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CLANDESTINO EN CHILE
El vuelo 115 de Ladeco, procedente de Asunción (Paraguay), estaba a punto de aterrizar, con más de una hora de retraso, en el aeropuerto de Santiago de Chile. A la izquierda, a casi siete mil metros de altura, el Aconcagua parecÃa un promontorio de acero bajo el fulgor de la Luna. El avión se inclinó sobre el ala izquierda con una gracia pavorosa, se enderezó luego con un crujido de metales lúgubres, y tocó tierra antes de tiempo con tres saltos de canguro. Yo, Miguel LittÃn, hijo de Hernán y Cristina, director de cine y uno de los cinco mil chilenos con prohibición absoluta de regresar, estaba de nuevo en mi paÃs después de doce años de exilio, aunque todavÃa exiliado dentro de mà mismo: llevaba una identidad falsa, un pasaporte falso, y hasta una esposa falsa. Mi cara y mi apariencia estaban tan cambiadas por la ropa y el maquillaje que ni mi propia madre habÃa de reconocerme a plena luz unos dÃas después.
Muy pocas personas en el mundo conocÃan este secreto, y una de ellas iba en el mismo avión. Era Elena, una militante de la resistencia chilena, joven y muy atractiva, designada por su organización para mantener las comunicaciones con la red clandestina interior, establecer los contactos secretos, determinar los lugares apropiados para los encuentros, valorar la situación operativa, concertar las citas, velar por nuestra seguridad. En caso de que yo fuera descubierto por la policÃa, o desapareciera, o no hiciera por más de veinticuatro horas los contactos establecidos de antemano, ella deberÃa hacer pública mi presencia en Chile para que se diera la voz de alarma internacional. Aunque nuestros documentos de identidad no estaban vinculados, habÃamos viajado desde Madrid, a través de siete aeropuertos de medio mundo, como si fuéramos un matrimonio bien avenido. En este último trayecto de una hora y media de vuelo, sin embargo, habÃamos decidido sentarnos separados y desembarcar como si no nos conociéramos. Ella pasarÃa por el control de inmigración después de mÃ, para avisar a su gente en caso de que yo tuviera algún tropiezo. Si todo iba bien, volverÃamos a ser dos esposos de rutina a la salida del aeropuerto.
Nuestro propósito era muy sencillo sobre el papel, pero en la práctica implicaba un gran riesgo: se trataba de filmar un documental clandestino sobre la realidad de Chile después de doce años de dictadura militar. La idea era un sueño que me daba vueltas en la cabeza desde hacÃa mucho tiempo, porque la imagen del paÃs se me habÃa perdido en las nieblas de la nostalgia, y para un hombre de cine no hay un modo más certero de recuperar la patria perdida que volver a filmarla por dentro. Este sueño se hizo más apremiante cuando el Gobierno chileno empezó a publicar listas de exiliados a los que se les permitÃa volver, y no encontré mi nombre en ninguna. Más tarde alcanzó extremos de desesperación cuando se publicó la lista de los cinco mil que no podÃan regresar, y yo era uno de ellos. Cuando por fin se concretó el proyecto, casi por casualidad y cuando menos lo esperaba, ya hacÃa más de dos años que habÃa perdido la ilusión de realizarlo.
Fue en el otoño de 1984, en la ciudad vasca de San Sebastián. Me habÃa instalado allà seis meses antes con la Ely y nuestros tres hijos, para hacer una pelÃcula argumental que, como tantas otras de la historia secreta del cine, habÃa sido cancelada por los productores cuando faltaba una semana para iniciar el rodaje. Me quedé sin salida. Pero en el curso de una cena de amigos en un restaurante popular, durante el festival de cine, volvà a hablar de mi viejo sueño. Fue escuchado y comentado en la mesa con un interés cierto, no sólo por su alcance polÃtico evidente, sino también como una burla a la prepotencia de Pinochet. Pero a nadie se le ocurrió que fuera algo más que una pura fantasÃa del exilio. Sin embargo, ya en la madrugada, cuando regresábamos a casa por las calles dormidas de la ciudad vieja, el productor italiano Luciano Balducci, que apenas si habÃa hablado en la mesa, me tomó del brazo y me apartó del grupo de un modo que parecÃa casual.
—El hombre que tú necesitas —me dijo— te está esperando en ParÃs.
Era exacto. El hombre que yo necesitaba tenÃa un alto cargo en la resistencia interna de Chile, y su proyecto sólo se distinguÃa del mÃo en algunos detalles de forma. Una sola conversación de cuatro horas con él, en el ámbito mundano de la Coupole y con la participación entusiasta de Luciano Balducci, nos bastó para convertir en realidad una fantasÃa incubada por mÃ, hasta en sus mÃnimos detalles, en los insomnios quiméricos del exilio.
El primer paso era introducir en Chile tres equipos básicos de filmación: uno italiano, uno francés y uno de cualquier nacionalidad europea, pero con credenciales holandesas. Todos legales, con permisos legÃtimos y con la protección ordinaria de sus embajadas. El equipo italiano, dirigido de preferencia por una periodista, tendrÃa como cobertura la filmación de un documental sobre la inmigración italiana en Chile, con el énfasis especial en la obra de JoaquÃn Toesca, el arquitecto que construyó el Palacio de la Moneda. El equipo francés deberÃa acreditarse para hacer un documental ecológico sobre la geografÃa chilena. El tercero iba a hacer un estudio sobre los últimos sismos. Ninguno de los equipos deberÃa saber nada de la existencia de los otros dos. Ninguno de sus integrantes tendrÃa conocimiento de qué era lo que en realidad se estaba haciendo, ni de quién los dirigÃa desde la sombra, salvo el responsable de cada equipo, que deberÃa ser un profesional conocido en su medio, con formación polÃtica y consciente de sus riesgos. Fue la parte más fácil, que yo resolvà con un breve viaje a los paÃses de origen de cada equipo. Los tres, acreditados en forma y con sus contratos en regla, estaban ya dentro de Chile y esperando instrucciones la noche de mi llegada.
El drama de convertirse en otro
En realidad, el proceso más difÃcil para mà fue el convertirme en otra persona. El cambio de personalidad es una lucha cotidiana en la que uno se rebela a menudo contra su propia determinación de cambiar, y quiere seguir siendo uno mismo. Asà que la dificultad mayor no fue el aprendizaje, como pudiera pensarse, sino mi resistencia inconsciente, tanto a los cambios fÃsicos como a los cambios del comportamiento. TenÃa que resignarme a dejar de ser el hombre que habÃa sido siempre y convertirme en otro muy distinto, insospechable para la misma policÃa represiva que me habÃa forzado a abandonar mi paÃs, e irreconocible aun para mis propios amigos. Dos psicólogos y una maquillista de cine, bajo la dirección de un experto en operaciones especiales clandestinas, destacado desde el interior de Chile, lograron el milagro en poco menos de tres semanas, luchando sin reposo contra mi determinación instintiva de seguir siendo quien era.
Lo primero fue la barba. No era simple cuestión de afeitarme, sino de salirme de la personalidad que ella me habÃa creado. Me la habÃa dejado crecer muy joven, cuando iba a hacer mi primera pelÃcula, y luego me la habÃa quitado varias veces, pero nunca volvà a filmar sin ella. Era como si la barba fuera inseparable de mi identidad de director. También mis tÃos la habÃan usado, lo cual contribuÃa, sin duda, a aumentar mi afecto por ella. Me la habÃa quitado hacÃa unos años en México, y no logré imponer mi nueva cara a mis amigos ni a mi familia, y menos a mà mismo. Todos tenÃan la impresión de estar con un intruso, pero yo persistÃa en no dejarla crecer otra vez, porque creÃa verme más joven. Fue Catalina, mi hija menor, la que me sacó de dudas:
—Sin barba te ves más joven —me dijo—, pero también más feo.
De modo que volver a quitármela para entrar en Chile no era sólo un problema de espuma y navaja, sino un proceso mucho más profundo de despersonalización. Me la fueron cortando poco a poco, observando los cambios en cada etapa, evaluando los efectos que tenÃan en mi apariencia y en mi carácter los diferentes cortes, hasta que llegamos a ras de piel. Pasaron varios dÃas antes de que tuviera valor para asomarme al espejo.
Luego fue el cabello. El mÃo es de un negro intenso, heredado de una madre griega y de un padre palestino, del cual me venÃa también la amenaza de una calvicie prematura. Lo primero que hicieron fue teñÃrmelo de castaño claro. Luego ensayaron diversas formas del peinado, y concluyeron por no contrariar a la naturaleza. En vez de disimular la calvicie, como se pensó al principio, lo que hicieron fue acentuarla, no sólo con un peinado liso hacia atrás, sino inclusive terminando con pinzas los estragos de depilación que ya los años habÃan comenzado.
Parece mentira, pero hay toques casi imperceptibles que pueden cambiar la estructura de la cara. La mÃa, que es de luna llena aun con menos kilos de los que entonces tenÃa encima, se vio más alargada con la depilación profunda de los extremos de las cejas. Lo curioso es que esto me dio un semblante más oriental que el que tengo de nacimiento, pero que corresponderÃa más a mis orÃgenes. El último paso fue el uso de unos lentes graduados, que los primeros dÃas iban a causarme un intenso dolor de cabeza, pero que me cambiaron no sólo la forma de los ojos, sino también la expresión de la mirada.
La transfiguración del cuerpo fue más fácil, pero exigió de mà un mayor esfuerzo mental. El cambio de la cara era, en esencia, un asunto del maquillaje, pero el del cuerpo requerÃa un entrenamiento psicológico especÃfico y un mayor grado de concentración. Porque era allà donde tenÃa que asumir a fondo mi cambio de clase. En vez de los pantalones de vaquero que usaba casi siempre, y de mis chamarras de cazador, tenÃa que usar y acostumbrarme a usar vestidos enteros de paño inglés de grandes marcas europeas, camisas hechas sobre medida, zapatos de ante, corbatas italianas de flores pintadas. En vez de mi acento de chileno rural, rápido y atormentado, tenÃa que aprender una cadencia de uruguayo rico, que era la nacionalidad más conveniente para mi nueva identidad. TenÃa que aprender a reÃr de un modo menos caracterÃstico que el mÃo, tenÃa que aprender a caminar despacio, usar las manos para ser más convincente en el diálogo. En fin, tenÃa que dejar de ser un director de cine, pobre e inconforme como lo habÃa sido siempre, para convertirme en lo que menos quisiera ser en este mundo: un burgués satisfecho. O como decimos los chilenos: un momio.
Al mismo tiempo que me convertÃa en otro, habÃa ido aprendiendo a vivir con Elena en una mansión del distrito XVI de ParÃs, sumiso por primera vez a un orden establecido de antemano por alguien que no era yo mismo, y a una dieta de pordiosero para rebajar diez kilos de los ochenta y siete que pesaba. No era mi casa, ni se parecÃa en nada a la mÃa, pero debÃa serlo en mi memoria, pues se trata de cultivar recuerdos para evitar contradicciones futuras. Fue una de las más raras experiencias de mi vida, pues muy pronto me di cuenta de que Elena era simpática y seria también en la vida privada, pero nunca hubiera podido vivir con ella. La habÃan escogido los expertos por su calificación profesional y polÃtica, y debÃa obligarme a andar por un carril de hierro que no dejaba ningún margen para la inspiración. Mi carácter de creador libre se resistÃa a admitirlo. Más tarde, cuando todo saliera bien, iba a darme cuenta de que no habÃa sido justo con ella, tal vez porque de algún modo inconsciente la identificaba con el mundo de mi otro yo, en el cual me resistÃa a instalarme, aun a sabiendas de que era una condición de vida o muerte. Ahora, evocando aquella rara experiencia, me pregunto si después de todo no éramos un matrimonio perfecto: apenas si podÃamos soportarnos bajo un mismo techo.
Elena no tenÃa problemas de identidad. Es chilena, aunque no ha vivido en Chile de un modo permanente desde hace más de quince años, y nunca ha sido exiliada ni solicitada por ninguna policÃa del mundo, asà que su cobertura era perfecta. HabÃa cumplido muchas misiones polÃticas de importancia en diversos paÃses, y la idea de hacer una pelÃcula clandestina dentro del suyo le pareció fascinante. El problema difÃcil era el mÃo, pues la nacionalidad que pareció ser la más conveniente por motivos técnicos me obligaba a aprender un carácter muy distinto del mÃo y a inventarme todo un pasado en un paÃs que no conocÃa. Sin embargo, antes de la fecha prevista habÃa aprendido a volver la cabeza de inmediato si alguien me llamaba por mi nombre falso, y era capaz de contestar las preguntas más raras sobre la ciudad de Montevideo, sobre las lÃneas de buses que debÃa tomar para volver a casa, y hasta sobre la vida de mis condiscÃpulos, veinticinco años antes, en el Liceo número 11 de la avenida Italia, a dos cuadras de una farmacia y a una cuadra de un supermercado reciente. Lo único que debÃa evitar era reÃrme, pues mi risa es tan caracterÃstica que me habrÃa delatado a pesar del disfraz. Tanto, que el responsable de mi cambio me advirtió, con todo el dramatismo de que fue capaz: «Si te rÃes, te mueres». Sin embargo, una cara de ladrillo incapaz de una sonrisa no serÃa nada raro en un tiburón internacional de los grandes negocios.
Por esos dÃas surgió una duda imprevista en cuanto a la oportunidad del proyecto, por la declaratoria de un nuevo estado de sitio en Chile. La dictadura —herida por el fracaso espectacular de la aventura económica de la Escuela de Chicago— reaccionaba en esa forma frente a la acción unánime de la oposición, unida por primera vez en un frente común. En mayo de 1983 se habÃan iniciado las primeras protestas callejeras, que se repitieron a lo largo de todo el año con una aguerrida participación juvenil, sobre todo femenina, pero también con una represión sangrienta.
Las fuerzas de oposición, legales e ilegales, a las cuales se sumaban por primera vez los sectores más progresistas de la burguesÃa, convocaron un paro nacional de un dÃa. Fue una demostración de poderÃo y determinación sociales que exasperó a la dictadura y precipitó el estado de sitio. Pinochet, desesperado, lanzó un grito que resonó en el mundo con acordes de ópera:
—Si esto sigue asÃ, tendremos que hacer un nuevo 11 de setiembre.
Cierto que esas condiciones parecÃan favorables para una pelÃcula como la nuestra, que pretendÃa sacar a flote hasta los elementos menos visibles de la realidad interna, pero al mismo tiempo serÃan mucho mÃ
