PRÓLOGO A ESTA EDICIÓN
Durante mucho tiempo no comprendí qué clase de impulso le llevó a mi padre a llamar al protagonista de este libro Demián, al igual que su primer hijo (es decir: yo). Es cierto que había un antecedente: ya había hecho lo mismo en su primer libro con el nombre de mi hermana, Claudia.
Déjame que te cuente... fue escrito cuando yo tenía tan solo diez años, hace ya treinta, y durante todo este tiempo se me han ocurrido diversas razones que le llevaron a tomar esta decisión...
Quizá lo empujaba el sentido de la justicia: dado que Cartas para Claudia obviamente llevaba el nombre de mi hermana pero estaba dedicado a mí, llamar al personaje de este libro Demián y dedicarle el libro a mi hermana terminaba por equiparar las cosas de modo incuestionable. (De hecho en la primera edición, en Argentina, este libro se llamó Recuentos para Demián.)
Quizá lo animaba el mismo espíritu que lo llevó a llamarme Demián para comenzar, cuando, inspirado por el libro de Hermann Hesse, según me contó, decidió ponerme ese nombre. Una clara intención, a mi entender, de ligar mi destino al mundo de la literatura.
Alguien, seguramente menos romántico, podría pensar también que le faltó imaginación para poner nombres nuevos a más criaturas. Como si dijese: «Ya he pensado dos buenos nombres y se los puse a mis hijos, no vengáis ahora a pedirme más».
Por último, pensando en el lado más oscuro de la paternidad, quizá su pretensión fuera conjurar toda posibilidad de que no me llegara su legado. Dado que llevamos el mismo apellido y que, según decían algunos, mi rostro se asemejaba al suyo cada vez más, el hecho de que mi nombre de pila estuviera atado a su obra literaria podría terminar de garantizar su herencia y su influencia.
Sonrío y descarto todas estas posibilidades.
La primera por no corresponderse con su carácter.
La segunda por egocéntrica.
La tercera por improbable y simplista.
La cuarta sencillamente por ser producto de esa «paranoia» propia de los hijos que tantas veces he visto en la consulta y que implicaría una intención deliberada de mi padre de imponerse sobre mí, cosa que no es lógico suponer en él y que no es coherente con su actitud posterior.
Sin embargo, la pregunta sobre qué motivó su elección permaneció sin respuesta hasta que hace algunos años me di cuenta de lo que posiblemente le había ocurrido. Sucedió poco después de haber sido padre yo mismo. Sin pretenderlo y sin poder evitarlo, desde entonces, cuando me siento delante de un teclado a volcar mis ideas o cuando intento pensar en cómo ayudar a otro a lidiar con determinado conflicto, si quiero inspirarme, si quiero sacar lo mejor de mí, me encuentro pensando: «¿Qué les diría a mis hijos?».
No sería extraño que a mi padre le haya sucedido lo mismo.
Creo comprender hoy que, conscientemente o no, poner los nombres de sus hijos a los protagonistas de sus libros fue, para mi padre, un modo de canalizar lo mejor que había en él. Un modo de empujarse a dar el máximo, de motivarse para hablar no solo con su intelecto sino también con su corazón.
No tengo dudas de que lo ha conseguido.
Cualquiera que haya leído algo de la obra de mi padre podrá secundar esta aseveración. Está bien claro que, más allá de la solidez y la claridad de sus ideas, su forma de comunicar está absolutamente atravesada por la emoción. El humor, el amor, la calidez e incluso el dolor están siempre allí, a flor de piel.
Mi padre habla en sus libros con la misma honestidad con la que le hablaría a sus hijos, con la misma vehemencia, con el mismo ferviente deseo de que sus palabras te alcancen.
Y es muy posible que, de todas sus obras, Déjame que te cuente... sea aquella en la que esa cualidad se expresa en mayor medida. Es, de algún modo, el más personal de los libros de mi padre y, por eso mismo, me parece, constituye la mejor puerta de entrada para introducirse en su obra.
A menudo me han preguntado si el personaje del libro soy yo. Solía responder que no. Ahora respondo que sí. Porque creo que todos lo somos. Todos somos un poco Demián; todos nos sentimos tocados por sus inquietudes, por sus inseguridades, por sus conflictos. A todos nos caben los cuentos con los que su terapeuta, el Gordo, le responde. Ahí radica el enorme mérito de este libro y, estoy convencido, la clave de su éxito, de su popularidad y del lugar que ocupa en las vidas de sus lectores.
¿Qué se siente al leer un libro en el que tú mismo eres el protagonista? Dímelo tú. Lee (o relee) este libro. Deja que el Gordo te cuente, una vez más, esa vieja historia que fue escrita hace tanto tiempo, en algún lugar remoto del mundo, solo para ti.
DEMIÁN BUCAY,
marzo de 2016
EL ELEFANTE ENCADENADO
—No puedo —le dije—. ¡No puedo!
—¿Seguro? —me preguntó él.
—Sí, nada me gustaría más que poder sentarme frente a ella y decirle lo que siento... Pero sé que no puedo.
El Gordo se sentó a lo buda en aquellos horribles sillones azules de su consultorio. Sonrió, me miró a los ojos y, bajando la voz como hacía cada vez que quería ser escuchado atentamente, me dijo:
—Déjame que te cuente...
Y sin esperar mi aprobación, Jorge empezó a contar.
Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales... Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.
Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente.
¿Qué lo sujeta entonces?
¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?».
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y solo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.
Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro... Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.
Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza...
—Así es, Demián. Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad.
»Vivimos pensando que “no podemos” hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos.
»Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: “No puedo, no puedo y nunca podré”.
»Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.
»Cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos:
No puedo y nunca podré.
Jorge hizo una larga pausa. Luego se acercó, se sentó en el suelo frente a mí y siguió:
—Esto es lo que te pasa, Demi. Vives condicionado por el recuerdo de un Demián que ya no existe, que no pudo.
»Tu única manera de saber si puedes conseguirlo es intentarlo de nuevo poniendo en ello todo tu corazón... ¡Todo tu corazón!
FACTOR COMÚN
La primera vez que fui al consultorio de Jorge, sabía que no iba a ver a un psicoterapeuta convencional. Claudia, que me lo había recomendado, me advirtió que «el Gordo», como ella lo llamaba, era un tipo «un poco especial» [sic].
Yo ya estaba harto de las terapias convencionales y, sobre todo, de aburrirme durante meses en el diván de un psicoanalista. Así que llamé y le pedí hora.
Mi primera impresión superó todas las expectativas. Era una calurosa tarde de noviembre.[1] Yo había llegado cinco minutos antes y esperaba en el portal del edificio hasta que fuera la hora exacta.
A las cuatro y media en punto llamé al timbre. Sonó el portero electrónico, empujé la puerta y subí al noveno piso.
Esperé en el pasillo.
Esperé.
¡Y esperé!
Y cuando me cansé de esperar, llamé al timbre del apartamento.
Me abrió la puerta un tipo que a primera vista parecía vestido para irse de pícnic: llevaba vaqueros, zapatillas de tenis y una camiseta de color naranja chillón.
—Hola —me dijo.
Su sonrisa, debo confesar, me tranquilizó.
—Hola —contesté—. Soy Demián.
—Sí, claro. ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué has tardado tanto en llegar hasta arriba? ¿Te has perdido?
—No, no es que haya tardado. No he querido llamar al timbre para no molestar, por si estaba atendiendo a alguien...
—¿Para «no molestar»? —me imitó, moviendo preocupado la cabeza... Y hablando como para sí prosiguió—: Así te deben ir a ti las cosas...
Me quedé mudo.
Era la segunda frase que me decía y, sin duda, estaba diciéndome algo que era cierto pero...
¡Qué hijo de puta!
El lugar donde Jorge atendía a sus pacientes, y al que no me atrevería a llamar «consultorio», era igual que él: informal, desarreglado, desordenado, cálido, colorido, sorprendente y, para qué negarlo, un poco sucio. Nos sentamos en dos sillones, uno frente al otro y, mientras yo le contaba algunas cosas, Jorge tomaba mate. Sí, ¡tomaba mate durante la sesión!
Me ofreció uno:
—Bueno —le dije.
—Bueno ¿qué?
—Bueno, el mate...
—No entiendo.
—Que te voy a aceptar un mate.
Jorge me hizo una servil y burlona reverencia y me dijo:
—Gracias, majestad, por aceptarme un mate... ¿Por qué no me dices si quieres un mate o no, en lugar de hacerme favores?
Ese hombre me iba a volver loco.
—¡Sí! —dije.
Y entonces sí, el Gordo me dio un mate.
Decidí quedarme un poco más.
Le conté entre mil cosas que algo debía de funcionar mal en mí, porque tenía dificultades en mis relaciones con la gente.
Jorge me preguntó cómo sabía yo que el problema era mío.
Le contesté que tenía dificultades en casa con mi padre, con mi madre, con mi hermano, con mi pareja... Y que, por lo tanto, obviamente, el problema debía de ser yo. Entonces, por primera vez, Jorge me contó «algo».
Después, con el tiempo, aprendería que al Gordo le gustaban las fábulas, las parábolas, los cuentos, las frases inteligentes y las metáforas logradas. Según él, la única manera de comprender un hecho sin vivirlo directamente es teniendo una clara representación simbólica interior del suceso.
—Una fábula, un cuento o una anécdota —afirmaba Jorge— puede ser cien veces más recordada que mil explicaciones teóricas, interpretaciones psicoanalíticas o planteamientos formales.
Ese día, Jorge me dijo que podía haber algo desacompasado en mí, pero añadió que mi deducción era peligrosa, porque mi conclusión autoacusadora no estaba apoyada en hechos que la confirmaran. Entonces me relató una de esas historias que él contaba en primera persona y que nunca se sabía si eran parte de su vida o de su fantasía:
Mi abuelo era bastante borrachín.
Lo que más le gustaba beber era anís turco.
Bebía anís y le añadía agua, para rebajarlo,
pero se emborrachaba igual.
Entonces bebía whisky con agua y se emborrachaba.
Y bebía vino con agua y se emborrachaba.
Hasta que un día decidió curarse...
y dejó... ¡el agua!
LA TETA O LA LECHE
Jorge no contaba cuentos en todas las sesiones pero, por alguna razón, tengo muy presentes casi todos los relatos que me contó en el año y medio de terapia con él. Quizá estaba en lo cierto al afirmar que esa era la mejor manera de recorrer un aprendizaje.
Recuerdo el día en que le dije que me sentía muy dependiente. Le conté cuánto me molestaba y cómo a la vez no podía prescindir de lo que recibía de él en cada sesión. Tenía la sensación de que la admiración y el amor que sentía hacia Jorge hacían que estuviera excesivamente pendiente de su mirada y me estaban ligando demasiado a la terapia.
Tienes hambre de saber
hambre de crecer
hambre de conocer
hambre de volar...
Puede ser que hoy
yo sea la teta
que da la leche
que aplaca tu hambre...
Me parece fantástico que hoy quieras esta teta.
Pero no olvides esto:
no es la teta la que te alimenta...
¡Es la leche!
EL LADRILLO BOOMERANG
Aquel día yo estaba muy enfadado. Estaba de malhumor y todo me molestaba. Mi actitud en el consultorio fue quejosa y poco productiva. Odiaba todo lo que estaba haciendo y todo lo que tenía. Pero, sobre todo, estaba enojado conmigo mismo. Como en un cuento de Papini que me leyó Jorge, aquel día yo sentía que no podía soportar «ser yo mismo».
—Soy un estúpido —dije (o me dije a mí mismo)—. Un grandísimo imbécil... Creo que me odio.
—Te odia la mitad de la población de este consultorio. La otra mitad te va a contar un cuento.
Había una vez un hombre que iba por el mundo con un ladrillo en la mano. Había decidido que cada vez que alguien le molestara hasta hacerle rabiar, le daría un ladrillazo. El método era un poco troglodita, pero parecía efectivo, ¿no?
Sucedió que se cruzó con un amigo muy prepotente que le habló con malos modos. Fiel a su decisión, el hombre agarró el ladrillo y se lo tiró.
No recuerdo si le alcanzó o no. Pero el caso es que, después, tener que ir a buscar el ladrillo le pareció incómodo. Decidió entonces mejorar el «Sistema de Autopreservación del Ladrillo», como él lo llamaba. Ató al ladrillo un cordel de un metro y salió a la calle. Esto permitía que el ladrillo nunca se alejara demasiado, pero pronto comprobó que el nuevo método también tenía sus problemas: por un lado, la persona destinataria de su hostilidad tenía que estar a menos de un metro y, por otro, después de arrojar el ladrillo tenía que tomarse el trabajo de recoger el hilo que, además, muchas veces se liaba y enredaba, con la consiguiente incomodidad.
Entonces el hombre inventó el «Sistema Ladrillo III». El protagonista seguía siendo el mismo ladrillo, pero este sistema, en lugar de un cordel, llevaba un resorte. Ahora el ladrillo podía lanzarse una y otra vez y regresaría solo, pensó el hombre.
Al salir a la calle y recibir la primera agresión, tiró el ladrillo. Erró, y no pegó en su objetivo porque, al actuar el resorte, el ladrillo regresó y fue a dar justo en la cabeza del hombre.
Lo volvió a intentar, y se dio un segundo ladrillazo por medir mal la distancia.
El tercero, por arrojar el ladrillo a destiempo.
El cuarto fue muy particular porque, tras decidir dar un ladrillazo a una víctima, quiso protegerla al mismo tiempo de su agresión, y el ladrillo fue a dar de nuevo en su cabeza.
El chichón que se hizo era enorme...
Nunca se supo por qué no llegó a pegar jamás un ladrillazo a nadie: si por los golpes recibidos o por alguna deformación de su ánimo.
Todos los golpes fueron siempre para él mismo.
—Este mecanismo se llama retroflexión: básicamente consiste en proteger a los demás de nuestra propia agresividad. Cada vez que lo hacemos, nuestra energía agresiva y hostil se detiene antes de llegar al otro por medio de una barrera que nos imponemos nosotros mismos. Esta barrera no absorbe el impacto, sino que simplemente lo refleja. Y todo ese enfado, ese malhumor, esa agresión se vuelve contra nosotros mismos a través de conductas reales de autoagresión (autolesionarse, darse atracones de comida, consumir drogas, correr riesgos inútiles) y, otras veces, mediante emociones o sentimientos disimulados (depresión, culpa, somatización).
»Es muy probable que un utópico ser humano “iluminado”, lúcido y sólido jamás se enojara. Nos resultaría muy útil no enfadarnos nunca: sin embargo, una vez sentimos la rabia, la ira o el fastidio, la única manera de librarse de ellos es sacándolos fuera transformados en acción. De lo contrario, lo único que conseguimos, más tarde o más temprano, es enfadarnos con nosotros mismos.
EL VERDADERO VALOR DEL ANILLO
Habíamos estado hablando sobre la necesidad de obtener reconocimiento y valoración por parte de los demás. Jorge me había explicado la teoría de Maslow sobre las necesidades crecientes.
Todos necesitamos el respeto y la estima de los demás para poder construir nuestra autoestima. En aquella época, yo me quejaba por no recibir una sincera aceptación por parte de mis padres, por no ser el compañero elegido de mis amigos, por no poder lograr el reconocimiento en mi trabajo.
—Hay una vieja historia —dijo el Gordo mientras me pasaba el mate para que yo lo preparara— de un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda. Tu problema me recuerda al suyo.
−Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada, Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo: «Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después... —Y, haciendo una pausa, agregó—: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar».
—E... encantado, maestro —titubeó el joven, sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
—Bien —continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió—: Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercade
