Bajo las sábanas

Kristina Wright

Fragmento

Índice

Índice

Bajo las sábanas

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN: SIMPLEMENTE LOS MEJORES

LO QUE PASÓ EN LAS VEGAS… Sylvia Day

LA PRIMERA NOCHE. Donna George Storey

OTRO AS EN LA MANGA. Heidi Champa

COMO UN TREN. Delilah Devlin

CITA PARA CENAR. Saskia Walker

MI QUERIDO DOCTOR. Justine Elyot

ATENCIÓN AL CLIENTE. Angela Caperton

RECUERDOS EN VENTA. Andrea Dale

ÉCHALE LA CULPA A FACEBOOK. Kate Dominic

AMOR LIBRE. Craig J. Sorensen

TRÉBOLES A TUS PIES. Shanna Germain

DULCE MIEL. Emerald

UNA CANA AL AIRE. Kate Pearce

UN RESERVADO PROPIO. Rachel Kramer Bussel

HASTA QUE PASE LA TORMENTA. Erobintica

LA CURVA DE SU VIENTRE. Kristina Wright

LOS COROS DEL AMANECER. Nikki Magennis

Biografía

Créditos

PRÓLOGO

Romances eróticos. El concepto ya evoca en sí mismo un mundo lleno de sensaciones placenteras y de toda clase de diabluras. Trae a la mente imágenes pobladas de sábanas de seda, jadeos, noches tórridas, piel húmeda y mucho más goce del que se pueda imaginar. Pero más allá de eso, el género del romance erótico dice algo sobre el ser humano a un nivel más profundo. No es solo sexo. La mezcla de romanticismo y erotismo une con el mismo lazo nuestras esperanzas y fantasías, nuestros sueños y deseos. El género del romance erótico abre una puerta a conexiones más profundas con otras personas a través de la expresión más física de nuestros cuerpos.

Las historias románticas y eróticas conectan nuestra parte más sexual con la esencia romántica que llevamos dentro. Desde la perspectiva de un escritor, es la unión de dos géneros de larga tradición: la novela romántica y la erótica. La novela romántica es una forma literaria llena de esperanza y plenitud. Devoramos sus páginas con la esperanza de encontrar a nuestra pareja perfecta, el mejor de nuestros futuros posibles y las vidas emocionales y plenas que nos gustaría alcanzar. La novela romántica es un viaje de personas en busca de otras personas. Es una fantasía que nos enseña que, por terribles que sean las circunstancias, el amor verdadero siempre triunfa. Es el camino que lleva al lector a creer que el destino siempre nos tiene a alguien reservado y que nadie está solo para siempre.

El erotismo clásico es el viaje de una persona hacia la realización personal a través de la expresión sexual y la exploración. Probar cosas nuevas con nuevas personas para crear nuevos límites y nuevas normas es lo que hace de lo erótico algo tan irresistiblemente atractivo. Cada escenario está abierto a la interpretación, a la expresión emocional. El cielo, y la experiencia humana (con espacio para las florituras de la fantasía), es el nuevo límite.

Cuando fusionamos ambos géneros, se crea una experiencia lectora que aúna esperanza eterna y profunda sensualidad. Es la máxima expresión del cuerpo y el alma. Es un viaje que nos conduce tanto al deseo que anida en nuestro corazón como a la mejor versión más íntima y personal de nosotros mismos, precisamente porque nos expresamos con nuestro yo sexual más profundo ante la persona amada y formamos un vínculo destinado a perdurar, ya sea durante un encuentro cargado de significado o para el resto de nuestra vida.

El romance erótico nos lleva a lo más recóndito de nosotros mismos, nos obliga a profundizar y a reclamar lo que queremos realmente. ¿Qué barreras estamos dispuestos a vencer por el sexo? ¿Y por amor? ¿Y por algo que siempre hemos deseado? Nos permite explorar nuestros anhelos más íntimos, los conflictos más hondos e incluso a cruzar límites que no cruzaríamos en la vida real. Nos permite olvidarnos de nuestra rutinaria vida cotidiana.

Te invitamos a que acompañes a nuestros autores en su viaje. Sumérgete en estas historias por lo que son: un espejo de nuestras necesidades más íntimas, nuestro anhelo de fusionar las almas, de descubrir nuestro verdadero yo. Explora. Fantasea. Imagina. El romance erótico nos abre ventanas a otros mundos. Nos enseña cómo alcanzar lo que parece estar muy lejos. Disfruta de la lucha, del conflicto interno, de la evolución de estos personajes. Muchas veces se dice que la literatura romántica es el vuelo de la imaginación, un género en el que perderse, pero el género romántico entraña una verdad que sirve al bien común. Necesitamos escapar de nuestro día a día. Necesitamos finales felices. Necesitamos creer que podemos ser seres completos. Acompáñanos en este viaje y deja que tus fantasías alimenten una verdad más profunda. No estamos solos. Únicamente nos sentimos completos cuando nos amamos de verdad a nosotros mismos y a otro ser humano.

Y el viaje no termina nunca… Que lo disfrutes.

SHAYLA BLACK

INTRODUCCIÓN:

SIMPLEMENTE LOS MEJORES

¿Qué se necesita para ser el mejor? Esa es la pregunta que he tenido presente todo el tiempo en mi labor como editora de Bajo las sábanas, así que cuando me senté a realizar la selección entre los relatos recibidos, me sorprendí leyendo muchos de ellos dos o tres veces. Tratar de determinar qué hace que una historia en particular sea la mejor en su género es un proceso complicado. Obviamente, tanto la estructura como el estilo son fundamentales, pero también buscaba historias con personajes que me resultaran verosímiles y en los que poder apoyarme. Personajes de los que pudiera enamorarme, igual que ellos estaban enamorándose o buscando el modo de seguir enamorados.

Es para mí un placer presentar Bajo las sábanas. Estas son las historias que me llegaron al corazón y despertaron mi libido, que me hicieron pensar en la naturaleza del deseo y en lo imprevisible de las razones del corazón humano. Cada uno de estos diecisiete relatos entreteje el amor y la pasión con tanta fuerza que es imposible separarlos. ¿Y no es eso precisamente en lo que se basa una relación duradera? La necesidad de conexión y compromiso, de los recuerdos y la historia en común… también en el ámbito del sexo salvaje y tórrido, sin inhibiciones de ninguna clase, con una pareja que nos conoce mejor que nosotros mismos.

Desde los cuentos de amor (y deseo) a primera vista, como los relatos Como un tren, de Delilah Devlin, y Los coros del amanecer, de Nikki Magennis, hasta las historias de parejas que llevan muchos años juntas y que todavía sienten la llama de la pasión, como Recuerdos en venta, de Andrea de Dale, y Una cana al aire, de Kate Pearce, las historias de esta colección demuestran que el amor verdadero perdura, que la pasión real nunca se extingue y que los amantes cuyo destino es estar juntos siempre hallarán la manera de encontrarse. Son amantes que no tienen miedo de perseguir lo que desean, ya sea recuperar un viejo amor (Échale la culpa a facebook, de Kate Dominic), o bien experimentar un tórrido trío entre un matrimonio y una amiga, por ejemplo (Hasta que pase la tormenta, de Erobintica).

Los autores de estos relatos saben que el hecho de abrir nuestro corazón conlleva muchos riesgos y, a menudo, recompensas aún mayores, y que la comunicación abierta y el espíritu de aventura pueden aportar su granito de arena a una vida sexual plena y ardiente. Han creado unos personajes que creen que en el amor y en la guerra todo vale y que no toman prisioneros en su búsqueda de la satisfacción emocional y sexual. En estas páginas encontrarás amantes explorando su deseo en el dormitorio, calentando el ambiente en la cocina, chapoteando en la bañera, experimentando con juguetes sexuales, bebiendo champán, montándoselo en habitaciones de hotel, entrando en calor en cabañas de montaña, coqueteando en camiones y en bares, gozando al aire libre y haciendo el amor al amanecer y a medianoche, todo en nombre del más grande de los deseos humanos: el amor verdadero.

Así que, querido lector, te invito a explorar esta deliciosa antología de relatos románticos eróticos seleccionados especialmente para ti. Creo que descubrirás que lo que convierte una historia en la mejor de su género es el mismo elemento intangible que hace que la gente se enamore. Es la magia, en mi opinión. Y cuando se trata del amor y la guerra, solo hay una cosa que sé con certeza: gana el amor. El amor siempre gana.

KRISTINA WRIGHT
Enamorada en Chesapeake, Virginia

LO QUE PASÓ EN LAS VEGAS…

Sylvia Day

El termómetro marcaba cuarenta y seis grados en Las Vegas, pero ante la frialdad de la mirada de su ex amante, Paul Laurens habría jurado que la temperatura había bajado.

Robin Turner entró en el bar del hotel Mondego como una ráfaga procedente del Ártico. Llevaba su larga melena rubia recogida en un elegante moño y su voluptuoso cuerpo encorsetado en un vestido azul pálido que envolvía sus curvas y se ceñía a su cintura. Los zapatos de tacón de color carne daban la sensación de que iba descalza, y un grueso collar de aguamarinas le rodeaba la garganta cual cubitos de hielo.

Paul agarró con más fuerza la botella de cerveza y notó que la polla se le ponía dura bajo los vaqueros. Cómo habían terminado juntos en la cama seguía siendo un misterio para él. En cierto momento montaron en el mismo ascensor y un momento después él la montaba a ella. Había sido una atracción tan feroz e inmediata que ni siquiera recordaba cómo habían llegado a su habitación ni cuándo se habían quitado la ropa.

Tomó un trago largo de cerveza, su mirada siguió el avance de Robin mientras cruzaba el bar. La vio acercarse a una mesa, donde un hombre vestido con traje se levantó para saludarla. El hombre le dio dos besos y luego se sentaron. Paul sabía que no podía estar en la misma sala que ella y no poseerla, así que le hizo una seña al camarero y pidió que sirvieran a Robin un dirty martini bien cargado.

—Sus cervezas gustan mucho…—le dijo una de las camareras mientras recogía la botella vacía y la colocaba en la bandeja. Su sonrisa era una invitación. Su manera de mirarlo, una forma de asegurarse de que captaba el mensaje.

—Me alegra oír eso —respondió él interrumpiendo el contacto visual para dejar clara su falta de interés.

Convencer al Mondego para que sirviese sus cervezas había sido su puerta de entrada en Las Vegas. El contrato con el complejo hotelero financiaba sus viajes quincenales para lanzar su producto en otros establecimientos de la zona, lo que a su vez había facilitado los encuentros con Robin durante un año. Los fines de semana con ella habían sido los momentos más valiosos y apreciados de su vida.

Hasta hacía cuatro meses, cuando lo había estropeado todo y la había perdido.

Dejando unos billetes sobre la barra, Paul se levantó del taburete y salió con la cerveza hacia los ascensores. Había dejado flores para Robin en la recepción, junto con su número de habitación en una nota. Sabía que ella debía de haber llegado el día anterior, pero no se había puesto en contacto con él. Había intentado convencerse a sí mismo de que estaba ocupada preparándose para la feria de joyería que se inauguraba ese día en el hotel, pero la mirada con la que acababa de fulminarlo lo sacó de su engaño. Su único consuelo era que ella no se comportaba con indiferencia. Solo podía esperar que eso significase que no lo había borrado del todo. En esos momentos él habría soportado lo que fuera…, una bronca, una bofetada…, cualquier cosa. Siempre y cuando eso le diera la oportunidad de decirle lo que tenía que decir.

Estaba entrando en el ascensor cuando percibió su olor. Inhalando profundamente, Paul se llenó los pulmones con la fragancia de vainilla y el perfume floral. La cercanía de su presencia le provocó un hormigueo en la espalda y una contracción en la entrepierna; su deseo sexual despertaba después de meses sin ella. Pulsó el botón de su piso, avanzó hasta el fondo del ascensor y se volvió. Cuando Robin se situó a su lado, la expectación ante lo que iba a ocurrir hizo que empezasen a palpitarle las venas. Por un instante se preguntó qué excusa le habría puesto a su acompañante, pero abandonó ese pensamiento inmediatamente. Le importaba una mierda; lo único que le importaba era que ella lo había seguido.

Una pareja de ancianos y tres ejecutivos trajeados entraron en el ascensor y se colocaron mirando a las puertas. Cuando empezaron a subir, Robin se mantuvo en equilibrio sobre un zapato de tacón y atrajo la mirada de Paul. Este la observó mientras se quitaba las bragas, primero una pierna y luego la otra.

«Dios…» La polla le palpitaba de deseo, solo podía pensar en colocarse detrás de ella, levantarle el vestido y penetrarla ahí mismo.

Un suave tintineo señaló la primera parada. Los ejecutivos se bajaron y entraron cuatro adolescentes en bañador. Sin dejar de mirar hacia delante, Paul se acercó y deslizó la mano dentro del vestido cruzado de Robin. Ella se acercó más a él, colocándolo ligeramente por delante, invitándolo a que la acariciara. Él apoyó la mano en su suave coño rasurado, sus dedos serpentearon entre sus piernas y la descubrió caliente y húmeda. Su polla se hinchó aún más y Paul apuró la cerveza de un trago para evitar un gemido delator.

El ascensor se detuvo de nuevo y esta vez salió la pareja de ancianos. Cuando los adolescentes se apartaron para dejarles pasar, la única chica del grupo miró a Paul. Un destello de interés iluminó sus ojos negros perfilados con kohl. Lo repasó de arriba abajo, se fijó en el logo de la cerveza estampado en su camiseta y examinó el tatuaje que le asomaba por debajo de la manga. Estaba siguiendo hacia abajo la línea de su brazo, a punto de llegar a donde los dedos de Paul separaban los labios del coño de Robin, cuando los dos chicos que la acompañaban ocuparon el espacio que habían dejado los ancianos y le taparon la vista.

Robin contuvo un jadeo cuando él le metió el dedo medio. Su sexo prieto y afelpado lo succionó con avidez, y Paul entornó los ojos con el peso de una lujuria desenfrenada. Presionándole el clítoris con la palma de la mano, empezó a masajearla lentamente, preparándola para los envites palpitantes de su polla. Él hubiera querido hablar primero, pero ella estaba caliente y sabe Dios que él estaba listo para darle cuanto quisiera… Seguir adelante sin ella había sido una tortura. A veces creía que iba a volverse loco de tanto como necesitaba oír su voz y sentir su cuerpo pegado al suyo.

Los chicos se bajaron en la siguiente planta. El ascensor continuó subiendo hasta el piso cuarenta y cinco solo con ellos dos a bordo.

—Te he echado de menos —dijo él con voz ronca.

Como respuesta, ella empujó su coño ardiente de deseo contra su mano.

—Lo que has echado de menos es esto.

Su voz era fría y cortante, pero su cuerpo la traicionaba. Estaba cachonda y deliciosamente húmeda. Mientras introducía el dedo una y otra vez en su jugoso coño, el sonido de un suave chapoteo inundó el ascensor. Abandonándose por completo, Robin se agarró a la barandilla de bronce y gimió, con las piernas desvergonzadamente separadas.

En cuanto el ascensor llegó a su piso, Paul sacó los dedos, la levantó en volandas, se la echó al hombro y tiró la botella vacía de cerveza a la papelera, situada muy oportunamente a las puertas del ascensor. Antes de llegar a su suite ya llevaba un condón entre los dientes y la llave en la mano. Dio una patada a la puerta abierta y, una vez dentro, apoyó a Robin contra la parte fija de la puerta doble. Aún no había echado el pestillo y ya se había abierto la bragueta.

Los vaqueros cayeron en las baldosas de la entrada, y la cartera con cadena golpeó el suelo con un ruido sordo. Al instante siguiente, la ropa interior de encaje de Robin resbalaba de sus dedos y caía suavemente. Mientras él se enfundaba la polla en látex, Robin se levantó el vestido para recibirlo. Paul hizo una pausa para mirarla y sintió una opresión en el pecho. Ella era la viva imagen de la elegancia imperturbable por encima de la cintura y un sueño húmedo andante por debajo. Sus piernas eran largas y ágiles; su sexo, provocador y brillante.

Él estaba muerto cuando ella entró en su vida, paralizado de dolor por la muerte de su hijo y la posterior disolución de su ya roto matrimonio. Aquel primer trayecto en ascensor con Robin había sido como una especie de interruptor de vuelta a la vida, lo había despertado con una sacudida eléctrica de su estado de coma. Ella le había devuelto el aire a los pulmones y la sangre a las venas. Había empezado a vivir para los fines de semana que pasaba con ella, ansiando su risa y sus sonrisas, su tacto y su olor.

Pero cuando Robin le había propuesto que llevaran su relación un poco más lejos, a él le había entrado el pánico y ella se había ido con la cabeza bien alta y el corazón de Paul en sus manos.

Recordándose lo muy afortunado que era por volver a tenerla para él, preparada y dispuesta de nuevo, Paul empujó su esbelto cuerpo contra la puerta y se apoderó de su boca con un tórrido y apasionado beso. Con sus labios sobre los de ella, deslizó la lengua por la curva inferior antes de introducirla por completo. Robin lo recibió fría al principio, ofreciendo resistencia, lo que lo hizo ponerse en guardia. En el tema del sexo nunca habían levantado barreras entre ellos.

Mientras él le acariciaba la lengua con la suya, Robin buscó a tientas su polla y le pasó una pierna alrededor de la cintura. Se la sacudió con ambas manos y se la puso tan dura y gruesa que Paul gimió en su boca. Robin lo utilizó para ponerse a tono masajeándose el pequeño montículo de su clítoris con la punta de su polla. Impaciente, Paul le apartó las manos y le metió el glande en la raja. Estaba tan dispuesta, tan a punto, que resbaló en su humedad y se hundió dentro de ella un par de centímetros. Cuando su coño lo recibió gustoso, Paul jadeó e intentó no perder el control. Lo que él quería era clavarla contra la puerta embistiéndola una y otra vez; lo que ella necesitaba era saber que él se comprometía a hacer que su relación funcionase.

—Date prisa —dijo ella entre dientes.

Antes de que Paul pudiera refrenarse, Robin le agarró del culo y lo atrajo hacia sí. El inesperado envite lo hundió en lo más profundo de su cueva. Paul golpeó la puerta, con las palmas a ambos lados de la cabeza de ella, y soltó un exabrupto.

—Robin, nena… —gruñó—. Dame un minuto, joder…

Pero ella ya se estaba corriendo. Echó la cabeza atrás, contra la puerta, soltó un erótico gemido de puro placer, y su coño encajó aquella polla palpitante como un suave puñetazo. Cuando los delicados músculos empezaron a apretarle la verga entre increíbles espasmos, le llegó el turno a él.

—Ah, mierda… —jadeó; sentía que se le contraían los cojones y que el semen ascendía a la punta de la polla.

Sujetándola de las nalgas con ambas manos, Paul se folló su coño palpitante como un poseso, con embestidas furiosas. El violento orgasmo fue el más salvaje de su vida, un placer tan puro y caliente que le era imposible acallar los gruñidos que le arrancaba de la garganta. Ni las palabras.

—Robin…, joder… Te quiero, nena. Te quiero…

Temblando y empapado en sudor, se hundió en ella mientras el éxtasis iba cediendo, moviendo las caderas al tiempo que se vaciaba dentro de ella.

Robin se estremeció en sus brazos y se le escapó un suave sollozo.

—Dios… Eres un cerdo, Paul, ¿lo sabías?

«Menudo idiota.» Cuando por fin le decía cómo se sentía, lo hacía sin ninguna gracia ni romanticismo. Ella se había alejado de él porque creía que lo único que quería era acostarse con ella, y él reparaba su error gritando sus sentimientos en pleno polvo salvaje y sin preliminares que a buen seguro habían oído todos los huéspedes de aquella planta.

Apoyó su frente en la de ella.

Robin dejó caer los brazos, su respiración le acarició la piel húmeda del cuello.

—Tengo que irme.

A Paul se le hizo un nudo en la garganta. No podía dejar que se marchase de nuevo. No sobreviviría a una segunda vez. Agarrándola por detrás de los muslos, la levantó en el aire y se quitó las botas y los anchos vaqueros. Vestido solo con calcetines y camiseta, con la polla aún dura y hundida en el coño más dulce del mundo, se la llevó al dormitorio con piernas temblorosas.

—No te irás hasta que oigas lo que tengo que decirte.

—Ya te oí alto y claro la última vez.

Apretando los dientes, la soltó y la dejó caer sobre la cama. Antes de que pudiera escabullirse, la sujetó de los tobillos, le levantó las piernas y se las separó hasta dejarla bien expuesta. Bajó la mirada hacia su suculento coño rosado; los carnosos pliegues relucían de deseo.

—No había acabado. No he acabado.

—Bueno, pues yo sí he acabado.

Paul se humedeció los labios, hambriento por saborearla.

—Ahora lo veremos.

Leyendo las intenciones de Paul en sus ojos color avellana, Robin trató de escapar antes de que él volviera a dejarla destrozada. Amaba a un hombre herido. Ella estaba dispuesta a aceptarlo si Paul quería curarse, pero no quería. Cuando ella le había sugerido una cita en la ciudad donde él vivía, en Portland, la expresión de su cara le había dicho todo lo que necesitaba saber: ella era el polvo de cada dos semanas, su pasatiempo en Las Vegas. Y todo el mundo sabía que lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas.

Esa noche Robin se había marchado de la habitación de Paul con la intención de no volver la vista atrás. Se había dicho que Paul Laurens era solo una locura pasajera en su vida. Pero verlo salir del bar de aquella manera había sido demasiado para ella. Había dejado a su hermano en la mesa sin ninguna explicación y había echado a correr tras un hombre al que no podía olvidar. «El último polvo», se había dicho. Y entonces todo habría terminado.

Idiota… Lo necesitaba como una yonqui, y una sola dosis nunca era suficiente.

Paul hincó las rodillas entre sus piernas y su útero se estremeció con impaciencia. Su coño anhelaba que lo cubriera aquella boca; su clítoris ansiaba las caricias de su lengua. Le mantenía las piernas abiertas agarrándole los muslos por atrás; su mirada absorta en su carne más íntima.

—Me moría de ganas de comerte —dijo bruscamente—. Me he hecho mil pajas pensando en eso. Ponte cómoda, nena. Tenemos para un buen rato…

—¡Tengo cosas que hacer! —protestó ella—. No puedo… ¡oh, Dios!

La primera caricia de su lengua le hizo perder el sentido. Fue un beso suave y lento que encendió todas sus terminaciones nerviosas. La siguiente fue más pausada, y le acarició el clítoris con la bola de su piercing. La vibración de los gemidos de su garganta reverberó dentro de ella, y su coño estalló en un espasmo tras otro, deseoso de que lo llenara con su polla.

Robin agarró con fuerza el edredón.

—Qué bien sabes… —la elogió con voz ronca, deslizando las manos hasta la parte interior de los muslos—. Tienes el coñito tan suave…

Robin gimió.

Paul le rodeó el clítoris con la boca, trazando círculos ardientes y aleteando con el piercing de la lengua sobre el duro montículo con suaves golpes. Robin movía las caderas descontroladamente, empujándolas y meciéndolas mientras se estremecía con otro orgasmo. Antes de conocer a Paul, tenía suerte si se corría una vez con su compañero sexual de turno. Con Paul, en cambio, cuanto más la tocaba, más sensible se volvía a su tacto. Alcanzaba el orgasmo cada vez más deprisa, hasta correrse en oleadas de placer que parecían no tener principio ni fin.

—Fóllame con la lengua —jadeó al tiempo que pasaba una pierna por encima de su poderoso hombro para que se acercara.

En cuanto él la obedeció, lamiéndole la temblorosa raja con golpes suaves y breves, Robin arqueó la espalda. Agarrando su largo pelo, le cabalgó la boca sin pudor, tan grande era su necesidad de él.

Había visto a gente que despreciaba a Paul a causa de su aspecto. Los esclavos de los estereotipos, cuando lo miraban, veían una autocaravana y una pandilla de motociclistas. Eran incapaces de ver nada más aparte de la barba de tres días y los llamativos tatuajes. Sin embargo, debajo de los piercings, la tinta y la descuidada melena había un rostro magnífico de líneas y rasgos clásicos. Podía haber aparecido en una moneda antigua o servido de inspiración para la estatua de un templo, y tenía mucho más dinero de lo que la gente deducía por su estilo desenfadado.

Agarrándola de las nalgas, Paul le levantó las caderas e inclinó la cabeza. Empujó la lengua aún más adentro y su coño se ciñó irremediablemente alrededor de los rítmicos embates.

Robin se apretó los doloridos pechos bajo el sujetador y se pellizcó los pezones para aliviar la tensión.

—Haz que me corra —suplicó sin dejar de agitar las caderas.

Aferrándose a ella, le besó el coño y luego se retiró suavemente con una leve succión mientras le frotaba el clítoris con la lengua. Robin gritó y se derrumbó bajo su boca ávida y tierna, con el cuerpo deshecho en un charco de abandono, entrecortado y sudoroso en la cama.

—Te quiero. —Paul se levantó y tiró el condón a la basura.

—Lo que tú quieres es follar conmigo —susurró ella; sabía que una vez saciada la pasión, en cuanto la realidad se impusiese, él huiría de nuevo, como lo había hecho antes.

Paul se inclinó sobre ella, apoyando las manos en el colchón, a ambos lados de su cintura.

—Estoy aquí para quedarme.

—¿A ti te parece que a la misma hora en el mismo lugar dentro de dos semanas es un compromiso? —Odiaba oír aquel dejo de amargura en su propia voz. Él nunca le había hecho ninguna promesa, nunca había hecho alusión a algo más que lo que t

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