AGRADECIMIENTOS
Los autores quieren expresar su agradecimiento a:
Ed Kramer, por ser el puente que nos puso en contacto.
Rebecca Moesta Anderson, por su inagotable imaginación y sus denodados esfuerzos para que la novela fuera la mejor posible.
Jan Herbert, por permitir que la continuación de este proyecto continuara durante un viaje de aniversario de bodas por Europa, y por muchas cosas más.
Pat LoBrutto, nuestro editor de Bantam Books, por ayudarnos a lograr el mejor enfoque y claridad en este libro.
Robert Gottlieb y Matt Bialer, de la agencia William Morris, Mary Alice Kier y Anna Cottle de Cine/Lit Representation, por su fe y dedicación, al comprender las posibilidades del proyecto.
Irwyn Applebaum y Nita Taublib, de Bantam Books, por su apoyo y entusiasmo en una empresa tan enorme.
Penny y Ron Merritt, cuyo entusiasta apoyo hizo posible este proyecto.
Beverly Herbert, por su entusiasmo y contribuciones editoriales a los libros de Dune escritos por Frank Herbert.
Marie Landis-Edwards, por su estímulo.
The Herbert Limited Partnership, que incluye a David Merritt, Byron Merritt, Julie Herbert, Robert Merritt, Kimberly Herbert, Margaux Herbert y Theresa Shackelford.
En WordFire Inc., gracias en especial a Catherine Sidor, que invirtió muchas horas de trabajo denodado en la preparación y revisión del manuscrito, y a Sarah Jones por su ayuda en dar forma a muchos libros y documentos antiguos.
Y a los millones de devotos fans de DUNE, que han preservado la popularidad de la novela original durante tres décadas y media.
Transmisión de la Cofradía Espacial a la corporación mercantil galáctica Combine Honnete Ober Advancer Mercantiles:
«Nuestra responsabilidad específica en esta misión extraoficial ha consistido en explorar los planetas deshabitados con el fin de encontrar otra fuente de la preciosa especia melange, de la cual tanto depende el Imperio. Hemos documentado los viajes de muchos de nuestros Navegantes y Pilotos, que han inspeccionado cientos de planetas. Sin embargo, hasta la fecha no hemos obtenido el menor éxito. La única fuente de melange que existe en el Universo Conocido sigue siendo el planeta desierto de Arrakis. La Cofradía, la CHOAM y todos los demás elementos dependientes han de seguir sujetos al monopolio de los Harkonnen.
»No obstante, el esfuerzo de explorar territorios lejanos en busca de nuevos sistemas planetarios y nuevos recursos da sus frutos. Las exploraciones detalladas y los mapas orbitales contenidos en las hojas adjuntas de cristal riduliano serán de suma importancia comercial para la CHOAM.
»Tras haber cumplido con las especificaciones pactadas en el contrato suscrito previamente, solicitamos a la CHOAM que deposite la cantidad acordada en nuestra sede oficial del Banco de la Cofradía de Empalme.»
«A su Alteza Real el emperador Padishah Elrood IX, regente del Universo Conocido:
«De su fiel súbdito el barón Siridar Vladimir Harkonnen y Señor Supremo de Giedi Prime, Lankiveil y planetas aliados.
«Señor, permitidme una vez más que reafirme el compromiso de serviros con lealtad en el planeta desierto de Arrakis. Durante los siete años posteriores a la muerte de mi padre, me avergüenza decir que mi incompetente hermanastro Abulurd ha permitido que la producción de especia se redujera. Las pérdidas de equipo han sido elevadas, y las exportaciones han descendido a niveles abismales. Debido a la dependencia del Imperio de la especia melange, esta coyuntura podría acarrear graves consecuencias. No dudéis que mi familia ha tomado medidas para rectificar tan infortunada situación: Abulurd ha sido relegado de sus funciones y deportado al planeta Lankiveil. Se le ha retirado su título de nobleza, aunque es posible que algún día reclame el gobierno de algún distrito.
«Ahora que la supervisión directa de Arrakis depende de mí, permitidme que os dé mi garantía personal de que utilizaré todos los medios necesarios (dinero, dedicación y mano de hierro) para conseguir que la producción de melange alcance o exceda nuestros anteriores niveles de producción.
«Como ordenásteis sabiamente, la especia ha de fluir.»

La melange es el elemento económico primordial de las actividades de la CHOAM. Sin esta especia, las reverendas madres de la Bene Gesserit no podrían llevar a cabo sus gestas de observación y control humano, los Navegantes de la Cofradía no podrían localizar senderos seguros a través del espacio, y millardos de ciudadanos imperiales morirían debido al síndrome de abstinencia. Cualquier necio sabe que tal dependencia de una sola sustancia degenera en abusos. Todos corremos un grave peligro.
Análisis económico de pautas de circulación de materiales de la CHOAM
El barón Vladimir Harkonnen, esbelto y musculoso, estaba inclinado hacia adelante, al lado del piloto del ornitóptero. Escudriñó con ojos negros como arañas a través del cristal cóncavo, al tiempo que su olfato percibía el olor de la arena y el polvo omnipresentes.
Mientras el ornitóptero acorazado volaba a considerable altura, el sol blanco de Arrakis arrancaba reflejos de las arenas infinitas. La visión de las dunas, que rielaban debido al calor del día, hirió sus retinas. El paisaje y el cielo eran de un blanco cegador. Nada procuraba solaz al ojo humano.
Un lugar infernal.
El barón ardía en deseos de regresar a la placidez industrializada y la complejidad civilizada de Giedi Prime, el planeta central de la Casa Harkonnen. Tenía mejores cosas que hacer en el cuartel general de la familia, situado en la ciudad de Carthag, y sus gustos exigentes anhelaban otras diversiones.
Pero la recolecta de la especia tenía prioridad absoluta. Siempre. Sobre todo cuando se había declarado una huelga tan salvaje como sus rastreadores habían informado.
En la atestada cabina, el barón estaba repantigado con aire de confianza absoluta, indiferente a las oscilaciones producidas por las turbulencias de aire. Las alas mecánicas del ornitóptero batían rítmicamente, como las de una avispa. El cuero negro de su peto se ajustaba a la perfección sobre sus pectorales bien desarrollados. Adentrado en la cuarentena, era atractivo, con un punto de fanfarronería en sus facciones. Llevaba el pelo rojodorado cortado y peinado siguiendo instrucciones precisas, para que destacara su característico pico de viuda. El rostro del barón era lampiño, los pómulos altos y bien esculpidos. A lo largo de su cuello y mandíbula destacaban unos músculos muy pronunciados, dispuestos a deformar su cara en una expresión arisca o en una dura sonrisa, según las circunstancias.
—¿Cuánto falta?
Miró de reojo al piloto, que estaba dando señales de nerviosismo.
—El lugar se encuentra en las profundidades del desierto, barón. Todo indica que se trata de una de las concentraciones de especia más rica jamás excavada.
El aparato se estremeció cuando se pasaron sobre un afloramiento de lava negra. El piloto tragó saliva y se concentró en los controles del ornitóptero.
El barón se relajó en su asiento y reprimió su impaciencia. Estaba satisfecho de que el nuevo tesoro estuviera a salvo de ojos inquisidores, lejos de funcionarios imperiales o de la CHOAM que pudieran llevar registros engorrosos. El senil emperador Elrood IX no tenía por qué saber nada sobre la producción de especia de los Harkonnen en Arrakis. Gracias a informes falseados con sumo cuidado y a libros de cuentas manipulados, por no hablar de sobornos, el barón contaba a los supervisores extraplanetarios tan sólo lo que quería que supieran.
Pasó una fuerte mano por el sudor que perlaba su labio superior, y luego ajustó los controles de la cabina del ornitóptero para gozar de una temperatura más fresca y un ambiente más húmedo.
El piloto, nervioso por tener a su cargo a un pasajero tan importante y de carácter tan tornadizo, aumentó la velocidad. Echó un vistazo a la proyección cartográfica de la consola, y estudió los contornos del terreno desierto que se extendía hasta perderse de vista.
Tras haber examinado las proyecciones cartográficas, su escasez de detalles desagradó al barón. ¿Cómo podía alguien orientarse en aquel planeta desierto? ¿Cómo era posible que un planeta tan vital para la estabilidad económica del Imperio apenas hubiera sido cartografiado? Otro fallo de su débil hermanastro menor, Abulurd.
Pero Abulurd se había ido, y el barón estaba al mando. Ahora que Arrakis es mío, pondré todo en orden. En cuanto regresara a Carthag, pondría gente a trabajar en trazar nuevos mapas y planos, si los malditos Fremen no mataban una vez más a los exploradores, o destruían los puntos cartográficos.
Durante cuarenta años este mundo desierto había sido el cuasifeudo de la Casa Harkonnen, un acuerdo político garantizado por el emperador, con la bendición de la poderosa CHOAM. Aunque sórdido y desagradable, Arrakis era una de las joyas más importantes de la corona imperial, en virtud de la preciosa sustancia que proporcionaba.
Sin embargo, tras la muerte del padre del barón, Dmitri Harkonnen, el viejo emperador había concedido el poder, debido a alguna deficiencia mental, al blando Abulurd, que había logrado arruinar la producción de especia en sólo siete años. Los beneficios cayeron en picado, y perdió el control por culpa de los contrabandistas y el sabotaje. Caído en desgracia, el muy imbécil había sido depuesto y exiliado sin título oficial a Lankiveil, donde ni siquiera él podía perjudicar demasiado a las actividades balleneras que se desarrollaban en el planeta.
En todo el Imperio, Arrakis (un infierno que algunos consideraban un castigo más que una recompensa) era la única fuente conocida de la especia melange, una sustancia mucho más valiosa que cualquier metal precioso. En este mundo sediento valía incluso más que su peso en agua.
Sin especia, los viajes espaciales serían imposibles… y sin viajes espaciales, el Imperio se derrumbaría. La especia prolongaba la vida, protegía la salud y añadía vigor a la existencia. El barón, que la consumía con moderación, agradecía sobremanera la sensación que le producía. Claro que la melange, por otra parte, era ferozmente adictiva, lo cual mantenía su precio alto…
El ornitóptero acorazado sobrevoló una cordillera que parecía una mandíbula rota llena de dientes podridos. A lo lejos, el barón vio una nube de polvo que se extendía como un yunque hasta el cielo.
—Eso son los trabajos de recolección, barón.
Ornitópteros de ataque semejantes a halcones aparecieron como puntos negros en el cielo monocromo y se precipitaron hacia ellos. El comunicador sonó, y el piloto envió una señal de identificación. Los defensores, mercenarios con la orden de mantener alejados a merodeadores indeseables, describieron un círculo y adoptaron una posición protectora en el cielo.
En tanto la Casa Harkonnen alimentara la ficción de progreso y beneficios, la Cofradía Espacial no tenía por qué enterarse de ningún hallazgo de especia. Ni el emperador ni la corporación de comercio galáctico CHOAM. El barón se quedaría la melange y aumentaría sus ya enormes depósitos.
Después de los años de decadencia de Abulurd, si el barón conseguía al menos la mitad de lo que era capaz, la CHOAM y el Imperio notarían una inmensa mejora. Si les contentaba, no repararían en sus considerables tejemanejes, nunca sospecharían la existencia de sus reservas secretas. Una estratagema peligrosa, si era descubierta… pero el barón sabía cómo tratar a los ojos curiosos.
Mientras se acercaban a la nube de polvo, sacó unos prismáticos y enfocó las lentes de aceite. La ampliación le permitió ver la fábrica de especia en funcionamiento. Con sus gigantescos neumáticos y enorme capacidad de carga, la monstruosidad mecánica era increíblemente cara, y valía todos los solaris que costaba su mantenimiento. Sus excavadoras expulsaban polvo rojizo, arena gris y astillas de pedernal a medida que ahondaban y levantaban la superficie del desierto, en busca de la aromática especia.
Unidades terrestres móviles recorrían la arena destripada en las vecindades de la fábrica, hundían sondas bajo la superficie, recogían muestras, trazaban el plano de la vena de especia sepultada. En el cielo, maquinaria más pesada transportada por ornitópteros jumbo daba vueltas, esperando. En la periferia, aparatos de observación recorrían de un lado a otro las arenas, con vigías a bordo concentrados en divisar señales de gusanos. Cualquiera de los gigantescos gusanos de arena de Arrakis podía engullir todo el complejo.
—Señor barón —dijo el piloto al tiempo que le pasaba el comunicador—, el capitán de la cuadrilla de trabajo desea hablar con vos.
—Soy tu barón. Ponme al corriente. ¿Cuánta habéis encontrado?
El capitán contestó con voz hosca, por lo visto indiferente a la importancia del hombre con quien estaba hablando.
—Hace diez años que dirijo cuadrillas de especia, y este depósito supera todo cuanto había visto hasta ahora. El problema reside en que está enterrado a una gran profundidad. Por lo general, los elementos dejan al descubierto la especia, y así la encontramos. Esta vez se halla muy concentrada, pero…
El barón sólo aguardó un momento.
—Sí, ¿qué pasa?
—Aquí está sucediendo algo extraño, señor. En los aspectos químicos, quiero decir. Hay dióxido de carbono que se filtra desde abajo, una especie de burbuja formada bajo nuestros pies. El recolector está excavando a través de capas exteriores de arena para acceder a la especia, pero también hay vapor de agua.
—¡Vapor de agua!
Era algo inaudito en Arrakis, donde la proporción de humedad del aire era mínima, incluso en el mejor de los días.
—Tal vez hemos topado con un antiguo acuífero, señor, sepultado bajo una capa de roca.
El barón jamás había imaginado que se encontraría agua bajo la superficie de Arrakis. Consideró la posibilidad de explotar un curso de agua a base de venderla a la población. Eso irritaría sin duda a los mercaderes de agua existentes, que ya se estaban dando excesivos aires de importancia.
Su voz de bajo retumbó.
—¿Crees que está contaminando la especia?
—No lo sé, señor —dijo el capitán—. La especia es una materia extraña, pero nunca había visto un yacimiento semejante. No parece… normal.
El barón miró al piloto del ornitóptero.
—Ponte en contacto con los rastreadores. Pregunta si han localizado señales de gusanos.
—No hay señales de gusanos, mi señor —dijo el piloto al ver la respuesta en la pantalla. El barón observó gotas de sudor en la frente del hombre.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí abajo el recolector?
—Casi dos horas normales, señor.
El barón frunció el entrecejo. Ya tendría que haber aparecido un gusano.
Sin darse cuenta, el piloto había dejado abierto el sistema de comunicaciones, y el capitán de la cuadrilla confirmó la circunstancia por el altavoz.
—Nunca habían tardado tanto, señor. Los gusanos siempre vienen. Siempre. Pero algo está pasando ahí abajo. Los gases van en aumento. Se huelen en el aire.
El barón absorbió el aire reciclado de la cabina y detectó el olor almizclado a canela de la especia bruta recogida del desierto. El ornitóptero se encontraba sólo a unos cientos de metros del principal recolector.
—También hemos detectado vibraciones subterráneas, una especie de resonancia. No me gusta, señor.
—No te pagan para que te guste —replicó el barón—. ¿Es un gusano profundo?
—No creo, señor.
Examinó los cálculos estimados que transmitía el recolector de especia. Las cifras obnubilaron su mente.
—Lo que estamos obteniendo de esta excavación equivale a la producción mensual de mis demás yacimientos.
Tamborileó con los dedos sobre su muslo.
—Sin embargo, señor, sugiero que nos preparemos para recogerlo todo y abandonar el yacimiento. Podríamos perder…
—De ninguna manera, capitán —dijo el barón—. No hay señales de gusanos, y casi has recogido la carga de toda una factoría. Si lo necesitas, te bajaremos un recolector vacío. No voy a abandonar una fortuna en especia porque te estés poniendo nervioso… sólo porque tengas una sensación extraña. ¡Ridículo!
Cuando el jefe de la cuadrilla intentó abundar en su punto, el barón le interrumpió.
—Capitán, si eres un cobarde nervioso, has escogido mal la profesión y la Casa que te da empleo. Continúa.
Cerró el comunicador y tomó nota mentalmente de despedir a aquel hombre lo antes posible.
A más altura flotaban los transportadores preparados para recoger el recolector de especia y a su tripulación en cuanto apareciera un gusano. Pero ¿por qué tardaba tanto? Los gusanos siempre protegían la especia.
La especia. Saboreó la palabra en sus pensamientos y sus labios.
La sustancia, rodeada de supersticiones, existía en una cantidad desconocida, como un cuerno de unicornio moderno. Por otra parte, Arrakis era tan inhóspito que nadie había descubierto todavía el origen de la melange. En la inmensa extensión del Imperio, ningún explorador ni prospector había encontrado melange en ningún otro planeta, ni nadie había logrado sintetizar un sustituto, pese a siglos de intentos. Desde que la Casa Harkonnen detentaba el gobierno de Arrakis, y por lo tanto controlaba toda la producción de especia, el barón no deseaba que se desarrollara un sustituto o se encontrara otra fuente.
Cuadrillas del desierto expertas localizaban la especia, y el Imperio la utilizaba pero, por lo demás, los detalles no le concernían. Siempre existía riesgo para los trabajadores, el peligro de que un gusano atacara demasiado pronto, de que un transportador se estropeara, de que una factoría de especia no fuera izada a tiempo. Tormentas de arena inesperadas estallaban con sorprendente velocidad. Las cifras de bajas y de pérdidas de equipo eran abrumadoras… pero la melange pagaba casi cualquier coste, ya fuera en dinero o en sangre.
Mientras el ornitóptero describía círculos a un ritmo constante, el barón estudió el espectáculo industrial. El sol abrasador se reflejaba en el casco polvoriento de la factoría de especia. Los rastreadores continuaban surcando el aire, mientras vehículos terrestres iban tomando muestras.
Todavía no se veían señales de ningún gusano, y cada momento que pasaba permitía a la cuadrilla recoger más especia. Los trabajadores recibirían bonificaciones, excepto el capitán, y la Casa Harkonnen se enriquecería todavía más. Los registros serían tergiversados más adelante.
El barón se volvió hacia el piloto.
—Llama a nuestra base más cercana. Ordena que preparen otro transportador y otra factoría de especia. Esta vena parece inagotable. —Bajó la voz—. Si aún no ha aparecido ningún gusano tal vez haya tiempo…
El capitán de la cuadrilla de tierra volvió a llamar, retransmitiendo en una frecuencia general desde que el barón había cerrado su receptor.
—Señor, nuestras sondas indican que la temperatura se está elevando en las profundidades… ¡Un pico drástico! Algo está pasando ahí abajo, una reacción química. Además, uno de nuestros grupos de exploración terrestre acaba de toparse con un nido de truchas de arena.
El barón gruñó, furioso con el hombre porque se había comunicado mediante un canal no codificado. ¿Y si espías de la CHOAM estaban escuchando? Además, a nadie le importaban las truchas de arena. Aquellos animales gelatinosos que vivían bajo la arena eran tan irrelevantes para él como un enjambre de moscas alrededor de un cadáver abandonado.
Tomó nota mental de castigar al hombre con algo más que despedirle y negarle la bonificación. Debió ser Abulurd en persona quien había elegido a ese bastardo acojonado.
El barón vio las diminutas figuras de los exploradores avanzar por la arena, correteando como hormigas enloquecidas por vapor ácido. Corrieron de vuelta hacia la factoría de especia principal. Un hombre saltó de su vehículo incrustado de arena y se precipitó hacia la puerta abierta de la enorme máquina.
—¿Qué están haciendo esos hombres? ¿Están abandonando sus puestos? Bajemos un poco para verlo mejor.
El pilotó inclinó el ornitóptero y descendió como un escarabajo ominoso hacia la arena. Los hombres se agacharon, tosieron y sufrieron arcadas, mientras intentaban colocarse filtros sobre la cara. Dos cayeron sobre la arena. Otros retrocedieron a toda prisa hacia la factoría de especia.
—¡Traed el transportador! ¡Traed el transportador! —gritó alguien.
Todos los rastreadores informaron.
—No veo señales de gusanos.
—Todavía nada.
—Todo despejado por aquí.
—¿Por qué están evacuando? —preguntó el barón, como si el piloto lo supiera.
—¡Algo está pasando! —chilló el capitán—. ¿Dónde está el transportador? ¡Lo necesitamos ya!
La tierra osciló. Cuatro obreros cayeron de bruces en la arena antes de llegar a la rampa de la factoría de especia.
—¡Mirad, mi señor! —El piloto señaló hacia abajo, con voz trémula de terror. Cuando el barón dejó de concentrarse en los hombres acobardados, vio que la arena temblaba alrededor del yacimiento, y vibraba como un parche de tambor golpeado.
El recolector de especia se ladeó y resbaló a un lado. Se abrió una grieta en la arena, y todo el yacimiento empezó a alzarse en el aire como una burbuja de gas en una olla de barro salusana hirviente.
—¡Larguémonos de aquí! —gritó el barón. El piloto le miró por una fracción de segundo, y el barón le propinó un revés en la mejilla con su mano izquierda, veloz como el rayo—. ¡Muévete!
El piloto aferró los mandos e inició el ascenso. Las alas articuladas batieron furiosamente.
Abajo, la burbuja subterránea alcanzó su apogeo y después estalló. El recolector de especia, las cuadrillas móviles y todo lo demás saltó por los aires. Una gigantesca explosión de arena se elevó hacia el cielo, arrastrando roca destrozada y la volátil especia anaranjada. La gigantesca factoría quedó hecha añicos, que quedaron dispersos como trapos perdidos en una tormenta de Coriolis.
—¿Qué demonios ha pasado?
Los oscuros ojos del barón se abrieron de par en par, incrédulos, al contemplar la magnitud del desastre. Toda la preciosa especia desaparecida, engullida en un instante. Todo el equipo destrozado. Apenas pensó en la pérdida de vidas, excepto por los gastos de adiestrar a las cuadrillas.
—¡Sujetaos, mi señor! —gritó el piloto. Sus nudillos se tiñeron de blanco sobre los mandos.
Una potentísima ráfaga de viento les alcanzó. El ornitóptero acorazado invirtió su posición en el aire, mientras las alas se agitaban frenéticamente. Los motores zumbaron y gruñeron, al tiempo que intentaban mantener la estabilidad. Proyectiles de arena se estrellaron contra las portillas de plaz. Obstruidos por el polvo, los motores del ornitóptero carraspearon. El aparato perdió altitud y cayó hacia el revuelto estómago del desierto.
El piloto gritó palabras ininteligibles. El barón agarró sus protectores contra colisiones, y vio que la tierra se precipitaba hacia él como el tacón invertido de una bota, dispuesto a aplastar un insecto.
Como cabeza de la Casa Harkonnen, siempre había pensado que moriría a manos de un asesino traidor… pero ser víctima de un desastre natural impredecible le resultó casi divertido.
Mientras caían, vio la arena abierta como una herida supurante. Las corrientes de convección y las reacciones químicas absorbían el polvo y la melange en bruto. La rica vena de especia de momentos antes se había transformado en una boca leprosa dispuesta a engullirlos.
Pero el piloto, que había parecido débil y distraído durante el vuelo, adoptó una rigidez total, debida a la concentración y la determinación. Sus dedos volaban sobre los mandos, con el fin de aprovechar las corrientes, cambiaba el flujo de un motor a otro para aliviar la estrangulación producida por el polvo en los tubos de recepción de aire.
Por fin, el ornitóptero se niveló, se estabilizó y voló a baja altura sobre la llanura de dunas. El piloto emitió un suspiro de alivio.
El barón vio sombras translúcidas relucientes en el gran desfiladero abierto en la arena, sombras similares a gusanos sobre una carcasa: truchas de arena que corrían hacia la explosión. No tardarían en acudir los gigantescos gusanos. Aquellos monstruos no resistirían la tentación.
Por más que lo intentaba, el barón no podía comprender la especia. Ni por asomo.
El ornitóptero ganó altitud y les condujo hacia los rastreadores y transportadores, que habían sido pillados por sorpresa. No habían conseguido recuperar la factoría de especia y su precioso cargamento antes de la explosión, y no podía culpar a nadie por ello. Sólo a él. El barón les había dado órdenes explícitas de mantenerse alejados.
—Acabas de salvar mi vida, piloto. ¿Cómo te llamas?
—Kyrubi, señor.
—Muy bien, Kyrubi. ¿Habías visto algo semejante? ¿Qué ha pasado ahí abajo? ¿Cuál ha sido la causa de la explosión?
El piloto respiró hondo.
—He oído a los Fremen hablar acerca de algo que llaman explosión de especia. —Ahora parecía una estatua, como si el terror le hubiera transformado en algo mucho más fuerte—. Ocurre en las profundidades del desierto, donde muy poca gente puede presenciarlo.
—¿A quién le importa lo que digan los Fremen? —Su labio se curvó desdeñoso cuando pensó en los sucios nómadas indígenas del gran desierto—. Todos hemos oído hablar de explosiones de especia, pero nadie ha visto ninguna. Supersticiones estúpidas.
—Sí, pero las supersticiones suelen tener una base. Se han visto muchas cosas en el desierto.
El barón admiró al hombre por su determinación de hablar, aunque Kyrubi debía conocer su temperamento y espíritu vengativos. Tal vez sería prudente ascenderle…
—Dicen que un estallido de especia es una explosión química —continuó Kyrubi—, tal vez el resultado de una masa de preespecia bajo las arenas.
El barón pensó en la información recibida. No podía negar la evidencia de sus propios ojos. Algún día, quizá alguien descubriría la verdadera naturaleza de la melange y sería capaz de evitar desastres como éste. Hasta el momento, como la especia parecía inagotable para aquellos dispuestos a llevar a cabo el esfuerzo, nadie se había molestado en efectuar análisis detallados. ¿Para qué perder el tiempo en pruebas, cuando aguardaba una fortuna? El barón tenía el monopolio de Arrakis, pero era un monopolio basado en la ignorancia.
Apretó los dientes y comprendió que, en cuanto volviera a Carthag, se vería obligado a relajarse un poco, a liberar sus tensiones acumuladas mediante algunas «diversiones», tal vez con más vigor de lo imaginado. Esta vez tendría que encontrar a un candidato especial, en lugar de uno de sus amantes habituales, alguien a quien nunca más volvería a utilizar. Eso le libraría de trabas.
Ya no es preciso ocultar este yacimiento al emperador, pensó. Lo registrarían, como si fuera un hallazgo, y documentarían la destrucción de la cuadrilla y el equipo. Tampoco sería necesario manipular los registros. El viejo Elrood no se sentiría nada complacido, y la Casa Harkonnen debería asumir el revés económico.
Mientras el piloto daba media vuelta, los miembros supervivientes de la patrulla examinaban los daños sufridos, y más tarde informaron por el comunicador sobre la pérdida de hombres, equipo y carga de especia. El barón sintió bullir la rabia en su interior.
¡Maldito Arrakis! ¡Maldita sea la especia, y maldita sea nuestra dependencia de ella!
Somos generalistas. No se pueden delimitar con nitidez problemas de alcance planetario. La planetología es una ciencia hecha a la medida.
PARDOT KYNES, Tratado sobre la recuperación ambiental de Salusa Secundus después del holocausto
En el planeta imperial Kaitain, inmensos edificios besaban el cielo. Magníficas esculturas y opulentas fuentes de pisos, como visiones de un sueño, flanqueaban las avenidas de suelo acristalado. Una persona podía contemplar el espectáculo durante horas.
Pardot Kynes sólo logró vislumbrar el espectáculo urbano, mientras los guardias reales le escoltaban a paso vivo hasta el palacio. No tenían paciencia para la curiosidad de un simple planetólogo, ni tampoco ningún interés en las maravillas de la ciudad. Su trabajo consistía en escoltarle al inmenso salón abovedado del trono, y sin más dilación. No se podía hacer esperar al emperador del Universo Conocido por una tontería.
Los miembros de la escolta de Kynes llevaban uniformes grises y negros, impecablemente limpios y tachonados de galones y medallas, todos los botones y adornos relucientes, hasta la última cinta alisada y planchada. Quince de los hombres escogidos en persona por el emperador, los Sardaukar, le rodeaban como un ejército.
Aun así, el esplendor de la capital del planeta sobrecogía a Kynes. Se volvió hacia el guardia más cercano y dijo:
—Suelo trabajar al aire libre, o atravesando pantanos de planetas a los que nadie más quiere ir.
Nunca había visto, o imaginado, nada parecido a esto en los paisajes abruptos y alejados que había estudiado.
Los guardias no contestaron al larguirucho forastero. Los Sardaukar estaban adiestrados para ser máquinas de combate, no conversadores.
—Aquí me han restregado hasta la tercera capa de piel y me han vestido como un noble.
Kynes tiró de la gruesa tela trenzada de su chaqueta azul oscuro, olió el jabón y el aroma de su piel. Tenía la frente despejada, con el cabello escaso y rubio peinado hacia atrás.
La escolta ascendió a toda prisa una cascada, al parecer interminable, de escalones de piedra adornados con filigranas de oro y piedras soo centelleantes de color crema.
Kynes se volvió hacia el guardia de la izquierda.
—Éste es mi primer viaje a Kaitain. Supongo que si se trabaja aquí siempre, al final ni te fijas en las vistas.
Sus palabras se apoyaron en una sonrisa anhelante, pero una vez más cayeron en oídos sordos.
Kynes era un experto y respetado ecologista, geólogo y meteorólogo, especializado además en botánica y microbiología. Constituía un placer para él desentrañar los misterios de planetas enteros, pero la gente era muy a menudo un misterio insondable para él, como estos guardias.
—Kaitain es mucho más… confortable que Salusa Secundus. Crecí allí —continuó—. También he estado en Bela Tegeuse, y es casi igual de espantoso, apenas iluminado por soles enanos.
Por fin, Kynes miró al frente y murmuró para sí:
—El emperador me ha hecho venir desde la otra mitad de la galaxia. Me gustaría saber por qué.
Ninguno de los hombres le ofreció la menor explicación.
El cortejo pasó bajo una arcada de roca de lava carmesí, que soportaba la pesada opresión de una edad muy avanzada. Kynes alzó la vista, y con su experiencia de geólogo reconoció la curiosa e inmensa piedra: una antigua arcada del planeta destruido Salusa Secundus.
Le asombró que alguien conservara una reliquia tan antigua de un austero planeta, donde Kynes había pasado muchos años, un planeta prisión aislado con un ecosistema destruido. Pero entonces recordó, y se sintió como un idiota por haberlo olvidado, que Salusa había sido en otro tiempo la capital imperial, milenios antes… antes del desastre que lo alteró todo. Sin duda la Casa Corrino había traído intacta la arcada como un recuerdo de su pasado, o como una especie de trofeo para demostrar que la familia imperial había superado la adversidad de la devastación de su planeta.
Mientras el cortejo atravesaba el arco de lava y entraba en el resonante esplendor del palacio, sonó una fanfarria ejecutada por instrumentos de viento que Kynes no reconoció. Nunca había dedicado demasiado tiempo al estudio de la música y las artes, ni siquiera de niño. ¿Para qué, cuando había tanta ciencia natural que asimilar?
Justo antes de pasar bajo el techo refulgente de joyas de la inmensa estructura real, Kynes contempló una vez más el cielo despejado y azul.
Durante el viaje, dentro de una sección acordonada del Crucero de la Cofradía, Kynes había aprovechado el tiempo para aprender algo sobre el planeta capital, si bien nunca había aplicado sus conocimientos sobre los planetas a un lugar tan civilizado. Kaitain estaba planificada y construida con gusto exquisito, y contaba con avenidas flanqueadas de árboles, arquitectura espléndida, jardines bien regados, murallas de flores y mucho más.
Los informes imperiales afirmaban que el clima siempre era templado. Las tormentas no existían. Ninguna nube mancillaba el cielo. Al principio pensaba que la información era pura propaganda turística, pero cuando la engalanada nave escolta de la Cofradía descendió, observó la flotilla de satélites meteorológicos, la tecnología que, mediante la fuerza bruta, domeñaba el clima y conservaba Kaitain como un lugar plácido y sereno. Los ingenieros del clima podían modificar el tiempo, para que fuera lo que un loco había decidido óptimo, pero estaban expuestos a otro peligro al crear un entorno que, a la larga, afectaba negativamente a la mente, el cuerpo y el espíritu. La familia imperial nunca lo había entendido. Seguía relajada bajo sus cielos soleados y paseaba por sus espléndidos viveros, indiferente a la catástrofe ecológica que algún día se desataría ante sus ojos vendados. Sería todo un reto quedarse en el planeta y estudiar los efectos, pero Kynes dudaba que el emperador Elrood IX le hubiera convocado para eso.
La escolta se adentró en el palacio, pasaron ante estatuas y pinturas clásicas. La amplia sala de audiencias bien habría podido ser una arena de antiguas luchas de gladiadores. El suelo se extendía ante ellos como una llanura de cuadrados de piedra pulida y multicolor, cada uno procedente de los distintos planetas del Imperio. Se iban añadiendo hornacinas y alas a medida que el Imperio crecía.
Los funcionarios de la corte, ataviados con vestiduras deslumbrantes y brillantes plumas, iban de un lado a otro exhibiendo telas tejidas con hilos de metal precioso. Cargados con documentos, se dedicaban a asuntos inextricables, corrían a celebrar reuniones, susurraban entre sí como si sólo ellos comprendieran sus funciones reales.
Kynes era un extraño en este mundo político. Prefería la desolación. Aunque el esplendor le fascinaba, anhelaba la soledad, los paisajes inexplorados, y los misterios de la flora y la fauna. Aquel lugar tan ajetreado iba a provocarle dolor de cabeza de un momento a otro.
Los guardias Sardaukar le condujeron por un largo paseo bajo luces prismáticas, con enérgico paso marcial que resonaba al unísono. Los tropezones de Kynes constituían la única disonancia.
Más adelante, sobre un estrado elevado de cristal verdeazulado, descansaba el Trono del León Dorado translúcido, tallado de una sola pieza de cuarzo de Hagal. Y sobre la deslumbrante silla estaba sentado el viejo en persona: Elrood Corrino IX, regente imperial del Universo Conocido.
Kynes le miró. El emperador era un hombre muy flaco, casi esquelético, con una cabeza enorme sobre un cuello delgado. El anciano regente, rodeado de un lujo tan increíble y una riqueza tan inmensa, parecía insignificante. Sin embargo, con un movimiento de su dedo de grandes nudillos, el emperador podía condenar a planetas enteros a la aniquilación y matar a millones de personas. Elrood había ocupado el Trono del León Dorado durante casi siglo y medio.
¿Cuántos planetas había en el Imperio? ¿A cuántas personas gobernaba aquel hombre? Kynes se preguntó si era posible que alguien poseyera tal cantidad de información.
Mientras le guiaban hasta la base del estrado, Kynes sonrió con vacilación a Elrood; luego tragó saliva, desvió la vista y agachó la cabeza. Nadie le había explicado cuál era el protocolo de palacio, y no estaba acostumbrado a modales y frivolidades sociales. El tenue olor a canela de la melange llegó a su nariz, procedente de una jarra de cerveza de especia que el emperador tenía sobre una mesita contigua al trono.
Un paje se adelantó, saludó con un cabeceo al jefe de la escolta de Sardaukar, se volvió y tronó en galach, el idioma común:
—¡El planetólogo Pardot Kynes!
Kynes cuadró los hombros y trató de enderezarse, mientras se preguntaba por qué le habían presentado de una forma tan vocinglera y ostentosa, cuando era evidente que el emperador sabía quién era. De lo contrario no le habría convocado. Kynes se preguntó si debía decir hola, pero decidió dejar que la corte determinara el discurrir de los acontecimientos.
—Kynes —dijo el viejo emperador con voz aguda y áspera, aquejada de demasiados años de dar órdenes firmes—, vienes a mí muy bien recomendado. Nuestros consejeros han estudiado a muchos candidatos, y te han elegido a ti por encima de los demás. ¿Qué tienes que decir?
El emperador se inclinó y enarcó las cejas, de forma que su frente se arrugó hasta lo alto del cráneo.
Kynes murmuró algo acerca de sentirse honrado y complacido, después carraspeó y formuló la verdadera pregunta.
—Pero, señor, ¿para qué he sido elegido exactamente?
Elrood chasqueó la lengua y se reclinó en el trono.
—Reconforta ver a alguien más preocupado por satisfacer su curiosidad que por decir lo correcto, o por halagar a estos estúpidos lameculos y bufones. —Cuando sonrió, el rostro de Elrood pareció adquirir la textura de la goma y las arrugas se ensancharon. Su piel poseía el tono grisáceo del pergamino—. El informe dice que creciste en Salusa Secundus, y que escribiste informes complejos y definitivos sobre la ecología del planeta.
—Sí, señor... majestad. Mis padres eran funcionarios, enviados a trabajar en vuestra prisión imperial de allí. Yo era muy pequeño y me llevaron con ellos.
En verdad, Kynes había oído rumores de que su padre o su madre habían disgustado en algo a Elrood y habían sido desterrados a aquel planeta. Pero Pardot Kynes había encontrado fascinante aquella desolación. Después de que los profesores terminaron su educación, pasaba sus días explorando las tierras yermas, tomaba notas, estudiaba los insectos, las malas hierbas y los animales que habían logrado sobrevivir al antiguo holocausto atómico.
—Sí, lo sé —dijo Elrood—. Al cabo de un tiempo tus padres fueron trasladados a otro planeta.
Kynes asintió.
—Sí, señor. Fueron a Harmonthep.
El emperador agitó la mano para desechar la referencia.
—Pero más tarde regresaste a Salusa. ¿Por tu propia voluntad?
—Bien, tenía muchas cosas que aprender en Salusa —contestó, y reprimió un encogimiento de hombros.
Kynes había pasado años solo en entornos desiertos, descifrando los misterios del clima y los ecosistemas. Había padecido muchas privaciones, soportado muchas incomodidades. En una ocasión, había sido perseguido por tigres Laza y sobrevivido. Después, Kynes había publicado un extenso tratado sobre sus años allí, abriendo notables ventanas de comprensión al planeta capital imperial, antes tan encantador y ahora abandonado.
—La salvaje desolación del planeta estimuló mi interés por la ecología. Es mucho más interesante estudiar un… mundo desolado. Me cuesta aprender algo en un lugar demasiado civilizado.
Elrood rió el comentario y miró alrededor, para que los demás miembros de la corte lo imitaran.
—¿Como Kaitain, quieres decir?
—Bien, estoy seguro de que también ha de cobijar lugares interesantes, señor —dijo Kynes, rogando no haber cometido una torpeza inexcusable.
—¡Bien dicho! —tronó Elrood—. Mis consejeros han actuado con sabiduría al elegirte, Pardot Kynes.
Sin saber qué decir ni hacer, el planetólogo ejecutó una torpe reverencia.
Después de los años pasados en Salusa Secundus, había ido a los pantanosos e intrincados terrenos del oscuro Bela Tegeuse, y después a otros lugares que le interesaban. Podía sobrevivir en cualquier sitio. Sus necesidades eran escasas. Lo más importante para él era acumular conocimientos científicos, estudiar las rocas y ver qué secretos habían legado los procesos naturales.
Pero ahora le picaba la curiosidad. ¿Por qué había llamado la atención de una forma tan rotunda?
—Si me permitís preguntarlo de nuevo, majestad… ¿Qué misión me destináis? —Y se apresuró a añadir—: Por supuesto, me siento muy complacido de serviros en lo que deseéis.
—Tú, Kynes, has sido reconocido como un verdadero hombre capaz de analizar complejos ecosistemas con el fin de aprovecharlos para las necesidades del Imperio. Te hemos elegido para que vayas al planeta desierto de Arrakis y obres tu magia allí.
—¡Arrakis! —Kynes no pudo disimular su estupor y júbilo—. Creo que los habitantes nómadas Fremen lo llaman Dune.
—Llámese como se llame —dijo Elrood con cierta brusquedad—, es uno de los planetas más desagradables, aunque importantes, del Imperio. Como sabrás, Arrakis es la única fuente de la especia melange.
Kynes asintió.
—Siempre me he preguntado por qué ningún explorador ha encontrado especia en otros planetas. Y por qué nadie sabe cómo se crea o deposita la especia.
—Tú lo averiguarás para nosotros —dijo el emperador—. Ya es hora.
De pronto, Kynes comprendió que tal vez se había pasado de la raya, y sintió un leve temor. Se encontraba en el salón del trono más importante de un millón de planetas, y estaba hablando con el emperador Elrood IX de tú a tú. Los demás miembros de la corte le miraban, algunos con desaprobación, otros con horror, y los menos con expresión de perversa alegría, como si intuyeran su inminente castigo.
Pero Kynes imaginó de inmediato el paisaje de arenas calcinadas por el sol, dunas majestuosas y monstruosos gusanos de arena, imágenes que sólo había visto en videolibros. Olvidó su insignificante falta de tacto, contuvo el aliento y esperó a escuchar los detalles de su misión.
—Es de vital importancia para el futuro del Imperio que conozcamos los secretos de la melange. Hasta hoy, nadie ha dedicado tiempo ni esfuerzos a desentrañar sus misterios. La gente piensa que Arrakis es una fuente inagotable de riquezas, y nadie se preocupa por la mecánica o los detalles. Craso error. —Hizo una pausa—. Éste es el desafío al que te enfrentarás, Pardot Kynes. Te nombramos planetólogo imperial oficial de Arrakis.
Mientras Elrood hablaba, examinó a aquel hombre de edad madura, curtido por la intemperie. Comprendió que Kynes no era un hombre complicado. Sus sentimientos y afinidades se traslucían en su rostro. Los consejeros de la corte habían indicado que Pardot Kynes carecía de ambiciones políticas y obligaciones. Su único interés verdadero residía en su trabajo y en la comprensión del orden natural del universo. Albergaba una fascinación casi infantil por los planetas lejanos y los entornos hostiles. Ejecutaría su tarea con un entusiasmo ilimitado, y proporcionaría respuestas sinceras.
Elrood había pasado casi toda su vida política rodeado de lacayos necios, aduladores descerebrados que decían lo que, en su opinión, él quería escuchar. Pero este hombre tosco, poco acostumbrado a las convenciones sociales, era distinto.
En ese momento era fundamental que comprendieran los hechos inherentes a la especia, con el fin de mejorar la eficacia de las operaciones, operaciones que eran vitales. Después de siete años del gobierno inepto de Abulurd Harkonnen, y tras los accidentes y errores cometidos por el ambicioso barón Vladimir Harkonnen, preocupaba al emperador que se paralizaran la producción y distribución de especia. La especia debía fluir.
La Cofradía Espacial necesitaba ingentes cantidades de melange para llenar las cámaras herméticas de sus Navegantes mutantes. Él, y el conjunto de la clase alta del Imperio, necesitaban a diario (y cada vez más) dosis de melange para conservar la vitalidad y prolongar sus vidas. La Orden de la Bene Gesserit la necesitaba para crear y adiestrar a más reverendas madres. Los Mentat la necesitaban para concentrar su mente.
Si bien desaprobaba la torpe administración del barón Harkonnen, Elrood no podía apoderarse de Arrakis. Tras décadas de manipulaciones políticas, la Casa Harkonnen había tomado el control después de expulsar a la Casa Richese.
Desde hacía mil años el Imperio concedía el gobierno de Arrakis a una familia elegida, para que arrancara las riquezas de la arena durante un período que no debía exceder de un siglo. Cada vez que el feudo cambiaba de manos, un diluvio de súplicas y peticiones inundaba el palacio. El apoyo del Landsraad implicaba muchos compromisos, algunos de los cuales eran demasiado onerosos para Elrood.
Aunque era el emperador, su poder dependía de un equilibrio, cauteloso e inestable, con numerosas fuerzas, incluidas las Grandes y Menores Casas del Landsraad, la Cofradía Espacial y monopolios comerciales como la CHOAM. Aún era más difícil lidiar con otras fuerzas, fuerzas que preferían actuar en la sombra.
He de desequilibrar la balanza, pensó Elrood. Este asunto de Arrakis ha durado demasiado.
El emperador se inclinó hacia adelante y vio que Kynes estaba henchido de alegría y entusiasmo. Ardía en deseos de ir al planeta desierto. ¡Tanto mejor!
—Averigua todo cuanto puedas sobre Arrakis y envíame informes regularmente, planetólogo. La Casa Harkonnen recibirá instrucciones de facilitarte todo el apoyo y la colaboración que necesites.
Aunque no les haga ninguna gracia que un observador imperial husmee en su territorio.
De momento, como el barón Harkonnen acababa de acceder al gobierno del planeta, dependía por completo del emperador.
—Te proporcionaremos todo lo necesario para tu viaje. Redacta una lista y entrégala a mi chambelán. Cuando llegues a Arrakis, los Harkonnen recibirán órdenes de atender todas tus peticiones.
—Mis necesidades son escasas —dijo Kynes—. Sólo necesito mis ojos y mi mente.
—Sí, pero espero que el barón pueda ofrecerte algunas comodidades más.
Elrood sonrió de nuevo y despidió al planetólogo con un ademán. El emperador observó que al salir de la sala de audiencias Kynes andaba con un paso mucho más vivo.
No construirás una máquina a semejanza de la mente humana.
Primer Mandamiento resultante de la Jihad Butleriana, tal como consta en la Biblia Católica Naranja
«El sufrimiento es el gran maestro de los hombres», recitaba el coro de viejos actores en el escenario. Si bien los cómicos eran simples ciudadanos del pueblo cobijado a la sombra del castillo de Caladan, se habían preparado bien para la representación anual de la Obra oficial de la Casa. Los trajes eran coloridos, aunque no del todo auténticos. Los decorados (la fachada del palacio de Agamenón, el patio enlosado) exhibían un realismo basado sólo en el entusiasmo y en algunas secuencias filmadas de la antigua Grecia.
Ya hacía rato que se representaba la larga pieza de Esquilo, y hacía calor en el teatro. Globos de luz iluminaban el escenario y algunas filas de asientos, pero las antorchas y los braseros que rodeaban a los actores perfumaban el edificio con un humo aromático.
Pese a los ruidos de fondo, los ronquidos del viejo duque amenazaban con llegar a oídos de los actores.
—¡Despertad, padre! —susurró Leto Atreides, al tiempo que daba un codazo en las costillas al duque Paulus—. Ni siquiera hemos llegado a la mitad de la obra.
Paulus se removió y desperezó en el asiento de su palco, y sacudió imaginarias migas de pan de su amplio pecho. Danzaron sombras sobre su rostro estrecho y arrugado y su barba canosa. Llevaba el uniforme negro de los Atreides, con el emblema del halcón rojo.
—Todo se reduce a hablar y posar, muchacho. —Parpadeó en dirección al escenario, donde los ancianos apenas se habían movido—. Y cada año vemos lo mismo.
—Ésa no es la cuestión, Paulus, querido. —Al otro lado del duque estaba sentada la madre de Leto, lady Helena, vestida con sus mejores galas y concentrada en las solemnes palabras del coro griego—. Presta atención al contexto. Al fin y al cabo, es la historia de tu familia, no de la mía.
Leto paseó la mirada entre sus padres, consciente de que la historia familiar de la Casa Richese de su madre poseía tanta grandeza y miseria como la de la Casa Atreides. Richese había caído desde una «edad de oro» colmada de beneficios a su actual fragilidad económica.
La Casa Atreides se jactaba de que sus raíces se remontaban a más de doce mil años de antigüedad, hasta los hijos de Atreus en la Vieja Terra. La familia se enorgullecía de su larga historia, pese a los numerosos incidentes, trágicos y deshonrosos, que la jalonaban. Los duques habían convertido en una tradición anual la representación de la tragedia clásica Agamenón, el hijo más famoso de Atreus y uno de los generales que habían conquistado Troya.
Leto Atreides, de cabello negro como ala de cuervo y nariz aguileña, se parecía mucho a su madre. Contemplaba la función, ataviado con incómodos ropajes, vagamente consciente del trasfondo extraterrestre de la historia. El autor de la obra había dado por sentado que el público captaría las referencias esotéricas. El general Agamenón había sido un gran militar de una de las guerras legendarias de la historia humana, mucho antes de la creación de las máquinas pensantes que habían esclavizado a la humanidad, mucho antes de que la Jihad Butleriana hubiera liberado a la humanidad.
Por primera vez en sus catorce años, Leto sintió el peso de la leyenda sobre sus hombros. Intuyó una relación con los rostros y personalidades del infortunado pasado de su familia.
—Es mejor la fortuna no envidiada —recitaron a coro los ancianos—. Preferible a saquear ciudades, mejor que seguir las órdenes de los demás.
Antes de zarpar hacia Troya, Agamenón había sacrificado a su propia hija para que los dioses le concedieran vientos favorables. Su desdichada esposa, Clitemnestra, había dedicado los diez años de ausencia de su marido a planear su venganza. Ahora, después de la batalla final de la guerra de Troya, se había encendido una hilera de hogueras a lo largo de la costa, con el fin de comunicar la victoria al país.
—Toda la acción transcurre fuera del escenario —murmuró Paulus, aunque nunca había sido un buen lector ni crítico literario. Vivía el momento, exprimía cada gota de la experiencia y el éxito. Prefería pasar el tiempo con su hijo o sus soldados—. Todo el mundo se queda quieto ante el decorado, a la espera de la llegada de Agamenón.
Paulus aborrecía la inacción, siempre repetía a su hijo que era mejor una decisión equivocada que no tomar ninguna. En la obra, Leto pensaba que el viejo duque se identificaba con el gran general, un hombre de su agrado.
El coro de ancianos siguió recitando, Clitemnestra salió del palacio para pronunciar un discurso, y el coro continuó de nuevo. Un heraldo, que fingía haber desembarcado, llegaba al escenario, besaba el suelo y recitaba un largo soliloquio.
—¡Agamenón, glorioso rey! Mereces nuestra gozosa bienvenida por haber aniquilado Troya y la patria de los troyanos. Los altares de nuestros enemigos yacen en ruinas, ya no confortan a sus dioses, y sus terrenos están yermos.
Guerra y destrucción. Leto pensó en la juventud de su padre, cuando había luchado por el emperador, aplastando una sangrienta rebelión en Ecaz y vivido aventuras con su amigo Dominic, ahora conde de la Casa Vernius, de Ix. Cuando se encontraba a solas con Leto, el viejo duque hablaba a menudo de aquellos tiempos con nostalgia indisimulada.
En las sombras de su palco, Paulus exhaló un sonoro suspiro, sin ocultar su aburrimiento. Lady Helena le fulminó con la mirada, devolvió su atención a la obra y compuso una sonrisa más plácida todavía, por si alguien la miraba. Leto dedicó a su padre una mueca de compasión, y Paulus le guiñó un ojo. El duque y su esposa interpretaban sus papeles a la perfección.
Por fin, el victorioso Agamenón llegó al escenario en un carro, acompañado por su amante, botín de guerra, la profetisa medio loca Casandra. Entretanto, Clitemnestra se preparaba para la aparición de su odiado esposo, al tiempo que fingía amor y devoción.
El viejo Paulus hizo ademán de aflojarse el cuello del uniforme, pero Helena le apartó la mano. Su sonrisa no varió un ápice.
Leto sonrió para sí al presenciar aquel ritual, tan frecuente entre sus padres. Su madre se esforzaba siempre por conservar lo que llamaba «sentido del decoro», mientras el viejo se comportaba con bastante menos formalidad. Mientras su padre le había enseñado numerosas cosas sobre el arte de gobernar y el liderazgo, lady Helena había educado a su hijo en protocolo y estudios religiosos.
Richese por nacimiento, lady Helena Atreides había nacido en una Casa importante que había perdido casi todo su poder y prestigio por culpa de ambiciones económicas fracasadas e intrigas políticas. Después de haber sido expulsada del gobierno de Arrakis, la familia de Helena había salvado parte de su respetabilidad gracias a un matrimonio de conveniencia con los Atreides. Varias de sus hermanas habían contraído matrimonio con miembros de otras Casas.
A pesar de sus evidentes diferencias, en cierta ocasión el viejo duque había confesado a Leto que había amado con todo su corazón a Helena durante los primeros años de su unión. Con el tiempo, la relación se había degradado, y había tenido muchas amantes y tal vez algunos hijos ilegítimos, aunque Leto era su único heredero oficial. A medida que transcurrían las décadas, se cimentó una enemistad entre marido y mujer, lo cual provocó profundas desavenencias. Ahora, su matrimonio era una estricta cuestión política.
—Para empezar, me casé por política, muchacho —le había dicho—. Nunca se me habría ocurrido otra cosa. En nuestra posición, el matrimonio es una herramienta. Si intentas añadir amor a la mezcla, todo se estropea.
A veces Leto se preguntaba si Helena había amado en algún momento a su padre, o sólo su posición y título. Últimamente daba la impresión de que había asumido el papel de asesora de imagen oficial de Paulus. Siempre se esforzaba en mantenerle elegante y presentable. Significaba mucho, tanto para su reputación como para la de él.
En el escenario, Clitemnestra dio la bienvenida a su marido y extendió tapices púrpura sobre el suelo para que caminara sobre ellos. Rodeado de una gran pompa, al son de las fanfarrias, Agamenón entró en su palacio, mientras la profetisa Casandra, muda de terror, se negaba a entrar. Preveía su propia muerte y el asesinato del general. Nadie le hacía caso, por supuesto.
Por mediación de canales políticos cultivados con sumo tacto, la madre de Leto mantenía contactos con otras Casas poderosas, en tanto el duque Paulus tejía sólidos vínculos con el pueblo llano de Caladan. Los duques Atreides se dedicaban al servicio de sus súbditos, y cobraban sólo lo que era justo, a partir de sus negocios familiares. Era una familia acaudalada, aunque no en exceso, y no expoliaba a sus ciudadanos.
En la obra, cuando el general recién llegado iba al baño, su traicionera esposa le aderezaba con una bata púrpura y le cosía a puñaladas, junto con su amante.
—¡Dioses! ¡Me han asestado una puñalada mortal! —se lamentaba Agamenón desde fuera del escenario.
El viejo Paulus sonrió y se inclinó hacia su hijo.
—He matado a muchos hombres en el campo de batalla, pero nunca he oído decir eso a ninguno mientras moría.
Helena le hizo callar.
—¡Los dioses me protejan, otra puñalada! ¡Moriré! —gritaba Agamenón.
Mientras el público estaba absorto en la tragedia, Leto intentó analizar la situación y cómo se relacionaba con su vida. Al fin y al cabo, se suponía que era la herencia familiar.
Clitemnestra admitió el asesinato, proclamó el derecho a vengarse de su marido por el sangriento sacrificio de su hija, por acostarse con putas en Troya y por haber traído a su amante, Casandra, a su propia casa.
—Glorioso rey —lloriqueó el coro—, nuestro afecto es ilimitado, nuestras lágrimas interminables. La araña os ha atrapado en la siniestra red de la muerte.
El estómago de Leto se revolvió. La Casa Atreides había cometido horribles maldades en el pasado lejano. Pero la familia había cambiado, tal vez instigada por los fantasmas de la historia. El viejo duque era un hombre de honor, respetado por el Landsraad y amado por su pueblo. Leto confiaba en estar a su altura cuando llegara el momento de tomar las riendas de la Casa Atreides.
Se recitaron los últimos versos de la obra, los actores se adelantaron hasta el borde del escenario y dedicaron una reverencia a los líderes políticos y económicos congregados, ataviados con sus mejores galas.
—Bien, me alegro de que haya terminado —suspiró Paulus, mientras se encendían las luces del teatro. El viejo duque se puso en pie y besó la mano de su esposa, al tiempo que salían del palco real—. Adelántate, querida. He de hablar con Leto. Espéranos en la sala de recepciones.
Helena miró un momento a su hijo y se alejó por el pasillo del antiguo teatro de piedra y madera. Su mirada denotaba que sabía muy bien las intenciones de Paulus, pero se plegaba a la arcaica tradición de que los hombres hablaban de «asuntos importantes» mientras las mujeres se ocupaban de otras cosas.
Mercaderes, hombres de negocios importantes y otros respetados miembros de la comunidad empezaron a invadir el pasillo, mientras bebían vino de Caladan y comían canapés.
—Por aquí, muchacho —dijo el duque, al tiempo que se internaba por un pasadizo que corría detrás del escenario.
Leto y él pasaron ante dos guardias, que saludaron. Después subieron cuatro pisos en ascensor, hasta llegar a un camerino dorado. Globos de cristal de Balut flotaban en el aire y proyectaban un cálido resplandor anaranjado. En otro tiempo vivienda de un legendario actor caladano, la cámara estaba reservada ahora para el uso exclusivo de los Atreides y sus consejeros más íntimos, en momentos que exigían privacidad.
Leto se preguntó por qué su padre le había llevado allí.
Después de cerrar la puerta a su espalda, Paulus se acomodó en una butaca flotante verde y negra, e indicó a Leto que tomara asiento delante de él. El joven obedeció y ajustó los controles para que la butaca se elevara en el aire, hasta que sus ojos quedaron a la misma altura de los de su padre. Leto sólo hacía esto en privado, ni siquiera delante de su madre, que habría tachado aquel comportamiento de inapropiado e irrespetuoso. Por contra, el viejo duque consideraba que la audacia y arrojo de su hijo constituían un divertido reflejo de su personalidad cuando era joven.
—Ya eres mayor, Leto —empezó Paulus, y extrajo una trabajada pipa de madera de un compartimiento en el brazo de la butaca. No perdió el tiempo con vaguedades—. Has de aprender más cosas de las que hay aquí. Por lo tanto, voy a enviarte a Ix a estudiar.
Examinó al joven de cabello negro tan parecido a su madre, pero de una piel más olivácea. Tenía la cara estrecha, de ángulos pronunciados y profundos ojos grises.
¡Ix! El pulso de Leto se aceleró. El planeta máquina. Un lugar extraño y misterioso. Todo el Imperio conocía la increíble tecnología e innovaciones del intrigante planeta, pero pocos forasteros lo habían pisado. Leto se sintió desorientado, como si estuviera de pie sobre el puente de un barco en plena tormenta. A su padre le encantaba dar sorpresas de ese estilo, para ver cómo reaccionaba Leto ante una situación inesperada.
Los ixianos guardaban un estricto secreto acerca de sus actividades industriales. Se rumoreaba que operaban en los límites de la legalidad, que fabricaban aparatos casi susceptibles de violar las prohibiciones de la Jihad contra las máquinas pensantes. ¿Por qué me envía mi padre a semejante lugar, y cómo lo ha arreglado? ¿Por qué nadie me ha pedido la opinión?
Una robomesa emergió del suelo al lado de Leto, con un vaso escarchado de ácido cítrico. Los gustos del joven eran conocidos, de la misma manera que se sabía que el viejo duque sólo querría la pipa. Leto tomó un sorbo de la bebida y frunció los labios.
—Estudiarás allí un año —prosiguió Paulus—, acorde con las tradiciones de las Grandes Casas aliadas. Vivir en Ix significará un contraste con nuestro bucólico planeta. Aprende de él.
Contempló la pipa que sostenía. Tallada en madera de jacarandá elaccana, era de un marrón intenso y destellaba a la luz arrojada por los globos.
—¿Habéis estado allí, señor? —Leto sonrió cuando recordó—. Para ver a vuestro camarada Dominic Vernius, ¿verdad?
Paulus tocó el botón de combustión situado en un costado de la pipa, el cual encendía el tabaco, que era en realidad un alga marina rica en nicotina. Dio una larga bocanada y exhaló humo.
—En muchas ocasiones. Los ixianos forman una sociedad aislada y desconfían de los forasteros. En consecuencia, tendrás que soportar muchas precauciones de seguridad, interrogatorios y escaneos. Saben que bajar la guardia, siquiera un instante, podría ser fatal. Tanto las Grandes Casas como las Menores codician lo que Ix posee, y querrían arrebatárselo.
—Richese, por ejemplo —dijo Leto.
—No digas eso a tu madre. Richese sólo es una sombra de lo que fue, porque Ix los derrotó en una guerra económica total. —Se inclinó hacia adelante—. Los ixianos son unos maestros del sabotaje industrial y las apropiaciones de patentes. En la actualidad, los richesianos sólo saben hacer copias baratas carentes de innovaciones.
Leto reflexionó sobre estos comentarios, que eran nuevos para él. El viejo duque exhaló humo, con los carrillos hinchados y un temblor en la barba.
—En deferencia a tu madre, muchacho, hemos filtrado la información que acabas de oír. La Casa Richese fue una pérdida de lo más trágica. Tu abuelo, el conde Ilban Richese, tenía familia numerosa, y pasaba más tiempo con su prole que vigilando los negocios. No es sorprendente que sus hijos crecieran muy mimados y dilapidaran su fortuna.
Leto asintió, atento como siempre a las palabras de su padre. No obstante, ya sabía más de lo que Paulus imaginaba. Había visto en privado holograbaciones y videolibros que sus profesores habían dejado a su alcance por descuido. Sin embargo, ahora pensó que tal vez todo se trataba de un plan preconcebido para abrirle la historia de la familia de su madre como una flor, de pétalo en pétalo.
Junto con su interés familiar por Richese, Leto siempre había considerado a Ix igualmente intrigante. En otro tiempo competidor industrial de Richese, la Casa Vernius de Ix había sobrevivido como centro tecnológico. La poderosa familia real de Ix era de las más ricas del Imperio, y él iba a estudiar allí.
Las palabras de su padre interrumpieron sus pensamientos.
—Tu compañero de aprendizaje será el príncipe Rhombur, heredero del noble título de Vernius. Espero que os llevéis bien. Sois de la misma edad.
El príncipe de Ix. Ojalá que no fuera un crío mimado, como tantos hijos de las poderosas familias del Landsraad. ¿Por qué no podía ser una princesa, con la cara y la figura de la hija del banquero de la Cofradía que había conocido el mes anterior en el Baile del Solsticio de la Marea?
—Bien… ¿cómo es el príncipe Rhombur? —preguntó.
Paulus rió, insinuando toda una vida de anécdotas picantes.
—Pues no lo sé. Hace mucho tiempo que no veo a Dominic ni a su esposa Shando. —Sonrió, como por obra de un chiste privado—. Ay, Shando… Era una concubina imperial, pero Dominic se la robó al viejo Elrood ante sus mismísimas narices. —Lanzó una sonora carcajada—. Ahora tienen un hijo… y también una hija. Se llama Kailea.
El duque continuó, con una sonrisa enigmática.
—Tienes mucho que aprender, hijo mío. Dentro de un año, los dos vendréis a estudiar a Caladan, un intercambio de servicios pedagógicos. Rhombur y tú seréis trasladados a los campos de arroz pundi de los pantanos del continente sur, viviréis en cabañas y trabajaréis en los arrozales. Viajaréis bajo el mar en una cámara de Nells, y bucearéis para extraer gemas coralinas. —Sonrió y palmeó el hombro de su hijo—. Hay cosas que las aulas y los videolibros no enseñan.
—Sí, señor.
Inhaló la dulzura del tabaco de alga marina. Frunció el ceño, y confió en que el humo hubiera ocultado su expresión. Aquel drástico e inesperado cambio en su vida no le hacía ninguna gracia, pero respetaba a su padre. A base de muchas duras lecciones, Leto había aprendido que el viejo duque sabía muy bien de qué hablaba, y que sólo albergaba el deseo de procurar que su hijo siguiera sus pasos.
El duque se reclinó en su butaca flotante, que osciló en el aire.
—Muchacho, sé que esto no te complace en demasía, pero será una experiencia vital para ti y para el hijo de Dominic. Aquí, en Caladan, aprenderéis nuestro mayor secreto: cómo ganarse la total lealtad de nuestros súbditos, por qué confiamos en nuestro pueblo implícitamente, al contrario que los ixianos.
Paulus se puso serio.
—Hijo mío, esto es más esencial que cualquier cosa que hayas aprendido en un mundo industrial: la gente es más importante que las máquinas.
Era un adagio que Leto había escuchado con frecuencia, una frase tan importante para él como respirar.
—Por eso nuestros soldados luchan tan bien.
Paulus se inclinó y dio una última chupada a la pipa.
—Un día serás duque, muchacho, patriarca de la Casa Atreides y respetado representante en el Landsraad. Tu voz será igual a la de cualquier otro gobernante de las Grandes Casas. Es una gran responsabilidad.
—Estaré a la altura.
—Estoy seguro, Leto… pero relájate un poco. El pueblo sabe cuándo no eres feliz, y cuando su duque no es feliz, la población no es feliz. Has de dejar que la presión fluya por encima y a través de ti. De esa forma no podrá perjudicarte. —Extendió un dedo admonitorio—. Diviértete más.
Diviértete. Leto pensó una vez más en la hija del banquero de la Cofradía, imaginó la redondez de sus pechos y caderas, el mohín húmedo de sus labios, la forma incitadora en que le había mirado.
Tal vez no era tan serio como su padre pensaba…
Tomó otro sorbo de zumo.
—Señor, con vuestra lealtad demostrada, con la reconocida fidelidad de los Atreides a sus aliados, ¿por qué los ixianos nos someten a sus procedimientos de interrogatorio? ¿Creéis que un Atreides, con todo lo que ha sido inculcado en él, podría convertirse en un traidor? ¿Podríamos llegar a ser algún día como… como los Harkonnen?
El viejo duque frunció el entrecejo.
—En una época no fuimos tan diferentes de ellos, pero hay historias que aún no estás preparado para escuchar. Recuerda la obra que acabamos de ver. —Alzó un dedo—. Las cosas cambian en el Imperio. Las alianzas se forman y disuelven a capricho.
—Nuestras alianzas no.
Paulus miró los ojos grises del joven, y después desvió la mirada hacia el rincón donde el humo de su pipa remolineaba.
Leto suspiró. Quería saber muchas cosas, y cuanto antes, pero se lo administraban a pequeñas dosis, como los petit fours que su madre ofrecía en las fiestas.
Oyeron a la gente abandonar el teatro antes de la siguiente representación de Agamenón. Los actores descansarían, se cambiarían de vestimenta y se prepararían para otro público.
Leto, sentado en la sala privada con su padre, se sintió más hombre que nunca. Tal vez la siguiente vez también encendería una pipa. Tal vez bebería algo más fuerte que zumo de cidrit. Paulus le miraría con orgullo en los ojos.
Leto sonrió y trató de imaginarse como duque Atreides, pero experimentó un intenso sentimiento de culpa cuando reparó en que su padre tendría que morir antes de poder ponerse en el dedo el anillo de sello ducal. No deseaba esa circunstancia, y dio gracias de que todavía faltara mucho tiempo. Demasiado para pensar en ello.
Cofradía Espacial: una columna del trípode político que sustenta la Gran Convención. La Cofradía fue la segunda escuela de adiestramiento fisicomental (véase Bene Gesserit) después de la Jihad Butleriana. El monopolio de la Cofradía de los viajes y transportes espaciales, así como de la banca internacional, se considera el punto de arranque del Calendario Imperial.
Terminología del Imperio
Desde la posición privilegiada que le dispensaba el Trono del León Dorado, el emperador Elrood IX miró con ceño al hombre de anchas espaldas y expresión confiada que se erguía al pie del estrado real con una bota apoyada en el primer peldaño. Calvo como la bola de mármol de una balaustrada, el conde Dominic Vernius aún se comportaba como un héroe de guerra popular y condecorado, pese a que sus días de gloria habían pasado hacía mucho tiempo. Elrood dudaba que alguien los recordara.
El chambelán imperial, Aken Hesban, se plantó junto al visitante y ordenó con tono brusco que apartara el pie ofensor. Hesban tenía la cara demacrada, y la boca enmarcada por un largo bigote. Los últimos rayos del sol del atardecer arrojaban franjas sobre la parte superior de una pared, brillantes ríos dorados que se colaban por las estrechas ventanas en forma de prisma.
El conde Vernius de Ix apartó el pie, tal como le habían ordenado, pero siguió mirando con cordialidad a Elrood. El emblema ixiano, una hélice púrpura y cobre, adornaba el cuello del manto de Dominic. Si bien la Casa Corrino era muchísimo más poderosa que la familia regente de Ix, Dominic tenía la enloquecedora costumbre de tratar al emperador como a un igual, como si su historia pasada (buena y mala) le permitiera prescindir de las formalidades. El chambelán Hesban no lo aprobaba en absoluto.
Décadas atrás, Dominic había mandado legiones de tropas imperiales durante las cruentas guerras civiles, y desde entonces no había respetado al emperador como era debido. Más tarde, Elrood se había metido en problemas políticos con ocasión de su impulsivo matrimonio con Habla, su cuarta esposa, y varios líderes del Landsraad se habían visto obligados a utilizar el poderío militar de su Casa para imponer de nuevo la estabilidad. La Casa Vernius de Ix se contaba entre esos aliados, al igual que la de Atreides.
Dominic sonrió bajo su extravagante bigote y miró a Elrood con expresión cansada. El viejo buitre no se había ganado el trono por obra de grandes hazañas ni por compasión. En cierta ocasión, el tío abuelo de Dominic, Gaylord, había dicho: «Si has nacido para detentar el poder, has de demostrar que lo mereces mediante buenas obras… o renunciar. Hacer menos es actuar sin conciencia.»
Dominic, plantado sobre el suelo de cuadrados de piedra pulidos, que en teoría procedían de todos los planetas del Imperio, aguardaba con impaciencia a que Elrood hablara. ¿Un millón de planetas? Es imposible que haya tantas piedras aquí, aunque no quiero ser el que las cuente.
El chambelán le miró como si su dieta se redujera a leche agria. No obstante, el conde Vernius conocía las reglas del juego y se negó a impacientarse, se negó a preguntar el motivo de que le hubieran convocado. Se mantuvo inmóvil y sonrió al anciano. La expresión y los ojos chispeantes de Dominic implicaban que conocía muchos más secretos vergonzosos del anciano de los que su mujer, Shando, le había confesado, pero sus propias sospechas irritaban a Elrood, como si tuviera hincada en el costado una espina de Elaccan.
Algo se movió a la derecha, y Dominic distinguió en las sombras de una puerta arqueada a una mujer ataviada de negro, una de aquellas brujas Bene Gesserit. No vio su cara, oculta en parte por una capucha. Famosas acaparadoras de secretos, las Bene Gesserit siempre acechaban en las cercanías de los centros de poder, espiaban y manipulaban sin cesar.
—No te preguntaré si es cierto, Vernius —dijo por fin el emperador—. Mis fuentes son de absoluta solvencia, y sé que has cometido este terrible acto. ¡Tecnología ixiana! ¡Puaj!
Fingió escupir con sus labios arrugados. Dominic no puso los ojos en blanco. Elrood siempre sobrestimaba la eficacia de sus gestos melodramáticos.
Dominic no borró su sonrisa, una espléndida demostración de buena dentadura.
—No soy consciente de haber cometido un «acto terrible», señor. Preguntad a vuestra Decidora de Verdad, si no me creéis. —Desvió la vista hacia la Bene Gesserit vestida de negro.
—Pura retórica. No te hagas el tonto, Dominic.
El aludido se limitó a esperar, para que el emperador se viera obligado a acusarle de algo concreto.
Elrood resopló, y el chambelán le imitó.
—¡Maldita sea, el diseño de tu nuevo Crucero permitirá que la Cofradía, gracias a su abusivo monopolio del transporte espacial, aumente el volumen de sus cargamentos en un dieciséis por ciento!
Dominic hizo una reverencia sin dejar de sonreír.
—De hecho, mi señor, hemos conseguido un aumento del dieciocho por ciento. Se trata de una mejora sustancial respecto al diseño anterior, que no sólo implica un casco nuevo sino una tecnología de los escudos que pesa menos y ocupa menos espacio. Por lo tanto, aumento de eficacia. Ése es el meollo de la innovación ixiana, que por lo demás ha cimentado la grandeza de la Casa Vernius a lo largo de los siglos.
—Tu alteración reduce el número de vuelos que ha de hacer la Cofradía para transportar la misma cantidad de cargamento.
—Naturalmente, señor. —Dominic miró al anciano como si su estupidez fuera infinita—. Si aumentáis la capacidad de cada Crucero, reducís el número de vuelos necesarios para transportar la misma cantidad de material. Una sencilla cuestión de matemáticas.
—Vuestro nuevo diseño ha causado grandes contratiempos a la Casa Imperial, conde Vernius —dijo Aken Hesban, mientras aferraba el collar de su cargo oficial como si fuera un pañuelo. Sus bigotes caídos parecían los colmillos de una morsa.
—Bien, imagino que soy capaz de comprender los miopes motivos de vuestra preocupación, señor —repuso Dominic, sin dignarse a mirar al pomposo chambelán. Los impuestos imperiales se basaban en el número de vuelos, no en el volumen de la carga, y el nuevo diseño del Crucero aparejaría una reducción en los ingresos de la Casa Corrino.
Dominic abrió sus manos surcadas de cicatrices, al tiempo que componía su expresión más razonable.
—¿Cómo podéis pedir que detengamos el progreso? Ix no ha violado los términos de la Gran Revolución. Contamos con el pleno apoyo de la Cofradía Espacial y el Landsraad.
—¿Lo hiciste a sabiendas de que incurrirías en mi ira?
Elrood se inclinó hacia adelante, cada vez más parecido a un buitre.
—¡Por favor, señor! —sonrió Dominic, desdeñando las preocupaciones del emperador—. Los sentimientos personales no pueden interferir en la marcha del progreso.
Elrood se levantó del trono. Sus ropajes oficiales colgaron como toldos sobre su cuerpo esquelético.
—No puedo volver a negociar con la Cofradía un impuesto basado en el tonelaje métrico, Dominic. ¡Ya lo sabes!
—Y yo no puedo cambiar las sencillas leyes de la economía y el comercio. —Dominic sacudió su cabeza reluciente y se encogió de hombros—. Se trata de negocios, Elrood.
Los funcionarios de la corte lanzaron una exclamación ahogada, debido a la familiaridad con que Dominic Vernius tuteaba al emperador.
—Id con cuidado —advirtió el chambelán.
Dominic
