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Azoth estaba agachado en el callejón y el lodo frío se le metía entre los dedos de los pies. Tenía la vista puesta en el estrecho hueco que había entre la pared y el suelo, e intentaba armarse de valor. Aún faltaban horas para que amaneciera y la taberna estaba vacía. En casi todos los tugurios de la ciudad el suelo era de tierra, pero esa parte de las Madrigueras estaba construida sobre terreno pantanoso y, como ni siquiera un borracho quiere beber con fango hasta los tobillos, habían elevado unos centímetros la taberna sobre unos pilares de madera y habían entarimado el suelo con cañas grandes de bambú.
A veces se colaban monedas por las rendijas entre las cañas, y aquel espacio entre el bambú y la tierra era tan estrecho que pocos podían arrastrarse por él para recogerlas. Los mayores de la hermandad eran demasiado corpulentos y los pequeños tenían demasiado miedo para adentrarse en aquella oscuridad asfixiante, compartida con arañas, cucarachas, ratas y el perverso gato semisalvaje del dueño. Lo peor era que las cañas de bambú se combaban y presionaban contra la espalda cuando los parroquianos caminaban encima. Durante un año había sido el lugar favorito de Azoth, pero ya no era tan pequeño como antes. La última vez se había quedado atascado, y pasó varias horas aterrado hasta que una lluvia providencial reblandeció la tierra lo suficiente para que pudiera salir escarbando.
Esa noche había barro, no llegarían más clientes y Azoth había visto irse al gato. En principio no deberían surgir problemas. Ade
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más, debía pagar la cuota de la hermandad a Rata el día siguiente, y no tenía los cuatro cobres, ni siquiera uno, así que no había otra elección. Rata no era comprensivo ni consciente de su propia fuerza. Sus palizas habían matado a más de un pequeño.
Apartó el barro a los lados y se tumbó boca abajo. La tierra mojada le empapó la túnica, fina y mugrienta, al instante. Tendría que trabajar rápido. Estaba en los huesos y, si se resfriaba, ya podía ir despidiéndose de este mundo.
Empezó a arrastrarse a toda prisa por la oscuridad en busca del brillo delator del metal. La taberna aún tenía un par de lámparas encendidas, y la luz se filtraba por las rendijas del suelo de bambú, dibujando extraños rectángulos sobre el lodo y el agua estancada. La niebla espesa del pantano ascendía por los haces de luz y volvía a caer. Las telarañas se rompían al pegarse a la cara de Azoth. De repente notó un cosquilleo en la nuca.
Se quedó inmóvil. Nada, imaginaciones suyas. Exhaló despacio. Avistó un destello, y cogió su primera moneda de cobre. Reptó hasta la viga de pino mal desbastada bajo la cual se había quedado atrapado la vez anterior y escarbó debajo hasta que el agujero se llenó de agua. Aun así, quedaba tan poco espacio que tuvo que ladear la cabeza. Contuvo el aliento, hundió la cara en el agua fangosa y comenzó a reptar.
Logró pasar la cabeza y los hombros por debajo de la viga, pero entonces un tocón de rama mal pulido se le enganchó en la túnica, rasgó la tela y se le clavó en la espalda. Estuvo a punto de gritar, pero se alegró al instante de no haberlo hecho. Por un resquicio más ancho entre las cañas de bambú, divisó a un hombre que bebía sentado a la barra. En las Madrigueras tenías que aprender a juzgar a primera vista. Aunque se tuviesen unas manos tan ligeras como las de Azoth, cuando se robaba a diario era inevitable que tarde o temprano te pillaran. Todos los mercaderes zurraban a los ratas de las hermandades cuando intentaban robarles; era la única forma de conservar algo de género que vender. El truco era escoger a los comerciantes que se limitaban a darte unas bofetadas para que no probases suerte con su puesto la próxima vez; otros propinaban tales palizas que ya no había próxima vez. Azoth cre
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yó ver algo bondadoso, triste y solitario en aquel personaje desgarbado. Debía de tener unos treinta años, llevaba una barba rubia desaliñada y una espada enorme al cinto.
—¿Cómo has podido abandonarme? —murmuró el hombre en voz tan baja que Azoth apenas pudo distinguir las palabras. Sostenía una jarra con la mano izquierda y algo en la palma derecha que Azoth no alcanzó a ver—. Después de todos estos años sirviéndote, ¿cómo me abandonas ahora? ¿Es por Vonda?
Azoth notó un picor en la pantorrilla. No hizo caso. Solo eran imaginaciones suyas otra vez. Estiró el brazo hacia atrás para desenganchar la túnica. Tenía que encontrar sus monedas y largarse de allí.
Algo pesado cayó sobre el entarimado de bambú, justo encima de Azoth. Las cañas se combaron, le hundieron la cara en el charco y se le cortó la respiración. Intentó coger aire y estuvo a punto de tragar agua.
—Vaya, vaya, Durzo Blint, eres una caja de sorpresas —dijo el peso que Azoth tenía encima. Por las rendijas entre las cañas no podía ver al recién llegado, tan solo una daga desenvainada. Debía de haberse dejado caer desde las vigas del techo—. Oye, que a mí me parece estupendo que no te dejes chantajear, pero tendrías que haber visto a Vonda cuando comprendió que no irías a salvarla. Casi se me saltan las lágrimas.
El hombre desgarbado se volvió en su taburete. Habló con voz lenta y cascada:
—Esta noche he matado a seis hombres. ¿Seguro que quieres que sean siete?
Azoth empezó a comprenderlo. El hombre desgarbado era el ejecutor Durzo Blint. Un ejecutor era con respecto a un asesino a sueldo lo que un tigre es con relación a un gatito. Entre los ejecutores, Durzo Blint era el mejor sin discusión. O, como decía el cabecilla de la hermandad de Azoth, por lo menos las discusiones no duraban mucho. «¿Y me había parecido que Durzo Blint era un hombre bondadoso?»
Volvió a notar un picor en la pantorrilla. No eran imaginaciones; algo se le había metido por las calzas y estaba trepándole por
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la pierna. Algo grande, aunque no tanto como una cucaracha. El miedo le hizo reconocer ese peso: una araña lobo blanca. Su veneno penetraba en la carne y luego iba extendiéndose en círculo. En caso de picadura, aun con los cuidados de un sanador, lo mejor que podía esperar un adulto era perder la extremidad. Un rata de hermandad no tendría tanta suerte.
—Blint, suerte tendrás si no te decapitas tú solo después de todo lo que has bebido. Solamente en el rato que llevo vigilando te has tomado...
—Ocho jarras. Y ya llevaba cuatro de antes.
Azoth siguió quieto. Si juntaba de golpe las piernas para aplastar a la araña, se oiría un chapoteo y los dos hombres se darían cuenta de que estaba allí abajo. Aunque Durzo Blint le hubiese dado la impresión de ser buena persona, aquello que llevaba era un pedazo de espada, y Azoth sabía que los adultos no eran de fiar.
—Es un farol —dijo el hombre, pero había un deje de miedo en su voz.
—Yo no me tiro faroles —replicó Durzo Blint—. ¿Por qué no invitas a entrar a tus amigos?
La araña trepó hasta la parte interior del muslo de Azoth. Temblando, se subió la túnica y tiró de la cintura de sus calzas, con la esperanza de que el animal saliese por allí.
Por encima de él, el sicario desconocido se llevó dos dedos a los labios y silbó. Azoth no vio moverse a Durzo, pero el silbido terminó en un gorgoteo y, acto seguido, un cuerpo se desplomaba en el suelo. Se oyeron gritos, y la puerta principal y la trasera se abrieron de golpe. Las cañas saltaban y se combaban. Concentrado en no sobresaltar a la araña, Azoth no se movió, ni siquiera cuando cayó otro cuerpo y volvió a hundirle la cara en el agua por un momento.
La araña recorrió una nalga y le saltó al pulgar. Poco a poco, el chico desplazó la mano para poder verla. Lo que se había temido: una araña lobo blanca, de patas tan largas como su dedo. Sacudió la mano y el bicho salió despedido. Se frotó las yemas para asegurarse de que no le había picado.
Luego estiró el brazo hacia atrás y partió el tocón de rama en
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el que se había enganchado su túnica. El crujido pareció estruendoso en el repentino silencio que se había hecho arriba. Azoth no veía a nadie por entre las cañas de bambú. A un metro de él, algo goteaba desde el entarimado y formaba un charco. Estaba demasiado oscuro para ver qué era, pero tampoco hacía falta mucha imaginación para adivinarlo.
Aquel silencio resultaba siniestro. Si alguien estuviera caminando arriba, el chirrido y la flexión del suelo lo habrían delatado. La pelea entera había durado quizá veinte segundos, y Azoth estaba seguro de que nadie había salido de la taberna. ¿Se habían matado todos entre sí?
Se estremeció, y no solo por culpa del agua helada. La muerte no era ninguna extraña en las Madrigueras, pero jamás había visto morir a tanta gente junta, tan deprisa y con tanta facilidad.
Aun moviéndose con cuidado por si aparecía la araña, en pocos minutos había encontrado otros cinco cobres. Si hubiera sido más valiente, habría desvalijado los cadáveres de la taberna, pero no creía que Durzo Blint estuviese muerto. A lo mejor era un demonio, como decían los demás ratas de su hermandad. A lo mejor esperaba fuera para matarlo por haberlo espiado.
Notó una opresión en el pecho. Dio media vuelta y se arrastró deprisa hacia el exterior. Los seis cobres eran un buen botín. La cuota de la hermandad eran cuatro, así que podría comprar una hogaza de pan a la mañana siguiente para compartirla con Jarl y con Muñeca.
Apenas le faltaban treinta centímetros para alcanzar la salida cuando algo centelleó justo delante de su nariz. Lo tenía tan cerca que le costó un momento enfocar la mirada. Era la enorme espada de Durzo Blint. La hoja había atravesado el suelo y se había clavado en el lodo, de tal modo que le cortaba el paso.
Encima de su cabeza, al otro lado del suelo de cañas, Durzo Blint susurró:
—Jamás hables de esto, ¿queda claro? He hecho cosas peores que matar críos.
La espada desapareció, y Azoth salió a rastras a la noche. No dejó de correr durante varios kilómetros.
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—¡Cuatro cobres! ¡Cuatro! Esto no son cuatro.
Rata tenía la cara tan roja de furia que sus granos solo eran visibles como puntitos blancos. Agarró la raída túnica de Jarl y lo levantó del suelo con un brazo. Azoth agachó la cabeza, incapaz de mirar.
—¡Esto son cuatro! —gritó Rata, escupiendo al hablar. Mientras Jarl encajaba los bofetones, Azoth se dio cuenta de que aquello era puro teatro. No la paliza en sí; Rata estaba zurrando a Jarl de verdad. Sin embargo, le pegaba con la mano abierta para que hiciera más ruido. Rata ni siquiera estaba prestando atención a Jarl; vigilaba al resto de la hermandad, se regodeaba en su miedo.
—¡Siguiente! —exclamó Rata mientras soltaba a Jarl.
Azoth dio un paso al frente enseguida para evitar que Rata pateara a su amigo. A sus dieciséis años, Rata ya era tan corpulento como un adulto y además tenía grasa, algo insólito entre los nacidos de esclavos.
Azoth le tendió sus cuatro cobres.
—Ocho, mierdecilla —dijo Rata mientras cogía las cuatro monedas de su mano.
—¿Ocho?
—También tienes que pagar por Muñeca.
Azoth miró a su alrededor en busca de apoyo. Varios de los mayores cambiaron de postura y se miraron entre ellos, intranquilos, pero nadie pronunció una palabra.
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—Es demasiado joven —protestó Azoth—. Los pequeños no pagan cuota hasta cumplir los ocho.
La atención se desplazó hacia Muñeca, que estaba sentada en el sucio callejón. La niña reparó en las miradas y se encogió. Muñeca era una chiquilla menuda y de ojos enormes; por debajo de la mugre sus rasgos eran tan delicados y perfectos que hacían honor a su nombre.
—Y yo digo que tiene ocho a menos que ella afirme lo contrario —replicó Rata con malicia—. Dilo, Muñeca, dilo o le pego una paliza a tu novio.
Muñeca abrió aún más sus grandes ojos y Rata se rió. Azoth no protestó, no le señaló que Muñeca era muda. Rata ya lo sabía. Lo sabían todos. Pero Rata ocupaba el puesto de puño y, por lo tanto, solo respondía ante Ja’laliel. Ante Ja’laliel, que no estaba presente.
Rata tiró de Azoth para acercárselo y bajó la voz.
—¿Por qué no te unes a mis guapitos, Azo? No volverías a pagar cuotas nunca más.
Azoth intentó hablar, pero tenía la garganta tan seca que solo le salió un graznido. Rata volvió a reírse y todo el mundo le hizo coro, algunos porque disfrutaban con la humillación de Azoth y otros en un vano intento de apaciguar a Rata antes de que les llegara el turno. Azoth notó una punzada de odio negro. Odiaba a Rata, odiaba la hermandad, se odiaba a sí mismo.
Carraspeó para volver a intentarlo. Rata cruzó la mirada con él y le dedicó una sonrisa torva. Era grande, pero no estúpido. Sabía en qué medida estaba presionando a Azoth. Sabía que terminaría acobardándose, como todos los demás.
Azoth le escupió toda la flema que tenía en la boca a la cara. —Que te den por culo, Rataburra.
El silencio estupefacto que se hizo pareció durar una eternidad. Fue un momento dorado de victoria. No le hizo falta girarse para saber que todos se habían quedado boquiabiertos. La cordura apenas empezaba a regresar cuando el puño de Rata lo alcanzó en la oreja. El mundo se emborronó de manchas negras, y Azoth cayó al suelo. Alzó la vista parpadeando hacia el grandullón, cuyo pelo
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moreno resplandecía como una aureola al tapar el sol de mediodía, y supo que iba a morir.
—¡Rata! Rata, te necesito.
Azoth rodó de espaldas y vio que Ja’laliel salía del edificio de la hermandad. Su tez pálida estaba perlada de sudor aunque no hacía calor, y tosía de forma malsana.
—¡Rata! Ahora, he dicho.
Rata se secó la cara, y ver apagarse su ira de manera tan repentina fue casi más terrorífico que verla estallar en un instante. Se le despejaron las facciones y sonrió a Azoth. Simplemente sonrió.
—¿Qué hay, Jay? —dijo Azoth.
—¿Qué tal, Azo? —respondió Ja
