Solo la verdad

Anna Politkovskaya

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Ve donde está el silencio y di algo.

Amy Goodman,

Columbia Journalism Review, 1994

A principios de 2005 fui invitada por el PEN, el club dedicado a promover la literatura y la libertad de expresión, para entregar un premio a Anna Politkóvskaya. La oportunidad de conocerla personalmente me entusiasmó porque estaba al tanto de su trabajo y la admiraba por su valerosa oposición, tanto a la guerra de Chechenia como al régimen autoritario del presidente Putin. Su intrépida actitud ante los más graves peligros la habían convertido en una de las pocas periodistas internacionales a la que tanto los defensores de los derechos humanos como los abogados miraban con respeto.

Mi elogio rindió homenaje a su fidedigna cobertura de los horrores padecidos por el pueblo checheno, e hizo un repaso de la tortura y el aterrador simulacro de ejecución que sufrió a manos de las tropas rusas por haber informado de las atrocidades que estas infligían a la población, así como de sus reportajes sobre el asedio al teatro de Moscú con su sangriento desenlace, y de su actitud de firme desafío ante las amenazas de las autoridades estatales y de otras siniestras figuras del horizonte político ruso.

Tenemos con ella una deuda de gratitud por haber ayudado a que Occidente tuviera una mejor comprensión del emergente panorama de la Rusia postsoviética y por arrojar luz sobre la verdadera naturaleza de la ocupación de Chechenia, un brutal conflicto astutamente presentado por Rusia como su particular frente en la guerra contra el terrorismo. Ninguna democracia es digna de ese nombre si la libertad de prensa se ve cercenada o si los escritores y los periodistas son presionados. Sin embargo, aquí tenemos una escritora que, con gran riesgo personal, se ha enfrentado a las amenazas del Estado para decir la verdad al poder.

Anna recibió el premio con buen humor y humildad. Tal como esta selección de sus artículos demuestra, el alcance de su trabajo iba mucho más allá de cubrir acontecimientos y sucesos concretos; y, con frecuencia, levantaba el velo de una crueldad sistemática que no solía despertar demasiado interés a nivel internacional. Sus tenaces investigaciones le suponían una insistente correspondencia y la obligaban a pasar días enteros sentada en los tribunales. Su cobertura del caso del Cadete, por ejemplo, demuestra su firmeza y tenacidad a la hora dar cumplida información de un largo juicio que sin duda habría desanimado a muchos de sus colegas. Serguéi Lapin, el Cadete, era un miembro de las fuerzas armadas rusas destacadas en Chechenia a quien muchos consideran responsable de la desaparición de civiles que fueron sacados a la fuerza de sus casas y de los que nunca más se volvió a saber nada. Era conocido por su faceta de torturador y asesino mercenario, pero a pesar de todos los esfuerzos para hacerlo comparecer ante los tribunales, logró manipular el juicio mediante la intimidación y las influencias encubiertas. Anna creía firmemente que la incapacidad del sistema judicial para hacer justicia debía ser documentada, y que correspondía a la prensa, en nombre de aquellos que habían sufrido sus consecuencias, exigir la debida transparencia y asunción de responsabilidades. Se había reunido con las esposas y madres de las víctimas del Cadete y escuchado sus historias, por lo que sabía que este era responsable. Su lucha por ellos ayudó a que finalmente fuera declarado culpable.

Tras la ceremonia, nos sentamos a tomar una copa de vino y a charlar de política. Anna trazó un sombrío panorama de la Rusia de Putin, un país gobernado por una administración que conservaba un inquietante parecido con la de Stalin, una tierra cuyos servicios secretos se dedicaban a suprimir las libertades civiles y donde el miedo campaba a sus anchas en las universidades, las salas de prensa y en cualquier otro lugar donde hubiera arraigado la noción de democracia.

Anna había sido objeto de amenazas de muerte enviadas por teléfono e internet. Se habían publicado artículos difamándola, había sido despreciada y sometida al ostracismo social hasta tal punto que algunos de sus antiguos amigos y colegas evitaban cualquier contacto con ella para que su reputación no se resintiera. Me habló con tristeza de la carga que eso representaba en su vida privada, y de los efectos que tenía en su familia e hijos. Sin embargo, en lugar de doblegarla, su soledad y aislamiento constituían para ella una fuente de energía y determinación, como si hubiera cruzado algún tipo de Rubicón y se hallara más allá de los conceptos habituales de miedo o valor.

Poco antes de la concesión del premio, había sido envenenada mientras volaba hacia Rostov del Don para cubrir la crisis de los rehenes de Beslán. Un grupo terrorista retenía a un centenar de escolares y adultos, y su rescate acabaría en un baño de sangre. Sin embargo, Anna nunca llegó. Esa noche, mientras conversábamos, me describió el suceso con aterradora verosimilitud: cómo había hecho una serie de llamadas telefónicas a varios colegas que sin duda fueron interceptadas; cómo subió al avión y aceptó una taza de té negro antes del despegue para despertarse en un hospital.

A pesar de nosotros mismos, solemos alimentar la frágil esperanza de que conceder honores internacionales a aquellos que se atreven a alzarse, a defender la libertad de expresión, la justicia y la libertad les confiera cierta protección ante la ira de sus enemigos, por muy poderosos o vengativos que puedan ser. En el caso de Anna, ese optimismo resultó infundado.

Murió asesinada de un tiro el 7 de octubre de 2006, una noticia que cayó como un mazazo. A pesar de todo, la energía que le había dado fuerzas para seguir adelante no la abandonó hasta el final. Fue realmente una mujer excepcional cuyo valor a la hora de enfrentarse a la opresión constituye el legado que deja al mundo y una fuente de inspiración para todos nosotros.

Recuerdo que cuando me despedí de ella, la noche de la concesión del premio, le pregunté si no había pensado en marcharse de Rusia, aunque solo fuera temporalmente. Me cogió la mano, me sonrió y me contestó: «El exilio no es para mí. De ese modo, ellos ganarían».

Helena Kennedy, QC

Anna me llamó al hospital por la mañana, antes de las diez. Se suponía que tenía que pasar a visitarme. Ese día le tocaba, pero algo le había surgido en casa. Anna me dijo que sería Lena, mi segunda hija, la que iría en su lugar y me prometió que el domingo vendría sin falta. Parecía estar de buen humor y su voz era alegre. Me preguntó cómo me encontraba y si estaba leyendo cierto libro. Sabía que me encanta la novela histórica y me había dado La más augusta corte bajo el signo de Himeneo, de Alexander Manko, aunque ella no lo había leído. Le dije: «Anya, me cuesta leerlo. Tengo que releer tres veces cada página porque tengo a papá ante mis ojos constantemente». [El marido de Raisa Mazepa había muerto hacía poco.] Intentó calmarme. «No sufrió. Todo ocurrió muy deprisa. Iba a verte. Será mejor que hablemos del libro.» Yo le dije: «Anya, hay un epígrafe en la página 179 que me emociona de verdad. Es tan parte de nosotros, tan ruso…». Se lo leí: «En la historia de los pueblos, hay años de embriaguez. Resulta necesario vivirlos, aunque uno no pueda vivir realmente en ellos».

«Oh, mamá —me contestó—, pon una marca, no te olvides.» Le pregunté quién era el autor del epígrafe, y ella me dijo que se trataba de Nadezhda Teffi, una famosa poetisa rusa. Luego me dijo: «Te llamaré mañana, mamá». Estaba de muy buen humor. O puede que estuviera de mal humor y que fingiera que todo iba bien con tal de no inquietarme.

Yo siempre estaba muy preocupada por ella. Poco antes de ingresar en el hospital, tuvimos una conversación. Estaba preparando un artículo sobre Chechenia, y le rogué que tuviera cuidado. Recuerdo que me dijo: «Sé que la espada de Damocles pende sobre mí constantemente. Lo sé, pero no pienso rendirme».

Raisa Mazepa (madre de Anna Politkóvskaya), Novaya Gazeta,

23 de octubre de 2006

¿Y de qué soy culpable?

¿Y de qué soy culpable?

[Este artículo fue hallado en el ordenador de Anna Politkóvskaya poco después de su muerte y está dirigido a sus lectores del extranjero.]

Koverni: un payaso ruso de la vieja época, cuyo trabajo era hacer reír al público mientras cambiaban la pista del circo para el siguiente número. Si no conseguía provocar risas, las damas y los caballeros lo abucheaban y la dirección lo despedía.

Prácticamente toda la generación actual de periodistas rusos, junto con los distintos medios de comunicación que han logrado sobrevivir hasta nuestros días, son payasos de ese tipo: un circo de kovernis cuyo trabajo consiste en mantener entretenido al público y, cuando tienen que escribir acerca de algo importante, se limitan a explicar a todo el mundo lo maravillosa que es la pirámide de poder en todas sus vertientes. La pirámide de poder es algo que el presidente Putin ha construido afanosamente a lo largo de los últimos seis años, y en ella todo burócrata, todos los funcionarios, desde lo más bajo de la escala hasta lo más alto, han sido nombrados personalmente por él o por sus delegados. Se trata de una forma de organización del Estado que asegura que cualquiera a quien se le ocurra pensar de forma independiente de su superior inmediato será apartado fulminantemente del cargo. En Rusia, la administración presidencial de Putin, que es la dirige efectivamente el país, se refiere a los así designados como a «los nuestros». Y cualquiera que no sea de «los nuestros» es el enemigo. La gran mayoría de los que trabajan en los medios de comunicación apoyan este dualismo. Sus informaciones detallan lo estupendos que son «los nuestros» y deploran la despreciable naturaleza del enemigo. En las filas de este último figuran políticos de tendencias liberales, defensores de los derechos humanos, y demócratas «enemigos» que normalmente se caracterizan por haberse vendido a Occidente. Un ejemplo de un demócrata de «los nuestros» es obviamente el presidente Putin. Los periódicos y las televisiones dan absoluta prioridad a todos los informes que revelen con detalle los fondos que el enemigo ha recibido de Occidente para sus actividades.

Periodistas y presentadores de televisión han asumido con igual entusiasmo su nuevo papel en el gran circo. La batalla por el derecho a brindar información imparcial, en lugar de actuar como lacayos de la administración presidencial, es cosa del pasado. La profesión, a la que yo también pertenezco, se halla dominada por un ambiente de anquilosamiento intelectual y moral; y debo decir que la mayoría de mis compañeros periodistas no parecen sentirse especialmente incómodos ante su transformación en agentes propagandísticos a favor de los poderes que sean; admiten abiertamente que miembros de la administración presidencial no solo les entregan información acerca de los enemigos, sino que también les indican qué asuntos deben cubrir y en cuáles es mejor que no se metan.

¿Y qué les ocurre a los periodistas que no quieren participar en el gran circo? Pues que se convierten en parias. Y no estoy exagerando.

Mi último trabajo en el Cáucaso Norte, para informar desde Chechenia, Ingusetia y Daguestán, fue en agosto de 2006. Deseaba entrevistar a un alto funcionario checheno acerca del éxito o fracaso de la amnistía que el director del Buró de Seguridad Federal (BSF) había ofrecido a los combatientes de la resistencia.

Anoté apresuradamente una dirección de Grozni, la de una casa medio en ruinas, con la valla rota, situada en las afueras, y se la entregué disimuladamente y sin más explicaciones. Habíamos hablado en Moscú de que yo viajaría hasta allí y que me gustaría entrevistarlo. Un día más tarde, me envió a alguien que me dijo crípticamente: «Me han pedido que le diga que todo está en orden». Eso quería decir que el oficial estaba dispuesto a recibirme o, para ser más exactos, que llegaría caminando, con un cesto en la mano y con el aspecto de haber salido a comprar pan.

Su información resultó inestimable y desmentía por completo el relato oficial de cómo estaba funcionando la amnistía. Me lo contó todo en una habitación de dos metros cuadrados, con una pequeña ventana cuyas cortinas estaban totalmente corridas. Antes de la guerra había sido un cobertizo, pero cuando la casa principal fue bombardeada, sus propietarios tuvieron que utilizarlo como cocina, dormitorio y aseo al mismo tiempo. Me permitieron que lo usara, no sin considerable nerviosismo, pero son viejos amigos sobre cuyas desgracias tuve ocasión de escribir años atrás, cuando su hijo fue secuestrado.

¿Por qué aquel oficial y yo nos tomamos tantas molestias? ¿Acaso nos habíamos vuelto locos o deseábamos poner un poco de emoción en nuestras vidas? Nada de eso: la confraternización en público entre un funcionario del gobierno de «los nuestros» y una recabadora de información como yo, sospechosa además de simpatizar con la oposición, o como cualquiera de mis colegas de Novaya Gazeta, podía suponer el desastre para cualquiera de los dos.

Posteriormente, ese mismo funcionario llevó a ese cobertizo a los resistentes que deseaban deponer las armas, pero no querían tomar parte en la representación oficial del circo. Le dieron gran cantidad de interesante información acerca de por qué ninguno de ellos estaba dispuesto a rendirse al régimen: creían que al gobierno solo le interesaban las relaciones públicas y que no era de fiar.

«¡Nadie quiere rendirse!» A los que van de enterados les costará creerlo. Durante semanas, la televisión rusa ha mostrado individuos de aspecto peligroso declarando que desean aceptar los términos de la amnistía y que «confían en Ramzán». Ramzán Kadírov es el checheno favorito del presidente Putin, que lo ha nombrado primer ministro prescindiendo alegremente del hecho de que es un completo idiota, carente de cerebro, educación y de cualquier talento que no sea para la violencia o el saqueo.

Los periodistas son convocados en masa a esas lamentables reuniones (a mí no suelen invitarme). Lo anotan todo cuidadosamente en sus libretas, hacen fotografías, redactan sus informes y lo que surge de ellos es una imagen totalmente distorsionada de la realidad; pero una imagen que, no obstante, complace a los que han declarado la amnistía.

Uno no se acostumbra a estas cosas, pero aprende a vivir con ellas. Así es exactamente como he tenido que trabajar durante la segunda guerra del Cáucaso Norte. Para empezar, tenía que esconderme de las tropas federales, aunque siempre podía establecer contacto clandestinamente con individuos concretos, de modo que mis informadores no pudieran ser denunciados ante los generales. Cuando el plan de chechenización de Putin tuvo éxito (organizar que los chechenos «buenos» que eran leales al Kremlin asesinaran a los chechenos «malos» que se le oponían), se utilizó el mismo subterfugio al hablar con los funcionarios chechenos «buenos». La situación no es diferente en Moscú, en Kabardino-Balkaria o en Ingusetia. El virus está muy extendido.

Por lo menos, los números de un circo no duran mucho, y el régimen que se dota de los servicios de periodistas payasos tiene la longevidad de una seta carcomida. La purga de noticias ha producido una descarada mentira orquestada por funcionarios deseosos de promover una «correcta imagen de la Rusia de Putin». Incluso ahora está provocando tragedias a las que el régimen no puede hacer frente y que son capaces de hundir un portaaviones por muy invencible que parezca. La pequeña población de Kondopoga, en Carelia, en la frontera con Finlandia, ha sido el escenario de disturbios raciales anticaucásicos alimentados con vodka que han acabado con varios muertos. Los desfiles nacionalistas y las agresiones raciales impulsadas por «patriotas» son consecuencia directa de las mentiras patológicas del régimen y de la ausencia de cualquier diálogo verdadero entre las autoridades estatales y el pueblo ruso. El Estado cierra los ojos ante el hecho de que la mayoría del pueblo vive en una abyecta pobreza y de que, fuera de Moscú, el nivel de vida es muy inferior al que se proclama. La corrupción en el seno de la pirámide de poder de Putin supera en estos momentos cualquier cota del pasado, y las generaciones más jóvenes están creciendo pobremente educadas y con un alto nivel de militancia a causa de su situación de pobreza.

Aborrezco la actual ideología que divide a la gente entre los que son «de los nuestros» y los que están «en el bando equivocado». Si un periodista es de «los nuestros», recibirá premios y honores y hasta es posible que sea invitado a convertirse en parlamentario en la Duma. Y cuidado, digo «invitado» no «elegido». Ya no tenemos elecciones parlamentarias en el sentido tradicional de la palabra, con sus campañas, manifiestos y debates. En Rusia, el Kremlin se encarga de llamar a los que son irreprochablemente de «los nuestros» y saludan cuando toca para alistarlos en el partido Rusia Unida, con todo lo que eso supone.

En la actualidad, un periodista que no pertenece a «los nuestros» es un apestado. Nunca he deseado mi condición de paria, y es algo que hace que me sienta como un delfín varado en la arena. No estoy hecha para el cuerpo a cuerpo político.

No pienso abundar en las otras «alegrías» del camino que he elegido: el envenenamiento, los intentos de intimidarme por correo o internet o las amenazas de muerte que me llegan por teléfono. Lo principal es seguir con mi trabajo, describir la vida que veo, recibir todos los días en las oficinas del periódico a los que no tienen otro sitio al que acudir con sus problemas porque, para el Kremlin, sus historias no concuerdan con el mensaje que este quiere difundir. El único lugar donde pueden ser aireados es en nuestro diario, la Novaya Gazeta.

¿De qué soy culpable? Simplemente he informado de lo que he visto, de nada más que la verdad.

Publicado en un número especial de Soyuz Zhurnalistov,

26 de octubre de 2006

1. ¿Deberíamos sacrifi car vidas al periodismo?

1

¿Deberíamos sacrificar vidas al periodismo?

UN CUESTIONARIO PARA EL PROYECTO «TERRITORIO DE GLÁSNOST»

Hecho circular entre periodistas, editores y columnistas del Novaya Gazeta.

1. Nombre, apellido o seudónimo: Anna Politkóvskaya.

2. Cuestión en la que se especializa: Cualquier asunto de interés para nuestros lectores.

3. Su norma o credo profesional: Lo que cuenta es la información, no lo que se opine de ella.

4. ¿Cuál es su principal prioridad como periodista?: Proporcionar tanta información como sea posible.

5. ¿Qué opina de la época en que vive, del pueblo y el país?: La gente es extraordinaria; y el país, soviético. Hemos vuelto a los tiempos oscuros.

6. ¿Sobre qué le cuesta más escribir (y qué historia lo ilustra mejor)?: Nuestra época.

7. ¿Sobre qué disfruta más escribiendo?: Sobre la gente.

8. ¿Por qué y para quién está haciendo su trabajo?: Para la gente y por el bien de la gente.

9. ¿Cómo califica el trabajo de quienes están actualmente en el poder y que toman las decisiones al más alto nivel, conformando la reputación de Rusia, tanto en el interior del país como en el extranjero (el presidente, el gobierno, la judicatura, el Parlamento y la élite de los hombres de negocios)?: La dirección del Estado resulta sumamente ineficiente.

10. ¿Cómo califica la disposición de la gente a considerarse como representantes de la sociedad civil y a participar en un diálogo abierto con las autoridades del Estado?: Como escasa. En la sociedad hay demasiado miedo y muy poco idealismo.

11. ¿Cómo evalúa el nivel de democracia e independencia de la prensa? ¿Qué cree que está pasando en Rusia con la libertad de expresión y dónde consigue usted información fiable (no como profesional, sino como usuario)?: La libertad de expresión está en las últimas. Solo confío en la información al cien por cien si la he conseguido yo misma.

12. ¿Qué acontecimientos recientes considera que han marcado un hito (positivo o negativo) para usted, para el país y la sociedad?: Para el país y también para la sociedad y para mí, la ocupación de Ingusetia.

13. ¿Cuáles considera que son los principales problemas a los que se enfrenta la sociedad rusa?: El hecho de que la mayoría de la gente piense que nunca les ocurrirá a ellos.

14. ¿Qué cualidades le impresionan más y le desagradan más, tanto en figuras públicas como en personas corrientes? (Dé algún ejemplo, si es posible): Admiro la franqueza y la sinceridad; en cambio, la gente que miente y que se hace la astuta me produce náuseas.

15. ¿A qué político, economista, artista o ciudadano corriente nombraría usted como candidato a personaje del año, héroe de nuestro tiempo, o como personaje icónico de la Rusia de nuestro tiempo?: No hay héroes a la vista y, si los hubiera, deberían poner fin a la guerra.

16. ¿Qué le parece la calidad de vida en Rusia? ¿Qué factores hay que tener en cuenta?: Muy baja. La cantidad de pobres que hay es enorme y supone una terrible desgracia.

17. ¿Qué podrían y deberían hacer tanto los políticos como los funcionarios y los periodistas para mejorar la calidad de vida en Rusia?: Los periodistas deberían escribir, los políticos deberían protestar en vez de vivir rodeados de lujos, y los funcionarios tendrían que dejar de robar a la gente que no tiene dinero.

FUNCIONARIOS DEL BSF LLEVAN A CABO OTRA DE SUS OPERACIONES ESPECIALES CONTRA NOVAYA GAZETA

El equipo editorial de Novaya Gazeta

28 de febrero de 2002

En lo que se refiere a operaciones especiales, esta ha sido un patético intento. En competencia técnica, damos tres puntos a los chequistas;* en cuanto a mérito artístico, ninguno, por desgracia.

En una declaración reciente, el portavoz del BSF, Iliá Shabalkin, aseguró que Novaya Gazeta y su corresponsal especial, Anna Politkóvskaya, están intentando aprovechar el hecho de que esta haya sido destinada a Chechenia para «resolver sus problemas financieros y desavenencias con ciertas fundaciones». Shabalkin ha declarado que los trabajos de Politkóvskaya se caracterizan por un sensacionalismo muy poco deseable y que perjudican la marcha de las operaciones antiterroristas en Chechenia. También ha asegurado escuetamente que esas impresiones forman parte de un intento de convencer a la Fundación Soros para que cancele la donación de 14.000 dólares que Novaya Gazeta recibía por trabajar en lugares políticamente conflictivos.

Shabalkin dice que nuestro periódico no ha presentado el debido informe al Instituto para una Sociedad Abierta de dicha fundación, y que esta nos ha informado por escrito de que se dispone a cancelar su apoyo económico. Además, el chequista Shabalkin hace hincapié en que Anna Politkóvskaya carecía de la acreditación necesaria para trabajar como periodista en Chechenia.

Nos encontramos aquí con todos los elementos propios de las conspiraciones: la vinculación con capital estadounidense, la difusión de mensajes desmoralizadores entre las tropas rusas por encargo de peces gordos extranjeros y la ausencia de permisos oficiales para poder desempeñar tareas informativas en Chechenia.

El descubrimiento de semejante conspiración contra la Federación Rusa fue anunciado en los principales canales de televisión, distribuido por la agencia de noticias Interfax y publicada a bombo y platillo en las páginas web de la Fundación para la Política Efectiva. Sin duda es un engorro, pero tenemos que responder. Novaya Gazeta, al igual que centenares de otras organizaciones, fue recompensada por la Fundación Soros con un premio de 55.000 dólares por su labor a la hora de establecer una base de datos de las personas que han desaparecido sin dejar rastro en Chechenia, por haber facilitado la liberación de rehenes y prisioneros y por haber ayudado a un orfanato y a un hogar de jubilados. Vale la pena mencionar que, aunque el premio nos fue concedido el año pasado, llevamos haciendo este trabajo desde 1994.

Nuestro colega Viacheslav Izmailov ha logrado que pusieran en libertad a más de ciento setenta víctimas de secuestro. Gracias a los esfuerzos de Novaya Gazeta —y particularmente a los de nuestra columnista, Anna Politkóvskaya—, decenas de ancianos lograron sobrevivir dos inviernos en un viejo asilo de Grozni. Con la ayuda del Ministerio del Interior devolvimos a los ancianos, que habían perdido toda esperanza, a sus parientes. La Fundación Soros valoró esas iniciativas y nos ofreció su apoyo económico, que aceptamos con gusto.

Hasta el momento, de los 55.000 dólares hemos recibido únicamente un primer pago de menos de 14.000. La razón se debe simplemente a que, durante tres meses, hemos tenido que ocultar a Anna Politkóvskaya más allá de las fronteras de Rusia. Cuando quedó confirmado que preparaban un intento de asesinato contra ella, se invocó la Ley de Protección por el Estado hasta que el sospechoso fue detenido. A Anna le fue concedido un estatus especial del que no tenemos libertad para escribir más.

Por estas razones nuestro informe no se entregó hasta el mes de febrero de este año. La Fundación Soros no tiene queja alguna contra Novaya Gazeta, y a lo largo de los próximos doce meses recibiremos los restantes 41.000 dólares y proseguiremos con nuestro trabajo.

El chequista Shabalkin se ha superado a sí mismo a la hora de alegar un supuesto fraude en las actividades de Politkóvskaya. No fuimos nosotros ni ella, sino la oficina de prensa del mando militar conjunto la que los días 9 y 10 de febrero hizo una declaración en la que aseguraba que Politkóvskaya había salido de la oficina de la comandancia de Shatói sin informar a los militares. Politkóvskaya tenía sobradas razones para marcharse. Los hechos que le comunicaron los fiscales militares eran demasiado serios para no hacerlo.

Repetimos que nosotros no hicimos declaraciones y que no divulgamos cuentos ni supercherías. Eso fue cosa del BSF, que utilizó al ejército como portavoz. Así pues, ¿quién echó a rodar el balón?

La razón de por qué el BSF se tomó tantas molestias hay que encontrarla en los números 11 y 12 de Novaya Gazeta. Utilizando pruebas del caso y entrevistas con los fiscales militares, Politkóvskaya demostró con hechos y documentos en la mano que el ametrallamiento de seis civiles, entre los que figuraba una mujer embarazada, y la posterior incineración de sus cadáveres fue perpetrado por fuerzas de las tropas especiales de los Servicios de Inteligencia Militar. Se trata de un caso único. Gracias al valor de los fiscales y al hecho de haber puesto nombres y apellidos a los sospechosos, han sido detenidos diez miembros del ejército.

El BSF no ha intentado refutar esos hechos en su declaración: simplemente hace caso omiso de ellos. Al BSF no parece preocuparle que tales crímenes puedan enconar y agravar aún más el conflicto. Lo único que le preocupa al BSF es que Politkóvskaya no tuviera las acreditaciones necesarias.

Lo cierto es que las tenía, y las presentamos aquí. ¡Vamos, chequistas! ¡Tenéis que preparar mejor vuestras operaciones de desinformación!

Para poner en marcha tan inteligente campaña, los chequistas han utilizado como hombres de paja a algunos colegas periodistas. Primero, el muy respetable Vedomosti publicó un artículo según el cual no habíamos presentado los debidos informes a la Fundación Soros, por lo que su pago iba a ser cancelado. El porqué un periódico económico serio iba a interesarse por algo que no era más que calderilla en bolsillo ajeno resultó desconcertante, pero solamente hasta que Shabalkin hizo sus declaraciones.

Dichas declaraciones también fueron difundidas a través de Interfax; pero, para entonces, con nuestros comentarios. Desafortunadamente, nuestros colegas no mostraron en ningún momento el menor reparo en publicar la correspondencia privada entre Novaya Gazeta y la Fundación Soros. Cualquiera pensaría que estábamos malversando dinero del contribuyente o el presupuesto del Estado.

Cómo se filtró dicha correspondencia es harina de otro costal. Una copia se halla en poder de la Fundación Soros, mientras que el original llegó a manos del editor de Novaya Gazeta a través del correo.

No hace falta decir que ni la Fundación Soros ni el editor de Novaya Gazeta filtraron nada a la prensa. Eso significa que alguien ha estado interceptando nuestro correo, abriendo nuestras cartas para controlar la actividad del periódico y puede que, de paso, las actividades de la fundación. Resulta gratificante comprobar que no encontraron nada más, aparte de un informe atrasado.

Como en nuestro caso, únicamente las meteduras de pata del BSF nos permiten tener una idea de a qué dedica dicha organización el dinero de los contribuyentes. Como de costumbre, intentan establecer un vínculo entre una serie de artículos que cuentan la verdad acerca de la guerra de Chechenia y los servicios de inteligencia occidentales.

Al BSF le gusta demostrar lo bien informado que está acerca de los asuntos de otras personas, especialmente cuando no les incumben. De ese modo, les resulta más fácil señalar problemas de Rusia inexistentes en lugar de localizar terroristas como Jattab o Basáyev. Aunque es posible que sean nuestros informes atrasados y Anna Politkóvskaya quienes se lo impiden. Es posible que esa sea su manera de justificar su incompetencia profesional. Las contestaciones a estas y otras cuestiones las escucharemos sin duda en los tribunales. Nuestros abogados están preparando la demanda correspondiente.

Señor Shabalkin, no tenga usted prisa por estropear la chaqueta que lleva con el agujero de la medalla que confía en recibir.

¿Y A CONTINUACIÓN, QUÉ?

4 de marzo de 2002

Primero, el director de Novaya Gazeta me pidió que yo, la corresponsal especial Politkóvskaya, debía escribir una carta abierta de protesta al señor Shabalkin. Lo pensé y rehusé. Demasiado aburrido. Entonces, el director dijo que teníamos que escribir una carta abierta de protesta al superior de Shabalkin, el señor Pátrushev, que dirige el BSF. Lo medité detenidamente y volví a rehusar. La persona que no es capaz de capturar a Basáyev y a Jattab con miles de hombres no me interesa lo más mínimo. Ni siquiera consigue que me enfade.

¡Pues entonces, escribir a Putin! Pero, en lugar de eso, escribí una carta al mayor Nevmerzhitski, comandante de reconocimiento de la oficina de la comandancia militar del distrito de Shatói.

El mayor Nevmerzhitski había sido testigo ocular del drama de Shatói: el asesinato de seis civiles y la incineración de sus cuerpos por parte de soldados del Directorio Central de Inteligencia (GRU), ocurrido el 11 de enero de 2002 y que fue descrito oficialmente como una operación destinada a capturar a Jattab, el líder herido de la resistencia. Fue esta atrocidad lo que investigué durante mi destino en Chechenia. Esto irritó hasta tal punto al BSF que se embarcó en la campaña de desinformación antes descrita. ¿Por qué dirigí mi carta a él? Porque me dio la gana.

Querido Vitali,

¡Mira a qué se han estado dedicando mientras recorríamos los caminos de Shatói! Dicen que lo hicimos por dinero. En el cuartel general del ejército en Jankalá aseguran algo parecido, y no importa de quién sean las cuerdas vocales que utilizan. Tú estabas yendo de un lado para otro en las montañas, contemplando la escena del crimen desde lo alto de un barranco, horrorizado e intentando no caer, discutiendo durante días acerca de quién había matado a quién y quemado posteriormente los cuerpos, teniendo que enfrentarte con veintiocho huérfanos. Según el funcionario Shabalkin, esa clase de trabajo tiene su precio en dólares.

Naturalmente, no tenemos nada que demostrarnos el uno al otro y podríamos limitarnos a quedarnos callados; pero lo cierto es que viste lo que sucedió en Dai y en Nojchi-Keloi, y en la carretera de Barzoi, donde los cuerpos de dos soldados y un oficial, que no interesan para nada a los Shabalkin de este mundo, llevaban dos meses en el río. Tú sabes que esto no es cuestión de dólares.

Al principio me enfadé mucho y pensé que si Shabalkin hubiera estado en nuestro lugar habría tenido una historia muy diferente que contar. Luego me serené y empecé a sentir lástima de ese hombre. «Ellos», en Jankalá, llevan una vida dura: tienen que correr de aquí para allá como lacayos cuyos amos están de mal humor por la mañana porque sus botas no han sido debidamente abrillantadas. En realidad no es tan fácil hablar de lugares en los que nunca has estado y de cosas que nunca has visto y, al mismo tiempo, dar la impresión de que estás haciendo un gran trabajo y te enteras de todo lo que pasa. Tú y yo nos volaríamos la tapa de los sesos antes que pasar por el aro de esa manera, pero Shabalkin, pobre idiota, sigue en la tarea. Así pues, somos más afortunados por haberlo visto todo con nuestros propios ojos y sin tener que fingir; y eso a pesar de que no seamos más felices al recordar lo que hemos visto.

¿Cómo van las cosas por Shatói? ¿Siguen enviando desde Jankalá helicópteros para capturar a no sé cuántos presuntos Jattab heridos? ¿Cómo le va a Víktor Malchukov, el comandante militar de Shatói, que comprendió hace mucho la realidad que lo rodea, ese hombre con la mirada poblada de fantasmas? Para ti debe de ser difícil. Yo lo tengo más fácil, aquí, en Moscú, rechazando los ataques de esos idiotas. Comparado con las montañas, es pan comido.

Anna Politkóvskaya

A mi alrededor, la familia está triste. Vuelo a Chechenia nuevamente, solo que en esta ocasión no me reuniré con Vitali. Tengo otros planes.

LA HISTORIA DE LA MISIÓN DE ANNA EN SHATÓI

14 de febrero de 2002

[El 11 de enero de 2002, en la que el cuartel general del ejército describió oficialmente como una operación destinada a capturar a Jattab, el líder de la resistencia chechena, un grupo de soldados del GRU asesinó y quemó los cuerpos de seis civiles. Anna fue a investigar.]

Saco la cinta de mi última corresponsalía en Chechenia y, al mismo tiempo, releo los periódicos y los comunicados de las agencias de prensa.

Vaya, vaya. Mis colegas parecen haber estado compitiendo por ver a quién se le ocurrían las historias más infundadas. Según nuestra inestimable agencia de noticias, Interfax, el 9 de enero fui detenida por la oficina de la comandancia militar del distrito de Shatói, en el transcurso de una operación especial por no tener los documentos necesarios. Sin embargo, parece que a nadie le interesa el hecho de que en Shatói no hubo ninguna operación especial ni inmediatamente antes ni después del 9 de enero.

A medida que sigo leyendo, el tono se hace más cáustico. Según parece, escapé de la oficina de la comandancia y desaparecí, desacreditando en consecuencia… —y aquí pretenden dar donde más duele—. La oficina de prensa del mando militar conjunto en Chechenia trona diciendo que con mi mala conducta he llevado la desgracia a todos los periodistas.

Lo que sucedió en realidad fue que el 8 de febrero, el segundo día de mi corresponsalía, y después de haber realizado el recorrido desde Grozni hasta Shatói, lo primero que hice sin el menor disimulo fue presentarme ante Sultán Mohamedov, el director de la oficina de Asuntos de Interior del distrito, e informarle de que el propósito de mi trabajo era investigar uno de los sucesos recientes más trágicamente escandalosos de la guerra de Chechenia: la ejecución e incineración extrajudicial de seis civiles que, desde Shatói, regresaban a sus casas de la aldea montañosa de Nojchi-Keloi, el 10 de enero de 2002. De la milicia fui a la oficina de la administración del distrito y, como era de rigor, pedí que pusieran un sello en mis papeles de acreditación, confirmando mi llegada. Así lo hicieron.

De la oficina de la administración me dirigí a la oficina de la comandancia militar del distrito, para ver al oficial al mando, el coronel Víktor Malchukov. ¿Por qué fui a verlo? Sencillamente, lo conozco desde hace tiempo y respeto su habilidad para hablar con la gente de las aldeas, y de esa manera resolver los innumerables conflictos que surgen entre el ejército y la población civil.

Nos sentamos juntos y trazamos un plan de cómo hacer mejor el trabajo que mi periódico me había encomendado. El coronel me dijo que al día siguiente debía volar a Jankalá y que, por desgracia, la ayuda que podría prestarme sería limitada.

Mis colegas periodistas han informado de que fui «detenida» y de que «escapé». Eso es totalmente absurdo, aunque reconozco lo que respecta al día 8 de febrero, antes de que el BSF interviniera. El 9 de febrero quedó claro que la matanza ocurrida cerca de la aldea de Dai, en el distrito de Shatói, a manos de soldados de la división especial de élite del Ministerio de Defensa, tenía sus raíces, como suele decir la gente de Chechenia, en el cuartel general del ejército, en Jankalá.

A las once de la mañana del 9 de febrero había concertado una entrevista con el coronel Andréi Vershinin, el fiscal militar del distrito de Shatói, que era quien estaba llevando a cabo la investigación de de las ejecuciones y cuya oficina se hallaba en el cuartel general del Regimiento 291, cerca de la aldea de Barzoi, a pocos kilómetros de Shatói. Como era su obligación, el fiscal examinó escrupulosamente mis credenciales y solo después de eso me concedió una larga entrevista en la que se mostró tan franco como era posible, teniendo en cuenta que el caso todavía no había llegado a los tribunales. Quiero dar mis sinceras gracias al coronel Vershinin. Es fantástico que una persona como él sea la encargada de este trabajo. Nos despedimos en términos amistosos.

Las sorpresas empezaron después de esto. Durante la entrevista, descubrí que el BSF había interrogado a los funcionarios de seguridad de la milicia acerca de mí. ¿Qué buscaban y por qué? ¿Quién los había autorizado? Unos oficiales a los que no conocía se me acercaron para decirme que me querían bien y advertirme de que debía marcharme sin demora del regimiento porque se estaban haciendo preparativos para detenerme y que el BSF se oponía categóricamente a que los periodistas metieran las narices en aquel caso, en el que estaban implicados comandantes militares de la mayor graduación.

Fue entonces cuando empezó mi «desaparición», un cambio de vehículos, barriendo mis huellas y buscando un lugar donde pudiera dormir y no me encontraran. Había muchos indicios de que aquello no se trataba de ninguna broma y de que era de una importancia vital comportarse de aquella manera. A la vista de la caza del hombre organizada por individuos armados hasta los dientes y con las peores intenciones, yo tenía muchas ganas de volver a casa con vida. Por esa razón tuve que borrarme del espacio y el tiempo en lugar de organizar un alboroto y llamar la atención sobre mi persona, como mis colegas de la prensa y los ideólogos de Jankalá no tardarían en escribir.

A primera hora de la mañana del 10 de febrero, entré discretamente a pie en Starie Atagi, completamente disfrazada, evitando los controles y los barridos de seguridad que habían empezado ya en el vecino pueblo de Chiri-Yurt. Mientras me movía sigilosamente, casi arrastrándome por el suelo, mi principal preocupación era no llamar la atención para que no me asesinaran. Escapar de Shatói y de los enfurecidos agentes del BSF fue solo una parte del problema. Entrar en Starie Atagi, que en estos momentos se halla en manos de los wahabíes, era el siguiente desafío. Por las calles no se ve ni rastro de soldados ni representantes del nuevo gobierno checheno. Todos ellos tienen mucho miedo de que los maten. Solo los periodistas y los activistas pro derechos humanos que se dedican a recabar información de forma encubierta se arrastran de ese modo. Tal como han ido las cosas en Chechenia, los periodistas como yo no tienen otra opción que mantener un perfil muy bajo.

Quizá pensarán que todo esto es jugar a los espías o que estoy buscando emociones fuertes con los militares. Nada de eso. Odio esta forma de vida. La situación creada en Chechenia por los servicios de seguridad, principalmente por los miembros del BSF y el Ministerio de Defensa, es tan repugnante que me entran ganas de vomitar. Se trata de una situación en la que el legítimo deseo de un periodista de estar en posesión de todos los hechos relacionados con un determinado suceso desemboca en amenazas directas contra su vida. ¿Qué hice durante aquellos dos días en Shatói? ¡Pues mi trabajo, por amor de Dios, nada más que eso! Créanme, no hay nada tan odioso como sentir que en nuestro propio país nos hemos convertido en objeto de tiro al blanco para una serie de parásitos que se corren grandes juergas a nuestras expensas, que son las del contribuyente. ¡Y encima tienen la cara dura de insultarme!

Normalmente, los periodistas no suelen escribir acerca de cómo obtienen su información sobre los hechos. La atención del lector debería centrarse exclusivamente en estos; por lo tanto, esto es de lo más impropio. Discúlpenme si hoy he tenido que desviarme de dicho ideal; pero, muy a mi pesar, me veo convertida en el blanco de un bombardeo de mentiras y conjeturas.

En el próximo número aparecerá un reportaje detallado de mis actividades en Shatói. Será el resultado de la investigación del bru

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