Índice
Portadilla
Índice
Cita
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Notas de la conversión
Sobre el autor
Créditos
Todo futuro es fabuloso
ALEJO CARPENTIER
Cuando Joana Carda hizo una raya en el suelo con la vara de negrillo, todos los perros de Cerbère empezaron a ladrar, llevando el pánico y el terror a sus habitantes, pues se creía desde los tiempos más antiguos que, al ladrar allí animales caninos que siempre habían sido mudos, estaría pronto a extinguirse el mundo universal. Sobre cómo se había formado la arraigada superstición, o convicción firme, que es, en muchos casos, la expresión alternativa paralela, nadie hoy recuerda nada, aunque, por obra y fortuna de aquel conocido juego de oír el cuento y repetirlo con aire nuevo, las abuelas francesas solían distraer a sus nietos con la fábula de que, en aquel mismo lugar, comuna de Cerbère, departamento de los Pirineos Orientales, ladró, en eras griegas y mitológicas, un can de tres cabezas que al dicho nombre de Cerbero respondía si lo llamaba el barquero Caronte, su contratante. Otra cosa que tampoco se sabe es por qué mutaciones orgánicas habrá pasado el famoso y altisonante cánido hasta llegar a la mudez histórica y comprobada de sus descendientes de una sola cabeza, degenerados. No obstante, y este punto de la historia pocos lo ignoran, sobre todo si pertenecen a la vieja generación, el Cancerbero, que así en nuestra lengua se escribe y debe decirse, guardaba terriblemente la entrada del infierno, para que de él no osaran salir las almas y, en consecuencia, quizá por misericordia final de dioses ya moribundos, se callaron los perros futuros para toda la restante eternidad, a ver si con el silencio se apagaba la memoria de la infernal región. Pero, no pudiendo lo de siempre durar siempre, como explícitamente nos ha enseñado la edad moderna, bastó que en estos días, a cientos de kilómetros de Cerbère, en un lugar de Portugal cuyo nombre más tarde recordaremos, bastó que la mujer llamada Joana Carda hiciera una raya en el suelo con la vara de negrillo, para que todos los perros del más allá saliesen vociferantes a la calle, ellos que, repito, jamás habían ladrado. Si alguien le preguntara a Joana Carda a qué venía aquella idea suya de hacer una raya en el suelo con un palo, gesto más bien de adolescente lunática que de mujer cabal, si no había pensado en las consecuencias de un acto que parecía sin sentido, y ésos, recordadlo, son los que mayor peligro comportan, tal vez respondiera, No sé qué me ocurrió, estaba la vara en el suelo, la cogí e hice la raya, Y no se le pasó por la cabeza la idea de que podría ser una varita mágica, Para varita mágica me pareció grande, y siempre he oído decir que las varitas mágicas están hechas de oro y cristal, con un halo de luz y una estrella en la punta, Sabía que la vara era de negrillo, De árboles sé poco, luego me dijeron que negrillo es lo mismo que olmo, ninguno de ellos tiene poderes sobrenaturales, ni cambiándoles el nombre, aunque para este caso estoy segura de que el palo de un fósforo habría causado el mismo efecto, Por qué dice eso, Lo que ha de ser, ha de ser, y tiene mucha fuerza, nada se le puede resistir, mil veces se lo he oído a la gente mayor, Cree en la fatalidad, Creo en lo que tiene que ocurrir.
En París se rieron mucho de las súplicas del alcalde, que parecía que estaba telefoneando desde una perrera a la hora de echarle el almuerzo a los animales, y sólo ante los ruegos insistentes de un diputado de la mayoría, nacido y criado en aquella comuna, por tanto conocedor de las leyendas y relatos locales, acabaron por mandar al sur a dos veterinarios cualificados del Deuxième Bureau, con la especial misión de estudiar el fenómeno insólito y presentar un informe y propuestas de acción. Entretanto, desesperados, a punto de ensordecer, los habitantes vagaban por las calles y plazas de la apacible estación balnearia, ahora estación infernal, sembrando docenas de bolas de carne envenenadas, método de simplicidad suprema cuya eficacia ha sido confirmada por la experiencia en todo tiempo y latitud. En total, sólo murió un perro, pero bastó para que los supervivientes aprendieran la lección y, en un instante, ladrando y aullando, desaparecieron por los campos de los alrededores donde, sin motivo que lo justificara, se callaron al poco tiempo. Cuando al fin llegaron los veterinarios les fue presentado el triste Medor, frío, hinchado, tan distinto del feliz animal que acompañaba a la señora en sus compras, y que, por ser ya viejo, solía dormir al sol sin más cuidados. Pero como la justicia no ha abandonado aún por completo este mundo, decidió Dios, poéticamente, que Medor muriera de la albóndiga preparada por su ama bienamada, la cual, bueno es que se sepa, tenía en el pensamiento una cierta perra de la vecindad que no le salía del jardín. El mayor de los veterinarios dijo ante el fúnebre despojo, Vamos a hacer la autopsia, y realmente no valía la pena, pues cualquier habitante de Cerbère podría, si quisiera, testimoniar la causa mortis, pero el móvil oculto de la Facultad, como en la jerga del servicio secreto le llamaban, era proceder, disimuladamente, al examen de las cuerdas vocales de un animal que entre la mudez por muerte ahora definitiva y el silencio que parecía ser para toda la vida, tuvo unas horas de habla y pudo ser igual al común de los perros. Esfuerzo baldío, Medor ni cuerdas tenía. Se quedaron los cirujanos asombrados, pero el alcalde dio su opinión, administrativa y sensata, No es extraño, tantos siglos estuvieron los perros de Cerbère sin ladrar, que se les atrofió el órgano, Y cómo es que, de repente, Eso no lo sé, no soy veterinario, pero nuestras preocupaciones se han acabado, los chiens han desaparecido, allí donde están no se les oye. Medor, descuartizado y mal cosido, fue entregado a su llorosa ama, como un remordimiento vivo, que es lo que son los remordimientos incluso después de muertos. Camino del aeropuerto, donde tomarían el avión para París, los veterinarios acordaron pasar por alto, en el informe, el intrigante suceso de las cuerdas vocales desaparecidas. Y parece que definitivamente, pues aquella misma noche empezó a rondar por Cerbère un can de tres cabezas, alto como un árbol, pero silencioso.
Por estos mismos días, quizá antes, quizá después de haber trazado Joana Carda su raya en el suelo con la vara de negrillo, andaba un hombre paseando por la playa, ocurría esto al atardecer, cuando el rumor de las olas apenas se oye, breve y contenido como un suspiro sin causa, y ese hombre, que más tarde dirá que se llama Joaquim Sassa, iba andando sobre la línea de la marea, que distingue la arena seca de la arena mojada, y de vez en cuando se inclinaba para coger una concha, una pinza de cangrejo, una hilacha de alga verde, no es raro que mate uno el tiempo así, y así lo mataba este paseante solitario. Como no llevaba bolsillos ni bolsa para guardar sus hallazgos, devolvía al agua los restos muertos cuando tenía las manos llenas, al mar lo que al mar pertenece, la tierra que se quede con la tierra. Pero toda regla tiene sus excepciones, y una piedra que vio más alejada, fuera del alcance de la marea, la levantó Joaquim Sassa, y era pesada, ancha como un disco, irregular, que si fuera de las otras, manejables, de contorno liso, de esas que caben holgadas entre el pulgar y el índice, Joaquim Sassa la habría tirado rasando el agua llana para verla saltar, puerilmente feliz con su destreza, y hundirse al fin, perdido ya el impulso, piedra que parecía tener su destino marcado, reseca al sol, mojada sólo por la lluvia, y hundida ahora en las oscuras profundidades esperando un millón de años hasta que este mar se evapore, o retrocediendo la devuelva a la tierra donde permanecerá otro millón de años, dando tiempo a que baje a la playa otro Joaquim Sassa, que sin saberlo repetirá el gesto y el movimiento, ningún hombre diga, No lo haré, segura y firme no está piedra alguna.
En los arenales del sur, en esta hora tibia, hay quien se da el último baño, nada, salta como una bola, se hunde en las olas, o reposa quizá bogando sobre un colchón de aire, o, sintiendo en la piel la primera brisa del atardecer, acomoda el cuerpo para recibir la caricia última del sol que va a ponerse en el mar dentro de un segundo, el más largo de todos, porque lo miramos y él se deja mirar. Pero aquí, en esta playa del norte donde Joaquim Sassa sostiene en la mano una piedra, tan pesada que ya la mano se cansa, el viento sopla frío y el sol está a medias hundido, ni gaviotas vuelan sobre las aguas. Joaquim Sassa tiró la piedra, pensó que caería allí delante, casi a sus pies, uno tiene la obligación de conocer sus propias fuerzas, no había testigos que se pudieran reír del frustrado discóbolo, él sí estaba preparado para reírse de sí mismo, pero no ocurrió lo que esperaba, la oscura y pesada piedra ascendió en el aire, cayó luego y chocó con el agua de plano, con el choque volvió a subir, en gran vuelo o salto, y bajó de nuevo y subió, hundiéndose luego a lo lejos, si la blancura que acabamos de ver, distante, no es sólo la franja de espuma al quebrarse la ola. Cómo es posible, pensó perplejo Joaquim Sassa, cómo yo, de tan poca fuerza natural, he lanzado tan lejos una piedra tan pesada, al mar que ya está oscureciendo, y no hay nadie para decirme, Muy bien, Joaquim Sassa, soy testigo para el Guinness de los récords, una hazaña así no puede ser ignorada, poca suerte, si cuento lo ocurrido todos me llamarán mentiroso. Una ola muy alta vino de mar adentro, espumeante y reventando, al final la piedra cayó al mar, éste es el efecto conocido desde los ríos de la infancia de quien en la infancia tuvo ríos, la ondulación concéntrica que las piedras arrojadas causan. Joaquim Sassa corrió playa arriba, y la onda se deshizo en la arena arrastrando conchas, pinzas de cangrejos, algas verdes, pero también de las otras, fucos, sanguinas, laminarias. Y una piedra pequeña, manejable, de esas que caben entre el pulgar y el índice, cuántos años llevaría sin ver la luz del sol.
Acto dificilísimo es el de escribir, responsabilidad de las mayores, basta pensar en el trabajo agotador que supone disponer por orden temporal los acontecimientos, primero éste, luego aquél, o, si conviene a las exigencias del efecto buscado, el suceso de hoy colocado antes del episodio de ayer, y otras no menos arriesgadas acrobacias, el pasado como si hubiera sido ahora, el presente como un continuo sin principio ni fin, pero, por mucho que se esfuercen los autores, hay una habilidad que no pueden exhibir, poner por escrito, al mismo tiempo, dos casos en el mismo tiempo acontecidos. Hay quien cree que la dificultad se resuelve dividiendo la hoja en dos columnas, lado con lado, pero el truco es ingenuo, porque primero se escribió un lado y después el otro, sin olvidar que el lector tendrá que leer primero éste y luego aquél, o viceversa, quienes lo tienen bien son los cantantes de ópera, cada uno con sus partes en los concertantes, tres cuatro cinco seis entre tenores bajos sopranos y barítonos, todos cantando palabras diferentes, por ejemplo, el cínico escarneciendo, la ingenua suplicando, el galán tardo en acudir, al espectador lo que le importa es la música, pero el lector no es así, lo quiere todo explicado, sílaba por sílaba y una tras otra, como aquí se muestran. Por eso, habiendo primero hablado de Joaquim Sassa, hablaremos ahora de Pedro Orce, cuando lanzar Joaquim la piedra al mar y levantarse Pedro de la silla fue todo obra de un instante único, aunque en los relojes hubiera una hora de diferencia, es el resultado de estar éste en España y aquél en Portugal.
Sabido es que todo efecto tiene su causa, es ésta una verdad universal, pero no es posible evitar algunos yerros de juicio, o de simple identificación, pues ocurre que consideramos que este efecto proviene de aquella causa cuando en definitiva fue otra, muy fuera del alcance del entendimiento que tenemos y de la ciencia que creemos tener. Por ejemplo, pareció quedar demostrado que si los perros de Cerbère ladraron fue porque Joana Carda hizo una raya en el suelo con una vara de negrillo, aunque sólo un chiquillo muy crédulo, si queda alguno de los dorados tiempos de la credulidad, o inocente, si el santo nombre de inocencia así puede ser jurado en vano, un chiquillo capaz de creer que, cerrando la mano, guardó dentro la luz del sol, sólo ese chiquillo creería que fuesen capaces de ladrar los perros que nunca antes ladraron por razones que son tanto de orden histórico como fisiológico. En estas decenas y decenas de millares de lugarejos, aldeas, villas y ciudades lo que no faltan son personas que jurarían ser causa y causas, tanto del ladrar de los perros como de todo lo que vendrá, porque tropezaron con una puerta, o se cortaron una uña, o arrancaron una fruta del árbol, o corrieron una cortina, o encendieron un pitillo, o murieron, o, no las mismas, nacieron, hipótesis éstas, las de muerte y nacimiento, que más difíciles serían de admitir teniendo en cuenta que tendríamos que ser nosotros quienes las propusiéramos, pues quien nace no viene hablando de la barriga de la madre y quien muere no habla tras haber entrado en la barriga de la tierra. Y de nada sirve añadir que a cualquiera le sobran razones para juzgarse causa de los efectos todos, estos de los que venimos hablando y más los que son nuestra parte exclusiva para el funcionamiento del mundo, lo que mucho me gustaría saber es cómo será este mundo cuando ya no haya hombres y los efectos que sólo ellos causan, lo mejor es no pensar en tal inmensidad, que da vértigo, ahora bien, bastará que sobrevivan unos animalillos, unos insectos, y habrá mundos, el de la hormiga, el de la cigarra, no abrirán cortinas, no se mirarán en un espejo, qué más da eso, al fin y al cabo la única gran verdad es que el mundo no puede morir.
Diría Pedro Orce, si a tanto se atreviera, que la causa de que la tierra temblara fue que golpeó con los pies en el suelo al levantarse de la silla, fuerte presunción la suya, si no nuestra, que livianamente dudamos, si cada hombre deja en el mundo al menos una señal, ésta podría ser la de Pedro Orce, por eso dice, Puse los pies en el suelo y la tierra empezó a temblar. Extraordinaria sacudida aquélla, que nadie dio muestras de sentir, e incluso ahora, pasados dos minutos, cuando en la playa se ha retirado la ola y Joaquim Sassa se dice a sí mismo, Si lo contara me llamarían mentiroso, la tierra vibra como sigue vibrando la cuerda que ya ha dejado de oírse, la siente Pedro Orce en la planta de los pies, sigue sintiéndola cuando sale de la farmacia a la calle, y nadie allí parece haberse enterado, es como estar mirando una estrella y decir, Qué luz tan hermosa, qué estrella tan bonita, y no poder saber que se apagó a la mitad de la frase, y los hijos y los nietos repetirán las palabras, los pobres, hablan de lo ya muerto y le llaman vivo, no sólo en la ciencia astronómica acontece engaño tal. Aquí es lo contrario, todos jurarían que la tierra está firme y sólo Pedro Orce aseguraría que tiembla, menos mal que se calló y no salió corriendo despavorido, por otra parte no vacilan las paredes, las lámparas colgadas están inmóviles como plomada, y los pájaros en la jaula, que suelen ser los primeros en dar la alarma, duermen tranquilos en la vara, la cabeza bajo el ala, la aguja del sismógrafo trazó y sigue trazando una línea recta horizontal en el papel milimetrado.
A la mañana siguiente, un hombre atravesaba una llanura yerma, de matojos y herbazales cenagosos, iba por trochas y senderos bajo los árboles, altos como el nombre que les fue dado, chopos y fresnos, y muchos tamariscos, con su olor africano, ese hombre no podría haber elegido mayor soledad y más alzado cielo, y por encima de él, volando con estrépito inaudito, lo acompañaba una bandada de estorninos, tantos que formaban una nube oscura y enorme, como de tempestad. Cuando se paraba, los estorninos se quedaban volando en círculo o se lanzaban fragorosos sobre un árbol, desaparecían entre las ramas y todo el follaje se estremecía, la copa resonaba de sones ásperos, violentos, parecía que dentro de ella se trabara ferocísima batalla. Volvía a andar José Anaiço, éste era su nombre, y los estorninos se alzaban de repente, todos a un tiempo, vruuuuuuuuuu. Si, no sabiendo quién es este hombre, nos pusiéramos a querer adivinarlo, diríamos que tal vez sea un pajarero de oficio o, como la serpiente, tiene poder de encanto y habilidades atractivas, cuando lo cierto es que José Anaiço está tan incierto como nosotros de las causas de tan alado festival, Qué querrán de mí estas creaturas, no nos extrañe la palabra desusada, hace días que las comunes no apetecen.
Venía el caminante de naciente a poniente, cayó así el camino y el paseo, pero por tener que bordear un gran pantano viró hacia el sur en curva, a lo largo de la orilla. Es de mañana y ha empezado a picar el sol, aunque sopla una brisa fresca y límpida aún, lástima no poderla guardar en el bolsillo para cuando el sol apriete de verdad. Iba José Anaiço discurriendo estos pensamientos, vagos e involuntarios como si no le pertenecieran, cuando se dio cuenta de que los estorninos se habían quedado atrás, revoloteaban más allá, donde el camino da una vuelta para acompañar la laguna, proceder extraordinario sin duda, pero en fin, como suele decirse, quien va va, quien está está, adiós pajarillos. José Anaiço acabó de contornear el pantano, casi media hora de camino difícil entre espadañas y cambrones, y volvió al camino primero, en la misma dirección en que viniera, de oriente a occidente como el sol, cuando de súbito, vruuuu, aparecieron otra vez los estorninos, dónde se habrían metido entretanto. Ahora bien, para este caso no hay explicación. Si una bandada de estorninos acompaña a un hombre en su paseo matinal como un perro fiel a su dueño, si espera a darle tiempo a que bordee una laguna y luego lo sigue como antes venía haciendo, no se le pida que diga o que averigüe los motivos, no tienen los pájaros razones sino instintos, tantas veces vagos e involuntarios como si no nos pertenecieran, hablábamos de los instintos pero también de las razones y de los motivos. Y tampoco preguntemos a José Anaiço quién es y qué hace en la vida, de dónde vino y adónde va, lo que de él haya de saberse, sólo por él se sabrá, y esta discreción, esta contención informativa, deberán valer igualmente para Joana Carda y su vara de negrillo, Joaquim Sassa y la piedra que tiró al mar, Pedro Orce y la silla de donde se levantó, las vidas no empiezan cuando las personas nacen, si así fuese cada día era un día ganado, las vidas empiezan más tarde, cuántas veces demasiado tarde, sin contar aquellas que apenas iniciadas se acaban, por eso gritó el otro, Ah, quién escribirá la historia de lo que podría haber sido.
Y ahora esta mujer, María Guavaira le llaman, extraño nombre aunque no gerundio, que subió al desván de la casa y encontró un calcetín viejo, de aquellos antiguos y verdaderos que servían para guardar dinero y lo hacían tan bien como una caja fuerte, simbólicos peculios, graciosas economías, y hallándolo vacío empezó a deshacerle las mallas, por hacer algo, como quien no tiene nada mejor en que ocupar sus manos. Pasó una hora, y otra hora, y el largo hilo de lana azul no paraba de caer, pero el calcetín no parecía disminuir de tamaño, como si no fueran suficientes los cuatro enigmas ya contados, éste nos demuestra que, al menos una vez, el contenido puede ser mayor que el continente. A esta casa silenciosa no llega el rumor de las olas del mar, si pasan aves su sombra no oscurece la ventana, perros habrá, pero no ladran, la tierra, si tembló, no tiembla. A los pies de la devanadora el hilo es una montaña que va creciendo. María Guavaira no se llama Ariadna, con este hilo no saldremos del laberinto, quizá con él lo que consigamos sea perdernos. El cabo, dónde está.
La primera grieta apareció en una gran laja natural, lisa como la mesa de los vientos, en algún lugar de estos montes Alberes que, en el extremo oriental de la cordillera, van descendiendo acompasadamente hacia el mar y por donde vagan ahora los desventurados canes de Cerbère, alusión nada descabellada en tiempo y lugar, pues todas estas cosas, hasta cuando no lo parecen, están trabadas entre sí. Expulsado, como queda dicho, de la pitanza doméstica, y forzado en consecuencia por necesidad a recordar en la memoria inconsciente las mañas de sus antepasados cazadores para conseguir atrapar algún gazapo extraviado, uno de esos canes, de nombre Ardent, gracias al finísimo oído de que está dotada la especie, habrá sentido restallar la piedra y, no murmurando sólo porque no puede, se acercó a ella, dilatando las narices, erizado el pelo, con tanta curiosidad como miedo. La hendidura, sutil, recordaría al observador humano una raya hecha con la punta afilada de un lápiz, muy diferente de aquel otro trazo con un palo, en tierra dura, o en el polvo suelto y blando, o en el barro, si con tales devaneos perdiésemos nuestro tiempo. Sin embargo, mientras el perro se acercaba, la grieta se fue ensanchando, se hizo más profunda y avanzó, desgarrando la piedra, hasta los extremos de la laja, y después de allá para acá, cabría dentro la mano entera, el brazo también en grosor y largura, si hubiese aquí hombre con valor para medir tal fenómeno. El perro Ardent rondaba inquieto, pero no podía huir, atraído por aquella serpiente de la que ya no se veía ni cabeza ni cola y súbitamente perdido, sin saber de qué lado quedarse, si en Francia, donde estaba, si en España, distante ya tres cuartas. Pero este perro, a Dios gracias, no es de los que se acomodan a las situaciones, la prueba es que, de un brinco, saltó sobre el abismo, con perdón de la evidente exageración expresiva, y se encontró del lado de acá, prefirió las regiones infernales, nunca sabremos qué nostalgias mueven el alma de un perro, qué sueños, qué tentaciones.
La segunda grieta, pero primera para el mundo, se inició a muchos kilómetros de distancia, en las cercanías del golfo de Vizcaya, no lejos de un lugar dolorosamente célebre en la historia de Carlomagno y sus Doce Pares, Roncesvalles llamado, donde murió Roldán soplando su olifante, sin Angélica ni Durandal que le acudieran. Allí, bajando a lo largo de la falda de la sierra de Abodi, por la banda del noroeste, corre un río, el Irati, que, nacido en Francia, va a desembocar en el Erro, español, afluente a su vez del Aragón, el cual es tributario del Ebro, que al fin llevará y lanzará al Mediterráneo las aguas de todos. En el fondo del valle, en la margen del Irati, hay una ciudad, Orbaiceta de nombre, y en la montaña existe un pantano, un embalse como allí dicen.
Es hora de explicar que cuanto aquí se diga o se venga a decir es verdad pura y puede comprobarse en cualquier mapa, a condición de que el tal mapa sea lo bastante minucioso como para mostrar informaciones de tan insignificante apariencia, pues la virtud de los mapas es ésa, exhiben la reductible disponibilidad del espacio, previenen que todo puede acontecer en él. Y acontece. Hemos hablado ya de la vara del destino, probamos ya que una piedra, aunque esté apartada de la línea de la marea más alta, puede acabar cayendo en el mar o regresar de él, ahora le toca el turno a Orbaiceta, donde, tras la agitación saludable causada por la construcción del embalse, hace ya años, volvió a instalarse la calma, ciudad de provincia navarra, adormecida entre montañas, ahora agitada de nuevo. Durante algunos días Orbaiceta fue el centro neurálgico de Europa, si no del mundo, allí se juntaron miembros de gobiernos, políticos, autoridades civiles y militares, geólogos y geógrafos, periodistas y mineralogistas, fotógrafos, operadores de televisión y cine, ingenieros de todas las disciplinas, observadores y curiosos. Pero la celebridad de Orbaiceta no durará mucho, sólo unos breves días, poco más que las rosas de Malherbe, y cómo podrían durar éstas siendo como son de mala hierba, pero de Orbaiceta hablamos, que no de otra cosa, y sólo hasta declararse en otra parte una celebridad mayor, siempre es así con las celebridades.
En la historia de los ríos nunca aconteció un caso tal, estar pasando el agua en su eterno pasar y de repente deja de pasar, como grifo súbitamente cerrado, por ejemplo, alguien está lavándose las manos en una bacía, quita el tapón del fondo, cierra el grifo, el agua se va sumiendo, baja, desaparece, lo que queda en la concha esmaltada pronto se evaporará. Explicándolo con palabras más propias, el agua del Irati se retiró como ola que de la playa refluye y se aleja, el lecho del río quedó a la vista, piedras, lodo, limo, peces que saltando boquean y mueren, el súbito silencio.
Los ingenieros no estaban en el lugar cuando ocurrió el increíble hecho, pero se apercibieron de que algo anormal había ocurrido, los paneles, en los bancos de observación, indicaron que el río dejó de alimentar la gran bacía acuática. En un jeep fueron tres técnicos a averiguar el asombroso suceso, y, de camino, por la margen del embalse, examinaron las más diversas hipótesis posibles, no les faltó tiempo para eso en casi cinco kilómetros, y una de esas hipótesis era que un desprendimiento o corrimiento de tierras en la montaña hubiese desviado el curso del río, otra que fuese obra de los franceses, perfidia gala, pese al acuerdo bilateral sobre aguas fluviales y sus aprovechamientos hidroeléctricos, otra, y ésta la más radical de todas, que se hubiese agotado el manantial, la fuente, el hontanar, la eternidad que parecía ser y finalmente no era. En este punto se dividían las opiniones. Uno de los ingenieros, hombre sosegado, de la especie contemplativa, y que apreciaba la vida en Orbaiceta, temía que lo mandasen lejos, los otros se frotaban las manos de contento, a ver si los llevaban a uno de los embalses del Tajo, más cerca de Madrid, y de la Gran Vía. Debatiendo estas ansiedades personales llegaron al punto extremo del embalse, donde era el desaguadero, y el río no estaba allí, sólo un menguado hilillo de agua que aún rezumaba de las tierras blandas, un borboteo de agua cenagosa que no tendría fuerza ni para mover una aceña. Dónde rayos se habrá metido el río, eso dijo el conductor del jeep, y no se podría ser más expresivo y riguroso. Perplejos, atónitos, desconcertados, inquietos también, los ingenieros volvieron a discutir entre sí las ya explicadas hipótesis, y hecho esto, comprobada la inutilidad práctica de la prosecución del debate, regresaron a los despachos del pantano, siguieron luego hacia Orbaiceta, donde los esperaba la jerarquía, informada ya de la mágica desaparición del río. Hubo discusiones acerbas, incredulidades, llamadas telefónicas a Pamplona y Madrid, y el resultado del fatigoso trabajo y trato acabó expresándose en una orden muy sencilla, dispuesta en tres partes sucesivas y complementarias, Suban río arriba, descubran lo que ocurre y no les digan nada a los franceses.
La expedición partió al día siguiente, antes de salir el sol, camino de la frontera, siempre al lado o a la vista del río seco, y cuando los fatigados inspectores llegaron, comprendieron que nunca más volvería a haber Irati. Por una grieta que no tendría más de tres metros de ancho se precipitaban las aguas hacia el interior de la tierra, rugiendo como un pequeño Niágara. Del otro lado había ya ayuntamiento de franceses, sería sublime ingenuidad pensar que los vecinos, astutos y cartesianos, no iban a enterarse del fenómeno, pero al menos se mostraban tan estupefactos y desorientados como los españoles de este lado, y todos hermanados en la ignorancia. Llegaron a hablar ambas partes, pero la conversación no fue extensa ni provechosa, poco más que las interjecciones de un justificado asombro, un vacilante aventurar hipótesis nuevas por el lado de los españoles, en fin, una irritación general que no hallaba contra quién volverse, los franceses poco después sonreían, en definitiva seguían dueños del río hasta la frontera, no tendrían que reformar los mapas.
Aquella tarde, helicópteros de los dos países sobrevolaron el lugar, hicieron fotografías, bajaron por cuerdas observadores que, suspensos sobre la catarata, miraban y nada veían, sólo aquella enorme boca negra y el dorso curvo y reluciente del agua. Para ir adelantando algo de provecho, las autoridades municipales de Orbaiceta, por el lado español, y las de Larrau por el lado francés, se reunieron junto al río, bajo un toldo armado para el caso y dominado por tres banderas, las bicolor y tricolor nacionales, más la de Navarra, con el propósito de estudiar las virtualidades turísticas de un fenómeno natural sin duda único en el mundo y las condiciones de su explotación en interés mutuo. Considerando la insuficiencia y el carácter provisional de los elementos de análisis disponibles, no surgió de la reunión ningún documento definidor de las obligaciones y derechos de las partes, pero fue nombrada una comisión mixta que, en brevísimo plazo, elaboraría la agenda del próximo encuentro, ya formal. No obstante, a última hora, un factor de perturbación vino a enturbiar el relativo consenso a que se había llegado, y fue la intervención, casi simultánea en Madrid y París, de los representantes de los dos Estados en la comisión permanente de límites fronterizos. Planteaban esos señores una grave duda, Primero hay que saber hacia qué lado se abre el agujero, si hacia el francés o hacia el español. Parecía detalle intrascendente, pero, una vez explicado el fundamento, la delicadeza del caso saltó a la vista. Era indiscutible, claro está, que el Irati, a partir de ahora, pertenecía enteramente a Francia, departamento de los Bajos Pirineos, pero si la grieta se abría enteramente hacia el lado de España, provincia de Navarra, la cosa tendría que ser estudiada muy a fondo, dado que cada uno de los dos países, en cierta manera, habría contribuido por parte igual. Si, por el contrario, también la grieta era francesa, el negocio les pertenecería a ellos por entero como les pertenecían las respectivas materias primas, el río y el vacío. Ante la nueva situación, las dos autoridades, ocultando reservas mentales, acordaron mantenerse en contacto mientras no se aclarara aquella acuciante cuestión. Por su parte, en una declaración conjunta laboriosamente redactada, los ministerios de Asuntos Exteriores de ambos países anunciaron la intención de proseguir conversaciones urgentes en el ámbito de la referida comisión permanente de límites, asesorada, lógicamente, por los respectivos equipos de técnicos geodésicos.
Fue entonces cuando, en profusión y diversidad internacional, aparecieron los geólogos. Entre Orbaiceta y Larrau ya había de todo un poco, si no mucho, como antes se enumeró. Ahora llegaban en multitud los sabios de la tierra y de las tierras, los averiguadores de movimientos y accidentes, estratos y bloques erráticos, martillo en mano, batiendo cuanto fuese piedra o piedra pareciese. Un periodista francés, Michel y cínico, le decía a un colega español, serio y Miguel, quien ya había anunciado a Madrid que la grieta era ab-so-lu-ta-men-te española, o, para hablar con precisión geográfica y nacionalista, navarra, Pues quédense ustedes con ella, fue lo que dijo el francés insolente, si les da tanto gusto y tan necesitados están, sólo en el Cirque de Gavarnie tenemos los franceses una cascada de cuatrocientos veinte metros de altura, no necesitamos agujeros artesianos vueltos al revés. No se le ocurrió a Miguel la respuesta de que también en este lado español de los Pirineos abundan las caídas de agua, muy bellas y altas, pero la cuestión era otra, una cascada a cielo abierto no es ningún misterio, siempre igual,
