de cien metros de alto en la muralla de granito de Monument Canyon, en Canidar II: «Shaddam, ¿reposa tu corona con comodidad sobre tu cabeza puntiaguda?» En diferentes planetas de su imperio, habían desfigurado docenas de sus nuevas estatuas conmemorativas. Nadie había visto a los culpables.
Alguien le odiaba lo suficiente para hacer esto. Alguien. La pregunta continuaba atormentando su corazón, además de otras preocupaciones... incluyendo una inminente visita de Hasimir Fenring para informar sobre los experimentos secretos concernientes a la especia sintética que los tleilaxu estaban llevando a cabo.
Proyecto Amal.
Iniciada durante el reinado de su padre, muy pocas personas estaban enteradas de dicha investigación. El Proyecto Amal, tal vez el secreto mejor guardado del Imperio, podía proporcionar a la Casa Corrino una fuente inagotable y artificial de melange, la sustancia más preciosa del universo. Pero los malditos experimentos tleilaxu estaban exigiendo demasiados años, y la situación le irritaba más a cada mes que pasaba.
Y ahora... ¡una tercera hija! No sabía cuándo se tomaría la molestia de echar un vistazo a esta nueva e inútil niña, si es que alguna vez llegaba a hacerlo.
La mirada de Shaddam se desplazó a lo largo de la pared chapada, hasta una librería que contenía una holofoto de Anirul vestida de novia, junto a un grueso volumen de consulta sobre grandes desastres históricos. Tenía enormes ojos de gacela, de color avellana a cierta luz, más oscuros en otros momentos, que ocultaban algo. Tendría que haberse dado cuenta antes.
Era la tercera vez que esta Bene Gésserit de «rango oculto» fracasaba en su intento de darle un heredero varón, y Shaddam carecía de planes de emergencia para tal eventualidad. Su rostro enrojeció. Siempre podía dejar embarazadas a varias concubinas y confiar en que dieran a luz un hijo varón, pero como estaba casado legalmente con Anirul, se enfrentaría a tremendas dificultades políticas si intentaba proclamar heredero del trono imperial a un bastardo.
También podía matar a Anirul y tomar otra esposa (su padre lo había hecho bastantes veces), pero tal acción provocaría la ira de la hermandad Bene Gésserit. Todo se solucionaría si Anirul le diera un hijo, un varón sano al que pudiera designar heredero.
Tantos meses de espera, y ahora esto...
Había oído que las brujas podían elegir el sexo de sus hijos mediante manipulaciones en la química corporal. Estas hijas no podían ser un accidente. Las intermediarias de la Bene Gésserit que le habían endosado a Anirul le habían engañado. ¿Cómo osaban hacer eso al emperador de un millón de planetas? ¿Cuál era el verdadero propósito de Anirul? ¿Estaba recogiendo material para chantajearle? ¿Debía repudiarla?
Tamborileó con un lápiz sobre su escritorio de madera de Elacca, mientras contemplaba la imagen de su abuelo paterno, Fondil III. Conocido como «el Cazador» por su propensión a aniquilar cualquier vestigio de rebelión, Fondil no había sido menos temido en su propio hogar. Aunque el viejo había muerto mucho tiempo antes de que Shaddam naciera, sabía algo de los métodos y disposiciones de ánimo del Cazador. Si Fondil se hubiera topado con una esposa arrogante, habría encontrado una forma de deshacerse de ella...
Shaddam apretó un botón de su escritorio, y su chambelán personal volvió a entrar en el estudio. Ridondo hizo una reverencia y exhibió su calva brillante.
—¿Señor?
—Deseo ver a Anirul. Ahora.
—Está acostada, señor.
—No me obligues a repetir la orden.
Sin tina palabra más, Ridondo desapareció por la puerta lateral con largos movimientos de araña.
Momentos después, una pálida y excesivamente perfumada dama de compañía apareció.
—Mi emperador —dijo con voz temblorosa—, mi señora Anirul desea que os comunique que se halla debilitada por el nacimiento de vuestra hija. Suplica de vuestra indulgencia que le permitáis continuar acostada. ¿Podríais considerar la idea de ir a verla, a ella y al bebé?
—Entiendo. ¿Suplica mi indulgencia? No me interesa ver a otra hija inútil, ni oír más excusas. Ésta es la orden de vuestro emperador: Anirul ha de venir ahora. Ha de hacerlo sola, sin la ayuda de ningún criado o artefacto mecánico. ¿Me he expresado con claridad?
Con suerte, caería muerta antes de llegar.
Aterrorizada, la dama de compañía hizo una reverencia.
—Como deseéis, señor.
Al cabo de poco, una Anirul de piel grisácea apareció en el umbral del estudio, aferrada a la columna de apoyo aflautada. Vestía un arrugado manto escarlata y oro que no llegaba a ocultar su camisón. Aunque sus pies le fallaban, mantenía la cabeza erguida.
—¿Qué puedes decir en tu defensa? —preguntó el emperador.
—El parto ha sido difícil, y estoy muy débil.
—Excusas, excusas. Eres inteligente como para saber a qué me refiero. Has sido lo bastante astuta para engañarme durante todos estos años.
—¿Engañaros? —Parpadeó, como si Shaddam hubiera perdido el juicio—. Perdonadme, Majestad, pero estoy cansada. ¿Por qué habéis de ser tan cruel, llamándome a vuestra presencia y negándoos a ver a vuestra hija?
Shaddam tenía los labios exangües, como si toda la sangre los hubiera abandonado. Sus ojos eran charcos serenos.
—Porque podrías darme un heredero varón, pero te niegas.
—Eso no es cierto, Majestad, sólo rumores.
Necesitó de toda su preparación Bene Gésserit para continuar de pie.
—Yo escucho informes de inteligencia, no rumores. —El emperador la miró con un ojo, como si pudiera verla con mayor detalle—. ¿Deseas morir, Anirul?
Ella pensó que tal vez iba a matarla. La verdad es que no existe amor entre nosotros, pero ¿se arriesgaría a incurrir en la ira de la Bene Gésserit si acabara conmigo? En el momento de su ascensión al trono, Shaddam había accedido a desposarla porque necesitaba la fuerza de una alianza con la Bene Gésserit en un clima político intranquilo. Ahora, después de una docena de años, Shaddam se sentía demasiado confiado en su puesto.
—Todo el mundo muere —dijo ella.
—Pero no de la forma que yo podría ordenar.
Anirul intentó no demostrar la menor emoción, y se recordó que no estaba sola, que su psique albergaba los recuerdos colectivos de multitudes de Bene Gésserit que la habían precedido y se conservaban en la Otra Memoria. Habló con voz serena.
—No somos las brujas tortuosas y malvadas que se dice.
No era verdad, por supuesto, si bien sabía que Shaddam sólo podía abrigar sospechas en sentido contrario.
El semblante de su marido no se suavizó.
—¿Qué es más importante para ti... tus hermanas o yo?
Anirul meneó la cabeza, contrita.
—No tenéis derecho a preguntarme eso. Jamás os he dado motivos para pensar que no soy leal a la corona.
Anirul levantó la cabeza con orgullo y se recordó el lugar que ocupaba en el largo historial de la Hermandad. Nunca admitiría que había recibido órdenes de la jerarquía Bene Gésserit de no dar a luz jamás un hijo varón de la estirpe Corrino. La sabiduría de sus hermanas resonó en su mente. El amor debilita. Es peligroso, porque nubla la razón y nos distrae de nuestros deberes. Es una aberración, una desgracia, una infracción imperdonable. No podemos amar.
Anirul intentó distraer la ira de Shaddam.
—Aceptad a vuestra hija, señor, porque puede utilizarse para cimentar alianzas políticas importantes. Deberíamos negociar su nombre. ¿Qué os parece Wensicia? —Alarmada, tomó conciencia de una humedad tibia entre sus muslos. ¿Sangre? ¿Habían saltado los puntos? Gotas rojas estaban cayendo sobre la alfombra. Vio que Shaddam estaba mirando sus pies. Una nueva furia se reflejó en las facciones del emperador.
—¡Esa alfombra ha pertenecido a mi familia durante siglos!
No des señales de flaqueza. Es un animal... La voluntad controla la debilidad y devuelve la energía. Se volvió poco a poco, dejando que cayeran unas gotas más, y después se alejó con paso inseguro.
—Teniendo en cuenta la historia de la Casa Corrino, estoy segura de que se ha manchado de sangre en otras ocasiones.
Se dice que, en todo el universo, no hay nada seguro, nada equilibrado, nada perdurable, que nada permanece en su estado original, que se producen cambios cada día, cada hora, cada momento.
Panoplia Propheticus de la Bene Gésserit
Una solitaria figura se erguía al final del largo muelle que corría bajo el castillo de Caladan, perfilada contra el mar y el sol naciente. Tenía una cara estrecha de piel olivácea, con una nariz que le daba aspecto de halcón.
Una flota de barcas de pesca acababa de zarpar. Hombres vestidos con jerséis gruesos, chaquetones y sombreros de punto deambulaban por las cubiertas, preparando los aparejos. En el pueblo, hilillos de humo surgían de las chimeneas. Los lugareños lo llamaban la «ciudad vieja», el emplazamiento del poblado original, siglos antes de que se construyeran en la llanura situada bajo el castillo la elegante capital y el espaciopuerto.
El duque Leto Atreides, vestido informalmente con pantalones de pescar azules y una blusa blanca con el emblema del halcón rojo, aspiró una profunda bocanada de aire salado vigorizante. Aunque era el jefe de la Casa Atreides, representante de Caladan ante el Landsraad y el emperador, Leto gustaba de levantarse temprano con los pescadores, muchos de los cuales le tuteaban. A veces invitaban al duque a sus hogares, y pese a las objeciones del jefe de seguridad, Thufir Hawat, quien no confiaba en nadie, se reunía de vez en cuando con ellos para comer a base de cioppino.
El viento salado aumentó de intensidad y dibujó cabrillas en el agua. Tenía ganas de acompañar a los hombres, pero sus responsabilidades en el planeta eran demasiado abrumadoras. Y también había asuntos importantes a escala interplanetaria. Debía fidelidad al Imperio tanto como a sus súbditos, y se encontraba metido en el meollo de problemas complicados.
El brutal asesinato de un diplomático de Ecaz a manos de un embajador Grumman no era pecata minuta, ni siquiera en el lejano Arrakis, pero daba la impresión de que al vizconde Moritani le importaba un pimiento la opinión pública. Las Grandes Casas ya estaban pidiendo la intervención imperial para evitar un conflicto a mayor escala. El día anterior, Leto había enviado un mensaje al Consejo del Landsraad, ofreciéndose como mediador.
Sólo tenía veintiséis años, pero ya era un veterano con una década al frente de una Gran Casa. Atribuía su éxito al hecho de que nunca había perdido el contacto con sus raíces. De eso podía dar gracias a su difunto padre, Paulus. El viejo duque había sido un hombre sencillo a quien gustaba mezclarse con su pueblo, como el duque Leto hacía ahora. Su padre debía haber sabido (aunque nunca lo había admitido ante Leto) que también era una buena táctica política, pues le procuraba el cariño de su pueblo. Las exigencias del cargo conllevaban una complicada mezcla. A veces, Leto no sabía dónde empezaban y terminaban sus personalidades pública y privada.
Poco después de haber asumido las responsabilidades del cargo, Leto Atreides había asombrado al Landsraad con su dramático Juicio de Decomiso, una audaz treta destinada a eludir la acusación de haber atacado a dos naves tleilaxu en el interior de un Crucero de la Cofradía. La jugada de Leto había impresionado a muchas Grandes Casas, e incluso había recibido una carta de felicitación de Hundro Moritani, el astuto y desagradable vizconde de Grumman, quien a menudo se negaba a colaborar, y hasta a participar, en asuntos del Imperio. El vizconde dijo que admiraba la «insolente burla de las normas obrada por Leto», lo cual demostraba que «el liderazgo es obra de hombres fuertes con fuertes convicciones, no de funcionarios que estudian las comas de las leyes». Leto no estaba muy seguro de que Moritani creyera en su inocencia. Opinaba que al vizconde le gustaba que el duque Atreides hubiera salido incólume de acusaciones tan abrumadoras.
Por el otro lado de la disputa, Leto también mantenía contactos con la Casa Ecaz. El viejo duque, su padre, había sido uno de los grandes héroes de la Revuelta de Ecaz, luchando al lado de Dominic Vernius para derrotar a los secesionistas violentos y defender a los gobernantes del mundo boscoso bendecidos por el Landsraad. Paulus Atreides había acompañado al agradecido y joven archiduque Armand Ecaz durante la ceremonia de celebración de la Víctoria que le había restaurado en el Trono de Caoba. Entre las posesiones del viejo duque se contaba la Cadena de la Valentía que Armand Ecaz había colocado alrededor de su grueso cuello. Además, los abogados que habían defendido a Leto durante el juicio en la sede del Landsraad habían venido de la región ecazi de Elacca.
Puesto que era respetado por los dos bandos en litigio, Leto pensaba que tal vez podría encontrar una forma de que hicieran las paces. ¡Política! Su padre siempre le había enseñado a tener en cuenta la situación global, desde los elementos más insignificantes hasta los más decisivos.
Leto sacó del bolsillo de la blusa un vocoder y dictó una carta a su primo, Shaddam IV, felicitándole por el gozoso nacimiento de un nuevo hijo. El mensaje sería enviado mediante un correo oficial en el siguiente Crucero de la Cofradía que despegara hacia Kaitain.
Cuando Leto ya no pudo oír el chapoteo de las barcas de pesca, ascendió el camino sinuoso que conducía hasta lo alto del acantilado.
Desayunó en el patio en compañía de Duncan Idaho, que ya había cumplido veinte años. El joven de cara redonda vestía el uniforme verde y negro de la guardia Atreides. Llevaba el grueso cabello muy corto, para que no le estorbara cuando se adiestraba en el manejo de las armas. Thufir Hawat le había dedicado muchas horas, y proclamaba que era un estudiante muy aventajado, pero Duncan ya había alcanzado los límites de lo que el guerrero Mentat podía enseñarle.
De niño, había escapado de los calabozos Harkonnen al castillo de Caladan, donde se había puesto a la merced del viejo duque. Cuando se hizo mayor, continuó siendo uno de los miembros más leales de la Casa Atreides, y el que mejor manejaba las armas. Los maestros espadachines de Ginaz, aliados militares de la Casa Atreides desde hacía mucho tiempo, habían admitido en fecha reciente a Duncan Idaho en su academia renovada.
—Lamentaré tu partida, Duncan —dijo Leto—. Ocho años es mucho tiempo...
Duncan estaba sentado muy tieso, sin expresar el menor temor.
—Pero cuando regrese, mi duque, os podré servir mejor en todos los sentidos. Todavía seré joven, y nadie osará amenazaros.
—Oh, todavía me siguen amenazando, Duncan. No te equivoques.
El joven hizo una pausa antes de dedicarle una leve y dura sonrisa.
—En tal caso, serán ellos quienes cometan una equivocación. No yo. —Se llevó una tajada de melón de Paradan a la boca, mordió la fruta amarilla y se secó el jugo salado que resbalaba por su barbilla—. Echaré de menos estos melones. La comida de los barracones no tiene ni punto de comparación.
Cortó la tajada en porciones más pequeñas.
Enredaderas de buganvilla trepaban por las paredes de piedra que les rodeaban, pero todavía era invierno y las plantas no habían florecido. No obstante, debido a un calor inusual y al adelanto de la primavera, ya habían empezado a aparecer brotes en los árboles. Leto suspiró de satisfacción.
—No he visto un lugar más hermoso en todo el Imperio que Caladan en primavera.
—Desde luego, Giedi Prime no da la talla. —Duncan alzó la guardia, inquieto al ver el aspecto relajado y plácido de Leto—. Hemos de estar siempre vigilantes, mi duque, sin permitirnos la menor debilidad. No olvidéis jamás la vieja enemistad entre los Atreides y los Harkonnen.
—Ya hablas como Thufir. —Leto engulló una cucharada del budín de arroz pundi—. Estoy seguro de que no existe hombre mejor que tú al servicio de los Atreides, Duncan. Pero temo que tal vez vayamos a crear un monstruo al enviarte a un adiestramiento de ocho años. ¿Qué serás cuando vuelvas?
El orgullo se reflejó en los hundidos ojos verdeazulados del joven.
—Seré un maestro espadachín de Ginaz.
Por un largo momento, Leto pensó en los gravísimos peligros de la escuela. Casi una tercera parte de los estudiantes morían durante el adiestramiento. Duncan se había burlado de las estadísticas, aduciendo que ya había sobrevivido a peores probabilidades contra los Harkonnen. Y tenía razón.
—Sé que triunfarás —dijo Leto. Sintió un nudo en la garganta, una profunda tristeza por la partida de Duncan—. Pero nunca has de olvidar la compasión. Aprendas lo que aprendas, no regreses creyéndote mejor que otros hombres.
—No lo haré, mi duque.
Leto buscó debajo de la mesa, sacó un paquete largo y
