El animal moribundo

Philip Roth

Fragmento

La conocí hace ocho años. Asistía a mi clase. Ya no me dedico a la enseñanza a jornada completa y, en rigor, no enseño literatura en absoluto, sino que, desde hace varios años, doy una sola clase, un importante seminario de escritura crítica para estudiantes de último curso que se denomina Crítica Práctica. Atraigo a muchas alumnas, por dos razones: porque es una materia con una fascinante combinación de encanto intelectual y encanto periodístico, y porque me han escuchado en la NPR,* donde hago crítica de libros, o me han visto en el Canal 13 hablando de temas culturales. La tarea que he realizado durante los últimos quince años como crítico cultural en el programa de televisión me ha dado una considerable fama local y por ese motivo les atrae mi clase. Al principio, no me daba cuenta de que salir en la tele una vez a la semana durante diez minutos podía ser tan impresionante como resulta serlo para estas alumnas. Pero la celebridad las atrae sin remedio, por muy insignificante que pueda ser la mía.

Ahora bien, como sabes, soy muy vulnerable a la belleza femenina. Cada uno está indefenso contra algo, y yo lo estoy en ese aspecto. Veo la belleza y me ciega para todo lo demás.

* Siglas de la National Public Radio, la radio nacional de EE.UU., que se distingue por sus programas de calidad y gran nivel cultural. (N. del T.)



Asisten a mi primera clase y sé casi de inmediato cuál de ellas es la chica apropiada para mí. Hay un relato de Mark Twain en el que este huye de un toro y se esconde en la copa de un árbol; el toro alza los ojos para mirarle y piensa: «Usted es mi carne, señor». Pues bien, ese «señor» se transforma en «jovencita» cuando las veo en clase. Desde entonces han pasado ocho años; yo tenía ya sesenta y dos, y la chica, que se llama Consuelo Castillo, veinticuatro. No es como los demás alumnos de la clase, no parece una estudiante, por lo menos no parece una estudiante normal y corriente. No es una adolescente a medias, no es una de esas chicas que adoptan poses desgarbadas, de aspecto descuidado y que tienen continuamente latiguillos como «o sea» en la boca. Habla con propiedad, es seria, su postura es perfecta; parece saber algo de la vida adulta, junto con la manera de sentarse, permanecer en pie y caminar. En cuanto entras en la clase, te das cuenta de que esa chica o bien sabe más o desea saber más. Su modo de vestir... no es con exactitud lo que se llama chic, no es extravagante, desde luego, pero, de entrada, nunca se pone tejanos, ni planchados ni sin planchar. Viste con esmero, con un gusto sereno, faldas, vestidos y pantalones de buen corte. Si viste como una atractiva secretaria de un prestigioso bufete de abogados, no lo hace para reducir la sensualidad de su aspecto, sino más bien, se diría, para tener un aire profesional. Como la secretaria del presidente de un banco. Tiene una blusa de seda color crema que se pone bajo un blazer azul bien cortado, con botones dorados, un bolso de mano marrón con la pátina de la piel cara y botitas a juego que le llegan al tobillo, y lleva una falda de punto gris, un poco elástica, que revela las líneas de su figura con tanta sutileza como puede hacerlo semejante prenda. Su estilo de peinado es natural pero cuidado. Tiene el cutis pálido, la boca arqueada, aunque los labios son gordezuelos, y la frente redondeada, una frente lustrosa con la suave elegancia de una obra de Brancusi. Procede de Cuba, y sus familiares son prósperos cubanos que vi ven en Jersey, al otro lado del río, en el condado de Bergen. Tiene el cabello muy negro y liso, pero siempre una pizca áspero. Y es grande, es una mujer grande. Lleva desabrochados los tres primeros botones de la blusa, por lo que puedes ver que tiene unos pechos poderosos y bellos. Enseguida reparas en el espacio entre ambos y te percatas de que ella lo sabe. Te das cuenta de que, a pesar del decoro, la meticulosidad, el estilo cautamente soigné, o tal vez debido a todo ello, es consciente de sí misma. Asiste a la primera clase con la chaqueta abrochada sobre la blusa, pero al cabo de unos cinco minutos se la ha quitado. Cuando vuelvo a mirarla, se la ha puesto de nuevo. Así pues, comprendes que tiene conciencia de su poder pero todavía no está segura de cómo usarlo, qué hacer con él, incluso hasta qué punto lo desea. Ese cuerpo aún es nuevo para ella, todavía lo está probando, estudiándolo, un poco como el chico que va por las calles con un arma cargada y ha de tomar la decisión de si la lleva para defenderse o para comenzar una vida delictiva.

Y es consciente de algo más, algo que yo no podía saber cuando la vi por primera vez en clase: considera la cultura importante, de una manera reverente y anticuada. No es que le interese como medio de vida. Ni lo desea ni podría hacer tal cosa, pues la han criado demasiado bien, a la manera tradicional, para eso, pero la cultura es importante y estupenda, como ninguna otra cosa que ella conozca. Es la clase de persona que encuentra arrebatadores a los impresionistas, pero que debe mirar inquisitivamente y durante largo rato (y siempre con una sensación persistente de aturdimiento) un picasso cubista, tratando con todas sus fuerzas de entender la idea. Está ahí en pie, a la espera de la sensación nueva y sorprendente, el nuevo pensamiento, la nueva emoción, y cuando no llegan, nunca, se reprende a sí misma por ser inadecuada y carecer... ¿de qué? Se reprende por no saber siquiera qué es aquello de lo que carece. El arte que huele a modernidad la deja no solo perpleja sino también decepcionada consigo misma. Le en cantaría que Picasso le importara más, tal vez que la transformara, pero hay un lienzo corrido ante el proscenio de la genialidad que le oscurece la visión y le hace rendir culto desde cierta distancia. Da al arte, a todo el arte, mucho más de lo que ella recibe a cambio, una especie de seriedad que no carece de un atractivo conmovedor. Un buen corazón, un rostro adorable, una mirada al mismo tiempo invitadora y abstraída, unos pechos espléndidos, y tan recientemente salida del cascarón y ya convertida en mujer que observar fragmentos de cáscara adheridos a esa frente ovoide no sería sorprendente. Vi de inmediato que esta iba a ser mi chica.

Ahora bien, tengo una regla fija que establecí hace unos quince años y que nunca rompo. Ya no tengo ningún tipo de contacto personal con ellas hasta que han pasado el examen final, se han graduado y ya no me encuentro oficialmente in loco parentis. A pesar de la tentación, o incluso de una señal inequívoca para dar comienzo al coqueteo y hacer la proposición, no he roto esta regla desde que, a mediados de los años ochenta, fijaron el número de una línea telefónica directa para denunciar el acoso sexual en la puerta de mi despacho. No me relaciono antes con ellas para no indisponerme con los miembros de la universidad que, si pudieran, pondrían serios obstáculos a mi goce de la vida.

La duración de cada uno de mis cursos anuales es de catorce semanas, y durante ese tiempo no tengo relaciones con ellas. En cambio, practico un ardid. Es un ardid honesto, un ardid abierto y sin engaño, pero un ardid de todos modos. Después del examen final, y una vez entregadas las calificaciones, organizo una fiesta en mi piso para los alumnos. Siempre tiene éxito y siempre es igual. Los invito a tomar una copa alrededor de las seis de la tarde. Les digo que de seis a ocho vamos a tomar una copa, y ellos siempre se quedan hasta las dos de la madrugada. Pasadas las diez, los más valientes se animan y me cuentan aquello en lo que están realmente interesados. En el seminario de Crítica Práctica participan unos  veinte alumnos, a veces hasta veinticinco, por lo que habrá quince o dieciséis chicas y cinco o seis chicos, de los que dos o tres son heterosexuales. A las diez de la noche, la mitad de este grupo ha abandonado la fiesta. En general, se quedarán un chico heterosexual, tal vez un chico gay y unas nueve muchachas. Invariablemente, son los más cultivados, inteligentes y animosos del grupo. Hablan de sus lecturas, de la música que escuchan, de las exposiciones de arte que han visto, unos entusiasmos que no suelen compartir sus mayores ni con frecuencia tampoco sus amigos. Se descubren unos a otros en mi clase. Y me descubren a mí. En el transcurso de la fiesta ven de improviso que soy un ser humano. No soy su profesor, no soy mi reputación, no soy su padre. Tengo un dúplex agradable y ordenado, ven mi gran biblioteca, pasillos con estanterías a ambos lados que albergan las lecturas de toda una vida y ocupan casi por completo toda la planta baja, ven mi piano, ven mi entrega a lo que hago, y se quedan.

Un año, mi alumna más divertida fue como la cabra del cuento de hadas que se mete en el reloj para esconderse. A las dos de la madrugada despedí al último de ellos, y mientras le deseaba buenas noches eché en falta a una chica. «¿Dónde está la payasa de nuestra clase, la hija de Próspero?», pregunté. «Ah, creo que Miranda se ha marchado», respondió alguien. Me adentré en el piso para empezar a limpiarlo y oí que se cerraba una puerta en el piso de arriba. La puerta del baño. Y Miranda bajó la escalera, riendo, radiante, con una especie de inepto abandono (nunca, hasta aquel momento, me había percatado de que era tan bonita), y me dijo: «Qué lista he sido, ¿verdad? Me he escondido en el baño de arriba y ahora voy a acostarme contigo».

Era bajita, tal vez mediría metro cincuenta y ocho, y se quitó el suéter y me mostró las tetas, revelando el torso adolescente de una virgen de Balthus incipientemente transgresora y, por supuesto, nos acostamos. Durante toda la velada, de manera muy parecida a la de una joven que hubiese  huido del arriesgado melodrama de una pintura de Balthus para participar en la diversión de la fiesta con los alumnos, Miranda había estado a gatas en el suelo con la grupa alzada o tendida en mi sofá, en una actitud de postración desvalida, o haraganeando alegremente sobre los brazos de una butaca, sin que, al parecer, le pasara por la cabeza el hecho de que, con la falda a la altura de los muslos y las piernas impúdicamente separadas, tenía el aire balthusiano de estar semidesnuda aunque estuviera vestida del todo. Todo está escondido y no hay nada oculto. Muchas de esas chicas practican el sexo desde los catorce años y, cuando llegan a los veinte, una o dos sienten curiosidad por hacerlo con un hombre de mis años, aunque sea una sola vez, deseosas de contárselo al día siguiente a sus amigas, que hacen una mueca y le preguntan: «Pero ¿y su piel? ¿No tiene un olor raro? ¿Y qué me dices de su larga cabellera blanca? ¿Y de la papada? ¿Y esa panza? ¿No te dio asco?».

Luego Miranda me dijo: «Debes de haberte acostado con cientos de mujeres. Quería ver cómo sería». «¿Y bien?» Y entonces dijo unas cosas que no me creí del todo, pero no importaba. La chica había sido audaz; había comprobado que era capaz de hacerlo, por animosa y aterrada que se hubiera sentido mientras estaba escondida en el baño. Descubrió lo valerosa que era al enfrentarse a aquella yuxtaposición desconocida, descubrió que podía vencer sus temores iniciales y cualquier repulsión inicial, y yo, por lo que respecta a la yuxtaposición, me lo pasé de maravilla. La Miranda que se repantigaba, que hacía payasadas y cabriolas, posando con las bragas a los pies. Tan solo el placer de mirarla era delicioso, aunque esa no fue, ni mucho menos, la única recompensa. Las décadas transcurridas desde los años sesenta han llevado a cabo una notable tarea en el acabado de la revolución sexual. Esta es una generación de asombrosas expertas en felaciones. Jamás hubo antes nada parecido entre las jóvenes de su clase.



Consuelo Castillo. Nada más verla me impresionó hondamente su comportamiento. Era consciente del valor de su cuerpo. Sabía lo que era. Sabía también que nunca podría encajar en el mundo cultural en el que yo vivía, pues la cultura era algo para deslumbrarla, pero no algo con lo que vivir. Así pues, asistió a la fiesta (previamente me había preocupado la posibilidad de que no se presentara) y allí, por primera vez, se mostró expansiva conmigo. Como no estaba seguro de lo seria y cauta que podría ser, había procurado no revelar un interés especial por ella durante los encuentros en clase o en las dos ocasiones en que acudió a mi despacho para hablar de sus ejercicios. En cuanto a ella, en esas reuniones privadas se mantuvo en todo momento discreta y respetuosa, y tomó nota de cuanto le dije, por poco importante que fuese. El par de veces que estuvo en mi despacho llevaba la chaqueta a medida sobre la blusa. La primera vez, cuando la invité a sentarse a mi lado ante la mesa, con la puerta que daba al corredor público bien abierta, nuestras ocho extremidades, nuestros dos torsos tan dispares visibles para todo transeúnte con vocación de Gran Hermano (y también con la ventana abierta del todo: el temor a su perfume me había impulsado a hacerlo), la primera vez, decía, ella llevaba unos elegantes pantalones de franela gris con vueltas, y la segunda vez una falda de lana y medias negras, pero, lo mismo que en clase, siempre llevaba la blusa, la blusa de seda que contrastaba con su piel blanquísima, de una u otra tonalidad cremosa, los tres primeros botones desabrochados. En la fiesta, sin embargo, se quitó la chaqueta una vez hubo tomado una sola copa de vino y, tras ese gesto audaz, me miró radiante, ofreciéndome una sonrisa incitadora de tan sincera. Estábamos en pie y con unos pocos centímetros de separación, en mi estudio, donde le había enseñado un manuscrito de Kafka que poseo: tres páginas escritas de puño y letra por Kafka, un discurso que  pronunció en la fiesta de jubilación del jefe de la compañía de seguros donde trabajaba, un regalo, ese manuscrito de 1910, de una casada rica de treinta años que fue una de mis estudiantes-amantes varios años atrás.

Consuelo hablaba animadamente de esto y de aquello. Que le permitiera tener en sus manos el manuscrito de Kafka la había emocionado, y así todo surgía al mismo tiempo, las preguntas que había ido acumulando a lo largo del semestre mientras yo iba acumulando en secreto mi anhelo. «¿Qué clase de música escucha?» «¿Toca de veras el piano?» «¿Se pasa el día leyendo?» «¿Se sabe de memoria los poemas de todos los libros de poesía que contienen sus estantes?» Cada interrogante evidenciaba cuánto la maravillaba (ella usó esa palabra) la vida que yo llevaba, mi coherente y serena vida cultural. Le pregunté qué hacía, cómo era su vida, y ella me dijo que, al terminar la enseñanza media, no había ido de inmediato a la universidad, sino que había decidido trabajar como secretaria particular. Y eso era lo que yo había visto enseguida: la decorosa y leal secretaria particular, el tesoro en el despacho de un hombre poderoso, director del banco o del bufete de abogados. La joven pertenecía de veras a una época periclitada, encarnaba el retroceso a unos tiempos más corteses, y conjeturé que lo que opinaba de sí misma, lo mismo que su manera de conducirse, tenía mucho que ver con el hecho de ser hija de unos ricos émigrés cubanos, gente adinerada que huyó de la Revolución.

«No me gustaba ser secretaria», me dijo. «Lo intenté durante un par de años, pero es un mundo aburrido, y mis padres siempre han querido y esperado de mí que fuese a la universidad. Finalmente decidí estudiar en vez de seguir trabajando. Supongo que intentaba ser rebelde, pero eso era infantil, por lo que me matriculé aquí. Las artes me maravillan.» Otra vez la palabra «maravilla» utilizada de un modo libre y sincero. «¿Sí? ¿Qué es lo que te gusta?», le pregunté. «El teatro. Todo tipo de teatro. Voy a la ópera. A mi padre le encan ta la ópera y vamos juntos al Met. Su compositor favorito es Puccini. Siempre me gusta acompañarle.» «Quieres a tus padres.» «Muchísimo», replicó. «Háblame de ellos.» «Bueno, son cubanos, muy orgullosos. Aquí las cosas les han ido muy bien. Los cubanos que vinieron aquí a causa de la Revolución tenían una manera de ver el mundo que, de algún modo, les permitió desenvolverse muy bien. Aquel primer grupo, como mi familia, trabajó duro, hicieron lo que tenían necesidad de hacer y triunfaron hasta el extremo de que, como solía decirnos mi abuelo, algunos de ellos que necesitaron asistencia pública cuando llegaron, porque no tenían nada... al cabo de pocos años algunos de ellos empezaron a enviar cheques al gobierno de Estados Unidos, devolviéndole la deuda contraída. Mi abuelo decía que no sabían qué hacer con el dinero. Era la primera vez en la historia del erario estadounidense que recibían un cheque como devolución de la ayuda prestada.» «También quieres a tu abuelo. ¿Cómo es?», le pregunté. «Como mi padre, una persona constante, tradicional en extremo, con una visión de las cosas propia del Viejo Mundo. El trabajo duro y la educación son lo primero para él, por encima de todo lo demás. Y, lo mismo que mi padre, es un hombre muy apegado a la familia y muy religioso, aunque no va mucho a la iglesia. Mi padre tampoco, pero mi madre sí, y mi abuela. Mi abuela reza el rosario cada noche. La gente le regala rosarios, y tiene sus favoritos. Le encanta su rosario.» «¿Y tú vas a la iglesia?» «De pequeña iba, pero ya no. Mi familia sabe adaptarse. Los cubanos de su generación tuvieron que adaptarse, hasta cierto punto. A mi familia le gustaría que fuésemos a misa, mi hermano y yo, pero no, yo no voy.» «¿Qué clase de cortapisas tuvo una niña cubana que crecía en Estados Unidos que no fuesen características de la educación norteamericana?» «Verá, para mí el toque de queda era mucho más temprano. Tenía que volver a casa cuando todos mis amigos empezaban a reunirse en una noche de verano. A los catorce y quince años, en pleno verano, tenía que estar en casa a  las ocho de la tarde. Pero mi padre no era uno de esos hombres que asustan. No se diferencia del típico buen padre norteamericano. Eso sí, no permitía que un chico entrara en mi habitación.Nunca. Por lo demás, al cumplir los dieciséis recibí el mismo trato que mis amigos en cuanto a horarios y esas cosas.» «¿Y cuándo vinieron aquí tus padres?» «En 1960. Entonces Fidel aún dejaba salir a la gente. Se habían casado en Cuba. Primero fueron a México y luego vinieron aquí. Yo nací aquí, claro.» «¿Te consideras norteamericana?» «Nací aquí, pero, no, soy cubana. Muy cubana.» «Me sorprendes, Consuelo. Tu voz, tus modales, tu manera de decir ciertas palabras. Para mí eres totalmente norteamericana. ¿Por qué te consideras cubana?» «Mi familia es cubana. Por eso. Es la única explicación. Mi familia tiene un orgullo extraordinario. Aman a su país, lo llevan en su corazón, en su sangre. Eran así en Cuba.» «¿Qué es lo que aman de Cuba?» «Oh, aquello era muy divertido. Una sociedad de personas que tenían todo lo mejor del mundo. Totalmente cosmopolita, sobre todo si vivías en La Habana. Y era un lugar hermoso. Y daban grandes fiestas. Allí lo pasaban muy bien.» «¿Fiestas? Háblame de las fiestas.» «Tengo fotos de mi madre en esos bailes de disfraces. De la época de su presentación en sociedad. Fotos del baile de su presentación en sociedad.» «¿A qué se dedicaba tu familia?» «Bueno, esa es una larga historia.» «Cuéntamela.» «Verá, el primer español por parte de mi abuela era un general al que enviaron allí. Siempre hubo una antigua y gran fortuna de origen español. Mi abuela tenía tutores en casa, a los dieciocho años fue a París para comprar vestidos. En los dos lados de mi familia hay títulos nobiliarios españoles. Algunos de ellos son antiquísimos. Como el de mi abuela, que es duquesa... en España.» «¿Y tú también eres duquesa, Consuelo?» «No», replicó ella, sonriente, «solo soy una afortunada chica cubana». «Bueno, podrías pasar por duquesa. Debe de haber una duquesa con tu aspecto en

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