Don de gentes

Fragmento

Contents
Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Descubrimiento de Elvira
I. Berlanguiano y woodyallenesco
Vuelve el hombre
Secreto a voces
La felicidad del perdedor
Gordos y sanos
Sin tetas no hay matrimonio
El nino lama
Intimidad y vida
Un héroe de barrio
Joven hasta la muerte
El reparto de mi vida
Reírse de uno mismo
Contertulios sin fronteras
La tía María
¿Te acuerdas, Marilyn?
Razones para quererlo
Amparo y desamparo
Pasar miedo
II. Negro sobre blanco
El Planeta y su fauna
Tápese la nariz
Por nosotros no pasa el tiempo
El Pájaro Loco
Bienaventurados los mansos
Mucho vicio
Mi vida en dos patadas
Os juro que la vi
La tecla, el humo, el whisky
Buscar marido
Justicia póstuma
¡No disparen al columnista!
La zona VIP del paraíso
Familia del artista
Los ninos de entonces
¡Manolo, la radio!
Diamantes en la boca
Y la cena estaba caliente
Un mudo que habla
Madrid, 1975
III. Sube el volumen
Paletos psicodélicos
Dios ha muerto
Caer en la tentación
Con voz de ángel
Otra historia de la radio
Cosas del querer
Es kafkiano
IV. Entre Manhattan y Colorado
Servicio de senoras
No se lo digas a nadie
Irse de putas
Lo juro por mi padre
La vida es un trayecto
Un nino de la mano
¡Juega una hora al día!
El rey negro
Los hombres de Hillary
Mi Mastercard
La princesa y la mendiga
Vida de Juan
Mar de dudas
El cura y el ángel
¿Tu madre aún conduce?
La de Colorado
De pronto, la felicidad
Noche para recordar
El sofá cama
No hay glamour
V. Cosas nuestras
La mano muy larga
Sola, fané, descangallada
El inocente y el chulo
Senoras que aman la cultura
Fuera de mi cama
Esto es algo muy personal
¿Crisis?, ¿cuál de ellas?
Hombres y mujeres
Con una copa de vino en la mano
Senor juez
¡Viva Finlandia!
El senor Roca
Hijos en propiedad
VI. Don de gentes
No hagas el indio
Dolor de corazón
Aires de grandeza
Adiós mi Espana preciosa
Vida de un héroe
Los anos no perdonan
Mentiras milagrosas
¿Se puede?
Don Quijote y Sancho
Anda, dales un beso
Víctimas de la revolución
Con ruido no veo
Viejo, sordo, incontinente
Mujeres desnudas
Preciosa
El Nino Jesús
Violencia digital
Todo sobre mi suegra
El hecho diferencial
Yo y Manolo
Alto Copete
Cada oveja con su pareja
El aplausómetro
Viven como reinas
Martín, un cerdo madrileno
Huevos de oro
Una historia para no saber
El pequeno Proust
Cosas de abuelas
Sobre la autora
Créditos
02_Dedicatoria

Para mi amigo Xavi Menós,
tan lleno de bondad y talento.

03_intro

Descubrimiento de Elvira

La primera vez que vi a Elvira Lindo ella no me vio a mí. Ella estaba a punto de tomar un taxi e iba acompañada; me fijé en que llevaba una melena roja y sonreía con la timidez que luego resultó ser la sustancia de su sonrisa, pero su taxi se fue enseguida.

Era muy temprano en la mañana, y fue ese mismo mediodía cuando me la presentaron. Y ahora, ese mediodía, ya sabía que quien llevaba esa melena roja era Elvira Lindo. Aquella melena roja era la melena que yo había visto por la mañana entrar en un taxi, y durante un rato del trayecto ésa fue mi visión, mientras viajábamos los dos, en taxis diferentes, del viejo aeropuerto de Barajas a la ciudad en un día de otoño.

Ha pasado mucho tiempo, quizá veinte años, pero siempre que la veo, que la leo, siempre que aparece su nombre, Elvira Lindo, esa imagen es la que me viene a la memoria, como si la vida posterior fuera la prolongación de la visión de aquel instante.

Elvira Lindo siempre fue muy privada; esa timidez que forma parte sustancial de su sonrisa es también la timidez con la que va guardando sus confidencias, e incluso las noticias sobre lo que hace. Algunos años después de aquel encuentro casual en el aeropuerto, quizá en 1994, escuché en casa, por la noche, la voz de un muchacho, aniñado aún, que explicaba sus tribulaciones familiares, las relaciones con sus padres y con los amigos del barrio; era en torno a la una de la madrugada de un sábado; la voz y esa crónica de las tribulaciones se repitieron algunos sábados más, pues se trataba de una serie radiofónica que me llamó la atención al mismo tiempo que le estaba sorprendiendo a un número creciente de oyentes de Radio Nacional de España.

Me hice oyente de las crónicas del niño, que era Manolito, a quien llamaban Gafotas. Extrañaba que un niño estuviera a esas horas despierto, fuera del control familiar, pero entonces uno no se hacía esas preguntas, sobre todo porque la radio no te lleva a hacer preguntas sino a escuchar intensamente si te has creído la historia.

Y yo me creí la historia. Creí que aquel niño era un niño de verdad y no una criatura de ficción. Había tal autenticidad en las historias, transmitía el muchacho tal cantidad de información, y eran tan vívidas sus crónicas que le puse un rostro, unos ademanes; ya Manolito formaba parte de mis propios escenarios, los de mi propia infancia en el barrio donde pasé mis primeros años; de modo que el niño tuvo mi cara, y los padres del niño, que no hacían exactamente lo que hicieron mis padres, aunque mi padre fue también camionero, pasaron a tener las caras de mis propios progenitores. Manolito era de mi familia, y de la familia de centenares de miles de españoles...

Un día estábamos mi amiga Dulce Chacón y yo en casa de Elvira Lindo y Antonio Muñoz Molina (a Antonio fue a quien Elvira había ido a buscar al aeropuerto de Barajas el primer día que la vi); hablábamos en el saloncito del apartamento de la pareja en la calle Pelayo, Elvira se fue un rato, y nos quedamos allí, charlando los tres. Hasta que desde detrás del biombo que nos separaba de otra zona de la casa empezamos a escuchar la misma voz a la que yo me había aficionado los sábados, la voz de Manolito Gafotas.

La historia posterior de Elvira Lindo, primero como autora de Manolito Gafotas, una creación genial de la voz de su memoria, que es también la voz de su capacidad narrativa, oral y escrita, es ya muy conocida; ahora Elvira Lindo es muchísimo más que la joven escritora que inventó aquel personaje; ha hecho teatro, comedia, novela, memoria, ha hecho radio, televisión, y es una escritora de artículos de registros muy diferentes que han condensado y condensan una mirada múltiple sobre la realidad.

Pero hay algo fundamental en lo que aquella Elvira que fui descubriendo a golpe de casualidades no ha cambiado nunca, y es en la intensidad de la mirada que lanza sobre la realidad, sobre lo que ésta da y sobre lo que ésta oculta. Esa Elvira Lindo es la que está en las novelas (singularmente en Lo que me queda por vivir, acaso su creación literaria más depurada y emocionante hasta el momento, más honda) y esa Elvira es la articulista que ustedes redescubrirán en este libro, Don de gentes.

¿Qué hay en esa mirada? En esa mirada está la ansiedad poética de verlo todo al mismo tiempo; como si viera en cinemascope y además en color, como si fuera una niña sentada en una butaca pero que tuviera el poder de enviar a una niña que tiene también sus ojos a descubrir el mundo exterior, o el mundo interior, cuyas noticias le trae deglutidas también en forma de visiones que nadie más ve. Elvira Lindo es una mirada intensa sobre la realidad, una mujer descubriendo, a veces de forma intuitiva o instantánea, lo que esconden las miradas de los otros.

Cuando le planteamos la posibilidad de recoger en un libro los resultados de esa mirada múltiple, recreada en Don de Gentes, su serie dominical en El País, le planteé también la posibilidad de que habláramos los dos acerca de esa mirada, cómo se fue haciendo. En aquel momento ella había terminado la promoción (extenuante) de su novela Lo que me queda por vivir, y estaba a punto de viajar a Nueva York, a pasar allí el invierno con su marido. La gélida mañana de enero en que fui a su casa, con mi magnetófono, a escucharla hablar en la cocina, una cocina que me hizo recordar la que tuvieron en una de sus casas de Madrid, Antonio estaba dando clase, nos esperaría a almorzar en un peculiar y sabroso restaurante italiano. Así que ahí nos sentamos, y ahí quise saber cómo había evolucionado esa mirada, cómo había ido descubriendo el mundo.

Ella nació a la vida adulta, a aquella España en la que nacieron la democracia, la transición, El País, el periódico en el que escribe sus columnas... ¿Cómo se fue haciendo esa mirada?

Es tímida, lo sigue siendo; Elvira responde velozmente, con la intensidad con la que está contada su última novela, como si ese ritmo formara parte aún de su ritmo interior. Así que lo que me dice de ese tiempo tiene que ver, cómo no, con su autobiografía. Ella dice que todo lo hizo muy pronto, como si dentro de ella hubiera una especie de explosión, «un estado muy especial de ver el mundo», como si sintiera «la necesidad de participar en él». Su barrio era importante en la Transición, allí se produjo la primera manifestación contra la subida del pan, había unas asociaciones vecinales muy potentes y el Partido Comunista era el gozne a cuyo alrededor se movía todo.

En medio estaba Elvira, mirando. Todo eso la ayudó a ser adulta, en mitad «de aquel bulle bulle tan fuerte». Era Moratalaz, «aquel barrio tan progre, por así decirlo», el primer paso en la construcción de su manera de mirar. «Y el siguiente paso fue la conquista del centro de la ciudad.» Ahí halló el mundo que bullía ya en su conocimiento, las caras en las que se había fijado, los nombres propios que aparecían en los titulares y en los subtítulos, el universo que luego iba a poblar su poder de metáfora: desde la realidad a la escritura, desde la realidad a la parodia, que fue en algún momento (en sus manolitos, en sus Tinto de Verano, en sus comedias teatrales, en sus guiones cinematográficos) la esencia de su modo de percibir lo que ocurría: como si tuviera un envés todo aquello y ella se empeñara en ver con más intensidad el envés que lo obvio.

Fue una mirada sobre el barrio, y luego fue una mirada sobre la ciudad. Y primero que nada esa mirada la agrandó en la radio. Hasta que ella tuvo dieciséis años, me dice, «la radio la relacionaba con los seriales... Era un medio para personas mayores, no lo tenía presente en mi vida». Pero justamente en esa frontera, cuando ella empezó a salir de la adolescencia, la radio descubrió la vida joven, y se convirtió en un medio para jóvenes, «Para vosotros jóvenes», como se titulaba aquel programa que fundara Eduardo Sotillos en Radio Nacional...

Aquella joven Elvira empezó a descubrir «una radio distinta», en la que surgieron personajes como aquel Loco de la Colina de Jesús Quintero... «Creo que una persona que ve hoy a Jesús Quintero no puede imaginarse lo importante que fue para una generación.» Dice Elvira, y es cierto, que entonces no había tantas cosas como ahora, y que acaso por eso ahora las cosas se pierden, y entonces las cosas se fijaban. Se fijaban para ella y para los que somos más viejos, y así están fijados en ambas miradas, la suya y la mía, personajes como Quintero, como Aberasturi, como Silvia Arlette; ella incluso escuchó, en aquellas mañanas en que se estaba reinventando la radio, al mismo tiempo que amanecía la democracia, la mítica rueda de corresponsales que dirigía el veteranísimo Victoriano Fernández Asís...

En ese momento, me dice Elvira, «puede decirse que se funda el mejor momento del periodismo en España, y fíjate que yo no soy una persona nostálgica». Pero, sí, aquel ambiente, aquellos personajes la atraen al periodismo, «ésos eran modelos a los que querías seguir, porque lo que tú escuchabas en la radio sonaba importante, profesional, interesante». El gusanillo estaba por ahí, y a ella la agarró el gusanillo del periodismo. Era la época de La Clave, «que yo veía como el coñazo que veían mi padre y mi hermano, con la misma pasión con que se ve un partido de fútbol...». Dejen que lo cuente Elvira, con esa voz atropellada con la que cuenta las memorias, y que tanto se parece, por otra parte, a algunos retazos de sus propios libros: «Me acuerdo de coloquios con José Luis Balbín en La Clave, después del 23-F; mi padre fumando sin parar, estaba sentado en el sofá, y de pronto se sentaba en la mesa donde estaba la tele cuando iba a hablar Miguel Ángel Aguilar, de repente Miguel Ángel hablaba de la posible relación de tal general con el golpe, y se producía como una especie de acercamiento físico a la tele, para ver lo que iba a decir esa persona, porque se tenía mucha confianza en los periodistas, mucha confianza... Escuchabas a Miguel Ángel Aguilar o a Martín Prieto y te los creías...». Nació el periodismo, así fue naciendo. «Realmente —dice Elvira—, no creo que el periodismo saliera de mí, sino del interés que había en mi casa por el periodismo... También hay que tener en cuenta que mi cuñado, entonces el novio de mi hermana, era Antonio San José, que trabajaba en Radio Juventud, escuchábamos en casa su programa todos los días. En casa había interés por las cosas que pasaban, se leían periódicos. Era el ambiente del país: entonces escuchábamos con mucho interés los debates del Estado de la Nación. ¿Por qué se enteró todo el mundo de lo que pasó el 23-F? No porque se lo contara un vecino, era porque la gente estaba escuchando la radio... Ahora te enterarías por Internet, pero entonces la gente se enteró de primera mano del intento de golpe de Estado porque estaba escuchando la radio...».

Ella se enteró del golpe en el autobús número 20, que en este momento, las seis y veinte de la tarde, estaba a la altura de Cibeles. «El autobús se paró y alguien entró, entraron unos pasajeros. Dijeron: “Ha entrado el Ejército en el Congreso de los Diputados”. Y la gente empezó a hablar dentro del autobús...» El cambio comenzaba entonces, en realidad; Elvira Lindo vio aquel instante que representó el antes y el después de un país que vivía con la mirada militarizada como el momento «del reconocimiento del régimen democrático, un reconocimiento general... Aquellos individuos que habían irrumpido en el Congreso no parecían ya del país en el que nosotros vivíamos, sino que parecían parte de una opereta anterior... De alguna manera, dentro de la situación política que estaba viviendo España, el que la gente saliera masivamente a la calle, el que los periódicos aparecieran con esos titulares, El País con la Constitución, con la credibilidad que tenían entonces los medios, era una manera nueva de respirar porque el país había entrado en la democracia...»

El país cambió, ella lo vio cambiar; al mismo tiempo que se hacía su mirada se iba haciendo este país, y eso se nota en lo que escribe, en lo que dice, en lo que refleja la imaginación que ha ido fermentando con esa memoria que luego puede rastrearse en los Tinto de Verano y en los Don de Gentes que aparecen en este libro después de haber sido páginas de periódico... La vida, le digo en esta casa de Nueva York, rodeados de nieve, el último día de enero de 2011, te ha ido haciendo testigo, todo lo que dices es lo que dice una persona con vocación de testigo... «Y tanto, y además desde muy joven», me dice Elvira. Manolito, en cierto sentido, es un trasunto de ella; mirando, mirando siempre. Mirando el barrio antes que nada. Manolito, le digo, es en cierta manera la primera columna que tú escribes... «Era una manera muy bonita de llevar el barrio a la radio... Manolito tiene acento de barrio, había escuchado ese acento, lo había sentido en mi barrio desde que llegué a Madrid. Nunca lo tuve tan marcado porque mis padres no eran madrileños, pero me encantaba, me encantaba poner esa voz, y hablar de cosas que yo había vivido en el barrio, en la panadería, en el colegio...» Elvira se ha pasado la vida escuchando; alguna vez le escuché decir que no necesitaba tomar notas de las entrevistas que ha hecho, y algunas han sido especialmente complejas, difíciles de retener; imagino que la técnica de memoria que aplica es la misma que la ha llevado a reproducir acentos, conductas, maneras de ser que luego son parte de sus perfiles, de los retratos que proliferan en estos artículos.

Y esas cosas que dieron de sí el personaje de Manolito le siguen valiendo, dice; no son abundantes los escritores de periódicos que se refieran a la infancia; recopilando estos artículos que ahora forman Don de gentes «me di cuenta —me dice ella— de cómo siguen siendo importantes para mí esas miradas de la infancia, las cosas perdidas, el cambio social... Un lector me escribió el año pasado y me dijo que yo era de las pocas personas que sacan niños en los artículos. Y leyendo esta selección me di cuenta de que tiene razón, la serie está llena de niños, hay un abanico de todas las edades... A veces en los artículos notas que en las columnas los que aparecemos casi siempre somos los que formamos parte de la generación que manda o tiene una tribuna pública. Pero el mundo está lleno de viejos, de niños, de señoras..., y a mí me gusta poner la mirada en esos personajes y he tenido la suerte de que tanto en la radio como cuando he escrito en el periódico he tenido la suerte de tener una audiencia. Es decir, que ese universo es un mundo que interesa».

Y tanto. ¿Tú crees, le digo a Elvira, que ese personaje, Manolito, está aún detrás de tu manera de ver la realidad? Ella dice que tiene que ver «con la manera más primaria de ser». Ella no ha escrito Manolito para copiar cómo es un niño, ni tan siquiera para reproducir su forma de hablar, «sino para tratar de inventar una forma de ser; me he dejado llevar por lo que yo era en un sentido más primario... Me colocaba en la situación de la niña que fui, y dejaba hablar esa vida anterior...». La diferencia era que Manolito era un niño de clase trabajadora, y ella provenía de clase media «en el sentido convencional de la palabra...». La realidad de Elvira y de Manolito eran diferentes, «pero yo le cambié la realidad al personaje; Manolito hablaba y sentía como yo; era ese tipo de niño al que le gusta coger palabras de aquí y de allí, y cuya mayor virtud es que tiene una capacidad muy grande para jugar con el lenguaje. Así que el reconocimiento de los niños hacia este personaje es porque Manolito siente muchas cosas que ellos sienten, celos, manías, de repente mucha soledad, de repente ganas de sentirse querido, cosas así...». Y como Elvira se guiaba por sí sola, el personaje resultó tan creíble que muchos oyentes, como yo mismo, creímos que ese personaje que entraba en nuestras casas la noche de los sábados (y luego las mañanas de los domingos, en la Cadena Ser, con Fernando Delgado) era, en efecto, un muchacho que se llamaba Manolito y estaba desprendido de cualquier soporte de ficción...

Fue el primer ensayo de Elvira Lindo de enfrentarse a la realidad, a lo que veían sus ojos grandes que siempre se fijan... Luego vinieron los Tinto de Verano, durante cinco años; fueron columnas veraniegas en El País, y también fueron libros. Fue una irrupción revolucionaria en los veranos acomodados de la prensa; de pronto, Elvira Lindo no sólo contaba lo que sucedía en las afueras de su vida, sino que se adentraba en lo que parecía una autobiografía de sus relaciones familiares. «Los Tinto de Verano —dice ella ahora— me dieron muchos lectores pero también muchas preocupaciones, porque para mí estaba claro que estaba haciendo comedia, pero había tantos elementos de la realidad que se parecían a los de mi propia vida que mucha gente creyó que en efecto yo estaba desnudando aspectos de mi propia existencia...». Ha ocurrido, me recuerda, con series norteamericanas de televisión, como Seinfeld o Curb Your Enthusiasm, de Larry David, personajes que aparecen en primera persona interpretando episodios que parecen reales y que sin embargo son invenciones, historietas cómicas como aquellas de los Tinto de Verano... Antonio, que salía muchas veces en esos relatos como «mi santo», disfrutaba con esas tiras cómicas que inventaba Elvira, pero «quien realmente tenía problemas era yo», de modo que poco a poco se fue despegando de ese personaje, y ahora quien habla en sus artículos es ella misma, de lo que ve realmente, de lo que siente realmente, de lo que aparece ante esa mirada que sigue siendo directa, intensa y algunas veces tímida o melancólica.

Pero no ha abandonado el lado irónico de esa manera de ver. «Los artículos siguen teniendo ironía, pero ya no están sometidos a las reglas del humor; yo ahora me siento mejor escribiendo, me siento que puedo responder mejor de lo que yo escribo que antes... Lo que sí he notado con el paso del tiempo es que antes era más inconsciente escribiendo.»

Ahora es más consciente de lo que escribe. «A lo mejor esa inconsciencia tenía una frescura muy divertida... Ahora soy más consciente de lo que escribo; me arrepiento si soy consciente de que hago daño; entiendo la crítica, la ejerzo, pero no acepto el daño, lo rechazo.» Elvira Lindo salta cuando escucha comentarios machistas o misóginos, por ejemplo; salta de su sitio, levanta la voz, y muchas veces (en sus columnas de los miércoles, en la última página del periódico, en este Don de gentes que ahora se publica en forma de libro...) expresa su indignación con un propósito que subraya mientras toma una infusión en medio del silencio casi de estudio de radio de su casa de Nueva York: «Me indigno porque siento como una obligación luchar por que haya otro clima en España».

Que huya del daño a las personas no quiere decir, continúa Elvira Lindo, «que no sea dura con quien creo que haya que serlo, o que no sea crítica; lo que quiero decir es que no acepto ese tipo de comentarios que hay ahora; prefiero ahorrarme un chiste, por muy brillante que sea, que haga sangre con nadie... Ni es un consejo para estudiantes ni es una admonición hacia mis colegas, es simplemente que me siento mejor conmigo misma si, cuando hago una crítica, la hago alejada de toda inquina personal... Es algo que he aprendido con el tiempo: se puede ser irónico, sarcástico, sin necesidad de hacer sangre».

En los artículos que se recogen aquí, una décima parte de lo que ha publicado, hay lo que también le dice Antonio Muñoz Molina que se encuentra en estos textos: una mirada poco frecuente en este país. Una mirada inocente, es decir, cuenta Elvira sus propósitos, «una mirada que ve a los seres humanos como son y que trata de contar su historia. Él dice que son artículos llenos de comprensión o de bondad hacia los seres humanos. Ojalá que fuera verdad. Yo pretendo que en mis artículos se comprenda el comportamiento de los seres humanos aunque haya algunos que sean muy críticos, es decir, que he tenido problemas y polémicas con artículos que sí parecía que pudieran producir reacciones contrarias, pero eso se ha producido también con otros que no esperabas que fueran polémicos... Cuando escribes siempre hay gente que está ferozmente en desacuerdo con lo que tú escribes, pero creo que hay un intento de comprender ese mecanismo imperfecto que es el ser humano...».

Un intento de comprender ese mecanismo imperfecto que es el ser humano... Le conté a Elvira Lindo que días atrás había leído estos versos de un poeta alemán, Michael Krüger: «A veces la infancia me envía postales». Han pasado muchos años de Manolito, y han pasado muchos años de casi todo, incluso de la mirada de aquella niña que vive en el autobús 20 el momento en que España pasa de ser una dictadura militar a ser un país moderno o civilizado. ¿Qué postales le enviaría a la Elvira de hoy aquella niña que entonces se estaba haciendo? «Si las postales son de la niña, pues mi adolescencia fue mucho más problemática, las postales estarían llenas de colores, colores muy fuertes, sobre todo de los juegos, de la calle, de haber vivido en muchos sitios diferentes, de haber tenido una infancia muy nómada... Una infancia que es un tesoro para mí, porque no muchos niños han tenido la suerte de vivir cuatro años en medio de un monte..., de colegio en colegio, de pueblo en pueblo, las postales de mi infancia tendrían los colores de los años setenta.» ¿Y qué dirían?

A ella le gustaban las postales que le escribían a la tía Concha. «Siempre nos mandaba dinero, fue una segunda madre para nosotros. Ahora cuando lees esas postales que le mandábamos a ella resultan muy cómicas porque tanto mis hermanos, que pasaban temporadas con ella, como yo, siempre le pedíamos algo, dinero, el jersey que nos había prometido, la caja con las galletas y el chorizo... Una correspondencia con una persona mayor que te ha querido tanto... Hay algunas cartas que conservo, escritas por mí misma pero dictadas por mi madre. A mí me gustaba servirle de secretaria. Eran cartas muy tiernas para sus hermanas en las que también les hablaba de nosotros... A veces cambiaba de color, empezaba con un rotulador rojo y seguía con un rotulador verde.»

Ahí están esas cartas. Ahora, de adulta, escribe estas cartas. Son artículos en los que también hay, por así decirlo, rotuladores verdes y rotuladores rojos, y acaso hay, también, las distintas miradas que se hicieron desde la infancia. Ahora, para el libro, ha tenido que releer la consecuencia de tantos rotuladores. ¿Cómo se ha sentido? «Me cuesta muchísimo releerme. En este caso no me ha quedado más remedio que releerme porque lo que yo quería era que no aparecieran algunos artículos que hubieran traspasado la barrera del tiempo... Es bonito comprobar, como dice Antonio, que nuestra vida aparece como entre líneas, lugares en los que hemos estado, cosas que hemos visto juntos; eso es bonito. Cosas que yo he escrito de manera cómica sobre los momentos en que estaba de Nueva York hasta las narices; pero lo he escrito de esa manera cómica porque he sido siempre muy pudorosa para mostrar mis estados de melancolía, que los tengo como los tiene todo el mundo.»

Y, sin embargo, en estos artículos hay como un estado de ánimo permanente y fijo, el estado de ánimo de una mujer que se enfrenta a la vida sin abandonar ninguna de sus edades, que aún mira como la niña del autobús número 20, la niña que mira. Su Don de gentes es, en cierto modo, el espejo en el que está el carnaval del mundo tal como lo ve; en alguna esquina, como en el más famoso cuadro de Velázquez, está también ella reflejada. Leerla es verla mirar. Yo la sigo viendo mirar como aquella mañana en que entraba, tímida y alegre, con una melena roja en el mismo taxi en que viajaba a Madrid con Antonio Muñoz Molina. Entonces la vi por primera vez, y luego nunca he dejado de imaginarla así, tímida, alegre, feliz con su melena roja. La mujer que escribe este Don de gentes.

Juan Cruz Ruiz

Marzo de 2011

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I. Berlanguiano y woodyallenesco

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Vuelve el hombre

«Que sííííí, que sí, que vi el último capítulo de Los Soprano.» Esto se lo respondo a dos lectores que, conociendo mi afición por la serie, me escribieron sorprendidos por que no haya dicho esta boca es mía al respecto. Me explico: ganas no me faltaron, pero una columnista, si es limpia y honrá, ha de estar pendiente de no repetir las columnas que escribieron otros columnistas, y el tema «último capítulo de Los Soprano» estaba megasobado. Por tanto, me contuve. Lo mismo me pasó con el «asunto Woody», para el cual, lo digo sin ánimo de lucro, tenía una crónica tremenda, chispeante, de las que hacen época, titulada «Bienvenido, Mr. Allen» (con todo lo que ese título implica), pero me la pisaron y muy bien pisada Diego Galán y Ramón de España. Dejando a un lado el que servidora tenga vergüenza torera e intente no escribir sobre un material sobeteado, me daba pavor escribir sobre el final de la serie porque tuve una amarga experiencia que me marcó hará tres años, cuando se estrenó Match Point. No sé cómo se me fue la olla y conté, cuando la película aún estaba en cartelera, que Scarlett Johansson muere. Como resultado, una fiel lectora de este periódico y fiel ex lectora mía me escribió una carta bomba: «¿Está contenta? Me paso la vida luchando contra esa gente que se empeña en contarte las películas de pe a pa, y ahora va usted, con sus manos limpias, y me jode una tarde de mi vida. Es usted una hija de puta. Yo la leía siempre. Hasta hoy». Con este precedente, ¿quién se atreve a hablar de finales? Porque todo parece indicar que el paso siguiente de esta lectora temperamental sería mandarme a casa unos sicarios para que me volvieran la boca del revés. Así que yo calladita, como una perra. Eso sí, voy a introducir algunos conceptos que no tienen nada que ver con el argumento en sí. Tengo la teoría de que Los Soprano ha generado, en el inconsciente erótico colectivo, un nuevo ideal como objeto de deseo: el hombre grande, bisóntico, que vuelve a casa lleno de secretos y que tiene el miembro dispuesto a satisfacer a las mujeres del mundo, a la santa y a las churris; el hombre que lleva una pistola en el bolsillo; el hombre que se cree italiano, aunque nunca haya estado en Italia, pero ha conservado milagrosamente los gestos de sus abuelos y una nostalgia por no se sabe qué; el engullidor de pasta, de canolis (que son como los piononos granadinos, pero cinco veces más grandes); el hombre de modales rudos en la mesa; el que se pone la servilleta para que el tomate no le manche la camisa impecable; el que va a misa, le da un beso a su señora a la salida y se larga a echar un quiqui con una periquita; el que hace donaciones a organizaciones solidarias; el que, como decía el poeta argentino Raúl González Tuñón, cuando la madre se le muere, le pone luto a la guitarra. Esa clase de individuo, con semejante sex-appeal, se ha impuesto. Es un gusto que comparten el mundo gay y el femenino. El mundo gay ya había dado un paso adelante, instituyendo la categoría de oso como canon de belleza. Oso, mucho pelo, mucha carne, promesa de gruñido y de mordisco. Nada de mariconadas. Gandolfini era, pues, la materialización de ese ideal. La cosa es que las mujeres se han apuntado, y los Gandolfini que encuentras por la calle lo saben y actúan en consecuencia. El otro día andaba yo con una amiga en una cafetería del Village tomando una limonada, una cosa muy de señoritas. A nuestro lado, dos terneros gandolfinianos engullían paninis como si fueran cacahuetes. Un Gandolfini me dijo: «¿Lo que hablan ustedes es italiano?». «No, no —le dije yo—, español». «Ah —me dice el tipo—, es que yo soy italiano y creía que ustedes hablaban italiano». Parece una conversación absurda, si no fuera porque una está ya acostumbrada: los descendientes de italianos están convencidos de que también lo son. Después de las presentaciones me cuentan que son policías, vamos, detectives, de narcóticos, y que en ese momento están de servicio. Y yo digo: ¡venga ya! Y uno de ellos, para demostrarme que no mentía, va, se levanta la camiseta y me enseña la pistola, la pistola metida entre el pantalón vaquero y la espalda. Luego nos da la tarjeta, por si tenemos algún problema o por si otro día queremos tomar otra limonada. Campana, se apellida el tío. Tony Campana. ¿No es extraordinario? Tony me dice que podemos quedar un día y que él me cuenta historias. Tony dice que una novela con su poco de amor (eso lo pongo yo) y su dosis detectivesca (él) siempre funciona. El otro Gandolfini interviene: «Yo también soy artista, a mi manera. Tony, enséñale lo que te hice». Y Tony, el detective Campana, sin hacerse de rogar, se levanta y se vuelve a subir la camiseta, dejando no sólo la pistola al aire (lo cual impresiona), sino un prodigioso tatuaje de un tigre que le ocupa casi toda la espalda. Otras tías en la mesa de al lado dicen: «¡Woooow!». Y ese «woooow» va por el tatuaje, por la pipa y por el mismo Campana, que tiene su punto, tan enorme, gandolfiniano, y que por ende está atravesando el mejor momento de su vida. Está de moda. Nos levantamos, y Campana nos pide el teléfono. Algo a lo que sólo se atreven en esta ciudad estos italianos falsos que defienden su derecho al morro como un factor genético. Recuerdo ese momento de Uno de los nuestros, cuando ella dice: «Cuando me enseñó la pistola me puse cachonda». Yo no comparto el gusto. A mí, cuando me enseñan una pistola no me entran más que ganas de correr (y no en el sentido reflexivo del verbo).

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Secreto a voces

Voy hacia el teatro Español y llevo en el corazón un secreto. Hay pocas personas a las que se lo he contado porque quiero disfrutar de mi secreto sin que se vea enturbiado por el juicio ajeno. Lo he contado en casa, claro, donde se han sorprendido, p

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