I
Dinero
Próximo destino: Ibiza.
El mar. El calor. La magia de la isla. Las ganas de viajar. Hace tiempo que me escapé de la brisa y me vine a la aridez. Madrid. Los días que pasan. Tú que ya no estás, yo que me siento viva. Y Diana que no para de bailar.
Es curioso cómo podemos cambiar el destino, el rumbo, la historia. Cómo de pronto reaccionamos y nos convertimos en las narradoras de nuestro propio cuento; uno cuyo final ya está escrito, pero cuyo nudo depende de una. Por lo tanto, enredémonos, deshagámonos, equivoquémonos y volvamos a empezar. Vivamos lo que queramos. Y que se joda el mundo.
—No me lo puedo creer. ¡Nos vamos a Ibiza!
Es 18 de mayo, un lunes extraño. Ella está en casa. Falta un mes para el festival. Debo trabajar día y noche en los proyectos editoriales que se acumulan en la bandeja de mi e-mail para ganar algo de dinero y así poder sobrevivir en Ibiza.
Emily escribe un mensaje al grupo. Ha encontrado vuelos baratos. «Son 87 € ida y vuelta. ¿Los pillamos ya?» Por mí sí. La entrada al festival son 190 € y es muy probable que me compre también algún bikini o modelito para lucir esos días de verano que se aproximan. Voy a terminar con mis ahorros. Mierda.
«¿Compramos las entradas ya?», insiste Emily. «Se están agotando.» Cierto. A por ello. Entro en la página web, compro mi entrada. Emily, en la distancia, hace lo mismo. Diana está concentrada mirando su móvil. Suspira. ¿Va todo bien?
—¿Diana? ¿Estás pillando la entrada?
—No. No voy a poder ir.
—¿Por?
—No tengo dinero, tía.
—¿Cómo?
—No puedo acceder a mi cuenta de ahorros. «Permiso denegado», pone. Y en la tarjeta solo tengo doscientos euros.
Parece que los padres de Diana han madrugado para desautorizarla de sus cuentas bancarias. No me sorprende.
—Sabíamos que podía pasar.
—Ya, pero... ¿qué coño hago? ¿Cómo consigo el dinero?
—Encontraremos la fórmula.
—Tengo doscientos euros para sobrevivir, ¡joder!
Su grito me deja muda. No es una situación fácil, lo comprendo. Le escribo a Emily por privado. «¿Le compramos la entrada entre las dos? Cuando tenga dinero, ya haremos cuentas. No podemos ir sin ella.»
Ingreso de nuevo en la página del festival. Añado a la cesta otra entrada. Introduzco el número de mi tarjeta de crédito. Pago.
Escucho a Diana cagarse en su familia. Corto rápido su balbuceo y su energía.
—Ey, amiga. Emily y yo te hemos comprado la entrada.
—¿Que habéis hecho qué?
—Sí. Es un préstamo. Cuando puedas, más adelante, nos lo devuelves y listo. No podíamos ir sin ti.
—Pero, tía... No sé cómo voy a conseguir el dinero y menos si nos vamos a Ibiza. Encontrar curro teniendo ese compromiso será difícil.
—Tranquila, sin prisas. Son muchos cambios, Diana. Acéptalos poco a poco. Adáptate primero a la nueva rutina y luego ya buscarás un trabajo. Seguro que hay oportunidades en verano.
—Dios, tía.
Me abraza y llora. ¿Felicidad o desahogo? ¿En qué se diferencian?
—Gracias.
—Nada, amiga. Para eso estamos.
Se mete en la ducha. Yo vuelvo a coger el móvil. Tengo un mensaje de Ricardo: quiere que nos veamos por la tarde. Le cuento la situación con Diana y lo invito a casa. Unos vinos nos sentarán bien.
Recojo los restos del desayuno y me pongo a trabajar. Diana se pasea por su nuevo hogar, el nuestro, en plural. Coge mis llaves, va a hacerse una copia. «Ahora vuelvo.»
Me sumerjo en las palabras, en los capítulos y en los pseudoconsejos del actual proyecto editorial que me da de comer. Leo un e-mail de Carolina. Ya ha leído su manuscrito y está encantada. «Eres la mejor.»
Me ducho y sigo escribiendo. Voy a necesitar organizarme bien y dedicarle tiempo al trabajo. Se acabaron las fiestas este mes. Pienso en cuánto dinero queda en mi cuenta bancaria después de comprar las entradas. Agobio, ansiedad. Un cuento de terror millennial.
Confía. No queda otra.
Vuelve Diana.
—Hoy haré yo la comida.
Asiento sin mirarla. Lo siento, sigo ensimismada.
Huele rico. Un arroz con verduras y pollo. «Es un plato que cocina mi padre.» Comemos en la mesa de centro, arqueando la espalda. Me duelen los riñones. Vemos las noticias, nos reímos con las bobadas del programa de la tarde. Me pongo a escribir otra vez.
Suena el interfono. Mierda, Ricardo. No me acordaba.
—¿Quién es? —pregunta Diana.
—Es Ricardo.
—¡Ah! Qué bien. Me encanta ese chico.
A mí también. Qué tendrá Ricardo que lo hace tan adorable y tan sexy a la vez. El equilibrio.
Abro la puerta. Estoy en pijama.
—Perdona mis pintas. Estaba currando y se me ha pasado el tiempo —me disculpo.
—Estás guapísima, Alicia. Me encanta tu uniforme laboral.
Llevo un pijama de Hello Kitty. ¿Puedo estar más ridícula?
—¡Ricardo! Cuánto tiempo —saluda Diana.
Se abrazan.
—¿Cómo estás? —pregunta Ricardo.
—En pleno cambio. Me he ido de casa de mis padres. ¿Te acuerdas de aquellas fotos tan increíbles que nos hicieron en la fiesta BDSM? Las encontraron en mi habitación.
—Espera, cuéntame.
Ambos se acomodan en el sofá. Abro la nevera, cojo el vino y sirvo tres copas. Los dejo charlar y acabo el capítulo que me queda pendiente.
—Ey, Alicia, como sigas trabajando y no nos controles, vamos a acabar borrachas perdidas —dice Ricardo.
—¡Eso! Le estoy contando mi vida entera. ¡Ven a rescatarlo!
Sonrío. Cojo mi copa vacía y me siento en el sillón. Los observo. Hace un par de meses ni tan siquiera sabía que existían; no conocía sus nombres, sus historias. Y aquí están, en el sofá de mi casa de Madrid, compartiendo risas, vinos y penas. Un sentimiento de agradecimiento profundo me invade. La felicidad de ser, al fin, la narradora.
—Diana, no entiendo por qué estás tan triste. Por lo que me has contado de tus padres, tu repentina mudanza me parece algo muy positivo. ¿Qué pasa entonces? —pregunta Ricardo.
—El dinero, eso pasa. Mis padres me han desautorizado de mi cuenta de ahorros. Solo tengo doscientos euros en mi tarjeta y si quiero ir a Ibiza no puedo buscar un curro. Solo tengo un mes de margen. Es imposible.
—¿Quieres ganar dinero rápido? Vende tus bragas.
Me atraganto con el vino. Toso fuerte.
—¿Cómo? —balbuceo.
En serio, me ahogo.
—¿Y esas caras de sorpresa? Me habéis escuchado bien: vende tus bragas por internet.
—Pero, a ver, ¿cómo que venda mis bragas?
—Tus bragas usadas, claro.
—¡¿Qué?! —grita Diana.
—Relax, chicas. Os veo muy alteradas. —Ricardo se ríe.
Coño, como para no estarlo.
—Existe una comunidad de fetichistas y coleccionistas de bragas usadas. Hay páginas webs y foros exclusivos que ponen en contacto a personas que quieren vender o comprar ropa interior.
—Pero ¿todo tipo de ropa interior? —interrogo.
—Sí, claro. Y aunque lo que más se demanda son bragas usadas, también puedes encontrar calzoncillos, calcetines, sujetadores e incluso condones y juguetes eróticos.
—Cuéntame más. ¿Cómo funciona eso? —dice Diana.
Me sorprendo al ver su interés. ¿En serio está pensando en vender sus bragas usadas por internet?
Alicia, y por qué no.
—Mira, esta web es la más famosa.
Ricardo nos enseña una página en su móvil. El nombre ya da una ligera pista sobre la temática: «Bragas Sucias». Aclarado.
—Aquí, chicas y chicos anónimos suben fotografías con la ropa interior puesta. El comprador o compradora puede indicar el nivel de suciedad que desea: un día de uso o más, con manchas de menstruación o incluso... con caca.
—¿Qué dices? —Me río.
—Claro, es otro fetiche. Alicia, recuerda, sin juzgar.
—Sin juzgar, sin juzgar.
—¿Cincuenta euros por unas putas bragas? —exclama Diana.
—¡Y más! Depende del caché que tengas en la web.
—¿Y eso cómo se consigue?
—Creando una buena historia, un buen personaje. Fotos sensuales, una gran colección de bragas diferentes...
—Eso es fácil si tienes un cuerpo sexy, pero mírame.
—¿Qué?
—Soy gorda y encima negra.
No sé cómo reaccionar a la contestación de Diana. Sigo pensando en cómo hacerle ver que lo más bonito que tiene es justo lo que más odia.
—Diana, estás buenísima. Tienes unas tetas increíbles, un culo de infarto y una piel radiante.
—¿Has visto esta barriga? ¿Cómo voy a subir fotos con esta barriga?
—¿Te has visto en el espejo? Barriga tenemos todos, coño. Tienes una belleza única e impactante. No eres como las demás. Eres tú, con tus raíces y tus formas. Créeme, lejos de no gustar, eso es algo que atrae, mucho. Lástima que no seas consciente de ello.
En ese momento me follaría a Ricardo por sus palabras.
—Joder, Ricardo. Gracias.
—No me las des. Quiérete de una vez. No puedes ir con la cabeza agachada y esa autoestima de mierda, porque entonces nadie te verá atractiva. Lo más sexy de una persona es su actitud. Una buena actitud hace que el físico sea seductor. Mírame a mí. No soy un chico guapo. Me acompleja mi sonrisa, por ejemplo. Pero ¿piensas que eso me importa? ¿Que ligo menos por ello? ¡Para nada!
—Si estás buenísimo, Ricardo, qué nos estás contando —interrumpo.
Nos reímos. Acabamos el vino. Abro otra botella. Diana se queda callada. Respira hondo. Nos mira. Esos ojos negros se vuelven traviesos. Ay...
—¿Sería muy loco si os digo que la idea de vender mis bragas por internet me seduce?
—Para nada —responde Ricardo.
Sí, es un poco loco, no nos engañemos, pero te apoyaré en todo, Diana. Es tu decisión.
—¿Abusaría si os pido que me ayudéis a crear el perfil? Nos bebemos la botella de vino y dejamos que fluya la creatividad por nuestras venas.
—Estoy dentro —dice Ricardo.
—Yo también.
Adquirimos cierta velocidad bebiendo. Una copa, otra y otra. La botella vacía presencia la insólita situación. Somos tres personas —un tanto borrachas— inventando una historia erótica para conseguir vender bragas por internet.
—Alicia, la escritora eres tú —sugiere Diana.
—¿Eso qué significa?
—¿Puedes escribir mi perfil?
¿Esto va en serio?
Me levanto. Me acomodo delante del portátil y abro la página web. «Registrarse.»
—¿Qué nombre te pongo? —pregunto.
—¿Diana?
—No, tía. Tiene que ser un pseudónimo.
Ella, la experta.
—¿AlmaNegra? ¿Qué os parece? —propone Diana.
—A mí me encanta. ¡Y está disponible! —añado.
Seguimos rellenando datos. La descripción es lo que más nos cuesta. Al final, damos con las palabras perfectas:
AlmaNegra, artista, veinticuatro años, rebelde sin causa. Me excita vender mis bragas usadas por internet y masturbarme pensando en las personas que las olerán y orgasmarán con ellas. De algún modo, compartimos esos encuentros, a pesar de la linealidad temporal. Es como si conectáramos a través de los fluidos, los olores y la esencia más animal. Aquí tienes la mía, ¿quieres viajar con ella?
—¡Me encanta! Te compro veinte bragas —exclama Ricardo.
—Me alegro, pero falta la materia prima —puntualizo.
—¿Hacemos las fotos?
Diana asiente. Se acerca a su armario, saca todas las bragas que tiene y las esturrea encima de la cama. Elegimos unas de encaje, otras viejas de algodón con el dibujo de un osito y un tanga blanco.
Cojo el móvil mientras Diana se cambia, delante de nosotros. Es la primera vez que lo hace. Será la confianza. O el empoderamiento. Ojalá sea esto último. Por favor, que sea esto último.
Ricardo da las instrucciones, Diana las acata. Yo intento encuadrar lo mejor que sé. Salen unas fotos espectaculares. Pienso en Diego y en las veces que posé para él. Dónde quedaron.
Subimos las fotos al perfil. Añadimos un pequeño relato erótico en cada una de ellas.
—Menos mal que la web no tiene detector de mentiras. —Diana se ríe.
¿Precio? Cincuenta euros cada una. La web se lleva una pequeña comisión por gestionar las ventas; es lógico.
—¿Ya está?
—Sí, ahora toca esperar. Mañana me cuentas —dice Ricardo.
De repente, miramos a nuestro alrededor. Estamos a oscuras. Enciendo algunas luces cálidas.
—Chicas, me voy a ir.
—¡Oh, no! ¿Ya?
—Sí, son las once de la noche.
—¿Cenamos juntas? —pregunto.
—No, tranquilas. Pillaré algo por el camino.
Nos abrazamos. Un apapacho largo. El olor de Ricardo es una fiesta para mis fosas nasales. Me pone tan cachonda...
Cierro la puerta.
—Es un amor este chico —dice Diana.
—Y que lo digas. Un regalo del universo. Igual que vosotras.
Otro abrazo.
—Gracias por todo, Alicia. No sé cómo agradecerte esto.
—Ya lo haces, amiga. Estás aquí, conmigo. Me apoyas, confías, me haces reír, me escuchas cuando lloro, soportas mis rayadas mentales. Y estás loca de cojones. ¿Qué más puedo pedir?
—Nada, porque quererte también te quiero. Con toda mi alma.
Sonrío. Una notificación interrumpe el momento.
—¿Qué ha sido eso? —pregunto.
—Viene de tu portátil.
«¡Enhorabuena, AlmaNegra! Drako_497 ha comprado uno de tus productos. Sigue las instrucciones para proceder al envío.»
—¡Tía, has vendido tus primeras bragas!
—No me jodas, ¿en serio?
—Te lo juro.
—¿Y qué dice?
—Quiere que te las pongas un par de días y que te masturbes con ellas.
Estallamos en carcajadas. Qué locura.
Diana se tira encima de la cama. Entierra la cabeza entre sus bragas. La acompaño. Nos tiramos los tangas como si fuesen tirachinas. Al momento, el cansancio nos obliga a reposar nuestro cuerpo y a tomar aire.
—Te dije que encontraríamos la fórmula —le digo.
—Sí, aunque esto es un parche. Quiero apostar por lo que de verdad me apasiona.
—¿Y es?
Sé lo que es, pero quiero escucharlo de su boca.
—El arte. Ese es mi camino.
Un pequeño pellizco interno. Una paz infinita.
Diana, eres tuya. Por fin estás viendo el universo que hay en ti, ese que yo tanto admiro. El mismo que te hace aullar por las noches. El fuego que prende tu alma. La magia que emana de tus ojos negros. Lo hipnóticos que resultan tus ángulos.
Empieza a narrar tu historia, que yo estoy aquí.
Y te escucho, loba.
Que cada noche sea luna llena.
II
Abróchense los cinturones
Hace varias semanas que no salgo. No bebo. No me drogo. No follo. No me masturbo. No me maquillo. Ni tan siquiera me peino. Hace varias semanas que mi vida se reduce a escribir, comer, escribir, cenar, escribir y dormir.
He aceptado varios proyectos literarios que debo entregar antes de que nos vayamos a Ibiza, lo que se traduce en descansar poco, trabajar demasiado e intentar ahorrar para el viaje. Quién sabe lo que nos deparará la isla.
El calor gobierna las calles de Madrid. Es junio. Atrás quedaron las chaquetas. Hay días en los que salgo a comprar noodles en tirantes. El verano ya se respira y se me acelera el pulso. Quiero viajar, largarme con ellas a otro lugar. Por suerte, solo faltan un par de días para que eso ocurra.
Diana ya es toda una profesional en la venta de bragas usadas. Domina el arte de hacerse fotos, ensuciar ropa interior e ir a Correos a hacer envíos. No es el trabajo de sus sueños, pero podrá pagarse las vacaciones en Ibiza. Nos devolvió el dinero cuando vendió su Satisfyer. Sus padres siguen sin dar señales de vida y ella se aleja cada vez más. Ahora todo le parece un recuerdo que no sabe muy bien si le pertenece.
Llevamos varias semanas conviviendo y la rutina se ha establecido. Ella se encarga de hacer la comida y de mantener la casa en condiciones. Yo no tengo tiempo ni para respirar.
Dos días. Quedan dos días para subirnos a ese avión y largarnos a Ibiza. Joder, qué ganas.
Comemos rápido. Reviso el libro y presento el manuscrito. Por la tarde he quedado con las chicas para ir a comprar modelitos zorriles para las vacaciones.
—Alicia, ¿estás lista? —pregunta Diana.
Leo la última frase. Redacto el e-mail. Enviar.
Respiro. Se acabó.
—¡He terminado! —grito.
Diana me abraza. Entro en la ducha después de tres días sin tocar el agua.
—¡Menos mal, Alicia! Ya era hora.
Siento cómo resbalan las gotas por mi piel. Conecto con el viaje. Ya ha empezado. Es el momento. Nos vamos a Ibiza a un festival lésbico. ¿Cumpliré allí mi fantasía? ¿Conoceré a alguna chica? ¿Seré capaz de comerme un coño? ¿Y si no me gusta el sabor? ¿Qué nos deparará esta aventura? ¿Con quién nos encontraremos?
El corazón se me acelera. Tengo ganas de gritar, de saltar, de comerme el mundo.
Diana se queja. «¡Vámonos ya!»
—¡Voy, voy!
Me dejo el pelo mojado. Máscara de pestañas. Tapo las ojeras que me acompañan desde hace un mes. Me pongo unos tejanos, una camiseta de manga corta y nos vamos. Llegamos tarde.
Emily nos está esperando en Tribunal. Salimos del metro. La veo, está sentada.
—¡Zorra! —gritamos.
Ella fuerza una sonrisa.
—¿Estás bien? —pregunto.
—Me han echado del curro, tías.
—¿Y eso no son buenas noticias?
—Sí, debería estar contenta. Odiaba ese trabajo.
—¿Qué ha pasado?
—Reducción de personal.
—¿En verano?
—No sé. Me agobia el dinero. Tengo ahorros, pero...
—No te preocupes. Encontraremos la fórmula —dice Diana, guiñándome un ojo.
Sonrío. Abrazamos fuerte a Emily.
—Mira el lado positivo. ¡Podrás quedarte más tiempo en Ibiza!
—¿Qué vais a hacer vosotras? ¿Cuánto tiempo os queréis quedar?
—No lo hemos hablado. Creo que lo ideal sería dejarnos llevar. Ver cómo fluye —contesto.
Asienten. Nos cogemos de las manos, estamos emocionadas. Nuestro primer viaje juntas. El primero de muchos, espero.
—Nos preocupa el dinero, pero vamos a dejarnos un montón de pasta comprando modelitos para el viaje. No tenemos remedio —dice Emily.
Pasamos la tarde recorriendo las tiendas de Fuencarral, Gran Vía y Malasaña. Nos tomamos unas cañas para cerrar la jornada y nos despedimos. La próxima vez que nos veamos será en el aeropuerto.
Diana y yo dedicamos el martes a organizar nuestras maletas. No sé qué coño ponerme ni cuánta ropa llevar. No tengo ni idea del tiempo que me dejaré atrapar por la isla.
Bebemos vino. Sacamos la ropa del armario. Decidimos si ese vestido merece la pena o no. Bailamos al son de una salsa. Pasamos el día sin salir de esas cuatro paredes.
Nos metemos en la cama pronto. Mañana madrugamos. A las 7.20 sale nuestro avión. Intento cerrar los ojos, no puedo dormir. Estoy ansiosa, deseosa. Tengo tantas ganas que me duele lo despacio que pasa el tiempo. Quiero estar allí. Quiero salir de aquí.
Al final consigo descansar unas horas. Suena el despertador. Salimos corriendo.
—¡Qué emoción! ¡Nos vamos a Ibiza! —grita Diana.
Último vistazo a mi hogar. Reviso si llevo la cartera, el móvil y las llaves. Hago un repaso mental de mi maleta. Cierro la puerta. No paro de sonreír.
Pillamos un taxi. «Al aeropuerto.» Diana me coge de la mano. ¿Llevo chanclas?
Momento de crisis.
Sí, sí que las llevo. ¿Y el maquillaje? ¿He cogido la purpurina?
—Mierda, tía. Me he dejado el glitter en casa, joder.
—No te preocupes, Alicia. Compraremos en el aeropuerto.
Bajamos del taxi. Vemos a Emily. Gritamos, saltamos, nos abrazamos.
—¡Que nos vamos, zorraaas!
Es el momento del protocolo aeroportuario que tanto odio. Check in. Control de seguridad. Quítate. Ponte. Todo correcto. Emily lleva un bote de champú en seco. «Esto no puede pasar. Es aerosol.»
Se quedan mirando a Diana cuando escanean su maleta. Lleva un par de vibradores.
—¿Nueva adquisición? —le pregunta Emily.
—Sí. Los uso y luego los vendo.
Las personas de seguridad nos miran un tanto perplejas. Sonreímos.
Nos dirigimos a nuestra puerta de embarque. Por el camino entramos en una tienda de bisutería y maquillaje. Compramos purpurina, pegatinas y tatuajes faciales. «Un festival no es un festival sin estas mierdas», comenta Emily. Cuánta razón.
Embarcamos las últimas. Guardamos las maletas en los únicos huecos que quedan disponibles, cinco filas atrás. Cada una se sienta en un lugar distinto, vuelo low cost. Más protocolos, esta vez de seguridad. Miro por la ventana. Me abrocho el cinturón. Se encienden los motores. El avión despega. Aprieto mis manos con fuerza. El corazón se me encoge. Nos elevamos. Me pongo cómoda. Poco más de una hora de vuelo. Adiós, hogar. Hola, incertidumbre.
Poco después ya puedo ver la isla a lo lejos. Sus playas cristalinas, el mar que la rodea. Me duelen las mejillas de tanto sonreír.
Entrelazo de nuevo las manos y cierro los ojos. Aterrizamos. Estoy viva, respiro aliviada.
Dejamos que la gente salga del avión, no tenemos prisa. Cojo mi maleta. Me dejo la espalda, pesa demasiado.
Al salir, la humedad nos impacta en la cara. Y ahora ¿qué?
Hay un hombre con un cartel. «Lesbest bus.» Preguntamos por los horarios. Sale dentro de una hora. Nos da tiempo a tomar un café. Charlamos entusiasmadas. Perreamos sin música. Nos mimamos sin excusas. La brisa mueve las hojas de las palmeras que decoran la puerta principal del aeropuerto. Pienso en aquella mancha en el techo.
Es la hora. Subimos al bus con varias mujeres de diversas edades. ¿Me liaré con alguna? Nos sentamos al final. Miro por la ventana. Carteles de DJ conocidos, discotecas, fiesta, movimiento. El sol me ciega. Las casas blancas, las carreteras con baches. En la radio, suena Carlos Sadness.
Días que vuelan,
noches en vela.
Sueños que olvidarás
cuando amanezca.
Voy a colarme aunque cierres la puerta.
Hoy te has dejado las llaves puestas.
Las tres cantamos a la vez.
Naaa, na na na na naaa.
Nanaaa. Na na na na naaa. Nanaaa,
na na naaa.
Joder.
Hoy es el día.
III
¿Esto es el paraíso?
Llegamos. Es aquí, este es el lugar. Nos bajamos del bus y cogemos nuestras maletas. Nos quedamos perplejas. Un hotel enorme se presenta ante nosotras: muchas palmeras, una entrada gigantesca y un cartel que nos da la bienvenida en varios idiomas.
—¡Esto es inmenso! —exclama Emily.
Subimos por una pequeña rampa hasta la recepción. Hay una larga cola de mujeres esperando a ser atendidas. Escucho algunas palabras en inglés. Italiano. Francés. Alemán. ¿Holandés?
Nos impacientamos. Una hora después nos atienden.
—English? —pregunta la recepcionista.
—No, español.
—Perdonad por la espera, chicas. Habéis llegado todas a la vez y somos pocos. ¿Me decís vuestros nombres?
Le damos nuestros datos. Sigo mirando a mi alrededor. ¿Será con ella? ¿O tal vez con ella? ¿Y si no pasa con ninguna? ¿De verdad soy bisexual?
—Perdona. ¿Hola?
Emily me da un codazo.
—Ay, joder. Estoy desconectada.
—¿Dónde estás, tía? —dice Emily.
Planteándome mi orientación sexual.
—Tenéis una habitación triple. Una cama de matrimonio y una supletoria individual. Balcón con vistas a la playa y baño privado.
—Qué lujo.
—Esta es vuestra llave y aquí tenéis el programa del festival y un detallito. Bienvenidas al Lesbest Festiv
