12 de octubre de 1654
Es una realidad que los artistas nunca tienen suficiente dinero para pagar al carnicero, al panadero o, en el caso de Carel Fabritius, al tabernero del barrio. A los treinta y dos años el pintor, o schilder, como se llamaba en su holandés materno, vivía de su pincel a salto de mata y había adquirido la desafortunada costumbre de acumular deudas. En The Target, una taberna de Delft, debía ciento diez florines de comidas y bebida que había ido sumando a su cuenta, y que se había comprometido a pagar antes del 15 de octubre, o el 1 de noviembre a más tardar. Ya era el 12 de octubre y el reloj de la deuda avanzaba. Pero Fabritius se mostraba optimista. El verano anterior el Ayuntamiento de Delft le había pagado doce florines por un cuadro y unas pequeñas reproducciones del escudo de armas de la ciudad. Aunque era una cantidad reducida, Fabritius tenía grandes expectativas: estaba encantado de contar con la aprobación de los patriarcas de la ciudad, que podían proporcionarle futuros encargos y, más importante aún, buenas referencias.
En el siglo XVII, en Delft, y en realidad en toda la República Holandesa, el arte era un negocio en auge. Los cuadros eran la forma más asequible de decorar los hogares, por lo que era típico que personas de toda clase —ricos comerciantes, tenderos de clase media e incluso campesinos con unos florines de más— compraran retratos, paisajes, bodegones o cuadros históricos y de género. Entre los artistas, la competencia para conseguir clientes era encarnizada. En los últimos cuatro años habían ingresado cincuenta y cuatro nuevos miembros en el todopoderoso gremio de San Lucas —la corporación gremial de Delft que regía a los artistas—, entre ellos un joven y prometedor pintor de género llamado Johannes Vermeer. Los artistas debían pertenecer al gremio (cuyo poder podría compararse con el sindicato de camioneros hoy) para poder impartir clases o vender su obra en Delft. Fabritius se inscribió en 1652 como maestro pintor de temas históricos, y, como era de esperar, abonó solo la mitad de la cuota, prometiendo pagar los seis florines restantes en un futuro indeterminado.
Ingresar en el gremio fue una acción muy inteligente, y los dos años siguientes resultaron ser el período más productivo y quizá el más artístico de su joven vida. Fabritius rebosaba de ideas originales y abordaba cada lienzo como si se tratara de un experimento audaz, jugando con la perspectiva, el color, la luz, la textura y el tema. Era atrevido, incluso moderno. Cuando otros artistas pintaban los fondos oscuros, él cubría el lienzo de blanco. Creó imágenes de gran profundidad y dimensión, y exploró la nueva técnica del trompe l’oeil o trampantojo, que engañaba literalmente al ojo para que creyera ver algo real en lugar de una ilusión, como haría en su última obra, El jilguero.
En el cuadro, un pequeño pájaro está posado en una percha, encadenado y proyectando una sombra en la pálida pared situada detrás de él. Las pinceladas son sueltas e impresionistas, y el efecto es tan real que la diminuta criatura parece estar a punto de alzar el vuelo. En lugar de utilizar un lienzo, Fabritius pintó sobre un pedazo de madera. El cuadro fue una genial incorporación a la producción de su estudio, así como un constante enigma. Aunque trabajó en otros proyectos, Fabritius no cesó de volver a El jilguero para hacer retoques. Probó un marco detrás de otro. Llenó el fondo después de dar los toques finales a su pájaro. Añadió otro elemento a la casa del jilguero y a continuación lo fundió con el fondo por segunda vez.
Así que estamos delante de una obra en permanente experimentación que suponía una fuente de infinita fascinación para Fabritius, pero debía concentrarse en el cuadro que tenía entre manos, el que pagaría la cuenta de la taberna y le proporcionaría más encargos. Le habían encomendado un retrato de Simon Decker, el venerable sacristán de la Oude Kerk, la iglesia vieja de Delft. Sabía exactamente cómo abordar al modelo, pues ya había pintado un magistral retrato del comerciante de seda oriundo de Amsterdam de cincuenta y seis años, Abraham de Potter, en 1649. No es que Fabritius estuviera dispuesto a adoptar dos veces el mismo enfoque. Le gustaba imponerse a sí mismo desafíos, romper las reglas en lugar de seguirlas.
El lugar que escogió para vivir también constituía una forma de rebelión. Los artistas ambiciosos aspiraban a darse a conocer en la gran metrópoli
