Palacio Bastiani
Casi siempre te miraba sin verte. Su mirada atroz te devoraba, y no podías evitar responder esas preguntas que sus labios no necesitaban pronunciar para hacerse entender, como si fuese toda ella transparente, sin huesos, sin carne, sin humanidad. En mi alma podía sentir lo que ocurría en el interior de Jimena Anglada. En un desdoblamiento que me dolía profundamente, era capaz de penetrar en lo más profundo de su instinto. Y ella se alegraba de que fuese así. Quería verme sufrir como sufría ella, joven obstinada. No podía soportar mi alegría; ni mis pasiones, ni mi juventud, ni mis ganas de vivir al lado de su padre y de hacerle feliz aplacando la ira que ella despertaba en él con esas actitudes que lo hacían llorar en el profundo silencio de nuestro amor prohibido.
Era tímida y reservada, más de lo que nadie se pueda imaginar. Nunca terminaría de hablar de ella, de todo lo que le pasó, de su tristeza, de sus momentos de alegría que se marchitaban tan rápido como su apego a la vida. Pero también de todo el amor que guardaba, como si fuese un tesoro rescatado del mar que no le pertenecía. De su desgracia. De su muerte prematura y trágica. De mi arrepentimiento. De todos y cada uno de esos años de mi juventud en que yo moría por su padre, el hombre al que protegí de sus propias mentiras y de sus trágicas verdades, que eran las que más dolían. Y si el paso del tiempo nos provee de una gota de entendimiento a los que llegamos a la más despiadada vejez, no nos redime del mal que ya pasó; más bien acrecienta el remordimiento y la necesidad de clemencia y de alcanzar una muerte algo digna. Y hablo por mí y por él. Sobre todo por él, que murió sin pedir perdón, ni sintió compasión alguna de sí mismo: jamás observé en él ni el más mínimo de los arrepentimientos por el más atroz de los pecados o de las traiciones que un hombre pueda cometer contra su familia y contra su raza.
Pero le amaba. Así de sencillo. Y no quiero excusarme, aunque haya tratado de hacerlo continuamente a lo largo de todos estos años de exilio voluntario. Siempre me escondí tras ese amor inconcluso para disculparlo, para decirme a mí misma que solo era una mujer enamorada de un hombre que jamás podría ser mi marido. Le adoré siempre, desde el mismo instante en que le conocí. Ese amor desmesurado morirá conmigo, descansará en el cementerio que me espera, lejos de España, en este país que me ha ayudado a poner paz en mi existencia, y en el que él se sintió tranquilo.
Habrían de pasar más de cuarenta años de esta historia, que he recopilado como testimonio y fe de la verdad y que he entregado a mi nuera Laura Bastiani, para que una mañana, cercana a su muerte, Francisco Anglada, viejo y cansado pero con la emoción intacta de su juventud, deseara contarme la verdad. Su terrible verdad. Qué obstinación la suya de querer tapar con sucias mentiras, tras huir de Madrid a finales de 1936, lo que le hizo a su única hija, muerta y sin enterrar, como Polinices. Y sin pretender ser yo ninguna Antígona, sí he de honrar la memoria de Jimena, aunque su cadáver nunca se encontrara.
Su confesión me extrañó. No era hombre dado a confesiones o arrepentimientos. Fue en una calurosa mañana de verano de 1979, coincidiendo con el último viaje que Fran hizo a Roma. Acababa de llegar de Madrid. Paseábamos de la mano, como dos jovenzuelos que aún tienen el futuro por delante, sobre la hierba fresca de mis amados jardines de Villa Borghese. Recuerdo que él llevaba una suave camisa blanca de cuello Mao y una americana de lino. Nos asomamos al mirador de las aguas de Castalia, del monte Pincio, para sentir el vértigo de la ciudad a nuestros pies. Una alfombra de tejados, cúpulas, iglesias, murallas y ruinas parecía moverse en el hormigueo sutil de una ciudad que nunca se queda quieta y se desplaza, sin que lo percibamos, por los siglos y los siglos, entre la nueva y la antigua Roma. La mañana nos regalaba todo su esplendor, bajo el sol templado de las primeras horas estivales. Era nuestro lugar favorito del parque. Fran se detuvo a observar las ruinosas piedras de la muralla aureliana como si nunca las hubiese visto. No sé, creo que esa antigua ruina le despertaba la memoria de su vida. Y también la nostalgia.
Habíamos caminado desde la Piazza del Popolo, final de la Via del Corso, donde desayunamos, hasta la Piazza Napoleone, junto al Palacio Bastiani, residencia de mi nuera Laura y en donde vivo desde hace más de veinte años. Estábamos algo cansados de la caminata porque los años no perdonan. Miró al frente, sobre el mirador del parque, hacia una vieja ciudad tan cansada como nosotros, y cerró los ojos, preocupado, respirando profundamente. Podía oír el latido de su corazón como encerrado en una caja de zapatos, y lo vi tan joven y varonil como había sido siempre. Continuamos nuestro paseo por el cauce del arroyo que discurre entre las fuentes del lado norte de la colina. Sin darnos cuenta, nos adentrábamos cada vez más en la espesa arboleda que nos hizo perder el sentido de la orientación. Pronto, los árboles nos apresaron en su laberinto de veredas y estatuas de diosas romanas. El tiempo quedaba extramuros, paralizado, o eso dice todo el que camina por esos parajes. Encontramos un banco y nos sentamos junto a unos altos setos de boj. Estaban milimétricamente podados, con formas redondeadas como enormes cabezas. El sol iba subiendo lentamente. Fran se resistía a hablar. Entreabrió las piernas y apoyó los codos sobre las rodillas sujetándose la frente. Sus ojos grandes y saltones, empequeñecidos por los años y mirándome de una manera que no me gustó en absoluto, querían hablar a borbotones.
Y lo hizo, ya lo creo que lo hizo. Habló y habló durante horas, hasta que el sol nos mostró su peor cara y tuvimos que resguardarnos bajo un gran álamo. Nos sentamos sobre la hierba y escuché callada y atenta el continuo brotar de su vida como un manantial sulfuroso que me quemaba el alma. Y no dije nada. Callé. Como había hecho siempre. Ante la verdad, no pude hacer otra cosa que apoyar la cabeza contra la corteza oscura y asurcada del árbol, y respirar. Era la confesión de una agonía que no lo dejaba morir. Me dio tanta pena, había tanto dolor que renacía en su rostro arrugado y hermoso que quise odiarlo. Pero no me quedaban fuerzas. En realidad, estaba preparada para ese momento. Llevaba esperándolo toda la vida. Ése era el instante que creí tener descontado, y aun así pensé que era nuestra obligación morir allí mismo: dos ancianos bajo el árbol de la vida. Era lo mejor que podría sucedernos, porque habíamos durado demasiado.
Cuando terminó de hablar se me había helado la sangre. Se recompuso, me besó en la mejilla y se estiró las mangas de la camisa como hacía siempre, recobrando la dignidad, como si lo que acababa de contarme perteneciese a la vida de un amigo. Se encogió de hombros, cambió de tema y dijo que deseaba ser enterrado en Madrid, en el cementerio civil, que se lo prometiera por nuestro amor. Quizá, al no haberse encontrado el cuerpo de Jimena, deseaba ser sepultado lo más cerca posible de su hija. O quién sabe, tal vez Madrid fuera el único lugar en el que sus fantasmas se diluían en un remolino que se traga la tierra. Sus ojos me lo suplicaron y no se lo pude negar. Me emocioné. Hacía mucho tiempo que no le oía hablar de esa manera, modulando una voz todavía joven y llena de fortaleza. Yo ya era mayor para aquellas pretensiones de jovenzuelo que él todavía conservaba.
Han pasado dieciséis años de aquella mañana en la que quise morir en el parque más bello de esta ciudad, escuchando los secretos del hombre al que amé siempre. Y si entonces me sentí una anciana, con setenta y cuatro años, no sé lo que he de considerarme ahora. Y a pesar de que le prometí que descansaría en el cementerio inglés de Madrid y no en el panteón familiar de los Anglada, junto a su hermano David y su triste esposa Juliana, Fran no está allí. Cuando falleció en su finca, ni siquiera intenté exhumar sus restos para trasladarlos. Alguien deberá hacerlo, si así está escrito.
Podría hablar de Francisco Anglada durante toda una vida: la vida que ya no me queda. Pero ahora, según pasan las noches cálidas y fragantes de este verano de 1995 (mi último verano, estoy segura), presiento la muerte como se presiente la vida a través del dulce perfume de esta ciudad que la inunda de jóvenes promesas que ya no veré. Nuestra historia ha de pertenecer al territorio de la verdad y de la justicia. Por eso, hace tiempo que no dejo de pensar en su hija. Y en Tomás, su pequeño Tomás. Podré parecer una anciana que exagera las grietas de su existencia, pero escribiré hasta la última letra que mi puño pueda rasgar sobre el papel, para explicar a Dios y a los hombres los secretos que no quiero como acompañantes en mi último viaje.
Desde que salí de Madrid, en 1936, he sobrevivido todos estos años protegiéndome, exculpándome de una complicidad que se me ha ido clavando lentamente en el alma, en un alma que quizá nunca haya tenido. La mentira es una daga afilada. Y siempre tuve miedo a que un pequeño empujón acabase conmigo, llevándome a la tumba todos los horrores que he encubierto, sin haber sido capaz de levantar ni una sola voz que allanara el camino de la verdad en todos estos años.
Y aquí estoy, con buena salud a pesar de mi edad, recomponiendo la historia de mi amante y de su hija. Con ganas de morir. Desconozco lo que Dios me tiene preparado, si me llevará de la mano a reunirme con Fran y con las llamas de su infierno, o se apiadará de esta anciana y podré hallar un rincón en el que descansar, junto a las personas que me he ido encontrando a lo largo de este camino que está a punto de llegar a su fin, y entre las que está, sin lugar a dudas, Roberto, mi marido. Me tendré que encontrar con él en el otro lado, y no sé si seré capaz de mirarlo a la cara, en caso de que sigan existiendo caras en el más allá, avergonzada de todas mis mentiras que quizá ya no le importen. Porque allí todo el mundo sabe la verdad.
Tras un siglo en este mundo, he sido testigo presencial de casi todos los hechos que voy a desvelar; y a los que no asistí, me los confiaron sus protagonistas y los hermanos Anglada. El resto lo conoce Dios, que también narra esta historia. La vida se desenmascara a sí misma con crudeza para quien tenga la fuerza suficiente de querer saber qué significa vivir de verdad, minuto a minuto. Y asumo el merecido castigo de la incomprensión.
Pero antes buscaré el testimonio de mis labios y de mis ojos, de mis pies y de mis manos, que afloje la carne anquilosada de mi cuerpo y restablezca la luz de esa linterna que de niña mi madre me dejaba sobre la mesilla de mi alcoba para entregarme al dulce sueño del futuro. Encontraré la luz de esa linterna entre las sombras de la noche, y dejaré que alumbre por un instante los sueños rotos del pasado.
Primer testimonio
La primera vez que escuché el nombre de Francisco Anglada fue, paradójicamente, en labios de Roberto. Me habló del nuevo conocido de mi padre, con cierta prevención, pero viniendo de mi marido era lo habitual, sobre todo cuando se trataba de desconocidos; siempre representaron una amenaza para él. Y ese día su voz me sonó más temerosa que nunca, a pesar de su impostura autoritaria; como temerario había sido hasta entonces su caminar por un mundo que le llamó a escuchar la ira de los dictadores. Voces de terror que en 1928 se extendían por Europa arrasando ciudades y pueblos. Pero muchos nos tapábamos los ojos, los oídos y la boca, como esas figuritas de los tres monos sabios que hay en algunos veladores, para no oír la intransigencia, no ver la injusticia, incapaces de expresar lo que de verdad temíamos.
A través de las cristaleras de la sala de conversaciones vi a Roberto entrar en el vestíbulo del Círculo de Bellas Artes con su habitual caminar erguido, encorsetado en esa guerrera que era todo un símbolo de los tiempos en que vivíamos. Miraba hacia los sofás del interior de la sala intentando localizarme. Habíamos quedado para ir al teatro, y el grupo de damas, constituidas en una reducida asociación fundada por mi madre, estábamos ya terminando nuestra reunión semanal. Lo vimos entrar en el salón y mis seis compañeras se levantaron rápidamente, tomaron sus bolsos y sombreros y se despidieron de mí con urgencia. Éramos un grupo variopinto. Protegíamos a las Hijas de la Caridad, de San Vicente de Paúl, comunidad fundadora de varias escuelas de monjas enfermeras que mi madre adoraba incondicionalmente desde que éstas la cuidaron al comienzo de su enfermedad. La comunidad asistía en varios hospitales de Madrid, entre ellos el Provincial de Atocha, el de San Carlos y el de San Nicolás, de la calle José Abascal, en el que ingresaba mi madre cuando su dolencia se agudizaba en los fríos y oscuros días del invierno y ninguno de nosotros sabíamos cómo aplacar esas crisis de dolor.
En aquellos años intentábamos recaudar fondos e influencias, ayudar en lo posible a los más necesitados: hambrientos de piel renegrida y cuarteada por la intemperie, traperas que recogían en sus carros la basura de nuestro barrio, niños que mendigaban descalzos con su lata en la mano mientras sus madres rebuscaban en el vertedero de Tetuán de las Victorias (que de victoria no poseía nada más que el nombre), uno de los muchos que rodeaban Madrid. Habíamos abierto un comedor en la calle Argumosa que ofrecía más de cien comidas diarias. Las hermanas, desbordadas, trabajaban más de quince horas diarias y nuestro dinero llegaba puntual todos los meses. Y tres días a la semana, al amanecer, me echaba a la calle, envuelta en mi toquilla, para mediar en los oscuros despachos de la dirección del hospital de mujeres incurables de la calle Amaniel. Las listas de espera eran de más de un año. En el mejor de los casos las condenaban —con enfermedades contagiosas e innombrables— a hacer largas colas día y noche, a vagar por las calles o a refugiarse en las cientos de chabolas de los pueblos de los alrededores. Aportábamos ropa de cama. Contribuíamos a ampliar las boticas. Conseguimos ese año el dinero suficiente para alicatar dos quirófanos y más de cinco salas de enfermos del Provincial. Era un mecanismo que funcionaba mal y había que darle cuerda continuamente para que no se parase.
Pero lo que de verdad me llenaba la vida era mi trabajo loco y abnegado en el pequeño hospicio de la calle de López de Hoyos, fundado y financiado íntegramente por mi familia.
Mi madre había lanzado su red a la única persona que podía continuar con su labor desde que la enfermedad comenzó a horadar sus articulaciones. Una infección, con treinta y cuatro años, la condujo perversamente a la artrosis crónica. Sus dedos se retorcían. El dolor le demacraba el rostro y había engordado; aun así, mantenía su vitalidad y su enérgico carácter de gallega. Su fortaleza mental había conseguido doblegar a mi padre en casi todos los aspectos de su matrimonio, y él, entre protestas y gruñidos a los que nadie hacía caso, hombre enamorado de su esposa hasta perderlo todo, nos extendía el cheque mensual para nuestra «misión en el mundo», como mi madre lo llamaba. Y mi padre, mal firmando el talón, siempre repetía lo mismo: «No podemos con este gasto, Emilia… ¡Es insoportable! ¡No somos la puñetera Iglesia!», y se dejaba caer en el respaldo del sillón de su escritorio, agobiado. Mi madre se sentaba sobre sus rodillas y lo abrazaba acaparándole como si fuera un oso de peluche.
—Mi querido marqués, hombre de mi vida, lo que debes hacer es apostar menos y vender esa cuadra ruinosa, y de paso algunos de tus coches que nos dan mala imagen ante los pobres de Madrid, que se mueren de penas y yo de martirio. —Y tomaba su cheque y se lo guardaba en la pechera del vestido.
Esa escena se repetía cada mes y cada mes el cheque era de menor cuantía. Roberto vino a auxiliar en parte ese declive con mil quinientas liras mensuales. Y también protestaba, a su manera, para tirar de mí y sacarme de España. Y él insistía y yo me resistía, escondida en mi frenética actividad que me lo perdonaba todo. Me la tomaba como si la vida me fuese en ello. Me ayudaba a mantener la cabeza ocupada y no pensar en mi matrimonio, ni en los hijos que deberían de venir tras nuestro pequeño Claudio, ni en los continuos viajes de Roberto a Roma, ciudad en la que nunca dejó de residir. Su actividad política y militar engrosaba nuestra fortuna por la que yo nunca preguntaba, como si estuviese teñida por una mancha insondable que la hacía invisible.
Roberto Arzúa de Farnesio era hijo único. El entramado de los Farnesio se extendía también a dos monstruosas fábricas textiles en Turín y Roma. A la muerte de su tío materno, sin herederos, quedó como único propietario del imperio de una de las familias más antiguas de Italia. Además de poseer medio territorio de las provincias del Lacio, sus fábricas uniformaban las legiones del Duce, producían todos los uniformes del Regio Esercito, desde su creación, en la unificación del país. Con la llegada de Mussolini se multiplicaron nuestros contratos, hasta el extremo de inaugurar una fábrica en el norte de Florencia que llenaba los cuarteles de Italia de sábanas recias y mantas ásperas y tiesas, siempre en nombre de los elevados ideales de la nueva patria que incrementaba los bienes de Roberto bajo el palio de un nuevo orden, edificador de una Europa a semejanza de la antigua Roma.
Así lo creía Roberto.
Le vi atravesar las columnas de la puerta acristalada. Inclinó la cabeza al cruzarse con mis amigas, se llevó la mano a la frente y continuó hacia mí a través de la sala, a paso militar, sin ninguna intención de entretenerse a saludarlas más allá de lo cortés. Me besó el dorso de la mano con una inclinación teatral y tomó asiento a mi lado, junto al gran ventanal de la calle Alcalá. Dejó los guantes sobre la mesa y levantó la vista hacia la ancha avenida. La claridad le iluminaba el rostro y vi su piel fina y blanca encenderse con la luz del ocaso. Sus ojos redondos y pequeños observaban un tranvía parado enfrente, al otro lado de la calle. Todo el mundo se apeaba. El tráfico parecía cortado. Alcalá se llenaba de automóviles sin poder transitar, con taxis de los que bajaban sus ocupantes, y carros cuyas mulas parecían inquietas.
—¿Qué tal la carrera? ¿Cómo ha ido todo, cielo? —pregunté.
Roberto se encogió de hombros. Me dirigió la mirada con suma atención, recorriendo mi vestido, mi peinado recogido en un moño bajo, y esbozó una sonrisa, no muy contento. Llegó el camarero y pidió un Fernet Branca con agua.
—¿Cómo va a ir…? ¡Terrible! Ese asunto de las apuestas no me gusta. Tu padre no tiene solución. En fin… —Y se llevó la mano hacia la mejilla. La acariciaba de arriba abajo como si le doliese una cicatriz invisible—. He conocido en el hipódromo a unos individuos singulares. A un tal Feijóo… Qué personaje tan novelesco. Iba acompañado de un cliente suyo. ¿Te suena Francisco Anglada? Es un rico de provincias. Aunque por su arrogancia parecía madrileño.
—¿Estás de mal humor? Feijóo es un viejo conocido de mi familia y el que mencionas no me suena de nada. Mi padre… conoce a mucha gente.
—Tu padre, tu padre…, ¡a este individuo lo ha conocido hoy mismo! Y el tal Feijóo… ¡Llevaba una vecchia levita! Hoy nadie se pone eso, Lucía. Semejaba un prestamista. Espero que el marqués no recurra a gente extraña. Ya sabes que estoy aquí para todo, ¿me oyes? Pareces despistada.
—Ya, ya lo sé… Lo has dicho mil veces. Feijóo es un corredor de fincas y hombre de palabra. No hay por qué preocuparse.
—Bien, lo que tú digas. Pero se han ido los tres al Casino —dijo con preocupación, mirando con mayor curiosidad por el ventanal, hacia la izquierda. El tráfico estaba parado—. Creo que tu padre tiene un nuevo amigo en ese Anglada.
—¿Y…?
—No lo sé. Es un terrateniente que busca negocios e influencias en la ciudad y lo compra todo. —Juntó los dedos de la mano poniéndolos hacia arriba con ese gesto italiano—. Espero que tu padre se ande con ojo. No sé si ese hombre es de fiar…
—Te preocupas demasiado, Roberto. Confía en mi padre. Y no seas tan mal pensado… Ya veo que te ha caído mal.
Llegaba el camarero con su bebida, oscura y turbia, con espumilla blanca en la superficie, en un vaso alto y ancho con hielo. El bar del Círculo era de los pocos lugares en Madrid, junto al Pidoux y al hotel Ritz, donde servían Fernet Branca. Roberto tomó el vaso y lo miró de arriba abajo como si no estuviese a su gusto.
—Vosotros sabréis… —Lo probó, dio su conformidad y, cruzando las piernas, lo dejó sobre la mesa—. En fin. Yo no me quiero meter pero tu padre solo te tiene a ti, y tú estás hecha una filántropa… Tus hermanos son demasiado pequeños. Espero que lleguen a heredar algo.
—Siempre tan pesimista. Los mellizos han cumplido ocho años y pronto…
—¿Y pronto qué…? Sabes que lo que tu padre me ha confiado en Italia está seguro; no hay que preocuparse. Y escúchame, Lucía, tengo que estar en Roma el jueves, sin falta. Vente conmigo. Pasemos, al menos, unas semanas juntos.
—No puedo, ahora no puedo…
—¡Mi madre no conoce a nuestro hijo!
Alzó la voz más de lo correcto y se inclinó hacia mí. Su cuerpo alto y arrogante en ese uniforme llamaba la atención.
—No grites; a finales de año, ¿de acuerdo? El viaje es largo, Claudio es todavía un bebé…, mi madre no se encuentra bien, mis obligaciones… Roberto, mis obligaciones. Estamos haciendo en el orfanato una obra en la cocina y el ropero, hay tres obreros trabajando y he de estar allí sin falta. La hermana Juana me necesita…
—¡Yo también te necesito! ¡Soy tu marido! Y tanta «misión», como lo llamáis, no hace ningún favor a nuestro matrimonio. ¡Piénsalo, Lucía! ¡Piénsalo!
—¿Me estás amenazando?
—¡Eres imposible!
—¡Oh, por Dios, entiéndelo! No volvamos con lo mismo, por favor. Entiéndelo. A final de año. No me atosigues.
Y abrí el bolso para intentar mantener la calma, sacando un pañuelo con el que distraer las manos.
—Bueno… —dijo, despreciativo.
Se recostó contra el respaldo del sillón mientras se llevaba a los labios con tranquilidad el vaso y lo levantó para hacer un brindis.
—Mi madre, si tú lo permites, quiere conocer a su nieto. Pero a ti parece que nadie te importa, salvo los muertos de hambre. —E hizo un ademán con el vaso hacia la ventana, tomó un sorbo y lo dejó sobre la mesa.
—Creo que en la calle pasa algo —dije.
En ese momento entraba en la sala el pianista. Tenía unos veinte años y tocaba en el bar del hotel Florida. Dejó su carpeta con las partituras sobre la banqueta y fue hacia el bar. Allí se apoyó con los codos en la barra y se puso a charlar con un camarero.
—Lo de siempre en esta ciudad. Aquí todo el mundo se manifiesta por todo —repuso Roberto.
Cogió sus guantes de la mesa y se quedó observándolos, distraído, acariciando la piel. Observaba la calle con una mirada fría y escéptica, sin inmutarse.
—Espero que no le hayan pillado a mi padre esos manifestantes, como tú dices.
Roberto se levantó. Miró detenidamente por el amplio cristal. Desde ahí se veía casi toda la calle, hacia la Puerta del Sol, y dijo:
—Ya se circula, habrán llegado. No te preocupes, tesoro.
Se volvió a sentar y me contó resumiendo lo que había pasado en el hipódromo. El encontronazo con el corredor de fincas, que se inclinaba como un siervo, y de cómo éste había presentado a su cliente a mi padre, con una extensa y farragosa referencia a sus acciones en compañías eléctricas, inversiones inmobiliarias y las cuantiosas propiedades agrarias de los dos hermanos Anglada. Al parecer, mi padre había arqueado sus pobladas cejas al escuchar con sumo interés el número de hectáreas de los Anglada y, sobre todo, de sus terrenos en el ensanche de Madrid. Y el marqués había invitado al señor Anglada al Casino. Esa tarde había reunión de socios y mi padre tenía intención de presentar a su nuevo e inesperado amigo como candidato a socio de número al conocer el deseo del tal Anglada de ser miembro del Gran Casino de Madrid. Mi padre era un hombre impulsivo y solía meditar poco, pero su olfato casi nunca le engañaba en cuestiones de dinero. A la salida del hipódromo, y tras haber perdido la carrera y haber gastado una cuantiosa suma en una cuadra que le había costado una fortuna, entraron los cuatro en el Duesenberg de mi padre. Roberto se bajó en el Círculo para reunirse conmigo y continuaron los tres hacia Alcalá 15 para sellar así su nueva y futura amistad.
Hizo una pausa y se estiró la guerrera, tomando aire. Roberto me miró con un nuevo rostro, risueño y orgulloso, que me sorprendió. Sonreía bajo su fino bigotito perfectamente arreglado.
—¡Tengo una sorpresa para ti!
—Tú dirás…
La puerta de la sala se abría y llegaba el rumor del vestíbulo. Un grupo de hombres intentaba entrar en el Círculo sin la credencial de socios y discutían con los conserjes. Roberto miró hacia los alborotadores y se llevó la mano a un bolsillo de la guerrera. Yo me alarmé y la puerta se cerró. Enseguida oímos al grupo diluirse en la calle. El murmullo del salón aumentó y Roberto se relajó al ver a los hombres cruzar Alcalá.
Y vi cómo crecía un poco más, recostado con elegancia y altanería sobre el respaldo del sillón. Apoyó la cabeza y respiró hondo, henchido en el orgullo de su uniforme.
—Te anuncio… que el Duce me va a nombrar Seniore Onorario de la Milizia Volontaria per la Sicurezza Nazionale. —Y me miró con cierta vanagloria—. Ahora formo parte de las fuerzas armadas del Estado. Me gustaría compartirlo con mi esposa, si es posible, y que ella se digne a felicitarme…
Y bajó la vista hacia sus guantes. Los sujetaba con sus manos blancas y finas, dándoles la vuelta una y otra vez.
—¿Qué…?
—¡Es un gran honor! Yo solo colaboro, no hago la guerra; es el orden lo que hay que mantener…
—Pero…
Aquello era desconcertante. Me lanzó una mirada de irritación.
—Tesoro, ¿todavía no te has enterado de que la organización y el Duce confían en mí, en mi buen nombre? —me preguntó, suavizando la voz—. ¿En la estirpe de la que procedo?
Él no entendía bien mi falta de alegría ante la noticia. Conocía perfectamente la admiración de mi madre por aquel acto agitador en Roma. Eso sí fue una manifestación, siete años atrás. Más de cuarenta mil fasci di combattimento en marcha, inundando los caminos, carreteras, ciudades…, inicio de la revolución fascista y del golpe de Estado de Mussolini al que el rey se entregó y que retrataron todos los periódicos del mundo, como una marea tan crecida como peligrosa.
—¡Ah…! —No pude decir otra cosa.
Ahora, en la sala, entre el murmullo de conversaciones, sonaban los primeros acordes de una canción de Cole Porter, «Let’s Do It, Let’s Fall in Love», un musical que ese año triunfaba en Broadway. El pianista lo tocaba con soltura.
—¡Es un verdadero honor! —Y levantó el dedo—. Un grandísimo honor… ¡El Duce, el propio Duce! ¿Sabes lo que significa? ¡Es el pueblo de Italia!
—¿Y ese hombre sí es de fiar? Tiene una cara muy rara… —me atreví a decir, apelando a sus ojos oscuros y redondos sobre su rostro blanco y alargado que era capaz de cambiar de expresión como cambia de color el camaleón—. No hablan bien de él. Ni de vuestro partido, que da miedo.
Llevó su fría mirada de los guantes a mí y de mí a sus guantes, conteniéndose. Y se me heló la sangre. Su negra camisa me recordó que si había algo que Roberto no soportaba era que se pusiese en duda la integridad moral y política de su país, y de todo lo que contenía. Cualquier cosa me era permitida, menos dudar de él. Podría tirarme por la ventana o mandar construir una catedral, que él me daría el dinero, pero nunca, nunca, debía enjuiciar sus convicciones. Su ideario político era sagrado, inquebrantable. Su código ideológico se alzaba por encima de lo humano, sobre la cima de una torre de Babel que había construido para alcanzar al mismísimo Dios; cada vez más alta, más irreal y peligrosa.
—¡Escucha! —Y tiró los guantes sobre la mesa—. Si fuera español te sacaría de aquí, vendrías a rastras conmigo. ¡Pero… soy un caballero civilizado y te respeto!, y acepto que quieras vivir en esta ciudad aldeana, sin grandeza alguna, desgobernada por hombres débiles, sin carácter para guiar a una nación hacia la gloria y el orden. Sois… un desastre.
Y luego me preguntó por qué tenía que ser tan pueblerina, ¡con lo que él me amaba! Y volvió a tomar su vaso con toda tranquilidad cruzando de nuevo las piernas para decir:
—¿Qué se puede esperar de un país que elogia la locura?
Lo dijo con tal asco que me sumí en la mayor de las tristezas. Mi marido pensaba así de nosotros. Y me vino a la cabeza el alargado y altivo rostro de su madre, tan parecido al suyo, hablándome con superioridad, como si su amado hijo hubiese bebido de un conjuro; del mismo, probablemente, del que ella había probado cuarenta años atrás casándose con un vasco. La primera vez que vi a su anciana madre, ésta tuvo la delicadeza de mostrarme un periódico que hablaba de España: un insignificante artículo en su interior, en la sección de curiosidades, con la imagen de un toro que había reventado en una plaza de algún pueblo recóndito al que habría llegado un fotógrafo extranjero para tomar la instantánea que demostraba lo primitivos que somos.
Mientras ella se llevaba su taza de café a los labios, apretándolos, el criado rellenaba la mía con una risita entre dientes. Y hasta me llegó a preguntar si en Madrid las mujeres llevábamos chaquetilla corta y redecilla en el pelo, como en esas imágenes estereotipadas que circulaban por Europa. Me dieron ganas de contestarle que sí, que, efectivamente, vestimos a diario de goyescas: por la mañana jugamos a la gallinita ciega en la pradera de San Isidro y, luego para terminar el día, nos metemos en un cuadro de Goya y nos fusilan los franceses en la montaña del Príncipe Pío. ¿Le parece bien, doña Lucrecia? Pero ninguna palabra salió de mis labios, solo una conversación superficial en un italiano de estar por casa que tuve que aprender para hablar con ella y con los miembros desperdigados de la familia Farnesio.
Volviendo al salón del Círculo, su atmósfera estaba cargada del humo de cigarros, de respirares y susurros. El pianista ahora tocaba un tango de Gardel. Sentí vergüenza de lo que me acababa de decir Roberto: «¿Qué se puede esperar de un país que elogia la locura?». Alguien podría haberlo escuchado. Un grupo conversaba animadamente en los sofás del fondo. En unas mesas junto a las ventanas habían tomado asiento algunos conocidos que miraban a Roberto con ciertas distancias. En el Círculo se hablaba de él y del fascismo y de cosas que yo no deseaba creer. Ni de su orgullo desmedido de pertenecer a la MVSN. Presumía de aquel estandarte, con el fascio y los colores de su bandera, cosido en las solapas de los bolsillos de sus negras camisas, como un lictor con su túnica púrpura escoltando a un cruel magistrado de Roma. Pero su protección y fortuna tranquilizaba a mis padres. Mi unión con Roberto era el orgullo de mi familia, de los Oriol y de los Palacios; también un seguro de continuidad para nuestro cada vez más reducido patrimonio. «Un enlace ventajoso y… ¡adorable!», según palabras de mi madre. Ella sobrestimaba a mi marido. Lo creía un héroe desde la marcha sobre Roma de Mussolini y los camisas negras, en 1922. Y mi marido era uno de ellos.
—¿Vamos al teatro? —me preguntó Roberto cambiando de tono, de voz y hasta de cara.
—Ah, es verdad: Mariana Pineda. Las entradas… Sí, sí, las compré, las tengo en el bolso, pero…
—¿Y…? —preguntó Roberto, colocándose tranquilamente los guantes.
—Bah, dejémoslo; otro día. Ya no me apetece.
—Ecco la donna è mobile! —dijo estúpidamente.
Y lo miré, desanimada, mientras nos poníamos de pie y él dejaba un billete sobre la mesa. Según salíamos del Círculo, me agarró por la cintura y se me acercó cariñoso al cuello inspirando mi perfume como se inspira el aire que te pertenece.
Me susurró al oído:
—No te has perdido nada por no ver a esa Mariana Pineda.
Y bajamos caminando hacia Cibeles para tomar un taxi. En la esquina con Marqués de Cubas dos hermanos rubios y larguiruchos, sentados en el suelo, vendían revistas y novelas viejas con las cubiertas arrugadas y descoloridas.
—¡Dos por uno, dos por uno y uno de regalo! ¡Dos por uno, dos por uno y uno de regalo! —gritaban, mirándote con ojos enormes—. ¡Dos por uno, dos por uno y uno de regalo! —Y así hasta que dejamos de oírlos y sus vocecillas se perdieron entre el barullo de la calle.
Tuve un sentimiento de desolación y pensé en mi pequeño Claudio, de apenas un añito de vida, en nuestro cómodo y lujoso hogar. Él nunca tendría que vender en la calle novelas usadas, ni vestiría con pantalones remendados una y otra vez hasta romperse el tejido.
Los ojitos pequeños de Claudio miraban sin hambre.
En la plaza de Cibeles tomamos un taxi de regreso a casa de mis padres.
Segundo testimonio
Apenas unos meses más tarde, en una de esas mañanas transparentes y luminosas de finales de verano que solo Madrid posee, desde una ventana de un segundo piso, mis manos sujetaban ligeramente los visillos para observar a Guzmán, el curioso hombrecillo, medio raquítico, que trabajaba en casa desde que yo era una niña. Desde arriba, veía al chófer lamentarse del calor abrasador que caía inclemente e intentaba mantener la dignidad dentro de su oscuro uniforme con despeluchados galones rojos, un poco grande para su cuerpo menguado. Se apoyaba sobre el capó del Duesenberg de mi padre, aparcado en la puerta, distraído, mirando hacia la calzada el crepitar del calor, bajo la sombra de las acacias de la acera. Mataba el tiempo esperando la salida del marqués, de su hija y del señor Anglada.
Hacía más de una hora que los tres habíamos entrado por el portón labrado de la notaría de la calle Alcalá con la que mi padre trabajaba desde siempre. El adoquinado de la calzada acababa de ser restaurado para adecentar la zona que confluía con el primer tramo de la Gran Vía, llamada entonces Conde de Peñalver.
A pesar de que me era familiar el recargado despacho, con retratos de severos notarios pasados a mejor vida, me sentía nerviosa e intrigada por la actitud arrogante y ensoñadora de Francisco Anglada que, sentado junto a mi padre, leía los documentos. Mis manos se deslizaban entre las cortinas, y el conductor ahora se entretenía liando un cigarro tras otro. Los iba guardando cuidadosamente en una pequeña cajita de metal haciendo aspavientos con los guantes, entre cigarro y cigarro, para protegerse de la solanera que caía a las dos de la tarde en pleno centro de Madrid. Los pitillos se los fumaría en la taberna, si tenía la suerte esa noche de que la familia se quedara en casa y de que el señor no acudiera al Casino o al Círculo, y pudiese escaparse al fresco de la Cuesta de la Vega, donde se reunían hasta la madrugada los chóferes de las buenas familias de Madrid para contarse los chascarrillos de sus idas y venidas.
A esa hora del mediodía los tranvías pasaban casi vacíos. Los escasos transeúntes subían por la calle protegiéndose del plomizo sol con los sombreros caídos sobre la cara en un verano que parecía no tener final. Madrid cambiaba su fisonomía a una velocidad sorprendente. Nuevas avenidas se abrían paso por la ciudad como gusanos carcomiendo una fruta. Se habían expropiado manzanas enteras, palacios y conventos; altos andamios se elevaban para un nuevo desarrollo de moderno clasicismo; y la pobreza cercaba una vieja ciudad en plena transformación.
Mi padre intentaba disimular su pesar por tener que deshacerse del hotel de Pintor Rosales para el que había ideado varios proyectos, entre los cuales se encontraban un despacho de abogados y una correduría. Le oí acercarse por detrás. Me apartó hacia un lado de la ventana, discretamente, y se colocó junto a mí. Los dos nos quedamos observando al chófer, sin saber qué decirnos, y me agarró del brazo como para darme ánimos.
—Es solo una casa insignificante, Luchi; no te apures… Y no digas nada a tu madre, sabes cómo se preocupa… Se pone tan pesada… Las cosas van a ir mejor, estate tranquila. Ahora solo necesito un poco de liquidez. Parte de este dinero es para unos créditos…, el resto para empezar a construir en los solares de la Ciudad Lineal. Te recompensaré, hija mía —me aseguró, intentando forzar una falsa alegría, observando detenidamente a su chófer, tras la ventana, que seguía con su labor de liar cigarrillos, recostado perezosamente sobre la puerta del automóvil.
—No ha de hacer nada, padre —contesté pesarosa.
No quería que se sintiera obligado a nada. Y no recordaba los solares a los que se refería. Tampoco sabía que su situación financiera fuese tan mala como para vender ese hotel.
—No se preocupe —añadí para consolarlo de alguna manera—. Tenemos a Roberto. Pero…
Intentaba, a mi manera, pedirle auxilio por las intenciones de mi marido de sacarme de Madrid. Yo tenía veinticuatro años. Roberto me apremiaba para criar a Claudio en Italia, en cuanto creciera un poco. Familiarizarlo con su segunda patria, educarlo en el orden y la disciplina que faltaban en España. Cuando se acercaba a su cuna le hablaba en italiano, en interminables monólogos que acababan por dormirlo. Decía que pensaba usar enseguida el latín, que, según él, era la lengua que hacía honorables a los hombres. Y yo no tenía ni fuerzas ni ganas de llevarle la contraria. Como tampoco le llevé la contraria a mi madre cuando anunció mi compromiso con Roberto, el mismo día que cumplí dieciocho años, ni en lo relacionado con la organización del enlace dos años después. No deseaba saber si detrás de esas prisas existía alguna compensación para unir dos familias tan distanciadas en el espacio. El padre de Roberto era primo segundo de mi madre. Un hombre estudioso, leído, inteligente y trabajador incansable. Percibía el mundo como una gran manzana que había que morder hasta su corazón, y con una gran fortuna que afianzó en Nápoles fundando una naviera. En Italia se casó con la heredera de un imperio que se hallaba en el corazón de esa manzana que él devoró. Y antes de su muerte dejó escrito su deseo de unir nuestras familias. Yo apenas tuve nada que objetar a las ideas de ese hombre, y que compartían mis padres, incapaz de contrariarlos, sobre todo cuando conocí a Roberto, porque su apariencia era como la de un cuenco dorado del que bebería hasta saciar una sed que nunca tendría.
La llegada de mis dos hermanos llenó la vida de mi madre hasta su propio borde y pasé a ser un incordio y una preocupación para ella. Yo había cumplido dieciséis años y, de pronto, su agobio por mi futuro comenzó a atormentarla. La muerte de su primo segundo, en el fondo, no le vino nada mal. Hasta es posible que fuese ella quien le hablara de la posibilidad de prometerme a su hijo. Nadie se esperaba el segundo embarazo de mi madre —tras una delicada operación— que pudiese darle mayor descendencia a nuestra familia, salvo la de mi propia persona, dócil, tranquila y con escasas necesidades de contrariar a nadie. El nacimiento de los mellizos vino a modificar mi destino, a precipitarlo, a hacerme de golpe un ser más sensato aún de como había nacido, sin plantearme jamás mi vida como una causa propia, y enajenada de un futuro distinto al programado. Un futuro en el que jamás había pensado, como si fuese una parte de mí que nunca me iba a pertenecer. Como esa mañana me dejaba de pertenecer la casa de Pintor Rosales.
—Ya hablaremos en otro momento —dijo mi padre, soltándome del brazo cuando el notario entraba en la sala y tomaba asiento junto a Francisco Anglada para presidir la gran mesa oval.
Mi padre me invitó a sentarme, sin saberlo, junto al hombre que iba a formar parte de mi vida desde ese mismo instante. Recogí las manos sobre la mesa y crucé los dedos. La silla parecía moverse bajo el vendaval de mi cuerpo. Sentía su presencia como un arroyo por el que discurren aguas salvajes que me ahogaban. Su olor, a maderas de Oriente, sus ojos grandes y verdes, recorriendo mis manos indecisas, me arrebataba la seguridad en mí misma que creí tener hasta ese día. Su camisa blanca y el moreno de su tez acompasaban los gestos expresivos y risueños de su rostro. Sus manos se aproximaban a las mías, encima de la mesa, junto al tintero relleno hasta su borde. Yo las retiré. Y en ese momento nos sonreía a todos con tal franqueza que sus labios se apoderaron de mi mente.
Entonces vi a mi padre sentarse frente a él. Los dos comenzaron a charlar amistosamente de no sé qué negocios que se traían entre manos respecto a unos terrenos junto al hipódromo. El notario se ajustó los lentes. Como un viejo ratón miope me extendió la escritura. Y yo hice como que leía aunque realmente no era capaz de concentrarme en formalidades sintiendo cómo Francisco observaba mis ojos, mi boca, mis manos; cómo me movía y hasta cómo respiraba. Notaba sus ojos dentro de mí, y daba golpecitos con su estilográfica sobre un portafolio de piel marrón. Los dedos me temblaban. Con la escritura en la mano la deslicé sobre la mesa dando mi aceptación; los tres hombres sonrieron. El notario leyó solemnemente el contrato de compraventa y firmé en todas sus hojas, una a una, con la mirada de Francisco clavada en mis dedos. Unos dedos que le entregaban mucho más que una casa. Alcé la vista. Y él me sonrió.
La casa técnicamente era mía. Un bonito hotel que había puesto mi padre a mi nombre antes de casarme, como dote, pero que curiosamente era un secreto; nadie debía saberlo más que Roberto y yo, ni mi madre ni mis hermanos. Mi padre hacía ese tipo de cosas, compraba y vendía sin contar con nadie y lo repartía a su antojo entre sus hijos intentando ser ecuánime. Para luego vender si le hacía falta y tapar agujeros que cada vez se hacían más profundos.
Los ojos verdes de Fran, emocionados, estaban llenos de orgullo cuando alzó la vista tras estampar su firma en la hoja del título de compra, ahogándome en una mirada que me inundó de turbación y desconcierto. Había en ella una promesa que me perturbaba. Sus ojos saltones me hacían proposiciones que yo no quería entender. Parecía que nadie reparaba en la forma obscena que tenía Francisco Anglada de mirarme. Apenas unos minutos antes, no podía sujetar la pluma y subrayar un trazo firme en el papel. Sus ojos se clavaban en mí como una daga, y yo me negaba a reconocer la tristeza de una venta que sentí como una irreparable pérdida.
Tras la firma, mi padre y el notario —hombre ya anciano, con lentes redondos y pequeños— se retiraron a un rincón del despacho para hablar de otros temas pendientes. Se apoyaron sobre el tapiz de una vendimia que cubría toda la pared, y apenas oíamos Fran y yo sus cómplices susurros, todavía sentados a la mesa oval.
De pronto, me asustó el trueno de un repentino y violento aguacero. La calima insoportable había tomado esa mañana la ciudad.
—Tranquila, no pasa nada. Es solo una tormenta de verano… —exclamó Fran, poniendo rápidamente su cálida mano sobre la mía que yo apoyaba en mi rodilla, bajo la mesa.
Mi piel se crispó. Intentaba no mirarlo. Se arrimó a mí, acercando su silla, suavemente, en un movimiento táctico. Me susurró al oído algo que no entendí. Sentí su húmedo aliento y su voz atractiva y grave. Me consterné como una niña. Abrí el bolso y me empolvé la cara aún más, interponiendo la polvera entre él y yo como si fuera un escudo.
A Fran le gustaba el peligro. El riesgo. Le gustaba apostar, y fuerte. Sabía muy bien lo que quería y cómo conseguirlo. Las vidas de Roberto, la de Fran y la mía, unidas por un hilo invisible, siempre fueron un regreso continuo a ninguna parte.
El día de la firma mi marido se encontraba en Roma y asistí en su nombre y en el mío. Roberto me recomendó que vendiera sin pedir compensación alguna. Mi padre pasaba malos momentos, él apenas quería hablar de ello; de no haber sido así, jamás habría vendido aquella casa por la que sentía tanto apego, frente al parque del Oeste, y menos a un hombre como Francisco Anglada. Presentía en él una especie de incertidumbre, entre amenaza y salvación; creo que a todos en la familia nos pasaba algo parecido. Francisco pagó por la casa de Pintor Rosales muchísimo más de lo que valía, pagó para afianzarse en los negocios de mi padre y su influencia, y con una generosidad que asombró al propio notario, que no paraba de frotarse las manos como si parte del pastel fuera a parar a sus hocicos.
Enseguida nos levantamos de la mesa. Mi padre regresó de su conversación privada con el notario, quien abrió su reloj algo nervioso, me hizo una reverencia a modo de despedida y me besó la mano. Por el pasillo nos salió a despedir su secretaria, más vieja que Matusalén, con una pequeña chepa y casi sin cabello. Se le clareaba la piel del cráneo, e inclinaba la cabeza, diciéndole a mi padre que era un honor volver a recibirle, y nos dio a los tres su mano frágil y arrugada de mujer con un pie en el más allá. Era la esposa del notario.
Ya en el descansillo, antes de cerrar la puerta de la notaría, como si de pronto hubiera recordado algo imperioso que hacer, mi padre amablemente le pidió a Francisco que me acompañara al automóvil. Aludió a un asunto pendiente con el señor notario que había olvidado, y me dio instrucciones para que Guzmán me dejara en casa y condujese al señor Anglada donde deseara, y que a las cinco de la tarde estuviese el Duesenberg ante la puerta del notario Vázquez para recogerlo. Me dio un beso despistado en la frente y se dio la vuelta. La puerta de madera crujió al cerrarse detrás de nosotros.
El terror se apoderó de mí cuando me encontré con Francisco Anglada a solas, por primera vez en mi vida, en aquel oscuro descansillo con olor a madera encerada y a trementina, frente a las rejas de un viejo ascensor averiado. Yo me azoré y pensé en la suerte que tenía ese hombre. Y con la mirada puesta en los desgastados peldaños de madera, fui bajando uno por uno, rellano a rellano, desde un segundo piso más entresuelo. Se me hizo un camino eterno. Deseaba llegar al portal cuanto antes. Sentía el brazo de Francisco, fuerte y alargado, protegiéndome de una posible caída, como si fuera una niña que habían dejado a su cuidado y que estaba aprendiendo a caminar. No me atrevía a levantar la mirada de la escalera para no encontrarme con sus ojos
