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Desde mi cielo

Alice Sebold

Fragmento

Desde mi cielo

1

Me llamo Salmon, como el pez; de nombre, Susie. Tenía catorce años cuando me asesinaron, el 6 de diciembre de 1973. Si veis las fotos de niñas desaparecidas de los periódicos de los años setenta, la mayoría eran como yo: niñas blancas de pelo castaño desvaído. Eso era antes de que en los envases de cartón de la leche o en el correo diario empezaran a aparecer niños de todas las razas y sexos. Era cuando la gente aún creía que no pasaban esas cosas.

En el anuario de mi colegio yo había escrito un verso de un poeta español por quien mi hermana había logrado interesarme, Juan Ramón Jiménez. Decía así: «Si te dan papel rayado, escribe de través». Lo escogí porque expresaba mi desdén por mi entorno estructurado en el aula, y porque al no tratarse de la tonta letra de un grupo de rock, me señalaba como una joven de letras. Yo era miembro del Club de Ajedrez y del Club de Químicas, y en la clase de ciencias del hogar de la señorita Delminico se me quemaba todo lo que intentaba cocinar. Mi profesor favorito era el señor Botte, que enseñaba biología y disfrutaba estimulando a las ranas y los cangrejos que teníamos que diseccionar, haciéndoles bailar en sus bandejas enceradas.

No me mató el señor Botte, por cierto. No creáis que todas las personas que vais a conocer aquí son sospechosas. Ese es el problema. Nunca sabes. El señor Botte estuvo en mi funeral (al igual que casi todo el colegio, si se me permite decirlo; nunca he sido más popular) y lloró bastante. Tenía una hija enferma. Todos lo sabíamos, de modo que cuando se reía de sus propios chistes, que ya estaban pasados de moda mucho antes de que yo lo tuviera como profesor, también nos reíamos, a veces con una risa forzada, para dejarlo contento. Su hija murió un año y medio después que yo. Tenía leucemia, pero nunca la he visto en mi cielo.

Mi asesino era un hombre de nuestro vecindario. A mi madre le gustaban las flores de sus parterres, y mi padre habló una vez de abonos con él. Mi asesino creía en cosas anticuadas como cáscaras de huevo y granos de café, que, según dijo, había utilizado su madre. Mi padre volvió a casa sonriendo y diciendo en broma que su jardín tal vez fuera bonito, pero que el tufo llegaría al cielo en cuanto hubiera una ola de calor.

Pero el 6 de diciembre de 1973 nevaba y yo atajé por el campo de trigo al volver del colegio a casa. Fuera estaba oscuro porque los días eran más cortos en invierno, y me acuerdo de que los tallos rotos me hacían difícil andar. Nevaba poco, como el revoloteo de unas pequeñas manos, y yo respiraba por la nariz hasta que me goteó tanto que tuve que abrir la boca. A menos de dos metros de donde se encontraba el señor Harvey, saqué la lengua para probar un copo de nieve.

–No quiero asustarte –dijo el señor Harvey.

En un campo de trigo y en la oscuridad, por supuesto que me dio un susto. Una vez muerta, pensé que en el aire había flotado la débil fragancia de una colonia, pero entonces me había pasado desapercibida o había creído que venía de una de las casas que había más adelante.

–Señor Harvey –dije.

–Eres la mayor de los Salmon, ¿verdad?

–Sí.

–¿Cómo están tus padres?

Aunque yo era la mayor de la familia y siempre ganaba los concursos de preguntas y respuestas de ciencias, nunca me había sentido cómoda entre adultos.

–Bien –respondí.

Tenía frío, pero la autoridad que proyectaba su edad, y el hecho añadido de que era un vecino y había hablado de abonos con mi padre, me dejó clavada en el suelo.

–He construido algo allí detrás –dijo–. ¿Te gustaría verlo?

–Tengo frío, señor Harvey –respondí–, y mi madre quiere que esté en casa antes de que se haga de noche.

–Ya es de noche, Susie –replicó él.

Ojalá hubiera sabido que eso era raro. Yo nunca le había dicho cómo me llamaba. Supongo que mi padre le había contado una de las vergonzosas anécdotas que él veía solo como amorosos testamentos para sus hijos. Era la clase de padre que llevaba encima una foto tuya a los tres años desnuda en el cuarto de baño de abajo, el de los huéspedes. Eso se lo hizo a mi hermana pequeña, Lindsey, gracias a Dios. Yo al menos me ahorré esa humillación. Pero le gustaba contar que cuando nació Lindsey yo tenía tantos celos que un día, mientras él hablaba por teléfono en la otra habitación, me bajé del sofá –él me veía desde donde estaba– y traté de hacer pis encima de la canasta. Esa historia me avergonzaba cada vez que él la contaba al pastor de nuestra iglesia, a nuestra vecina la señora Stead, que era terapeuta y cuyo parecer le interesaba, y a todo aquel que alguna vez exclamaba: «¡Susie tiene muchas agallas!».

«¡Agallas! –decía mi padre–. Deja que te hable de agallas», e inmediatamente se lanzaba a contar la anécdota de Susie-orinándose-sobre-Lindsey.

Cuando, más tarde, el señor Harvey se encontró a mi madre por la calle, dijo:

–Ya me he enterado de la terrible tragedia. ¿Cómo dice que se llamaba su hija?

–Susie –respondió mi madre, fortaleciendo su ánimo bajo el peso de lo ocurrido, peso que ingenuamente esperaba que algún día se aligerara, sin saber que solo seguiría doliendo de nuevas y variadas formas el resto de su vida.

El señor Harvey dijo lo habitual:

–Espero que cojan a ese malnacido. Lo siento mucho.

Por aquel entonces yo estaba en el cielo reuniendo mis miembros, y no podía creerme su audacia.

–Ese hombre no tiene vergüenza –le dije a Franny, la consejera que me asignaron al entrar.

–Exacto –respondió ella, y dijo lo que quería decir sin más. En el cielo no se pierde el tiempo con tonterías.

El señor Harvey dijo que solo sería un momento, de modo que lo seguí un poco más por el campo de trigo, donde había menos tallos rotos porque nadie atajaba por allí para ir o venir del colegio. Mi madre había explicado a mi hermano pequeño, Buckley, que el trigo de ese campo no era comestible cuando él le preguntó por qué nadie del vecindario lo comía.

–Es para los caballos, no para las personas –dijo ella.

–¿Tampoco para los perros? –preguntó Buckley.

–No –respondió mi madre.

–¿Ni para los dinosaurios? –preguntó Buckley.

Y así seguían un buen rato.

–He construido un pequeño escondrijo –dijo el señor Harvey, deteniéndose y volviéndose hacia mí.

–Yo no veo nada –dije yo.

Me di cuenta de que el señor Harvey me miraba de una manera rara. Otros hombres mayores me habían mirado de ese modo desde que había pegado el estirón, pero normalmente no perdían la chaveta por mí cuando iba con mi parka azul celeste y pantalones acampanados amarillos. Él llevaba unas gafitas redondas de montura dorada y me miraba por encima de ellas.

–Deberías fijarte más, Susie –dijo.

Me entraron ganas de fijarme en todo para largarme de allí, pero no lo hice. ¿Por qué no lo hice? Franny dijo que esa clase de preguntas eran inútiles.

–No lo hiciste y punto. No pienses más en ello. No es bueno. Estás muerta y tienes que aceptarlo.

–Vuelve a intentarlo –dijo el señor Harvey, y se acuclilló y dio unos golpes en el suelo.

–¿Qué es eso? –pregunté.

Se me estaban congelando las orejas. No llevaba el gorro de colores con borla y cascabeles que mi madre me había hecho unas Navidades. Me lo había guardado en el bolsillo de la parka.

Recuerdo que me acerqué y di unas patadas en el suelo cerca de él. Estaba más duro que la tierra helada, que ya era muy dura.

–Es madera –explicó el señor Harvey–. Para que no se derrumbe la entrada. El resto está hecho de tierra.

–¿Qué es? –pregunté.

Ya no tenía frío ni estaba extrañada por la forma en que él me había mirado. Me sentía como en la clase de ciencias: intrigada.

–Ven a verlo.

Costaba meterse, eso lo reconoció él en cuanto estuvimos los dos dentro de esa especie de madriguera. Pero yo estaba tan asombrada de que hubiera construido una chimenea que dejara salir el humo si decidía hacer un fuego dentro que ni me paré a pensar en la incomodidad de entrar y salir de la madriguera. A lo que podríais añadir que escapar no era algo en lo que yo tuviera alguna experiencia real. De lo peor que había tenido que escapar era de Artie, un chico del colegio de aspecto raro cuyo padre era director de pompas fúnebres. Le gustaba simular que llevaba una aguja llena de líquido para embalsamar y en sus libretas dibujaba agujas de las que caían gotas oscuras.

–¡Qué chulo! –le dije al señor Harvey.

Podría haber sido el jorobado de Notre Dame, sobre quien había leído en la clase de francés. Me daba igual. Cambié totalmente. Me había convertido en mi hermano Buckley durante nuestra visita al Museo de Historia Natural de Nueva York, donde se había enamorado de los enormes esqueletos expuestos. Yo no había utilizado la palabra «chulo» en público desde primaria.

–Como quitarle un caramelo a un niño –dijo Franny.

Todavía veo la madriguera como si fuera ayer, y lo es. La vida para nosotros es un perpetuo ayer. Era del tamaño de una habitación pequeña, como el cuarto donde guardábamos las botas y los chubasqueros, y donde mamá había logrado encajar una lavadora y una secadora, una encima de la otra. Yo casi podía estar de pie allí dentro, pero el señor Harvey tenía que encorvarse. Había construido un banco a los lados al excavarlo, y se sentó inmediatamente.

–Mira alrededor –dijo.

Me quedé mirándolo todo asombrada, el estante excavado que tenía encima, donde había dejado unas cerillas, una hilera de pilas y un tubo fluorescente que funcionaba con pilas y proyectaba la única luz de la guarida, una luz misteriosa e inquietante que me haría más difícil verle las facciones cuando se colocara encima de mí.

En el estante había un espejo, y una cuchilla y espuma de afeitar. Me extrañó. ¿Por qué no lo hacía en casa? Pero supongo que pensé que un hombre que, teniendo una estupenda casa de dos plantas, se construía una habitación subterránea a menos de un kilómetro, tenía que estar pirado. Mi padre tenía una bonita manera de describir a la gente como él: «Es un tipo original, eso es todo».

De modo que supongo que pensé que el señor Harvey era un tipo original y me gustó la habitación, y se estaba calentito en ella, y yo quería saber cómo la había construido, los aspectos prácticos, y dónde había aprendido a hacer una cosa así.

Pero antes de que el perro de los Gilbert encontrara mi codo tres días después y se lo llevara a casa con una reveladora cáscara de trigo, el señor Harvey lo había tapado. En esos momentos yo estaba en tránsito, y no lo vi sudar la gota gorda para quitar el refuerzo de madera y meter en una bolsa todas las pruebas junto con los fragmentos de mi cuerpo menos el codo. Y para cuando salí con medios suficientes para bajar la vista y ver lo que ocurría en la Tierra, lo que más me preocupaba era mi familia.

Mi madre estaba sentada en una silla junto a la puerta de la calle, boquiabierta. Su cara pálida estaba más pálida que nunca. La mirada extraviada. Mi padre, en cambio, se vio movido a actuar. Quería saber todos los detalles y rastrear con la policía el campo de trigo. Todavía doy gracias a Dios por el menudo detective llamado Len Fenerman, que asignó a dos agentes uniformados para que llevaran a mi padre a la ciudad y le señalaran todos los lugares en los que yo había estado con mis amigos. Los agentes tuvieron a mi padre todo el primer día ocupado en un centro comercial. Nadie se lo había dicho a Lindsey, que tenía trece años y habría sido lo bastante mayor, ni a Buckley, que tenía cuatro, y, si os digo la verdad, nunca iba a entenderlo del todo.

El señor Harvey me preguntó si me apetecía un refresco. Así fue como lo llamó. Le dije que tenía que irme a casa.

–Sé educada y tómate una Coca-Cola –insistió él–. Estoy seguro de que los otros niños lo harían.

–¿Qué otros niños?

–He construido esto para los niños del vecindario. Pensé que podría ser una especie de club.

No creo que ni entonces me lo creyera. Pensé que mentía, pero me pareció una mentira patética. Imaginé que se sentía solo. Habíamos leído sobre hombres como él en la clase de sociología. Hombres que nunca se casaban, que todas las noches comían a base de congelados y que les asustaba tanto que los rechazaran que ni siquiera tenían animales domésticos. Me dio lástima.

–Está bien –dije–. Tomaré una Coca-Cola.

Al cabo de un rato, él preguntó:

–¿No tienes calor, Susie? ¿Por qué no te quitas la parka?

Así lo hice.

–Eres muy guapa, Susie –dijo él después.

–Gracias –respondí, aunque se me puso la piel de gallina, como decíamos mi amiga Clarissa y yo.

–¿Tienes novio?

–No, señor Harvey –dije. Me bebí de golpe el resto de la Coca-Cola, que era mucho, y añadí–: Tengo que irme, señor Harvey. Es un sitio muy chulo, pero tengo que irme.

Él se levantó e hizo su número de jorobado junto a los seis escalones excavados que llevaban de vuelta al mundo.

–No sé por qué crees que te vas a ir.

Hablé para no darme por enterada. El señor Harvey no era un tipo original. Y ahora que bloqueaba la puerta, me ponía la piel de gallina y me daba náuseas.

–De verdad que tengo que irme a casa, señor Harvey.

–Quítate la ropa.

–¿Qué?

–Quítate la ropa –repitió el señor Harvey–. Quiero comprobar si sigues siendo virgen.

–Lo soy, señor Harvey –dije.

–Quiero asegurarme. Tus padres me lo agradecerán.

–¿Mis padres?

–Ellos solo quieren buenas chicas –dijo.

–Señor Harvey, por favor, déjeme marchar.

–No te vas a ir de aquí, Susie. Ahora eres mía.

En aquella época no se prestaba mucha atención a estar en forma; la palabra «aeróbic» apenas existía. Se suponía que las niñas tenían que ser delicadas, y en el colegio solo las que se sospechaba que eran marimachos trepaban por las cuerdas.

Luché. Luché con todas mis fuerzas para que el señor Harvey no me hiciera daño, pero todas mis fuerzas no bastaron ni de lejos, y no tardé en estar tumbada en el suelo con él encima, jadeando y sudando después de haber perdido las gafas en el forcejeo.

Yo estaba muy llena de vida entonces. Pensé que no había nada peor en el mundo que estar tumbada boca arriba en el suelo con un hombre sudoroso encima de mí. Estar atrapada bajo tierra y que nadie supiera dónde estaba.

Pensé en mi madre.

Mi madre estaría consultando el reloj del horno. Era un horno nuevo y le encantaba que tuviera un reloj.

–Así puedo medir el tiempo con exactitud –le dijo a su madre, una madre a la que no podían importarle menos los hornos.

Estaría preocupada, pero más enfadada que preocupada, por mi tardanza. Mientras mi padre se metía en el garaje ella corretearía de acá para allá, le prepararía una copa, un jerez seco, y pondría una expresión exasperada.

–Ya sabes, el colegio. Tal vez hoy es el Festival de Primavera.

–Abigail –diría mi padre–, ¿cómo va a ser el Festival de Primavera si está nevando?

Tras ese desliz, mi madre tal vez llevaría a Buckley a la sala de estar y le diría: «Juega con tu padre» mientras ella entraba a hurtadillas en la cocina para tomarse una copita de jerez.

El señor Harvey empezó a apretar los labios contra los míos. Eran carnosos y estaban húmedos, y yo quería gritar, pero estaba demasiado asustada y demasiado cansada a causa del forcejeo. Me había besado una vez un chico que me gustaba. Se llamaba Ray y era indio. Hablaba con acento y era moreno. Se suponía que no tenía que gustarme. Clarissa decía que sus ojos grandes, cuyos párpados parecían siempre entornados, eran estrambóticos, pero era simpático y listo, y me ayudaba a copiar en los exámenes de álgebra fingiendo que no lo hacía. Me besó junto a mi taquilla el día antes de que entregáramos las fotos para el anuario. Cuando este salió, al final del verano, vi que debajo de su foto había respondido el clásico «Mi corazón pertenece a» con «Susie Salmon». Supongo que había hecho planes. Recuerdo que tenía los labios cortados.

–No, señor Harvey –logré decir, y repetí la palabra «No» muchas veces. También dije muchas veces «Por favor». Franny me dijo que casi todo el mundo suplicaba «Por favor» antes de morir.

–Te deseo, Susie –dijo él.

–Por favor –repetí–. No, por favor. –Era como empecinarte en que una llave funcionaba cuando no lo hacía, o como gritar «La tengo, la tengo, la tengo» cuando una pelota de béisbol te pasaba por encima en las gradas–. No, por favor.

Pero se cansó de oírme suplicar. Introdujo una mano en el bolsillo de mi parka y, estrujando el gorro que me había hecho mi madre, me lo metió en la boca. Después de eso, el único ruido que hice fue el débil tintineo de los cascabeles.

Mientras me recorría con sus labios mojados la cara y el cuello, y deslizaba las manos por debajo de mi camisa, me puse a llorar. Empecé a abandonar mi cuerpo. Empecé a habitar el aire y el silencio. Lloré y forcejeé para no sentir. Él me rasgó los pantalones al no dar con la cremallera invisible que mi madre me había cosido hábilmente en el costado.

–Grandes bragas blancas –dijo.

Me sentí enorme e hinchada. Me sentí como un mar en el que él estaba de pie y meaba y cagaba. Sentí cómo los bordes de mi cuerpo se doblaban hacia dentro y hacia fuera, como en el juego de la cuna al que jugaba con Lindsey para ponerla contenta. Empezó a masturbarse sobre mí.

–¡Susie! ¡Susie! –oí gritar a mi madre–. La comida está lista.

Él estaba dentro de mí. Jadeaba.

–Hay cordero con judías verdes.

Yo era el mortero, él la mano de mortero.

–Tu hermano ha pintado otro dibujo con los dedos y yo he hecho pastel de manzana.

El señor Harvey me obligó a quedarme quieta debajo de él y escuchar los latidos de su corazón y del mío. El mío daba brincos como un conejo mientras que el suyo hacía un ruido sordo, como de martillo contra tela. Nos quedamos allí tumbados, con nuestros cuerpos tocándose, y mientras me estremecía, tuve una poderosa revelación. Él me había hecho eso y yo había vivido. Eso era todo. Seguía respirando. Oía su corazón. Olía su aliento. La tierra oscura que nos rodeaba olía como lo que era, tierra húmeda donde los gusanos y otros animales vivían sus vidas cotidianas. Podría haber gritado horas y horas.

Yo sabía que iba a matarme. Pero no me daba cuenta de que era un animal ya agonizante.

–¿Por qué no te levantas? –me preguntó el señor Harvey, rodando hacia un lado y agachándose sobre mí.

Habló con voz suave, alentadora, la voz de un amante a media mañana. Una sugerencia, no una orden.

Yo no podía moverme. No podía levantarme.

Al ver que no lo hacía (¿fue solo eso, que no siguiera su sugerencia?) se inclinó y buscó a tientas en el saliente que tenía encima de la cabeza, donde guardaba su cuchilla y la espuma de afeitar, y cogió un cuchillo. Desenfundado, me sonrió, curvándose en una mueca burlona.

Él me quitó el gorro de la boca.

–Dime que me quieres –dijo.

Se lo dije en voz baja.

El final llegó de todos modos.

2

Cuando entré por primera vez en el cielo, pensé que todo el mundo veía lo mismo que yo. Que en el cielo de todos había porterías de fútbol a lo lejos, y mujeres torpes practicando lanzamientos de peso y jabalina. Que todos los edificios eran como los institutos del nordeste residencial, construidos en los años sesenta. Edificios grandes y achaparrados esparcidos en terrenos arenosos pésimamente ajardinados, con salientes y espacios abiertos para darles un aire moderno. Lo que más me gustaba era que los edificios eran de color turquesa y naranja, como los del instituto Fairfax. A veces, en la Tierra, había pedido a mi padre que me llevara en coche hasta el Fairfax para imaginarme a mí misma allí.

Después de séptimo, octavo y noveno grados, el instituto habría significado comenzar de nuevo. Cuando llegara al Fairfax insistiría en que me llamaran Suzanne. Llevaría el pelo ondulado o recogido en un moño. Tendría un cuerpo que volvería locos a los chicos y que las chicas envidiarían, pero, como si eso no fuera suficiente, sería tan encantadora que se sentirían demasiado culpables para no adorarme. Me gustaba imaginar que, habiendo alcanzado una especie de estatus regio, protegería a los chicos inadaptados en la cafetería. Cuando alguien atormentara a Clive Saunders por andar como una niña, asestaría una vengativa y veloz patada en las partes menos protegidas del atormentador. Cuando los chicos se mofaran de Phoebe Hart por tener los pechos grandes, les soltaría un discurso sobre por qué no tenían gracia los chistes de tetas. Tenía que olvidar que cuando Phoebe había pasado por mi lado yo también había escrito en los márgenes de mi cuaderno listas insultantes: Winnebagos, Hoo-has, Johnny Yellows. Al final de mis ensoñaciones, me recostaba en el asiento trasero del coche mientras mi padre conducía. Nadie podía reprocharme nada. Empezaría el instituto en cuestión de días, no de años, o, inexplicablemente, en mi penúltimo año ganaría un Oscar a la mejor actriz.

Esos eran mis sueños en la Tierra.

Llevaba unos días en el cielo cuando me di cuenta de que tanto las lanzadoras de jabalina como las de peso y los chicos que jugaban al baloncesto en la pista agrietada existían todos en su propia versión de cielo. Sus cielos coincidían con el mío, no eran exactamente una copia, pero había muchas cosas iguales en ellos.

Conocí a Holly, que se convirtió en mi compañera de habitación, el tercer día. La encontré sentada en los columpios. (No me pregunté por qué había columpios en un instituto: eso lo convertía en cielo. Y no eran de asiento plano sino envolvente, hecho de neumático negro duro que te mecía y en el que podías pegar unos cuantos botes antes de columpiarte.) Holly estaba sentada leyendo un libro escrito en un extraño alfabeto que asocié al arroz frito con cerdo que mi padre había traído a casa de Hop Fat Kitchen, un local cuyo nombre entusiasmó tanto a Buckley que chilló a pleno pulmón: «¡Hop Fat!». Ahora que sé vietnamita, me doy cuenta de que Herman Jade, el dueño de Hop Fat, no era vietnamita, y que Herman Jade no era su verdadero nombre, sino el que adoptó cuando vino a Estados Unidos desde China. Holly me enseñó todo eso.

–Hola –dije–. Me llamo Susie.

Más adelante ella me explicaría que había sacado su nombre de una película, Desayuno en Tiffany’s. Pero ese día le salió de corrido.

–Y yo Holly –dijo.

Como no había querido tener ni el más leve acento en el cielo, no tenía ninguno. Me quedé mirando su pelo negro. Era brillante como las promesas de las revistas.

–¿Cuánto tiempo llevas aquí? –pregunté.

–Tres días.

–Igual que yo.

Me senté en el columpio que había a su lado y giré el cuerpo hasta que las cadenas se quedaron enroscadas. Luego me solté y di vueltas hasta que me detuve.

–¿Te gusta esto? –pregunté.

–No.

–A mí tampoco.

Así empezó.

En nuestros cielos habíamos plasmado nuestros sueños más sencillos. Así, no había profesores en el instituto. Y nunca teníamos que ir, excepto para la clase de arte en mi caso y el grupo de jazz en el caso de Holly. Los chicos no nos pellizcaban el culo ni nos decían que olíamos; los libros de texto eran Seventeen, Glamour yVogue.

Y nuestros cielos se ampliaban a medida que se agrandaba nuestra amistad. Coincidíamos en muchas de las cosas que queríamos.

Franny, la consejera que me habían asignado al entrar, se convirtió en nuestra guía. Tenía suficientes años para ser mi madre, unos cuarenta y cinco, y a Holly y a mí nos llevó un tiempo deducir que eso era algo que habíamos querido: a nuestras madres.

En su cielo, Franny ayudaba y se veía recompensada con resultados y gratitud. En la Tierra había sido asistenta social de los desposeídos y sin hogar. Había trabajado para una iglesia llamada Saint Mary’s que servía comidas solo a mujeres y niños, y allí lo hacía todo, desde atender el teléfono hasta matar cucarachas con un manotazo estilo kárate. Le había pegado un tiro en la cara un hombre que buscaba a su mujer.

Franny se nos acercó a Holly y a mí el quinto día. Nos ofreció Kool-Aid de lima en vasos desechables, y bebimos.

–Estoy aquí para ayudaros –dijo.

Yo la miré a sus pequeños ojos azules rodeados de arrugas de la risa y le dije la verdad.

–Estamos aburridas.

Holly estaba ocupada en sacar la lengua lo suficiente para comprobar si se le había vuelto verde.

–¿Qué queréis? –preguntó Franny.

–No lo sé –respondí.

–Solo tenéis que desearlo, y si lo deseáis lo bastante y comprendéis por qué lo hacéis, lo sabéis de verdad, entonces sucederá.

Parecía muy sencillo, y lo era. Así fue como Holly y yo conseguimos nuestro dúplex.

Yo odiaba nuestra casa de dos plantas de la Tierra. Odiaba los muebles de mis padres, y que nuestra casa mirara a otra casa y a otra casa y a otra, un eco de uniformidad que subía por la colina. Nuestro dúplex, en cambio, daba a un parque, y a lo lejos, lo suficientemente cerca para saber que no estábamos solas, pero tampoco demasiado cerca, veíamos las luces de otras casas.

Con el tiempo empecé a desear más cosas. Lo que me extrañaba era cuánto deseaba saber lo que no había sabido en la Tierra. Quería que me dejaran hacerme mayor.

–La gente crece viviendo –dije a Franny–. Yo quiero vivir.

–Eso está descartado –contestó ella.

–¿Podemos ver al menos a los vivos? –preguntó Holly.

–Ya lo hacéis –respondió ella.

–Creo que se refiere a sus vidas enteras –dije–, de principio a fin, para ver cómo lo han hecho ellos. Saber los secretos. Así podríamos simular mejor.

–Eso no lo experimentaréis –aclaró Franny.

–Gracias, Central de Inteligencia –dije, pero nuestros cielos empezaron a ampliarse.

Yo seguía estando en el instituto, con toda la arquitectura del Fairfax, pero ahora salían caminos de él.

–Seguid los senderos –dijo Franny– y encontraréis lo que necesitáis.

Así fue como Holly y yo nos pusimos en camino. En nuestro cielo había una tienda de helados donde, si pedías determinados sabores, nunca te decían: «No es la época»; había un periódico donde a menudo aparecían fotos nuestras que nos hacían parecer importantes; había en él hombres de verdad y mujeres guapas, porque Holly y yo teníamos devoción por las revistas de moda. A veces Holly no parecía prestar mucha atención, y otras desaparecía mientras yo la buscaba. Era cuando iba a una parte del cielo que no compartíamos. Yo la echaba de menos entonces, pero era una manera extraña de echar de menos, porque a esas alturas conocía el significado de «siempre».

Yo no podía conseguir lo que más deseaba: que el señor Harvey estuviera muerto y yo viva. El cielo no era perfecto. Pero llegué a creer que, si observabas con atención y lo deseabas, podías cambiar la vida de los seres que querías en la Tierra.

Fue mi padre el que respondió a la llamada telefónica el 9 de diciembre. Era el comienzo del fin. Dio a la policía mi grupo sanguíneo, tuvo que describir el tono claro de mi piel. Le preguntaron si yo tenía algún rasgo distintivo que me identificara. Él empezó a describir minuciosamente mi cara y se perdió en ella. El detective Fenerman lo dejó continuar, ya que la siguiente noticia que debía comunicarle era demasiado horrible para interrumpirlo. Pero luego se lo dijo:

–Señor Salmon, solo hemos encontrado una parte del cuerpo.

Mi padre estaba de pie en la cocina y le recorrió un desagradable escalofrío. ¿Cómo iba a decírselo a Abigail?

–Entonces, ¿no están seguros de si está muerta? –preguntó.

–No hay nada seguro –respondió Len Fenerman.

Esa fue la frase que mi padre repitió a mi madre.

–No hay nada seguro.

Durante tres noches no había sabido cómo tocar a mi madre o qué decirle. Nunca se habían sentido desesperados al mismo tiempo. Por lo general, uno necesitaba al otro, nunca se habían necesitado a la vez, y por tanto había habido una manera, tocándose, de tomar prestadas fuerzas del más fuerte. Y nunca habían comprendido como entonces el significado de la palabra «horror».

–No hay nada seguro –repitió mi madre, aferrándose a ello como él había esperado que hiciera.

Mi madre era la única que había sabido lo que significaba cada colgante de mi pulsera, de dónde lo habíamos sacado y por qué me gustaba. Hizo una lista meticulosa de todo lo que había llevado y cómo había ido vestida. Si encontraran esas pistas a kilómetros de distancia y aisladas a un lado de la carretera, podrían conducir hasta allí a un policía que las relacionara con mi muerte.

Me había debatido mentalmente entre la alegría agridulce de ver a mi madre enumerando todas las cosas que yo había llevado puestas y que me gustaban, y su vana ilusión de que esas cosas tenían importancia. Que un desconocido que encontrara una goma de borrar de un personaje de dibujos animados o una chapa de una estrella del rock acudiría a la policía.

Después de la llamada de Len, mi padre le tendió una mano a mi madre y los dos se sentaron en la cama, mirando fijamente al frente: mi madre como una zombi, aferrándose a esa lista de objetos, y mi padre con la sensación de estar metiéndose en un túnel oscuro. En algún momento se puso a llover. Me daba cuenta de que los dos pensaban lo mismo, pero no lo expresaban en voz alta. Que yo estaba allí fuera en alguna parte, bajo la lluvia. Que esperaban que no estuviera en peligro, que me hubiera resguardado de la lluvia en algún lugar y no pasara frío.

Ninguno de los dos sabía quién se había dormido antes; con los huesos doloridos por el agotamiento, se durmieron y se despertaron al mismo tiempo, sintiéndose culpables. La lluvia, que había cambiado varias veces a medida que bajaban las temperaturas, ahora era granizo, y el ruido de pequeñas piedras de hielo contra el tejado los despertó a la vez.

No hablaron. Se miraron a la tenue luz de la lámpara que habían dejado encendida al otro lado de la habitación. Mi madre se echó a llorar y mi padre la abrazó, le secó con las yemas de los dedos las lágrimas que corrían por sus pómulos y la besó con delicadeza en los ojos.

Yo desvié la mirada mientras se abrazaban. La desplacé hacia el campo de trigo, para ver si había algo a la vista que la policía pudiera encontrar por la mañana. El granizo dobló los tallos y obligó a todos los animales a guarecerse. A poca profundidad estaban las madrigueras de los conejos que tanta gracia me habían hecho, los conejos que se comían las hortalizas y las flores del vecindario, y a veces, sin darse cuenta, llevaban veneno a sus madrigueras. Entonces, bajo tierra y muy lejos de la mujer o el hombre que había rociado su huerto de cebo tóxico, toda una familia de conejos se acurrucaba para morir.

La mañana del día 10, mi padre vació la botella de whisky en el fregadero de la cocina. Lindsey le preguntó por qué lo hacía.

–Tengo miedo de bebérmelo –dijo.

–¿Quién ha llamado? –preguntó mi hermana.

–¿Llamado?

–Te he oído decir lo que siempre dices de la sonrisa de Susie. De las estrellas que estallan.

–¿He dicho eso?

–Te has puesto un poco cursi. Era un poli, ¿verdad?

–¿Nada de mentiras?

–Nada de mentiras –acordó Lindsey.

–Han encontrado una parte de un cuerpo. Podría ser de Susie.

Fue un fuerte golpe en el estómago.

–¿Qué?

–No hay nada seguro –tanteó mi padre.

Lindsey se sentó a la mesa de la cocina.

–Voy a vomitar –dijo.

–¿Cariño?

–Papá, quiero que me digas qué es, qué parte del cuerpo es, y luego tendré que vomitar.

Mi padre bajó un gran recipiente metálico, lo llevó a la mesa y lo dejó cerca de Lindsey antes de sentarse a su lado.

–Está bien –dijo ella–. Dímelo.

–Un codo. Lo ha encontrado el perro de los Gilbert.

Mi padre le cogió la mano y entonces ella vomitó, como había prometido hacer, en el brillante recipiente plateado.

Más tarde, esa mañana, el cielo se despejó, y no muy lejos de mi casa la policía acordonó el campo de trigo y emprendió su búsqueda. La lluvia, aguanieve, nieve y granizo, al derretirse y mezclarse, habían dejado el suelo empapado; aun así, había una zona donde habían removido recientemente la tierra. Empezaron a cavar por allí.

En algunas partes, según se averiguó más tarde en el laboratorio, había una fuerte concentración de mi sangre mezclada con la tierra, pero en esos momentos la policía se sentía cada vez más frustrada, cavando en el suelo frío y húmedo en busca de una niña.

A lo largo del borde del campo de fútbol se habían detenido unos cuantos vecinos a una distancia respetuosa del cordón de la policía, intrigados por los hombres con pesadas parkas azules que manejaban palas y rastrillos como si se tratara de herramientas médicas.

Mis padres se habían quedado en casa. Lindsey no salió de su habitación. Buckley estaba en casa de su amigo Nate, donde pasó mucho tiempo esos días. Le habían dicho que me había quedado más días en casa de Clarissa.

Yo sabía dónde estaba mi cuerpo, pero no podía decírselo. Observé y esperé a ver qué veían. Y de pronto, a media tarde, un policía levantó un puño cubierto de tierra y gritó:

–¡Aquí! –exclamó, y los demás agentes echaron a correr y lo rodearon.

Todos los vecinos se habían ido a casa menos la señora Stead. Después de conferenciar con los demás agentes alrededor del que había hecho el descubrimiento, el detective Fenerman deshizo el oscuro corro y se acercó a ella.

–¿Señora Stead? –preguntó por encima del cordón que los separaba.

–Sí.

–¿Tiene usted una hija en el colegio?

–Sí.

–¿Sería tan amable de acompañarme?

Un joven agente condujo a la señora Stead por debajo del cordón policial y a través del campo de trigo revuelto y lleno de baches donde se hallaban los demás hombres.

–Señora Stead –dijo Len Fenerman–, ¿le resulta familiar esto? –Levantó un ejemplar en rústica de Matar a un ruiseñor–. ¿Leen esto en el colegio?

–Sí –respondió ella, palideciendo al pronunciar el monosílabo.

–¿Le importa si le pregunto…? –empezó a decir él.

–Noveno grado –dijo ella, mirando los ojos azul pizarra de Len Fenerman–. El curso de Susie.

Era terapeuta, y confiaba en su habilidad para encajar las malas noticias y hablar con racionalidad de los detalles escabrosos de la vida de sus pacientes, pero se sorprendió a sí misma apoyándose en el joven agente que la había acompañado hasta allí. Me di cuenta de que le habría gustado haberse ido a casa con los demás vecinos y estar ahora en el salón con su marido, o fuera, en el patio trasero, con su hijo.

–¿Quién da la clase?

–La señorita Dewitt –dijo–. A los chicos les parece un regalo después de Otelo.

–¿Otelo?

–Sí –dijo ella; sus conocimientos sobre el colegio de pronto eran muy importantes, con todos los agentes escuchándola–. A la señorita Dewitt le gusta graduar la dificultad de las lecturas, y justo antes de Navidad hace un gran esfuerzo con Shakespeare y después reparte Harper Lee como premio. Si Susie llevaba Matar a un ruiseñor ya debía de haber entregado su trabajo sobre Otelo.

Toda esa información se verificó.

La policía hizo llamadas. Yo observaba cómo se ampliaba el círculo. La señorita Dewitt tenía mi trabajo. Con el tiempo, se lo enviaría por correo a mis padres sin corregir. «He pensado que tal vez les gustaría guardarlo –había escrito en una nota–. Mi más sentido pésame.» Lindsey se quedó con él porque mi madre no se vio con fuerzas para leerlo. «El condenado al ostracismo: un hombre solo», lo había titulado yo. Lindsey había sugerido «El condenado al ostracismo» y yo había añadido la segunda parte. Mi hermana le había hecho tres agujeros y había guardado cada hoja escrita cuidadosamente a mano en un cuaderno vacío. Lo dejó en su armario debajo de su maleta de Barbie y la caja donde guardaba sus muñecos Ann y Andy Raggedy en perfecto estado, que yo tanto le había envidiado.

El detective Fenerman telefoneó a mis padres. Habían encontrado un libro de texto que podían haberme dado ese último día.

–Pero podría ser de cualquiera –dijo mi padre a mi madre al comienzo de otra agitada noche en vela–. O podría habérsele caído por el camino.

Aumentaban las pruebas, pero ellos se resistían a creer.

Dos días después, el 12 de diciembre, la policía encontró mis apuntes de la clase del señor Botte. Los animales se habían llevado la libreta de donde había estado inicialmente enterrada: la tierra no coincidía con las muestras de los alrededores, pero habían encontrado el papel cuadriculado con las teorías garabateadas que yo no había entendido, pero aun así había copiado obedientemente, cuando un gato había derribado un nido de cuervo. Entremezclados con las hojas y las ramitas estaban los trozos de papel. La policía separó el papel cuadriculado junto con fragmentos de otra clase de papel, más fino y quebradizo, que no tenía rayas.

La niña que vivía en la casa del árbol reconoció parte de la letra. No era la mía, sino la del chico que estaba colado por mí, Ray Singh. En papel de arroz especial de su madre, me había escrito una nota de amor que yo nunca llegué a leer. Me la había metido en el cuaderno el miércoles, mientras estábamos en el laboratorio. Tenía una caligrafía elegante. Cuando llegaron los agentes, tuvieron que juntar los trozos de mi libreta de biología y los de la nota amorosa de Ray Singh.

–Ray no se encuentra bien –dijo su madre cuando un detective llamó a su casa y quiso hablar con él. Pero a través de ella averiguaron lo que querían saber. Ray asintió a medida que ella le repetía las preguntas de la policía. Sí, le había escrito una nota de amor a Susie Salmon. Sí, la había metido en el cuaderno de Susie después de que el señor Botte le hubiera pedido a ella que recogiera los ejercicios. Sí, se había llamado a sí mismo el Moro.

Ray Singh pasó a ser el primer sospechoso.

–¿Ese chico tan encantador? –le dijo mi madre a mi padre.

–Ray Singh es simpático –dijo mi hermana con voz monótona durante la cena de esa noche.

Observé a mi familia y supe que lo sabían. No había sido Ray Singh.

La policía irrumpió en su casa y lo intimidó, insinuando cosas. Les estimulaba la piel oscura de Ray, que para ellos era sinónimo de culpabilidad, así como la rabia que les provocaba sus modales, y su hermosa pero demasiado exótica e inalcanzable madre. Pero Ray tenía una coartada. Podían llamar a un buen número de países que testificarían a su favor. Su padre, que enseñaba historia poscolonial en Penn, le había pedido a su hijo que hablara de la experiencia de los adolescentes en una conferencia que había organizado la International House el día que yo morí.

Al principio, el hecho de que Ray faltara aquel día al colegio se había considerado una prueba de su culpabilidad, pero en cuanto la policía recibió una lista de los cuarenta y cinco asistentes que habían visto hablar a Ray en la conferencia «Zonas residenciales de las afueras: la experiencia americana», se vieron obligados a reconocer su inocencia. Se quedaron a la puerta de la casa de los Singh, rompiendo ramitas de los setos. Habría sido tan fácil, tan mágico, que la respuesta que buscaban hubiera caído literalmente del cielo desde un árbol. Pero se extendieron los rumores, y los pocos progresos

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