La otra vida de Rachel

Dani Atkins

Fragmento

cap-1

1

 

 

 

Septiembre de 2008

Mucho después de que cesaran los gritos, cuando el único sonido que se oía era el llanto apagado de mis amigos mientras esperaban a que llegara la ambulancia, me di cuenta de que todavía tenía agarrado con fuerza el penique de la suerte en la palma de la mano. Mis dedos se negaban a desprenderse del diminuto amuleto de cobre, como si yo pudiera retroceder en el tiempo por mera voluntad y deshacer la trágica escena que tenía a mi alrededor.

¿De verdad hacía solo media hora que Jimmy había recogido la centelleante moneda del asfalto del aparcamiento del restaurante? «¡Suerte!», había exclamado sonriendo de oreja a oreja mientras lanzaba la moneda al aire y la cogía al vuelo hábilmente con una mano.

Le devolví la sonrisa y luego vi que un destello de irritación cruzaba sus pálidos ojos azules cuando oyó la siguiente ocurrencia de Matt:

—Jimmy, tío, si vas justo de pasta, dínoslo, ¡no hace falta que te vayas arrastrando por el suelo buscando calderilla!

Luego Matt se rió, me rodeó el hombro con el brazo y me acercó hacia él. Pensé que el rostro sombrío de Jimmy era una reacción natural al innecesario comentario de Matt, ya que ponía de manifiesto las diferencias entre la clase social de ambos. Y puede que se debiera en parte a aquello, pero no del todo. Había algo más... aunque a mí me llevaría mucho tiempo entenderlo, por supuesto.

Allí estábamos los tres, bajo la tenue luz del atardecer de un cálido día de septiembre, esperando a que se presentara el resto de nuestro grupo. Jimmy ya estaba en el aparcamiento cuando llegamos Matt y yo. Matt había dado un buen espectáculo circulando alrededor de las plazas vacías mientras buscaba el sitio perfecto para aparcar su nueva adquisición. Supongo que aún estaba en esa extraña fase de éxtasis que atraviesan los chicos cuando se enamoran de sus coches. Yo solo esperaba que tuviera el buen juicio de no presumir demasiado ante el resto del grupo.

Su coche nuevo era un deportivo deslumbrante y caro. Mi conocimiento sobre coches no va más allá. Se lo habían regalado sus padres tras haber aprobado los exámenes finales. Así era la familia de Matt... Era fácil entender por qué los comentarios sobre dinero a veces nos tocaban la moral a los demás. Normalmente él era bastante considerado y no nos lo refregaba demasiado por las narices, pero de vez en cuando soltaba algún comentario sin mala intención, lo cual acababa provocando una discusión. Yo esperaba que no dijera nada que pudiese estropear la que seguramente iba a ser una de las últimas noches que pasaríamos todos juntos en bastante tiempo.

—Jimmy, ¿has ido a trabajar hoy? —le pregunté.

Sabía perfectamente que sí, pero quería llevar la conversación a un terreno menos conflictivo. Jimmy se dio la vuelta y me sonrió de una forma que juro que no había cambiado desde que tenía cuatro años.

—Sí, esta es la última semana que estaré ayudando a mi tío. Cuando acabe le devolveré con gusto la carretilla y la horca. La horticultura y yo estamos a punto de divorciarnos.

—Aun así, mira el lado positivo: este verano luces un moreno fantástico que no tendrías si hubieras estado reponiendo estantes en un súper.

Y era verdad: la piel de Jimmy, normalmente clara, había adquirido un ligero tono cobrizo y sus antebrazos estaban más musculados y definidos debido a meses de trabajo al aire libre. Matt y yo también lucíamos unos bronceados bastante decentes tras nuestras vacaciones en la villa que sus padres tenían en Francia. El viaje había sido otra recompensa, y en este caso para los dos.

En un principio, mi padre se había opuesto a que yo me fuera. Y eso que Matt le caía bastante bien; venía a casa a menudo y ya llevábamos saliendo casi dos años, pero, incluso así, no estaba segura de que me dejase ir quince días de viaje con su familia. En parte se debía a la cuestión del dinero, ya que los padres de Matt, obviamente, se habían negado a que pagáramos cualquier gasto del viaje. El otro motivo —y el principal— había sido la clásica relación entre padre, hija y novio. Supongo que es algo que les pasa a todos los padres, pero en nuestro caso resultaba aún más difícil sin una madre que intercediera en la situación. Al final, Matt y yo conseguimos convencerle, explicándole que nos comportaríamos de forma honesta, que dormiríamos en habitaciones separadas y que nos pasaríamos todo el día con sus padres. Básicamente, le mentimos.

Esta sucesión de pensamientos me había llevado a preguntarme, y no era la primera vez, cómo se lo tomaría papá cuando a final de mes llegara el momento de irme a la universidad. Noté que empezaba a fruncir el ceño y me obligué a apartar esa idea de la mente. Llevaba casi todo el verano lidiando con aquel tema y no tenía la menor intención de estropear la última noche con mis amigos preocupándome por cosas que no podía cambiar.

Al aparcamiento del restaurante llegaron dos vehículos, ambos bastante más viejos que el de Matt pero no por ello menos queridos por sus dueños. La puerta trasera del pequeño coche azul que teníamos más cerca se abrió de golpe y Sarah salió corriendo hacia nosotros. Los tacones que llevaba, de una altura vertiginosa, repiquetearon sin parar mientras ella se tambaleaba peligrosamente por aquel suelo irregular hasta que me alcanzó y me envolvió en un enorme abrazo.

—Rachel, cariño, ¿cómo estás?

Yo también la abracé y durante un instante se me hizo un nudo en la garganta al darme cuenta de que pronto no podría verla cada día, sino solo durante las vacaciones de la universidad. Sarah y yo éramos amigas desde siempre y, aunque había conocido antes a Jimmy y mi relación con él era más estrecha, hay ciertos temas de los que solo hablas con las chicas.

—Siento llegar tarde —se disculpó Sarah.

Le sonreí con ironía; Sarah siempre llegaba tarde. A pesar de que poseía una belleza natural, era increíble la cantidad de tiempo que necesitaba para arreglarse antes de salir: no se alejaba del espejo sin haberse cambiado antes de peinado y de ropa varias veces. Y, además, nunca parecía satisfecha con el resultado final, lo cual era absurdo porque con su cara en forma de corazón, sus brillantes rizos castaños y su complexión menuda siempre estaba absolutamente encantadora.

—¿Lleváis mucho rato esperando? —preguntó mientras me cogía del brazo para alejarme de Matt y atravesábamos el aparcamiento en dirección a la entrada del restaurante.

Lo más probable es que se hubiera agarrado de mi brazo para asegurarse de llegar de una pieza al otro lado del asfalto con aquellos tacones de aguja tan ridículamente altos, aunque también podría haber sido para no tener que presenciar la reacción instintiva de Trevor y de Phil al ver a Cathy bajarse de su coche.

—Lo justo para que Matt haya cabreado a Jimmy —contesté en voz baja para que solo ella pudiera oírme.

Sarah sonrió con complicidad.

—¡Ah, entonces acabáis de llegar!

En aquel momento ya habíamos alcanzado el patio de entrada de la parte trasera del restaurante y estábamos esperando mientras los chicos, incluido Matt, fingían no estar mirando el canalillo de lo más sugerente que exhibía Cathy con su blusa escotada. Como también llevaba unos tejanos ajustados y unas sandalias de tacón alto —con las que al parecer andaba sin ninguna dificultad, para frustración de Sarah—, parecía vestida para una sesión de fotos. Su larga melena rubia le caía por encima de los hombros y todo en ella encajaba tan perfectamente que enseguida me sentí como si me hubiera vestido a oscuras con la ropa que no quieren ni en la beneficencia.

Cathy se había unido a nuestro círculo de amigos relativamente tarde. Antes de que llegara a nuestro colegio en bachillerato, éramos un grupo cerrado y unido formado por Sarah, los cuatro chicos y yo. Supongo que la proporción entre chicos y chicas era algo desigual, pero hacía tanto tiempo que éramos amigos que no suponía ningún problema. Dicho esto, casi todos los chicos habían recibido con mucho entusiasmo, por razones obvias, la incorporación gradual de Cathy a nuestro grupo. Y, dejando a un lado su belleza, era una chica muy divertida. Su familia se había trasladado a Great Bishopsford desde una gran ciudad y ella nos había parecido mucho más madura y espabilada que nosotros. Además, era muy simpática y extrovertida y tenía un sentido del humor socarrón, y cuando no estaba ligando descaradamente con todos los tíos que hubiera en un radio de diez kilómetros la verdad es que me caía muy bien.

Sarah, en cambio, recelaba de ella, y en más de una ocasión, cuando Cathy la había sacado de quicio o se había metido en sus asuntos, yo la había oído murmurar en tono amenazante: «La última en llegar, la primera en largarse».

Mientras Jimmy atravesaba tranquilamente el aparcamiento para reunirse con nosotras, Sarah dio un paso al lado y empezó a leer detenidamente la carta que había en el expositor de cristal junto a la entrada. Los demás habían ido a admirar el coche de Matt. O el escote de Cathy, pensé irritada mientras observaba cómo ella se inclinaba hacia delante exageradamente, para examinar las llantas de aleación. ¡Como si a ella le importaran las llantas!

—Tú estás mucho más guapa que ella —me susurró Jimmy al oído, leyéndome el pensamiento al instante.

—¿De verdad soy tan transparente? —le pregunté levantando la cabeza y sonriendo.

Esbozó esa gran sonrisa que yo conocía tan bien, la que hacía que se le formaran arrugas en las comisuras de los ojos y se le iluminara toda la cara.

—Como un libro abierto —confirmó él—. Pero de los buenos.

—Como una de esas antiguas y maltrechas ediciones de bolsillo, quieres decir, no como una revista de moda.

Como si quisiéramos confirmar esa analogía, miramos hacia el aparcamiento, donde Cathy escuchaba embelesada a Matt mientras él elogiaba un detalle u otro del coche.

—No tienes por qué preocuparte —me reconfortó Jimmy, y me dio un pequeño apretón cariñoso en el hombro—. Matt estaría loco si se fijara en ella teniéndote a ti.

La única respuesta que logré emitir fue un vago murmullo de asentimiento; me sorprendió notar que la calidez de sus palabras habían hecho que me ruborizara un poco. Me di la vuelta rápidamente.

Al ver mi reflejo en la ventana del restaurante pensé que mi viejo amigo no estaba siendo del todo sincero. Si lo decía de verdad, tenía que plantearse seriamente graduarse la vista. Estaba claro que yo jamás provocaría en los hombres la misma reacción que Cathy, con mi cabello largo y oscuro alisado a la moda, ojos grandes que apenas veían sin lentillas, labios un poco más carnosos de lo habitual y un rostro bastante agradable, pero no de una belleza deslumbrante. Era lo bastante sincera conmigo misma para saber que nunca sería una de esas chicas que hacen que todos los hombres se vuelvan en la calle para mirarlas. Y eso nunca me había preocupado, pero desde que salía con Matt —que era guapísimo, admitámoslo— era más consciente que nunca de mis imperfecciones.

—Y recuerda que para mí siempre serás aquella chica con pecas en la cara, un hueco entre los dientes y las orejas de soplillo.

—¡Eso era cuando tenía diez años! —protesté yo—. Menos mal que existe la ortodoncia... ¿Hace falta que me recuerdes con tanto detalle lo horrorosa que era en mi infancia?

—No puedo evitarlo —respondió Jimmy.

Si los demás no hubieran llegado justo en aquel instante, habría intentado averiguar qué significaba ese extraño comentario.

—Vamos —nos instó Matt agarrándome la mano y estrechándomela con fuerza—. Entremos antes de que les den nuestra mesa a otros.

Cruzamos juntos las grandes puertas de doble hoja, todos cogidos del brazo o del hombro con toda naturalidad, sin sospechar en ningún momento que en la media hora siguiente nuestras vidas cambiarían irremediablemente.

Nos acompañaron directamente hasta nuestra mesa, que estaba situada al otro extremo del restaurante junto a una gran ventana de cristal laminado, desde donde se disfrutaba de una excelente vista de la calle principal y de la iglesia situada en lo más alto de la colina. Mientras nos abríamos paso esquivando mesas para alcanzar nuestros asientos, reparé en que Cathy atraía muchas miradas de los comensales masculinos; Matt tampoco había pasado inadvertido entre el género femenino. Intenté ahogar esa vocecita preocupada que llevaba varios meses susurrándome al oído.

Matt era un chico muy atractivo; las mujeres se fijaban en él de forma instintiva; una reacción natural, por otra parte. Y, aunque era feliz sabiendo que era yo, y no otra, la chica que le acompañaba y la que iba cogida de su mano mientras zigzagueábamos entre las mesas abarrotadas, sentía una inquietud a la que tarde o temprano tendría que enfrentarme: ¿qué pasaría cuando estuviéramos separados y Matt se sintiese atraído por otra? ¿Seríamos una de esas parejas que sobreviven a la separación universitaria o nos convertiríamos en víctimas de la maldición de las relaciones a distancia?

Estos pensamientos se vieron interrumpidos cuando el camarero nos indicó, con un leve acento italiano, la mesa que teníamos reservada. El restaurante estaba atestado de gente y apenas había espacio, así que habían juntado dos mesas para que cupiéramos todos. Había quedado un hueco bastante estrecho junto a una columna de hormigón y uno de nosotros tendría que meterse forzosamente por ahí para alcanzar el asiento más próximo a la ventana.

Habría deseado que Sarah hubiera ido delante —ella era más menuda que yo—, pero me las apañé para atravesar el hueco sin quedarme atascada. Matt se deslizó hasta llegar a mi lado mientras los demás elegían un sitio y tomaban asiento. Jimmy se sentó en la otra silla que daba a la ventana, justo enfrente de mí, y Sarah optó por la que quedaba a su derecha. Me negué a mirar las maniobras lamentables que llevaron a cabo para decidir quién se sentaba junto a Cathy. Supongo que, en cualquier caso, el sitio clave era el que estaba frente a ella, ya que ofrecía unas vistas excelentes de su escote. Con las manos bajo el mantel para que nadie me viera, estiré mi camiseta para enseñar un poco más de canalillo, pero me sonrojé como una tonta al ver que Jimmy se daba cuenta.

—¿De qué te ríes, Jimmy? —preguntó Matt.

De repente, debido a esas casualidades inoportunas, se hizo el silencio en la mesa y todos oyeron la pregunta; y por supuesto se quedaron esperando la respuesta de Jimmy. Sabía que mis ojos le ordenaban frenéticamente que no dijera nada, pero no tenía por qué preocuparme. Jimmy cogió la carta con calma y se encogió de hombros con aire despreocupado.

—Nada, nada, me he acordado de algo que ha dicho antes mi tío.

Mientras los demás seguían el ejemplo de Jimmy y empezaban a examinar la carta, yo le miré y articulé un «gracias» con los labios. Había tantísimo cariño y amistad en su sonrisa que, por alguna extraña razón, mi estómago dio un vuelco de improviso. Confundida, aparté la mirada y fingí un profundo interés en las ventajas que presentaba la lasaña frente a los canelones.

Matt me rodeó la cintura con el brazo y me acercó hacia él mientras decidíamos qué pedir. Cuando volví a mirar a Jimmy unos minutos después, estaba enfrascado en una conversación con Sarah y, aunque él también me miró y me sonrió, esta vez mi estómago permaneció en su sitio.

Era imposible pasar por alto la nostalgia presente en la mesa: la sensación de separación inminente era casi tan perceptible como el aroma a tomate y ajo que flotaba a nuestro alrededor. Aunque todavía quedaban algunas semanas para que yo me marchara a Brighton, Trevor y Phil se irían después del fin de semana, y Sarah unos pocos días más tarde. No sabía por qué, pero no conseguía imaginarme al resto de nuestro grupo —Cathy, Jimmy, Matt y yo— quedando durante las semanas restantes.

Esta reticencia repentina a marcharme me asaltó de forma inesperada e intensa. No era que no quisiera ir a la universidad; por supuesto que me apetecía. Estaba claro que me había esforzado lo suficiente para lograr las notas que me permitirían entrar en la carrera de Periodismo. Sin embargo, esa noche comprendía por primera vez que una etapa muy importante de mi vida concluía definitivamente.

De momento no era capaz de centrarme en mi nuevo comienzo porque solo podía pensar en que iba a dejar atrás a mi novio y a mis dos mejores amigos. Me sentí ridícula al notar que se me humedecían los ojos y me apresuré a apartar la mirada, pues prefería el brillo cegador de los rayos del sol poniente a la reacción de las personas que tenía alrededor si se daban cuenta de que estaba a punto de ponerme a llorar.

—¿Estás bien? —me preguntó Jimmy en voz baja para que solo yo pudiera oírle.

Matt estaba pidiendo las bebidas, así que podía contestar sin riesgo de que se enterara.

—Sí, bueno... Supongo que estoy un poco sensible por todos estos cambios, despedirse de todo el mundo, esas cosas...

Mi voz se fue apagando porque pensaba que se reiría de mí, pero me quedé sorprendida cuando, en cambio, alargó la mano y me rodeó los dedos, que no dejaban de juguetear con los cubiertos.

La forma en que me cogió la mano me pareció extrañamente distinta; no era el apretón familiar que conocía desde que íbamos a la guardería. Puede que tan solo fuera el tacto áspero de su piel tras un verano trabajando en el huerto... ¿O era más bien el hecho de que me notara la mano tan pequeña, tan perfectamente acoplada en la suya?

Aunque no miré a Matt, advertí que había reparado en el gesto de Jimmy, pero, en lugar de apartar la mano, Jimmy me dio un último apretón y se lo tomó con calma antes de retirarla. Matt respondió de forma instintiva y se acercó más a mí reclamando mi atención y lo que consideraba que era su territorio, y me costó unos segundos darme cuenta de que antes de apartar la mano Jimmy había conseguido pasarme el penique de la suerte que se había encontrado fuera.

Sostuve la moneda con fuerza, imbuyendo al trocito de cobre más trascendencia de la que merecía. Era típico de Jimmy compartir conmigo incluso la buena suerte. Al fin y al cabo, habíamos compartido muchas cosas durante largos años. Para mí era más un hermano que un amigo; de hecho, me di cuenta de que tenía una relación más íntima con toda su familia que con muchos de mis parientes.

La madre de Jimmy y la mía eran buenas amigas desde mucho antes de que él y yo naciéramos, y cuando mi madre murió de repente siendo yo un bebé, la familia de Jimmy nos ayudó y nos acogió a papá y a mí en sus vidas y en sus corazones. Me conmovió el hecho de que mi padre no era la única familia a la que iba a dejar atrás cuando me marchara; sería casi igual de duro despedirse de los padres de Jimmy y de su hermano menor.

Cuando nos trajeron las dos botellas de vino que Matt había pedido, todos cogimos una copa para proponer un brindis.

—¡Por irse fuera!

—¡Por no abandonar!

—¡Por nuestras nuevas vidas!

—¡Y nuestros viejos amigos!

Repetimos todos este último brindis mientras las copas chocaban entre sí, reflejando la brillante luz del atardecer.

Mientras los demás bromeaban y charlaban alegremente, los observé durante un instante en un intento de sacar una foto mental del momento. Sabía que todos acabaríamos haciendo nuevos amigos en nuestras respectivas universidades y facultades, pero esa noche costaba creer que los nuevos lazos que forjaríamos llegaran a ser algún día tan fuertes como los que nos unían a los siete.

Cada vez que miraba a uno de mis amigos, un recuerdo o una emoción se despertaban en mi interior. Eran tantos que se mezclaban entre ellos, pero cada elemento evocado representaba un ladrillo más en el muro de nuestra amistad; y deseaba creer que seguiría siendo sólida independientemente de dónde acabáramos cada uno de nosotros.

Cuando miré a Sarah tuve que reprimir una sonrisa. En cierto modo ya estaba celosa de los nuevos amigos que iba a hacer en su curso de Arte. Sarah era guay, leal, divertida e increíblemente afectuosa, y su amistad era uno de mis tesoros más preciados. Fueran quienes fuesen, esos nuevos amigos aún no sabían lo afortunados que eran.

Y luego estaba Jimmy. Aquel verano me había pasado tanto tiempo estresándome al pensar cómo sería estar lejos de Matt que cada vez que recordaba que también tendría que despedirme de Jimmy, me apresuraba a arrinconar ese pensamiento en lo más profundo de mi mente. Sabía que resultaba extraño, pero el hecho de no ver a mi viejo amigo tan a menudo como antes me resultaba inconcebible, era tan difícil de asimilar que ni siquiera era capaz de pensar en ello.

Comprendí con cierta decepción que ni de lejos estaba tan preparada como creía para separarme de cualquiera de ellos.

Mientras esperábamos a que nos trajeran la comida, yo iba echando vistazos por la ventana y contemplaba el camino que llevaba hasta la iglesia. El sol empezaba a descender lentamente y bañaba el cielo de tenues sombras rojas y doradas, transformando la calle principal, habitualmente gris, en una mágica y abstracta combinación de colores. Se veía poca gente fuera, pero las hileras de coches aparcados a ambos lados de la calle indicaban que los pubs y restaurantes estaban llenos esa noche. En algún lugar a lo lejos se oía el inconfundible ruido de una sirena.

—Rachel, ¿me estás escuchando?

Desvié mi atención del exterior y me di cuenta de que Jimmy me estaba hablando.

—Perdona, tenía la mente en otra parte... ¿Qué decías?

Dirigió una breve mirada a Matt, que en aquel momento charlaba con Cathy, sentada a su lado. Jimmy parecía incómodo por tener que repetir lo que fuera que yo no había oído.

—Te preguntaba si mañana por la tarde podrías ir a mi casa, si no estás muy ocupada.

Aquella petición dubitativa no era nada propia de él y yo me quedé confundida tanto por su tono como por la formalidad de la invitación. Jimmy y yo solíamos presentarnos en casa del otro sin preguntar; no hacían falta invitaciones.

—Sí, claro. De todos modos tenía previsto pasarme para ver a tus padres una vez más antes de irme.

—En realidad, ellos no estarán mañana —dijo otra vez con aquel tono extraño e

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