El silencio de Clara Lyndon

Elene Lizarralde

Fragmento

Capítulo 1

1

La luz del atardecer se filtraba por las ventanas de la cocina. Mientras preparaba el café, me preguntaba qué habría sido de mi vida sin ella.

Apenas había pasado un mes desde que volví aquel día de la universidad. Nunca olvidaré la sensación de angustia cuando la encontré en su habitación, tumbada en la cama, delirando a causa de la fiebre. Rápidamente la llevé hasta el hospital más cercano. Los médicos no tardaron en determinar que se trataba de una neumonía. Pasaron horas hasta que consiguieron estabilizarla. Las más largas que recuerdo. Pero ahora, después de varias semanas de ingreso, por fin estábamos de nuevo en casa.

Vivíamos en el condado de Somerset, en Bath, en la casa de piedra que había pertenecido a nuestra familia desde hacía más de doscientos años. No me había separado de ella desde que fallecieron mis padres siendo yo todavía un bebé. Éramos como una prolongación la una de la otra; ella había tenido a mi madre con apenas veinte años, y esta, a su vez, me había tenido a mí también con la misma edad, así que todavía era una persona joven, siempre lo había sido, también en mentalidad. Mi madre estudiaba para maestra cuando conoció a mi padre, y nací antes de lo que cabía esperar. Sin embargo, dicha circunstancia, a pesar del ambiente social «delicado» y «exclusivo» en el que vine al mundo, jamás se silenció. La abuela, como solía decir Margaret, su mejor amiga, parecía de otro planeta. Y aunque no hacía alarde de su forma de ser resuelta e independiente para una mujer de su edad porque era muy discreta, nunca se dejó influenciar por las normas y valores establecidos en el entorno en el que nos desenvolvíamos. En privado, hablábamos sobre cualquier tema; desde bien pequeña me invitaba a cuestionar, que no juzgar, las cosas que pasaban a nuestro alrededor, y la mayoría de las ocasiones llegábamos a conclusiones diferentes, en las que, por supuesto, solíamos estar de acuerdo. La admiraba y la respetaba, pero, sobre todo, le estaba profundamente agradecida por cuanto me ofreció desde que se hizo cargo de mí: amor y una formación basada en valores en los que prevalecían la bondad y la generosidad, pero también, en hacerme fuerte e independiente; «pasara lo que pasase podía elegir», dependía de mí ejercer la libertad de decidir, nunca de los demás. La abuela era mi vida, y había estado a punto de perderla.

Por un momento, antes de llevar la bandeja al jardín, donde la había acomodado al llegar, vino a mi memoria el recuerdo de lo ocurrido durante su estancia en el hospital. A mi temor porque pudiera pasarle algo, se le sumó una inquietud: su sueño, profundo y tranquilo hasta entonces, en el hospital se había vuelto nervioso y agitado. Los médicos y enfermeras lo achacaban a la fiebre, pero a mí me perturbaba. Creía conocerla bien, y su estado me generaba una profunda tristeza. Apenas se despertaba y cuando volvía a caer dormida, rendida por la enfermedad y la medicación, susurraba e incluso lloraba; sus ojos derramaban lágrimas que yo secaba cuidadosamente con una gasa y, aun así, no se despertaba. Dudé si hacerlo yo, tal vez estuviera reviviendo alguna circunstancia triste de su vida: la muerte de mi abuelo en España poco antes del nacimiento de mi madre, o quizá la misma muerte de esta; tal vez en sueños los volvía a llorar. Opté por no hacer nada salvo sujetarle la mano y decirle al oído que la quería y que debía luchar para permanecer a mi lado.

Sin embargo, me dio que pensar ¿y si había algo más? La discreción de la abuela era tan apabullante que, para saber de ella, era yo quien debía preguntar cuando quería conocer detalles de su niñez, su adolescencia o su relación con mi abuelo, y siempre respondía con brevedad. Así es que durante aquellos días me di cuenta de que apenas sabía nada sobre su vida antes de que mi madre y ella se establecieran definitivamente en Bath. Y unido a que de cuando en cuando hablaba y decía palabras ininteligibles, disparó mi imaginación: no conservaba ninguna fotografía de su vida antes de Bath; siempre me dijeron que ella y mi madre, un bebé recién nacido, habían llegado con lo puesto, pero ¿y si guardaba algún secreto? Quizá hubiera algo que desconocía, que jamás me había contado. Y, además, echando la vista atrás, empezaba a creer que cuando preguntaba acerca de su pasado algo en ella cambiaba. O ¿estaba equivocada? ¿Me estaba dejando llevar por mi mente novelesca? En cualquier caso, no soportaba verla sufrir, y si estaba en mi mano ayudarla, lo haría, porque, además, su agitación no cesó una vez bajó la fiebre. Algo en ella había cambiado.

Sin decirle nada, empecé a buscar pistas que me llevaran a descubrir el motivo de su angustia. Con ella hablaría una vez le dieran el alta, cuando se hubiera recuperado y estuviéramos de vuelta en casa. Ese momento había llegado.

En unos minutos iba a hablarlo con ella y, sin embargo, sentía que, al hacerlo, quizá descubriera algo que probablemente marcaría un antes y un después en nuestras vidas.

Capítulo 2

2

Cuando atravesé la puerta que daba a la parte trasera de la casa la encontré acariciando los tallos de las hortensias —sus favoritas—, cuyas hojas empezaban a brotar por doquier junto a las peonías y las rosas. Cada año, cuando empezaban a apreciarse los primeros brotes, me comentaba lo mismo:

—La naturaleza es milagrosa. ¿Cómo es posible que de una rama en apariencia yerma nazcan unas flores tan bonitas?

—Abuela, creo que ha llegado el momento de que hablemos. —Ya no había marcha atrás. Me senté a su lado en nuestro rincón favorito del jardín, cerré los ojos, dejé que los últimos rayos de sol acariciasen mi rostro, y suspiré profundamente. Podía sentir cómo me observaba.

Permaneció en silencio.

—No ignores lo que te acabo de decir.

—No lo hago, no sé a qué te refieres, Máire —me contestó con ojos risueños.

Sin embargo, algo en mi mirada debió de llamar su atención.

—¿Qué te pasa, mi amor? —preguntó cogiendo mis manos entre las suyas.

—Hay algo que no te he contado. —Mi cautela solo consiguió inquietarla.

—¿Qué ocurre? ¿Tengo algo grave? ¿Por qué no me lo has dicho antes?

—No es eso abuela. Los médicos han dicho que, si te cuidas y descansas, te recuperarás bien. Hemos tenido mucha suerte. Pero ¿recuerdas que te conté que, a veces, mientras dormías, hablabas en sueños? —continué sin dejar de observarla.

—¿Dije alguna barbaridad? —preguntó a su vez esbozando una sonrisa burlona en un intento por no rehuir la verdad.

—Lo cierto es que no pude entender lo que decías.

—Todo el mundo habla en sueños y dice cosas sin sentido.

—Esto es distinto. —Me costaba encontrar las palabras adecuadas.

Tras las pesquisas de Katy, mi mejor amiga, tenía la certeza de que el «secreto» era real. Temía cómo pudiera reaccionar; no quería herirla y tampoco traspasar sin su consentimiento un muro que ella había erigido a lo largo de cuarenta años. Pero necesitaba saber, me superaba la curiosidad.

—No pude entenderte porque hablabas en un idioma que no conocía.

Por un instante percibí que su rostro se tensaba; sin embargo, reaccionó con rapidez.

—Tal vez, en una vida anterior, fui una princesa china ¿te imaginas? —dijo tratando de eludir el tema.

—Tal vez una princesa, pero no china, más bien vasca. Hablabas en euskera.

De repente se llevó las manos al corazón y en esta ocasión el gesto de dolor en su cara fue notable. Me alarmé.

—Abuela, ¿estás bien?, ¿te duele algo? —Sin pensarlo, le cogí la mano. Su pulso estaba acelerado—. ¿Quieres que llame al médico?

—No, dame un minuto... Se me pasará —dijo con una sonrisa forzada mientras trataba de recuperarse.

Nunca la había visto así. Me sentí culpable. Era obvio que había hecho daño a la persona que más quería en el mundo.

—¿Qué es lo que te ha hecho pensar que hablaba en euskera? —preguntó con voz pausada en un último intento por evitar abordar la cuestión.

Todavía podía echarme atrás, pero había algo en sus ojos; parecía que en el fondo me estuviera pidiendo que la liberase. Continué.

—Al principio no sabía de qué lengua se trataba, pero repetías dos palabras que anoté, y llamé a Katy a la universidad. Como ella está terminando sus estudios de filología, supuse que me podría ayudar. Así fue como me enteré de que aquellas palabras, ama y aita, en euskera significan «mamá» y «papá». ¿Es así?

Miraba al vacío. Sentí miedo otra vez; parecía una persona sin alma. Y tras unos segundos, que se me hicieron eternos, respiró profundamente y contestó con resignación:

—Sí, es euskera.

Se acababa de rendir; algo impensable en ella. Sus ojos, que habían recobrado la vida, estaban vidriosos. Empezaba a arrepentirme de haberla puesto en aquella situación.

—Hacía muchos años que no escuchaba pronunciar «ama» y «aita».

Se le quebró la voz y dos lágrimas surcaron sus mejillas. Me sentí tremendamente avergonzada. Mi abuela nunca lloraba, o, si lo hacía, desde luego jamás delante de mí.

—No me lo cuentes si no quieres. Lo siento muchísimo. Quizá me haya pasado de la raya —dije de corazón.

—Tranquila, Máire, puede que tengas razón. Tal vez haya llegado la hora de contarte algo que siempre he guardado para mí, un secreto que ni siquiera revelé a Tara.

Dicha confesión no me sorprendió. Lo había hablado con Katy; desde mi punto de vista, de ser cierto que la abuela guardaba un secreto, estaba convencida de que no se lo había contado a nadie, ni siquiera a mi madre, Tara. Mi corazón latía con fuerza; saltaba a la vista que estaba dolida en lo más profundo de su corazón; sus ojos de un verde más claro que nunca, y la voz tenue y pausada... lo dejaban claro. Me atormentada saberme responsable de aquella transformación.

—Abuela, no sigas...

—Debo hacerlo. Aunque es posible que te resulte muy duro y lo único importante es que recuerdes que siempre te he querido y te querré más que a mi vida.

—Lo sé.

Le di un beso en la frente, con cierta inquietud, pero con el mismo cariño con el que ella me lo había dado a mí cada noche desde que era una niña.

—Lo que te voy a contar cambiará totalmente la imagen que a lo largo de tu vida te has forjado de mí. —Se secó las lágrimas con el pañuelo—. ¿Por dónde quieres que empiece?

—Por el principio, abuela, por el principio. —Era lo que ella me decía cada vez que tenía que confesarle alguna trastada o contarle algún problema.

—Qué mayor te estás haciendo. —Me colocó el mechón de cabello detrás de la oreja y me acarició la mejilla; un gesto muy suyo.

—Si prefieres, lo podemos dejar para otro día. —Me horrorizaba verla así. Y ¿quién era yo para obligarla a nada?

Ella, sin perder la sonrisa, negó con la cabeza, tomó aire e hizo frente a su primera revelación.

Capítulo 3

3

—Mi verdadero nombre es Miren Arrúe, no Clara. Máire es la traducción de Miren al irlandés. Tampoco soy huérfana. Nací en Éibar, un pueblo de Euskadi, en España.

»Tenía una familia... extraordinaria: mi padre se llamaba Ramón; mi madre, Miren, como yo; mis dos hermanos mayores, Joxe y Martín, y mi tío, Simón. Vivíamos en un caserío que se llamaba Lekuene, que significa «nuestro hogar». Hace cuarenta y cuatro años que no los veo. Ignoro si están vivos o muertos. Solo sé una cosa: los llevo en el corazón.

En ninguna de las elucubraciones que habíamos hecho Katy y yo acerca del posible secreto de la abuela habíamos barajado la posibilidad de que tuviera una familia ¡también la mía! Estaba impactada, tenía razón, me iba a costar entender. Leyó mi pensamiento:

—Sé que puede resultar extraña mi aparente falta de interés en tener noticias suyas a lo largo de estos años; para todo hay una razón. Antes es necesario que te aclare algunas cosas.

»Adoraba y adoro a mi familia. Tuve la mejor madre del mundo. Cultivaba flores que después vendía en el mercado de Éibar a pesar de que mi padre le reprochaba que su afición le robaba tiempo en la huerta. Ella se encargaba de que en mi habitación no faltara una flor distinta cada día. Insistía en la importancia de rodearse de cosas bellas. Y yo adopté esa misma costumbre con mi hija y mi nieta, contigo...

Sentí que me emocionaba. Se me hizo un nudo en la garganta al darme cuenta de que mi abuela no solo había perdido a su marido y a su hija, sino a toda su familia...

—Mi madre fue también mi mejor amiga. Era alegre, guapa... Tú y yo hemos heredado no solo su nombre, sino también sus ojos verdes. A mí me tuvo con diecinueve años y los tres hermanos apenas nos llevábamos un año. Era una mujer muy vital y a pesar de las dificultades y preocupaciones que nos salían al paso, ella se confesaba feliz.

»Mi padre, en cambio, era otra cosa. Él era diferente. Le llevaba veinticinco años a mi madre. Tenía mucho carácter. Se enfadaba a menudo con ella, la acusaba de no tener los pies en la tierra, y nos prohibía leer; decía que salvo los de misa, el resto de los libros eran peligrosos. Los días de mercado, mi madre acudía a la biblioteca y sacaba a escondidas un libro que primero leía ella y que después me pasaba a mí. Decía que saber leer y escribir me darían la libertad de poder elegir, que el conocimiento me daría alas... Imaginábamos las vidas de los personajes, otras gentes y otros lugares, rodeadas de olor a estiércol de las vacas. Era allí, en el establo, donde nos encerrábamos a leer a escondidas.

»Pese a su rudeza reconozco que quise mucho a mi padre, pero él pertenecía a otra época, había recibido otra educación... Visto con la perspectiva de los años creo que quien, en realidad, estaba fuera de lugar era mi madre.

Yo estaba embelesada, fascinada imaginando a mi abuela de niña y comprobando que los sentimientos como hija seguían, pese a lo que fuera que había pasado, vivos.

—Mis hermanos eran fantásticos. Los tres íbamos a la escuela e intentábamos pasar juntos el mayor tiempo posible. Nos reíamos mucho. Yo les contaba las cosas de mis amigas y ellos me guardaban secretos, como lo de los libros que leía con ama. A Joxe no le interesaba la lectura, heredaría el caserío; mi padre había planeado enviar a Martín al seminario, pero él quería ser pescador. Le fascinaba el mar tanto como a mí. Éramos quienes más disfrutábamos cuando el tío Simón nos llevaba a la playa.

—¿Es por eso que siempre que podemos vamos a Lizard? —No pude evitar interrumpirla. Asintió.

—Es el punto de la costa del Reino Unido que se encuentra más cerca de ellos, que están al otro lado del mar. Tan cerca y tan lejos.

—Los largos paseos por la playa, las veces que me quedaba contemplando el horizonte, eran mi forma de contemplar nuestro mundo, aquella vida que había dejado atrás hacía tantos años. —Su imagen, la de la abuela mirando hacia el infinito, era algo que tenía grabado desde que era niña. Y cuando alguna vez le pregunté qué miraba con tanta insistencia, ella contestó: «la vida». Ahora, cobraban sentido su actitud y su respuesta. ¡Qué sola debió de sentirse en esos momentos! Sobre todo, por no poder compartirlos—. Mis abuelos murieron al descarrilar el tren en el que volvían de Guernica a Mallavia. Desgraciadamente, el accidente que acabó con la vida de mi hija y mi yerno tiempo después contaba con un desgraciado antecedente en la familia. Esa fue la razón por la que mi madre decidió casarse tan joven y tan precipitadamente con mi padre. Estoy segura de que ella lo hizo pensando en mi tío, que entonces era todavía un niño; se lo llevaron a vivir con ellos. Aunque mi padre y él nunca se llevaron bien, su trato era amable.

»Mi tío Simón era como mi madre, un soñador; se pasaba el día haciendo planes. Se le daban bien los estudios. En secreto, nos decía que cuando tuviera suficiente dinero, cogería un barco y se iría a América. Estudiaba, trabajaba algunas horas en una fábrica de coches y ayudaba en el caserío; pero él quería conocer mundo. Y eso que Éibar no era un pueblo cualquiera. Nosotros vivíamos de nuestras tierras y animales, pero allí había empresas. Era como una pequeña ciudad industrial.

»Simón sufría dolores de cabeza fortísimos. Por aquel entonces, los médicos decían que eran migrañas, pero mi madre estaba convencida de que se trataba de otra cosa. Estabas riéndote con él y de pronto sentía un dolor que le subía por la nuca hasta llegar al ojo derecho y este le empezaba a llorar. El dolor debía de ser tan intenso que se ponía fuera de sí. Mi padre quiso ingresarlo en un manicomio, decía que estaba loco y que era peligroso, porque durante los ataques llegaba a romper cosas o a golpearse la cabeza contra las paredes; pero cuando se le pasaba volvía a ser él. Al final, para evitar problemas, terminó por ir al bosque cada vez que le sobrevenían las crisis. Mis hermanos lo acompañaban cuando lo veían salir corriendo para evitar que se hiciera daño, y por las noches, si todos dormíamos y lo despertaba el dolor, oía a mi madre bajar las escaleras tras él. En la oscuridad, sus gritos parecían más los de un animal que los de un chico; el dolor podía martirizarlo durante horas. Era horrible verle sufrir y no poder hacer nada. Yo lo quería más como a un hermano que como a un tío.

»Los médicos no acertaban con el tratamiento y mi madre lo llevó a todo tipo de brujos y curanderos, pero nadie supo quitarle los dolores de cabeza. Cierto es que cuando se le pasaban, volvía a sonreír, a bromear y a trabajar. Simón era cariñoso como nadie. —Se le quebró la voz, lo mismo que a mí el ánimo. La vida y la familia que describía estaban tan llenos de amor que el mero hecho de pensar que los hubiera perdido resultaba desgarrador—. Mi vida transcurrió felizmente hasta los dieciséis años. Después todo cambió.

Capítulo 4

4

Un escalofrío recorría su cuerpo. Quizá por el cúmulo de emociones a las que empezaba a dar rienda suelta tras tantísimos años. Pero, además, el tiempo empezaba a cambiar y, encontrándose todavía convaleciente, no quise correr el más mínimo riesgo.

—Vamos dentro, abuela, aquí empieza a hacer frío.

Despacio, fuimos al salón avanzando con un andar pesado poco común en ella; parecía que estuviera soportando la presión de cuanto había decidido revelarme. Una vez allí se sentó en su sillón. Le di una manta y, sin decir nada, fui a preparar una nueva taza de café. No me lo podía creer; tenía otra familia, en un lugar no tan lejano; Katy y yo lo habíamos buscado en el mapa. En avión se tarda unas tres horas en llegar. ¿Seguirían vivos todavía? Resultaba extraño. Yo había crecido sin padres, con una bisabuela a la que recordaba vagamente y con la abuela. Y había dado por hecho que no teníamos más familia. Por una razón o por otra, los Lyndon, a lo largo de diferentes generaciones, nunca tuvieron más de un hijo que curiosamente siempre fue varón hasta que llegamos primero mi madre y luego yo. Y ahora, resultaba que podría haber alguien... la madre de mi abuela, por ejemplo, en un lugar no muy lejano. ¿Qué pudo pasar para que esta no tuviera noticias suyas durante tanto tiempo? La abuela solía decir que mi madre era la única persona que había estado físicamente tan cerca de su corazón; nadie como ella sabía cómo latía. Por eso era tan importante un hijo para una madre... Si tan convencida estaba ¿por qué se había alejado de la suya? Por otra parte, hasta ese día, aunque nunca se lo hubiera dicho, también me había sentido secretamente unida a ella porque las dos habíamos crecido sin padres, y, sin embargo, acababa de descubrir que en su caso no era cierto. Sentí celos de que ella los hubiera conocido, de que siguiera recordándolos tan vivamente, mientras a mí solo me quedaban unas pocas fotografías de recién nacida junto a los míos y lo que hasta entonces la abuela me había contado acerca de los mismos. A punto de echarme a llorar, un sentimiento de vergüenza sustituyó a los celos casi de inmediato; por primera vez en la vida era yo quien debía pensar en la abuela.

Jane interrumpió mis pensamientos al entrar en la cocina. Di un respingo.

—Lo siento, te he asustado.

—No pasa nada.

—Es la hora, voy a cerrar la librería. Dile a Clara que las ventas han ido muy bien y que Tom, el cartero, ha pasado esta mañana con la correspondencia, que ha preguntado por ella y ha insistido en que no me olvidara de decirle que había estado aquí. Además, el señor Bood me ha encargado una colección completa de sus cuentos para enviárselos a sus nietos en Francia. Y creo que no se me olvida nada. ¿Qué tal está?

Jane quería mucho a la abuela. Le estaba muy agradecida porque al quedar viuda tres años atrás, con un niño recién nacido y a pesar de su falta de formación no dudó en darle trabajo en la librería. Jane era en la actualidad una persona diferente. La abuela no solo le dio una ocupación, sino también la posibilidad de formarse; le había hecho estudiar por las noches, leer...

—Está cansada, pero bien. Le daré tus recados. Aunque seguro que mañana podrás charlar con ella.

—Gracias, adiós.

La librería había sido idea de mi bisabuela materna, Deirdre. Su familia era propietaria de la librería más antigua de Dublín. De hecho, según me habían contado, mi bisabuelo, Peter, se enamoró al verla colocando una columna de libros en el escaparate. Solía viajar a Dublín por temas laborales y, cuando un año después de empezar a cortejarla le pidió que se casara con él, mi bisabuela le puso dos condiciones: tener su propia librería en Bath y cuidar ella misma del jardín. Así fue como nació Book’s Garden y la razón por la que destinaron parte de la planta principal de la casa a montar el negocio que luego heredó mi abuela, quien, a su vez, empezó a escribir cuentos poco tiempo después de mi nacimiento; la colección a la que se había referido Mr. Bood. ¡Qué casualidad!, dos bisabuelas, Miren y Deirdre, de dos lugares absolutamente diferentes y, sin embargo, con las mismas aficiones: los libros y las flores... El destino tal vez.

Cuando volví al salón, la abuela estaba de pie junto a la mesa de caoba del comedor; frente a ella, una caja y un sobre raído por el tiempo que nunca antes había visto.

Me tranquilizó ver que había recobrado el ánimo y me pregunté dónde los habría guardado hasta entonces. Yo misma, durante su ingreso y cuando había empezado a sospechar que guardaba algún secreto, había puesto la casa patas arriba y no había encontrado nada; sin embargo...

Capítulo 5

5

—¿Se puede?

Era Mark, mi novio. Los amigos entraban directamente por la puerta trasera del jardín. Algunos tocando la campana y, otros, los más íntimos, se asomaban por la ventana. Había olvidado nuestra cita. Llevábamos saliendo un año. Al acabar la carrera de Derecho se había colocado en la empresa que su bisabuelo y el mío fundaron años atrás. De hecho, la amistad entre su familia, los Spencer, y la nuestra, los Lyndon, se remontaba a varias generaciones. Su abuela, Margaret, era la mejor amiga de la mía.

Me levanté a saludarlo.

—Lo siento, Mark —le dije, mientras lo besaba en la mejilla—, pero hoy no podré salir.

—¿Te encuentras mal? —preguntó de inmediato a mi abuela, con quien se llevaba muy bien.

—Un poco cansada, nada más —dijo ella adivinando que quería continuar con nuestra conversación.

Mark debió de darse cuenta, porque no hizo amago ni de sentarse.

—No te preocupes, llamadme si necesitáis algo y, si no, vendré mañana a tomar el té con las dos.

Esa era una de las cosas que más me gustaba de él. No hacía falta que le dijera nada para hacerse cargo de la situación. Sabía dejarme espacio. Lo besé de nuevo cuando se disponía a marchar, y al oído, muy bajito, le dije:

—Te quiero.

—Yo también a ti. Hasta mañana, y —añadió en un susurro— ya me contarás.

—Gracias, Mark —añadió mi abuela desde el fondo del salón.

Me volví a sentar. La abuela estaba sacando una fotografía del sobre.

—Mira, es lo único que pude conservar de ellos.

Me la tendió con la mano temblorosa. En la fotografía, en blanco y negro, había cuatro personas; la mujer joven que posaba sentada en el centro debía de ser mi bisabuela.

—¿Es tu madre?

Aunque no necesitaba preguntárselo. Estaba segura. Vestida de negro, con el pelo suelto en una melena corta, sonreía abiertamente a la cámara a pesar de la solemnidad del instante en el que todos los demás parecían estar en tensión. Me resultó familiar, como si la conociera de antes; la quise nada más verla.

A su lado, de pie, había un chico de unos diecisiete años.

—Este es Simón, mi tío.

Era alto, desgarbado y guapo. Lucía una camisa blanca y un pantalón oscuro, igual que los dos chicos, más jóvenes, sentados cada uno a los lados de la bisabuela; ambos con el pelo rizado y mojado; se notaba que se habían engalanado para la foto.

—Y ellos, mis hermanos Joxe y Martín. —Mi abuela acariciaba la fotografía—. ¿Qué te parecen?

—¡Me gustan! ¡Mucho!

No podía disimularlo; sentía una emoción extraña y la necesidad de observar cada detalle; quería conocerlos bien, a través de sus ojos, su mirada, la ropa... Mi bisabuela llevaba un ramo de hortensias en el regazo. En esta ocasión eran mis lágrimas las que pugnaban por salir.

—Se la hicieron a escondidas. Sin que mi padre o yo nos enteráramos. Mi padre nunca hubiera consentido en posar, le habría parecido una frivolidad y, por otra parte, mi madre quiso que les llevara siempre conmigo. ¿Te has fijado?

Señalaba las flores. Asentí. Un nudo en la garganta me impedía hablar.

La abuela dio la vuelta a la fotografía y me enseñó la dedicatoria, escrita con una caligrafía de las de antes, en una cursiva perfecta: «Para Miren, nuestra niña, para que nos lleves contigo sin olvidar nunca cuánto te queremos.» A continuación, la firma de cada uno de ellos.

Debajo, a modo de postdata, otro párrafo, escrito esta vez a lápiz, quizá en el último momento: «Y recuerda que el sol y la luna que yo vea serán los mismos que veas tú allá donde te encuentres. Siempre juntas.»

Las lágrimas resbalaron por los ojos de mi abuela provocando que las mías se escaparan por fin.

—¿Máire?

—No sé qué decir, abuela...

Reímos mientras llorábamos. Resultaba extraño, un descubrimiento cuanto menos, sobrecogedor.

—Parece que, por una vez, es a mí a quien le toca hablar. —Se mostró dispuesta a liberarse de años de silencio y no la contradije.

Al contrario que yo, no era muy habladora. A menudo se expresaba con monosílabos. Siempre me costó entender que alguien a quien se le daba tan bien escribir hablara tan poco.

En ese momento me di cuenta de que había crecido observando su vida a través del mar, la luna, el sol... Nos habíamos detenido tantas veces a mirarlos, y de pronto, estaba descubriendo el motivo.

—¡Los has echado muchísimo de menos!

—Máire, nunca he dejado, ni por un solo instante, de pensar en ellos. Cada día de mi vida, desde que me fui de su lado, ha estado conmigo de alguna manera. —Se refería a su madre—. ¿Y sabes otra cosa? Le habrías encantado. Y también le hubiese gustado tu madre; lamento no haberme sincerado con ella. —Casi no la podía oír. Por un instante, vi el miedo en sus ojos—. Pero no podía...

—Abuela, cuéntame lo que quieras, no te sientas obligada. Y por mamá no te preocupes, por lo que me has contado fue una persona feliz. Tuvo suerte de tenerte como madre.

Quería que me hablara de Miren, mi bisabuela, la mujer de la foto. La imaginaba como su doble, tal vez un poco más soñadora. Su sonrisa, la que la fotografía había capturado para su hija, despertaba en mí un sentimiento de amor que nunca pensé que pudiera sentir hacia una persona a la que no conocía. ¿Sería la sangre? o ¿la quise cuando supe que había estado presente en mi vida a través de los detalles que la abuela tenía conmigo? Me sumí nuevamente en un mar de dudas. La abuela acababa de decir «le habrías encantado». ¿Significaba eso que había muerto?

Capítulo 6

6

—Mi mejor amiga se llamaba Mariasun. Íbamos juntas al colegio y como nuestros caseríos estaban en el mismo barrio, en el monte de Arrate, bajábamos en burro hasta que nos encontrábamos a mitad de camino. Ella decía que su burro era más rápido, y yo, que el mío era más listo. Éibar es similar a Bath en que está rodeado de montañas, pero las de allí son altísimas, su núcleo urbano está al pie de varias: Akondia, Urko, Arrate...

»Para llegar a los caseríos había que subir empinadas cuestas. Es una de las cosas que me llamó la atención cuando llegué al Reino Unido, la falta de picos en las montañas, y de árboles. Pero sería injusta si no reconociera que cuando llegué aquí, me sentí un poco como en casa: la orografía de Bath es ¡tan similar! Las colinas, los caminos serpenteados de árboles... la vida me brindó una nueva oportunidad en un lugar tan maravilloso como este. Y, además, conocí a Margaret, que rápidamente se convirtió en mi mejor amiga, y aún hoy lo sigue siendo.

»¡Margaret! Un verdadero «personaje». Intenté pensar en cómo habría sido su vida sin ella y, sinceramente, pensé que tenía razón; habían tenido muchísima suerte de encontrarse mutuamente.

—¿Cómo era Mariasun? —Quería que no se desviara de su relato sobre el pasado. Su presente lo conocía a la perfección.

—Mariasun era igual de fuerte y alta que Margaret; parecía mi hermana mayor. Y, también como ella, siempre tenía ganas de broma. Además, nuestras madres se llevaban muy bien. A la mía le encantaba diseñar sus propios vestidos, pero como con la aguja no tenía paciencia, Ana, la madre de Mariasun, que cosía de maravilla, era quien los confeccionaba; dos o tres al año, no más. Aunque teníamos lo suficiente para vivir, tampoco éramos ricos, y menos aún después de la Guerra Civil.

»Íbamos juntas a todas partes, pero lo que más nos divertía era ir al frontón. Los hombres jugaban a la pelota en los frontones.

»Los domingos, después de misa, íbamos a verlos jugar. Y no solo eso, nosotras también jugábamos, pero entre semana, después de la escuela.

—¿Jugabais al frontón? —Había visto en la televisión alguna vez jugar a los hombres, pero nunca a las mujeres.

La abuela sonrió.

—No golpeábamos la pelota con la mano, sino que utilizábamos una raqueta, una raqueta especial, alargada y más estrecha. Nada que ver con las de las tenistas, porque las pelotas con las que jugábamos eran más pequeñas que las suyas, y duras, muy duras. Más de una terminó con la ceja partida.

»Pronto descubrí que aquello se me daba muy bien. Y eso, en cierto modo, fue lo que lo cambió todo.

»Puede que ahora hubiera actuado de forma diferente.

»En aquellos años había frontones por toda España, de hombres y de mujeres, que se llenaban de personas que iban a apostar; algunos se cerraron tras la guerra. Los había en Bilbao, San Sebastián, Vigo, Logroño, Barcelona, Madrid, Sevilla... En Éibar, entrenaban en uno que se llamaba Astelena. Antes de la guerra y también después, en España, fueron miles las chicas que se dedicaron a jugar en ellos; en una época en la que muchas familias pasaban estrecheces económicas. Para las mujeres fue una forma de ganarnos la vida de forma profesional. Firmábamos contratos, eso sí, como artistas, no como deportistas, y nos llamaban “raquetistas” o “señoritas pelotaris”.

Me quedé con la boca abierta. Resultaba difícil imaginar a la abuela de niña o adolescente, pero todavía se me hacía más difícil pensar que hubiera sido deportista. Era mucha información y ¡tan sorprendente! Costaba creer que estuviera hablando de sí misma. Mariasun y ella debieron de tener una relación como la mía con Katy.

—¿Qué más hacíais? —La abuela enseguida se dio cuenta de a qué me estaba refiriendo.

—Ayudar en el caserío y estudiar. A veces nos tocaba levantarnos muy temprano para ordeñar las vacas, dar de comer a las gallinas o segar.

—¿Tú? —¡Aquello sí que era increíble! La abuela, aunque no fuera una persona típica de Bath, era una mujer de ciudad: escritora, librera... ¡Jamás habría pensado que antes hubiera sido granjera!

Enarcó las cejas.

—Las dos lo hacíamos, cada una en su casa. Nuestra vida era esa y salvo que sucediera algo fuera de lo común, como así fue, cabía esperar que nuestro futuro fuera el de casarnos y seguir trabajando en ese u otro caserío.

—Pero ¿has dicho que estudiabais?

—Así es. Yo quería ser maestra, como Tara años después. Sin embargo, en casa se necesitaban todas las manos de las que disponíamos para salir adelante y habría sido impensable. ¡Qué diferente habría sido todo de haber seguido ordeñando vacas! Si supieras las veces que me he preguntado en cuál de mis decisiones me equivoqué...

El dolor volvió a su cara y una vez más no supe qué decir. Desconocía lo que había sucedido, salvo que lo había perdido todo. Y empezaba a pensar que, a consecuencia de algo sobre lo que ella hizo, se sentía responsable. Menuda carga.

Cambié de tema. Busqué lo más superficial que se me ocurrió:

—¿Hubo chicos?

Sonrió.

—También había chicos. —Observé que sus ojos volvían a aclararse—. A Mariasun le gustaban todos. Y la verdad es que tenía mucho éxito, porque, aunque no era guapísima, era simpática y bromista, y a ellos les gustaba eso. Sin embargo, a mí solo me interesaba uno: Mikel Odriozola, el mejor amigo del tío Simón. —Su voz adquirió un tono soñador y a la vez profundo cuando mencionó aquel nombre. Hizo una pausa apenas perceptible, pero suficiente para que notara que se trataba de alguien importante—. Aunque la diferencia de edad impedía que tonteáramos de verdad, yo no tenía la menor duda de que también le gustaba. Los domingos, en el frontón, Mikel y mi tío jugaban como pareja. A mi padre no le hacía gracia porque decía que era un señorito. Su padre era el dueño de la fábrica de coches en la que trabajaba el tío Simón. De hecho, fue él quien impidió que lo despidieran en más de una ocasión por ausentarse cuando le sorprendían los dolores de cabeza en el trabajo. Eran muy buenos amigos. Cuando había alguna fiesta o romería, nos las ingeniábamos para pasar tiempo juntos o bailar. Simón sabía que nos gustábamos y nos facilitaba las cosas para que nadie sospechara. Aunque nadie fuera capaz de imaginar en la sociedad de entonces que personas de orígenes tan diferentes pudiéramos llegar a nada... Además, había otra chica, Nati, dos años mayor que yo, la hija de los dueños de la fábrica de las máquinas de coser, que lo perseguía... La verdad es que era muy guapa y la persona adecuada para él... —Detuvo el relato y por un instante temí que cambiara de tema. Nunca antes había oído a la abuela referirse con aquella actitud a nadie, ni siquiera las pocas ocasiones en las que le preguntaban acerca de Affleck, mi abuelo—. Mikel era alto, fuerte, simpático y... muy especial. Por mi decimosexto cumpleaños, él, que conocía mi afición por la lectura, me regaló un libro, Historia de dos ciudades de Dickens. Tuve que esconderlo debajo del colchón con el resto de los libros para que mi padre no lo viera. Es una de las cosas que me habría gustado conservar.

Capítulo 7

7

Aunque habíamos llegado del hospital por la tarde, nuestro frigorífico estaba lleno. Margaret se había encargado de ello. Su enfermera, y me consta que ella misma, desde su silla de ruedas, habían cocinado para un regimiento. Elegimos lo que más nos apeteció y nos sentamos junto a la chimenea en las dos butacas de la cocina, cada una con su bandeja. La abuela tenía auténtica obsesión por crear ambientes acogedores en cualquier lugar de la casa. A ella no le gustaba cocinar, por lo que pedía que la acompañara mientras lo hacía. Nos turnábamos, y cuando una cocinaba, la otra se sentaba en la butaca y le daba conversación. A Margaret también le gustaba estar allí. No era una cocina al uso. Al morir mi bisabuela Deirdre, la abuela había empaquetado todas las vajillas y cristalerías de la familia; decía que eran mías y que debía conservarlas para cuando me casara. Y a partir de entonces habíamos ido comprando platos, tazas, vasos diferentes, simplemente porque nos gustaban, en los mercados o cuando íbamos a Londres. Solía decir que lo bello era sinónimo de lo armónico, que no importaba que fueran diferentes ni que tuvieran alguna tara, simplemente había que lograr que el conjunto encajara, y la verdad es que lo conseguía. Lo mismo sucedía con los muebles, las cuatro butacas eran diferentes, tapizadas con cretonas de flores con colores cálidos; encajaban a la perfección. Y aunque había luces en el techo que iluminaban los fuegos y encimeras, en la zona de estar, teníamos unas pequeñas lámparas y libros por todas partes. Además, desde un gran ventanal a dos paredes, veíamos el río Avon por un lado y el jardín por el otro. Definitivamente, la cocina era para mí la estancia favorita de la casa, me encantaba.

—¿Sabes una cosa? en los caseríos, la cocina es el lugar de reunión de toda la familia.

Las piezas del puzle seguían encajando.

Suspiró. Sospeché que había llegado el momento.

Capítulo 8

8

Cuando iba a cumplir los dieciséis años mi padre empezó a decir que debería ir pensando en dejar la escuela. Quería tener más vacas y que yo me hiciera cargo de la lechería. Aunque nunca nos faltó que comer, quería aumentar los ingresos y necesitaba mano de obra. Mi madre, sin embargo, prefería que estudiara o que trabajara en alguna de las fábricas de Éibar. Había llegado el momento de tomar una decisión sobre mi futuro. La guerra había hecho estragos en la zona, primero con el bombardeo de Durango, y después con el de Éibar y Guernica, y no solo económicamente. En muchas familias faltaba alguien, bien porque había muerto o porque había tenido que huir, y quienes habían logrado volver vivían vigilados. En la memoria de todos, permanecían inalterables el sonido de las bombas al caer, la devastación, el fuego, el miedo y el silencio que sucedía a los bombardeos sobre nuestro pueblo. Tenía seis años cuando pasó. Mis padres, pese a la ocupación de las tropas franquistas, no habían querido abandonar nuestro caserío, que se salvó por estar en la montaña, flanqueado por árboles que dificultaban su vista desde el cielo. En aquella época a los hermanos y al tío Simón, que por entonces era otro niño más, nos tenían terminantemente prohibido alejarnos de la casa y, en cuanto alguien oía la aviación, nos escondíamos debajo de unos peñascos no muy alejados de la misma. Éibar quedó reducida a escombros, la declararon «región devastada». La guerra marcó un antes y un después en nuestras vidas.

Pero aquellos tiempos habían pasado, y también acababa de terminar la Segunda Guerra Mundial, y con esta, la esperanza de las personas contrarias a la dictadura de Franco de que los aliados intervinieran en el país.

Cuando menos lo esperaba, el destino me ofreció una oportunidad: Un día de entrenamiento, vino al frontón un ojeador. Buscaba chicas para renovar el cuadro de raquetistas del Frontón Madrid. Los ojeadores se dedicaban a buscar futuras pelotaris, chicas con talento en el deporte de la raqueta. Si les gustaba tu forma de jugar podían ofrecerte un contrato. No era la primera vez que alguno se presentaba en nuestro frontón; sin embargo, hasta entonces, Mariasun y yo nunca lo habíamos tenido en cuenta; bien porque no teníamos la edad adecuada o porque lo nuestro con la raqueta era más un tema social que algo en lo que hubiéramos pensado como posible porvenir. Jugábamos y entrenábamos, y lo hacíamos bien porque nos divertía muchísimo.

Al vernos llegar, Conchita y Feli corrieron a avisarnos. Ellas llevaban tiempo preparándose, soñaban con marcharse a Madrid, Barcelona, Logroño... Sus familias pasaban por varias dificultades y sabían que, si les iba bien, podrían ayudarlas.

Sin embargo, como he dicho, a nosotras nos necesitaban en nuestras casas.

—Ha venido el de Madrid —nos dijo Conchita en un susurro y entre risas nerviosas.

Mariasun y yo nos miramos. No teníamos ni idea de a quién se refería.

—¿Quién?

—El ojeador —explicó Feli señalando la cancha.

Algunas de las chicas ya estaban jugando, y a un lado vimos al hombre charlando con nuestro entrenador; no les quitaba ojo de encima.

—Y yo con estas zapatillas —comentó Conchita. No era una queja, sonaba, más bien, a preocupación.

Las tres la miramos de arriba abajo y creo que pensamos lo mismo; Mariasun tiró de ella y Feli y yo las seguimos. Detrás del frontón, entre dos setos, se quitó la falda y pidió a Conchita que le diera la suya. Yo le dejé mis zapatillas. La madre de Conchita llevaba dos años presa en la cárcel de Ondarreta en San Sebastián. Socialista, como el padre, que había muerto durante la guerra al poco de alistarse en el Frente Popular, en uno de los registros habituales por parte de la Guardia Civil en la zona, en su casa descubrieron un saco lleno de panfletos contra el régimen. Aunque había terminado la guerra, en algunos aspectos vivíamos en un estado policial, ni siquiera podíamos hablar en euskera en público.

Los contrarios a Franco, socialistas, comunistas o nacionalistas, como mis padres, empezaban a reorganizarse en la clandestinidad y lo mismo que habían pillado a su madre podría haber pasado con cualquiera de nuestros progenitores.

Conchita y su hermana pequeña vivían en un piso en casa de un tío que trabajaba en la antigua armería Orbea que en la actualidad se dedicaba a la fabricación de bicicletas. Pero sabíamos que no cuidaba de ellas y que no quería que se le identificara con las ideas de su hermana y cuñado. Era una vecina, quien cuando podía las acercaba a San Sebastián a ver a su madre.

—Gracias —dijo Conchita, a punto de echarse a llorar. Conocíamos muchas historias de otras niñas que habían perdido a alguien de su familia durante o después de la guerra, pero que su madre estuviera en la cárcel era algo que nos conmovía. En alguna ocasión de vuelta de San Sebastián nos había contado que, aunque no les habían dejado verla, sí que habían hablado, a gritos, durante un instante: la madre, desde algún lugar en la cárcel advertida por un alma caritativa de la presencia de sus hijas al otro lado de los muros, y Conchita y su hermana Encarna, desde la calle.

—De nada. —Mariasun hacía las cosas como si tal cosa. Tenía una capacidad de reacción de la que por aquel entonces yo carecía y que la hacía merecedora de mi admiración y cariño.

—¡Os están llamando! ¿Qué hacéis? —Nos interrumpió Josune, una de las mayores, que vino a buscarnos—. Corre Miren, y tú, Mariasun, es vuestro turno.

No tuvimos tiempo de ponernos nerviosas. Salimos a la cancha y jugamos unos tantos contra otras dos compañeras. Mariasun y yo hacíamos muy buena pareja en la cancha; ella jugaba de zaguera, en la parte de atrás, y yo de delantera. Como era fuerte daba unos raquetazos... Lanzaba la pelota con una potencia que como te pillara te mataba. Y como delantera, yo me movía como una lagartija. No se me escapaba una.

Aunque oficialmente no podías federarte hasta los dieciséis, había quien, con catorce, haciendo trampas, ya se ganaba la vida como pelotari. Éramos unas niñas todavía, pero algunas ya estaban desarrolladas y la diferencia de edad no se notaba. A mí me pilló en pleno cambio. El objetivo de la mayoría era convertirse en profesionales, vivir del frontón y llegar a ser unas figuras también al otro lado del océano, en Cuba, en el Frontón Habana-Madrid, donde habíamos oído que se les trataba como a auténticas estrellas.

Cuando terminamos dejamos paso a otras chicas, y Mariasun me dio con el codo:

—No mires, están hablando.

—¿Quién?

—¡El Espíritu Santo! No tienes remedio.

Se refería al ojeador y al entrenador. La verdad es que no es cierto que no hubiéramos soñado con ser pelotaris. Lo hacíamos alguna vez, sobre todo cuando nos llegaban noticias de una u otra raquetista que había llegado a la cima: Mariasun, por ejemplo, quería ser como Vasquita I, la mejor pelotari del Frontón Beti Jai, de Madrid.

Soñábamos con ser las mejores, pero no se lo decíamos a nadie. Al fin y al cabo, lo que para las demás era una posibilidad, para nosotras era solo eso, un sueño.

Nos sentamos con un grupo de chicas en las gradas.

—Se ha fijado en nosotras —me dijo al oído sin reprimir conmigo su ilusión.

—Déjalo, Mariasun. Mañana volveremos al colegio y al huerto. Y tú, a seguir confraternizando con Aguedita —le dije sin quitar la vista de Conchita y Feli, que estaban jugando en aquel momento.

—La odio.

—Y ella a ti. Aquella época en lugar de uniros provocó que hoy no podáis estar la una al lado de la otra.

Aguedita era la única vaca de mi amiga. Durante la guerra, para que los nacionales no se llevaran el ganado en los caseríos se escondía como se podía a los animales. Los padres de Mariasun, que habían visto cómo su cuadra iba quedándose vacía, cuando nació Aguedita cavaron un aguje

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