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12 de agosto de 2015
—¿Has cerrado bien la puerta de casa? —preguntó Patricia con cierta desconfianza.
—Cariño, si lo has visto con tus propios ojos. Te he avisado para que me miraras al echar la llave.
—Lo sé, lo sé. Perdona, Maxi, me pongo muy nerviosa antes de viajar, no puedo evitarlo.
Patricia desconfiaba de los aviones, aunque no lo suficiente como para evitarlos y quedarse en tierra. Decía que era respeto más que miedo y que lo que más tensión le producía era el despegue porque tenía la sensación de que el avión perdía fuerza y no cogía la altura suficiente. Le sucedía desde que en el año 2008 un avión de Spanair que volaba rumbo a Las Palmas de Gran Canaria se estrellara minutos después de despegar del aeropuerto de Barajas, en Madrid. Aquel accidente le impactó especialmente porque entre los pasajeros fallecidos estaba el primo de una amiga. La muerte golpea dos veces cuando toca a alguien cercano o del mismo país, si no quizá hubiera sido un incidente más que habría olvidado cuando dejase de ser noticia en los medios.
—Este es el primer viaje que hacemos juntos y va a ser la leche, Patri. Déjate llevar y disfruta, que a Vietnam no se va todos los días, y menos con el chollo de billetes que hemos conseguido.
Por los altavoces de la estación Segovia-Guiomar anunciaron que se abría el control de acceso del tren Avant con destino Madrid-Chamartín. Desde allí cogerían un de tren de cercanías al aeropuerto, a la terminal cuatro. Patricia y Maxi fueron los primeros en situarse en la fila. Mostraron sus billetes a la empleada, que como si se tratara de un robot repetía a los pasajeros el andén y el vagón al que debían subirse sin apenas mirarlos a la cara. Pasaron las maletas por el control de seguridad ante el desinterés nada fingido del guardia y bajaron las escaleras mecánicas que conducían al andén número seis. Faltaban diez minutos para que llegase el tren procedente de Valladolid: la aventura comenzaba.
—¡Mierda! Se me ha olvidado cargar el móvil. Me queda un tres por ciento de batería —protestó Patricia.
—En estos trenes hay enchufes en los asientos. Ahora lo cargas un poco y solucionado.
Maxi aportaba en la pareja la tranquilidad que Patricia no encontraba cuando estaba nerviosa, algo que sucedía con cierta frecuencia. Eran muy diferentes, y quizá por eso se entendían tan bien. Pocas veces discutían y enseguida llegaban a entendimientos sin necesidad de alzar la voz para demostrar quién llevaba más razón, victoria que en otras parejas parecía estar destinada a quien gritaba más o al que tenía la última palabra.
—Mira, está allí Javi Valverde. Voy a saludarlo un momento. ¿Te quedas cuidando las maletas?
Patricia asintió.
Maxi se alejó unos metros. Patricia lo observaba sin apartar la mirada de él. Nunca había hablado con ese tal Javi, un compañero de trabajo de su chico en el taller con el que había hecho especial amistad gracias a su afición a la bicicleta. Habían completado varias rutas por la provincia de Segovia o incluso por la mal llamada por los periodistas «sierra madrileña». Siempre en domingo, su día preferido para desconectar, hacer deporte y, por qué no, tomarse unas cervezas después del esfuerzo; la recompensa ganada.
El aviso de un nuevo mensaje en el WhatsApp sacó a Patricia de su ensimismamiento. En la pantalla bloqueada vio que recibía un vídeo desde un número desconocido que empezaba por seiscientos cuarenta y siete. Accedió a la aplicación y lo descargó confiando en que el móvil no se apagase antes. El proceso era lento; la cobertura en la estación no era la mejor y el vídeo pesaba trece megas. Antes de completarse la descarga volvió Maxi. Patricia se quedó con el móvil en la mano y se olvidó del contenido recién recibido. La pareja habló de temas sin importancia y por fin el tren llegó. El vagón número tres se detuvo cerca de su posición. Cogieron el equipaje, subieron y lo colocaron en el maletero.
—Antes de sentarme aprovecho y voy al baño, que llevo meándome desde que salimos de casa.
—Qué fino eres cuando quieres —le reprochó ligeramente Patricia.
—Ya sabes que lo digo para hacerte rabiar, tontorrona. —La cogió con suavidad de la barbilla y le dio un beso—. Ahora vuelvo, chica guapa.
El WhatsApp de Patricia volvió a sonar; otro mensaje desde el número desconocido. Patricia recordó que tenía pendiente ver el vídeo. Pulsó el play sin fijarse en el contenido del texto. El teléfono estaba silenciado.
Maxi salió del baño. Antes de sentarse pasó por la máquina expendedora situada entre dos vagones y compró una botella de agua y dos Kit Kat. Se acercó hasta los asientos setenta y seis y setenta y siete, los suyos. Patricia no estaba. Sacó del bolsillo su billete y comprobó que no se había equivocado. Estaba en el lugar correcto. Lo guardó de nuevo y oyó cómo las puertas del tren se cerraban. Miró por la ventanilla y una ola de nervios y desconcierto recorrió en direcciones infinitas su cuerpo: Patricia estaba fuera, llorando en el andén. No llevaba las maletas, únicamente sujetaba con fuerza en su mano derecha el teléfono y su bolso. Ella lo miraba y solo veía lo que sus lágrimas le permitían: apenas una silueta borrosa suplicando una explicación. Maxi creyó entender que de los labios de su chica se desprendía un «lo siento» mudo incapaz de ser pronunciado. Golpeó el cristal y gritó su nombre tres veces, «Patri», «Patri», «Patri»…, pero Patricia ya se alejaba y el tren hacía lo mismo en dirección opuesta. El resto de los viajeros observaba la escena como los espectadores de una función de teatro: callados y expectantes, algunos con cierta sensación de angustia, esperando la resolución del conflicto y que esta fuera favorable al incrédulo protagonista.
Maxi probó a llamarla ajeno a las miradas que lo acribillaban. Tenía la esperanza de que ese tres por ciento de batería fuera suficiente: «El teléfono al que llama está apagado o fue…». Colgó. Lo intentó otra vez sabedor de que recibiría la misma contestación. Así fue. No dejó ni siquiera que la mujer anónima pronunciase la frase completa.
Hay algo peor al rechazo y al abandono: la ausencia aparente de un motivo. Es el enemigo más cruel de quien necesita una respuesta, sepa o no formular la pregunta adecuada. Maxi eligió el camino más sencillo y se culpó de algo que había hecho. No sabía el qué, pero tenía que ser responsabilidad suya. Optó por infligirse a sí mismo ese castigo antes que culpar a Patricia. La quería demasiado como para aceptar que escondía algo que la había llevado a bajarse del tren y dejarlo tirado a tres horas y media de volar juntos a Vietnam. Era su primer gran viaje en el año y medio que llevaban saliendo. Meses atrás, en diciembre, habían estado en Oporto aprovechando el puente de la Constitución; nada comparable a los diecisiete días que les esperaban en el sudeste asiático.
Se sentó resignado. En cuanto llegase a Madrid cogería el primer tren de vuelta. Perder el dinero de los billetes a Hanoi era lo de menos. Pensaba en Patricia. Necesitaba saber que estaba bien, que aquello era un malentendido o que le había entrado pánico a volar. Sabía que esto último no podía ser el motivo. Rememoró cada conversación de los últimos días buscando una pista que le llevase a entender por qué lo había hecho. No había nada a lo que agarrarse y, sin embargo, todo le parecía que podía ser un desencadenante.
—Disculpe, caballero. Vaya por delante que no me gusta meterme donde no me llaman. Es que le estoy viendo pasar un mal rato. —Un hombre de pelo blanco que rondaría los setenta años, con gafas de cristales redondos y ahumados, se acercó al asiento de Maxi. Se puso de cuclillas en el estrecho pasillo que separaba ambas filas, atrayendo su atención.
—No se preocupe, se trata de un malentendido. Se solucionará muy pronto —justificó la situación Maxi sin ganas de hablar con aquel tipo que vestía pulcramente un traje gris de verano y una corbata azul marino con pequeños círculos blancos distribuidos en aparente desorden.
—Quiero decirle que he estado observando a su mujer, o a su novia, lo que sea. No importa. No piense cosas raras. Me fijo en las personas por curiosidad nada más. No sé, me inspiran para luego escribir mis textos. —El tipo se empeñaba en no quedar como un entrometido—. Ella tenía un comportamiento normal hasta que ha ojeado su teléfono. De repente, se ha puesto muy nerviosa y ha mirado hacia todos los lados, supongo que buscándolo a usted. Parecía aterrada. Le temblaba la mano y ha terminado por romper a llorar. Después ha enfilado el pasillo sin coger nada más que su bolso y se ha bajado. Siento no poder serle de más ayuda.
Maxi le tendió la mano.
—Se lo agradezco, caballero. Claro que es de ayuda. Muchas gracias.
El agradecimiento de Maxi era sincero. El hombre regresó a su asiento satisfecho, sacó las gafas de un bolsillo interior y abrió un libro de Luis Landero recientemente publicado, Balcón en invierno, y se perdió entre sus páginas.
Si de algo le había servido aquel breve encuentro a Maxi era para entender que la causa había sido algún mensaje de su teléfono. No le tranquilizaba, pero sí le hacía descartar otras razones que le reconcomían aún más por dentro. Minutos después, por megafonía, avisaron de que el tren llegaba a la estación Madrid-Chamartín, final de trayecto, con un pasajero menos de los previstos.
Cuando bajó apresurado para ir a la taquilla y comprar un billete de vuelta a Segovia, Maxi todavía no sabía que no volvería a ver a Patricia…
2
—El inspector jefe me dice que le debemos las conclusiones del informe del caso Saavedra. Pregunta que cuándo las tendremos —recordó la oficial Goyanes sabiendo que de Peralta saldría una mala cara y algún improperio hacia sus superiores.
—Dile que nunca. ¿Qué más quiere? Si aquel caso está cerrado y requetecerrado y ya se ha apuntado la medallita el miserable. —Enrique Peralta tenía alergia a los informes. Sabía que eran tan necesarios como tediosos, pero veintiún años en el cuerpo no le habían servido para acostumbrarse—. Contéstale que esta noche tendrá una copia firmada en su correo electrónico, hazme el favor. No pienso pasar hoy por Valladolid, me tomo la tarde libre. —Goyanes asintió—. ¿Algo más, Marina?
—Sí. Afuera está esperando Máximo Ballesteros, un chico de aquí de Segovia, de veintisiete años. Por lo visto ayer por la tarde iba a viajar con su novia, una tal Patricia Redondo, a Vietnam, y cuando estaban ya subidos en el tren para ir al aeropuerto ella se bajó mientras él iba al baño. No ha vuelto a tener noticias, el móvil está apagado y cree que le ha pasado algo malo.
—¿Y si se ha bajado voluntariamente no es un poco pronto para que consideremos a la chica como desaparecida? De eso se podrán ocupar en esta comisaría, ¿no? Nosotros nos ocupamos de homicidios, no de desapariciones, y por lo que me cuentas esta ni siquiera lo es aún. Aquí tienen gente muy competente que puede dar con su paradero y dejarnos a nosotros volver a nuestra comisaría. Le daría un ataque de pánico o estará enamorada de otro y no le apetecía hacer ese viaje. A saber. —Goyanes mostró una mueca de contrariedad que, tras cinco años trabajando juntos, Peralta sabía interpretar mejor que las palabras—. Suéltalo, anda, que te va a explotar en la lengua eso que me ocultas.
Marina Goyanes sonrió. Ella también lo conocía muy bien.
—Este chico es el hijo de Aurelio Ballesteros.
—¡Anda! Haber empezado por ahí. Y ha llamado el papaíto ricachón para que demos prioridad al caso, ¿no? Si es que lo que no consiga don Dinero, hija mía… Bendita pobreza la nuestra. Quién nos mandaría meternos a policías con las cuatro perras que nos pagan pudiendo ser empresarios mequetrefes con derecho a meterse donde no les llaman.
—Pues sí, si fuera por dinero ni tú ni yo estaríamos aquí. Somos policías por otro motivo bastante mejor que la pasta.
—¿A qué te dedicarías tú, Marina? Cuéntame. Yo creo que sería patrón de barco y me entregaría a la contemplación y a dar paseos a los guiris por alta mar, metiéndoles un buen cuerno con el precio y ofreciéndoles un sucedáneo de paella con chorizo a treinta euros el plato que les pondría cachondos. Salivo al imaginar la vidorra que llevaría. Mañana creo que me voy a comprar la gorra de capitán y todo.
La oficial sonrió y negó con la cabeza, divertida ante las ocurrencias del inspector Peralta. Eran solo eso, ocurrencias que se inventaba cuando estaba contrariado por alguna decisión impuesta desde más arriba.
—Con lo inquieto que eres, al tercer día habrías hundido el barco o estarías tan harto de los turistas que a alguno lo arrojarías por la borda de la irritación que te causaría. No sirves tú para la vida contemplativa ni para vender paellas de garrafón y sangría peleona, no mientas. Por mucho que protestes, esta profesión es tu vida, que nos conocemos.
—Es este maldito trabajo, Marina, que me ha dejado la cabeza tocada. Yo de joven era un tío tranquilo y sosegado que perseguía a las chicas para hacerlas rabiar y se contentaba con comer pipas en un banco del parque y arreglar el mundo, aunque no supiera nada de la vida. —Peralta se rio—. Cuéntame un poco más del asunto antes de recibir a ese Maxi Ballesteros, anda, y ya veré después cómo arrojo turistas a los tiburones del Atlántico, si es que queda alguno.
Aurelio Ballesteros era dueño y fundador de Gráficas Ballesteros, una de las cinco empresas más importantes del sector en España, y con amplia diferencia la entidad privada que más puestos de trabajo proporcionaba a los segovianos. Ballesteros mantenía con la ciudad castellana una relación de amor y odio a partes iguales. Participaba en proyectos sociales relacionados con la infancia y el deporte, y patrocinaba eventos culturales que quizá de otra manera no habrían tenido cabida en una ciudad cuya población estaba anclada en menos de sesenta mil habitantes. Año tras año el censo alertaba de que envejecía y sus jóvenes huían despavoridos por la falta de oportunidades de empleos cualificados, siendo Madrid la ciudad adoptiva por excelencia.
Pero en el debe de Ballesteros pesaban varias polémicas que no habían dejado indiferente al sector social más crítico, como irregularidades pasadas en las finanzas de la empresa que se diluyeron entre rumores y abogados, denuncias de grupos ecologistas por el impacto medioambiental de otros negocios internacionales en los que era accionista, y un escándalo de faldas que terminó en divorcio después de que media ciudad se convirtiera en juez moral de su vida privada.
—El inspector jefe ha llamado para que hables con Maxi Ballesteros aprovechando que aún estamos en Segovia. Es probable que no sea importante, pero como no tenemos nada pendiente de momento, quiere que te encargues tú, así que me parece que vamos a tener que quedarnos al menos unos días más en esta comisaría. Míralo por el lado bueno, nos vamos a ahorrar unos cuantos kilómetros de carretera hasta que veamos qué pasa con esto, y después de todo aquí nos tratan bien y estamos en casa.
Peralta y Goyanes, junto con el agente Blasco, pertenecían al Grupo de Homicidios de la Jefatura Superior de Castilla y León. Tanto el inspector como la oficial eran segovianos y residían en la capital, pero se desplazaban cada día en coche a su puesto de trabajo en Valladolid. Las últimas semanas habían estado en Segovia en comisión de servicio para trabajar en un homicidio que parecía resuelto y que finalmente resultó requerir de una línea de investigación más compleja de la prevista en sus inicios. Ya resuelto el denominado caso Saavedra, como lo habían llamado de cara a la prensa y a la opinión pública, tenían previsto retornar a la capital vecina, pero la desaparición de Patricia Redondo cambió sus planes.
—A veces pienso que ese cretino lo hace para tocarme las pelotas; no tiene ningún sentido que nos pida esto ahora. ¿Hay algún puto alto cargo en este país que sepa realmente cómo mandar? —Marina sonrió de nuevo con la bravuconada de su jefe y avisó a un agente para que hiciera pasar a Maxi.
—Venga, inspector, si sabes que Calderón te adora. Te lo pide porque confía en ti más que en nadie y sabremos resolverlo en un periquete. A él también le habrán pedido de más arriba que lo solucione pronto y opta por los mejores, que somos nosotros —dijo Marina para reducir a la nada el enfado de su superior—. Con lo de Saavedra nos hemos coronado ante nuestros superiores, no lo niegues. Peor sería si se lo diera a otro porque fuéramos unos inútiles, ¿no crees?
—¿Periquete? Hacía mil años que no oía esa expresión. Goyanes, te estás haciendo mayor. Insisto en que esto no es un homicidio, es una desaparición de hace menos de un día. No es competencia nuestra y lo único que está haciendo Calderón es pasarnos el marrón y quedar bien con los gilipollas de sus jefes y con Ballesteros. Le vuelve loco codearse con las altas esferas y más si después aparecen su nombre y su foto en el periódico. No me digas que no se despiertan tus instintos asesinos más primarios cada vez que lo escuchas en una rueda de prensa hablando como si hiciera algo importante.
—Hasta que llegue a tus cuarenta y cuatro años aún me queda para hacerme mayor, inspector. Siempre me llevarás diez de ventaja. —Goyanes le guiñó un ojo cómplice—. Y sí, a mí tampoco me cae especialmente bien, pero por mucho que protestemos es lo que toca, así que vamos al lío.
En la jefatura nunca se apagaban las voces que apuntaban a un supuesto romance entre Peralta y la oficial; rumores habituales cuando un hombre y una mujer son amigos y es el hombre el que jerárquicamente tiene un rango superior. Los cotilleos no les afectaban y sí los tomaban con cautela para que no afectaran a sus respectivas parejas. No estaban dispuestos a cambiar su relación cercana por dejar de alimentar a las hienas. Les funcionaba bien y les hacía estar a gusto en el día a día. Sobraban los recordatorios de que uno estaba laboralmente por encima.
—Inspector, le traigo a Máximo Ballesteros —anunció con un toque solemne un agente de uniforme.
Peralta le dio el visto bueno.
Maxi entró al despacho derrotado de antemano. Sus ojos enrojecidos evidenciaban más su estado de ánimo que su aspecto desaliñado y el pelo revuelto que tapaba parte de su frente. Estrechó sin mucha fuerza la mano de Peralta y se sentó cabizbajo. Jugueteaba con sus dedos apoyados en la mesa, esperando encontrar la fórmula para mitigar el desasosiego. Cada hora sin noticias de Patricia era un puñetazo a la esperanza de recuperar su vida anterior al viaje. No sabría cuánto más podría aguantar sin saber dónde estaba su chica. Peralta tomó la iniciativa después de las presentaciones de rigor.
—Debo decirle, señor Ballesteros, que la inmensa mayoría de los casos de desaparición se resuelven satisfactoriamente y tienen como causas enfados y malentendidos, así que lo primero que le pido es que esté tranquilo y confíe en nuestro trabajo. —Peralta tenía fama de poseer poco tacto, pero era simple fachada. En situaciones tensas sabía usar las palabras adecuadas y transmitir serenidad—. Cuénteme lo sucedido con detalle para situarme y no omita ningún dato que pueda parecerle innecesario.
—Se lo he contado antes a un compañero suyo. —Maxi quería librarse del mal trago de revivirlo y dio por hecho que el inspector estaría ya al corriente del suceso.
—Pues ahora me lo tiene que contar a mí de nuevo. Si dejo que lo haga un compañero, usted corre el riesgo de que se le escape algo, y supongo que nada le interesa más ahora mismo que resolvamos la desaparición de…
—Patricia, mi chica se llama Patricia Redondo —dijo Maxi levemente molesto por tener que recordarlo.
—Eso, Patricia. Adelante, soy todo oídos. —Y a Peralta le sentó mal que el chico pusiera objeción a su petición de relatarle los hechos. Niñato, pensó.
El inspector apoyó la espalda en el respaldo de la silla y relajó el cuerpo para escuchar, sin interrupciones, el relato de Maxi. El chico se perdía, tal como le habían pedido, en detalles innecesarios que creía que ayudarían a la policía en la investigación. De vez en cuando miraba a Goyanes, que atendía de pie a las explicaciones, haciendo gestos casi imperceptibles. Diez minutos después, Peralta tomó la palabra.
—¿Puedo saber a qué se dedica, señor Ballesteros? —preguntó Peralta para situar al chico en la historia.
—Sí, soy mecánico en los talleres Prim. —El inspector levantó las cejas. No esperaba aquella respuesta—. Sé lo que está pensando, que cómo un chico cuyo padre tiene tanto dinero y contactos trabaja en un simple taller, ¿verdad? Como ve, no todo es tan previsible como parece. —Maxi estaba acostumbrado a dar esa explicación con regularidad.
—Supone usted mucho sin que haya abierto la boca. No se olvide de que no está aquí para interpretar lo que yo pienso. Cíñase al relato.
A Peralta el chico le iba cayendo cada vez peor. Había algo en él que le producía rechazo, quizá el tono de voz un tanto altivo. O quizá le repateaba tener que obedecer órdenes no de su inspector jefe, sino de un empresario que creía que tenía carta blanca para hacer y deshacer a su gusto hasta con la Policía Nacional.
—Disculpe, llevo desde ayer sin dormir. No quería parecer ofensivo. —Maxi reculó sabedor de que sus palabras habían sonado a reproche.
—Volvamos al tema. —El inspector dio por cerrado el conato de polémica—. Dice usted que cuando subió al tren Patricia estaba nerviosa por el vuelo. ¿Está convencido de que el motivo no era otro?
—Estoy seguro, era por eso. No le gustan los aviones, pero nunca dejaría de hacer un viaje por miedo. Ha volado varias veces. De hecho, hace tres meses estuvo con sus padres en Grecia. Pongo la mano en el fuego por ella. —Peralta pensó en la cantidad de gente que se habría abrasado con esa afirmación si existiese un juez que obligase a cumplir la expresión a rajatabla.
—¿Dónde viven, señor Ballesteros?
—Prefiero que me llame Maxi —matizó el joven.
—Maxi, ¿dónde viven? —A Peralta le daba igual cómo llamarlo.
—En la calle Conde Sepúlveda número uno, el edificio ese que tiene tantas casas al lado de la rotonda de Santo Tomás, frente al colegio Diego de Colmenares.
—Sí, sé cuál es. Está aquí al lado. —Le pareció innecesaria la aclaración—. Preguntaremos a los vecinos, es importante saber si Patricia regresó al domicilio.
—Ya lo he hecho yo. Muchos están de vacaciones, y los que he pillado en casa dicen que no la vieron.
—Eso déjenoslo a nosotros, que a algunos les entran ataques de memoria cuando ven una placa. ¿Tienen cuentas comunes en el banco? —La pregunta del dinero era una de las que más nervios provocaba en los interrogados, ya fueran testigos, víctimas o potenciales verdugos.
—Sí, sí, no ha sacado dinero. Antes de venir aquí lo he vuelto a comprobar.
—¿Y ella tiene su propia cuenta?
—Así es. Tenemos una cada uno y luego la común donde metemos pasta para pagar los gastos del piso, teléfono y esas cosas. Si lo ha sacado de ahí ya no puedo saberlo, no tengo las claves.
—De no aparecer en el plazo oportuno pediremos una orden al juez para que se nos alerte desde el banco si hubiera movimientos en su cuenta personal. ¿Algún incidente que quiera contarnos?
—No entiendo. —Maxi frunció el ceño extrañado de que la conversación tornara hacia él.
—Le pregunto, Maxi —Peralta enfatizó el nombre del chico—, que si ha habido algún problema entre ustedes o con un tercero. Discusiones, problemas de pareja, de dinero, con la familia… Un conflicto con su entorno, vamos.
—Qué va, no tenemos enemigos. Nos llevamos bien con todo el mundo.
—¿Con la familia también?
—Sí, sí, por supuesto, tanto su familia como la mía son encantadoras y nos apoyan en todo. Jamás discutimos por algo grave. No se me ocurriría pensar que alguno tenga algo que ver con esto, a ella la adoran.
Qué suerte no tener enemigos, pensó el inspector. A él se le quedaban cortos los dedos de las manos al enumerarlos.
—¿Y no ha notado nada diferente en la casa? Algún objeto que falte, dinero que tuviesen guardado en algún lugar escondido y que ahora no se encuentre allí, o ropa que no esté en el armario.
—No, dinero no tenemos en casa. Y respecto a la ropa, también he revisado su maleta, que me traje yo porque no la bajó del tren, y a priori no he visto nada reseñable, aunque si le soy sincero tiene tanta que ya me pierdo.
Peralta cedió el turno a Goyanes. La oficial formuló una batería de preguntas de rigor para agilizar el comienzo de la investigación, sobre todo para conocer quiénes formaban el círculo de confianza de la chica y cuáles eran sus rutinas, y prometió tenerlo informado de las novedades que se produjeran. Acompañó al chico a la puerta y volvió al despacho de Peralta.
—¿Qué te parece? —se adelantó ella.
—Bueno, tenemos pocos datos. Lo más lógico es que a la chica le entrase un ataque de pánico y ahora esté avergonzada, ¿no? —Goyanes asintió—. Pero si es una chica cabal, como dice él que es, es un poco raro que siga con el móvil apagado dieciocho horas después y no haya mandado al menos un mensaje a sus padres o al novio para decir que está bien. Me hace mi hija eso y no sale de casa en siete años ni para bajar la basura.
—¿Me pongo a ello entonces?
—Sí, sí, no sea que Rockefeller Ballesteros se enfade y llame al jefe para protestar. Llévate a Blasco a la estación y mira a ver qué puedes rascar. Seguro que al Maxi este se le ha escapado algo. Yo me voy a pasar a hablar con los vecinos a ver si a alguno se le refresca la memoria. Probablemente no sea nada, pero vamos a adelantarnos a la jugada. Y hagamos igual con los conductores de los autobuses urbanos y los taxistas; alguien tuvo que bajarla de la estación si no vinieron a buscarla.
—Te voy informando con lo que sea.
Goyanes salió del despacho. Habló con el agente Blasco y juntos fueron a la estación de trenes Segovia-Guiomar en su coche particular. Allí, tras hablar con los empleados, corroboraron que no había ningún elemento extraño más allá de los que había relatado Maxi.
3
—Jefe, Maxi Ballesteros se ha dado cuenta de que su coche no está en el mismo lugar en el que lo dejó aparcado ayer por la mañana; antes de irse con la chica a la estación, me refiero.
—Confirmáis entonces lo que dijo el chico de que no habían subido en coche.
—Exacto. En la estación el aparcamiento es de pago. Hay una parcela de tierra justo al lado donde la gente que va y viene en el día lo deja para no tener que pagar, pero es lo que dijo, que para los días que iban a estar fuera no quería aparcarlo allí, así que subieron en el autobús número doce, que se coge en la parada del instituto Andrés Laguna, en la misma calle donde viven. Nos lo ha confirmado, además, el conductor. Los ha reconocido.
—¿Y se ha dado cuenta ahora del cambio? —preguntó Peralta.
—Es algo raro. El coche ayer estaba estacionado justo frente a la puerta del supermercado Eroski de la travesía Antonio Machado, y hoy, cuando el chico lo ha vuelto a aparcar cerca, se ha dado cuenta de que cuando lo cogió por la mañana estaba unos cuatro o cinco metros más adelantado. De hecho, tiene un mensaje de WhatsApp que le mandó a un amigo que vive al lado para que le eche un vistazo de vez en cuando durante las vacaciones, y le da esa localización.
—Bueno, ya sabemos que Patricia Redondo volvió a casa. Si cogió el coche entiendo que subiría al piso, a no ser que se llevase las llaves a Vietnam. Habrá que buscar huellas por si acaso. Llama al chico y dile que no vuelva a usarlo hasta que lo revisen los de la Científica.
—Se lo he comentado y cree que las llaves no las había metido en el bolso, pero no me lo asegura. Lo llamo ahora mismo sin falta.
—De todas formas, qué raro que llevando un año viviendo en esa casa no tuvieran plaza de garaje en la zona, ¿no?
—Se lo he preguntado antes, dice que hasta hace dos semanas la tenían. El dueño la necesitaba para él y ahora estaban buscando una nueva.
—Esta mañana lo veía como una pataleta de niñata, pero tras veinticuatro horas sin dar señales de vida y sin que nadie la haya visto en una ciudad pequeña como esta, me empieza a inquietar. Y lo del coche no ayuda a ser optimista, qué quieres que te diga. Voy a pedirle al juez que nos dé autorización para ver las grabaciones de las cámaras de seguridad de la estación y de las que estén cerca de la casa de la chica. Tenemos que saber con certeza si cogió el coche y en qué dirección lo hizo. Lo que te he dicho, avisa a los de la Científica para que lo registren. Que no lo coja Maxi hasta que den ellos el visto bueno.
—Opino igual, jefe. Aquí hay algo chungo que se nos escapa. He mandado a Blasco a preguntar por los alrededores, a sus amigas y a los familiares. Coinciden en el relato de Maxi sobre que se llevaban todos bien, ninguno ha señalado a otra persona como sospechosa.
—Yo estuve en la casa. Debajo está el bar Cáthedra, pregunté a su dueño, un tal Eduardo, y a algunos clientes que no recuerdan haberla visto. Ese edificio, además, tiene portero, vive allí y a esa hora suele estar o fregando las escaleras o en la portería. Conoce a Patricia y dice que no la vio regresar, lo que pasa es que a la hora que se bajó del tren el tipo casualmente no estaba trabajando.
Marina apuntó en su libreta los datos que le ofrecía Peralta y recordó algo.
—Ah, y que no se me olvide. Blas
