Prólogo
Escribí esta novela en una apretada casita de Sarrià, en Barcelona, entre 1973 y 1974, al mismo tiempo que su versión cinematográfica. Debía filmarla José María Gutiérrez, pero, por los absurdos malabares del cine, terminé dirigiendo la película al alimón con él (acepto toda la responsabilidad de la catástrofe).
La historia está basada en un hecho real —un «servicio de visitadoras» organizado por el Ejército peruano para desahogar las ansias sexuales de las guarniciones amazónicas—, que conocí de cerca en dos viajes a la Amazonía —en 1958 y 1962—, magnificado y distorsionado hasta convertirse en una farsa truculenta. Por increíble que parezca, pervertido como yo estaba por la teoría del compromiso en su versión sartreana, intenté al principio contar esta historia en serio. Descubrí que era imposible, que ella exigía la burla y la carcajada. Fue una experiencia liberadora, que me reveló —¡sólo entonces!— las posibilidades del juego y el humor en la literatura. A diferencia de mis libros anteriores, que me hicieron sudar tinta, escribí esta novela con facilidad, divirtiéndome mucho, y leyendo los capítulos a medida que los terminaba a José María Gutiérrez, y a Patricia Grieve y Fernando Tola, mis vecinos de la calle Osio.
Algunos años después de publicado el libro —con un éxito de público que no tuve antes ni he vuelto a tener— recibí una llamada misteriosa, en Lima: «Yo soy el capitán Pantaleón Pantoja», me dijo la enérgica voz. «Veámonos para que me explique cómo conoció mi historia.» Me negué a verlo, fiel a mi creencia de que los personajes de la ficción no deben entrometerse en la vida real.
MARIO VARGAS LLOSA
Londres, 29 de junio de 1999
A José María Gutiérrez
Il y a des hommes n’ayant
pour mission parmi les autres
que de servir d’intermédiaires; on
les franchit comme des ponts,
et l’on va plus loin.
FLAUBERT,
L’éducation sentimentale
I
—Despierta, Panta —dice Pochita—. Ya son las ocho. Panta, Pantita.
—¿Las ocho ya? Caramba, qué sueño tengo —bosteza Pantita—. ¿Me cosiste mi galón?
—Sí, mi teniente —se cuadra Pochita—. Uy, perdón, mi capitán. Hasta que me acostumbre vas a seguir de tenientito, amor. Sí, ya, se ve regio. Pero levántate de una vez, ¿tu cita no es a?
—Las nueve, sí —se jabona Pantita—. ¿Dónde nos mandarán, Pocha? Pásame la toalla, por favor. ¿Dónde se te ocurre, chola?
—Aquí, a Lima —contempla el cielo gris, las azoteas, los autos, los transeúntes Pochita—. Uy, se me hace agua la boca: Lima, Lima, Lima.
—No sueñes, Lima nunca, qué esperanza —se mira en el espejo, se anuda la corbata Panta—. Si al menos fuera una ciudad como Trujillo o Tacna, me sentiría feliz.
—Qué graciosa esta noticia en El Comercio —hace una mueca Pochita—. En Leticia un tipo se crucificó para anunciar el fin del mundo. Lo metieron al manicomio pero la gente lo sacó a la fuerza porque creen que es santo. ¿Leticia es la parte colombiana de la selva, no?
—Qué buen mozo te ves de capitán, hijito —dispone la mermelada, el pan y la leche sobre la mesa la señora Leonor.
—Ahora es Colombia, antes era Perú, nos la quitaron —unta de mantequilla una tostada Panta—. Sírveme otro poquito de café, mamá.
—Cómo nos mandaran de nuevo a Chiclayo —recoge las migas en un plato y retira el mantel la señora Leonor—. Después de todo, allá hemos estado tan bien ¿no es cierto? Para mí, lo principal es que no nos alejen mucho de la costa. Anda, hijito, buena suerte, llévate mi bendición.
—En el nombre del Padre y del Espíritu Santo y del Hijo QUE MURIÓ EN LA CRUZ —eleva los ojos a la noche, baja los ojos a las antorchas el Hermano Francisco—. Mis manos están amarradas, el leño es ofrenda, ¡persígnense por mí!
—Me espera el coronel López López, señorita —dice el capitán Pantaleón Pantoja.
—Y también dos generales —hace ojitos la señorita—. Entre nomás, capitán. Sí, ésa, la puerta cafecita.
—Aquí está el hombre —se levanta el coronel López López—. Adelante, Pantoja, felicitaciones por ese nuevo fideo.
—La primera nota en el examen de ascenso y por unanimidad del jurado —estrecha una mano, palmea un hombro el general Victoria—. Bravo, capitán, así se hace carrera y Patria.
—Siéntese, Pantoja —señala un sofá el general Collazos—. Póngase cómodo y agárrese bien para oír lo que va a oír.
—No me lo asustes, Tigre —mueve las manos el general Victoria—. Se va a creer que lo mandamos al matadero.
—Que para comunicarle su nuevo destino hayan venido los jefazos de Intendencia en persona, le indica que la cosa tiene sus bemoles —adopta una expresión grave el coronel López López—. Sí, Pantoja, se trata de un asunto bastante delicado.
—La presencia de estos jefes es un honor para mí —hace sonar los talones el capitán Pantoja—. Caramba, me deja usted muy intrigado, mi coronel.
—¿Quiere fumar? —saca una cigarrera, un encendedor el Tigre Collazos—. Pero no se esté ahí parado, tome asiento. ¿Cómo, no fuma?
—Ya ve, por una vez el Servicio de Inteligencia acertó —acaricia una fotocopia el coronel López López—. Tal cual: ni fumador, ni borrachín ni ojo vivo.
—Un oficial sin vicios —se admira el general Victoria—. Ya tenemos quien represente al arma en el Paraíso, junto a santa Rosa y a san Martín de Porres.
—Tampoco exageren —se ruboriza el capitán Pantoja—. Algunos vicios tendré que no se me conocen.
—Conocemos de usted más que usted mismo —alza y deposita otra vez en el escritorio un cartapacio el Tigre Collazos—. Se quedaría bizco si supiera las horas que hemos dedicado a estudiar su vida. Sabemos lo que hizo, lo que no hizo y hasta lo que hará, capitán.
—Podemos recitar su foja de servicios de memoria —abre el cartapacio, baraja fichas y formularios el general Victoria—. Ni un solo castigo de oficial y de cadete apenas media docena de amonestaciones leves. Por eso ha sido el elegido, Pantoja.
—Entre cerca de ochenta oficiales de Intendencia, nada menos —levanta una ceja el coronel López López—. Ya puede inflarse como un pavo real.
—Les agradezco el buen concepto que tienen de mí —se empaña la vista del capitán Pantoja—. Haré todo lo que pueda para responder a esa confianza, mi coronel.
—¿El capitán Pantaleón Pantoja? —sacude el teléfono el general Scavino—. Te oigo apenas. ¿Que me lo mandas para qué, Tigre?
—En Chiclayo ha dejado un magnífico recuerdo —hojea un informe el general Victoria—. El coronel Montes estaba loco por conservarlo. Parece que el cuartel funcionó como un reloj gracias a usted.
—«Organizador nato, sentido matemático del orden, capacidad ejecutiva» —lee el Tigre Collazos—. «Condujo la administración del regimiento con eficacia y verdadera inspiración.» Caracoles, el zambo Montes se enamoró de usted.
—Me confunden tantos elogios —baja la cabeza el capitán Pantoja—. Siempre he tratado de cumplir con mi deber y nada más.
—¿El Servicio de las qué? —suelta una carcajada el general Scavino—. Ni tú ni Victoria pueden tomarme el pelo, Tigre, ¿se han olvidado que soy calvo?
—Bueno, al toro por los cuernos —sella sus labios con un dedo el general Victoria—. El asunto exige la más absoluta reserva. Me refiero a la misión que se le va a confiar, capitán. Suéltale el cuco, Tigre.
—En síntesis, la tropa de la selva se anda tirando a las cholas —toma aliento, parpadea y tose el Tigre Collazos—. Hay violaciones a granel y los tribunales no se dan abasto para juzgar a tanto pendejón. Toda la Amazonía está alborotada.
—Nos bombardean a diario con partes y denuncias —se pellizca la barbilla el general Victoria—. Y hasta vienen comisiones de protesta de los pueblitos más perdidos.
—Sus soldados abusan de nuestras mujeres —estruja su sombrero y pierde la voz el alcalde Paiva Runhuí—. Me perjudicaron a una cuñadita hace pocos meses y la semana pasada casi me perjudican a mi propia esposa.
—Mis soldados no, los de la Nación —hace gestos apaciguadores el general Victoria—. Calma, calma, señor alcalde. El Ejército lamenta muchísimo el percance de su cuñada y hará cuanto pueda para resarcirla.
—¿Ahora le llaman percance al estupro? —se desconcierta el padre Beltrán—. Porque eso es lo que fue.
—A Florcita la agarraron dos uniformados viniendo de la chacra y se la montaron en plena trocha —se come las uñas y brinca en el sitio el alcalde Teófilo Morey—. Con tan buena puntería que ahora está encinta, general.
—Usted me va a identificar a esos bandidos, señorita Dorotea —gruñe el coronel Peter Casahuanqui—. Sin llorar, sin llorar, ya va a ver cómo arreglo esto.
—¿Se le ocurre que voy a salir? —solloza Dorotea—. ¿Yo solitita delante de todos los soldados?
—Van a desfilar por aquí, frente a la Prevención —se esconde detrás de la rejilla metálica el coronel Máximo Dávila—. Usted los va espiando por la ventana y apenas descubra a los abusivos me los señala, señorita Jesús.
—¿Abusivos? —salpica babas el padre Beltrán—. Viciosos, canallas y miserables, más bien. ¡Hacerle semejante infamia a doña Asunta! ¡Desprestigiar así el uniforme!
—A Luisa Cánepa, mi sirvienta, la violó un sargento, y después un cabo y después un soldado raso —limpia sus anteojos el teniente Bacacorzo—. La cosa le gustó o qué sé yo, mi comandante, pero lo cierto es que ahora se dedica al puterío con el nombre de Pechuga y tiene como cafiche a un marica que le dicen Milcaras.
—Ahora indíqueme con cuál de estas personitas quiere casarse, señorita Dolores —pasea frente a los tres reclutas el coronel Augusto Valdés—. Y el capellán los casa en este instante. Elija, elija, ¿cuál prefiere para papá de su futuro hijito?
—A mi señora la pescaron en la propia iglesia —se mantiene rígido en el borde de la silla el carpintero Adriano Lharque—. No la catedral, sino la del Santo Cristo de Bagazán, señor.
—Así es, queridos radioescuchas —brama el Sinchi—. A esos sacrílegos lascivos no los contuvo el temor a Dios ni el respeto debido a Su santa casa ni las nobles canas de esa matrona dignísima, semilla ya de dos generaciones loretanas.
—Comenzaron a jalonearme, ay Jesús mío, querían tumbarme al suelo —llora la señora Cristina—. Se caían de borrachos y hay que oír las lisuras que decían. Delante del altar mayor, se lo juro.
—Al alma más caritativa de todo Loreto, mi general —retumba el padre Beltrán—. ¡La ultrajaron cinco veces!
—Y también a su hijita y a su sobrinita y a su ahijadita, ya lo sé, Scavino —sopla la caspa de sus hombreras el Tigre Collazos—. ¿Pero ese cura Beltrán está con nosotros o con ellos? ¿Es o no capellán del Ejército?
—Protesto como sacerdote y también como soldado, mi general —hunde vientre, saca pecho el comandante Beltrán—. Porque esos abusos hacen tanto daño a la institución como a las víctimas.
—Está muy mal lo que pretendían los reclutas con la dama, por supuesto —contemporiza, sonríe, hace venias el general Victoria—. Pero sus parientes casi los matan a palos, no lo olvide. Aquí tengo el parte médico: costillas rotas, hematomas, desgarrón de oreja. En este caso hubo empate, doctorcito.
—¿A Iquitos? —deja de rociar la camisa y alza la plancha Pochita—. Uy, qué lejos nos mandan, Panta.
—Con madera haces el fuego que cocina tus alimentos, con madera construyes la casa donde vives, la cama donde duermes y la balsa con que cruzas el río —cuelga sobre el bosque de cabezas inmóviles, caras anhelantes y brazos abiertos el Hermano Francisco—. Con madera fabricas el arpón que pesca al paiche, la pucuna que caza al ronsoco y el cajón donde entierras el muerto. ¡Hermanas! ¡Hermanos! ¡Arrodíllense por mí!
—Es todo un señor problema, Pantoja —cabecea el coronel López López—. En Contamana, el alcalde ha dado un bando pidiendo a los vecinos que los días francos de la tropa encierren a las mujeres en sus casas.
—Y, sobre todo, qué lejos del mar —suelta la aguja, remacha el hilo y lo corta con los dientes la señora Leonor—. ¿Habrá muchos zancudos allá en la selva? Son mi suplicio, ya sabes.
—Fíjese en esta lista —se rasca la frente el Tigre Collazos—. Cuarenta y tres embarazadas en menos de un año. Los capellanes del cura Beltrán casaron a unas veinte, pero, claro, el mal exige medidas más radicales que los matrimonios a la fuerza. Hasta ahora castigos y escarmientos no han cambiado el panorama: soldado que llega a la selva se vuelve un pinga loca.
—Pero el más desanimado con el sitio pareces tú, amor —va abriendo y sacudiendo maletas Pochita—. ¿Por qué, Panta?
—Debe ser el calor, el clima, ¿no cree? —se anima el Tigre Collazos.
—Muy posiblemente, mi general —tartamudea el capitán Pantoja.
—La humedad tibia, esa exuberancia de la naturaleza —se pasa la lengua por los labios el Tigre Collazos—. A mí me sucede siempre: llegar a la selva y empezar a respirar fuego, sentir que la sangre hierve.
—Si la generala te oyera —ríe el general Victoria—, ay de tus garras, Tigre.
—Al principio pensamos que era la dieta —se da un palmazo en la barriga el general Collazos—. Que en las guarniciones se usaba mucho condimento, algo que recrudecía el apetito sexual de la gente.
—Consultamos a especialistas, incluso a un suizo que costó una punta de plata —frota dos dedos el coronel López López—. Un dietista lleno de títulos.
—Pas d’inconvénient —anota en una libretita el profesor Bernard Lahoé—. Prepararemos una dieta que, sin disminuir las proteínas necesarias, debilite la libido de los soldados en un ochenta y cinco por ciento.
—No se le vaya a pasar la mano —murmura el Tigre Collazos—. Tampoco queremos una tropa de eunucos, doctor.
—Horcones a Iquitos, Horcones a Iquitos —se impacienta el alférez Santana—. Sí, gravísimo, de suma urgencia. No hemos obtenido los resultados previstos con la operación Rancho Suizo. Mis hombres se mueren de hambre, se tuberculizan. Hoy se desmayaron otros dos en la revista, mi comandante.
—Nada de bromas, Scavino —sujeta el teléfono entre la oreja y el hombro mientras enciende un cigarrillo el Tigre Collazos—. Le hemos dado vueltas y más vueltas y es la única solución. Allá te mando a Pantojita con su madre y su mujer. Que te aproveche.
—Pochita y yo ya nos hicimos a la idea y estamos felices de ir a Iquitos —dobla pañuelos, ordena faldas, empaqueta zapatos la señora Leonor—. Pero tú sigues con el alma en los pies. Cómo es eso, hijito.
—Usted es el hombre, Pantoja —se pone de pie y lo coge por los brazos el coronel López López—. Usted va a poner fin a este quebradero de cabeza.
—Después de todo es una ciudad, Panta, y parece que linda —arroja trapos a la basura, hace nudos, cierra carteras Pochita—. No pongas esa cara, peor hubiera sido la puna ¿no?
—La verdad, mi coronel, no me imagino cómo —traga saliva el capitán Pantoja—. Pero haré lo que me ordenen, naturalmente.
—Por lo pronto, irse a la selva —coge un puntero y marca un lugar en el mapa el coronel López López—. Su centro de operaciones será Iquitos.
—Vamos a llegar a la raíz del problema y a liquidarlo en su mata —golpea su mano abierta con el puño el general Victoria—. Porque, como usted lo habrá adivinado, Pantoja, el problema no es sólo el de las señoras atropelladas.
—También el de los reclutas condenados a vivir como castas palomas en ese calor tan pecaminoso —chasquea la lengua el Tigre Collazos—. Servir en la selva es bravo, Pantoja, muy bravo.
—En los caseríos amazónicos todas las faldas tienen dueño —acciona el coronel López López—. No hay bulines ni niñas pendejas ni nada que se les parezca.
—Se pasan la semana encerrados, cumpliendo misiones en el monte, soñando con su día franco —imagina el general Victoria—. Caminan kilómetros hasta el pueblo más cercano. ¿Y qué ocurre cuando llegan?
—Nada, por la maldita falta de hembras —encoge los hombros el Tigre Collazos—. Entonces, los que no se la corren, pierden los estribos y a la primera copita de anisado se lanzan como pumas sobre lo que se les pone delante.
—Se han dado casos de mariconería y hasta de bestialismo —precisa el coronel López López—. Figúrese que un cabo de Horcones fue sorprendido haciendo vida marital con una mona.
—La simio responde al absurdo apelativo de Mamadera de la Cuadra Quinta —aguanta la risa el alférez Santana—. O, más bien, respondía, porque la maté de un balazo. El degenerado está en el calabozo, mi coronel.
—Total, la abstinencia nos trae una corrupción de los mil diablos —dice el general Victoria—. Y desmoralización, nerviosismo, apatía.
—Hay que dar de comer a esos hambrientos, Pantoja —lo mira solemne a los ojos el Tigre Collazos—. Ahí entra usted, ahí es donde va a aplicar su cerebro organizador.
—¿Por qué te quedas todo atontado y calladito, Panta? —guarda el pasaje en su cartera y pregunta ¿por dónde la salida al avión? Pochita—. Tendremos un gran río, podremos bañarnos, hacer paseos a las tribus. Anímate, sonso.
—Qué te pasa que estás tan raro, hijito —observa las nubes, las hélices, los árboles la señora Leonor—. En todo el viaje no has abierto la boca. ¿Qué te preocupa tanto?
—Nada mamá, nada Pochita —se abrocha el cinturón de seguridad Panta—. Estoy bien, no me pasa nada. Miren, ya estamos llegando. Ése debe ser el Amazonas ¿no?
—Todos estos días has estado hecho un idiota —se pone los anteojos de sol, se quita el abrigo Pochita—. No decías una palabra, soñabas con los ojos abiertos. Uy, qué infierno es esto. Nunca te he visto tan cambiado, Panta.
—Estaba un poco inquieto con mi nuevo destino, pero ya pasó —saca la cartera, alarga unos billetes al chofer Panta—. Sí, maestro, el número 549, el Hotel Lima. Espera, mamá, te ayudo a bajar.
—¿Eres militar, no? —lanza su bolsa de viaje sobre una silla, se descalza Pochita—. Sabías que te podían mandar a cualquier lado. Iquitos no está mal, Panta, ¿no ves que parece un sitio simpático?
—Tienes razón, me he portado como un tonto —abre el ropero, cuelga un uniforme, un terno Panta—. Quizá me había encariñado mucho con Chiclayo; palabra que ya pasó. Bueno, a deshacer maletas. Qué calorcito este ¿no, chola?
—Por mí, me quedaría viviendo toda la vida en el hotel —se tumba de espaldas en la cama, se despereza Pochita—. Te hacen todo, no hay que preocuparse de nada.
—¿Y estaría bien recibir al cadete Pantoja en un hotelito? —se quita la corbata, la camisa Panta.
—¿Al cadete Pantoja? —abre los ojos, desabotona su blusa, apoya un codo en la almohada Pochita—. ¿De veras? ¿Ya podemos encargarlo, Pantita?
—¿No te prometí cuando llegue el tercer fideo? —estira su pantalón, lo dobla y cuelga Panta—. Será loretano, qué te parece.
—Maravilloso, Panta —ríe, aplaude, rebota en el colchón Pochita—. Uy, qué felicidad, el cadetito, Pantita júnior.
—Hay que encargarlo cuanto antes —abre y adelanta las manos Panta—. Para que llegue rapidito. Ven, chola, dónde te escapas.
—Oye, oye, qué te pasa —salta de la cama, corre hacia el cuarto de baño Pochita—. ¿Te has vuelto loco?
—Ven, ven, el cadetito —se tropieza con una maleta, vuelca una silla Panta—. Encarguémoslo ahora mismo. Anda, Pochita.
—Pero si son las once de la mañana, si acabamos de llegar —manotea, aparta, empuja, se enoja Pochita—. Suelta, nos va a oír tu mamá, Panta.
—Para estrenar Iquitos, para estrenar el hotel —jadea, lucha, abraza, se resbala Pantita—. Ven, amorcito.
—Ya ve lo que ha ganado con tanta denuncia y tanto parte —blande un oficio atestado de sellos y firmas el general Scavino—. También usted tiene culpa en esto, comandante Beltrán: mire lo que viene a organizar en Iquitos ese sujeto.
—Me vas a romper la falda —se escuda tras el ropero, lanza una almohada, pide paz Pochita—. No te reconozco, Panta, tú siempre tan formalito, qué te está pasando. Deja, yo me la quito.
—Quería curar un mal, no causarlo —lee y relee la cara abochornada del comandante Beltrán—. Nunca imaginé que el remedio sería peor que la enfermedad, mi general. Inconcebible, inicuo. ¿Va usted a permitir este horror?
—El sostén, las medias —transpira, se echa, se encoge, se estira Pantita—. El Tigre tenía razón: la humedad tibia, se respira fuego, la sangre hierve. Anda, pellízcame donde me gusta. La orejita, Pocha.
—Me da vergüenza de día, Panta —se queja, se envuelve en la colcha, suspira Pochita—. Te vas a quedar dormido, ¿no tienes que estar en la Comandancia a las tres?, siempre te quedas.
—Me pego una ducha —se arrodilla, se dobla, desdobla Pantita—. No me hables, no me distraigas. Pellízcame en la orejita. Así, asisito. Ay, ya siento que me muero, chola, ya no sé quién soy.
—Sé muy bien quién es usted y a qué viene a Iquitos —murmura el general Roger Scavino—. Y, de entrada, le disparo que no me alegra en absoluto su presencia en esta ciudad. Las cosas claras desde el principio, capitán.
—Disculpe, mi general —balbucea el capitán Pantoja—. Debe haber algún malentendido.
—No estoy de acuerdo con el Servicio que viene a organizar —acerca la calva al ventilador y entrecierra un instante los ojos el general Scavino—. Me opuse desde un comienzo y sigo pensando que es una barbaridad.
—Y, sobre todo, una inmoralidad sin nombre —se abanica con furia el padre Beltrán.
—El comandante y yo nos hemos callado porque la superioridad manda —despliega su pañuelo y se seca el sudor de la frente, de las sienes, del cuello el general Scavino—. Pero no nos han convencido, capitán.
—Yo no tengo nada que ver con este proyecto, mi general —transpira inmóvil el capitán Pantoja—. Me llevé la sorpresa de mi vida cuando me lo comunicaron, Padre.
—Comandante —corrige el padre Beltrán—. ¿No sabe contar los galones?
—Perdón, mi comandante —choca ligeramente los tacos el capitán Pantoja—. No he intervenido para nada, se lo aseguro.
—¿No es usted uno de los cerebros de Intendencia que han concebido esta porquería? —coge el ventilador, lo enfrenta a su cara, cráneo, y carraspea el general Scavino—. De todos modos, hay algunas cosas que deben quedar sentadas. No puedo evitar que esto prospere, pero haré que salpique lo menos posible a las Fuerzas Armadas. Nadie va a empañar la imagen que el Ejército ha conquistado en Loreto desde que estoy al frente de la Quinta Región.
—Ése es también mi deseo —mira por sobre el hombro del general el agua barrosa del río, una lancha cargada de plátanos, el cielo azul, el sol ígneo el capitán Pantoja—. Estoy dispuesto a hacer lo posible.
—Porque aquí se armaría la de Dios es Cristo, si trasciende la noticia —alza la voz, se levanta, apoya las manos en el alféizar de la ventana el general Scavino—. Los estrategas de Lima planean muy tranquilos cochinadas en sus escritorios, porque el que aguantará la tormenta si la cosa se hace pública es el general Scavino.
—Estoy de acuerdo con usted, tiene que creerme —suda, ve empaparse los brazos de su uniforme, implora el capitán Pantoja—. Yo no hubiera pedido jamás esta misión. Es algo tan distinto de mi trabajo habitual que ni siquiera sé si seré capaz de cumplirla.
—Sobre madera tu padre y tu madre se juntaron para hacerte y sobre madera pujó y se abrió de piernas para parirte la que te parió —ulula y truena, allá arriba, en la oscuridad el Hermano Francisco—. La madera sintió SU cuerpo, se enrojeció con SU sangre, recibió SUS lágrimas, se humedeció con SU sudor. La madera es sagrada, el leño trae salud. ¡Hermanas! ¡Hermanos! ¡Abran los brazos por mí!
—Por esa puerta desfilarán decenas de personas, esta oficina se llenará de protestas, de pliegos con firmas, de cartas anónimas —se agita, da unos pasos, regresa, abre y cierra el abanico el padre Beltrán—. Toda la Amazonía pondrá el grito en el cielo y pensará que el arquitecto del escándalo es el general Scavino.
—Ya oigo al demagogo del Sinchi vomitando calumnias contra mí por el micrófono —se vuelve, se demuda el general Scavino.
—Mis instrucciones son que el Servicio funcione en el mayor secreto —se atreve a quitarse el quepí, a pasarse un pañuelo por la frente, a limpiarse los ojos el capitán Pantoja—. En todo momento tendré muy en cuenta esa disposición, mi general.
—¿Y qué diablos podría inventar para aplacar a la gente? —grita, contornea el escritorio el general Scavino—. ¿Han pensado en Lima el papelito que me tocará representar?
—Si usted lo prefiere, puedo pedir hoy mismo mi traslado —palidece el capitán Pantoja—. Para demostrarle que no tengo ningún interés en el Servicio de Visitadoras.
—Vaya eufemismo que se han buscado los genios —taconea de espaldas, mirando el río que destella, las cabañas, la llanura de árboles el padre Beltrán—. Visitadoras, visitadoras.
—Nada de traslados, me mandarían otro intendente en una semana —vuelve a sentarse, a ventilarse, a enjugarse la calva el general Scavino—. De usted depende que esto no perjudique al Ejército. Tiene sobre los hombros una responsabilidad del tamaño de un volcán.
—Puede dormir tranquilo, mi general —endurece el cuerpo, echa atrás los hombros, mira al frente el capitán Pantoja—. El Ejército es lo que más respeto y quiero en la vida.
—La mejor manera que tiene ahora de servirlo es manteniéndose alejado de él —suaviza el tono y ensaya una expresión amable el general Scavino—. Mientras esté al mando de ese Servicio, al menos.
—¿Perdón? —pestañea el capitán Pantoja—. ¿Cómo dice?
—No quiero que ponga los pies jamás en la Comandancia ni en los cuarteles de Iquitos —expone a las aspas zumbantes e invisibles la palma, el dorso de las manos el general Scavino—. Queda exceptuado de asistir a todos los actos oficiales, desfiles, tedéum. También de llevar uniforme. Vestirá únicamente de civil.
—¿Debo venir de paisano incluso a mi trabajo? —sigue pestañeando el capitán Pantoja.
—Su trabajo va a estar muy lejos de la Comandancia —lo observa con recelo, con consternación, con piedad el general Scavino—. No sea ingenuo, hombre. ¿Se le ocurre que le podría abrir una oficina aquí, para el tráfico que va a organizar? Le he afectado un depósito en las afueras de Iquitos, a orillas del río. Vaya siempre de paisano. Nadie debe enterarse que ese lugar tiene la menor vinculación con el Ejército. ¿Comprendido?
—Sí, mi general —sube y baja la cabeza el boquiabierto capitán Pantoja—. Sólo que, en fin, no me esperaba una cosa así. Va a ser, no sé, como cambiar de personalidad.
—Haga de cuenta que lo han destacado al Servicio de Inteligencia —abandona la ventana, se le acerca, le concede una sonrisa benevolente el comandante Beltrán—, que su vida depende de su capacidad para pasar desapercibido.
—Trataré de adaptarme, mi general —balbucea el capitán Pantoja.
—Tampoco conviene que viva en la Villa Militar, así que búsquese una casita en la ciudad —desliza el pañuelo por sus cejas, orejas, labios y nariz el general Scavino—. Y le ruego que no tenga relación con los oficiales.
—¿Quiere decir relación amistosa, mi general? —se atora el capitán Pantoja.
—No va a ser amorosa —ríe o ronca o tose el padre Beltrán.
—Ya sé que es duro, le va a costar —asiente con amabilidad el general Scavino—. Pero no hay otra fórmula, Pantoja. Su misión lo pondrá en contacto con toda la ralea de la Amazonía. La única manera de evitar que eso rebote sobre la institución es sacrificándose usted mismo.
—En resumidas cuentas, debo ocultar mi condición de oficial —divisa a lo lejos un niño desnudo que trepa a un árbol, una garza rosada y coja, un horizonte de matorrales que llamean el capitán Pantoja—. Vestir como civil, juntarme con civiles, trabajar como civil.
—Pero pensar siempre como militar —da un golpecito en la mesa el general Scavino—. He designado un teniente para que nos sirva de enlace. Se verán una vez por semana y, a través de él, me rendirá cuenta de sus actividades.
—No se preocupe lo más mínimo: seré una tumba —empuña el vaso de cerveza y dice salud el teniente Bacacorzo—. Estoy al tanto de todo, mi capitán. ¿Le parece bien que nos veamos los martes? He pensado que el punto de reunión fueran siempre barcitos, bulines. Ahora tendrá que frecuentar mucho estos ambientes ¿no?
—Ha hecho que me sienta un delincuente, una especie de leproso —pasa revista a los monos, loros y pájaros disecados, a los hombres que beben de pie en el mostrador el capitán Pantoja—. ¿Cómo diablos voy a comenzar a trabajar si el mismo general Scavino me sabotea? Si la propia superioridad empieza por desanimarme, por pedirme que me disfrace, que no me deje ver.
—Fuiste a la Comandancia tan contento y otra vez vuelves con cara de lelo —se empina, le da un beso en la mej
