¡Voto a Bríos! (Mundodisco 21)

Terry Pratchett

Fragmento

Terry Pratchett es uno de los escritores más populares en la actualidad y el segundo en ventas del Reino Unido después de J. K. Rowling. Su aclamada serie del Mundodisco, de la cual lleva vendidos más de treinta y dos millones de ejemplares, está siendo publicada en cuarenta países y cada nueva entrega es recibida con ansia por todos sus admiradores. ¿Su secreto? Nada escapa a la mirada inteligente, desenfadada e irónica de este autor que, en la mejor tradición satírica británica, subvierte todos los géneros. De la serie del Mundodisco han sido traducidos al castellano El color de la magia, La luz fantástica, Ritos iguales, Mort, Rechicero, Brujerías, Pirómides, ¡Guardias! ¿Guardias?, Imágenes en acción, El segador, Brujas de viaje, Dioses menores, Lores y damas, Hombres de armas, Soul Music, El país del fin del mundo, Eric, Tiempos interesantes, Mascarada, Pies de barro, Papá puerco, ¡Voto a bríos!, Carpe Jugulum, El quinto elefante y La verdad.

Biblioteca

TERRY PRATCHETT

¡Voto a bríos!

Una novela del Mundodisco

Traducción de Javier Calvo

Título original: Jingo

Primera edición en Debolsillo: enero, 2009 © 1997, Terry y Lyn Pratchett

Publicado originalmente por Victor Gollancz Ltd., un sello de Orion Publishing Group Ltd., Londres

© 2007, Random House Mondadori, S. A.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

© 2007, Javier Calvo Perales, por la traducción

Colaborador editorial: Manu Viciano copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Printed in Spain – Impreso en España

ISBN: 978-84-8346-840-1 (vol. 342/22)

Depósito legal: B-45727-2008

Fotocomposición: Lozano Faisano, S. L. (L’Hospitalet) Impreso en Novoprint, S. A.

Energia, 53. Sant Andreu de la Barca (Barcelona) P 8 6 8 4 0 1

Era una noche sin luna, lo que era estupendo para los propósitos de Sólido Jackson.

Se dedicaba a pescar calamares curiosos, que se llamaban así porque, además de ser calamares, eran curiosos. Es decir, lo que tenían de curioso era su curiosidad.

Poco después de sentir curiosidad por el farol que Sólido había colgado en la popa de su barca, empezaron a sentir curiosidad por la forma en que varios de los suyos desaparecían de repente en dirección al cielo con sonidos de salpicadura.

Algunos de ellos incluso sintieron curiosidad —una curiosidad muy, muy breve— por una cosa afilada y con púas que se les acercaba muy deprisa.

Los calamares curiosos eran extremadamente curiosos. Por desgracia, no se les daba muy bien asociar ideas.

Se tardaba mucho en llegar a aquel caladero, pero para Sólido el viaje solía valer la pena. Los calamares curiosos eran muy pequeños, inofensivos, difíciles de encontrar y, según los gourmets, tenían el sabor más asqueroso de todas las criaturas en el mundo. Esto hacía que estuvieran muy buscados en cierta clase de restaurantes donde los chefs más cualificados preparaban con gran esmero platos en los que no había ni el más mínimo rastro del calamar.

El problema de Sólido Jackson era que aquella noche, una noche de luna nueva en la temporada de desove, cuando los calamares sentían una curiosidad especial por todo, parecía que el chef había estado trabajando en el mismo mar.

No había ni un solo ojo interesado a la vista. Tampoco había otros peces, y eso que por lo general la luz solía atraer a unos cuantos. Él había vislumbrado uno. Estaba dedicándose a surcar el agua muy deprisa y en línea recta.

Sólido dejó el tridente y caminó hasta la otra punta del barco, donde su hijo Les también estudiaba concienzudamente el mar iluminado por la llama del farol.

—Nada de nada en media hora —dijo Sólido.
—¿Seguro que estamos en el sitio bueno, papá?

Sólido atisbó el horizonte. Había un leve resplandor en el cielo que señalaba la ciudad de Al-Khali, en la costa klatchiana. Se dio la vuelta. El otro horizonte, por su parte, también resplandecía con las luces de Ankh-Morpork. La barca se mecía suavemente a medio camino entre ambas.

—Claro que sí —dijo, pero la convicción se apartó con disimulo de sus palabras.

Porque el mar estaba en silencio. No tenía buen aspecto. La barca se bamboleaba un poco, pero se debía al movimiento de ellos, no a ninguna oscilación de las olas.

La sensación era la misma que cuando iba a haber una tormenta. Pero las estrellas titilaban suavemente y no había ni una nube en el cielo.

Las estrellas de encima de la superficie del agua también titilaban. Y eso sí que era algo que no se veía a menudo.

—Supongo que tendríamos que ir yéndonos —dijo Sólido. Les señaló la vela marchita.
—¿Y con qué viento vamos a hacerlo, papá?

Fue entonces cuando oyeron el chapoteo de unos remos. Sólido, entrecerrando mucho los ojos, pudo distinguir a duras penas el contorno de otra barca que se acercaba a ellos. Agarró el bichero.

—¡Sé que eres tú, hijoputa ladrón extranjero!

Los remos se detuvieron. Una voz trinó sobre el agua.

—¡Ojalá te devore un millar de demonios, maldita persona! La otra barca flotó hacia ellos. Tenía aspecto extranjero, con unos ojos pintados en la proa.

—Los has pescado tú todos, ¿verdad? ¡Vas a probar mi tridente como la escoria rastrera que eres!

—¡Mi hoja curva irá a tu cuello, inmundo hijo de un perro de género femenino!

Les se asomó por el costado de la barca. En la superficie del mar gorgoteaban burbujitas.

—¿Papá? —llamó.
—¡Ese de ahí es Arif el Grasiento! —exclamó su padre—. ¡Míralo bien! ¡Lleva años viniendo aquí y robándonos nuestros calamares, ese mal bicho mentiroso!

—Papá, hay…
—¡Tú ponte a los remos y yo le voy a romper esos dientes negros que tiene!

El joven Les oyó que una voz en la otra barca decía:
—… fíjate, hijo mío, en cómo ese taimado ladrón de peces… —¡Rema! —le gritó su padre.
—¡A los remos! —gritó alguien en la barca de al lado. —Pero ¿de quién son esos calamares, papá? —preguntó Les. —¡Nuestros! —¿Cómo, aun antes de que los pesquemos?
—¡Tú calla y rema!
—¡No puedo mover la barca, papá, hemos encallado en algo!

—¡Aquí hay cien brazas de profundidad, chaval! ¿Con qué nos vamos a encallar?

Les intentó desenganchar un remo de la cosa que emergía lentamente del mar espumeante.

—¡Parece un… un pollo, papá!

De debajo de la superficie llegó un ruido. Sonaba como el tañido de una campana o un gong que se balanceara lentamente.

—¡Los pollos no saben nadar! —¡Es de hierro, papá!

Sólido fue atropelladamente a la parte de atrás de la barca. Y en efecto era un pollo, hecho de hierro. Estaba cubierto de algas y conchas y chorreaba agua al alzarse frente al telón de las estrellas.

Estaba posado en una percha en forma de cruz.

Parecía haber una letra en cada uno de los cuatro extremos de la cruz.

Sólido le acercó el farol.
—¿Qué dem…?

Tiró del remo hasta soltarlo y se sentó junto a su hijo. —¡Rema como alma que lleva el diablo, Les!
—¿Qué está pasando, papá?
—¡Calla y rema! ¡Aléjanos de esa cosa!
—¿Es un monstruo, papá?
—¡Es peor que un monstruo, hijo! —gritó Sólido, mientras los remos se hincaban en el agua.

La cosa estaba ahora bastante arriba, posada en una especie de torre…

—¿Qué es, papá? ¡¿Qué es?! —¡Es una maldita veleta!

En términos generales, no tuvo lugar demasiada emoción geológica. El hundimiento de los continentes sí que solía ir acompañado de volcanes, terremotos y hordas de barquitos llenos de ancianos ansiosos por construir pirámides, y círculos místicos de piedras en alguna nueva tierra donde cupiera esperar que ser el poseedor de una antigua y genuina sabiduría esotérica atraería a las chicas. Pero el ascenso de aquel apenas generó una onda en el esquema puramente físico de las cosas. Regresó de forma más o menos furtiva, como un gato que ha pasado unos días fuera de casa y sabe que te has estado preocupando.

En las orillas del Mar Circular una ola grande, ya de menos de dos metros para cuando las alcanzó, causó algún que otro comentario. Y en algunas de las marismas más bajas el agua inundó algunas aldeas de gente que no le importaba mucho a nadie. Pero en un sentido puramente geológico, no pasó gran cosa.

En un sentido puramente geológico.

—¡Es una ciudad, papá! Mira, se ven todas las ventanas y… —¡Te he dicho que te calles y sigas remando!

El agua del mar bajaba por las calles. A ambos lados emergían de la espuma, lentos y borboteando, edificios enormes y recubiertos de algas.

Padre e hijo lucharon por mantener algún control sobre la barca mientras ésta era arrastrada. Y como la primera lección del arte de remar es que hay que hacerlo mirando hacia el lado incorrecto, no vieron la otra barca…

—¡Lunático!
—¡Hombre insensato!
—¡Ni se te ocurra tocar ese edificio! ¡Esta tierra pertenece a Ankh-Morpork!

Las dos barcas giraron, presas de un remolino momentáneo. —¡Reclamo esta tierra en nombre del serif de Al-Khali! —¡Nosotros la vimos primero! ¡Les, dile que nosotros la vimos primero!

—¡Nosotros la vimos primero antes de que vosotros la vierais primero!

—¡Les, tú lo has visto, ha intentado pegarme con el remo! —Pero papá, tú estás moviendo ese tridente…
—¡Fíjate en su forma ladina de atacarnos, Akhan!

Se oyó un rechinar por debajo de la quilla de ambas barcas y las dos empezaron a escorarse mientras se quedaban posadas sobre el lodo del fondo marino.

—Mira, padre, hay una estatua interesante…
—¡Ha puesto su pie en suelo klatchiano! ¡Ese ladrón de calamares!

—¡Saca tus asquerosas sandalias del territorio ankh-morporkiano!

—Oh, papá…

Los dos pescadores dejaron de gritarse, principalmente a fin de recuperar el aliento. Los cangrejos se alejaban correteando. El agua caía a chorros por entre las matas de algas, dejando surcos en el cieno gris.

—Padre, mira, todavía quedan azulejos de colores en el… —¡Son míos! —¡Son míos!

La mirada de Les encontró la de Akhan. Intercambiaron un vistazo muy breve que sin embargo estaba modulado con una cantidad considerable de información, partiendo de la vergüenza de tamaño galáctico por tener padres y subiendo a partir de ahí.

—Papá, no tenemos que… —empezó a decir Les.
—¡Tú te callas! ¡Estoy pensando en tu futuro, chaval! —Sí, pero ¿a quién le importa quién lo vio primero, papá? ¡Todos estamos a cientos de kilómetros de casa! O sea,

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