Prólogo a la presente edición
Se cumplen este año los veinticinco del viaje que realicé por el río Curueño del que surgiría este libro. Un libro que apareció nueve años más tarde y que ahora reedita la editorial Alfaguara después de haberse agotado en las librerías. Mi agradecimiento, pues, a la editorial por su confianza en esta antigua obra.
En los veinticinco años que han transcurrido desde aquel viaje, mucha agua ha pasado por el Curueño. Tanta como para que los personajes de este relato hayan desaparecido en una gran parte y como para que la vida en aquella zona haya cambiado sustancialmente. De las tres mil personas que habitaban las aldeas del Curueño, por ejemplo, en el verano de 1981 hoy no llegan a las mil y, en paralelo, su actividad se ha reducido a niveles mínimos. Por el contrario, las infraestructuras de las que ahora disponen han mejorado notablemente, así como su nivel de vida, lo que no impide que, salvo en el verano, los pueblos estén vacíos prácticamente. Para bien y para mal, el desarrollo y sus consecuencias han dejado su huella en esas aldeas, como en muchas otras de este país, especialmente las de montaña.
Así pues, este relato ha adquirido un valor testimonial ajeno a mis pretensiones cuando decidí escribirlo. Mi única intención entonces era retratar un mundo y hacerlo desde la óptica del escritor, más que desde la del estudioso. Esa intención es la que sigue vigente en mí, por más que las circunstancias la puedan modificar a los ojos de algún lector, incluso a los de sus protagonistas. La literatura de viaje no significa para mí más que lo que significan otras, esto es, una forma de indagar en mis ideas y un modo de contrastarlas con la realidad que vivo. Insisto en esta cuestión, ya que a veces no parece quedar clara.
Por último, quiero señalar que he aprovechado esta ocasión para corregir el texto, no tanto en su contenido, que no he tocado, como en su formalidad, que, ésta sí, acusaba, en mi opinión, el transcurso de esos veinticinco años. Pido perdón por haberlo hecho a quienes, por encima de las ideas del propio autor, consideran que un texto impreso es sagrado.
JULIO LLAMAZARES
Septiembre de 2006
Este libro está dedicado a Mariano Rubio,
Ángel «Modoso» Segura y Juan Ramón Alonso,
que hicieron con el viajero todo o parte del camino.
Y a Bruna, que nació en el Curueño.
Paisaje y memoria
El paisaje es memoria. Más allá de sus límites, el paisaje sostiene las huellas del pasado, reconstruye recuerdos, proyecta en la mirada las sombras de otro tiempo que sólo existe ya como reflejo de sí mismo en la memoria del viajero o del que, simplemente, sigue fiel a ese paisaje.
Para el hombre romántico, el paisaje es, además, la fuente principal de la melancolía. Símbolo de la muerte, de la fugacidad brutal del tiempo y de la vida —el paisaje es eterno y sobrevive casi siempre al que lo mira—, representa también ese escenario último en el que la desposesión y el vértigo destruyen poco a poco la memoria del viajero —el hombre, en suma—, que sabe desde siempre que el camino que recorre no lleva a ningún sitio. Para el hombre romántico no es la mirada la que enferma ante el paisaje; es el paisaje el que termina convirtiéndose en una enfermedad del corazón y del espíritu.
En esa convicción —y en la intuición lejana de que el paisaje y la memoria, en ocasiones, son lo mismo—, me eché un día al camino, en el verano de 1981, a recorrer a pie, desde su muerte hasta su nacimient
