Lunes, Santa María Magdalena
Las paredes manchaban. El marinero negro, de pantalón azul impúdicamente ajustado hasta media pierna, acampanado sobre los pies desnudos, cubierto el torso con una camisa a rayas amarillas y moradas, sonreía tocando el acordeón, sentado bajo las palmeras. Enfrente, la negra de caderas atinajadas, con los pechos descubiertos y un faldellín vegetal en torno a la cintura, culebreaba el ritmo. Con saliva o con vino, dedos anónimos habían retocado el trópico al temple en un sentido obsceno.
Sobre la puerta de la habitación había un reloj de péndulo y gran caja. Sus agujas marcaban las seis. Estaba parado. Al fondo, el balcón abierto permitía oír gritos y carcajadas de mujeres y hombres en la calle.
Del techo colgaba una lámpara con copas para las bombillas, de color de malva. Su luz era turbia, penumbrosa, blanda. Bajo la lámpara, una desnuda y económica mesa de comedor. En torno de ésta, sillas de diferente factura. Sillas de colmado pintadas de verde, de gruesas patas y asiento de paja, con flores de calcomanía en los respaldos; sillas del juego de la mesa, tapizadas en rojo; sillas plegables de aguaducho de verbena.
Los gritos y las carcajadas se escuchaban ya dentro de la casa.
Entró en la habitación un hombre y de un salto se sentó en la mesa. Cuando la algazara se canalizó en el pasillo, hizo ruidosamente palmas y canturreó. Desembocó la jarana. Tres mujeres y cuatro hombres. Tras éstos, calmosamente, serenamente, aburridamente, una mujer madura que se apoyó en el quicio de la puerta e hizo una mueca de disgusto por el ruido. Dio una orden con voz bronca.
—Maruja, cierra el balcón, que no son horas.
Una de ellas, rubia reteñida, gordezuela, se acercó al balcón taconeando en corto y cerró. El que había hecho palmas y canturreado se dirigió a la que había dado la orden.
—Se dice buenas noches, marquesa.
La mujer se encogió de hombros y preguntó ásperamente:
—Bueno, ¿qué vais a tomar? A las tres se echa la llave, ya lo sabéis.
Hundió las manos en el gran bolsillo de su delantal y esperó. Se hizo un silencio interrogante. Los hombres no se decidían a pedir. Maruja barbilleó a uno de ellos.
—Manolo, chati —dijo—, ponnos a beber de lo bueno —añadió mimosamente—: Estírate, que hoy hay que armarla. Anda, monín…
Manolo lo consultó con sus compañeros.
—¿Qué bebemos? ¿Una de La Guita?… Es que son doce chulés.
De pronto se animó.
—Tráete una botella aunque tenga que vender el sillón de la barbería y tirarme a la carretera a dar sustos al mundo.
Maruja celebró el desplante.
—Eres lo más hombre que hay de aquí a Portugal.
La mujer madura no se movió de la puerta. El barbero extendió las manos con las palmas abiertas, haciendo un ademán de extrañeza. Preguntó, ladeando la cabeza, sin mirar a Maruja:
—¿A qué espera ésta?
Maruja le susurró, frunciendo los labios:
—Ya sabes cómo es la Carola. Es que el otro día se quedó una botella sin pagar y… ¿Tú me entiendes? Vamos, que quiere el parné por adelantado.
Manolo se indignó momentáneamente. La Carola seguía con las manos en el bolsillo del delantal, apacible, irreductible, mirándolos con aire distraído. Maruja ofició de intermediaria.
—Anda, no seas tonto. A ti ¿qué más te da? Dame los billetes, que se los doy yo.
Manolo sacó un billete de cien pesetas. Maruja se lo arrebató de las manos y se lo pasó a la Carola, que en el acto le devolvió cuarenta pesetas, sacándolas, sin contar, del bolsillo del delantal. Maruja entregó la vuelta al barbero reservándose un duro.
—Éste para mí, ¿eh? —dijo haciendo un mohín.
Maruja se metió el billete por el escote. Manolo contestó entre malhumorado y satisfecho de su propia generosidad y rumbo:
—Que es un servicio completo, que tú me buscas la ruina…
Maruja se reía. Una de las compañeras decía al que estaba sentado en la mesa:
—Sebastián, cántate algo por Marchena.
La Carola, antes de desaparecer por el pasillo, advirtió:
—A las tres se echa la llave: ya lo sabéis. No quiero líos con la policía.
A las doce en punto, había dicho Sebastián Vázquez: «A las doce en punto te estás en el Columba como un clavo. Ya sabes que no me gusta esperar. Después no te quejes». Cuando Sebastián le hablaba, se desazonaba Lupe. Abría mucho los ojos y asentía con la cabeza. Se estaba arreglando. En la mesilla, pegada al espejo, tenía un cabás de colegiala con una fotografía de un artista de cine pegada a la tapa. En el cabás guardaba el lápiz de los labios, el tarro del maquillaje, el frasco del esmalte de las uñas… Estaba pensando que Sebastián la había citado a las doce en punto, que si llegaba tarde podía haber bronca o podía haberse marchado, que Sebastián se lo decía muchas veces, era como era y no había que darle vueltas, y hasta puede que ella nada le importara.
Lupe se miraba al espejo una y otra vez. Estiró los labios y mostró los dientes. Entró una compañera comiéndose un bocadillo de sardinas. Le chorreaba un poco el aceite por las comisuras de los labios. Hablaba silbando las eses, con el dejo de la profesión.
—¿Te espera tu novio, Lupe? ¡Menudo gachó el Sebas! Te tiene sorbidita, chiquilla. Ya me quisiera echar yo a un tipo así a la cara; las iba a pasar el tío de a quilo. ¡Con lo que yo soy! A los hombres hay que saber darles su faena.
Lupe no le contestó. La miraba fijamente en el espejo. La compañera continuaba:
—Si cuando yo digo… En fin, allá tú, cada una sabe sus cosas, ¿no?
Mordió el bocadillo y salió cantando con la boca llena, haciendo un guiño canalla con los ojos: Gitano, tano, tano de mi vida…
Lupe quedó un momento en suspenso. Luego miró la hora en su reloj de pulsera y sintió un arrebato de prisa. Se atusó el pelo y se levantó.
Sebastián estaba bebiendo en el mostrador del bar Columba. Estaba bebiendo con el novillero Antonio Jiménez. El muchacho encargado de la cafetera atendía a la conversación mientras trabajaba.
—Mañana —dijo Sebastián— tienes que arrimar el ombligo; irá mucha gente de Talavera a verte. No hagas el papelón, porque entonces ya te puedes despedir para los restos.
Antonio Jiménez escuchaba a Sebastián sintiendo como un reblandecimiento gustoso con sus palabras.
—Ya lo sé, Sebas. En mañana está todo mi porvenir. Ya lo sé, hombre, que me tengo que arrimar, pero déjame tomar esta copa tranquilo: no me lo recuerdes.
Sebastián insistía:
—¿Somos amigos o no somos amigos? ¿Cómo no te lo voy a recordar? Tú ya sabes que si hay alguien que te quiera aquí, ése soy yo. Yo soy un amigo verdad. Y un amigo tiene que decirte las cosas claras.
La conversación venía arrastrada de toda la tarde. Sebastián y el novillero habían estado bebiendo juntos. Sebastián se crecía en los consejos, que el novillero aceptaba gustosamente, consciente del acrecentamiento de su importancia, a medida de aquella preocupación de palabra del amigo. Sebastián repetía una y otra vez el consejo.
—Que ya está dicho, que mañana te tienes que arrimar.
Hacía una pausa y se dirigía al muchacho de la cafetera.
—Ponnos otras, chico; las penúltimas.
El novillero marcaba el dengue.
—Que mañana me la juego, Sebas.
—La penúltima, hombre. Ahora te vas para casa y a la piltra. Una copa más, ¿qué más da?
El novillero hacía gala de erudición.
—Que José el día de la cornada aquí olía a manzanilla, que uno no puede beber, que la vista…
Sebastián le convencía.
—La última, Antonio. ¿Tú crees que un amigo como yo va a querer algo malo para ti? Ahora mismo te vas para casa y, si no quieres, te echo de aquí yo. Te lo juro por mis muertos, Antonio; ¿cómo te voy a querer a ti mal?
Sebastián abrazó al novillero. El muchacho de la cafetera llamó a su jefe.
—Dos más de manzanilla.
Sebastián repetía con pesadez de charlatán templado por el vino, echándose hacia atrás:
—Que yo lo que quiero, Antonio, es que sepas que aquí tienes un amigo. Uno de los buenos, con el que puedes contar para lo que quieras.
Sebastián hizo un desplante, abriendo la chaqueta y palmeándose el bolsillo trasero del pantalón, abultado por algo pesado.
—Ésta —siguió— está para lo que quieras y tiene a un hombre…
El novillero arrugó la frente.
—Que te pueden ver, Sebas; no la pringuemos.
El tono de la voz de Sebastián se hizo más bajo.
—De verdad, para lo que quieras. Por un amigo me juego yo el estaribé y la vida.
El novillero había apurado la copa.
—Sebas, voy a dejarte, tengo que descansar.
—¿No quieres otra copa?
—No, hoy ya está bien.
—No te quiero forzar. Como te parezca. Y lo dicho.
Volvió a abrazar al novillero. Éste se despidió de todos.
—Buenas noches, don Ricardo —dijo al dueño del bar—. Buenas noches, señores.
Los clientes y el dueño le despidieron unánimemente.
—Que tengas suerte mañana, Antonio.
Uno de los clientes preguntó en voz queda al muchacho que le estaba sirviendo el café, haciendo un movimiento con la cabeza:
—¿Quién es?
El muchacho, asombrado, le contestó:
—Pero ¿no le conoce usted? Es Antonio Jiménez, el torero. Mañana torea. Es cosa buena. Hoy no hay en España un novillero como él.
El cliente movió la cabeza y se quedó mirando hacia la puerta. Entraban unos zangones. Se acercaron al mostrador.
—Don Ricardo, dos blancos.
El dueño del bar les respondió:
—Blanco no puedo serviros. Son las doce. Tiene que ser manzanilla, montilla o…
—Bueno, lo que sea —le interrumpió uno de ellos—. Pónganos algo de beber.
Don Ricardo, calmosamente, colocó dos copas en el mostrador delante de los jóvenes. Fumaba su cigarrillo cerrando un ojo mientras el humo se le extendía por medio rostro haciéndolo borroso, enmascarándolo y como enfermándolo.
—¿Qué —preguntó—, vais a ver a la Marlén? Andaos con cuidado…
Don Ricardo sabía la noche y la gente de la noche. Alcahueteaba con despego; para eso era don Ricardo. Controlaba a conciencia; para eso era un negociante.
Lupe entró en el bar y se acercó rápidamente a Sebastián.
—Buenas noches. No llego tarde, ¿verdad, cariño?
Sebastián no le respondió. Lupe se palmeó el pelo.
—¿Estás enfadado? ¿Te ocurre algo?
El muchacho de detrás del mostrador le preguntó:
—¿Qué va a tomar, señorita?
—Uno con leche —respondió distraída— y una copa de anís.
Después tabaleó con las uñas sobre el mostrador, dando un son quebradillo que producía dentera.
—¡Cómo eres, Sebas! Hoy no te puedes quejar. He venido pronto y eso que no creas que a la Carola le ha hecho ninguna gracia.
Dudó y preguntó de nuevo:
—¿Te ocurre algo? ¿Estás enfermo?
Había en su voz vacilación y temor.
—¿Quieres dejarlo ya? —dijo Sebastián desabridamente—. No seas pesada. No me ocurre nada. ¿Qué quieres, que haya cogido el tifus? Bueno, pues tengo el tifus.
Lupe calló. Se entristeció. Era lo de todas las noches. Tímidamente preguntó, después de un rato de silencio:
—Sebas, ¿te parece que nos sentemos?
Se sentaron en una de las mesitas pegadas a la pared con el tablero pintado de un rojo color de sangre de toro. Sebastián volvió a pedir una copa de manzanilla. Lupe rogó:
—No bebas mucho, Sebas.
Manolo el barbero, Jacinto Larios, Buenaventura el Langó y Benito Suárez estaban bebidos. Bajaban por la calle cantando y haciendo palmas. El Langó arrastraba su cojera entre jipío y jipío, haciendo frecuentes altos. Llevaba el cante por los rincones negros del corazón y luego lo vomitaba a golpes, con los ojos llorosos y los labios húmedos. Alternaban.
Don Ricardo tenía a medias echadas las trampas de su establecimiento. En el bar había muchas mujeres, un humo denso de cigarrillos, un penetrante olor de perfumes baratos, mezclados. De vez en cuando se oía el grito del chico de la cafetera.
—Apurarse, que vamos a cerrar.
Luego, en voz baja, le decía a un cliente:
—Ya no se sirve más, caballero. Lo tenemos prohibido.
Daba dos palmadas y repetía:
—Que cerramos.
Se encogía de hombros ante las palabras punzantes de alguna de las mujeres.
Manolo el barbero tropezó al entrar en el bar. El Langó daba su último jipío antes de entrar, mientras Jacinto Larios le pasaba el brazo por el hombro y se agachaba con él en la arcada postrera. Pasaron al fin.
Manolo el barbero estaba hablando con Sebastián.
—¿Mañana vas a ver a Antonio?
—Te diré.
—Cuenta conmigo.
—Siéntate a tomar lo que quieras. Lupe, muévete a la otra silla.
—Es que mira; vengo con el Langó, Benito y Larios.
—Que se sienten también.
El Langó, Benito y Larios estaban de pie junto a ellos.
Se saludaron.
—Haciendo costumbre, ¿eh, Sebas?
—A ver… Vosotros gastando moyate como los buenos, ¿no?
—Clarito —dijo el Langó.
Se estableció un ínterin de cortesías mutuas.
—Que tu Lupe está cada día, entiéndeme… Que está vamos, como…
—El trato que doy —dijo Sebas.
La conversación crecía de reticencias, de sobrentendidos.
—Chavó —alzó la voz Manolo—, ponnos de beber.
El muchacho del mostrador le explicó:
—Manolo, que no se puede, que hemos cerrado.
Don Ricardo le hizo un guiño al muchacho, susurrándole:
—Anda, ponles lo que quieran.
Don Ricardo sabía la noche y la gente de la noche. Añadió:
—Que los invita la casa.
El muchacho se acercó a la mesa.
—Dice don Ricardo que qué es lo que van a tomar, que los invita él.
Manolo se volvió hacia el mostrador.
—Gracias, Ricardo.
El dueño hizo un gesto de no darle importancia a la invitación. Fueron servidos. A los pocos minutos se acercó sonriente.
—Tú, Manolo, ya sabes lo que son estas cosas. Estamos muy perseguidos. Lo siento. Ya sabéis que si fuera por mí hasta que os bebierais el establecimiento, pero…
Había un gran clima de cordialidad. Manolo el barbero le respondió:
—Tú ya sabes que nosotros no venimos a buscarte el lío. De modo que, cuando tú digas, nos largamos.
—Es que ya es hora, tú me comprendes, ¿no?
Manolo se levantó.
—Nada, hombre, para eso estamos. Ahora nos vamos a casa la Carola y asunto concluido.
Se levantaron los cuatro. Manolo invitó a Sebas:
—Sebas, vente, hoy la vamos a armar. Lo que se beba corre de mi flor.
Sebastián sonreía. Lupe le tocó la pierna, bajo la mesa. Sebas se engalló.
—Vamos cuando queráis. Y tú, Lupe, si no quieres venirte, ya sabes; por mí te puedes quedar hasta mañana aquí. No te…
Lupe se disculpaba.
—Si no es eso, Sebas; yo voy donde y cuando tú quieras.
—Lo dicho.
Sebastián ya no le hacía caso.
Se despidieron del dueño del bar. Dos mujeres del mostrador se les unieron. Eran amigas antiguas. Una de ellas dijo:
—Si vais para casa, vamos con vosotros.
—Venga —respondió Manolo.
Buenaventura el Langó, al salir a la calle, comenzó a cantar. El cante se arrancaba de los violentos dominios del sexo y rebotaba en sus ojos de alucinado.
—Vete cantando ya —exigió Manolo— por el cante de Rojo de Salamanca, que se te escucha.
—Ésta va por el cante Rojo —respondió el Langó.
Caminaron calle arriba, hacia casa de la Carola.
Manolo el barbero había hecho sacar la tercera botella de manzanilla. Sebastián canturreaba en bajinis a Buenaventura. Terminó.
—¿Qué te ha parecido? Bien cantao tiene su cosa. ¿A que sí?
Buenaventura mostraba su magisterio.
—No es cante verdad, Sebas; tú ya sabes que eso no es cante verdad. El cante cante es lo que te voy a frasear yo ahora en la garganta del Calderas. Esto y nada más. Un cante para el que se necesita tener paladar.
Repitió:
—Hay que tener un paladar para esto. Cosa fina. Si yo tuviera un dinero le iba a llevar al Calderas a Madrid, a su ambiente. Porque el Calderas es saber y necesita un ambiente. Aquí se pierde como yo me he perdido, que ayudado hubiera sido algo, como se ha perdido Jumilla el viejo, como se han perdido casi todos.
Lupe tenía los brazos cruzados sobre el regazo. Maruja se le había acercado un par de veces.
—¿Te aburres, preciosa? Amiga, la vida…
Lupe no había contestado la primera vez. La segunda oyó la pregunta Sebastián.
—Déjala que se aburra —dijo—; cada día que pasa está más gilí.
Lupe le miró fijamente, pero Sebastián atendía a las explicaciones del Langó.
Bajó los ojos y estuvo contemplando las baldosas del suelo y sus extraños dibujos. Lupe estaba sola. En torno crecía el barullo y, como un espeluzno por algo sorprendente, sobre el barullo, cortando las palabras, pasó la voz fría, dura, aguadañada de la Carola.
—Que son las tres y hay que ahuecar, o…
—¿Ves cómo eres, Carola? —dijo Sebastián.
—¿Ves cómo no se puede venir a tu casa?
La Carola volvió la cabeza a un lado.
—A veces, Sebastián, pareces un chiquillo. Tú te crees que si yo pudiese iba a cerrar ahora… ¡Qué cosas!
Manolo el barbero estaba sintiendo los efectos del vino y parpadeaba de sueño. Apuró la copa de un trago y dejó perecear las palabras en los labios.
—Va a haber que irse al piltrosamen, que estamos cortaos.
Lupe estaba de pie junto a Sebastián. Le susurró:
—¿Tú también te vas, Sebas?
Sebastián se revolvió.
—¿Y para qué quieres que me quede? ¿Es que piensas hacerme el número? Mira, mañana será otro día, pero hoy voy a beberme unas copas en casa del Tripa con éstos. Mañana me tienes en el Columba como todos los días.
Lupe lo miró angustiadamente.
—Sebas, si tú quisieras…
—Ya te he dicho; mañana a las doce en el Columba.
—Sebas, mañana… Quédate, Sebas. Quédate, por favor. Quédate, por lo que más quieras.
Sebastián hizo un ademán de indiferencia. Luego dijo:
—Manolo, cuando tú quieras nos vamos a casa del Tripa. Allí el que invita soy yo.
Manolo se acercó a la Carola.
—Carolita, nena, cualquier día vengo aquí y te robo.
Se balanceó ante el manotazo de la Carola, sobre la que casi se había derrumbado en el intento de hacerle una caricia de broma.
—No seas pata, Manolo —dijo la Carola—. No seas pata y lárgate con viento fresco, que lo que tú necesitas es dormirla.
Lupe salió corriendo de la habitación. Maruja le dijo a Sebastián:
—Tú también, hombre, tienes unas cosas… Si no la haces sufrir, no pareces contento. ¡A mí me podías hacer tú eso!
—A ti no te iba a hacer nada, preciosa, que tengo mis gustos —cambió el tono y preguntó—: Bueno, ¿nos vamos?
Manolo el barbero y Sebastián salieron al mismo tiempo empujándose. Manolo dio unos traspiés. Sebastián se encaró con él:
—Vamos, Manolo; que no se diga.
El Tripa estaba dentro de la ley: había prohibido en su establecimiento la blasfemia, expulsaba a los bronquistas. Era su moral de tabernero de la madrugada. «En mi casa no hay tío que miente malamente a Dios ni que me arme un espanto a la solana del vino», decía. Y en casa del Tripa no se mentaba malamente a Dios ni se permitían las peleas. Él defendía su negocio de tres de la mañana en adelante. Las ordenanzas municipales no contaban. El dilema no dejaba lugar a dudas cuando se lo planteaba a su mujer: «Mira, Ceci: o garbanzos o piedras; elige». Abrir eran los garbanzos, y abría todas las noches el portal de la casa para que entrasen por allí a la taberna los rezagados del vino, los camioneros extremeños camino de Madrid, los que comenzaban la jornada de trabajo al clarear el día…
Manolo el barbero y Benito Suárez se habían ido a dormir. A la taberna del Tripa llegaron Sebastián, Jacinto Larios y el Langó. Hacía calor. El Tripa fumaba apaciblemente, con los codos apoyados en el mostrador, en mangas de camisa. Saludó.
—¡Cuánto bueno! Hacía ya mucho tiempo, Sebastián, que no te veía por esta casa. Y a vosotros tampoco. ¿Has padecido veda, Jacinto? Me dijeron que te habían pillado en un afán…
—Cosas que dicen —contestó Jacinto Larios— para jorobarle a uno por si uno lo estaba ya poco. No me pillaron; he estado fuera.
—Bueno, hombre, tú ya sabes que yo no acostumbro a meterme al hilo, que cada uno viva como pueda —disculpó.
—Eso está bien —confirmó Sebastián—. Que cada uno viva como pueda y los guardias con todos.
Se echaron a reír. Sobre el mostrador había cuatro vasos. El Tripa indicó confidencialmente:
—Tengo un vinete como para bendecirlo. Veréis lo que es bueno. Tiene grados y un aquel que rebota en el paladar antes de entrar y te deja la boca perfumada.
—Pues llena de eso —dijo Sebastián y luego, encogiéndose de hombros y sonriendo—: Ya está echada la noche a lo alto, ya no hay remedio. De aquí vamos a salir para la feria y, a la tarde, a ver al Jiménez.
El Tripa estaba entretenido en la labor de escanciar vino. Fue el primero que cogió el vaso.
—Esto es vino y no lo que os venden por ahí.
Apuró el vaso de un trago. Sopló.
—Esto le saca a uno del cuerpo todo lo malo que tenga. Me estaría bebiendo vino de éste toda la vida, pero no puede ser —cambió el tono—. Es caro.
Se perdieron en una conversación sobre el vino.
—¿A cuánto te ponen la arroba?… ¿En la carretera te ahorras tres duritos?… ¿Lo pasas de burro?… Entonces tú te ganas unos cuantos chulís… Vaya con el tío…
Sebastián preguntó:
—Oye, ¿tú sabes de algún camión que tire para la feria cuando amanezca y que nos quiera llevar a los tres?
El Langó intervino:
—Conmigo no contéis, que tengo que trabajar.
—Tú… —se inclinaba en el dejo chulo Sebastián—. ¿Tú trabajar? ¡Venga ya! Tú… Pero ¡lo que hay que oír!
El Langó se escurrió de palabra.
—No achagues, Sebas. Hay que trabajar, no todos tenemos tu suerte. No todos podemos vivir con la jeró. Yo tengo que estar en la botería a las ocho, porque si no se acaba la vida fina y me ves quieto en las esquinas reuniendo la peseta para comer.
—Como si no supiéramos —respondió Sebastián— que a la mujer del patrón eres tú quien le levantas la zarandela y por eso te aguantan, porque dar el callo —hizo un ademán— ni eso. Anda, vente para la feria, que no estará tan necesitada.
—Ya te he dicho, Sebas, que no puedo. ¡Qué más quisiera yo! Además, ver al Antonio, que es mi torero, es algo que me gustaría.
El Tripa cortó.
—Podéis ir en el camión de los Hernáez. Se le dice al conductor y os lleva. Por el camino, si no tiene prisa, le invitáis a un copazo y tan campante.
—¿Lleva ganado? —preguntó Sebastián.
—No, lleva vino —respondió el Tripa.
—¿Y sobre qué hora sale?
—Sobre las seis.
Sebastián consultó su reloj de muñeca con cadena plateada y un torero pintado en el cristal de la esfera.
—Son las cuatro y diez; nos queda tiempo todavía.
El Tripa velaba por el ne
