Contenido
Nota del autor
Introito: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32), la mentira, creyentes
I Del Antiguo al Nuevo Testamento: las bases humanas del cristianismo y de una Iglesia que se pretende divina
1 El Antiguo Testamento, textos muy humanos redactados a la medida de las necesidades del pueblo hebreo
2 Dios, en su infinita inmutabilidad, cambió radicalmente su «Revelación» y dio el Nuevo Testamento
II De cómo los propios evangelistas dieron versiones paganas y contradictorias de la vida de Jesús y de cómo el cristianismo y la Iglesia católica tergiversaron los datos que no les convenían
3 El nacimiento prodigioso de Jesús: un relato mítico que la mayor parte del Nuevo Testamento niega abiertamente
4 Jesús, un judío fiel a la Ley hebrea del que apenas conocemos nada
5 Las muchas y profundas incoherencias que impiden dar crédito a los relatos neotestamentarios acerca de la resurrección de Jesús y de sus apariciones posteriores
6 Jesús consubstancial con Dios: una invención teológica tardía contraria a las creencias del propio Jesús y sus apóstoles
7 La construcción de Jesús como «mesías esperado» y la manipulación del sentido de los versículos proféticos del Antiguo Testamento que le dieron fundamento
III De cómo la Iglesia católica manipuló los Evangelios para dotarse de fundamento y legitimidad y se convirtió en una institución de poder que Jesús repudiaría
8 Jesús jamás instituyó ninguna nueva religión o Iglesia, ni cristiana, ni católica
9 Jesús derogó el clero profesional... pero la Iglesia católica hizo del sacerdote un asalariado «especialmente elegido por Dios»
10 En el Nuevo Testamento se niega que las iglesias sean la «casa de Dios»
11 La eucaristía, otra elaboración teológica de Pablo que jamás fue instituida por Jesús
12 La imposible transubstantación y presencia de Jesús-Cristo en eucaristías y misas, según los textos neotestamentarios
13 La figura del Papa es contraria a lo que predicó Jesús y se asienta sobre un texto añadido a Mateo
14 Jesús, en los Evangelios, preconizó la igualdad de derechos de la mujer, pero la Iglesia procuró su marginación social y religiosa
IV De cómo la Iglesia católica cambió los «mandatos de Dios» bíblicos y creó dogmas específicos para controlar mejor a los creyentes y al clero
15 Los diez mandamientos de la Iglesia católica presentan graves e interesadas diferencias respecto al Decálogo bíblico original
16 El Credo, una profesión de fe que el propio Jesús rechazaría
17 La «Santísima Trinidad» el misterio que nos vino de Oriente
18 La «Inmaculada Concepción», un dogma de fe fundamental de la Iglesia católica... que no fue impuesto a los creyentes hasta 1854
19 La doctrina católica del infierno le fue tan desconocida al Dios del Antiguo Testamento como al propio Jesús
20 El celibato obligatorio del clero es un mero decreto administrativo, no un mandato evangélico
Epílogo brevísimo
Bibliografía
Notas
Nota del autor a esta edición revisada y aumentada
En esta nueva versión de 2011 se ha conservado la estructura básica del libro de 1997, que tiene todo el valor de haber sido una obra pionera en el género y muy exitosa —con más de 150.000 ejemplares vendidos y varias traducciones—, pero para esta edición he revisado muy a fondo todo el contenido, añadiendo decenas de ampliaciones a fin de mejorar el trabajo en todos los sentidos.
He ampliado el texto en la mayoría de los capítulos, a fin de documentar mejor aspectos importantes que anteriormente pudieron quedar faltos de argumentación o que se omitieron, y he incluido 127 notas a pie de página más (531 en total), que complementan o amplían el texto principal. También he añadido capítulos y apartados nuevos, dedicados a temas no tratados en la versión anterior, que aportan datos y conocimientos de gran interés sobre el contexto histórico y doctrinal estudiados y abren nuevos horizontes reflexivos a los lectores y lectoras.
Este libro también se ha beneficiado de la revisión y análisis de una amplia bibliografía académica, aparecida durante la última década, que ha permitido incrementar y fortalecer la base y el rigor de la investigación crítica que se plasma en este trabajo.
Antonio Piñero, catedrático de Filología Neotestamentaria y uno de los mejores expertos en la figura del Jesús histórico, su doctrina y su época, finalizó un artículo sobre este libro diciendo: «El cristianismo de hoy no debe adoptar la actitud de la avestruz temerosa, sino que ha de plantearse, entre otros —en el ocaso del siglo XX y en los comienzos de otro milenio, épocas de gran difusión de ideas—, el enorme reto de responder con claridad y precisión a los argumentos de quienes señalan ciertas debilidades del sistema teológico que es la base de la Iglesia cristiana» (Estudios Eclesiásticos, n. 74, 1999, p. 190).
Los lectores, hoy todavía más que ayer, encontrarán documentadas en este libro no sólo «ciertas debilidades del sistema teológico» cristiano sino decenas de esas «debilidades», que lo seguirán siendo aunque la Iglesia y los creyentes persistan en su defensiva «actitud de la avestruz temerosa».
Este libro no trata ni cuestiona la fe, sólo se ocupa —y preocupa— de aportar la máxima luz y veracidad posibles al contexto histórico, documental y doctrinal que dio origen al cristianismo, al catolicismo y a sus tradiciones, ficciones históricas, mitos y dogmas.
Dr. Pepe Rodríguez
6 de enero de 2011
Introito:
«La verdad os hará libres» (Jn 8,32), la mentira, creyentes
Es probable que el título de este libro, Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, pueda parecerle inadecuado o exagerado a algún lector, pero si nos remitimos a la definición de la propia Iglesia católica cuando afirma que «la mentira es la ofensa más directa contra la verdad. Mentir es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error al que tiene el derecho de conocerla. Lesionando la relación del hombre con la verdad y con el prójimo, la mentira ofende el vínculo fundamental del hombre y de su palabra con el Señor»,[1] veremos cuán ajustado está este título a los datos de gran calado que iremos descubriendo a lo largo de este trabajo.
La Iglesia católica en nuestro ámbito, aunque es extensible a las demás iglesias cristianas, es una institución que conserva una notable influencia en nuestra sociedad —a pesar de que la mayoría de sus templos suelen estar muy vacíos y de que casi nadie, ni aun sus fieles, sigue las directrices oficiales en materia de moral— y sus actuaciones repercuten tanto entre los creyentes católicos, o de cualquier otra religión, como entre los ciudadanos manifiestamente ateos.[2] Por esta razón, no sólo es lícito reflexionar sobre todo cuanto atañe a la Iglesia católica sino que, más aún, resulta obligado tener que hacerlo. Tal como expresó el gran teólogo católico Schillebeeckx: «Se debe tener el coraje de criticar porque la Iglesia tiene siempre necesidad de purificación y de reformas.»
Lo que es, dice o hace la Iglesia católica, por tanto, nos incumbe en alguna medida a todos, ya que resulta imposible sustraerse a su influjo cultural tras casi dos milenios de predominio absoluto de su espíritu y sus dogmas en el proceso de conformación de mentes, conciencias, costumbres, valores y hasta legislaciones.
Si nos detenemos a pensar, nos daremos cuenta de que no sólo tenemos una estructura mental cristiana o católica para ser creyentes sino que también la tenemos para ser ateos; para negar algún dios y su religión sólo podemos hacerlo desde la plataforma que nos lo hizo conocer, por eso un ateo de nuestro entorno cultural es, básicamente, un ateo cristiano o católico. Nuestro vocabulario cotidiano, así como nuestro refranero, supura cristianismo y catolicismo por todas partes. La forma de juzgar lo correcto y lo incorrecto parte inevitablemente de postulados cristianos o católicos. Los mecanismos básicos de nuestra culpabilidad existencial son un dramático fruto de la (de)formación católica (heredera, en este aspecto, de la dinámica psicológica judeocristiana).
Nuestras vidas, en nuestro entorno, tanto la del ciudadano más pío como la del más ateo de los convecinos, está dominada por el catolicismo: el nombre que llevamos es, mayoritariamente, el de algún santo/a católicos, el de una advocación de la Virgen, o el del mismo Jesús; nuestra vida está repleta de actos sociales que no son más que formas sacramentales católicas —bautismos, primeras comuniones, bodas, funerales, etc.—, a los que asistimos con normalidad aunque no seamos creyentes; las fiestas patronales de nuestros pueblos se celebran en honor de un santo/a católicos o de la Virgen; nuestros periodos vacacionales preferidos —Navidad, Reyes, Semana Santa, San José, San Juan, el Pilar, la Inmaculada...— son conmemoraciones católicas; un sinnúmero de hospitales, instituciones o calles llevan nombres católicos; gran parte del arte arquitectónico, pictórico y escultórico de nuestro patrimonio cultural es católico; un elevadísimo porcentaje de centros educacionales, escolares y asistenciales —y sus profesionales— son católicos; la influencia católica en los medios de comunicación es muy notable, creciente y encubierta —especialmente gracias a las redes conformadas por grupos de poder como el Opus Dei o Legionarios de Cristo—, al igual que sucede en la Administración de Justicia, tal como se encargan de recordar muchas sentencias, entre ellas algunas relevantes del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional; y, en fin, nuestros gobiernos —sin importar su color político— siguen financiando con nuestros impuestos a la Iglesia católica.[3]
Lo queramos o no, estamos obligados a vivir bajo un catolicismo social, y ello no es ni bueno ni malo, simplemente es. Está justificado, por tanto, que nos ocupemos en reflexionar sobre algo que tiene tanto peso en nuestras vidas. Pero ¿qué sabemos en realidad del cristianismo y del origen de sus doctrinas? ¿Y de la Iglesia católica y de sus dogmas religiosos? Parece que mucho o todo, puesto que abrigamos la sensación de tener una gran familiaridad con el cristianismo y con su versión católica. Tan es así, que conocemos perfectamente, lo creamos o no, que María fue considerada Virgen desde siempre, que Jesús fue hijo único y que murió y resucitó a los tres días, que fue conocido como consubstancial con Dios desde su mismo nacimiento, que él fundó el cristianismo y la Iglesia católica e instituyó el sacerdocio, la misa y la eucaristía, que estableció que el Papa fuese el sucesor directo de Pedro... Estamos seguros de que todo esto es así porque siempre nos lo han contado de esta forma, pero, sin embargo, cuando leemos directa y críticamente el Nuevo Testamento vemos, sin lugar a dudas, que ninguna de estas afirmaciones es cierta.
La primera vez que leí la Biblia, en septiembre de 1974, quedé muy sorprendido por las terribles contradicciones que la caracterizan, pero también por descubrir que el Jesús de los Evangelios no tenía apenas nada que ver con el que proclama la Iglesia católica. Veintidós años más tarde, en 1996 —cuando escribo la primera versión de este libro—, tras varias lecturas críticas de la Biblia y apoyado en el bagaje intelectual que da el haber estudiado decenas de trabajos de expertos en Historia Antigua, religiones comparadas, mitología, antropología religiosa, exégesis bíblica, teología, arte, etc., mi nivel de sorpresa no sólo no ha disminuido sino que se ha acrecentado en progresión geométrica y se mantiene hasta hoy, 2011, cuando reviso en profundidad este trabajo para su publicación actualizada.
Cuantos más conocimientos he ido adquiriendo para poder analizar la Biblia desde parámetros objetivos, más interesante me ha parecido (como colección de documentos de un complejo y fundamental proceso histórico) pero, también, más patética me ha resultado la tremenda manipulación de las Escrituras y del mensaje de Jesús, realizada, con absoluta impunidad, durante siglos, por el cristianismo en general y la Iglesia católica en particular.
En este libro no se pretende descubrir nada nuevo, puesto que, desde finales del siglo XVIII hasta hoy, decenas de investigadores, todos ellos más cualificados que este autor, han publicado trabajos académicos que dinamitaron sin compasión los documentos básicos del cristianismo. Los especialistas en exégesis bíblica y en lenguas antiguas han demostrado fuera de toda duda, entre otros, las muchas manipulaciones y añadidos que trufan el Antiguo Testamento; el contexto histórico y la autoría reciente (s. VII a.C.) del Pentateuco —falsamente atribuido a Moisés (s. XIII a.C.)—; la inconsistencia de las «profecías»; la verdadera autoría de los Evangelios y la presencia de múltiples interpolaciones doctrinales en ellos; la cualidad de pseudoepigráficos de textos que se atribuyen falsamente a Pablo y otros en el Nuevo Testamento, etc. Y los historiadores han puesto en evidencia que buena parte de la historiografía católica es, simple y llanamente, mentira. De todas formas, dado que los trabajos citados no son del conocimiento del gran público, este texto contribuirá a divulgar parte de lo que la ciencia ya sabe desde hace años.
El breve análisis acerca del origen de los textos que originaron el cristianismo y de la Iglesia católica y algunos de sus dogmas, que se recoge en este trabajo, no fue pensado, en principio, para convertirse en un libro. En su origen no fue más que un proceso de reflexión, absolutamente privado, a través del cual este autor quiso profundizar en algunos aspectos doctrinales fundamentales de la Iglesia católica mediante su confrontación con las propias Escrituras en las que decían basarse.
Desde esta perspectiva, el texto no pretende ser una obra acabada ni definitiva de nada, aunque sí es el fruto del trabajo de muchos meses de investigación, de cientos de horas ante el ordenador, rodeado de montañas de libros, intentando asegurar cada palabra escrita en las bases más sólidas y creíbles que he podido encontrar.
No es tampoco un libro que pretenda convencer a nadie de nada, creo que el lector tiene el derecho y la obligación de cuestionar todo aquello que lee, por eso se facilita una abundante bibliografía y se indica, en notas a pie de página, las referencias documentales que cualquiera puede analizar por sí mismo para extraer sus propias conclusiones.
En cualquier caso, la fuente principal a la que hemos recurrido para fundamentar lo que afirmamos es la Biblia; y para evitar que se nos acuse de basarnos en versículos arreglados, hemos usado una Biblia católica, concretamente la versión de Nácar-Colunga, muy recomendada entre los católicos españoles y, también, la que contiene más textos manipulados con la intención de favorecer la doctrina católica; pero aun así, la lectura crítica de la Biblia de Nácar-Colunga sigue siendo demoledora para la Iglesia católica y sus dogmas. De todas formas, aconsejamos sinceramente que todo lector de este trabajo, sea cristiano, católico o lo que mejor le plazca, tenga una Biblia a mano para consultarla siempre que precise guiarse por su propio criterio.[4]
Uno no puede dejar de sorprenderse cuando se hace consciente de que los católicos, así como una buena parte de sus sacerdotes, no conocen la Biblia. A diferencia del resto de las denominaciones cristianas, la Iglesia católica no sólo no patrocina la lectura directa de las Escrituras sino que la dificulta. Si miramos hacia atrás en la historia, vemos que la Iglesia se sirvió del poder político para impedir que el pueblo accediese a la Biblia; así, por ejemplo, el edicto de 1223 del rey Jaime de Aragón, que prohibía leer versiones bíblicas en lenguas romance y ordenaba quemar las traducciones, probablemente albigenses, que surgieron en la época. Esa persecución no fue óbice para emprender traducciones al castellano para uso de reyes, como las espléndidas Biblia alfonsina (patrocinada por Alfonso X en 1280) o la Biblia del Duque de Alba (auspiciada por Juan II de Castilla en 1430).
En Italia se publicó en castellano la llamada Biblia de Ferrara (1553), que tradujo el Antiguo Testamento para uso de los judíos españoles desterrados, pero la versión clave es la llamada Biblia del Oso, traducida por Casiodoro de Reina, monje sevillano pasado al protestantismo, y publicada en Basilea en 1569; esta versión es la todavía conocida como Reina-Valera. Hasta el siglo XVI, con la llegada de la reforma protestante de Lutero, desafiando a la Iglesia, sólo los poquísimos que sabían griego y latín podían acceder directamente a los textos bíblicos.
La Iglesia española sólo hace dos siglos que levantó su prohibición, impuesta bajo pena de prisión perpetua, de traducir la Biblia a cualquier lengua vulgar. La primera versión castellana autorizada le fue encargada al sacerdote escolapio Felipe Scío por el rey Carlos III y se publicó en Valencia en 1793. Fue una traducción de la ya muy deficiente versión latina de la Vulgata de san Jerónimo.
Pero hoy, como en los últimos mil quinientos años, la práctica totalidad de la masa de creyentes católicos aún no ha leído directamente las Escrituras. A pesar de que la Biblia está al alcance de cualquiera —incluso con muchas versiones gratuitas accesibles en Internet—, la Iglesia católica sigue formando a su grey mediante el Catecismo, lo que llama Historia Sagrada y otros textos catequizadores elaborados ad hoc. Se intenta evitar la lectura directa de la Biblia —o, en el mejor de los casos, se tergiversan sus textos añadiéndoles decenas de anotaciones «exegéticas» peculiares, como en la Nácar-Colunga— por una razón muy simple: lo que la Iglesia católica sostiene, en lo fundamental, tiene poco o nada que ver con lo que aparece escrito en cualquier Biblia.
El máximo enemigo de los dogmas católicos son las propias Escrituras, ya que éstas los refutan a simple vista. Por eso en la Iglesia se impuso, desde antiguo, que la Tradición —esto es aquello que «siempre» han creído quienes han dirigido la institución— tenga un rango igual (que en la práctica es superior) al de las Escrituras, que se supone son la palabra de Dios. Con esta argucia, la Iglesia católica niega todo aquello que la contradice desde las Escrituras afirmando que «no es de Tradición». Así, por ejemplo, los Evangelios documentan claramente la existencia de hermanos carnales de Jesús, hijos también de María, pero como la Iglesia no tiene la tradición de creer en ellos, transformó el sentido de los textos neotestamentarios en que aparecen y sigue proclamando la virginidad perpetua de la madre y la unicidad del hijo.
De igual modo, por poner otro ejemplo, la Iglesia católica sostiene con empecinamiento el significado erróneo, y a menudo lesivo para los derechos del clero y/o los fieles, de versículos mal traducidos —errados ya desde la Vulgata de san Jerónimo (siglo IV d.C.)— aduciendo que su tradición siempre los ha interpretado de la misma manera (equivocada, obviamente, aunque muy rentable para los intereses de la Iglesia).
Para dar cuerpo a la reflexión y a la estructura demostrativa de este libro nos hemos asomado sobre dos plataformas complementarias: la primera se basa en los datos históricos y el análisis de textos, que permiten ver que el contenido de los documentos bíblicos suele obedecer a necesidades político-sociales y religiosas concretas de la época en que aparecieron; que fueron escritos, en tiempos casi siempre identificables e identificados, por sujetos con intereses claramente relacionados con el contenido de sus textos (tratándose a menudo de personas y épocas diferentes de las que han impuesto la fe); que fueron el resultado de múltiples reelaboraciones, añadidos, mutilaciones y falsificaciones en el decurso de los siglos; etc., es decir, que, desde nuestro punto de vista, no hay la menor posibilidad de que Dios —cualquier dios que pueda existir— tuviese algo que ver con la redacción de las Escrituras.
La segunda plataforma, en la que damos un voluntario salto al vacío de la fe, asume la hipótesis creyente de que las Escrituras son «la palabra inspirada de Dios»; pero, desde este contexto, las conclusiones son aún más graves puesto que si la Biblia es palabra divina, tal como afirman los creyentes, resulta obvio que la Iglesia católica, al falsearla y contradecirla, traiciona tanto la voluntad del Dios Padre como la del Dios Hijo —a quienes dice seguir fielmente—, al tiempo que mantiene un engaño colosal que pervierte y desvía la fe y las obras de sus fieles.[5]
Valga decir que este libro no es ningún anti catecismo, es un mero trabajo de recopilación y análisis de datos objetivos que sugiere una serie de conclusiones —que son discutibles, como cualquier otro resultado de un proceso de raciocinio—, pero, a medida que se vaya profundizando en este texto, será el propio lector, ya sea posicionado en una óptica creyente, agnóstica o atea, quien podrá —y deberá— ir sacando sus propias consecuencias acerca de cada uno de los aspectos tratados.
En esta obra no se aspira más que a reflexionar críticamente sobre algunos elementos fundamentales de la institución social más influyente de la historia —y tenemos para ello la misma legitimidad y derecho, al menos, que el esgrimido por la Iglesia católica, y las cristianas, para entrometerse y lanzar censuras sobre ámbitos personales y sociales que no son de su incumbencia y que exceden en mucho su función específica de «pastores de almas»—. No es, por tanto, un libro que pretenda atacar a la Iglesia católica, al cristianismo o a la religión en general,[6] aunque será inevitable que algunos lo interpreten así; quizá porque su ignorancia y fanatismo doctrinal les impide darse cuenta de que, en todo caso, son las propias religiones, con su conducta pública, las que van perdiendo su credibilidad hasta llegar a cotas más o menos importantes de autodestrucción.
Ningún libro puede dañar a una religión, aunque sí sea habitual que las religiones dañen a los autores de libros. A este respecto son bien conocidos los casos de la fanática persecución religiosa de autores como Salman Rushdi o Taslima Nasrin por el fundamentalismo islámico chiíta, pero la Iglesia católica, actuando de forma más sutil, no se queda atrás en la persecución de los escritores que publican aquello que no le place o pone al descubierto sus miserias. Son muchísimos los casos de escritores contemporáneos que han sufrido represalias por enfrentarse a la Iglesia, pero baste recordar cómo el papa Wojtyla amordazó a los teólogos díscolos mediante la imposición del silencio, la expulsión de sus cátedras o la encíclica Veritatis splendor; o los sonados casos de los escritores Roger Peyrefitte y Nikos Kazantzakis, perseguidos con saña por el poderoso aparato vaticano por poner en evidencia la hipocresía de la Iglesia católica. Con el papa Ratzinger, cerebro y mano ejecutora de la represión del anterior pontífice, nada sustancial ha cambiado.
La experiencia de este autor después de publicar La vida sexual del clero (1995), un best seller que ocupó los primeros puestos de ventas en España y Portugal, confirma también que la libertad de expresión no es una virtud de la Iglesia católica. Cuando el libro aún no se había acabado de distribuir, desde la jerarquía eclesiástica se llamó a periodistas de muchos medios de comunicación, «exigiendo», «aconsejando» o «solicitando» —según la mayor o menor fuerza que tuviesen los prela
