Esplendor de Portugal

António Lobo Antunes

Fragmento

24 de diciembre de 1995

24 de diciembre de 1995

Cuando dijo que había invitado a mis hermanos para pasar la Nochebuena con nosotros

(estábamos comiendo en la cocina y se veían los guindastes y los barcos tras los últimos tejados de Ajuda)

Lena me llenó el plato de humo, desapareció en el humo y mientras desaparecía la voz empañó los cristales antes de apagarse también

–Hace quince años que no ves a tus hermanos

(la voz al cubrir las ventanas de vapor se llevó consigo las colinas de Almada, el puente, la estatua del Cristo que batía solitaria encima de la bruma el desamparo de las alas)

hasta que el humo se disipó, Lena regresó poco a poco con los dedos tendidos hacia la cesta del pan

–Hace quince años que no ves a tus hermanos

de modo que de repente me di cuenta del tiempo transcurrido desde que llegamos de África, de las cartas de mi madre desde la hacienda primero y desde Marimba después, cuatro chozas en una ladera de mangos

(me acuerdo de la casa del jefe de policía, de la tienda, de ruinas de cuartel que naufragaban en la hierba)

los sobres que guardaba en un cajón sin mostrárselos a nadie, sin abrirlos, sin leerlos, pilas y pilas de sobres sucios, cubiertos de sellos y de matasellos, hablándome de lo que no quería saber, la hacienda, Angola, la vida de ella, el cartero me los entregaba en el descansillo y una extensión de girasoles murmuraba en los campos, girasoles, algodón, arroz, tabaco, no me interesa Angola llena de negros en la fortaleza, en el palacio de gobierno y en las cabañas de la isla, tumbados al sol creyéndose nosotros, cerraba la puerta con la carta sujeta entre dos dedos como quien sostiene un bicho por la cola

cartas iguales a bichos malolientes, muertos

la bahía de Luanda, ajena a los cocoteros, se reducía a un vestíbulo minúsculo que necesitaba pintura decorado con un paragüero y una cómoda, Lena me llenaba el plato de humo y borraba el mundo

–Los echaste a la calle y ahora, pasados quince años, quieres que tus hermanos vuelvan

sentada frente a mí usando la mano como abanico para ahuyentar el vapor

–Si yo fuese tú no esperaría visitas esta noche, Carlos

engordó, se tiñe el pelo, se queja de no sé qué en el corazón, se hace revisiones médicas y toma medicinas, Lena se mete entre mi familia y yo, la hija de un empleado de la Cuca que vive con un montón de primos a cien metros del barrio Marçal, por vergüenza nunca le dije a ningún compañero del instituto que salía con ella, si se le ocurría acercarse toda risueña a la salida de clase

(delgada, con trenzas, no iba a ver al médico ni tomaba medicinas para el corazón)

le susurraba furioso

–Vete

y ya dentro del autobús, después de comprobar que nadie nos miraba le hacía una seña con el índice, una casa que era un desastre con la lámpara del porche manchada de mosquitos, enredaderas musgosas, el padre en bermudas leyendo el periódico, vecinos mulatos en cubos de tablas, con las letrinas a cielo abierto en una esquina del muro, Lena con las trenzas deshechas que me tiraba de la solapa en el café, la ciudad parada, mis compañeros con la cerveza suspendida en alto intrigadísimos, yo con la esperanza de que no me oyesen

–Vete

me fingía tan ignorante como ellos, tan sorprendido como ellos que se burlaban de la casa y de los vecinos mulatos, te tiraban los cuadernos al suelo, te subían la falda riendo, te gritaban desde lejos

–Chabolista

y tú llorando recogías los cuadernos y tu padre que no iba en automóvil como nosotros, iba en una motocicleta antigua, los amenazaba con el periódico, inofensivo, minúsculo, inseguro sobre sus piernas llenas de ronchas

–Mi hija es más que vosotros, sinvergüenzas

Lena que me tiraba de la solapa en el café

–Necesito hablar contigo, espera

mañana todo el mundo en Luanda sabrá que salgo con ella, el director me expulsará con gesto irritado

–Fuera

mis compañeros volverán la cara tapándose la nariz

–Hueles a colonia barata que apestas, Carlos

la egoísta de Lena, sin importarle que me vuelvan la cara, me arrastra hacia las arcadas del paseo marítimo ornadas de pájaros a la espera del crepúsculo, cuando las traineras salen a pescar, dispuestos a volar a gritos y a picotear en el gasóleo

–No me telefoneas, no me haces caso

luces que se movían entre las cabañas y las palmeras de la isla, las farolas de la ciudad encendidas, el anuncio luminoso del hotel al que le faltaban letras de color naranja y azul, personas y coches que en la oscuridad no me prestaban atención, mis compañeros que telefoneaban a sus amigos A que no sabes la novedad, a que no te la imaginas, agárrate bien, no te caigas, adivina con quién está saliendo Carlos, no, el otro, el idiota de Malanje, y yo odiando a Lena que ni siquiera me da un hijo, Lena que recoge la mesa en Ajuda, limpia el hule con la esponja, se pone los guantes de goma para lavar los platos

–Los echaste a la calle y ahora quieres que tus hermanos vuelvan, si yo fuese tú no esperaría visitas esta noche, Carlos

Lena que no descansó hasta que no me casé con ella y la libré del Marçal, de los parientes con tiriteras de paludismo en el hollín de la habitación vestidos de negro como si siguiesen viviendo en el Miño, se tropezaba con cántaros de barro, con santitos con pabilos de aceite a sus pies, los domingos sus tíos, sudando en sus chaquetones, recorrían cinco palmos de huerto con la esperanza de encontrar repollos

estás saliendo con la chabolista, Carlos, confiesa que estás saliendo con la chabolista, de chabolista nada, qué manía, tiene el apartamento en obras

Lena gorda y con el pelo teñido acabó de secar los platos, los apiló en el armario, se quitó los guantes y fue hacia la sala donde estaba el árbol de Navidad aún sin tiesto ni estrella de papel plateado ni bolas ni copos

–Hace quince años que no ves a tus hermanos

me quedé solo en la cocina oyendo el zumbido de la nevera y mirando las colinas de Almada, mirando la hacienda desde la ventanilla del jeep a medida que nos alejábamos hacia el asfalto entre baches del atajo que dividía los girasoles marchitos, la cantina, donde los luandeses compraban cigarrillos, pescado seco y cerveza tibia los domingos, surgió en una curva y se escondió tras los árboles, junto con chozas calcinadas en la parcela donde un setter ladraba, girasoles marchitos, arroz marchito, algodón marchito, el tractor sin ruedas en una zanja, en el punto en el que el atajo se cruzaba con el asfalto una patrulla de la Unita se plantó frente a nosotros y mandó parar el jeep haciendo señas con las escopetas, soldados descalzos de uniforme andrajoso que nos revolvían el equipaje en busca de monedas y de comida, de cualquier cosa que pudiesen robar, un tufo insoportable de yuca, uñas inmundas que escarbaban entre los asientos, bocas desdentadas

–Quita, quita

mi hermana a mi madre que escapaba de ellos retorciéndose de miedo

–Madre

–Los echaste a la calle y ahora quieres que tus hermanos vuelvan, si yo fuese tú no esperaría visitas esta noche, Carlos

un sargento con panamá, ajeno a los soldados, asaba una serpiente en un escobillón sin preocuparse por nosotros, un remolino ponía las hojas en danza en el patio del convento de columnas rajadas, con salamandras y lagartijas en lo que quedaba de los arcos, adonde mi padre, andando despacio con los bastones, iba a observar a los milanos, mi padre en cama, con un rosario colgado en la cabecera, mirándonos con una alarma de ciego

Dadle un beso a vuestro padre

las fosas nasales enormes, el cuello crispado de manchas ocupado en el trabajo enorme de intentar respirar

(se notaba el martirio de las costillas)

me enredé con uno de los bastones y el bastón cayó con el ruido más fuerte que jamás oyera, mi hermano que gritaba por los truenos y se sumergía a gatas bajo los muebles agarrándose a la silla, con gotas de chocolate en el babi

–No le doy ningún beso

mi padre con una raspa de carcoma en la garganta, ese día comimos en la despensa oyendo la lluvia en el tejado, los criados preparaban canapés, clavaban croquetas en palillos, los llevaban en bandejas arriba, automóviles de las otras haciendas en el jardín, mi hermana a mi madre intentando escapar de los soldados de uniforme andrajoso

Quita, quita

–Madre

que nos abrían el equipaje, nos rasgaban los bolsillos, me quitaban la cadena, el sargento de la serpiente, haciendo girar el escobillón, encendió una radio a pilas como si fuese festivo y estuviese con sus amigotes en la cantina, la música saltó desde un charco de crepitaciones y nos dejó sordos, mi madre empujó a uno de los soldados con el bolso

–Dales los pendientes para que nos dejen en paz, Clarisse, dales lo que quieran

fue entonces cuando reparé en un cuerpo tumbado junto a la serpiente, un soldado al que le faltaba la mitad de la cabeza cubierto de moscardas, le di un pellizco en el codo a Lena, Lena en voz muy baja

–Cállate

un soldado la golpeó con la culata en el vientre

el vientre que nunca tuvo un hijo, a que no sabes la novedad, agárrate bien, no te caigas, adivina con quién está saliendo Carlos

le rompió el collar, las cuentas se desparramaron al mismo tiempo que el sargento comenzaba a pelar la serpiente con el cuchillo, mi hermana entregó los pendientes, la peineta del moño, el anillo, el asfalto de la carretera de Malanje resquebrajado por los morteros vibraba bajo el calor y en eso un ruido de avión, los soldados escondidos en la hierba, el sargento que cortaba la serpiente en trozos, los metía en un saco, se marchaba sin prisa, mi madre se puso al volante del jeep y aceleró

–Rápido

mientras guardábamos ropa en las maletas abiertas, cogíamos camisas, calcetines, pantalones, la bolsa de las pinturas y de los perfumes de Lena con los frascos y los estuches aplastados, mi madre mirando la hierba

–Rápido

Lena no conseguía andar por culpa del culatazo, Rui y yo la cogimos en brazos

Hace quince años que no ves a tus hermanos

–Rápido, rápido

mi hermana continuaba juntando blusas, sandalias, un espejito redondo, las cuentas del collar que danzaban al sol, el ruido del avión disminuía al norte más allá del bosque en Pecagranja o en Chiquita

me acordé de los mangos y del jinga que el jefe de policía ahorcó, me acordé de los otros jingas callados a la espera

una bomba, una segunda bomba, un cañón distante que florecía en el cielo, mi madre con miedo a que los de la Unita volviesen y nos ocurriese lo mismo que al soldado de las moscardas

–Clarisse

el jeep avanzaba en zigzag con Lena que se apretaba el estómago con los brazos, delgada, con trenzas, al salir de la iglesia en Malanje, el órgano seguía sonando, las primas nos echaban pétalos en la escalinata, el señor obispo sonreía, el ahorcado estiró las piernas una o dos veces y se quedó girando en el tronco, el jefe de policía lo apuntó con el látigo

–Es en la tienda de la patrona donde se compra pescado seco, no en la tienda del pueblo

mandó que los soldados destruyesen los cajones de pescado del comerciante mestizo que no se atrevía a un gesto, que derramasen gasolina y le prendiesen fuego, quemó los retales de sarga, los paquetes de tabaco, los estantes de botones, tirantes, elásticos, cinturones de cuero y juguetes de madera, el comerciante con su hijo a caballo fue a pedirle disculpas a mi madre dispuesto a arrodillarse

–Juro que no sabía que trabajaban para usted, yo no les vendo nada a los empleados de la hacienda, sólo le vendo a la gente de Chiquita

mintiendo descaradamente ya que toda la gente de Chiquita trabajaba para nosotros y él nos robaba el porcentaje de la ganancia, pero se hacía el pobre diablo, intentaba conmovernos con el crío, nos mostraba la choza donde vivía

–Soy pobre

besaba la mano a mi madre, me besaba la mano, le pedí la palmeta al cabo de los soldados y el comerciante protegiendo a su hijo, lloriqueando por el labio partido

–No me haga daño, soy pobre, no me haga más daño

para enseñarle a obedecer repartimos los lechones y los restos de la tienda entre los capataces, una sarta de hombres risueños y felices como son los africanos cada vez que se lucran con la desgracia de los otros, de aquí para allá saqueando al mestizo, chocando con el ahorcado en el afán de apoderarse de cenizas y basura mientras la mujer del mestizo los miraba en silencio, una india en zapatillas que enseñaba en la cabaña de la escuela a alumnos sin cartillas ni libros a escribir números y letras torcidos en papel de envolver, los primeros murciélagos se soltaban bruscamente en la indecisión de la noche, el jefe de policía a mi madre, galante

–Tal vez deberíamos ahorcar al mestizo

el comerciante aterrado, con el pelo en desorden, una crin lodosa de caballo viejo, los clientes a la espera repantigados en piedras con la intención de pasárselo bien con una segunda ejecución gratis más divertida que las películas antiguas que en el Día de Camões les proyectaban en la pared de la comisaría, discursos del mariscal Carmona, desfiles de bomberos, los niños de la Mocidade Portuguesa formados en saludos romanos, inauguraciones de represas, todo lleno de rayas, zarandeos, espacios vacíos, la película que se quemaba cada minuto, el proyeccionista

–Joder

la reparaba con pegamento, los jornaleros con banderitas verdes y rojas vacilaban sin saber qué hacer con ellas, les daban un vaso de vino, un paquete de galletas y una medalla de Fátima, les gritaban

–Viva la Patria

ellos respondían sin entusiasmo, que nunca los vi entusiasmarse con nada salvo con las desgracias y los relojes de pulsera con correa metálica

–Viva la Patria

y los dejaban en paz hasta el día siguiente agitando las banderitas, con la tripa llena, borrachos perdidos dentro del poblado, radiantes con la posibilidad de un segundo jornalero en la punta de un gancho, sobre todo si era de la familia, para heredar así sus bártulos, la cacerola rota, el jarro sin asa, la miseria de la estera, mi madre al jefe de policía, delicada pero con el sentido de la planificación económica alerta

–Si los ahorcamos a todos, ¿a quién pongo yo a doblar el espinazo, eh?

y como el jefe de policía no hacía ademán de recoger arroz desde las seis de la mañana por quince escudos al día, con la obligación de gastar en la cantina y deber a fin de mes, pues el pescado está caro, el triple de lo que la aldea entera pagaba, los soldados sustituyeron el excelente propósito de un hombre balanceándose en una rama por un reparto general aún mejor de bastonazos a la gente que, cosa extraña, no se regocijó con la iniciativa y se dio a la fuga, la muy ingrata, hacia las balsas del río, con las palmas en el lomo o en las nalgas según los caprichos de la porra, seguidos de mi hermano y de las balas de la escopeta de perdigones con la que desde la Pascua aterrorizaba a Pecagranja, mi madre preocupada

–Llamad a Rui, pobre, no vaya a ser que se caiga y se lastime por culpa de esos idiotas

Rui

–¿Cómo es que te has acordado de ellos si hace quince años que no ves a tus hermanos?

a quien le gustaba disparar granos de plomo durante la cosecha de girasol, el enfermero con gafas pegadas con papel celo y una de las lentes rajada pasaba horas quitándolos con mercurocromo y una pinza en el pabellón de cancerosos llamado enfermería, jeringuillas oxidadas, un tubo de lavativa en un clavo y ampollas de sulfato de quinina caducadas en cajas de cartón, a pesar de tantos cuidados los de la meseta de Huambo, abastecidos por el administrador con un saco de semillas por campesino, no se cansaban de morir de disentería apenas llegaban en camiones de ganado, y fingían estar molidos del viaje para no trabajar, tenían en seguida vómitos y fiebre, el administrador insistía en que agonizaban a propósito, metía un cubo de hielo en el ano del jefe para servir de ejemplo pero el miércoles ya el jefe

–Un hombre con una salud de hierro, señora, es el espíritu de contradicción de esta gente

estaba muerto y enterrado y los súbditos, lealísimos, se daban prisa en imitarlo

–Levántate, no nos vengas con ésas, levántate

aguantaban un mes a lo sumo fortalecidos a fuerza de lavativas y sulfato de quinina, mi madre se entendió con el administrador de Dala Samba y comenzó a contratar a bundibangalas que aunque fuesen mentirosos y lentos siempre resistían un poco más, había quien soportaba la cosecha entera pero no podía marcharse tan alegremente porque con los gastos en la cantina nos debía las veinte cosechas siguientes siempre y cuando sembrase gratis y no comiera, los soldados les mantenían uno o dos hijos en chirona para asegurarse de que se quedaban con nosotros, un poco más delgados, claro, pero dispuestos al trabajo, los sábados les mostraban a los niños de lejos entre las rejas, si mi madre fuese bundi-bangala daría saltos de alegría aliviada por no tener a la prole y a su marido sin dar golpe en caso de que también lo aceptasen, el problema es que nadie nos quería, quién iba a querer a un inválido con un pie en la sepultura y a tres muchachos que no servían para nada, tal como

supongo

se sintió feliz por embarcarnos hace dieciocho años en el barco de Lisboa con la disculpa de la guerra civil, de lo que les hacían a los blancos, de los cubanos, de Sudáfrica, y volvió a Cassanje a encargarse de la plantación sin nosotros ni Lena que la estorbase

–Chabolista

escribiendo cartas llenas de sellos y matasellos, tan sucias como si hubiesen ido a pie de Malanje a Ajuda, que el cartero entregaba y yo iba amontonando sin leer en el cajón, sobres de la hacienda primero y de Marimba después, una aldea que no existe ni en los mapas, mangos, construcciones desmoronadas, los dormitorios del cuartel que se hacían polvo bajo la lluvia, mi madre viviendo, vaya uno a saber cómo, alimentada a base de yuca en una pocilga cualquiera junto con una o dos criadas que se quedaron con ella, la cocinera llamada Maria da Boa Morte

Maria da Boa Morte Maria da Boa Morte Maria da Boa Morte

porque quien la hizo se murió al parirla, siempre con la brasa del cigarrillo encendido en el interior de la boca, cuando era pequeño me gustaba su olor a fritanga, su olor a tabaco, al agua de colonia con la que se veía obligada a empaparse para atenuar la catinga, Maria da Boa Morte

Maria da Boa Morte

y tal vez Josélia que atendió a mi abuela en la habitación del primer piso, sobre el manzano que soportó la neblina, los manzanos resecos por el clima que se consumían rama a rama en un polvillo perfumado a medida que yo crecía como si no hubiesen existido, ni una marca en la tierra, una cicatriz, un surco, una arruga, una señal, como si, pasados tantos años, yo no hubiera existido

Josélia Maria da Boa Morte Josélia Josélia

como si mis hermanos no existieran a pesar de los inviernos pasados en esta casa adonde Lena asegura que ellos no vuelven

Yo que tú no esperaría visitas esta noche, Carlos

mandé un telegrama a Estoril a Clarisse, hablé por teléfono con el director de la residencia de Rui, avisé

–A las seis

avisé

–Te espero, lo espero a las seis

así que tocarán el timbre de un momento a otro, seguro que si comienzo a contar llaman a la puerta antes de que llegue a cien, oigo un taxi que se detiene allí fuera, el autobús en la parada de la avenida, pasos en la escalera y yo con el árbol de Navidad aún sin montar, falta poner el abeto en el tiesto y añadir unas piedras para que quede derecho, falta colocar la estrella de purpurina, el algodón de la nieve

algodón girasol arroz el sabor de las papayas

las guirnaldas, las bolas, envolver los bombones que le compré a Clarisse, la corbata que le compré a Rui, el vino espumoso en el cubo de hielo, los platitos con nueces y piñones, el mantel de encaje en la mesa, el roscón de Reyes, el bacalao, si cuento de cien a cero, cien noventa y nueve noventa y ocho noventa y siete noventa y seis, seguro que antes de llegar a diez entran los dos por ahí, si llego a cero y nada es porque mi hermana fue a buscar a mi hermano y se retrasó por el tráfico, es difícil encontrar un tranvía, mucho más un taxi a esta hora con Lisboa entera de compras, centros comerciales, boutiques, supermercados, mis hermanos con regalos para mí y para Lena, un libro, un disco, un adorno, un cuadro, yo que los ayudo a quitarse las gabardinas, a acomodarlas en el perchero, a poner los paraguas en la tinaja de cerámica, a la vez que elogio la elegancia de ella, la ausencia de canas de él

No esperes visitas esta noche, Carlos

Lena que preveía una Nochebuena sola conmigo

(contar hasta cien otra vez, contar de cien a cero, contar hasta trescientos)

idéntica a las últimas quince Nochebuenas desde que

como ella insiste

los eché de Ajuda, levantándose sorprendida con la blusa mejor por lo menos que los trapos de Sambila

No es una chabolista, palabra de honor que no es una chabolista, sus padres tienen el apartamento en obras, te juro que es exactamente como nosotros

que suele usar, adornos y perendengues de estaño, una Nochebuena sola conmigo, aburridos, callados, viendo la misa por televisión, leyendo revistas, oyendo el tintineo del canalón y el viento en los arbustos, Lena que ofrece sillas, ofrece mi lugar en el sofá con el hueco del tamaño de mi cuerpo

–Sentaos, sentaos

las colinas de Almada contra el cielo, barcos iluminados, las farolas del astillero, Lena sola en la sala, yo solo en el umbral, la botella de vino espumoso en el cubo de hielo, los platitos con nueces y piñones, el mantel de encaje, el roscón de Reyes, hileras de luces parpadeando en el pino, yo que cuento hasta cien, hasta quinientos, hasta mil, seguro de que vendrán porque mandé un telegrama a Estoril, hablé por teléfono con el director de la residencia, seguro de que vendrán mientras oigo el tintineo del canalón y el viento en los arbustos del barrio, cuento mil veces de uno a cien hasta la madrugada frente a la fuente con el bacalao intacto.

24 de julio de 1978

24 de julio de 1978

Hay algo terrible en mí. A veces el murmullo de los girasoles me despierta por la noche y siento que mi vientre crece en la oscuridad de la habitación con eso que no es un hijo, no es una inflamación, no es un tumor, no es una enfermedad, es una especie de grito que no saldrá por la boca sino por el cuerpo entero y llenará los campos como el aullido de los perros, y entonces dejo de respirar, agarro con fuerza la almohada y los mil tallos del silencio se mecen despacio en el interior de los espejos, aguardando la claridad pavorosa de la mañana. En momentos así pienso que estoy muerta, rodeada de chozas y de algodón, mi madre murió, mi marido murió, sus lugares desaparecieron de la mesa y en donde vivo ahora hay habitaciones y más habitaciones vacías cuyas lámparas enciendo al atardecer para engañar la ausencia. De niña, antes de que volviésemos a Angola, presencié el linchamiento del loco del pueblo en Nisa. Los chicos le tenían miedo, los perros huían si pasaba, robaba mandarinas, huevos, harina, se plantaba en el altar mayor e insultaba a la Virgen, un día abrió la barriga de un ternero del pescuezo a la verija, el animal entró en la plaza tropezando con sus tripas, los campesinos de la heredad cogieron al loco

yo al acabar la consulta mientras Rui se vestía con ayuda de la enfermera

–¿Qué tiene el pequeño, doctor?

–Un problema hereditario en el cerebro, señora, corrientes eléctricas desordenadas, su comportamiento puede cambiar

lo llevaron a empujones hacia la era, comenzaron a golpearlo con azadas y palos sin que se defendiese, sin que protestase siquiera, un vagabundo que sonreía y crecía su sonrisa a cada golpe, me acuerdo de un olivo encorvado, del sol, de hombres que alzaban y bajaban los rastrillos, el loco, sonriendo siempre, sacó el peine del bolsillo de los pantalones y se arregló el pelo, en el momento siguiente una piedra le aplastó el pecho y los mechones semejaban el nido que las cigüeñas construían encima del tanque del agua

Volverse agresivo por ejemplo, volverse rebelde, déle estos comprimidos en la comida y en la cena y en mayo, ya veremos, tráigalo de nuevo a la consulta

ramas y hojas y barro y pedazos de tela, cuando los campesinos se alejaron me quedé no sé cuánto tiempo sola con el hombre hasta que apareció la Guardia, yo y las palomas torcaces revoloteando en la represa, como nadie me miraba cogí el peine del loco, un peine roto al que le faltaban dientes, lo escondí en mi cajón detrás de los lápices y de los cuadernos de la escuela, lo conservé durante años conmigo en una lata de bizcochos abollada y rayada sin pintura en la tapa, en cuanto lo tocaba veía las casas de Nisa y el ternero que entraba en la plaza tropezando con sus tripas, los otros que nunca comprenderán nada de nada

–¿Eso es un peine, Isilda?

–No es nada

–Seguro que es un trozo de peine, enséñamelo

–No te lo enseño, no es nada, déjame

y creo que por esa época me di cuenta de que había algo terrible en mí. Despertaba de noche con el murmullo de los girasoles

Te despiertas con los girasoles pero no te despiertas si los niños lloran

mi vientre crecía en la oscuridad de la habitación con eso que no era un hijo, era una especie de grito que no saldrá por la boca sino por el cuerpo entero llenando los campos como el aullido de los perros, mi cara sonreía la sonrisa del hombre de bruces en la era acerca de quien el cabo de la Guardia, tocándolo con la bota, aconsejó a mi tío

–Entiérrelo en la zanja donde entierran a los perros vagabundos, servirá de abono a las cañas y asunto arreglado

permití que Carlos

(no, Carlos no)

se formase en mí para ahogar el grito, el embarazo fue mi cuerpo convertido en el cajón donde un cadáver crecía

–¿Estás peinando al bebé con ese peine horroroso, Isilda?

–No, déjame en paz, vete

y después Clarisse, y después Rui, yo como un ternero despanzurrado sangraba y tropezaba con las tripas en cada nacimiento, desgarrada del pescuezo a la ingle caía de mí misma en una agonía exhausta, sin una protesta, una queja, una palabra de odio, de bruces en las sábanas

–Póngase boca arriba, doña Isilda, póngase inmediatamente boca arriba, no sea así

con el peine en la palma, sonriendo desafiante a quien me mataba porque hay algo terrible en mí que vosotros desconocéis pero que los animales y los negros descubren, las criadas descubren mirándome con miedo en cuanto entro en la cocina y fijo las comidas del día como si fuese a morir delante de ellos, algo terrible que se prolonga en Rui

Un problema hereditario, señora, una complicación que se transmite a los hijos, nunca puede preverse cómo van a reaccionar

y que Carlos y Clarisse no tienen, dado que ni los animales ni los africanos se asustan de ellos, se les arriman a las piernas, se restriegan, nos olfatean, ríen, una forma de quedarse quieto, suspenderse, mirar, una expresión, un olor, la casa se ha vuelto diferente sin los hijos, no mayor, diferente, dicen que cuando los hijos se van las casas crecen y se vuelven tristes, no es verdad, al volver a la hacienda de regreso de Luanda apenas el barco desapareció en medio de una confusión inmensa, cargado de equipaje y de gente por no hablar de los frigoríficos y fogones y automóviles que quedaron en el muelle y que los cubanos y los habitantes de las chabolas se repartían a tiros, capaces de morir por una cacerola eléctrica o un lavaplatos averiado y de cargarlos por la ciudad en una concentración de hormigas, al volver a la hacienda de regreso de Luanda la casa había cambiado, conocía los objetos y los hallaba extraños, conocía las sillas y no me sentaba en ellas, los retratos en los marcos me mostraban desconocidos de los que sabía los hábitos y el nombre, la cocinera, el único ser en el mundo que Carlos quiso, no me quería a mí, no quería a sus hermanos, no quería a su mujer, la quería a ella, encaramado en el barco me pedía que la tratase bien, Maria da Boa Morte con la brasa del cigarrillo en el interior de la boca, a quien enseñé buenas maneras como se enseña a un animal y a quien tenía allí por pena entre jarros y coles, y mi hijo, quién me explica esto, sin despegarse de ella un centímetro, bebiendo de su mano, comiendo de su mano, exigiendo que se quedase a su vera para conseguir dormir, no me lo exigía a mí, nunca me lo exigió a mí ni a su padre, era a Maria da Boa Morte a quien él quería, apenas llegaba del instituto en las vacaciones se metía en la despensa a conversar con ella, al volver a la hacienda de regreso de Luanda la casa había cambiado, conocía los objetos y los hallaba extraños, conocía las sillas y no me sentaba en ellas, el pasado de los retratos en los marcos había dejado de pertenecerme, quién demonios es éste, quién demonios es aquél, esa señora allí del brazo de su marido lleva un sombrero que yo tuve

Qué bien te sienta ese sombrero, Isilda

se parece a mí de joven, la boca, la nariz, la curva de la cintura, una pamela que se ajaba en el desván, deshilachada por las polillas, un esqueleto de gasa que si me lo pusiese ahora me plantarían en el jardín para ahuyentar a los gorriones, un espantajo de percal abriendo los brazos a los pájaros en medio de las gardenias

Qué bien te sienta ese sombrero, Isilda

lo mandé traer de Portugal, lo llevé en la cena del gobernador con pendientes de zafiro, fue un éxito en el bautizo de Rui, lo llevé conmigo a Europa, visité París con él, lo paseé junto al mar en Barcelona, si me sentía apenada iba corriendo a buscarlo, cerraba la puerta con llave, me lo probaba frente al espejo de la habitación aun sin pintura en los labios, aun sin sombra en los párpados y me apetecía cantar, en la época en la que mi madre enfermó era rara la semana en la que no me ponía los zapatos de ante, subía al desván en secreto, lo buscaba en el baúl, se lo mostraba a mi madre y mi madre

–Qué bonito

no para halagarme, sinceramente

–Qué bonito

levantándose a duras penas del cojín y rozándolo con la yema de los dedos

–Qué bonito

si un día voy a Lisboa a visitar a mis hijos lo mando arreglar a la costurera de Malanje, remendarle la copa, retocar el ala, unos puntitos que apenas se notan en los agujeros de la gasa, saco del paragüero la sombrilla que compré en Roma y me quedo esperando en el rellano a que ellos me admiren, yo con treinta años, feliz, sin arrugas en las mejillas, Clarisse y Rui en mis brazos, Carlos escapándose tras la cocinera

–Suélteme

con la brasa del cigarrillo en el interior de la boca, para comer pescado seco con ella en la cantina, no quiere a sus hermanos, no quiere a su mujer, prefiere el tufo de la miseria y del aceite de palma, las gallinas todo el tiempo asomando el pescuezo en las chozas, al volver a la hacienda de regreso de Luanda la cocinera había cambiado también, chancleteando por las baldosas, por primera vez sin recelar de mí, colgada de la campana rajada de la hora del almuerzo para llamar al personal, Maria da Boa Morte, Josélia, Damião, Fernando, servían la mesa con chaqueta blanca con botones dorados, se los presté al obispo para la recepción del nuncio, música al aire libre, toldos amarillos, el coro de la iglesia, los invitados sudorosos con sus franelas festivas y el nuncio sorprendido por la eficiencia de los criados

–Vaya trabajo que le habrán dado

Fernando con los rizos alisados a base de fijador se quitó un incisivo y lo sustituyó por un diente de plata de modo que al hablar las palabras brillaban, abriendo mucho la boca, contentísimo, exhibiendo la púa descomunal que le clavaran a martillo en las encías, al volver a la hacienda de regreso de Luanda apenas el barco desapareció en medio de una confusión inmensa cargado de equipaje y de gente, con trastos salvados aprisa del apetito de los cubanos y de la tropa, ráfagas de ametralladora en las esquinas, piquetes de soldados harapientos, con alfanje, degollándose unos a otros, belgas rubios con uniforme de camuflaje que ajustaban morteros en los balcones, cadáveres desnudos o sólo con una bota calzada que la lluvia arrastraba por las cunetas en dirección al mar, las prostitutas de la isla, sin clientes, se sacudían los pechos en los cocoteros, un mestizo barbudo en Muxima me quitaba el depósito y el neumático de repuesto

–Camarada

blancos en las plazas, rodeados de camas y mesas, sentados en banquillos a la espera de nadie, codos envueltos en trapos, cráneos envueltos en trapos, cenizas de motocicleta a la que prendieran fuego, una sede del FNLA ardiendo, el barrio de la Cuca despedazado a cañonazos, pilas de cuerpos a la entrada del depósito de cadáveres, el mestizo barbudo desatornilló los faros, quitó los limpiaparabrisas, arrancó con una tijera la capota de lona, un par de muchachas me envidiaba el anillo

–Camarada

que pertenecía a la familia y que mi padre me dio antes de casarme, un anillo sin piedras que acaso le importaba mucho pero que no valía un pimiento, una de las muc

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