Índice
CUBIERTA
RANT. LA VIDA DE UN ASESINO
1. UNA INTRODUCCIÓN
2. ÁNGELES DE LA GUARDA
3. PERROS
4. ESTRELLAS FALSAS
5. ARTE INVISIBLE
6. EL HADA DE LOS DIENTES
7. CASA ENCANTADA
8. MARCAR EL RITMO
9. PESCA
10. HOMBRES LOBO I
11. LAS ABEJAS
12. LA COMIDA
13. IR CARGADO
14. MARCHARSE
15. CÚSPIDES ALUCINADAS
16. EL EQUIPO
17. ASESINOS A SUELDO I
18. LA CIUDAD
19. AUTOESCUELA
20. DEPÓSITOS DE CHATARRA
21. ECHO
22. UNA HISTORIA
23. AMOR
24. HOMBRES LOBO II
25. LA CABEZA DE TURCO
26. NEGARSE A ACEPTAR
27. NOCHE DE ÁRBOL
28. ÓRDENES INCRUSTADAS
29. HOMBRES LOBO III
30. DE LUTO
31. UNA VERSIÓN DE LOS HECHOS
32. EN RETROSPECTIVA
33. HOMBRES LOBO IV
34. QUÉ PASARÍA SI…
35. UN FLASHBACK
36. ASESINOS A SUELDO II
37. RESOLVER EL ORIGEN
38. «COMMUNITAS»
39. HOMBRES LOBO V
40. CONEXIONES FINALES
41. RANT REVISITADO
42. COLABORADORES
BIOGRAFÍA
CRÉDITOS
ACERCA DE RANDOM HOUSE MONDADORI
¿No hay veces en que
desearías no haber nacido?
Para mi padre, Fred Leander Palahniuk.
Ten cuidado antes de bajar de la acera. Por favor.
NOTA DEL AUTOR: Este libro está escrito al estilo de las crónicas orales, un formato que requiere entrevistar a una amplia variedad de testigos y recopilar sus testimonios. Cada vez que se interroga a múltiples fuentes acerca de una experiencia común, es inevitable que se contradigan entre ellas en alguna ocasión. Si quieren ver más biografías escritas en este estilo, pueden acudir a Capote, de George Plimpton; Edie, de Jean Stein, y Lexicon Devil, de Brendan Mullen.
1
UNA INTRODUCCIÓN
Wallace Boyer (
Vendedor de coches): Igual que la mayoría de la gente, no conocí a Rant Casey ni hablé con él hasta después de su muerte. Es lo que pasa con la mayor parte de los famosos: cuando la palman, su círculo de amigos íntimos simplemente se dispara. Un famoso muerto no puede caminar por la calle sin encontrarse con millones de amigos del alma a los que no conoció nunca en la vida real.
Morirse fue la mejor maniobra profesional que llevaron a cabo Jeff Dahmer y John Wayne Gacy. Después de que Gaetan Dugas se murió, el número de amantes que decían que habían follado con él se disparó hasta las nubes.
Tal como solía decir Rant Casey: La gente se labra una reputación atacándote mientras estás vivo… o alabándote cuando ya no lo estás.
En mi caso, yo estaba sentado en un avión, y a mi lado había sentado un palurdo. Tenía la piel como en esos accidentes de coche que dan demasiado asco mirar: llena de mordeduras y marcas y toda arrugada, y la piel del dorso de sus manos estaba hecha un asco.
La azafata le preguntó al palurdo qué quería beber. Luego le pidió que por favor me alcanzara mi bebida: whisky con hielo. Pero cuando vi aquellos dedos monstruosos rodeando el vaso de plástico, y aquellos nudillos mordidos, ya no pude poner los labios en el borde del vaso.
Con la epidemia había que tener todo el cuidado del mundo. En el aeropuerto, justo detrás del detector de metales que teníamos que atravesar, había un monitor de fiebre como los que usaban antes para controlar la propagación del SRAS. La mayoría de la gente, dice el gobierno, no tiene ni idea de que está infectada. Uno puede encontrarse bien, pero si ese monitor pita para indicar que tienes la temperatura demasiado alta te ponen en cuarentena y desapareces. Tal vez para el resto de tu vida. Sin juicio ni nada.
Para evitar riesgos, me limité a plegar la bandeja de mi asiento y a coger el vaso. Observé cómo el whisky se iba volviendo más claro y aguado. Cómo el hielo se derretía y desaparecía.
Cualquiera que se gane la vida vendiendo coches se lo podrá decir: la repetición es la madre de todos los talentos. Para aumentar los ingresos de tu concesionario hay que trabajar la comunicación.
Cualquier sitio es bueno para practicar tus habilidades. Un buen truco para recordar el nombre de alguien es mirarle a los ojos durante el tiempo suficiente como para quedarte con su color: verde, marrón o azul. Eso se llama Interrumpir la Tendencia: te impide olvidarte de las cosas tal como pasaría normalmente.
Aquel vaquero desconocido tenía los ojos de color verde brillante. Verde anticongelante.
Durante todo el vuelo de conexión entre Peco Junction y la ciudad compartimos apoyabrazos; yo en el lado de la ventanilla y él en el del pasillo. Siento tener que decirlo, pero no paraban de despegársele pedacitos de mierda seca de las botas de vaquero. Aquellas patillas largas que tenía tal vez habían atraído a las tías en el instituto, pero ahora ya estaban canosas desde la sien hasta la mandíbula. Por no mencionar aquellas manos.
A fin de ejercitar la comunicación, le pregunté cuánto le había costado el billete. Si no eres capaz de determinar las necesidades comerciales –de identificar las claves– de un desconocido al que tienes sentado codo con codo en un avión, nunca podrás convencer a nadie para que «se apropie mentalmente» de un Nissan, y ya no digamos de un Cadillac.
Para conseguir meter a alguien en un coche, hay otro truco: en todos los coches que tengas en exposición, programas el botón de emisora número uno de la radio para que suene música gospel. En el número dos pones rock and roll. En el tres, jazz. Si tu cliente potencial parece del tipo exigente-autoritario, nada más abrirle el coche haces que la radio se encienda y sintonice una emisora de noticias o de tertulias políticas. Con la gente que lleva sandalias, pulsas el botón de la radio pública. Cuando hacen girar la llave, la radio les dice lo que quieren oír. En todos los coches en exposición, tengo el botón número cinco de la radio programado con esa basura tecno-rave por si aparece algún chaval aficionado a las choquejuergas.
A las cosas como el color verde de los ojos del palurdo y la mierda de sus botas los vendedores las llamamos «apoyos mentales». A las preguntas que tienen una sola respuesta posible las llamamos «preguntas cerradas». Las preguntas que hacen hablar a los clientes son «preguntas abiertas».
Por ejemplo:
–¿Por cuánto le ha salido su billete de avión?
Esa es una pregunta cerrada.
El hombre dio un sorbo a su vaso de whisky y tragó. Sin dejar de mirar al frente, dijo:
–Cincuenta dólares.
Un buen ejemplo de pregunta abierta sería: «¿Cómo vive usted con esas manos todas mordidas y llenas de cicatrices?».
Yo le pregunté: ¿Solamente ida?
–Ida y vuelta –dijo, y su mano arrugada y llena de marcas vertió whisky dentro de sus labios–. Lo llaman «tarifa de duelo» –dijo el palurdo.
Mientras yo lo observaba, medio torcido en mi asiento para mirarlo de frente, mi respiración se ralentizó para acompasarse con el subir y bajar de su camisa de vaquero, una técnica que se llama Escucha Activa. El desconocido carraspeó, y yo esperé un poco y también carraspeé, imitándolo. Es lo que un buen vendedor denomina «marcar el ritmo» a un cliente.
Con las piernas cruzadas a la altura del tobillo, con el pie derecho por encima del izquierdo, igual que él, yo le dije:
–Imposible. Ni siquiera los billetes standby salen tan baratos. –Y le pregunté cómo había conseguido tan buen precio.
Él dio un trago a su whisky, sin hielo, y dijo:
–Lo primero que hay que hacer es escaparse de un manicomio de alta seguridad.
Luego, dijo, hay que hacer autoestop por medio país, sin más ropa que unos botines de plástico y una bata de papel que no se cierra por detrás. Hay que llegar medio segundo demasiado tarde para evitar que un pederasta reincidente viole a tu mujer. Y a tu madre. De esa violación nace un hijo a quien tienes que criar y que colecciona una tonelada de dientes viejos de los que tira la gente. Al terminar el instituto, el chiflado de tu hijo se tiene que escapar. Hacerse de una secta que vive solamente de noche. Cargarse el coche cincuenta veces y liarse con una especie de prostituta que medio lo es y medio no lo es.
Por el camino, tu hijo tiene que desatar una epidemia que mate a miles de personas, a un número suficiente de gente como para desencadenar la ley marcial y amenazar con derrocar a varios líderes mundiales. Y finalmente, tu chaval tiene que morirse en un gigantesco infierno de llamas, presenciado por toda la población mundial que tenga televisor.
Y dijo:
–Así de fácil.
El tipo dijo:
–Entonces, cuando vas a recoger su cadáver para el funeral –vertió el whisky entre los labios–, la línea aérea te hace una oferta especial en el precio del billete.
Cincuenta pavos, ida y vuelta. Se quedó mirando el whisky que yo tenía muerto de asco en la mesilla plegable del asiento. Caliente. Ya sin hielo. Y me dijo:
–¿Se va a beber eso?
Y yo le dije: Adelante.
Así de rápido puede dar un vuelco tu vida.
Y el futuro que tendrás mañana ya no es el mismo futuro que tenías ayer.
Mi dilema era si debía pedirle un autógrafo. Ralenticé la respiración, acompasé mi pecho con el suyo y le pregunté si estaba emparentado con el tipo ese… Rant Casey. «Hombre Lobo» Casey: el peor Paciente Cero de la historia de las enfermedades. El «superpropagador» que había infectado a medio país. El «Asesino de los Besos» de América. Rant «Perro Loco» Casey.
–Buster –dijo el tipo, y extendió aquella mano de monstruo para coger mi whisky. Y dijo–: El nombre de pila de mi chaval era Buster Landru Casey. No Rant. Ni tampoco Buddy. Buster.
Mi mirada ya se estaba empapando hasta de la última cicatriz arrugada de sus dedos. De la última arruga y la última cana. Mi nariz registraba su olor a whisky y mierda de vaca. Mi codo registraba el tacto de la manga de su camisa de franela. Yo ya planeaba pasarme el resto de la vida jactándome de haber conocido a aquel tipo. Ya me estaba aferrando a cada momento de él, atesorando como una ardilla cada una de sus palabras y gestos. Y le dije: Usted es…
–Chester –dijo–. Me llamo Chester Casey.
Sentado a mi lado. Chester Casey, el padre de Rant Casey: el Arma de Destrucción Masiva andante y parlante de América.
Andy Warhol se equivocaba. En el futuro, la gente no será famosa durante quince minutos. No, en el futuro todo el mundo se sentará al lado de un famoso por lo menos durante quince minutos. De Typhoid Mary o de Ted Bundy o de Sharon Tate. La historia no es más que una sucesión de monstruos o de víctimas. O de testigos.
¿Y qué le dije yo? Le dije que lo sentía. Le dije:
–Qué putada que se muriera su hijo.
Negué con la cabeza, en gesto de compasión.
Y unas cuantas inhalaciones después, Chet Casey negó también con la cabeza, y en ese gesto ya no estoy seguro de quién le estaba marcando el ritmo a quién. De si tal vez era aquel cateto quien me estaba estudiando a mí. Quien me estaba imitando. Encontrando mis claves y dirigiendo la comunicación. Y tal vez vendiéndome algo, aquella leyenda viviente, Chet Casey, me guiñó el ojo. Sin respirar nunca más de quince inhalaciones por minuto. Se echó el whisky al coleto.
–Lo mire como lo mire –dijo, y me dio un codazo en las costillas–, sigue siendo un precio de narices por un billete de avión.
2
ÁNGELES DE LA GUARDA
De las notas de campo de Green Taylor Simms (
Historiador): El sabueso es a Middleton lo que la vaca a las calles de Calcuta o de Nueva Delhi. No hay camino de tierra donde no haya algún perro de caza mestizo durmiendo, jadeando bajo el sol, con la lengua fuera y goteando. Como si fuera un badén peludo, sin collar ni placas. Cubierto de una fina capa de polvo de arcilla que el viento trae de los campos arados.
Para llegar a Middleton hay que conducir durante cuatro días enteros, que es el período de tiempo más largo que yo he experimentado dentro de un automóvil sin colisionar con otro vehículo. Ese me pareció el aspecto más deprimente de mis peregrinaciones.
Neddy Nelson (
Choquejuerguista): ¿Puede explicar usted cómo es posible que en 1968 el paleontólogo aficionado William Meister de Antelope Spring, Utah, partiera un bloque de pizarra mientras estaba buscando fósiles de trilobites y lo que descubriese, en cambio, fuera la huella fosilizada de un zapato de quinientos millones de años de antigüedad? ¿Y cómo es que en 1922 se encontró en Nevada otra huella de zapato fosilizada dentro de una roca del triásico?
Echo Lawrence (
Choquejuerguista): Mientras íbamos camino de Middleton, conduciendo en plena noche por toda aquella puta campiña, Shot Dunyun se dedicó a pulsar botones y a buscar informes de tráfico en la radio. Para oír cualquier cosa que nos estuviéramos perdiendo. Boletines de las horas en las que la gente iba o volvía del trabajo procedente de lugares que estaban a océanos enteros de distancia. Retenciones de tráfico y atascos en los que todavía era el día anterior. Accidentes múltiples fatales y camiones atravesados en autopistas donde ya era el día siguiente.
Es raro de cojones enterarse de que alguien ha muerto al día siguiente. Es como si todavía pudieras llamar a ese tío que está saliendo de su casa para ir a trabajar, ahora mismo, en Moscú, y decirle: «¡Quédate en casa!».
De Radio Tráfico Gráfico en la DRVR: Esperen un retraso provocado por los mirones si van ustedes hacia el este por la carretera de circunvalación Meadows al cruzar la zona de Richmond. Pisen el freno y estiren el cuello para echar un buen vistazo a un accidente fatal de dos coches en el carril de la izquierda. El vehículo de delante es un Plymouth Road Runner de 1974 de color verde marino con un motor V8 de una sola pieza de hierro forjado, cuatro cilindros, siete mil doscientos centímetros cúbicos y equipado con carburante. Con el interior original de color blanco hielo. La conductora del cupé era una mujer tórrida de veinticuatro años, rubia-barra-verde con una fractura-barra-dislocación clásica de la columna en la articulación atlanto-occipital y una transección completa de la médula espinal. Palabras pijas para referirse a un trallazo tan bestia que te parte el cuello.
El coche de atrás es un New Yorker Brougham Saint Regis de puta madre con dos puertas y techo duro, de color crema, con el cromado de lujo opcional y ventanillas fijas de cuarto trasero. Una preciosidad de coche. Mientras pasan ustedes al lado fisgoneando, fíjense por favor en que el conductor era un hombre de veintiséis años con una fractura transversal de esternón de lo más corriente, fracturas bilaterales de costillas y los pulmones empalados por las costillas fracturadas, todo ello debido al impacto con el volante. Además, me dicen los chavales del furgón de la carne, sufre un grave desangramiento interno.
Así pues, prepárense y pisen el freno. Informa, para Radio Tráfico Gráfico, Tina Nosecuántos…
Echo Lawrence: Violamos el toque de queda y la cuarentena del gobierno y cruzamos con el coche aquellas extensiones de nada. Yo, en el asiento del pasajero. Shot Dunyun, al volante. Neddy Nelson iba en el asiento de atrás, leyendo un libro y contándonos que Jack el Destripador no murió, sino que viajó hacia atrás en el tiempo para poder matar salvajemente a su madre y así hacerse inmortal, y que ahora es el presidente de Estados Unidos o el Papa. O tal vez alguna teoría descabellada que demostraba que los ovnis en realidad eran turistas humanos que nos visitaban desde el futuro lejano.
Shot Dunyun (
Choquejuerguista): Supongo que fuimos en coche a Middleton para ver todos los sitios de los que Rant nos había hablado y conocer a la que él llamaba «su gente». A sus padres, Irene y Chester. A su mejor amigo, Bodie Carlyle, con quien fue a la escuela. A todas las familias de granjeros memos, los Perry y los Tommy y los Elliot, de los que nos solía hablar. La mayor parte de nuestras choquejuergas consistían simplemente en ir en coche, charlando.
Menuda pandilla de cazurros. Nuestra meta era ponerles caras a las historias que Rant nos había contado. A ver si no es raro. Echo Lawrence y yo, con Neddy en el asiento trasero de aquel Cadillac Eldorado que tenía. El coche que Rant le había comprado a Neddy.
Sí, e íbamos a poner flores y cosas en la tumba de Rant.
Echo Lawrence: Shot pulsó los botones de la radio y dijo:
–¿Sabéis que nos estamos perdiendo una buena Noche de la Mamá de Clase Media…?
–Esta noche no –dijo Neddy–. Mira tu agenda. Esta noche ha habido Noche de Autoescuela.
Shot Dunyun: Por delante de nosotros, una esquirla de luz perfiló el horizonte. La esquirla se hinchó hasta convertirse en un bulto de luz blanca, después en un semicírculo y por fin en un círculo entero. Una luna llena. Aquella noche nos estábamos perdiendo una gran Noche de Luna de Miel.
Echo Lawrence: En lugar de poner música nos contábamos historias entre nosotros. Las historias que nos había contado Rant sobre su infancia. Las historias sobre Rant las teníamos que reconstruir a partir de detalles que cada uno de nosotros tenía que sacar escarbando del sótano del sótano del sótano de nuestros cerebros. Todo el mundo contribuía con algún recuerdo de Rant, y así seguíamos nuestro viaje, haciendo un fondo común de historias.
Shot Dunyun: El sheriff local de Middleton nos hizo parar y nosotros le contamos la verdad: que estábamos haciendo un peregrinaje para ver dónde había nacido Rant Casey.
En una noche como aquella, con toda la población dormida, el pequeño Rant Casey habría estado haciendo de radioaficionado. Con sus auriculares puestos. De niño, en una noche como aquella, Rant solía hacer girar el dial en busca de informes de tráfico de Los Ángeles y Nueva York. Escuchaba acerca de atascos de tráfico y embotellamientos que tenían lugar en Londres. Tráfico lento en Atlanta. Accidentes de tres coches en París, retransmitidos en francés. Aprendía español con términos como «neumático desinflado» y «punto muerto». Que estaban teniendo lugar en Madrid. «Imbottigliamento», que es un punto muerto en Roma. «Het Roosterslot», punto muerto en Amsterdam. «Saturation», punto muerto en París. Todo el mundo invisible de la esfera del tráfico.
Echo Lawrence: Venga ya. Si uno va en coche por cualquier villorrio de palurdos entre medianoche y el amanecer, está corriendo un riesgo. La policía no tiene mucho más que hacer que dejarte sordo con su sirena. El sheriff de Middleton sostuvo en alto nuestros carnets de conducir enfocándolos con su linterna mientras nos daba un sermón sobre la ciudad. Que si a Rant Casey lo habían matado porque se había mudado a la ciudad. Que si la gente de ciudad eran todos unos asesinos. Refiriéndose a nosotros.
Aquel sheriff estaba alucinando alguna clase de efecto de ranger de Texas, enchufado a un bucle de química cerebral de John Wayne. Alucine usted a un sargento de instrucción a través de un juez que manda gente a la horca, luego alucine el resultado a través de un doberman pinscher, y se hará una idea de cómo era aquel sheriff. Tenía los hombros bien echados hacia atrás, muy rectos. Los pulgares enganchados detrás de la hebilla del cinturón. Y se mecía hacia delante y hacia atrás sobre los tacones de sus botas de vaquero.
Shot preguntó:
–¿Ya ha venido alguien a asesinar a la madre de Rant?
Aquel sheriff llevaba una camisa marrón con una estrella de hojalata sujeta con alfiler a un bolsillo de la pechera, un bolígrafo y unas gafas de sol plegadas y metidas en el bolsillo, y la camisa metida por dentro de unos vaqueros. En la estrella había grabado el nombre «Agente Bacon Carlyle».
Vamos. Vaya si no era la peor pregunta que podía hacer Shot.
Neddy Nelson: Dígame, ¿cómo es que en 1844 el físico sir David Brewster descubrió un clavo de metal completamente incrustado en un bloque de arenisca del período devoniano que databa de hace más de trescientos millones de años?
De las notas de campo de Green Taylor Simms: Uno puede ver Middleton desde el aire, si vuela entre Nueva York y Los Ángeles, y siempre se preguntará cómo puede existir gente en un lugar así. Imagínese sofás raídos abandonados en los porches. Coches aparcados en los jardines. Casas medio desprendidas de sus cimientos, apoyadas en bloques de hormigón, con pollos y perros durmiendo debajo. Si da la impresión de que ha ocurrido un desastre natural es solamente porque no vieron ustedes cómo era antes.
Neddy Nelson: ¿Cómo se explica el hecho de que un ama de casa de Illinois, la señora S. W. Culp, partiera un pedazo de carbón y se encontrara un collar de oro incrustado dentro?
De las notas de campo de Green Taylor Simms: Pese a lo lúgubre del escenario, se trata de unas ciudades muy sexuales. Son únicamente los individuos que alcanzan una belleza y una sexualidad tempranas los que se quedan atrapados aquí. Los hombres y mujeres jóvenes que adquieren pechos y músculos perfectos antes de averiguar la mejor forma de usar ese poder son los que terminan en estado y empantanados al lado de donde crecieron. Este ciclo concentra los mejores genes en sitios que ustedes nunca se imaginarían. Como Middleton. Pequeños nidos de idiotas salvajemente atractivos que dan a luz y después se embarcan en vidas adultas largas y feas. Venus y Apolos. Dioses y diosas pueblerinos. Si Middleton ha producido un solo producto notable en la tediosa, aburrida y polvorienta historia de su comunidad, ese producto extraordinario fue Rant Casey.
Echo Lawrence: «La razón principal de que la gente se marche de una ciudad de provincias –solía decir Rant– es que así pueden soñar con la idea de regresar. Y la razón de que se queden en el mismo sitio es que así pueden soñar con largarse».
Rant quería decir que nadie es feliz en ninguna parte.
De las notas de campo de Green Taylor Simms: La metáfora central del poder en Middleton, y sobre todo en el seno de la familia Casey, era la escenificación que rodeaba a sus comidas en las fiestas cristianas señaladas. Para aquellas ocasiones especiales –desayunos de Pascua y cenas de Acción de Gracias y de Navidad–, los miembros de la familia se dividían en dos clases distintas. Los adultos cenaban con porcelana antigua que llevaba muchas generaciones en la familia, platos con bordes pintados a mano, guirnaldas de flores y oro. Los niños se sentaban a una mesa en la cocina, pero no era una mesa, sino más bien un grupo de mesas plegables para jugar a cartas puestas todas juntas.
Echo Lawrence: En la cocina, todo era de papel, las servilletas y el mantel, y los platos eran de plástico, de forma que todo se pudiera estrujar y tirar a la basura. Cuando los adultos de la familia Casey se sentaban para partir el pan, siempre decían la misma bendición: «Gracias, Dios, por estas bendiciones que son la familia, la comida y la buena suerte que tenemos ante nosotros».
De las notas de campo de Green Taylor Simms: Los miembros mayores de la familia que seguían sin moverse de la mesa de los niños invocaban en sus oraciones a la salmonela. A las espinas de pescado clavadas en tráqueas. Las generaciones más jóvenes se cogían de las manos y agachaban las cabezas para rezar por derrames cerebrales masivos y ataques al corazón.
Echo Lawrence: Rant solía decir: «El consuelo más grande que hay en la vida es poder mirar por encima del hombro y ver a gente que está peor que tú, esperando en la cola detrás de ti».
Shot Dunyun: Antes de una noche de choquejuerga, cuando nuestro equipo salía a cenar, Green Taylor Simms se quedaba mirando, con una risita burlona, cómo Rant se lo comía todo con el mismo tenedor. No es que Rant fuera un tonto del culo, es que nunca superó lo de usar una cuchara de plástico.
A espaldas de Rant, Green lo llamaba «Maricaberry Finn».
De las notas de campo de Green Taylor Simms: El señor Dunyun se refería a Rant como «el Hada de los Dientes».
Echo Lawrence: Oiga esto. Debía de ser medianoche en Middleton cuando Shot Dunyun y yo aparcamos en la salida de la carretera que llevaba a su granja, al lado de un buzón que tenía pintada la palabra «Casey». En medio de las parcelas sembradas, la casa era blanca y tenía un porche largo en la parte de delante, un tejado muy inclinado y una buhardilla que daba al porche: el dormitorio de Rant en el desván que tenía el papel de la pared con vaqueros.
Los cimientos de la casa estaban rodeados de arbustos y flores, y el césped cortado se extendía hasta una alambrada. Vimos un granero pintado de marrón y casi escondido detrás de la casa. Todo lo demás era trigo, hasta llegar al círculo plano del horizonte que se extendía a todos los lados del Cadillac de Neddy. Shot toqueteó los botones de la radio, en busca de informes sobre el tráfico.
De Radio Tráfico Gráfico en la DRVR: Solamente para su información. Échenle un vistazo al topetazo entre dos coches que se ha producido en el recodo de la derecha, yendo hacia el este a la altura de la señal de la milla 67 en la autopista City Center. Al parecer, los dos vehículos volvían de una boda, y hasta llevan ristras de latas atadas a los parachoques traseros. El tráfico es lento debido a que los conductores que pasan se dedican a fisgonear cómo las novias y novios se gritan y se tiran tarta de boda los unos a los otros. No se pierdan a las damas de honor y el arroz desparramado por la calzada…
Echo Lawrence: Shot se quedó dormido, roncando y apoyado en el interior de la portezuela del conductor. Yo seguía esperando alguna señal de que Irene Casey seguía viva y de que ningún misterioso desconocido había venido todavía a estrangularla ni apuñalarla.
Neddy Nelson: Dígame cómo es que en 1913 el antropólogo H. Reck descubrió un cráneo humano moderno enterrado en un suelo del pleistoceno inferior en la garganta de Olduvai. Explíqueme cómo es que también se han desenterrado cráneos humanos modernos del pleistoceno inferior y medio en Buenos Aires, Argentina, y en Ragazzoni, Italia, respectivamente.
Shot Dunyun: Caminamos por su asqueroso cementerio, un caos de malas hierbas segadas con cortacésped, pero no pudimos encontrar la tumba de Rant. A ver si no es raro. Dimos con el nombre de su mejor amigo en un listín telefónico, Bodie Carlyle, y luego encontramos su caravana al final de un camino de tierra. Las plantas rodadoras se amontonaban hasta las ventanas de la misma, y había un pitbull atado con una cadena y ladrando en el patio de tierra. Aún faltaban algunas horas para que amaneciera. Ni siquiera llamamos a la puerta de la caravana.
Echo Lawrence: Qué va. Nunca vi a Irene Casey. Ni siquiera llamamos a su puerta. Por lo que a nosotros respectaba, ya estaba muerta dentro de su granja.
Wallace Boyer (
Vendedor de coches): Pásese usted un buen tiempo vendiendo coches y lo verá: nadie es demasiado original. Cualquier tío raro solitario viene de un nido enorme de tíos raros. Lo que es raro de verdad es que uno va a cualquier aldea de mierda de Eslovaquia y de pronto hasta Andy Warhol se entiende perfectamente.
Echo Lawrence: Hay que joderse. Al amanecer, aquel palurdo de sheriff paró al lado de nuestro coche y nos dijo con su megáfono que estábamos violando la Ley de Poderes de Emergencias Sanitarias y el toque de queda de la ley I-SEE-U. No queríamos dejar sin protección a la señora Casey, pero el sheriff Gran Jefe nos apuntó con su pistola y nos dijo:
–¿Qué os parece si venís todos al pueblo para que os interroguemos…?
De las notas de campo de Green Taylor Simms: En Middleton, los perros dormidos tienen paso preferente en todo momento.
3
PERROS
Bodie Carlyle (
Amigo de la infancia): En invierno, los perros de Middleton corren en manadas. Los perros de granja normales de por aquí echan a correr y desaparecen, aunque por las noches se los puede oír aullar y ladrar. Otros son perros que la gente deja tirados en la cuneta de una carretera. Abandonados. La gente de ciudad se imagina que todos los perros pueden buscarse la vida, asilvestrarse, pero la mayoría de los chuchos pasan hambre hasta que están lo bastante desesperados como para comerse la mierda que deja alguna otra alimaña. Una mierda que está infestada de huevos de moscas. Así que la mayoría de esos perros abandonados mueren por las lombrices.
Otros perros se juntan en manadas para darse calor. Los perros que sobreviven. La manada persigue conejos y ciervos mulos. Cuando llega el invierno, los perros de las granjas oyen a las manadas aullar por la noche alrededor de la presa que acaban de matar en los árboles que flanquean el río y se largan con ellos.
Los perros domésticos oyen ese aullido y, por mucho que los llames, hasta los perros más cariñosos se olvidan de sus nombres. Salvo por sus aullidos, se pasan el invierno entero desaparecidos del todo. Empieza a nevar y tu mascota, tu mejor amigo, queda reducido al ruido de los aullidos que suenan lejanos en mitad de la noche, como los aullidos de un hombre lobo. Un ruido que no deja de oírse nunca cuando el aire se enfría.
En invierno, la peor pesadilla de un niño era volver a casa caminando cuando ya era oscuro y oír a una manada de perros, todos aquellos aullidos y chasquidos de mandíbulas, acercándose y sonando con más fuerza en la oscuridad. Algo con montones de dientes y garras. Si te encontrabas con un ciervo mulo que había sido cazado por una manada, puede que el cráneo fuera el trozo más grande que quedara. El resto del pellejo y del esqueleto lo encontrabas a cachos, desgarrado por las dentelladas y desperdigado. En el caso de los conejos, puede que encontraras una patita en medio de los pelos desparramados por todos lados. Y todo lleno de sangre. Una pata de conejo, con ese pellejo húmedo y suave, como las que la gente lleva para que le den suerte.
El perro de los Casey se dedicaba a huir todos los inviernos con las manadas hasta que no volvió nunca más. Solía saltar encima del sofá y asomarse a las ventanas de noche, con las orejas enhiestas para escuchar, cuando las manadas deambulaban cerca. De caza. Unas manadas que eran más un rumor que algo que la gente viera realmente. Una leyenda a medias. El único monstruo que tenemos por aquí. Más que a medias. La idea era que aquellos perros, que hasta puede que fueran tuyos, se volvían locos e iban a por ti. Que tus propios perros podían seguirte a casa después de la escuela. Seguir tu rastro por la maleza del arcén de la carretera. Acecharte. Que tu propio perro iba a perseguirte y a hacerte pedazos a dentelladas. Por mucho que tú lo llamaras «Fido», o le dijeras «Quieto», o «¡Siéntate!», el perro al que tú habías educado desde que era un cachorro, al que habías pegado con un periódico cuando se portaba mal, aquel perro iba a cerrar sus mandíbulas sobre tu tráquea e iba a arrancarte la garganta. Luego Fido aullaría por tu muerte y se bebería la sangre que todavía manaba caliente de tu corazón lleno de amor.
Sheriff Bacon Carlyle (
Enemigo de la infancia): No me pida que lo sienta por él. Ya en la escuela primaria, Rant Casey se estaba buscando que lo mataran de alguna forma terrible. Mordido por serpientes, o de la rabia. A su perro, los Casey lo llamaban Cógela. Era una especie de mestizo medio sabueso, medio beagle, medio rottweiler, medio bullterrier y medio todo. Ese es el nombre que Chester Casey le puso al perro: Cógela.
Edna Perry (
Vecina de la infancia): Por si quiere usted saberlo, los tres miembros de la familia Casey se llamaban entre ellos con nombres distintos. Irene Casey llamaba a su marido «Chet». Él a ella la llamaba «Reen», que es diminutivo de «Irene», y solamente cara a cara. Nadie más llamaba así a Irene Casey. Rant llamaba a Chester «Papá». Irene llamaba a su hijo «Buddy», pero su padre lo llamaba «Buster». Nunca «Rant». Bodie Carlyle era el único que lo llamaba Rant.
La cosa es que Rant llamaba a Bodie «Sapo». No miento.
Todo el mundo llamaba a los demás con nombres distintos. Buster era Rant y Buddy. Chester era Chet y Papá. Irene era Mamá y Reen. La forma que tiene la gente de reclamar para sí a un ser querido es ponerle un nombre que solo hacen servir ellas. Ponerle una etiqueta para apropiárselo.
Sheriff Bacon Carlyle: Es igual que abandonar a un perro, lo peor que puede hacer un hombre es asilvestrarse.
Echo Lawrence (
Choquejuerguista): Escuche. Rant solía decirle a la gente: «Eres un ser humano distinto a todo el mundo que conoces».
A veces Rant decía: «En realidad solamente existes a los ojos de los demás».
Si tuvieras que grabar una cita en su tumba, su dicho favorito era: «El futuro que tendrás mañana no será el mismo futuro que tenías ayer».
Shot Dunyun (
Choquejuerguista): Chorradas. El dicho favorito de Rant era: «Hay gente que nace humana. Al resto nos cuesta toda la vida conseguirlo».
Bodie Carlyle: Me acuerdo de que Rant decía siempre: «Nunca más vamos a ser tan jóvenes como esta noche».
Irene Casey (
Madre de Rant
