Notas de prensa

Gabriel García Márquez

Fragmento

 Notas de prensa

Índice

Notas de prensa

Un hombre ha muerto de muerte natural

Desventuras de un escritor de libros

Mis dos razones contra esta revista

Tonto útil, para servirle a usted

Los idus de marzo de la oligarquía

«Por qué no le creo nada, señor Turbay»

El fantasma del Premio Nobel (1)

El fantasma del Premio Nobel (y 2)

Seamos machos: hablemos del miedo al avión

El alquimista en su cubil

Del malo conocido al peor por conocer

La comisión de Babel

Telepatía sin hilos

El nuevo oficio más viejo del mundo

El cuento de los generales que se creyeron su propio cuento

Sí: la nostalgia sigue siendo igual que antes

Estas Navidades siniestras

Cuento de horror para la Nochevieja

Caribe mágico

Hay que salvar a El Salvador

25.000 millones de kilómetros cuadrados sin una sola flor

La poesía, al alcance de los niños

La enfermedad política de Reza Pahlavi

La mujer que escribió un diccionario

El Kissinger de Reagan

Remedios para volar

El amor en el aire

Un domingo de delirio

La larga noche de ajedrez de Paul Badura-Skoda

El río de la vida

Breve nota de adiós al olor de la guayaba

Punto final a un incidente ingrato

Mitterrand, el otro: el escritor

La última y mala noticia sobre Haroldo Conti

¿Quién cree a Janet Cooke?

«María de mi corazón»

Como ánimas en pena

La conduerma de las palabras

Mitterrand, el otro: el presidente

Vidas de perros

Fantasía y creación artística

En Chile como en Chicago

Algo más sobre literatura y realidad

Mr. Enders atraviesa el espejo

¿Una entrevista? No, gracias

Edén Pastora

Mi Hemingway personal

Breve nota de adiós al olor de la guayaba de Feliza Bursztyn

Torrijos

Fantasmas de carreteras

El cuento del cuento

El cuento del cuento (conclusión)

La desgracia de ser escritor joven

300 intelectuales juntos

La larga vida feliz de Margarito Duarte

«Los idus de marzo»

¿Quién le teme a López Michelsen?

Allá por aquellos tiempos de la Coca-Cola

Bogotá 1947

48 horas en Cancún

Georges Brassens

Un diccionario de la vida real

Nicaragua entre dos sopas

Los dolores del poder

«Cómo sufrimos las flores»

La peste

Recuerdos de periodista

El campo, ese horrible lugar donde los pollos se pasean crudos

Polonia: verdades que duelen

La realidad manipulada

España: la nostalgia de la nostalgia

Los 166 días de Feliza

«Cuentos de caminos»

Otra vez del avión a la mula... ¡Qué dicha!

Graham Greene: la ruleta rusa de la literatura

Mi otro yo

Las esposas felices se suicidan a las seis

El fantasma para el progreso

Crónica de mi muerte anunciada

EE.UU.: Política de suposiciones

Bangkok la horrible

«Peggy, dame un beso»

Con las Malvinas o sin ellas

Una tontería de Anthony Quinn

«El pez es rojo»

Un payaso pintado detrás de una puerta

Ésta es la historia, tal como me la contaron

La vaina de los diccionarios

Jurado en Cannes

Infidencias de un jurado en Cannes

Roma en verano

Lo que no adivinó el oráculo

La dura vida del turista

Está de moda ser delgado

El amargo encanto de la máquina de escribir

La noche caliente de Amsterdam

Los pobres traductores buenos

Y de la guayaba, ¿qué?

La vejez juvenil de Luis Buñuel

También el humanitarismo tiene su límite

Frases de la vida

El mar de mis cuentos perdidos

Terrorismo científico

El destino de los embalsamados

El avión de la bella durmiente

Beguin y Sharon, premios «nobel de la muerte»

Se necesita un escritor

El cuento después del cuento

Obregón o la vocación desaforada

Hemingway en Cuba

La cándida Eréndira y su abuela Irene Papas

Usa: mejor cerrado que entreabierto

La penumbra del escritor de cine

El lujo de la muerte

Bueno, hablemos de música

La literatura sin dolor

Cena de paz en Harpsund

Desde París, con amor

Felipe

Las veinte horas de Graham Greene en la Habana

Regreso a México

Sí: ya viene el lobo

Está bien, hablemos de literatura

Memorias de un fumador retirado

Historias perdidas

¿Para qué sirven los escritores?

El papa, en el infierno

El acuerdo de Babel

¡Manos arriba!

«Alsino y el cóndor»

Las Malvinas, un año después

Regreso a la guayaba

América Central, ¿ahora sí?

Con amor, desde el mejor oficio del mundo

La suerte de no hacer colas

Viendo llover en Galicia

¿Sabe usted quién era Mercè Rodoreda?

El Reino Unido los ha hecho así

Estos ascensores de miércoles

Cartagena: una cometa en la muchedumbre

Portugal, nueve años después

Valledupar, la parranda del siglo

«¿Qué hay de malo en la mala prensa?»

Nueve años no es nada

Contadora, cinco meses después

¿Qué libro estás leyendo?

Bateman

No se preocupe: tenga miedo

Esposas alquiladas

Jack, el desmesurado

Casi mejor que el amor

¿En qué país morimos?

Me alquilo para soñar

269 muertos

Aquel tablero de las noticias

Un tratado para tratarnos mal

Las glorias del olvido

William Golding, visto por sus vecinos

Pasternak, veintidós años después

Bishop

Cuentos de niños

Teodoro

El frenesí del viernes

¿Qué pasó al fin en Granada?

Náufragos del espacio

La historia vista de espaldas

El embrollo de la paz

Vuelta a la semilla

Variaciones

¿Cómo se escribe una novela?

Tramontana mortal

El argentino que se hizo querer de todos

Las trampas a la fe

Notas

Biografía

Créditos

Biografía

Gabriel García Márquez (1927-2014), nacido en Colombia, fue una de las figuras más importantes e influyentes de la literatura universal. Ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, fue además cuentista, ensayista, crítico cinematográfico, autor de guiones y, sobre todo, un intelectual comprometido con los grandes problemas de nuestro tiempo, y en primer término con los que afectaban a su amada Colombia y a Hispanoamérica en general. Máxima figura del llamado «realismo mágico», en el que historia e imaginación tejen el tapiz de una literatura viva, que respira por todos sus poros, fue en definitiva el hacedor de uno de los mundos narrativos más densos de significado que ha dado la lengua española en el siglo XX. Entre sus novelas más importantes figuran Cien años de soledad, El coronel no tiene quien le escriba, Relato de un náufrago, Crónica de una muerte anunciada, La mala hora, El general en su laberinto, el libro de relatos Doce cuentos peregrinos, El amor en los tiempos del cólera y Diatriba de amor contra un hombre sentado. En el año 2002 publicó la primera parte de su autobiografía, Vivir para contarla; en 2004 volvió a la ficción con Memoria de mis putas tristes, y en 2012 sus relatos fueron recopilados en Todos los cuentos.

Créditos

Edición en formato digital: mayo de 2015

© Gabriel García Márquez

© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Diseño de portada: Penguin Random House Grupo Editorial

Ilustración de portada: Alejandro Magallanes

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ISBN: 978-84-3973-057-6

Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.

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019

Portada
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Portadilla

Notas de prensa

Obra periodística 5

(1961-1984)

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

019

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cap-1

UN HOMBRE HA MUERTO
DE MUERTE NATURAL*

Esta vez parece ser verdad: Ernest Hemingway ha muerto. La noticia ha conmovido, en lugares opuestos y apartados del mundo, a sus mozos de café, a sus guías de cazadores, a sus aprendices de torero, a sus choferes de taxi, a unos cuantos boxeadores venidos a menos y a algún pistolero retirado.

Mientras tanto, en el pueblo de Ketchum, Idaho, la muerte del buen vecino ha sido apenas un doloroso incidente local. El cadáver permaneció seis días en cámara ardiente, no para que se le rindieran honores militares, sino en espera de alguien que estaba cazando leones en África. El cuerpo no permanecerá expuesto a las aves de rapiña, junto a los restos de un leopardo congelado en la cumbre de una montaña, sino que reposará tranquilamente en uno de esos cementerios demasiado higiénicos de los Estados Unidos, rodeado de cadáveres amigos. Estas circunstancias, que tanto se parecen a la vida real, obligan a creer esta vez que Hemingway ha muerto de veras, en la tercera tentativa.

Hace cinco años, cuando su avión sufrió un accidente en el África, la muerte no podía ser verdad. Las comisiones de rescate lo encontraron alegre y medio borracho, en un claro de la selva, a poca distancia del lugar donde merodeaba una familia de elefantes. La propia obra de Hemingway, cuyos héroes no tenían derecho a morir antes de padecer durante cierto tiempo la amargura de la victoria, había descalificado de antemano aquella clase de muerte, más bien del cine que de la vida.

En cambio, ahora, el escritor de sesenta y dos años, que en la pasada primavera estuvo dos veces en el hospital tratándose una enfermedad de viejo, fue hallado muerto en su habitación con la cabeza destrozada por una bala de escopeta de matar tigres. En favor de la hipótesis de suicidio hay un argumento técnico: su experiencia en el manejo de las armas descarta la posibilidad de un accidente. En contra, hay un solo argumento literario: Hemingway no parecía pertenecer a la raza de los hombres que se suicidan. En sus cuentos y novelas, el suicidio era una cobardía, y sus personajes eran heroicos solamente en función de su temeridad y su valor físico. Pero de todos modos, el enigma de la muerte de Hemingway es puramente circunstancial, porque esta vez las cosas ocurrieron al derecho: el escritor murió como el más corriente de sus personajes, y principalmente para sus propios personajes.

En contraste con el dolor sincero de los boxeadores, se ha destacado en estos días la incertidumbre de los críticos literarios. La pregunta central es hasta qué punto Hemingway fue un grande escritor y en qué grado merece un laurel que a él mismo le pareció una simple anécdota, una circunstancia episódica en la vida de un hombre.

En realidad, Hemingway sólo fue un testigo ávido, más que de la naturaleza humana, de la acción individual. Su héroe surgía en cualquier lugar del mundo, en cualquier situación y en cualquier nivel de la escala social en que fuera necesario luchar encarnizadamente no tanto para sobrevivir cuanto para alcanzar la victoria. Y luego, la victoria era apenas un estado superior del cansancio físico y de la incertidumbre moral.

Sin embargo, en el universo de Hemingway la victoria no estaba destinada al más fuerte, sino al más sabio, con una sabiduría aprendida de la experiencia. En ese sentido era un idealista. Pocas veces, en su extensa obra, surgió una circunstancia en que la fuerza bruta prevaleciera contra el conocimiento. El pez chico, si era más sabio, podía comerse al grande. El cazador no vencía al león porque estuviera armado de una escopeta, sino porque conocía minuciosamente los secretos de su oficio, y por lo menos en dos ocasiones el león conoció mejor los secretos del suyo. En El viejo y el mar —el relato que parece ser una síntesis de los defectos y virtudes del autor— un pescador solitario, agotado y perseguido por la mala suerte, logró vencer al pez más grande del mundo en una contienda que era más de inteligencia que de fortaleza.

El tiempo demostrará también que Hemingway, como escritor menor, se comerá a muchos escritores grandes, por su conocimiento de los motivos de los hombres y los secretos de su oficio. Alguna vez, en una entrevista de prensa, hizo la mejor definición de su obra al compararla con el iceberg de la gigantesca mole de hielo que flota en la superficie: es apenas un octavo del volumen total, y es inexpugnable, gracias a los siete octavos que la sustentan bajo el agua.

La trascendencia de Hemingway está sustentada precisamente en la oculta sabiduría que sostiene a flote una obra objetiva, de estructura directa y simple, y a veces escueta inclusive en su dramatismo. Hemingway sólo contó lo visto por sus propios ojos, lo gozado y padecido por su experiencia, que era al fin y al cabo lo único en que podía creer. Su vida fue un continuo y arriesgado aprendizaje de su oficio, en el que fue honesto hasta el límite de la exageración: habría que preguntarse cuántas veces estuvo en peligro la propia vida del escritor, para que fuera válido un simple gesto de su personaje.

En ese sentido, Hemingway no fue nada más, pero tampoco nada menos, de lo que quiso ser: un hombre que estuvo completamente vivo en cada acto de su vida. Su destino, en cierto modo, ha sido el de sus héroes, que sólo tuvieron una validez momentánea en cualquier lugar de la tierra, y que fueron eternos por la fidelidad de quienes los quisieron.

Ésa es, tal vez, la dimensión más exacta de Hemingway. Probablemente, éste no sea el final de alguien sino el principio de nadie en la historia de la literatura universal. Pero es el legado natural de un espléndido ejemplar humano, de un trabajador bueno y extrañamente honrado, que quizá se merezca algo más que un puesto en la gloria internacional.

cap-2

DESVENTURAS DE UN
ESCRITOR DE LIBROS*

Escribir libros es un oficio suicida. Ninguno exige tanto tiempo, tanto trabajo, tanta consagración en relación con sus beneficios inmediatos. No creo que sean muchos los lectores que al terminar la lectura de un libro se pregunten cuántas horas de angustias y de calamidades domésticas le han costado al autor esas doscientas páginas y cuánto ha recibido por su trabajo. Para terminar pronto, conviene decir a quien no lo sepa que el escritor se gana solamente el diez por ciento de lo que el comprador paga por el libro en la librería. De modo que el lector que compró un libro de veinte pesos sólo contribuyó con dos pesos a la subsistencia del escritor. El resto se lo llevaron los editores, que corrieron el riesgo de imprimirlo, y luego los distribuidores y los libreros. Esto parecerá todavía más injusto cuando se piense que los mejores escritores son los que suelen escribir menos y fumar más, y es por tanto normal que necesiten por lo menos dos años y veintinueve mil doscientos cigarrillos para escribir un libro de doscientas páginas. Lo que quiere decir en buena aritmética que nada más en lo que se fuman se gastan una suma superior a la que van a recibir por el libro. Por algo me decía un amigo escritor: «Todos los editores, distribuidores y libreros son ricos y todos los escritores somos pobres».

El problema es más crítico en los países subdesarrollados, donde el comercio de libros es menos intenso, pero no es exclusivo de ellos. En los Estados Unidos, que es el paraíso de los escritores de éxito, por cada autor que se vuelve rico de la noche a la mañana con la lotería de las ediciones de bolsillo, hay centenares de escritores aceptables condenados a cadena perpetua bajo la gota helada del diez por ciento. El último caso espectacular de enriquecimiento con causa en los Estados Unidos es el del novelista Truman Capote con su libro In Cold Blood, que en las primeras semanas le produjo medio millón de dólares en regalías y una cantidad similar por los derechos para el cine. En cambio, Albert Camus, que seguirá en las librerías cuando ya nadie se acuerde del estupendo Truman Capote, vivía de escribir argumentos cinematográficos con seudónimo, para poder seguir escribiendo sus libros. El Premio Nobel —que recibió pocos años antes de morir— apenas fue un desahogo momentáneo para sus calamidades domésticas, acarrea consigo unos cuarenta mil dólares más o menos, lo que en estos tiempos cuesta una casa con un jardín para los niños. Mejor aunque involuntario, fue el negocio que hizo Jean-Paul Sartre al rechazarlo, pues con su actitud ganó un justo y merecido prestigio de independencia, que aumentó la demanda de sus libros.

Muchos escritores añoran al antiguo mecenas, rico y generoso señor que mantenía a los artistas para que trabajaran a gusto. Aunque con otra cara, los mecenas existen. Hay grandes consorcios financieros que a veces por pagar menos impuestos, otras veces por disipar la imagen de tiburones que se ha formado de ellos la opinión pública, y no muchas veces por tranquilizar sus conciencias, destinan sumas considerables a patrocinar el trabajo de los artistas. Pero a los escritores nos gusta hacer lo que nos da la gana, y sospechamos, acaso sin fundamento, que el patrocinador compromete la independencia de pensamiento y expresión, y origina compromisos indeseables. En mi caso, prefiero escribir sin subsidios de ninguna índole, no sólo porque padezco de un estupendo delirio de persecución, sino porque cuando empiezo a escribir ignoro por completo con quién estaré de acuerdo al terminar. Sería injusto que a la postre estuviera en desacuerdo con la ideología del patrocinador, cosa muy probable en virtud del conflictivo espíritu de contradicción de los escritores, así como sería completamente inmoral que por casualidad estuviera de acuerdo.

El sistema de patrocinio, típico de la vocación paternalista del capitalismo, parece ser una réplica a la oferta socialista de considerar al escritor como un trabajador a sueldo del estado. En principio la solución socialista es correcta, porque libera al escritor de la explotación de los intermediarios. Pero en la práctica hasta ahora y quién sabe por cuánto tiempo, el sistema ha dado origen a riesgos más graves que las injusticias que ha pretendido corregir. El reciente caso de dos pésimos escritores soviéticos que han sido condenados a trabajos forzados en Siberia, no por escribir mal sino por estar en desacuerdo con el patrocinador, demuestra hasta qué punto puede ser peligroso el oficio de escribir bajo un régimen sin la suficiente madurez para admitir la verdad eterna de que los escritores somos unos facinerosos a quienes los corsés doctrinarios, y hasta las disposiciones legales nos aprietan más que los zapatos. Personalmente, creo que el escritor, como tal, no tiene otra obligación revolucionaria que la de escribir bien. Su inconformismo, bajo cualquier régimen, es una condición esencial que no tiene remedio, porque un escritor conformista muy probablemente es un bandido, y con seguridad es un mal escritor.

Después de esta triste revisión, resulta elemental preguntarse por qué escribimos los escritores. La respuesta, por fuerza, es tanto más melodramática cuanto más sincera. Se es escritor simplemente como se es judío o se es negro. El éxito es alentador, el favor de los lectores es estimulante, pero éstas son ganancias suplementarias, porque un buen escritor seguirá escribiendo de todas maneras aun con los zapatos rotos, y aunque sus libros no se vendan. Es una especie de deformación que explica muy bien la barbaridad social de que tantos hombres y mujeres se hayan suicidado de hambre, por hacer algo que al fin y al cabo, y hablando completamente en serio, no sirve para nada.

cap-3

MIS DOS RAZONES CONTRA ESTA REVISTA*

De modo que aquí está otra vez Alternativa. Vuelve después de un receso de casi cuatro meses que por supuesto nos sirvió para trabajar menos, para perder menos plata y tal vez para equivocarnos menos, pero también para reflexionar, como los curas de otros tiempos, sobre el destino de nuestras almas. Sin embargo, volvemos a salir otra vez como semanario y esta vez a veinte pesos. Lo que quiere decir que los retiros espirituales nos ayudaron a resolver muchos problemas, menos los dos que a mi modo de ver son la desgracia de esta revista: la frecuencia y el precio.

Quienes propugnábamos por que Alternativa se convirtiera en diario seguimos creyendo tener la razón. También siguen creyendo tenerla los compañeros que sustentaban la opinión contraria. Son ellos los que ganan, sin embargo, por la razón de peso completo de que ni los unos ni los otros, ni todos juntos, tenemos la plata que haría falta para hacer un diario. Es decir: no hay campanas. Era por ahí, desde luego, por donde hubiéramos debido empezar.

La revista ha sido un género desdichado en Colombia. Todas, de cualquier clase, han tenido el destino de los amores de verano y de los ministros de Educación: intenso y fugaz. La única que ha logrado perdurar por más de sesenta años a través de los azares de las peluquerías y los infartos mortales de los cambios de dueños parece más bien una advertencia de Dios para escarmiento de ingenuos y temerarios. Tal vez sea que los colombianos no sabemos hacer revistas. Tal vez sea que no las sabemos leer. Pero tal vez sea solamente que el lapso de ocho días es un reto descomunal para la mala memoria histórica de los colombianos: cuando llega el sábado ya los lectores se han olvidado de la que fue su revista favorita el sábado pasado, de modo que ésta tiene que cautivar cada semana una clientela nueva que ni siquiera recordaba haber sido la misma clientela fugitiva de la semana anterior. Es triste pero cierto: cada semana compramos una revista diferente con la misma ilusión efímera e irrepetible con que cada cuatro años elegimos un presidente de la república. Así las cosas, es muy difícil implantar un semanario, y retener el interés de un público numeroso y comprensivo, y sensible además a una propuesta política distinta, mientras no se pueda competir todos los días, y en condiciones similares, con los órganos de opinión que tienen en sus manos todos los poderes del poder. Las peleas de los sábados —los borrachos lo sabemos muy bien— no son más que pleitos de cantina.

El otro problema esencial es el precio. Sin grandes anuncios —que no queremos y que además nadie nos daría—, sin un partido político que nos sustente ni un centro mundial de poder que nos mantenga, ni una agencia central de inteligencia que nos subsidie para después poderlo decir, esta revista huérfana de padre y madre no se puede vender a menos precio y la amarga verdad, duélale a quien le duela, es que los lectores con posibilidades de gastarse veinte pesos en una revista no son los que más nos interesan. De manera que nos queremos dirigir a un público y en realidad llegamos a otro. Hacemos una revista para pobres que muchos pobres no pueden comprar. Tratamos de crear una conciencia popular, pero a nuestra clientela más accesible no le interesa tanto la justicia social como las vacaciones en Miami.

A pesar de eso, con la temeridad profesional y política que nos distingue de otros mortales más felices, aquí está otra vez Alternativa. Yo sigo estando en ella como siempre desde aquel septiembre casual y ya remoto de su fundación, porque creo que a pesar de sus dos problemas mayores es un órgano indispensable en las condiciones actuales del país y de la prensa de izquierda. Lo único nuevo es que no estaré siempre en toda la revista, sino que cada quince días estaré dentro de las cuatro paredes de esta columna personal, para decir lo que me dé la gana por mi propia cuenta. Hoy, por desgracia, no he tenido mucho tiempo para decirlo.

cap-4

TONTO ÚTIL, PARA SERVIRLE A USTED*

Los amigos políticos y personales del exterior se preguntan cómo es posible que Alternativa diga las cosas que dice, y que el gobierno las tolere. Se preguntan cómo explicamos el contrasentido de que la revista diga que en Colombia no hay libertad de prensa, si la sola afirmación impresa es una prueba de que sí la hay. Se preguntan, en fin, qué clase de país es éste donde todavía pueden suceder semejantes cosas mientras el resto del continente es una selva de gorilas.

Aunque parezca increíble, la respuesta a esas preguntas la dio el propio presidente López Michelsen hace poco más de un año, cuando el ministro de Defensa, general Abraham Varón Valencia, le pidió en un Consejo de Ministros que clausurara Alternativa por las cosas que decía sobre las fuerzas armadas. La negativa del presidente fue inmediata:

—Yo no le hago a la revista ese favor político.

Doña María Elena de Crovo, que entonces era ministra del Trabajo, temió que la píldora presidencial le resultara demasiado amarga al general Varón Valencia, y se la endulzó con el consuelo de que no se preocupe, mi general, que al fin y al cabo, según ella, Alternativa estaba en las últimas por falta de plata. Su cálculo era muy simple: en un país donde la prensa grande está subsidiada por los avisos del gran capital y los favores del poder, no le parecía posible que una revista pudiera subsistir sin más apoyo que el de sus lectores. Le faltó pensar que en el mundo hay gente que ve la vida de otro modo, y que es capaz de arriesgar no sólo su plata sino inclusive el pellejo por la defensa de una causa buena, casi con tanta temeridad como ella lo estaba arriesgando en el Ministerio del Trabajo por la defensa de una causa mala. Un año y medio después, mal que bien, la revista sigue aquí mientras que doña María Elena de Crovo no sigue ya ni mal ni bien en ninguna parte.

A las pocas semanas de aquella reunión estalló una bomba en la redacción de Alternativa y más tarde otra en la casa de su director actual. Era evidente que alguien con más prisa y menos visión histórica estaba tratando de hacernos el favor político que no quiso hacernos el presidente. Y de hecho nos lo hizo, porque los dos bombazos alertaron a los lectores, aumentaron la circulación de la revista y promovieron expresiones de solidaridad en el exterior. Un telegrama del futuro presidente de Francia, François Mitterrand, provocó una de las rabias mitológicas del presidente López Michelsen. Primero, porque no podía decir que Mitterrand fuera comunista, si en realidad es un socialista de avanzada, como habría podido serlo López Michelsen si no se le hubieran interpuesto los negocios. Y segundo, porque era precisamente esa clase de ruidos internacionales los que había de impedir cuando se negó a cerrar la revista.

Por supuesto, estas repercusiones no le hubieran importado mucho al presidente, o habría tenido que afrontarlas, si Alternativa constituyera un peligro real a corto plazo para el gobierno, o a un plazo más largo para el sistema. Pero tanto él como nosotros sabemos que todavía no lo es. Sabe, como lo sabemos nosotros, que en el archipiélago de incomunicación e irrealidad de las izquierdas colombianas no hay un criterio unánime en relación con nada, pero mucho menos en relación con esta revista. En las universidades hay semanas en que la leen en voz alta, entre aplausos y gritos de entusiasmo, y hay otras semanas en que los mismos que la aplaudieron la queman en ceremonias públicas aprendidas de los fascistas. En cambio, El Tiempo, cuya inercia de poder es tan grande que ya nadie se toma el trabajo de quemarlo, no puede permitirse el lujo de tener redactores que piensen con su propia cabeza porque el gobierno no se lo permite ni a la propia dirección del periódico, que tantas veces tuvo la vanidad de coronarse a sí misma como el campeón mundial del derecho a disentir. Tampoco a El Tiempo, desde luego, el presidente le haría el favor político de cerrarlo. Pero lo asusta con la amenaza peor de renunciar, o sea, de cerrarse a sí mismo si no lo dejan gobernar como él quiere.

En síntesis: al presidente no le faltaba razón cuando no quiso hacernos aquel favor político. Pero le faltó agregar, para ser perfecto, que al negarnos el favor a nosotros se hacía a sí mismo un favor mucho más grande, que a él le importaba mucho mantener fuera del país una imagen de liberal que ya muy pocos le creen en el interior. Tal vez sea triste, pero de eso vivimos. Hasta el punto de que muchos amigos del exterior se preguntan a menudo si esta revista de oposición no será más bien el tonto útil del presidente López Michelsen.

Mi respuesta es sencilla: me tiene sin cuidado ser el tonto útil del gobierno, si las cosas que hacemos son de todos modos más útiles para la izquierda. Por supuesto, tendrán que pasar todavía muchos años antes de que se sepa a ciencia cierta para cuál de los dos señores resultó más útil el tonto en la cuenta final. Pero no hay prisa. Al fin y al cabo, lo último que un tonto pierde no es la cabeza sino el optimismo.

cap-5

LOS IDUS DE MARZO DE LA OLIGARQUÍA*

El país se está llenando de unos enormes carteles rojos que dicen: «Turbay próximo presidente liberal». Esto quiere decir, para quienes sepan leer bien, que antes del doctor Julio César Turbay puede haber otros presidentes que no sean liberales. Semejante pronóstico involuntario es una prueba grande de las muchas trampas malditas que se esconden dentro del arte de escribir. A menos que sea algo peor: una traición del subconsciente de quien escribió el anuncio. Porque las cosas en Colombia no están para afirmar nada, y menos algo tan oscuro como el nombre del presidente que sucederá al actual.

El apoyo de El Tiempo a la candidatura del doctor Lleras Restrepo es una bomba de ruido con un cierto poder estremecedor, pero no es probable que sea decisiva en la contabilidad electoral. El periódico más grande del país, justo es reconocerlo, no está ya para ganar elecciones con la misma facilidad de antes en estos tiempos del transistor. En cambio, su decisión es muy reveladora del estado de ánimo de la vieja oligarquía, rutinaria y un poco perezosa, pero muy segura de lo que hace a la hora de escoger entre un oligarca de nación como el doctor Lleras Restrepo, y un liberal abnegado como lo ha sido siempre el doctor Turbay, pero que llega al concurso del poder con una pandilla de nuevos ricos y una manada de lobos.

El doctor Turbay tenía todo el derecho a suponer que sería el candidato de la oligarquía. Tenía a su favor veinte años de sacrificios personales en nombre de todos los lugares comunes de la clase en el poder: la unidad del partido, la concordia entre los colombianos, la supervivencia de las instituciones democráticas, y tantas otras vainas que se dicen en los discursos y que ya nadie cree. Habían sido veinte años que le permitieron llegar hasta las goteras del poder por la escalera del buen servicio, tragándose las rabias sin contestar, sin pelearse con nadie, aguantándose las burlas de sus anfitriones de sangre azul por no saber a qué temperatura debe estar el vino para acompañar los espárragos ni cuántos siglos se necesitan en realidad para leer siete mil libros, y todo eso con una paciencia que de todos modos parecería oriental aunque no lo fuera.

Sartre dijo alguna vez que la conciencia de clase empieza cuando uno descubre que es imposible cambiar de clase. El doctor Turbay, por supuesto, no leyó a tiempo esta sentencia, como no leyó a tiempo tantas otras, pero va a empezar a vivirla. Por primera vez en su larga carrera de oligarca asimilado tendrá que salir a pelear en la calle, a hacer populismo aunque sea del más barato, tratando de recuperar en seis meses tantos años perdidos, sólo por no haber leído a Sartre a su debido tiempo. En todo caso, es casi una burla de su destino personal, y un nuevo infortunio para la historia patria, que un Turbay se vea ahora obligado por pura urgencia demagógica a recoger del suelo después de treinta años las banderas polvorientas de Jorge Eliécer Gaitán. Lo malo para todos es que no es muy probable que alguien crea en el cambio de clase del doctor Turbay. Lo más seguro, por el contrario, es que a la hora del crujir de dientes muchos liberales preferirán votar por el godo con piel de cordero que ya empieza a balar de júbilo entre los geranios. Ésta debía ser la inquietud que yacía en el subconsciente del autor de los carteles rojos, cuando pronosticó que el próximo presidente liberal será el doctor Turbay, pero no dice cuándo.

cap-6

«POR QUÉ NO LE CREO NADA,
SEÑOR TURBAY»*

En febrero de este año le escribí una carta al señor Julio César Turbay Ayala, y era una carta inspirada por un ánimo tan respetuoso y redactada en términos tan comedidos, que la misma prensa oficial la interpretó como un elogio. Yo proponía en esa carta —ampliando una idea original del ministro de Defensa— que fueran invitados tres periodistas de renombre internacional para que esclarecieran de una vez y divulgaran por el mundo entero la situación real de los derechos humanos en Colombia. Tuve el cuidado de no afirmar nada, y mucho menos de formular algún cargo, pues no conocía en aquel momento ninguna evidencia terminante. Además, fui muy explícito en el sentido de que no compartía la creencia generalizada de que existen dentro del gobierno de Colombia otras fuerzas capaces de entorpecer los mejores designios del presidente de la república.

Transcurridos cinco meses sin ninguna respuesta, me considero con derecho a creer que el señor Turbay Ayala no rendirá a los dioses de la buena educación el tributo elemental de contestarme. Otra persona menos comprensiva que yo podría considerarlo como un desaire, y peor aún: un desaire inmerecido. Sin embargo, una de mis pocas virtudes es saber colocarme en la situación de los otros para entender sus actos, y esa virtud me basta para entender la incorrección del señor Turbay Ayala. Yo tampoco, si fuera él, hubiera sabido cómo contestar esa amable carta.

La conciencia limpia

Por el contrario, tal vez deba agradecerle al señor Turbay Ayala que me haya dado este tiempo para reflexionar. Ahora sé, en primer término, que una persona que no contesta las cartas no sólo no merece el tono que yo adopté en la mía, sino que no merece siquiera que se le escriba. Ahora sé, en término segundo, que no era necesario invitar a los tres periodistas, pues las denuncias de atropellos y torturas que se hacían contra el gobierno no eran calumnias de la oposición. Por último, ahora hay más razones para creer, tal como yo lo creía desde entonces, que no hay en Colombia ningún poder por encima del señor Turbay Ayala, sino que él mismo es el responsable más alto de un reducido grupo de militares frenéticos que están arrastrando por el suelo el buen nombre de las fuerzas armadas.

El señor Turbay Ayala ha adoptado un sistema simple frente a las denuncias: negarlas sin apelación no sólo dentro de Colombia, sino también fuera de ella, en un viaje costoso y triste que no tenía otra finalidad de fondo que la de seguir negando a los cuatro vientos, y cuyo resultado real fue poner al país en ridículo a través de medio mundo. En París, ya en el delirio de la negación, el señor Turbay Ayala llegó a decir que él era el único preso político de Colombia, y lo dijo sin saber que el derecho de mamar gallo con asuntos tan graves es un privilegio reservado a quienes tenemos la conciencia limpia.

El señor Turbay Ayala niega sin parpadear contra toda evidencia. No contra el testimonio desgarrador de miles de hombres y mujeres —culpables o inocentes— que han sido sacados de sus casas y maltratados como perros en las cárceles militares. Entre ellos, el muy ilustre don Luis Vidales, cuyo cautiverio infame son las quince horas de mayor oprobio no sólo de este gobierno sino del propio destino personal del señor Turbay Ayala. Niega contra la evidencia de investigaciones que él mismo había promovido atropellos comprobados por comisiones del Congreso Nacional y el Concejo de Bogotá, de las averiguaciones serenas y pruebas abrumadoras del Foro de los Derechos Humanos, y aun contra el estupor de su ministro de Gobierno, que vio en sus propias oficinas los estragos causados por la tortura en el cuerpo de un detenido. Niega, en fin, a pesar de que sabe tan bien como todo el mundo que un universitario desarmado fue muerto a tiros y su cuerpo escamoteado por una patrulla militar, y que casi dos años después de su arresto por la fuerza pública no existe ningún rastro de la estudiante Omaira Montoya.

La palabra de las víctimas

Estamos pues en presencia de un poder personal y absoluto, convencido de que no existe en el mundo ninguna otra novedad distinta de su palabra suprema. Ante esta realidad tenebrosa, a los colombianos sin amparo no nos queda otro recurso que decidir con la conciencia de qué lado está la razón. De un lado están los relatos dramáticos de los torturados y sus familias, y aun de los niños arrestados como rehenes. Del otro lado está la negativa impertérrita del señor Turbay Ayala. Yo no vacilo un instante: les creo a las víctimas. Por esta convicción se regirán todos mis actos a partir de ahora, en relación con el estado de los derechos humanos en Colombia.

Supongo, por supuesto, que todo esto le importa muy poco al impávido señor Turbay Ayala. Lo creo así porque hace poco él declaró a un periodista español: «A García Márquez le tengo más admiración como intelectual que como defensor de los derechos humanos en Colombia». La admiración como intelectual, por venir de quien viene, no puede menos que conmoverme. Pero la otra admiración me interesa más, porque es mucho más útil para el país. De modo que el señor Turbay Ayala puede estar seguro que consagraré todas mis fuerzas a conseguirla y merecerla.

cap-7

EL FANTASMA DEL PREMIO NOBEL (1)*

Todos los años, por estos días, un fantasma inquieta a los escritores grandes: el Premio Nobel de Literatura. Jorge Luis Borges, que es uno de los más grandes y también uno de los candidatos más asiduos, protestó alguna vez en una entrevista de prensa por los dos meses de ansiedad a que lo someten los augures. Es inevitable: Borges es el escritor de más altos méritos artísticos en lengua castellana, y no pueden pretender que lo excluyan, sólo por piedad, de los pronósticos anuales. Lo malo es que el resultado final no depende del derecho propio del candidato, y ni siquiera de la justicia de los dioses, sino de la voluntad inescrutable de los miembros de la Academia Sueca.

No recuerdo un pronóstico certero. Los premiados, en general, parecen ser los primeros sorprendidos. Cuando el dramaturgo irlandés Samuel Beckett recibió por teléfono la noticia de su premio, en 1969, exclamó consternado: «¡Dios mío, qué desastre!». Pablo Neruda, en 1971, se enteró tres días antes de que se publicara la noticia, por un mensaje confidencial de la Academia Sueca. Pero la noche siguiente invitó a un grupo de amigos a cenar en París, donde entonces era embajador de Chile, y ninguno de nosotros se enteró del motivo de la fiesta hasta que los periódicos de la tarde publicaron la noticia. «Es que nunca creo en nada mientras no lo vea escrito», nos explicó después Neruda con su risa invencible. Pocos días más tarde, mientras comíamos en un fragoroso restaurante del Boulevard Montparnasse, recordó que aún no había escrito el discurso para la ceremonia de entrega, que tendría lugar 48 horas después en Estocolmo. Entonces volteó al revés la hoja de papel del menú, y sin una sola pausa, sin preocuparse por el estruendo humano, con la misma naturalidad con que respiraba y la misma tinta verde, implacable, con que dibujaba sus versos, escribió allí mismo el hermoso discurso de su coronación.

La versión más corriente entre escritores y críticos es que los académicos suecos se ponen de acuerdo en mayo, cuando se empieza a fundir la nieve, y estudian la obra de los pocos finalistas durante el calor del verano. En octubre, todavía tostados por los soles del sur, emiten su veredicto. Otra versión pretende que Jorge Luis Borges era ya el elegido en mayo de 1976, pero no lo fue en la votación final de noviembre. En realidad, el premiado de aquel año fue el magnífico y deprimente Saul Bellow, elegido deprisa a última hora, a pesar de que los otros premiados en las distintas materias eran también norteamericanos.

Lo cierto es que el 22 de septiembre de aquel año —un mes antes de la votación—, Borges había hecho algo que no tenía nada que ver con su literatura magistral: visitó en audiencia solemne al general Augusto Pinochet. «Es un honor inmerecido ser recibido por usted, señor presidente», dijo en su desdichado discurso. «En Argentina, Chile y Uruguay se están salvando la libertad y el orden», prosiguió, sin que nadie se lo preguntara. Y concluyó impasible: «Ello ocurre en un continente anarquizado y socavado por el comunismo». Era fácil pensar que tantas barbaridades sucesivas sólo eran posibles para tomarle el pelo a Pinochet. Pero los suecos no entienden el sentido del humor porteño. Desde entonces, el nombre de Borges había desaparecido de los pronósticos. Ahora, al cabo de una penitencia injusta, ha vuelto a aparecer, y nada nos gustaría tanto a quienes somos al mismo tiempo sus lectores insaciables y sus adversarios políticos que saberlo por fin liberado de su ansiedad anual.

Sus dos rivales más peligrosos son dos novelistas de lengua inglesa. El primero, que había figurado sin mucho ruido en años anteriores, ha sido ahora objeto de una promoción espectacular de la revista Newsweek, que lo destacó en su portada del 18 de agosto como el gran maestro de la novela; con mucha razón. Su nombre completo es nada menos que Vidiadhar Surajprasad Naipaul, tiene 47 años, nació aquí al lado, en la isla de Trinidad, de padre hindú y madre caribe, y está considerado por algunos críticos muy severos como el más grande escritor actual de la lengua inglesa. El otro candidato es Graham Greene, cinco años menor que Borges, con tantos méritos y también con tantos años de retraso como él para recibir ese laurel senil.

En el otoño de 1972, en Londres, Naipaul no parecía muy consciente de ser un escritor del Caribe. Se lo recordé en una reunión de amigos y él se desconcertó un poco; reflexionó un instante, y una sonrisa nueva iluminó su rostro taciturno. «Good claim», me dijo. Graham Greene, en cambio, que nació en Berkhamsted, ni siquiera vaciló cuando un periodista le preguntó si era consciente de ser un novelista latinoamericano. «Por supuesto», contestó. «Y me alegro mucho, porque en América Latina están los mejores novelistas actuales, como Jorge Luis Borges». Hace algunos años, hablando de todo, le expresé a Graham Greene mi perplejidad y mi disgusto de que a un autor como él, con una obra tan vasta y original, no le hubieran dado el Premio Nobel.

«No me lo darán nunca», me dijo con absoluta seriedad, «porque no me consideran un escritor serio».

La Academia Sueca, que es la encargada de conceder el Premio Nobel de Literatura, sólo ese, se fundó en 1786, sin pretensiones mayores que la de parecerse a la Academia Francesa*. Nadie se imaginó entonces, por supuesto, que con el tiempo llegaría a adquirir el poder consagratorio más grande del mundo. Está compuesta por dieciocho miembros vitalicios de edad venerable, seleccionados por la propia academia entre las figuras más destacadas de las letras suecas. Hay dos filósofos, dos historiadores, tres especialistas en lenguas nórdicas, y sólo una mujer. Pero no es ése el único síntoma machista; en los ochenta años del premio, sólo se lo han concedido a seis mujeres, contra 69 hombres. Este año será concedido por una decisión impar, pues uno de los académicos más eminentes, el profesor Lindroth Sten, murió el pasado 3 de septiembre: hace quince días.

Cómo proceden, cómo se ponen de acuerdo, cuáles son los compromisos reales que determinan sus designios, es uno de los secretos mejor guardados de nuestro tiempo. Su criterio es imprevisible, contradictorio, inmune incluso a los presagios, y sus decisiones son secretas, solidarias e inapelables. Si no fueran tan graves, podría pensarse que están animadas por la travesura de burlar todos los vaticinios. Nadie como ellos se parece tanto a la muerte.

Otro secreto bien guardado es dónde está invertido un capital que produce tan abundantes dividendos. Alfred Nobel (con acento en la e y no en la o) creó el premio en 1895 con un capital de 9.200.000 dólares, cuyos intereses anuales debían repartirse cada año, a más tardar el 15 de noviembre, entre los cinco premiados. La suma, por consiguiente, es variable, según haya sido la cosecha del año. En 1901, cuando se concedieron los premios por primera vez, cada premiado recibió 30.160 coronas suecas. En 1979, que fue el año de intereses más suculentos, recibió cada uno 160.000 coronas (2.480.000 pesetas).

Dicen las malas lenguas que el capital está invertido en las minas de oro de África del Sur y que, por consiguiente, el Premio Nobel vive de la sangre de los esclavos negros. La Academia Sueca, que nunca ha hecho una aclaración pública ni respondido a ningún agravio, podría defenderse con el argumento de que no es ella, sino el Banco de Suecia, quien administra la plata. Y los bancos, como su nombre lo indica, no tienen corazón.

El tercer enigma es el criterio político que prevalece en el seno de la Academia Sueca. En varias ocasiones, los premios han permitido pensar que sus miembros son liberales idealistas. Su tropiezo más grande, y más honroso, lo tuvieron en 1938, cuando Hitler prohibió a los alemanes recibir el Premio Nobel, con el argumento risible de que su promotor era judío. Richard Khun, el alemán que aquel año había merecido el Nobel de Química, tuvo que rechazarlo. Por convicción o por prudencia, ninguno de los premios fue concedido durante la segunda guerra mundial. Pero tan pronto como Europa se repuso de sus quebrantos, la Academia Sueca cometió la que parece ser su única penosa componenda: le concedió el premio de Literatura a sir Winston Churchill sólo porque era el hombre con más prestigio de su tiempo, y no era posible darle ninguno de los otros premios, y mucho menos el de la paz.

Tal vez las relaciones más difíciles de la Academia Sueca han sido con la Unión Soviética. En 1958, cuando el premio le fue concedido al muy eminente Boris Pasternak, éste lo rechazó por temor de que no se le permitiera regresar a su país. Las autoridades soviéticas consideraron el premio como una provocación. Sin embargo, en 1965, cuando el premiado fue Mikhail Sholokhov, el más oficial de los escritores oficiales soviéticos, las propias autoridades de su país lo celebraron con júbilo. En cambio, cinco años más tarde, cuando se lo concedieron al disidente mayor, Alexander Solzhenitsyn, el gobierno soviético perdió los estribos y llegó a decirse que el Premio Nobel era un instrumento del imperialismo. A mí me consta, sin embargo, que los mensajes más cálidos que recibió Pablo Neruda con motivo de su premio provenían de la Unión Soviética, y algunos de muy alto nivel oficial. «Para nosotros», me dijo, sonriendo, un amigo soviético, «el Premio Nobel es bueno cuando se lo conceden a un escritor que nos gusta, y malo cuando sucede lo contrario». La explicación no es tan simplista como parece. En el fondo de nuestro corazón todos tenemos el mismo criterio.

El único miembro de la Academia Sueca que lee en castellano, y muy bien, es el poeta Artur Lundkvist. Es él quien conoce la obra de nuestros escritores, quien propone sus candidaturas y quien libra por ellos la batalla secreta. Esto lo ha convertido, muy a su pesar, en una deidad remota y enigmática, de la cual depende en cierto modo el destino universal de nuestras letras. Sin embargo, en la vida real es un anciano juvenil, con un sentido del humor un poco latino, y con una casa tan modesta que es imposible pensar que de él dependa el destino de nadie.

Hace unos años, después de una típica cena sueca en esa casa —con carnes frías y cerveza caliente—, Lundkvist nos invitó a tomar el café en su biblioteca. Me quedé asombrado. Era increíble encontrar semejante cantidad de libros en castellano, los mejores y los peores revueltos, y casi todos dedicados por sus autores vivos, agonizantes o muertos en la espera. Le pedí permiso al poeta para leer algunas dedicatorias, y él me lo concedió con una buena sonrisa de complicidad. La mayoría eran tan afectuosas, y algunas tan directas al corazón, que a la hora de escribir las mías me pareció que hasta la sola firma resultaba indiscreta. Complejos que uno tiene, ¡qué carajo!

cap-8

EL FANTASMA DEL PREMIO NOBEL (Y 2)*

Se ha dicho muchas veces que los más grandes escritores de los últimos ochenta años se murieron sin el Premio Nobel. Es una exageración, pero no demasiado grande. León Tolstoi, cuya novela Guerra y paz es, sin duda, la más importante en la historia del género, murió en 1910, a la edad muy nobiliaria de 82 años, cuando ya el Premio Nobel se había adjudicado diez veces. Su libro magistral llevaba ya 45 años de gloria, con numerosas traducciones y reimpresiones en el mundo entero, y ningún crítico dudaba de que estaba destinado a existir para siempre.

En cambio, de los diez escritores que obtuvieron el Premio Nobel mientras Tolstói vivía, el único que permanece vivo en la memoria es el inglés Rudyard Kipling. El primero que lo obtuvo fue el francés Sully-Prudhomme, que era muy famoso en su tiempo, pero cuyos libros no se encuentran ahora sino en librerías muy especializadas. Más aún, si uno busca su nombre en un diccionario francés, se encuentra con una definición previa que parece una mala jugada del destino: «Prototipo moderno de la nulidad satisfecha y la trivialidad magistral». Otro de los diez primeros laureados fue el polaco Henryck Sienkiewicz, que se había colado de contrabando en la gloria con su ladrillo inmortal, Quo Vadis. Otro había sido Federico Mistral, un poeta provenzal que escribió en su lengua vernácula y que tuvo el triste honor de compartir el premio con uno de los dramaturgos más deplorables que parió la madre España: don José Echegaray, ilustre matemático a quien Dios tenga en su santo reino.

En los dieciséis años siguientes murieron sin obtener el premio otros cinco de los grandes escritores de todos los tiempos: Henry James, en 1916; Marcel Proust, en 1922; Franz Kafka, en 1924; Joseph Conrad, en el mismo año, y Rainer Maria Rilke, en 1926. También durante esos años estaban sentados en el escaño de los genios nadie menos que G. K. Chesterton, que murió sin su premio en 1936, y James Joyce, que murió en 1941, cuando su Ulysses había cambiado el curso de la novela en el mundo, diecinueve años después de su publicación*.

En cambio, de los catorce autores que lo obtuvieron en esa mala época, sólo cuatro perduran: el belga Maurice Maeterlinck, los franceses Romain Rolland y Anatole France, y el irlandés George Bernard Shaw. El indio Rabindranath Tagore, a quien debemos tantas lágrimas de caramelo, fue arrastrado por los vientos de la justicia del carajo. Knut Hamsun, el noruego que obtuvo el premio en 1920 en el apogeo de la gloria, ha corrido la misma suerte, aunque menos merecida. Dos años después, la Academia Sueca sufrió su segundo accidente mortal en lengua castellana: el inefable don Jacinto Benavente, a quien Dios tenga lo más cerca posible de don José Echegaray hasta el fin de los siglos. Con mayores o menos méritos, ninguno de los premiados de este lapso lo merecieron tanto como los que se murieron mereciéndolo.

La omisión de Kafka y Proust es comprensible. En 1917, cuando el Premio Nobel fue compartido por dos ilustres conocidos en su casa —Karl Gjellerup y Henryk Pontoppidan—, Franz Kafka tuvo que retirarse de la compañía de seguros donde trabajaba, y murió siete años después aniquilado por la tuberculosis en un hospital de Viena. La metamorfosis, su obra maestra, había sido publicada poco antes en una revista alemana. Sólo en 1926 —como se sabe tal vez demasiado—, su amigo Max Brod contrarió la voluntad del muerto y publicó sus dos novelas geniales: El castillo y El proceso. Ese año le concedieron el Premio Nobel a la italiana Grazia Deledda, quien vivió todavía diez años más para creerlo.

También Marcel Proust murió sin conocer su gloria. En 1916, el primer tomo de su obra máxima había sido rechazado por varios editores, y entre ellos Gallimard, por decisión de su consejero literario, André Gide, quien por cierto había de ser el muy justo Premio Nobel de 1947. Fue publicado más tarde por cuenta del propio autor. Luego, en 1919, publicó el segundo volumen —A la sombra de las muchachas en flor—, que le valió un prestigio inmediato, y la distinción mayor de las letras francesas: el Premio Goncourt. Pero hay que ser justos: sólo un poder adivinatorio real hubiera podido prever lo que sería el espléndido monumento literario de este siglo: A la búsqueda del tiempo perdido, sólo publicada en su totalidad después de la muerte del autor.

En la misma conversación que cité aquí ayer, Graham Greene me dijo que sus dos influencias decisivas habían sido las de Henry James y Joseph Conrad, ambos considerados en vida como dos clásicos de la lengua inglesa. El año en que murió Henry James, el Premio Nobel fue el sueco Verner von Heidenstam. El año en que murió Conrad lo fue otro escritor nacido en Polonia —como él—: Wladyslaw Reymont. Ninguno de los dos era un genio oculto, como sin duda lo son el griego Giorgos Seferis, premiado en 1963, y el norteamericano Isaac B. Singer, premiado en 1978.

Al contrario de Kafka y de Proust, Conrad había vivido su gloria. Había publicado dieciséis novelas y numerosos cuentos, la mayoría de ellos magistrales; estaba reconocido como uno de los más grandes escritores de su tiempo y se había dado el lujo de rechazar el título de caballero del imperio británico. Acababa de cumplir 67 años, que entonces era una buena edad para morirse tranquilo.

Marie Curie obtuvo el Premio Nobel de Física en 1903, compartido con su esposo Pierre, y obtuvo, luego, el de Química, ella sola, en 1911. También el norteamericano John Bardeen compartió el premio de Física en 1956, por descubrir los efectos del transistor, y volvió a compartirlo en 1972, por su aporte al desarrollo de la teoría de la superconductividad. Por último, el profesor Linus Carl Pauling, que obtuvo el premio de Química en 1954, repitió con el de la Paz en 1962. Einstein, en cambio, mereció dos veces el premio de Física, y sólo se lo dieron una vez. Los encargados de adjudicarlo fueron previsivos: temiendo que la teoría de la relatividad resultara falsa, le concedieron el premio por el descubrimiento de la ley de los fenómenos fotoeléctricos.

La Academia Sueca no incurre en esas frivolidades. Al contrario: si una virtud hay que reconocerle es su carácter drástico. No tiene miedo de equivocarse —y se equivoca mucho, por supuesto—, concede el premio una sola vez por una obra de toda la vida, y parece considerar que quien es bueno en una ciencia no puede serlo también en el arte de las letras. La única inconsecuencia en que ha incurrido —y tal vez no lo vuelva a hacer— fue adjudicar un premio póstumo, en 1931, al poeta más popular de Suecia, Erik Axel Karlfeldt, que había muerto seis meses antes. Más raro aún: Karlfeldt había declinado el premio en 1918, y en consecuencia fue declarado desierto ese año. Uno no se explica entonces por qué no se hizo lo mismo cuando lo rechazaron Boris Pasternak, en 1958, y Jean-Paul Sartre, en 1964, sino que se les siguió considerando premiados contra su voluntad.

En todo caso, una superstición muy difundida entre escritores pretende que el Premio Nobel de Literatura es siempre un homenaje póstumo: de setenta y cinco premiados, sólo doce están vivos. Conozco varios escritores grandes que por estos días no sienten la ansiedad de Borges, sino todo lo contrario, un terror metafísico, porque cada vez prospera más la creencia de que nadie sobrevive siete años al Nobel de las letras. Las estadísticas no lo prueban, pero tampoco lo desmienten: veintidós han muerto dentro de ese plazo.

El mal ejemplo lo dieron los primeros. Sully-Prudhomme murió seis años después de recibirlo. El alemán Theodor Mommsen murió al cabo de un año. El noruego Bjørnstjerne Bjørnson murió a los siete años. El récord del primer decenio lo batió el poeta italiano Giosuè Carducci, que recibió el Premio Nobel en noviembre de 1906 y murió en febrero del año siguiente. Sin embargo, el récord actual lo conserva el gran poeta inglés John Galsworthy, quien recibió el premio en 1932 y murió sesenta días después del hecho.

Quienes no creen en supersticiones, por supuesto, tienen la explicación lógica: la edad promedio a que se adjudica el premio es de 64 años, de modo que es una probabilidad estadística que los premiados mueran dentro de los siete años siguientes. Lo demuestran por la negativa con los premiados más jóvenes: Rudyard Kipling, el más joven de todos, que lo recibió a los 42 años, murió a los 76; Sinclair Lewis, que lo obtuvo a los 45, murió a los 66; Pearl S. Buck, la bien olvidada, que lo obtuvo a los 46, murió a los 81, y Eugene O’Neill, que lo recibió a los 48, murió a los 73. La excepción bien triste fue Albert Camus, que obtuvo el premio a los 44 años, en el esplendor de su gloria y su talento, y murió dos años después, en el accidente de un automóvil conducido por un destino que tal vez no era el suyo.

Sin embargo, la vida siempre encuentra la manera de estar contra la lógica. Para demostrarlo está la lista de los tres premiados más viejos: el alemán Paul Heyse, con 80 años; Bertrand Russell, con 78, y Winston Churchill, con 79. Heyse, que en este caso es la excepción al revés, murió cuatro años después del premio. Pero Churchill sobrevivió once años, fumándose una caja de puros y bebiéndose dos botellas de coñac al día, y Bertrand Russell batió todas las marcas mundiales: murió veinte años después de recibir el premio, a los 98 años de su edad.

El caso más extraño, y fuera de todo cálculo, fue el de Shmuel Y. Agnon y Nelly Sachs, que compartieron el premio en 1966. Agnon había nacido en Polonia en 1888, pero emigró a Israel con su familia, y adquirió la nacionalidad israelí. Fue, sin duda, el más grande novelista hebreo. Nelly Sachs, que fue una gran poeta y muy buena autora de teatro, había nacido en Berlín en 1891, también en el seno de una familia hebrea, pero conservó siempre la nacionalidad alemana. Al principio de la segunda guerra mundial escapó de la persecución nazi y se radicó en Suecia. El 17 de febrero de 1970, a la edad de 82 años, Agnon murió en Jerusalén, cuatro años después de recibir el Premio Nobel. Ochenta y cuatro días después, el 12 de mayo, y a los setenta años de su edad, Nelly Sachs murió en Estocolmo.

Jean-Paul Sartre no dio nunca ninguna muestra de creer en estos misterios de los números. Salvo una; cuando un periodista le preguntó si estaba arrepentido de haber rechazado el Premio Nobel, contestó: «Al contrario, eso me salvó la vida». Lo inquietante es que murió seis meses después de decirlo.

cap-9

SEAMOS MACHOS: HABLEMOS
DEL MIEDO AL AVIÓN*

El único miedo que los latinos confesamos sin vergüenza, y hasta con un cierto orgullo machista, es el miedo al avión. Tal vez porque es un miedo distinto, que no existe desde nuestros orígenes, como el miedo a la oscuridad o el miedo mismo de que se nos note el miedo. Al contrario: el miedo al avión es el más reciente de todos, pues sólo existe desde que se inventó la ciencia de volar, hace apenas 77 años. Yo lo padezco como nadie, a mucha honra, y además con una gratitud inmensa, porque gracias a él he podido darle la vuelta al mundo en 82 horas, a bordo de toda clase de aviones, y por lo menos diez veces.

No; al contrario de otros miedos que son atávicos o congénitos, el del avión se aprende. Yo recuerdo con nostalgia los vuelos líricos del bachillerato, en aquellos aviones de dos motores que viajaban por entre los pájaros, espantando vacas, asustando con el viento de sus hélices a las florecitas amarillas de los potreros, y que a veces se perdían para siempre entre las nubes, se hacían tortillas, y había que salir a medianoche a buscar sus cenizas del modo más natural: a lomo de mula.

Una vez, siendo reportero de un diario de Bogotá, en una época irreal en que todo el mundo tenía veinte años, me mandaron con el fotógrafo Guillermo Sánchez a perseguir una mala noticia en uno de aquellos Catalinas anfibios que habían sobrado de la guerra. Volábamos sobre la plena selva de Urabá sentados en bultos de escobas, porque asientos no había en aquel sepulcro volante, ni una azafata de consolación a quien pedirle el número de su teléfono en el paraíso, y de pronto el avión se metió a tientas por donde no era y se extravió en un aguacero bíblico. No sólo llovía afuera, sino también adentro. Agarrándose a duras penas, el copiloto nos llevó un periódico para que nos tapáramos la cabeza, y vimos, con asombro, que apenas si podía hablar y le temblaban las manos.

Ese día aprendí algo muy alentador: también los pilotos tienen miedo, sólo que a ellos, como a los toreros, no se les nota tanto en el temblor de las manos como en las supersticiones. Un amigo español —tan temeroso del avión que nunca viajaba sentado— lo descubrió una mala noche de invierno en que lo invitaron a presenciar el decolaje en la cabina de mando. Era en Nueva York, durante una tormenta de nieve, y la tripulación permaneció muy serena en la cabeza de la pista, hasta que le dieron la orden de decolar. Entonces, como si fuera un requisito técnico insalvable, todos se persignaron al unísono. Mi amigo, comprendiendo que en el fondo de su alma también los pilotos tenían miedo, le perdió para siempre el miedo al avión.

Yo tuve una prueba todavía más sutil volando por entre las estrellas sobre el océano Atlántico. Hablando de todo, le pregunté al comandante por otro piloto amigo que había sido mi compañero de escuela. Yo ignoraba, por supuesto, que se había estrellado en el aeropuerto de Tenerife cuando trataba de aterrizar en medio de la borrasca. El comandante me lo dijo de otro modo, pero más revelador:

—Se retiró de la compañía hace tres años, en las islas Canarias.

Sin embargo, el buen miedo al avión no tiene nada que ver con las catástrofes aéreas. Picasso lo dijo muy bien: «No le tengo miedo a la muerte, sino al avión». Más aún: hubo muchos temerosos que perdieron el miedo al avión después de sobrevivir a un desastre. Yo lo contraje como una infección incurable volando a medianoche de Miami a Nueva York, en uno de los primeros aviones a reacción. El tiempo era perfecto y el avión parecía inmóvil en el cielo, llevando a su lado esa estrella solitaria que acompaña siempre a los aviones buenos, y yo la contemplaba por la ventanilla con la misma ternura con que Saint-Exupéry veía las fogatas del desierto desde su avión de aluminio. De pronto, en la lucidez de la vigilia, tuve conciencia de la imposibilidad física de que un avión se sostuviera en el aire, y me juré que nunca volvería a volar.

Lo cumplí durante diez años, hasta que la vida me enseñó que el verdadero temeroso del avión no es el que se niega a volar, sino el que aprende a volar con miedo. Es una especie de fascinación. De todos los temerosos insignes que conozco, el único que de verdad no vuela es el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer. En cambio, su compatriota Jorge Amado, que es un timorato aéreo de los más grandes, ha tenido la audacia poética de volar en Concord desde París hasta Nueva York, para allí tomar un barco que lo llevara a Río de Janeiro. El escritor venezolano Miguel Otero Silva y el director de cine brasileño Ruy Guerra, por distintos caminos, han llegado a la conclusión de que la única manera de combatir el miedo al avión es volando con miedo, y lo combaten casi todos los meses. Carlos Fuentes, que no voló durante quince años y hacía unos viajes épicos de ocho días, cambiando de trenes, desde México hasta Nueva York, no sólo ha vuelto a volar, sino que la semana pasada fue a dictar una conferencia en la Universidad de Indiana, en una avioneta de un solo motor. Sin embargo, entre los grandes especialistas del miedo al avión no hay ninguno mejor que don Luis Buñuel, que a los ochenta años sigue volando impávido, pero muerto de miedo. Para él, el verdadero terror empieza cuando todo anda perfecto en el vuelo y, de pronto, aparece el comandante en mangas de camisa y recorre el avión a pasos lentos, saludando a cada uno de los pasajeros con una sonrisa radiante.

Mi madre no ha volado más de dos veces en su larga vida. Nunca ha sentido miedo, pero conoce muy bien el de sus hijos —que son doce—, de modo que mantiene siempre una vela encendida en el altar doméstico para proteger a cualquiera de nosotros que se encuentre en el aire. Su fe es tan cierta, que a uno de sus hijos —que es ingeniero de caminos— se le cayó hace poco un bulldozer en una cuneta. Mi madre oyó decir que el rescate podía costar más de 100.000 pesos, y le dijo a mi hermano que no gastara ni un céntimo, pues ella iba a encender una vela para sacar el bulldozer. Mi hermano la reprendió: «Sólo a ti se te ocurre que una vela pueda sacar un bulldozer de una cuneta». Mi madre, impasible, le replicó:

—¡Cómo no va a sacarlo, si sostiene un avión en el aire!

cap-10

EL ALQUIMISTA EN SU CUBIL*

Con las primeras cerezas de 1972, en la vitrina de la galería Pyramid, de Washington, se exhibió un cuadro que causó un escándalo fácil entre las señoras de sombreros floridos que llevaban a cagar a sus perros en el parque cercano. Parecía ser la fotografía demasiado realista de una mujer en cueros, derrumbada en un mecedor vienés y abierta de piernas frente a los transeúntes sin el menor recato, si bien la expresión de su sexo era más desolada que libertina. La policía ordenó retirar el cuadro, pero su ímpetu se quedó sin razones cuando le demostraron que no era una fotografía, sino un dibujo. El arte tiene sus privilegios, y el más raro de ellos es que se le toleren ciertos excesos que no están permitidos a la vida.

El autor de aquel dibujo tan perfecto que hasta la policía de Washington lo confundía con una foto era un colombiano de veintiocho años que sobrevivía a duras penas en un cuarto de servicio del barrio de Saint Michel, en París. Su nombre no le decía nada a nadie: Darío Morales. Su esposa, Ana María, estaba peor que él, porque además estaba encinta. Pagaban el alquiler del cuarto limpiando a gatas las escaleras del decrépito edificio de seis pisos. De noche, Ana María dividía el espacio con una manta para poder dormir, con su niña dormida en el vientre, mientras su esposo pintaba hasta el amanecer. Como no tenía bastante luz, Darío Morales oprimía con cinta pegante el interruptor regulado de la escalera, de modo que no se apagara cada minuto, como estaba previsto, sino que permaneciera encendido toda la noche mientras él pintaba. En Francia hay delitos más graves que ése, por supuesto, pero ningún otro les duele tanto a los franceses.

Alguien había tratado de convencer a Darío Morales de la inutilidad de aquellas miserias, y le había aconsejado volver a Cartagena de Indias, la fragorosa ciudad del Caribe donde nació y donde le sería más fácil subsistir. Darío Morales rechazó el consejo con un argumento hermético: «Dondequiera que yo vaya seguiré siendo el mismo». En París tenía, al menos, eso que los escritores lánguidos suelen llamar alimento espiritual: la posibilidad perpetua de ver en carne y hueso la mejor pintura del mundo. Además, según había leído por esos días en un periódico de la tarde, sólo en el Barrio Latino había más de 11.000 pintores anónimos del mundo entero, viviendo en las mismas condiciones que él. Ninguno, hasta donde recordaban las estadísticas, se había muerto de hambre. La noticia le había hecho sentirse menos solo, que es algo muy alentador cuando se es joven y no se tiene nada que comer en París.

Sin embargo, una de esas tardes de lluvias oscuras en que a uno se le vuelve de cenizas el corazón, escribió una carta a Colombia pidiendo que le mandaran el boleto de avión de la derrota. Pero la carta no llegó nunca, por una razón que se ha venido repitiendo a través de los siglos desde el principio de la humanidad: Ana María no la puso al correo. Fue una decisión sabia. Antes de un año, la vida del pintor, de la mujer clarividente que no puso la carta, y de la bella Estefanía, que nació en abril, se había resuelto de pronto. La primera exposición individual de óleos de Darío Morales en la galería Pyramid, de Washington, en junio de 1973, fue un acontecimiento artístico y comercial. Si hubiera aceptado todos los encargos que le hicieron esa vez, habría tenido que pintar, a su ritmo de orfebre, durante más de 116 años. Pintando lo mismo: esa mujer sin identidad, con el sexo afligido, en una habitación escueta donde no vive nadie y con muy pocos objetos dispersos que ya no sirven para nada.

¿Quién es esa mujer?

Tal vez Darío Morales daría algo de su propia vida por saberlo, aunque no volviera a pintar más cuando lo supiera. Después de todo, eso parece ser lo único que busca con el delirio de su arte, desde que empezó a pintar, a los doce años, en su casa natal del barrio de la Manga. Era una casa grande y vacía, con una terraza de baldosas ajedrezadas y un patio de sombras frescas con palos de mango y matas de guineo, donde cantaban hasta reventar de gozo las chicharras del calor. La vida andaba suelta por las calles ardientes, en la peste de pescados muertos de la bahía, en el almendro solitario de la esquina del Trébol, donde en otro tiempo amanecían los borrachos ahorcados por amor. Pero Darío Morales no parecía ver la vida de dentro ni la vida de fuera, sino sólo el universo ilusorio del baño de servicio a través de un agujero que había taladrado en el muro. Era lo único que pintaba. Tanto, que uno se preguntaba desde entonces si no se daría cuenta de que en el mundo había también mujeres vestidas. Su abuela, que fue su primer crítico, se lo dijo:

—¡No sabes pintar nada más que tetas y pan!

Ahora, a los 36 años, Darío Morales sigue tratando de rescatar aquellas ilusiones de su paraíso perdido. Sus cuadros son cada vez más grandes y más ansiosa la búsqueda de sus verdades milimétricas, tal vez con la esperanza de que un milagro de su alquimia termine por implantar sus nostalgias en la realidad.

No es cierto, como se dice con tanta facilidad, que Darío Morales sea un realista. No: sus cuadros no se parecen a la vida, sino a los sueños recurrentes. No tienen el color, ni el clima, ni la luz de la vida, sino el color y el clima y la luz de la ilusión. Darío Morales se ha hecho retratar frente a alguno de ellos, y no se sabe muy bien dónde termina él y dónde empieza la pintura. Pero es demasiado evidente que se sentiría mejor si estuviera de veras dentro del cuadro. Hay una foto suya tomada frente a su autorretrato, y el Darío Morales pintado se parece más a él que el Darío Morales de la realidad. Hay también un cuadro insólito en su obra, donde se ve a Ana María —vestida— cosiendo en la máquina de otros cuadros. De la habitación contigua sólo se ve un ángulo iluminado, con otra máquina de coser y otro mecedor vacío, y uno sabe, por la naturaleza de la luz, que esa otra máquina y ese mecedor ineludible no existen ni siquiera en la realidad de la pintura, sino que Darío Morales los está soñando en algún lugar de la casa. Son los muebles de su obsesión, y por eso se sabe que volveremos a encontrarlos en otros cuadros. Pero su misterio volverá a cambiar por completo en cada ocasión, según su tiempo y su lugar, como sucede con los sueños que se repiten a sí mismos durante toda la vida.

Yo entendí esa alquimia secreta de Darío Morales hace muy pocos años, cuando fui por primera vez a su estudio de París. Abrió la puerta él mismo, con su barba de bebé enorme y una chaqueta y una gorra de lobo de mar, más parecido que nunca a un personaje de Melville. Al final de una escalera empinada había una habitación amplia, de techos muy altos, con cristales lluviosos por donde sólo se veía el cielo de ceniza. Más que un estudio de pintor, aquello era un taller de fabricar recuerdos. Allí estaban la máquina de coser de la hermana que se quedó esperando en la ventana al que nunca volvió, la estufa de carbón de los tiempos del ruido, la lámpara colgada del techo cuyo cordón se estiraba y se encogía a voluntad sobre la mesa de comer. Dispersos por el suelo, en gran desorden, estaban los miembros descuartizados de la mujer del sueño: el torso sin corazón, la pierna helada, la mano muerta para siempre, parecían los estragos de un accidente pavoroso, pero no tenían ni un rastro de sangre, como sólo puede ocurrir en las catástrofes de las pesadillas. Yo sabía desde entonces que Darío Morales había hecho una pausa de pintor para aventurarse en la escultura. Sin embargo, no pude reprimir un leve escalofrío al descubrir otra vez a la mujer recurrente en el fondo del estudio, tumbada en el mecedor, intacta, pero no pintada en un lienzo, sino esculpida en materia tangible: ya casi viva.

—El mejor desnudo es el de la escultura —me dijo Darío Morales—, por una razón muy simple: se puede tocar.

Me volví a mirarlo con un cierto estupor: estaba radiante. Yo, en cambio, me sentí de pronto extraviado dentro de un destino ajeno, como si hubiera dejado atrás mi propia vida y hubiera empezado a formar parte de las nostalgias de Darío Morales. Tal es la magia de su mundo.

cap-11

DEL MALO CONOCIDO
AL PEOR POR CONOCER*

Siempre se ha dicho que entre dos males hay que escoger el menos malo, y que en el arte de preferir a los hombres es más seguro el malo conocido que el bueno por conocer. Estados Unidos —al término de una campaña electoral que durante casi un año mantuvo al mundo con el último aliento— ha hecho dos veces lo contrario en una sola vez: eligió al peor desconocido.

Fue un cataclismo arrasador con muy pocos precedentes en la vida de ese país asombroso, cuyo inmenso poder creativo le ha servido para hacer muchas de las cosas más grandes de este siglo, y también algunas de las más abyectas, pero no le ha servido para escoger un presidente digno de su tamaño. Después de su fracaso en Playa Girón, hace diecinueve años, el efímero John F. Kennedy dijo una frase hermosa: «La victoria tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana». Se la atribuyó a un clásico griego que nunca quiso identificar, y hasta hoy nadie ha podido averiguar quién era. De modo que el presidente James Carter podría repetirla con igual derecho. Pues nada le hace tanta falta como una frase histórica, ahora que su imagen parece destinada a ser la más patética de estos tiempos difíciles: una estrella fugaz lanzada al mercado de la gloria con el poder de seducción de una nueva pasta dentífrica, y de la cual no quedará nada más que la mala memoria de estos cuatro años empedrados de buenas intenciones.

La elección de Ronald Reagan, sin embargo, no es lo más significativo de este desastre. Es apenas un símbolo. Lo esencial es la absoluta falta de misericordia con que los electores de todos los niveles y todos los colores han repudiado a los políticos mansos que durante más de veinte años trataban de gobernar con palabras. Ninguno se ha salvado. Cuatro gobernadores y siete senadores eternos de los más liberales fueron aniquilados, y entre éstos, dos de los más idealistas, los que siempre tuvimos como los abuelitos buenos de la América Latina: George McGovern, candidato demócrata en 1972 y senador sucesivo durante dieciocho años, y Frank Church, que durante veinticuatro años había luchado por establecer la buena imagen de su patria en el mundo. Pero hay algo más expresivo: el senador Jacob Javit, un republicano de Nueva York que se distinguió durante más de veinte años por su corazón liberal, ha sido desplazado por un reaccionario de su propio partido.

El mismo senador Edward Kennedy debe considerarse como un sobreviviente de esta espantosa carnicería política. Fue una votación pasional, cuya explicación parece ser que los electores no sólo votaron en favor de Reagan y en contra de Carter, sino contra varias generaciones de hombres de buena fe que predicaban una cosa, pero no la hacían, o no querían, o no podían hacerla en la vida real.

Esto no quiere decir, por supuesto, que los electores hayan acertado. También los pueblos se equivocan, y la historia de la humanidad está llena de ejemplos atroces. Como todos los países, y más los ricos que los pobres, Estados Unidos tiene instintos primitivos muy fáciles de despertar; es natural que éstos hayan favorecido al candidato más viejo que hubo jamás en la historia de su país, un antiguo pistolero de cine sin ningún defecto ni ninguna virtud que no estén pasados de moda, desde su ideología de las cavernas hasta el copete de vaselina. Otros debieron votar contra su propio deseo, por la rabia de los sueños contrariados y la nostalgia del tiempo perdido, y hasta por la esperanza siempre verde de que un simple cambio de nombres sea también un cambio a favor de los precios del mercado. Muchos latinos, negros y judíos sin corona abandonaron a Carter por desilusión. De modo que las razones del voto pueden ser muy diversas, y todas distintas del amor. Lo grave sería que, tratando de castigar al malo conocido, Estados Unidos se haya aventurado sin quererlo por el callejón sin salida de su desgracia.

Si es así, la América Latina no puede apagar las luces para dormir. Durante la campaña electoral, ninguno de los candidatos se ocupó de ella como algo esencial en la vida de su país, y no mereció ni siquiera una triste mención honorífica en su duelo de bobos de la televisión. Roger Fontain, que es el consejero de Reagan para la América Latina y seguirá siéndolo sin duda durante su presidencia, no tuvo mucho que hacer en la campaña: en la plataforma electoral de ambos partidos apenas si nos tomaban en cuenta. No es raro. Henry Kissinger —que es uno de los dioses tutelares de Reagan— sólo le consagró a América Latina unas sesenta páginas, de las casi 1.600 que tienen los dos mamotretos de sus memorias.

A pesar de eso, para nadie es tan peligrosa esta mala elección como para América Latina. Durante su campaña, Reagan demostró ser tan flexible como le convenga, y es seguro que seguirá siéndolo en la presidencia. Tiene fama de ser más duro de palabra que de obra. Con absoluta seguridad no hará el papel de vaquero de la justicia contra los pieles rojas de la Unión Soviética, ni va a meter a su país en otro pantano de guerra como el de Vietnam. A fin de cuentas, es un republicano de los grandes, y ya sabemos que a los presidentes republicanos se les ha ido la vida tratando de terminar las guerras que empezaron los presidentes demócratas.

Sin embargo, en alguna parte del mundo tiene que acreditar la imagen de gendarme sin corazón que le consiguió tantos votos, y en ninguna le resulta más fácil que en América Latina, este traspatio inmenso y solitario por el cual nadie distinto de nosotros mismos está dispuesto a sacrificar la felicidad. Peor aún: Reagan no tendrá siquiera que hacer nada. Bastará su sola presencia en la Casa Blanca para que los gorilas militares y civiles se sientan tranquilos en su trono de sangre. Nuestro destino, aunque el propio Reagan no lo quiera, está escrito en la palma de su mano. Por fortuna, estas Américas desdichadas, incluido Estados Unidos, son mucho más grandes y más nobles que sus propios instintos primitivos. Si Ronald Reagan no lo sabe, hay que esperar que se lo enseñen a tiempo sus consejeros, antes de que la realidad —como lo hizo con el presidente Carter— termine por enseñárselo a golpes.

cap-12

LA COMISIÓN DE BABEL*

Hace cuatro años, la Conferencia General de la Unesco, reunida en Nairobi, le pidió a su director general, Amadou-Mahtar M’Bow, que emprendiera un estudio a fondo sobre la comunicación y la información en el mundo contemporáneo. El señor M’Bow delegó el espinoso mandato en una comisión de dieciséis personas, escogidas por él mismo según su propio criterio, en distintos países del mundo, bajo la presidencia del honorable Sean MacBride, antiguo ministro de Relaciones Exteriores de Irlanda, Premio Nobel de la Paz y Premio Lenin de la Paz, y quien —al margen de todo esto— ha venido haciendo una gestión silenciosa y vana para liberar a los rehenes norteamericanos en Teherán.

Los miembros de esta comisión imprevisible no representaban a ningún gobierno ni a ninguna persona pública ni privada, y no tenían que obedecer a nadie más que a su propia razón. Además del presidente, había un norteamericano, un francés, un zairota, un soviético, un indonesio, un tunecino, un japonés, un nigeriano, un yugoslavo, un egipcio, un holandés, un hindú, dos latinoamericanos y sólo una mujer sola, como siempre: Betty Zimmerman, de Canadá. Uno de los dos latinoamericanos —para mal de mis días— era yo.

La comisión trabajó durante los últimos dos años en ocho sesiones nómadas: cuatro en París, una en Estocolmo, una en Dubrovnik, una en Nueva Delhi y una en Acapulco. Para mí, que soy un cazador solitario de las palabras, escribir un libro junto con otras quince personas, y además tan distintas, era una aventura inquietante. Resultó ser la más extraña: nunca me había aburrido tanto ni me había sentido tan inútil; pero creo que nunca había aprendido tanto en tan poco tiempo. Al final, sólo me quedó la amargura de no haber logrado demostrar que la telepatía, los presagios y los sueños cifrados son medios de comunicación naturales que es necesario rescatar del oscurantismo científico.

La comprobación terminante del drama de la comunicación en este mundo la tuvimos desde el primer día en torno de nuestra mesa. Nos entendíamos en tres idiomas oficiales —inglés, francés y ruso—, pero la mayoría pensábamos en nueve lenguas maternas, algunas tan extrañas como el bahasa, que es una de las incontables de Oceanía; el swahili, que se sigue hablando en muchos países de África, y el hindi, que es uno de los doce idiomas oficiales y los ochocientos dialectos de la India. Michio Nagai, el miembro japonés de la comisión, sintió una alarma legítima cuando se encontró hablando en inglés con Mochtar Lubis, el miembro indonesio, que nació a pocas horas de vuelo del Japón, y en la misma orilla. «El imperio romano continúa», protestó Michio Nagai. Con igual derecho hubiéramos podido protestar los dos latinoamericanos. En efecto, el rozagante y tenaz Juan Somavía, que es chileno, hablaba siempre en inglés durante las sesiones, y yo le escuchaba en francés por el sistema de traducción simultánea. Aunque las intérpretes eran eficaces y bellas en sus jaulas de vidrio, yo tenía la impresión de entender todo lo que los otros decían, pero no lo que pensaban.

Lo único en que todos estuvimos de acuerdo desde el principio fue en la certidumbre de que el flujo de la información de este mundo circula en un solo sentido: de los más fuertes hacia los más débiles. La mayoría pensábamos —y yo lo sigo pensando— que la información y la comunicación se han convertido en instrumentos de dominio de los países ricos sobre los países pobres, y esto causa otra desigualdad universal que es necesario corregir. En los dos extremos del dilema, por supuesto, se encontraban el colega de Estados Unidos y el colega de la Unión Soviética.

El norteamericano era Elie Abel, un gringo inteligente y cordial, que durante muchos años fue decano de la escuela de periodismo de Columbia University, considerada la mejor del mundo. El soviético era el director de la agencia TASS, Sergei Losev, cuyo estado de tensión permanente le impedía parecer tan simpático y con tanto sentido del humor como lo era en realidad. Para Abel era imposible concebir cualquier intento de intervención estatal en la información. Para Losev era imposible concebir la más mínima intervención privada. El jamón de este sándwich sin solución éramos los nativos del Tercer Mundo. Unos y otros parecíamos convencidos de la urgencia de democratizar la información; pero era evidente que, alrededor de la mesa, había dieciséis maneras distintas de entender la democracia.

El resultado no podía ser otro: un informe de compromiso, que el señor M’Bow entregó la semana pasada a la Conferencia General de la Unesco, reunida esta vez en Belgrado. «No es un trabajo sistemático en la exposición de los diferentes temas que aborda, y a veces le falta un estilo plenamente coherente y metódico», como lo dejamos establecido en una nota perso

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