Índice
Cubierta
Asfixia
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Notas
Biografía
Créditos
Acerca de Random House Mondadori
Para Lump. Para siempre
1
Si vas a leer esto, no te preocupes.
Al cabo de un par de páginas ya no querrás estar aquí. Así que olvídalo. Aléjate. Lárgate mientras sigas entero.
Sálvate.
Seguro que hay algo mejor en la televisión. O, ya que tienes tanto tiempo libre, a lo mejor puedes hacer un cursillo nocturno. Hazte médico. Puedes hacer algo útil con tu vida. Llévate a ti mismo a cenar. Tíñete el pelo.
No te vas a volver más joven.
Al principio lo que se cuenta aquí te va a cabrear. Luego se volverá cada vez peor.
Lo que vas a encontrar aquí es la estúpida historia de un niño estúpido. Una estúpida historia real sobre alguien con quien nunca te querrías cruzar. Imagínate a un pobre colgado de mierda que no te llega a la cintura, con una mata de pelo rubio peinado con raya al lado. Imagínate a esa mierdecilla de niñato sonriendo en sus viejas fotos de la escuela con agujeros donde se le han caído los dientes de leche y los primeros dientes adultos saliéndole cada uno por su lado. Imagínatelo llevando un jersey estúpido a rayas azules y amarillas, un jersey que le regalaron por su cumpleaños y que era su favorito. Ya a esa temprana edad, imagínatelo mordiéndose sus uñas de gilipollas. Sus zapatos favoritos son los Keds. Su comida favorita las putas salchichas rebozadas de maíz.
Imagínate a un capullín sin cinturón de seguridad y subido con su mamaíta a un autobús escolar robado después de la cena. Y como hay un coche de la policía aparcado frente a su motel, la mamaíta pasa zumbando a cien kilómetros por hora.
Esto trata sobre un bichejo estúpido que está claro que es el mequetrefe soplón y llorón más estúpido que jamás ha existido.
Menudo mamoncillo.
—Tenemos que darnos prisa —dice la mamaíta, y conduce el autobús colina arriba por una carretera estrecha, con las ruedas traseras patinando de un lado a otro sobre el hielo. A la luz de sus faros la nieve se ve azul y se extiende desde el arcén de la carretera hasta el bosque oscuro.
Imagínate que todo esto es culpa de él. Del pequeño subnormalín.
La mamaíta detiene el autobús a poca distancia de la base de un risco, de forma que los faros iluminan su superficie blanca, y dice:
—Hasta aquí hemos llegado. —Las palabras salen en forma de nubes blancas de vapor que ilustran lo grandes que son por dentro sus pulmones.
La mamaíta pone el freno de mano y dice:
—Puedes salir, pero deja el abrigo en el autobús.
Imagínate a ese mocoso imbécil dejando que la mamaíta lo coloque delante del autobús escolar. Ese pequeño Benedict Arnold de pega se queda mirando la luz de los faros y deja que la mamaíta le quite su jersey favorito por la cabeza. Ese llorón de mierda se queda ahí en la nieve, medio desnudo, mientras el motor del autobús sigue encendido y su rugido arranca ecos del risco y la mamaíta desaparece en dirección a alguna parte detrás de él en la oscuridad y el frío. Los faros lo ciegan y el ruido del motor tapa el crujido que el viento arranca a los árboles. El aire está demasiado frío para respirar más de una bocanada cada vez, y va esa pequeña membrana mucosa y se pone a respirar el doble de rápido.
No se escapa. No hace nada.
Desde detrás de él, la mamaíta dice:
—Ahora, hagas lo que hagas, no te gires.
La mamaíta le cuenta que había una chica muy guapa en la antigua Grecia, hija de un alfarero.
Igual que siempre que ella sale de la cárcel y va a buscarlo, el niño y la mamaíta pasan cada noche en un motel distinto. Se alimentan a base de comida rápida y se pasan el día entero conduciendo. Hoy a la hora de comer el niño ha intentado comerse su salchicha rebozada cuando todavía estaba demasiado caliente y ha estado a punto de zampársela de un bocado, pero se ha atragantado y se ha quedado sin respiración y sin habla hasta que la mamaíta se ha levantado de golpe de su silla para ayudarlo.
Los dos brazos lo han abrazado desde detrás, le han levantado los pies del suelo y la mamaíta ha dicho entre dientes:
—¡Respira! ¡Respira, joder!
Después, el niño se ha echado a llorar y todo el restaurante se ha congregado a su alrededor.
En ese momento ha parecido que al mundo entero le importaba lo que le sucediera. Toda aquella gente estaba abrazándolo y acariciándole el pelo. Todo el mundo le preguntaba si estaba bien.
Parecía que aquel momento iba a durar para siempre. Que uno tenía que arriesgar la vida para conseguir amor. Uno tenía que caminar al borde de la muerte para que lo salvaran.
—Muy bien. Vamos —le ha dicho la mamaíta mientras le secaba la boca—. Te he dado la vida.
Un momento más tarde una camarera lo ha reconocido gracias a una foto impresa en un viejo cartón de leche, así que la mamaíta ha metido al llorón de mierda en el autobús y ha puesto rumbo al motel a cien por hora.
En el camino de regreso, han salido de la carretera y han comprado un bote de pintura negra en espray.
Después de todas las prisas, el sitio al que han llegado es el culo del mundo en mitad de la noche.
Ahora el niño estúpido oye detrás de él el ruido que hace su madre al agitar el bote de espray, la bolita que hay dentro golpeando contra las paredes del bote, y la mamaíta le explica que la muchacha de la Grecia antigua estaba enamorada de un joven.
—Pero el joven era de otro país y tenía que volver a casa —dice la mamaíta.
Se oye un susurro y el niño huele a pintura en espray. El ruido del motor del autobús cambia. Se vuelve metálico, se acelera y se hace más fuerte. El autobús empieza a balancearse ligeramente de un lado a otro.
Así que una noche la muchacha y su amante se reunieron, dice la mamaíta. La muchacha trajo una lámpara y la puso de forma que proyectara la sombra de su amante en la pared.
El susurro del espray se detiene y vuelve a empezar. Se oye un susurro corto y luego un susurro largo.
Y la mamaíta cuenta que la muchacha dibujó el contorno de la sombra de su amante para poder tener siempre un recuerdo de su aspecto, un registro de aquel momento exacto, el último momento que iban a pasar juntos.
Nuestro pequeño llorica sigue mirando fijamente los faros. Se le llenan los ojos de lágrimas y cuando los cierra sigue viendo la luz brillante, roja a través de los párpados, de su propia carne y su propia sangre.
Y la mamaíta dice que al día siguiente el amante de la muchacha se había ido, pero su sombra seguía allí.
Durante un segundo el niño mira en dirección al sitio donde la mamaíta está dibujando el contorno de su estúpida sombra sobre la pared del risco y descubre que está tan lejos que su sombra es una cabeza más alta que su madre. Sus brazos escuálidos parecen enormes. Sus piernecillas cortas y gruesas parecen largas. Sus hombros estrechos se expanden.
Y la mamaíta le dice:
—No mires. No muevas un solo músculo o me estropearás la faena.
Y el chivatillo de las narices se da media vuelta para mirar los faros.
El bote de espray susurra y la mamaíta le cuenta que antes de los griegos no existía el arte. Así fue como se inventó la pintura. Le cuenta que el padre de la muchacha usó el contorno de la pared para modelar una versión en arcilla del joven y así fue como se inventó la escultura.
—El arte nunca nace de la felicidad —le dice la mamaíta, en serio.
Así es como nacieron los símbolos.
El niño permanece de pie, temblando a la luz de los faros, intentando no moverse, y la mamaíta continúa con su trabajo, diciéndole a la sombra enorme que algún día él enseñará a la gente todo lo que ella le ha enseñado. Algún día será un médico que salvará vidas. Les devolverá la felicidad. O algo mejor que la felicidad: la paz.
Será respetado.
Algún día.
Todo esto tiene lugar después de descubrirse que el Conejo de Pascua no existe. Incluso después de Santa Claus y el ratoncito Pérez y san Cristóbal y la física newtoniana y el modelo atómico de Niels Bohr, ese niño estúpido como él solo sigue creyendo a su mamaíta.
Algún día, cuando haya crecido, le dice la mamaíta a la sombra, el niño regresará aquí y comprobará que se ha convertido exactamente en el mismo contorno que ella está dibujando esta noche.
Los brazos desnudos del niño tiemblan de frío.
Y la mamaíta dice:
—Contrólate, joder. Quédate quieto o lo vas a estropear todo.
Y el niño intenta calentarse, pero por mucha luz que den, los faros no dan ningún calor.
—Necesito trazar el contorno con claridad —dice la mamaíta—. Si tiemblas vas a salir borroso.
No será hasta muchos años después, cuando ese mequetrefe perdedor se haya graduado con matrícula de honor y se haya roto los cuernos para entrar en la facultad de medicina de la University of Southern California (cuando tenga veinticuatro años y esté en segundo de medicina, momento en que a su madre le harán el diagnóstico y a él lo nombrarán su tutor), no será hasta entonces que este bufoncete patético caerá en la cuenta de que hacerse fuerte, rico y listo no es más que la primera parte de la historia de la vida de uno.
Ahora al niño le duelen los oídos por culpa del frío. Se siente mareado e hiperventilado. Tiene toda la piel de gallina en su pecho estrecho de soplón. Los pezones se le han erizado por el frío y se le han convertido en granos rojos y duros, y el pequeño chiquilicuatro se dice a sí mismo: De veras, me merezco esto.
Y la mamaíta dice:
—Al menos intenta ponerte derecho.
El niño echa los hombros hacia atrás y se imagina que los faros son un pelotón de fusilamiento. Se merece una neumonía. Se merece la tuberculosis.
Véase también: hipotermia.
Véase también: fiebre tifoidea.
Y la mamaíta dice:
—Después de esta noche, ya no te fastidiaré más.
El motor del autobús marcha al ralentí, produciendo un largo tornado de humo azul.
Y la mamaíta dice:
—Así que quédate quieto y no me obligues a darte unos azotes.
Y está claro como el agua que el mocoso necesita unos azotes. Se merece todo lo que le pueda pasar. Es el mismo pobre palurdo iluso que realmente se creyó que el futuro iba a ser mejor. Si uno trabajaba duro. Si uno aprendía lo suficiente. Si corría lo bastante deprisa. Que todo saldría bien y uno llegaría a ser algo en la vida.
Llegan ráfagas de viento y caen restos de nieve reseca de los árboles. Los copos de nieve le queman en las orejas y las mejillas. Hay nieve fundiéndose entre los cordones de sus zapatos.
—Ya verás —le dice la mamaíta—. Vale la pena sufrir un poco por esto.
Esta será una historia que él le contará a su propio hijo algún día.
La muchacha de la Antigüedad, le cuenta la mamaíta, nunca volvió a ver a su amante.
Y el niño es lo bastante estúpido como para creer que una pintura o una escultura o una historia pueden reemplazar de alguna forma a alguien a quien quieres.
Y la mamaíta dice:
—Tienes mucha vida por delante.
Es duro de asimilar, pero hablamos del mismo niñato estúpido, perezoso y ridículo que se quedó temblando, guiñando los ojos ante la luz y el rugido, y que creyó que el futuro sería luminoso. Imagínate a alguien tan estúpido como para crecer sin saber que la esperanza no es más que otra fase que uno deja atrás. Pensando que uno puede hacer algo, cualquier cosa, que dure para siempre.
El mero hecho de recordar todo esto parece estúpido. Es un prodigio que él haya vivido tanto tiempo.
Así que, nuevamente, si vas a leer esto, no lo hagas.
Esto no trata de nadie valiente y amable y esforzado. Él no es nadie de quien te vayas a enamorar.
Solo para que lo sepas, lo que estás leyendo es la historia completa y sin concesiones de un adicto. Porque en la mayoría de los programas de desintoxicación en doce pasos, el cuarto te obliga a hacer inventario de tu vida. Tienes que coger un cuaderno y apuntar hasta el último detalle patético y vergonzoso de tu vida. Un inventario completo de tus crímenes. De esa forma, tienes todos tus pecados delante de las narices. Y entonces debes arreglarlo todo. Esto vale para los alcohólicos, los drogadictos, los bulímicos y también para los adictos al sexo.
De esta forma uno puede volver atrás y revisar lo peor de la propia vida siempre que quiera.
Porque se supone que los que olvidan el pasado están condenados a repetirlo.
De forma que si estás leyendo esto, a decir verdad, no es de tu incumbencia.
El niñato estúpido y la noche fría, todo se convertirá en unas cuantas estupideces más de las que piensas cuando estás practicando el sexo para tardar más en correrte. Si eres un tío.
El mismo mamoncillo cagón cuya mamaíta le dijo:
—Quédate un poco más, inténtalo con más empeño y todo irá bien.
Ja.
La misma mamaíta que le dijo:
—Algún día verás que el esfuerzo habrá valido la pena. Te lo prometo.
Y aquel capullín, aquel mamoncillo estúpido entre los estúpidos, se quedó allí temblando todo ese tiempo, medio desnudo en medio de la nieve, y realmente se creyó que alguien podía prometer algo tan imposible.
Así que si crees que esto te va a salvar…
Si crees que hay algo que te vaya a salvar…
Considera esto la última advertencia.
2
Está oscuro y empieza a llover cuando llego a la iglesia y Nico está esperando que alguien abra la puerta lateral, abrazándose a sí misma para quitarse el frío.
—Aguántame esto —dice, y me da algo caliente y sedoso—. Solamente un par de horas. No tengo bolsillos.
Lleva una chaqueta hecha de una especie de ante falso de color naranja con un cuello de piel de color naranja brillante. La falda del vestido con estampado de flores le sobresale por debajo. No lleva medias. Sube los escalones de la entrada de la iglesia, pisando con cuidado y de lado con sus zapatos negros de tacón de aguja.
Lo que me da está caliente y húmedo.
Son sus medias. Y sonríe.
Al otro lado de las puertas de cristal hay una mujer fregando el suelo. Nico golpea el cristal y se señala el reloj de pulsera. La mujer devuelve la fregona al cubo. Levanta la fregona y la estruja. Apoya el mango de la fregona junto al umbral de la puerta y se saca un manojo de llaves del bolsillo de la bata. Mientras está abriendo la puerta, la mujer grita a través del cristal.
—Esta noche tienen que ir a la sala doscientos treinta y cuatro —dice la mujer—. La sala de catequesis.
Ya está llegando más gente al aparcamiento. Suben las escaleras, nos saludan y yo me meto las medias de Nico en el bolsillo. Detrás de mí, otra gente sube a toda prisa los últimos escalones para llegar antes de que se cierre la puerta. Aunque cueste de creer, aquí todos nos conocemos.
Esta gente son leyendas vivientes. Llevamos años oyendo noticias de cada uno de estos hombres y mujeres.
En los años cincuenta, una de las marcas más importantes de aspiradoras probó una pequeña mejora en su diseño. Añadió una hélice, unas aspas afiladas como cuchillas acopladas unos cuantos centímetros en el interior de la manguera de la aspiradora. El aire al entrar hacía girar la hélice y la cuchilla cortaba todas las hilachas, cordeles o pelos de animales domésticos que pudieran obturar la manguera.
Al menos ese era el plan.
Lo que pasó es que muchos de estos hombres acabaron en la sala de urgencias del hospital con la polla destrozada.
Al menos ese es el mito.
Aquella vieja leyenda urbana acerca de la fiesta sorpresa para una guapa ama de casa en la que todos los amigos y la familia se esconden en una habitación y cuando salen y gritan «¡Feliz cumpleaños!» se la encuentran despatarrada en el sofá con el perro de la familia lamiéndole mantequilla de cacahuete de la entrepierna…
Bueno, pues esa tía existe.
Aquella mujer legendaria que se la está chupando a un tío que está conduciendo y el tío pierde el control del coche y da un frenazo tan fuerte que ella le corta la polla en dos cachos de un mordisco, yo los conozco a los dos.
Esos hombres y esas mujeres, están todos aquí.
Esa gente es la razón de que todas las salas de urgencias tengan un taladro con punta de diamante. Es para perforar el fondo de las botellas de champán y de refrescos. Para disminuir la succión.
La misma gente que llega de noche caminando como patos y explica que ha tropezado y se ha caído encima de calabacines, bombillas, muñecas Barbie, pelotas de billar, de jerbos pataleando.
Véase también: el taco de billar.
Véase también: el hámster de peluche.
Han resbalado en la ducha y se han caído con precisión tremenda encima de una botella de champú engrasada. Siempre los está atacando una persona o personas desconocidas que los asaltan con velas, bolas de béisbol, con huevos duros, linternas y destornilladores que ahora hay que sacarles. Aquí vienen los tíos que se han quedado atascados en la entrada de agua de sus bañeras de hidromasaje.
En mitad del pasillo que lleva a la sala 234, Nico me empuja contra la pared. Espera a que pase de largo la gente y me dice:
—Conozco un sitio al que podemos ir.
Todos los demás pasan de camino a la sala de catequesis de color pastel y Nico les dedica una sonrisa. Hace girar un dedo junto a la oreja, lo que en el lenguaje internacional de signos quiere decir locura, y dice: «Perdedores». Luego me empuja en la dirección contraria, hacia un letrero que dice: MUJERES.
Entre la gente de la sala 234 está el inspector sanitario falso que llamaba a chicas de catorce años para hacerles encuestas sobre el aspecto de sus vaginas.
Aquí está la cheerleader a quien hicieron un lavado de estómago y le sacaron un cuarto de kilo de semen. Se llama LouAnn.
El tipo del cine que se quedó con la polla encallada en el fondo de un paquete de palomitas, podéis llamarle Steve, y esta noche su culo penoso está sentado frente a una mesa manchada de pintura, embutido en una silla de plástico para niños de la sala de catequesis.
Toda esa gente que creías que eran un chiste. Ve con ellos y ríete hasta que se te caiga la puñetera cabeza.
Son los compulsivos sexuales.
Toda esa gente que creías que eran leyendas urbanas, pues bueno, son humanos. Tienen rostros y nombres propios. Trabajos y familias. Carreras universitarias y antecedentes policiales.
En el lavabo de mujeres, Nico me hace tumbarme sobre las baldosas frías del suelo y se inclina sobre mis caderas para bajarme los pantalones. Con la otra mano, me coge por la nuca y acerca mi cara y mi boca abierta hacia la suya. Mientras su lengua forcejea con la mía, me humedece la punta del rabo con la yema del pulgar. Me tira de los vaqueros hacia abajo. Se levanta el dobladillo del vestido haciendo una especie de reverencia con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. Apoya con fuerza su pubis sobre mi pubis y me dice algo en la nuca.
—Dios, qué preciosa eres —le digo, porque durante los próximos segundos puedo hacerlo.
Nico se separa para mirarme a la cara y me dice:
—¿Qué se supone que quiere decir eso?
Y yo le digo:
—No lo sé. Nada, supongo. No importa.
Las baldosas huelen a desinfectante y noto su tacto arenoso en el culo. Las paredes convergen en un techo de baldosas antirruido surcado por conductos de ventilación recubiertos de polvo y de porquería. La papelera metálica oxidada para las compresas usadas huele a sangre.
—Tu permiso de salida —le digo. Chasqueo los dedos—. ¿Lo has traído?
Nico levanta un poco las caderas y luego se apoya, se levanta y se acomoda. Con la cabeza todavía echada hacia atrás y los ojos cerrados, se mete la mano por el cuello del vestido, saca una hoja de papel azul doblada en cuatro y me la pone sobre el pecho.
—Buena chica —le digo, y me saco el bolígrafo que llevo sujeto al bolsillo de la camisa.
Un poco más arriba cada vez, Nico levanta las caderas y se sienta encima de mí. Ejerciendo una ligera presión de adelante hacia atrás. Con una mano plantada encima de cada muslo, se levanta y se deja caer.
—Una vueltecita —le digo—. Una vueltecita, Nico.
Abre los ojos a medias y mira hacia abajo en mi dirección. Yo hago un movimiento circular con el bolígrafo como cuando uno remueve una taza de café. Incluso a través de la ropa, la cuadrícula de las baldosas se me está quedando grabada en la espalda.
—Una vueltecita —le digo—. Hazlo por mí, nena.
Nico cierra los ojos y se recoge la falda en la cintura con las manos. Apoya todo su peso en mis caderas y me pasa un pie por encima de la barriga. Luego pasa el otro pie al otro lado, de forma que sigue estando encima de mí pero ahora mirando a mis pies.
—Bien —le digo, y despliego el papel azul. Lo extiendo sobre su espalda curvada e inclinada hacia delante y firmo en la parte inferior, en el espacio en blanco reservado al avalador. A través de su vestido se nota la parte de atrás del sujetador, un elástico con cinco o seis ganchitos metálicos. Se notan también las costillas bajo una gruesa capa de músculos.
Ahora mismo en la sala 234, al otro lado del pasillo, está la novia del primo de tu mejor amigo, esa chica que casi se murió follando con la palanca de cambios de un Ford Pinto después de tomar cantárida. Se llama Mandy.
Hay un tío que se coló en un hospital con una bata blanca y se puso a hacer exámenes pélvicos.
Hay un tío que siempre se queda tumbado en habitaciones de motel, desnudo encima de las colchas con su erección matinal, y finge dormir hasta que entra la camarera.
Todos esos amigos de amigos de amigos de amigos sobre los que uno oye rumores… están todos aquí.
El tipo mutilado por la ordeñadora automática se llama Howard.
La chica a la que encontraron colgada de la barra de la cortina de la bañera medio muerta de asfixia autoerótica se llama Paula y es adicta al sexo.
Hola, Paula.
Dame sobones de metro. Dame exhibicionistas con gabardina.
El tipo que instala cámaras dentro de la tapa de un retrete de mujeres.
El tipo que frota su semen en la solapa de los sobres de los cajeros automáticos.
Todos los mirones. Las ninfómanas. Los viejos verdes. Los que acechan en los vestuarios. Los que meten mano.
Todos esos cocos sexuales, hombres y mujeres, acerca de los que tu madre te previno. Todas esas historias de miedo para que fueras con cuidado.
Estamos todos aquí. Vivitos y renqueando.
Este es el mundo de la terapia de doce pasos contra la adicción sexual. De la conducta sexual compulsiva. Todas las noches de la semana se reúnen en el cuarto de atrás de alguna iglesia. En la sala de conferencias de algún centro cívico. Todas las noches en todas las ciudades. Incluso hay reuniones virtuales en internet.
A mi mejor amigo, Denny, lo conocí en una reunión de adictos al sexo. Denny había llegado a un punto en que tenía que masturbarse quince veces al día solamente para quedarse tranquilo. Apenas podía cerrar el puño y estaba preocupado por lo que podía provocarle a largo plazo tanto lubricante a base de petróleo.
Había pensado en pasarse a alguna loción, pero cualquier cosa que ablandara la piel le parecía contraproducente.
Denny y todos esos hombres y mujeres que te parecen tan horribles y grotescos y patéticos, aquí es donde se sueltan el pelo. Aquí es donde vienen a sincerarse.
Aquí hay prostitutas y delincuentes sexuales con un permiso para salir tres horas de sus celdas de seguridad, codo a codo con mujeres enganchadas al sexo en grupo y hombres que la chupan en librerías para adultos. Aquí la puta se reúne con el putero. El agresor sexual con el agredido.
Nico me acerca su culo grande y blanco a la punta del rabo y se deja caer. Sube y baja. Montando mi cuerpo con todas sus fuerzas. Elevándose y bajando de golpe. Mientras golpea mis caderas, los músculos de sus brazos se hinchan. Los muslos se me ponen blancos y se entumecen bajo sus manos.
—Ahora que nos conocemos —le digo—, ¿dirías que te gusto, Nico?
Ella gira la cabeza para mirarme por encima del hombro.
—Cuando seas médico podrás extender recetas de cualquier cosa, ¿no?
Eso será si vuelvo a la facultad. Nunca infravalores el poder de una licenciatura en medicina para conseguirte sexo. Levanto las manos y coloco las palmas abiertas sobre la parte interior, lisa y suave, de cada uno de sus muslos. Para ayudarla a subir y bajar, supongo, y ella entrelaza sus dedos suaves y fríos con los míos.
Con mi rabo enfundado en su interior y sin girarse, me dice:
—Mis amigas me apuestan dinero a que estás casado.
Yo le agarro el culo blanco y liso con las manos.
—¿Cuánto? —le digo.
Le digo a Nico que a lo mejor sus amigas tienen razón.
La verdad es que todos los niños criados por una madre soltera en gran medida ya nacen casados. No lo sé, pero hasta que se muere tu madre parece que el resto de las mujeres de tu vida solo pueden ser tus amantes.
En la historia edípica moderna, es la madre la que mata al padre y se lleva al hijo.
Y uno no se puede divorciar de su madre.
Ni matarla.
Y Nico dice:
—¿Qué quieres decir con «el resto de las mujeres de tu vida»? Carajo, ¿de cuántas estamos hablando? —me dice ella—. Me alegro de que usemos condón.
Para una lista completa de parejas sexuales, tendría que repasar el cuarto paso de mi terapia. El cuaderno con mi inventario moral. La historia completa y sin concesiones de mi adicción.
Eso si alguna vez me vuelvo a poner y termino el maldito cuarto paso.
Para toda la gente de la sala 234, elaborar sus doce pasos en las reuniones de adictos al sexo es una herramienta muy valiosa e importante para entender y recuperarse de… bueno, ya te haces una idea.
Para mí es un estupendo seminario de metodología. Pistas. Técnicas. Estrategias para conseguir sexo con las que nunca había soñado. Cuando cuentan sus historias, estos adictos y adictas son puñeteramente geniales. Además, están las reclusas que salen para sus tres horas de terapia oral contra la adicción sexual.
Nico entre ellas.
Los miércoles por la noche quieren decir Nico. Los viernes por la noche quieren decir Tanya. Los domingos quieren decir Leeza. Leeza tiene el sudor amarillo por culpa de la nicotina. Casi puedes rodearle la cintura con las manos porque tiene abdominales duros como la roca de tanto toser. Tanya siempre consigue colar algún tipo de juguete sexual de goma, normalmente un consolador o una sarta de bolas de látex. El equivalente sexual del premio que viene con una caja de cereales.
La vieja
