Prólogo
Alberto Moravia (Roma 1907-1990) publicó El tedio (La noia) en 1960, cuando ya era un novelista sobradamente reconocido tanto en Italia como fuera de su país debido al éxito internacional de muchos de sus títulos (sobre todo, Los indiferentes, La romana y La campesina). Por aquellos años, sus miles de lectores sabían ya perfectamente qué les aguardaba —y qué buscaban— en un «nuevo Moravia». Sabían que el «último Moravia» les enfrentaría al drama existencial del hombre contemporáneo, o, mejor dicho, a alguno de los componentes esenciales de ese drama. Y sabían que Moravia lo haría con la contundencia, la rotundidad, el lenguaje exacto, directo y crudo de la estética narrativa que, después de la Segunda Guerra Mundial, él mismo fundamentó: la estética de la novela realista italiana en cuyo cultivo brillaron nombres tan determinantes como los de Elsa Morante, Cesare Pavesse, Natalia Ginsburg, Vasco Pratolini y Elio Vittorini. El desenmascaramiento de la doble moral de las clases pudientes, la vaciedad de los representantes de una burguesía acomodada que había apostado por el fascismo como arma de supervivencia, la inclusión de las teorías marxistas y freudianas como factores capaces de delinear la verdadera naturaleza de los avatares sociales y del carácter oculto de las pasiones humanas, el desvelamiento de la sexualidad como pulsión esencial del comportamiento humano y el tedio como sentimiento demoledor en la vida de los hombres son algunos de los elementos recurrentes en la obra narrativa de Alberto Moravia, algunos de los elementos del drama existencial del hombre contemporáneo que los lectores del autor sabían que iban a encontrar en sus libros.
«Por más años que retroceda en mi memoria, recuerdo haber sido siempre víctima del tedio. Es preciso, sin embargo, entenderse respecto a esta palabra. Para muchos, el tedio es lo contrario de la diversión; y diversión es distracción, olvido. Para mí, en cambio, el tedio no es lo contrario de diversión; más bien podría decir con franqueza que en ciertos aspectos se parece a la diversión, en tanto que provoca distracción y olvido aunque sean de índole muy particular. El tedio es para mí una especie de insuficiencia, incapacidad o escasez de realidad», escribe, ya en el prólogo, Dino, el protagonista y narrador de esta novela, un hombre de treinta y cinco años, de familia rica, pintor que vive con su madre en una suntuosa mansión de la via Apia y tiene un estudio, un atelier, en la via Margutta; un hombre que confiesa haberse aburrido siempre, desde la infancia, y que sólo la aspiración a dominar el arte de pintura se le aparecía como remedio a ese sentimiento estéril que es el hastío. Sin embargo, ya en el prólogo, anuncia al lector que, repentinamente embargado por el tedio frente a las telas de su estudio, decidió dejar de pintar. El tedio, confiesa el narrador, le ha perseguido siempre. Ya en la infancia, cuando su madre solía sorprenderle inactivo y ausente, y ésta le preguntaba qué le ocurría, él respondía: «Me aburro». Y, si bien el aburrimiento no es exactamente lo mismo que el tedio, nuestro narrador dice que con esa expresión, con aquel «me aburro», tan propio de los niños cuando no quieren decir lo que en verdad sacude su ánimo, intentaba lo imposible: establecer una comunicación con su madre.
Porque una de las características del tedio, según Moravia, es que conlleva, en quien lo padece, un sentimiento de irremediable incomunicabilidad. Con los demás y con la realidad. «En aquellos años solía dejar súbitamente mis juegos y permanecer inmóvil horas enteras, como atónito, abrumado por el malestar que me inspiraba aquello que he llamado el afeamiento de los objetos, o sea, el oscuro conocimiento de que, entre las cosas y yo no existía ninguna relación». Ese extrañamiento respecto a la realidad, en cierto modo tan semejante al spleen baudelairiano del siglo XIX, es característica de muchos de los personajes de las novelas de Moravia. Desde el Michelle de Los indiferentes, al Gino de La romana o al protagonista de El conformista, Moravia nos presenta en su novelística una nutrida galería de personajes atacados por ese mal. Un mal que, como un cáncer del alma, es una de las notas descollantes del antihéroe de la narrativa occidental del siglo XX. No hay que olvidar que Alberto Moravia, quien en muchas ocasiones se declaró existencialista avant la lettre, se adelantó en una decena de años a La náusea, de Jean-Paul Sartre, y a El extranjero, de Albert Camus. Al definirse como escritor «existencialista» se refería Moravia a su voluntad de expresar la vivencia, en personajes de carne y hueso, de lo que, en líneas generales y sucintamente sería el existencialismo como teoría filosófica que anteponía la existencia del ser a su esencia, y establecía la acción como atributo primordial del ser humano. De ahí la naturaleza de «compromiso» sartreano: el hombre se definía por sus actos, y en su capacidad de decisión para actuar de una determinada manera y no de otra radicaba su «humanidad». La inhibición o la incapacidad para la acción anula, pues, el sentido de la vida del hombre. En este aspecto, y al margen ya de la teoría sartreana, los personajes de Moravia afectados por el extrañamiento respecto al mundo que los rodea, carentes de voluntad de elección y, por tanto, de acción, viven en el abismo del vacío existencial.
Dino, sin duda uno de los personajes de la novelística de Alberto Moravia que de manera más rotunda y radical encarna ese extrañamiento respecto a la realidad, vive en la zozobra de no saber qué hacer, piensa que no quiere ver a nadie, pero no quiere estar solo; no desea quedarse en casa pero tampoco salir; que no quiere viajar pero tampoco permanecer en Roma; que no le apetece pintar pero tampoco dejar de pintar, que no desea hacer el amor pero tampoco abstenerse. Su relación con los demás es prácticamente inexistente y, de hecho, su única relación más o menos asidua es la que mantiene con su madre, una madre rica, que satisface sus necesidades económicas y a quien —ahí asoma la formación freudiana de Moravia— culpa de su torpeza ante la vida. En El rey está desnudo, libro de conversaciones entre Moravia y Vania Luksic (Plaza y Janés, 1979, 1989), el autor habla del tedio en los siguientes términos: «El hastío es una interrupción de la relación con lo real, que deja entonces de ser real para descomponerse. (…) Aparte de la Naturaleza y de la creación artística, sólo el amor, el erotismo, procuran sensación de vivir». Y Dino, tras fracasar en su intento de convertirse en pintor y tras aventuras amorosas irrelevantes, abraza el erotismo, la pasión amorosa, como remedio contra el tedio al entablar relaciones con Cecilia, joven modelo, de comportamiento que roza la prostitución, quien lo arrastrará a un final dramático.
Ex modelo de Balestrieri, un viejo pintor que ocupa un estudio en el mismo edificio que Dino y que muere de infarto haciendo el amor con ella, Cecilia es una muchacha de origen humilde, que vivía del pintor fallecido y que vivirá de Dino. Un personaje ambiguo, a quien Dino, una vez iniciada una asidua y obsesiva relación sexual con ella, intentará abandonar cuando el tedio empieza a asomar en su ánimo, pero de quien acabará neuróticamente enamorado cuando la joven, quizá adivinando las intenciones de su rico enamorado, empieza a alejarse de él. A partir de ese instante, a partir del momento en que Dino descubre que Cecilia mantiene relaciones con un joven actor, Cecilia encarna para nuestro protagonista la única realidad que, a lo largo de su vida, ha conseguido poseerlo. Apartado, anímicamente, de su entorno en los años de infancia y de adolescencia, en los años del fascismo, forjador de una realidad social que no favorecía ningún tipo de comunicación —y ahí aparece la formación marxista de Moravia, achacando a las estructuras políticas de un momento histórico determinado la naturaleza emocional y psicológica de su personaje—, sin haber logrado establecer una comunicación con su madre, y tras fracasar como pintor —otro medio, el arte, capaz de poner en contacto con lo real—, Gino inicia su acoso a una realidad —Cecilia— que, presentándosele como la única vía posible de salir de sí mismo, se le escapa.
Es admirable, en esta novela, cómo Moravia hace seguir a Dino los pasos del viejo Balestrieri, de quien el lector va descubriendo los lazos que lo mantenían atado a Cecilia hasta el punto de buscar la muerte en los excesos sexuales con la joven. Es en verdad un alarde de maestría narrativa cómo el autor nos presenta a un Dino que va enterándose de los delirios amorosos de Balestrieri a medida que él mismo va sucumbiendo a ellos. Es, en fin, admirable el desarrollo de esta aventura que, si bien se desarrolla aparentemente por los caminos del erotismo y de las relaciones sexuales, no es sino una búsqueda espiritual encaminada a paliar la sed de sentido de la aventura de vivir para un personaje que, como Dino, ha nacido y se ha formado en un medio social cuyos representantes no suelen tener problemas para comunicarse con la realidad, porque su única realidad es el dinero. El tedio, que obtuvo el prestigioso Premio Viareggio en 1961, y llevada a la pantalla en 1997 por Cédric Kahn, resulta, hoy en día, de una actualidad sorprendente.
ANA MARÍA MOIX
EL TEDIO
Prólogo
Recuerdo muy bien cómo dejé de pintar. Una tarde, después de haber pasado ocho horas seguidas en mi estudio, a veces pintando durante cinco o diez minutos y otras tirándome sobre el diván y permaneciendo acostado, con los ojos fijos en el techo, durante una o dos horas; de repente, como por una inspiración finalmente auténtica después de tantos débiles conatos, aplasté el último cigarrillo en el cenicero rebosante de colillas apagadas, me levanté con un salto felino de la poltrona donde me había repantigado, agarré una espátula que hacía servir a veces para rascar los colores y, con golpes repetidos, rasgué la tela que estaba pintando y no quedé satisfecho hasta que la hube reducido a jirones. Después cogí de un rincón una tela nueva del mismo tamaño, tiré la cortada y coloqué la nueva sobre el caballete. Inmediatamente después, sin embargo, me di cuenta de que toda mi energía —¿cómo decirlo?— creadora se había agotado totalmente con aquel furioso y, en el fondo, racional gesto de destrucción. Había trabajado en aquella tela durante los dos últimos meses, sin tregua, con ahínco; cortarla a golpes de espátula equivalía, en el fondo, a haberla terminado, quizá de manera negativa en cuanto a los resultados exteriores que, por otra parte, me interesaban poco, pero positivamente en lo que concernía a mi inspiración. De hecho, destruir la tela significaba que había llegado al fin de una larga discusión que sostenía conmigo mismo desde hacía mucho tiempo. Significaba haber pisado por fin tierra firme. Así pues, la tela blanca que estaba ahora en el caballete no era simplemente una tela cualquiera todavía sin usar, sino aquella tela determinada que colocaba en el caballete al término de un largo trabajo. En resumen, como pensé al intentar consolarme de la sensación de catástrofe que me oprimía la garganta, a partir de aquella tela, similar, en apariencia, a tantas otras telas, pero cargada para mí de resultados y significados, podría comenzar de nuevo desde el principio, libremente; casi como si aquellos diez años de pintura no hubieran pasado y yo tuviera todavía veinticinco años, como cuando abandoné la casa de mi madre para ir a vivir al estudio de la via Margutta y dedicarme precisamente a la pintura sin ninguna traba. Por otra parte, sin embargo, podía suceder y era incluso muy probable que la tela blanca que ahora campeaba sobre el caballete significara una evolución no menos íntima y necesaria pero totalmente negativa que, por etapas imperceptibles, me había llevado a la impotencia total. La posibilidad de que esta segunda hipótesis fuese la verdadera parecía indicarla el hecho de que el tedio había acompañado, lenta pero seguramente, a mi trabajo durante los últimos seis meses, hasta interrumpirlo del todo aquella tarde en que había rasgado la tela; un poco como el sedimento calcáreo de ciertos surtidores acaba por obstruir un tubo e interrumpir completamente el paso del agua.
Tal vez sea oportuno en este punto decir algunas palabras sobre el tedio, sentimiento del cual tendré que hablar a menudo en estas páginas, pues por más años que retroceda en mi memoria, recuerdo haber sido siempre víctima del tedio. Es preciso, sin embargo, entenderse respecto a esta palabra. Para muchos, el tedio es lo contrario de la diversión; y diversión es distracción, olvido. Para mí, en cambio, el tedio no es lo contrario de la diversión; más bien podría decir con franqueza que en ciertos aspectos se parece a la diversión, en tanto que provoca distracción y olvido, aunque sean de una índole muy particular. El tedio es para mí una especie de insuficiencia, incapacidad o escasez de la realidad. Para emplear una metáfora, el tedio, cuando me aburro, me ha hecho siempre el efecto desconcertante que produce una colcha demasiado corta en un durmiente una noche de invierno: la baja para cubrirse los pies y tiene frío en el pecho, la sube hasta el pecho y tiene frío en los pies; y por eso no llega nunca a conciliar el sueño. O bien, usando otro símil, mi tedio se parece a la interrupción frecuente y misteriosa de la corriente eléctrica en una casa: un momento todo es claro y evidente, aquí están los sillones, allí los sofás, más allá los armarios, las consolas, los cuadros, las cortinas, las alfombras, las ventanas, las puertas; un momento después no hay más que vacío y oscuridad. O bien, en un tercer símil, mi tedio podría definirse como una enfermedad de los objetos, consistente en un deterioro o pérdida casi repentina de la vitalidad; como ver en pocos segundos, por transformaciones sucesivas y rapidísimas, cómo pasa una flor de capullo a la marchitez y el polvo.
El sentimiento del tedio nace en mí del absurdo de una realidad insuficiente, como he dicho, o incapaz de persuadirme de la propia existencia efectiva. Puede sucederme, por ejemplo, que mire con cierta atención un vaso. Cuando me diga que este vaso es un recipiente de cristal o de metal fabricado para contener líquido que pueda llevar a mis labios sin que se derrame, es decir, cuando esté en situación de representarme con convicción el vaso, me parecerá que mantengo con él una especie de relación suficiente para hacerme creer en su existencia y, por extensión, en la mía. Pero si ocurre que el vaso se afea y pierde la vitalidad del modo que he dicho, o sea, que se me aparezca como algo extraño con lo cual no tengo ninguna relación, que se me antoje, en una palabra, un objeto absurdo, de este absurdo surgirá el tedio, que no es, a fin de cuentas —ha llegado el momento de decirlo— más que incomunicabilidad e incapacidad de encontrar una salida. Pero este tedio, a su vez, no me haría sufrir tanto si no supiera que, aun sin tener ninguna relación con el vaso, quizá podría tenerla, es decir, que el vaso existe en algún paraíso desconocido en el cual los objetos no dejan un solo instante de ser objetos. Por consiguiente el tedio, además de la incapacidad de salir de mí mismo, es el conocimiento teórico de que tal vez podría encontrar una salida, gracias a no sé qué milagro.
He dicho que siempre me he aburrido y agrego que hasta tiempos bastante recientes no he logrado entender con suficiente claridad qué es el tedio. Durante la infancia y después, durante la adolescencia y primera juventud, sufrí el tedio sin explicármelo, como quien padece un dolor de cabeza continuo y no se decide nunca a consultar a un médico. Sobre todo cuando era niño, el tedio asumía formas oscuras para mí mismo y los demás que yo era incapaz de explicar y que los demás, en el caso de mi madre, atribuían a trastornos de la salud u otras causas similares; un poco como se atribuye el malhumor de los niños más pequeños a molestias de la dentición. En aquellos años solía dejar súbitamente mis juegos y permanecer inmóvil horas enteras, como atónito, abrumado en realidad por el malestar que me inspiraba aquello que he llamado el afeamiento de los objetos, o sea, el oscuro conocimiento de que entre las cosas y yo no existía ninguna relación. Si en aquellos momentos entraba mi madre en el cuarto y, al verme mudo, inerte y pálido por el sufrimiento, me preguntaba qué tenía, yo contestaba invariablemente: «me aburro», explicando así, con una palabra de significado claro y escueto, un estado de ánimo vasto y oscuro. Mi madre, entonces, tomando en serio mi afirmación, se inclinaba para abrazarme y me prometía llevarme al cine aquella misma tarde, es decir, me proponía una diversión que, como yo ya sabía muy bien, no era lo contrario del tedio ni su solución. Y aunque fingía recibir gozoso la propuesta, no podía por menos de experimentar aquel mismo sentimiento de tedio que mi madre pretendía mitigar posando los labios sobre mi frente y rodeando mis hombros con los brazos, haciendo además oscilar el cine ante mis ojos como un espejismo. En aquel momento yo tampoco tenía ninguna relación con sus labios, con sus brazos ni con el cine, pero ¿cómo podría haber explicado a mi madre que la sensación de tedio que me hacía sufrir no podía aliviarse de ningún modo? He mencionado ya que el tedio consiste principalmente en la incomunicabilidad. Y no pudiendo comunicar con mi madre, de la cual estaba separado como de cualquier otro objeto, me veía obligado en cierto modo a aceptar el malentendido y a mentirle.
Paso por alto los desastres del tedio durante mi adolescencia. Entonces, mis pésimos exámenes en el colegio eran atribuidos a las llamadas «debilidades», o sea, incapacidades congénitas en esta u otra materia de enseñanza; y yo mismo aceptaba esta explicación a falta de otra más válida. Ahora sé con certeza que las malas notas con que me obsequiaban al finalizar cada año escolástico se debían a un solo motivo: el tedio. En realidad yo lamentaba profundamente, con el habitual malestar, no tener ninguna relación con aquel inmenso tropel de reyes atenienses y emperadores romanos, con los ríos de Sudamérica y las montañas de Asia, con los endecasílabos de Dante y los hexámetros de Virgilio, con las operaciones de álgebra y las fórmulas químicas. Toda esta abrumadora cantidad de nociones no me concernía o solo me concernía para constatar su absurdidad fundamental. Sin embargo, como ya he dicho, no me jactaba ante mí mismo ni ante los demás de este sentimiento mío puramente negativo; antes bien, me decía que no debía experimentarlo y sufría por ello. Recuerdo que ya entonces este sufrimiento me inspiró el deseo de definirlo y explicarlo. Pero era un muchacho, con toda la pedantería y la ambición de los muchachos, así que el resultado fue un proyecto de historia universal según el tedio del que solo llegué a escribir las primeras páginas. La historia universal según el tedio se basaba en una idea muy sencilla: el resorte de la historia no era el progreso ni la evolución biológica, ni el hecho económico, ni ningún otro de los motivos aducidos por los historiadores de las diversas escuelas; era el tedio. Bastante excitado por este magnífico descubrimiento, empecé por la raíz de las cosas. En un principio, por lo tanto, fue el tedio, vulgarmente llamado caos. Dios, aburriéndose del tedio, creó la tierra, el cielo, el agua, los animales, las plantas, Adán y Eva y estos, aburriéndose a su vez en el Paraíso, comieron el fruto prohibido. Dios se aburrió de ellos y los expulsó del Edén; Caín, aburrido de Abel, lo mató; Noé, aburriéndose verdaderamente un poco demasiado, inventó el vino; Dios, aburrido otra vez de los hombres, destruyó el mundo con el Diluvio, pero esto le aburrió también hasta tal punto que mandó volver el buen tiempo. Y así sucesivamente. Los grandes imperios egipcios, babilónicos, persas, griegos y romanos surgieron del tedio y se derrumbaron por el tedio; el tedio del paganismo suscitó el cristianismo; el tedio del catolicismo, el protestantismo; el tedio de Europa hizo descubrir América; el tedio del feudalismo provocó la revolución francesa; y el del capitalismo, la revolución rusa. Todas estas bellas invenciones fueron anotadas en una especie de tabla sinóptica; después, con gran celo, empecé a escribir la historia propia y verdadera. No lo recuerdo bien, pero no creo haber llegado más allá de la descripción muy pormenorizada del tedio atroz que sufrieron Adán y Eva en el Paraíso y de cómo, precisamente a causa de este tedio, cometieron el pecado mortal. La cuestión es que, aburrido a mi vez del proyecto, lo abandoné en este punto.
En realidad, entre los diez y los veinte años fui víctima del tedio quizá en mayor medida que en todas las demás edades de mi existencia. Nací en 1920, por lo que mi adolescencia transcurrió bajo la enseña negra del fascismo, o sea de un régimen político que elevó a sistema la incomunicabilidad tanto entre el dictador y las masas como entre los ciudadanos y entre estos y el dictador. El tedio, que es la falta de relaciones con las cosas, estuvo durante todo el fascismo en el aire mismo que se respiraba; y a este tedio social es necesario añadir el tedio de la obtusa urgencia sexual que, como sucede a cualquier edad, me impedía comunicarme con las mismas mujeres con las cuales creía desahogarla. Sin embargo, el tedio me salvó de la guerra civil que poco después devastaría a Italia durante dos años, y precisamente de este modo: me encontraba cumpliendo el servicio militar en una división acuartelada en Roma; apenas proclamado el armisticio, me quité el uniforme y volví a casa. Poco después se promulgó un bando que ordenaba a todos los militares la reincorporación a filas, bajo pena de muerte. Mi madre, con característico respeto a las autoridades, que en aquel momento eran fascistas y alemanas, me aconsejó vestir de nuevo el uniforme y presentarme al mando. Ella quería mi seguridad, pero en realidad me empujaba hacia la deportación y probablemente la muerte en un campo de concentración nazi, como ocurrió a muchos de mis compañeros de armas. Fue el tedio y solamente el tedio, o sea la imposibilidad de establecer cualquier clase de relación entre aquel bando y yo, entre el uniforme y yo, entre los fascistas y yo, el tedio que había sufrido durante veinte años y que ahora hacía del todo inexistente a mis ojos el gran imperio del fascismo y de la cruz gamada, lo que me salvó. Pese a las súplicas de mi madre, me refugié en el campo, en la villa de un amigo, y allí pasé todo el período de la guerra civil, pintando, que es una manera como cualquier otra de pasar el tiempo. Fue entonces cuando me convertí en pintor; y esperé poder restablecer de una vez por todas la relación con la realidad por medio de la expresión artística. Y en efecto, en el primer consuelo provocado por el entusiasmo de la pintura, casi me convencí de que mi tedio no había sido hasta ahora más que el tedio de un artista que ignoraba su condición de tal. Me engañaba, pero durante cierto tiempo tuve la ilusión de haber encontrado el remedio.
Al finalizar la guerra, regresé al lado de mi madre que, entretanto, había adquirido una gran villa en la via Appia. Yo esperaba, como ya he dicho, que la pintura hubiese ahuyentado definitivamente el tedio, pero no tardé en comprender que no era así; volví, pues, a sentirlo a pesar de la pintura; mejor dicho, como el tedio interrumpía automáticamente la pintura, me daba cuenta de la intensidad y frecuencia de mi antiguo mal con mayor precisión que cuando no pintaba. Así el problema del tedio volvió a presentarse sin ningún cambio y yo entonces empecé a preguntarme cuáles podían ser los motivos y, por un proceso de eliminación, llegué a concluir que quizá me aburría porque era rico y que si hubiera sido pobre no me habría aburrido. Esta idea no tuvo en mi mente la claridad que tiene ahora sobre el papel; más que de una idea, se trataba de la sospecha casi obsesiva de que había un nexo indudable, aunque oscuro, entre el tedio y el dinero. No quiero extenderme mucho sobre este período extraordinariamente desagradable de mi vida. Como me aburría, y cuando me aburría no pintaba, empecé a odiar con toda mi alma la villa de mi madre y las comodidades de que disfrutaba; atribuía a la villa mi tedio y la consiguiente imposibilidad de pintar y anhelaba marcharme. Sin embargo, como ya he dicho que se trataba de una sospecha, no me decidía a decir claramente a mi madre lo único que podría haberle dicho: no quiero vivir contigo porque eres rica y la riqueza me aburre y el aburrimiento me impide pintar. Busqué en cambio, por instinto, el modo de hacerme insoportable, a fin de sugerir y en cierto modo imponer mi marcha de la villa. Recuerdo aquellos días como días de eterno malhumor, de obstinada hostilidad, de terco rechazo, de antipatía casi morbosa. Jamás he tratado peor a mi madre que en aquel período; y así, al tedio que me oprimía se sumó la piedad hacia ella; no lograba explicarme mi grosería. Pero sobre todo sufría una especie de parálisis de todas mis facultades, por lo cual, mudo, apático y obtuso, tenía la impresión de estar tapiado vivo dentro de mí mismo, como dentro de una prisión hermética y sofocante.
La estancia en la villa y mi consiguiente estado de ánimo se habrían prolongado seguramente mucho más si, por fortuna, mi madre no hubiese creído reconocer en mi tedio el sentimiento análogo que había destruido sus relaciones con mi padre. Así ha llegado el momento de hablar también de él, aunque sea de paso, y solo porque me precedió en el camino del tedio.
Mi padre era un vagabundo nato, según he podido reconstruir, o sea uno de aquellos hombres que en casa van enmudeciendo poco a poco, pierden el apetito y, en suma, se niegan a vivir, un poco como ciertos pájaros que no toleran ser encerrados en una jaula y que, en cambio, una vez en el puente de un buque o en el compartimiento de un tren, recobran toda su vitalidad. Era alto, atlético, rubio y con los ojos azules, como yo; pero yo no soy guapo porque tengo una calvicie prematura y la cara más bien hosca y gris; él, en cambio, sí lo era, al menos según asegura mi madre, que quiso casarse con él por la fuerza, pese a sus reiteradas afirmaciones de que no la amaba y la abandonaría muy pronto. Le vi pocas veces, porque viajaba siempre, y la última vez que nos vimos sus cabellos rubios eran casi grises y su cara de adolescente estaba surcada de arrugas sutiles y profundas; aun así llevaba todavía las alegres corbatas de lazo y los trajes a cuadros de su juventud. Iba y venía, es decir, huía de mi madre con quien se aburría y después volvía a su lado probablemente con el fin de proveerse de dinero para una nueva fuga, porque no tenía un céntimo aunque, en teoría, trabajase en «importaciones y exportaciones». Al final no volvió más. Una ráfaga de viento en el mar interior del Japón hizo naufragar un transbordador con un centenar de pasajeros y mi padre se ahogó con ellos. Nunca he sabido qué hacía en Japón, si se encontraba allí por las «importaciones y exportaciones» o por otro motivo. Según mi madre, que amaba las definiciones científicas o las que parecían serlo, mi padre tenía la «dromomanía», o sea la manía del movimiento, y comentaba, pensativa, que a esta manía se debía quizá su pasión por los sellos de correo, pequeños documentos coloreados de la variedad y vastedad del mundo, de los cuales había acumulado una bella colección que ella aún conservaba, quizá por sus conocimientos de geografía, la única asignatur
