Señora mía Valiosísima, Dulcísima y Valentísima:
Hoy, en este día de 16 de marzo de 1640, doy comienzo a este cuaderno secreto de cartas a la edad de años once, como resultado de una gravísima enfermedad o bien, como repite Madre, desgracia irremediable, y como glosa Immarella, la criada, «un lío demasiao exagerao».
Tú, que todo lo ves desde las Estrellas, conocerás sin duda mi casa, no quiera el Cielo que te confundas con otra Belisaria Morales, más conocida como Lisario, aunque por seguridad añado: vivo en el Castillo de Su Catolicísima Majestad de España, Nápoles, Sicilia y Portugal, Felipe IV, a quien Dios guarde, sito en Baia, en la muy espléndida Ciudad de Nápoles, y, en cualquier caso, basta con que preguntes y todo el mundo te sabrá decir quién es la Hija Desafortunada que te escribe.
Te preguntarás cómo, dado que a las Hembras nos está vedado el Estudio: aprendí a leer un día, hace cuatro años ya, mientras me criaba sin hermanos, siendo que nací de Madre Defectuosa y lanzada al corral como Gallina sin instrumento, entrando con gran secreto en la Habitación de Padre donde estaban los Libros. Curiosa, me subí en el escabel para apoderarme de ellos, me caí ¡y los tomos se me abalanzaron sobre la cabeza!
Entonces fue, creo, cuando tuviste a bien iluminarme, porque, de Gallina que yo era, me reencontré a mí misma, recobré mis sentidos cual Experta en Lectura, y comprendiendo lo que el libro contaba, lo robé.
En unos pocos meses aprendí cumplidamente la Lectura y la Escritura hojeando y volviendo a hojear aquel único libro que llámase Novelas ejemplares del muy excelente Señor Miguel de Zerbantes, por él dedicado a Don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos. ¡Ah, qué mundo se abrió ante mis ojos! Por supuesto, tuve la tentación de súbito de robar otros libros de la habitación de Padre: una obra en verso, el Orlando Furioso de Messer Ludovico Ariosto, una aventura aventurera denominada Lazarillo de Tormes de Anónimo y Desconocido Autor (¿sabes Tú quién es, Suavísima?), y además la comedia de Otelo, el moro de Venecia de un albiónico que responde al nombre de Guillermo Shakespeare.
Me las recitaba de memoria todas estas escrituras, mientras seguía robando otras hasta que Padre se percató —¡de los robos!— y echó las culpas a Immarella, que ante la palabra Libro abría de par en par los ojos y movía la mano cerrada, como cucuzziello, o séase, calabacín.
Immarella fue castigada y en tal ocasión yo esquivé la desgracia y aprendí el arte de la Actuación, porque ante los demás aún debía parecer yo Gallina, por más que mi alma fuera definitivamente de Zorra.
Suavísima, te ruego, sin embargo, que guardes el silencio y el secreto acerca del hecho de que esta pobre Cristiana sepa cómo escribir y cómo leer, porque ya demasiadas cosas son las que han terminado mal en mi breve vida. Y así llego, pues, a la razón de esta Carta.
Tengo un bocio. Un mal bocio, Señora mía Dulcísima, que crece y crece. Culpa de mi constitución cantarina, dicen Madre y Padre, enferma desde mi mismo nacimiento por exceso de palabras.
En efecto, recién parida, ya cantaba, retumbante como una trompeta, hasta el punto de que el Médico miró a Madre y a Padre, se hizo la señal de la Cruz, y, por la vergüenza, soltome bofetadas para acallarme, y yo me acallé. Con todo, según crecía, el vicio no desaparecía, al contrario, vertiginoso aumentaba, fuera porque yo cantaba o porque hablase, como expeditísimo predicador, algo de lo más vedado a las Hembras Pequeñas —y a las Grandes—, diciendo todo lo que se me pasaba por la cabeza.
Suavísima, me informaron de que la mujer ha nacido para obedecer, callar y sufrir. Y, como confirmación, cada vez que yo cantaba o hablaba, recibía bofetadas y bofetones.
—¡Babuina, zámpate la lengua! —decían las criadas, y elogios semejantes recibía tantos que el canto me lo tragaba una, dos, mil veces hasta que al final, de repente, ¡una gran bola en la garganta! ¡Y cuanto más me decían que estuviera callada, más se me hinchaba de las palabras que no podía decir y de las canciones que no podía cantar!
Porque a mí, Suavísima, de mayor me gustaría ser Cantante. ¡Me gustaría muchísimo cantar las óperas melodramáticas del Ilustrísimo Maestro Monteverdi, cancioncillas y bailes de fiesta y tus Loas, oh, Mi Señora, puesto que ya conozco todos los cantos de la Iglesia en latín!
Pero termino la Triste Historia: este bocio crece y crece y hace tres meses Padre llama al Cirujano y le dice: «¡Corta!».
Y, ante mi gran desconcierto, el Cirujano acude y prepara sus cuchillos.
Huyo, lo confieso, bellaquísima Liebre, tropezando a lo largo de las almenas del Castillo, entre las piernas de los soldados, me escondo en el chiassetto, el callejón entre la inmundicia y la mierda, el bocio casi me ahoga. Al precio de un Gran Asco estuve a punto de salvarme, pero ¿qué es esto, pues, no me entra el hipo? Y así me sacan arrastrándome por los brazos del chiassetto mientras no dejo de menearme, misérrima y muy sucia, y termino atada a la silla del Cirujano. Y aquí, el más Espantoso de los Terrores: ¡me orino, me cago, grito! Pero nada, ni siquiera las súplicas a Ti, Señora mía Dulcísima, me salvan. Me abren la garganta con el cuchillo: siento un desgarrón y veo la sangre —¡la mía!— que gotea sobre la falda. Y pienso entonces: ahora muero.
En efecto, Suavísima, estuve muerta, durante tres meses. Dormí sin sueños, quien te escribe es Lisario difunta. Sin embargo, ayer mismo, me despierto y ¿qué es lo que veo? A Madre llorando al lado de mi cama, a Padre serio, que se lo reprocha. Así que trato de hablar para decir: ¡estoy viva! Pero no consigo que me salga el aliento, ni una sola palabra y oigo a las criadas, que ya conocen la verdad:
—¡Pobre criatura, sin lengua! ¡Esa que tenía tan larga!
¡Estoy muda! ¡Apagada estoy, como un Laúd sin Cuerda!
—El Cirujano se equivocó... menuda ha liao... —dice Immarella.
Corro por las paredes, huyo, con las manos sobre la boca. ¡Qué me han hecho!
A partir de hoy solo Cartas a Ti, la más dulce de las Señoras. Las oculto aquí, debajo de las piedras, en la playa del Castillo, donde ahora escribo. Ya vienen, me están buscando, que el mar las proteja.
Lisario, Tu Sierva
[...]
Suavísima Señora:
¡Crecer es como una piñata! ¡Yo soy la piñata y todos quieren hacerme añicos! Hace dos años que estoy muda, se aprovechan de que nunca me oyen decir que no, así que «Lisario haz esto, Lisario haz lo de más allá».
¡Y Lisario, la tonta, venga a hacerlo! ¡Pero este imperio está a punto de caer! ¡Lisario empuña el horcón y estalla la revuelta!
Madre, además, me envidia porque es una enana. ¿Y qué culpa tengo yo si ella quedó parada por la mano de los Santos? A mí los Santos, en cambio, me dicen sin parar: ¡crece, crece! Y yo me estiro, como las anchoas que vienen del mar. ¡Para colmo, me ha venido la regla! Cuando vi la sangre en la falda, Suavísima, creí que de nuevo me habían cortado la garganta. Nadie me había dicho que es la normalísima Sangre de las Mujeres y que a partir de hoy yo también puedo tener hijos.
Y, pese a todo, Suavísima, te lo digo a Ti: ni el menor deseo de tener hijos. ¿Será pecado? ¿Qué voy a hacer?
¿Cómo podré ser Hembra?
¡Ah, Suavísima, sueño con ser gitana y lázaro, comadreja y halcón, delfín y gaviota!
Lisario, con dolor de vientre, a día 20 de enero de 1642
[...]
¡¡¡Suavísima!!!:
Desde hace días en el Castillo no deja de hablarse de mis esponsales.
Pero entonces mis oraciones, mis votos, ¿de qué sirven? ¡Esposa yo!
¡Y la esposa de un viejo baboso y gotoso! ¡¡¡No!!! ¡Me parece como si hubiera caído en una de las Novelas del Excelentísimo Señor de Zerbantes denominada «El celoso extremeño»!
¡Pero mi destino no será el de Leonora, encerrada en casa, sin conocer varón, tachada de adúltera y luego viuda y monja! ¡Antes me tiro de las murallas del Castillo! Madre me lo presentó el día de antes de ayer: un notable napolitano, sin dientes, con el aliento podrido... «Un viejo baboso, hace falta estómago... Viejo y verraco, ¡menúo valor matrimoniar con ese mierda a la criaturica!», decían a coro llorando Annella, Immarella y Maruzzella. ¡No puedo, no puedo! Una enorme rabia me crece por dentro: levanto el puño y aviso al Cielo, total no hay nadie que me escuche, que de ahora en adelante te voy a escribir solo a Ti, para dar a entender lo que quiero y lo que no. Y, puesto que no se me escucha, dormiré, como después de la escabechina del Cirujano: días, semanas, meses y años, y nunca jamás, lo juro por estos dedos y esta cruz y escupo por el suelo, ¡nunca jamás me despertaré!
¡Pase lo que pase!
¡Adiós Mundo, Adiós Nápoles, Adiós Suavísima!
Lisario muere, a día 6 de julio de 1644
Al año siguiente
1.
—¿Vais a casa de don Ilario, doctor? Ah, algunas personas tienen toda la suerte de este mundo... Oh, el diablo vive en esa casa... ¡Prestadme atención, joven médico, volveos a Madrid!
Avicente Iguelmano se había bajado del mulo tambaleándose, enjaezado de bragueros y correas que le habían encasquetado para que no resbalara a lo largo del camino, y sus jadeos dibujaban nubes compactas en el aire de hielo. La guarnición a la que había seguido desde Nápoles —hombres violentos y cansados, que se habían adaptado a la molicie de la capital del Virreinato casándose y estuprando a las mujeres napolitanas, acostumbrados al vino más que a la disciplina—, aprovechándose de la distancia que la separaba del capitán, gritaba y silbaba burlándose del figurón español.
—¡Es el diablo el que hace nevar! Si vierais el calor que hace aquí, en verano... Hace calor hasta Navidad... ¿Quién ha visto un tiempo como este?
Iguelmano, médico graduado, ciudadano catalán de veintitrés años, había oído en su tierra natal, la catolicísima España, que durante el invierno el sur y las colonias eran más cálidos que Andalucía, con un clima templado y el sol siempre reluciente. En cambio, esa mañana en el golfo de Pozzuoli, el aire, rebosante de la humedad de ocho días de aguaceros continuos, se había helado de repente.
—Parece como si estuviéramos en Flandes... —resopló para que le oyese el soldado que le precedía, y se arrebujó, maldiciendo, en la capa de paño ligero que se había traído pensando en el perenne verano colonial. Iguelmano era estrecho de pecho e insuficiente de estómago, parecía un trapo mojado.
—¡Ah, menudo sitio ese! ¡El culo del mundo!
El médico no lo negó. Al contrario, con un escalofrío de repugnancia, volvió con la mente a su aprendizaje, tan breve como tormentoso, con el más ilustre cirujano de La Haya, del que acababa de escapar. La incomprensión entre maestro y alumno venía dictada por la ignorancia del joven Avicente, a la que se unían, por carácter, la arrogancia y el orgullo. Pero en Avicente las razones se configuraban de forma distinta. Se mostraba cínico, por mera pose, mientras que en el fondo era inseguro y cobarde y, en consecuencia, no toleraba enseñanza alguna.
El maestro cirujano de La Haya, Reenart Helmbreker, le había sorprendido mezclando sangre de vaca con agua y heces para demostrar que uno de sus pacientes sufría de hemorroides, ya que no toleraba haber incurrido en un error. Helmbreker no le castigó, con la esperanza de una redención que no llegaría, porque es ilusión de los viejos confiar en las correcciones de la vida; Avicente, por el contrario, menospreciando la segunda posibilidad que se le ofrecía, se dejó sorprender mientras hojeaba los cuadernos privados del maestro y fue despedido al instante.
Por eso se encontraba en Nápoles, porque aquí nadie estaba al corriente de sus fracasos. Era indudable, además, que en la segunda capital del Imperio le resultaría fácil encontrar un rinconcito seguro en el que ejercer mal cuanto su profesión exigía. La acogida, con todo, no había sido de las mejores. En el puerto le habían despojado de todos sus bienes, con la salvedad de la carta de presentación que un antiguo compañero de universidad, llamado a muy diferentes glorias, se había molestado en escribirle a cambio de la cancelación de una antigua deuda de juego, para una anciana gentilhembra mal vista en la corte de Madrid y ahora residente en Nápoles.
El soldado, mientras tanto, proseguía con sus balbuceos:
—Claro, claro. Desde que a su excelencia se le metió en la cabeza construir el castillo, es que no sale una a derechas...
—Hace cien años... ¡La culpa es del volcán!
—¿Qué volcán? —preguntó con ansiedad Avicente.
Era un figurón, que no podía ser confundido con la multitud, pero un figurón cobarde: ya desde su desembarque había observado inquieto la sombra azulina del Vesubio, blanqueado por la tormenta.
Sentía un sacro terror ante los terremotos. Los había sufrido de niño en España, y no tenía la menor intención de repetir la experiencia. Y mucho menos con lava y volcanes.
—La montaña. ¿Cómo, doctor, no sabéis nada de la montaña? Claro que sí, esa que surgió en cinco noches.
El soldado, mientras hablaba, se había santiguado tres veces. Era el mismo que había nombrado al diablo. Una larga cicatriz verduzca le recorría el rostro, que Avicente observó con atención, buscando y hallando en él las señales de la viruela, del mal de hígado, del exceso de bilis, huellas de epidemias antiguas, la mandíbula torcida, los dientes podridos. En pocas palabras: un figurín. El soldado le echó el aliento y Avicente pudo contemplar con detalle la boca: una caverna negra que exhalaba un repugnante hedor.
No podía tener muchos más años que él, veintiocho como máximo, pero parecía ya un anciano. Esa era la vida que Avicente nunca habría querido vivir y de la que estaba dispuesto a huir por cualquier medio, a costa de vender gaviotas por ángeles.
—¿Cómo puede crecer una montaña en cinco noches? —preguntó.
—Mi abuelo lo vio —dijo el soldado—. Estaba destinado aquí, a las órdenes de don Pedro de Toledo. Primero hubo un estruendo aterrador. Nunca se había oído un ruido semejante, dijo, como si la tierra se liberase de vientre. Y luego, todo un pueblo desapareció, las casas derribadas como palillos de dientes, árboles arrancados y quemados. Una llamarada de fuego y un aire hediondo... Aquí, doctor, la tierra respira podrida...
Avicente Iguelmano apartó la nariz de la boca del soldado y del aire local, levantándola, como el cuervo asustadizo que era, y esperó a que se le facilitaran más detalles.
—Ahí está la montaña. Puedes verla tú mismo, doctor —el soldado señaló una colina entre las muchas de la zona, roja hasta la cima, que ahora se mostraba grisácea a causa de las lluvias y de las heladas—. Lo llaman Monte Nuevo. Yo diría que es la montaña del diablo... Quien vive aquí está maldito. Y don Ilario en el castillo sabe algo del asunto...
Avicente Iguelmano se estremeció. Una mano enorme, como la zarpa de un león, se le había posado en el hombro.
—Doctor, os están esperando.
2.
—Solo el cielo sabe por qué hemos hecho de esta ciudad una colonia... Habría que haber tomado otras tierras. Estas no son ricas, ni hermosas, y las habita gente irascible. Locos, violentos, sucios... Menudo negocio el quitárselas a los aragoneses. ¡Ya se habían arrepentido ellos de habérselas arrebatado a los angevinos! Ciudad de traiciones y conjuras... ¡Y no se encuentra un paño de lino decente ni a precio de oro!
Así hablaba la Señora[1] Eleonora Fernanda Antigua de Mezzala, la destinataria de la carta de recomendación, dos días antes de la llegada del médico al Castillo de Baia. Avicente Iguelmano acudió de inmediato a verla, de acuerdo con las instrucciones de su compañero de universidad.
La Señora de Mezzala era célebre por sus deslenguadas opiniones, según le había contado su amigo —esta fue una de las razones que la habían alejado de la corte de Madrid—, y a Avicente, que no osaba contradecir a nadie si de este dependía su suerte, se le ocurrió, sin embargo, ponerse en evidencia yendo contra el parecer de su nueva protectora.
—Esta tierra es muy rica, Señora. Y sé que son muchos los dineros que le llegan al rey desde esta ciudad...
Doña Eleonora se había quedado mirando a su nuevo protegido con ojo oblicuo, mientras evaluaba su fiabilidad. Ya había tenido suficientes parásitos, incluidos los que saltaban de su peluca.
—Sois un ingenuo... —tosió—. No hay tórrido verano en el que no me arrepienta de haber venido aquí con mi marido y no hay invierno extraño y loco como este, en el que no añore las nieves de Madrid... Vos sois del sur y solo conocéis el buen tiempo del mar, pero Madrid... Ah, Madrid...
Sí, no debían de soplar buenos vientos para su protectora: la sala en la que fue recibido Avicente se hallaba en el callejón conocido como de los Sanguini, una oscura falla de piedra, la enésima de una densa red en la que el médico había perdido de inmediato la orientación. ¿Cuántas rúas, trochas, costanillas y callejones había en aquella maldita ciudad? La habitación en la que había sido alojado rebosaba humedad por las paredes. Una sierva tan ancha como una bola de cañón y tan alegre como un ahorcado le había mostrado un jergón apestoso y se había retirado a lavarle el orinal solo después de que Avicente protestara por la presencia de heces ajenas en su excusado.
—En tal caso, Señora —hizo una leve reverencia Avicente—, estas nieves deberían haceros sentir como en casa...
—¡De ninguna manera! Con el tiempo voy a tener que recurrir a vuestras artes médicas si el frío continúa... —y luego, mirándolo como si quisiera eviscerar su alma, añadió con un silbido—: Porque como médico sois bueno vos..., ¿o no?
Avicente Iguelmano, por temor a que las nuevas de Reenart Helmbreker le hubieran precedido desde La Haya, sonrió al tiempo que palidecía.
—Lo hago lo mejor que sé, Señora —susurró, temeroso.
Oliéndose una trampa que no sabía a qué presa estaba destinada, la Señora contestó, acunando sus palabras en la boca como si se tratara de golosinas:
—Conque lo mejor que sabéis, ¿eso decís? —se limpió tranquilamente de la falda algunas cáscaras de almendras que había desgranado y añadió—: Entonces tendremos que poneros a prueba. Nos haría falta una enfermedad rara o una consulta difícil...
El perrito de la Señora bajó de un salto de su regazo y deambuló nervioso entre las bandejas de huesos que desprendían hedor en las esquinas de la sala. Un gigantesco pájaro tropical encaramado y encadenado en un plato de bronce lanzó un grito. El pequeño perro gruñó en respuesta.
—¡Eso es, ya lo he encontrado! —dijo la Señora y se rascó la barbilla peluda mientras una curiosa sonrisa se le dibujaba en los labios. En su áspera pilosidad negra, el labio contrastaba con el colorete extendido a grandes franjas púrpuras sobre las mejillas—. Os enviaremos a ver a don Ilario, al castillo. ¿Todavía no habéis oído hablar de su hija?
Iguelmano hizo una pequeña inclinación, negando.
—¿De verdad? ¡Es la comidilla de la ciudad! ¡Duerme, mi apreciado doctorcito, duerme sin parar!
Avicente contuvo una risita nerviosa.
La dama lo acalló con una mueca.
—Duerme desde hace seis meses.
Avicente enarcó las cejas. Las piernas comenzaron a temblarle, no hubiera sabido decir el porqué, pero pasado el tiempo se acordaría de ese instante en el que la amenaza se cernía líquida sobre su futuro, bajo la forma de un cuento de hadas.
—Duerme desde hace seis meses y no hay forma de despertarla. Parece muerta. Veinte médicos la han visitado y todos coinciden en que no vale la pena esperar, que es mejor enterrarla. Pero la muchacha respira, ¿lo entendéis? Y se traga los escasos líquidos y sopitas que don Ilario y su esposa hacen que le preparen.
—¿Es decir, deglute durmiendo? —dijo con un hilo de voz Avicente Iguelmano, deglutiendo a su vez.
—¡Así es! ¡Pero no se despierta!
—Señora —aventuró el médico, experto en mentiras—, es posible que la muchacha esté fingiendo.
La Señora se levantó de su silla labrada, un cojín se le cayó del regazo y un sirviente, ágil para desaparecer como una sombra, se precipitó a recogerlo.
—Tonterías —murmuró mirando por el gran ajimez que se abría en la sala del palacio, que había conocido otros tiempos, otros reinantes, otros fastos—. Si fingiera, alguien se habría dado cuenta. Y además, doctor, ¿qué razón tendría para hacerlo?
Avicente se pellizcó la barbilla y movió una mano al azar.
—¿Pretende su padre desposarla contra su voluntad?
La dama se volvió bruscamente.
—No. Que yo sepa, no hay prometido alguno.
—Entonces —insistió el doctor—, ¿es ella la que quiere casarse en secreto y su padre ha opuesto su veto? Veréis, Señora, las mujeres saben cómo inventar numerosos sistemas para sobrevivir a las constricciones...
Y, diciendo esto, Avicente no sabía hasta qué punto y de qué manera estaba describiendo su futuro y su propio destino.
La Señora le acribilló con una mirada pérfida: el médico estaba seguro de que esos fueron los ojos de las Erinias, en presencia de Orestes.
—En ese caso —añadió la española con lentitud calculada—, os corresponderá a vos descubrir la verdad. Id y comprobadlo. Si sois capaz de resolver el caso de don Ilario, seréis mi médico y el de mi familia, y el paso siguiente será convertiros en médico del virrey.
3.
Al escudriñar en el pasado del joven Avicente se hallaba una típica juventud de figurón, pasada en las tabernas y en los salones nobles de Lérida y de Barcelona, una despreocupación sin rémoras, derrochadora y veleidosa: de no haber sido por la prematura muerte de su madre y la ruina económica de los abuelos, nada ni nadie lo habría obligado a ejercer la profesión de médico como su padre. Avicente tenía ya en la cabeza un matrimonio rico y una madurez de perezosa ineptitud.
No hubo día de su infancia en el que no se jurase a sí mismo y a sus seres queridos que jamás de los jamases optaría por practicar la medicina, por más que, empero, se hubiera visto obligado a estudiarla. Sentía desprecio por los instrumentos médicos, que le parecían similares a herramientas de tortura, le invadía el pánico ante el pus y la virulencia y sufría náuseas y desmayos en presencia de la sangre.
Incluso ahora que era un hombre, se despertaba a menudo en medio de la noche gritando, con los ojos colmados del mismo sueño que le había obsesionado en la infancia, cuando su madre corría a la cabecera de la cama y le preguntaba de qué pesadilla se trataba, a pesar de que ya conocía el argumento porque Avicente respondía una y otra vez: «La Operación». La causa de ese sueño era un recuerdo preciso que se remontaba a sus nueve años, cuando había seguido a su padre a Padua, donde fue testigo del caso que continuaba visitándolo cada noche.
Don Aleandro Iguelmano era un médico piadoso, muy respetado, financiador de hospitales, mecenas de las artes, benefactor. Le gustaba mantenerse al día en la práctica médica y, una vez al año, acudía a Padua para visitar el teatro anatómico de la universidad local.
—Hay que aprender las nuevas teorías y los descubrimientos que continuamente se llevan a cabo —explicaba a su hijo—. ¡Quedarse atrás puede costar muy caro! ¡Anda que no se ven casos sin resolver y honorarios que se retiran, y con cuántos bufones sin experiencia me he topado, que se llenan la boca con experimentos que jamás han hecho! —repetía sin cesar a su hijo, que era consciente de que debía enderezarse.
Avicente recordaba aquel viaje a Padua con precisión y temor: el clima sombrío de la ciudad italiana, sus pasos de niño resonando sobre el mármol de las escaleras y luego, amortiguados por la madera, desapareciendo en las salas del teatro. Recordaba su barriguita de niño con colitis, ceñida dentro de su blusa bordada, cruzar el aire de pasillos llenos de gente, abarrotados de todas esas rodillas y calzas de colores que eran el único panorama visible para su escasa altura. Y los zapatos, el olor del cuero, el hedor dulzón de los pies, los intestinos que exhalaban desde los calzones de los adultos, tan peligrosamente cerca de su cabeza, y que le preanunciaban evoluciones destinadas a serle familiares: diarrea, estreñimiento, dispepsia, humores pútridos, orina sin filtrar. Crecer empezó a parecerle una peligrosa transformación, desaconsejable, por más que los adultos se mostraran complacidos por ese estado suyo maloliente y mantuvieran entre ellos conversaciones de cierto empeño a pesar del creciente precipitar de sus fluidos corporales. Veía cómo su padre conversaba con colegas sin entender una palabra de sus razonamientos: parecían tan seguros mientras hablaban hundidos en sus papadas, sosegados, como si la muerte no pudiera alcanzarlos nunca. Avicente estaba casi convencido de que conocían el secreto. Un secreto que nunca se contaba a nadie y que atañía precisamente a la inmortalidad. Tal vez estuvieran convencidos de que su profesión de médicos los salvaría.
Engañado por esta impresión, mientras permanecía entre pies y posaderas que predicaban en el pasillo de madera del teatro anatómico de Padua, Avicente deseó de corazón seguir los pasos de don Aleandro y hacerse doctor para escapar de la muerte.
Pero luego, sin embargo, había sonado una campana y la pequeña multitud que aguardaba se había disgregado por el embudo del teatro anatómico.
En España, Avicente había visto un libro donde se representaba el Infierno con sus círculos. Un poeta italiano lo había descrito, puesto que había ido allí de visita, y al muchacho le habían gustado especialmente el fuego, las úlceras y los carámbanos, las cabezas de los condenados que gritaban entre huesos y muñones. Había sonreído con desprecio: si aquel era el Infierno, no era, a fin de cuentas, tan temible.
Apenas había tenido tiempo de pensar que el teatro, con sus balaustradas concéntricas, se parecía a la ilustración del libro cuando, cogido de la mano de su padre, lanzó un gritito femíneo, que habría de serle reprochado durante toda su vida. Don Aleandro Iguelmano dejó caer una mirada de disgusto sobre su hijo y Avicente se echó ligeramente a un lado, como si temiera que una de las enormes cejas de su padre se le cayera encima. Se aferró a las pantorrillas de madera de brezo de la balaustrada y metió dentro la cabeza hasta estirar los ojos como un chino. Fue desde esa posición como vio por primera vez lo que había en el interior de un hombre.
Sobre la mesa anatómica una cosa, a la que todos llamaban el Cuerpo, permanecía destripada ni más ni menos que si fuera un cerdo o una ternera en la tienda de un carnicero. Unas pinzas mantenían elevados nervios y tendones, los punzones separaban haces musculares en un juego de equilibrio que hacía parecer el Cuerpo una orquesta de cámara.
Avicente buscó con la mirada al arpista que se suponía iba a tocar los tendones o al violonchelista que pulsaría los músculos, pero solo había gigantescas barrigas vestidas de negro y caras rubicundas rodeadas por gorgueras que ondeaban en curioso silencio en torno a la cosa eviscerada. Ya había visto el pico del pájaro que cubría el rostro de su padre cuando había riesgo de contagio: también allí, en el teatro anatómico, algunos llevaban máscara, mientras otros desnudaban la cara para seguir mejor el experimento en curso sobre la mesa.
Avicente pensó entonces que los médicos no eran hombres y tomó nota de este teorema en su libro de vida personal.
En el vientre del Cuerpo tendido sobre la mesa caras chupadas por el interés observaban viscosos tubos rojos, órganos verdes y azules, y sangre, sangr
