PRÓLOGO
PÁGINAS LLENAS DE VIDA
Que cómo llegó El cuaderno de Paula a mis manos? Es una historia en la que no puedo negar que intercedió el destino. Cuando empecé a leer su manuscrito Sara Ballarín y yo no nos conocíamos aún en persona y desde el primer momento sentí una conexión especial con el personaje de Paula y con la persona que hablaba a través de ella… su escritora. Tanto es así que tuve la necesidad de acercarme a Sara: conocerla, ponerle cara y hablar con ella sobre todas aquellas cosas que empujan a una a sentarse a escribir. Un vínculo había nacido entre las dos sin apenas conocernos.
Sara y yo tenemos tantas cosas en común que, si nunca nos hubiéramos cruzado en la vida, habríamos perdido la oportunidad de sentirnos comprendidas, cómodas y felices en algunos momentos de nuestra vida. Y puedo decir que si no hubiera caído en mis manos su libro, me hubiera perdido una de esas lecturas que te atrapa y te hace sentir.
El cuaderno de Paula son páginas llenas de vida. Eso fue lo que me enamoró de esta historia y de la pluma de Sara Ballarín. Sus personajes son de carne y hueso y sus sentimientos también lo son, tanto es así que al leerlos nos parecen casi nuestros. Me sentí identificada con Paula desde la primera página, porque piensa como nosotras, habla como cualquier chica de su edad y sus miedos son los nuestros. Da igual cómo haya sido nuestra vida, porque la de Paula es tan real, se materializa de una manera tan gráfica frente a nuestros ojos mientras la leemos, que es difícil no sentir que forma parte de nosotras.
Como lectora cuando sostengo entre las manos un libro que todavía no he leído me pregunto qué encontraré entre sus páginas. Imagino que tú, coqueta, te sientes igual en este momento. No voy a adelantarte nada, porque este libro debe descubrirse paso a paso, saboreando cada página, pero sí te diré que contiene emociones intensas, carcajadas, amistad, amor en mayúsculas y con purpurina, grandes consejos, destino, tragedias personales y superación personal. Contiene una historia de amor y dos personajes principales de los que dicen sin hablar y que te cuentan qué esperan, qué desean y qué temen sin necesidad de palabras, porque es posible conocerlos por sus actos. Me gustan los libros en los que me enamoro irremediablemente de aquellos personajes que no tienen la necesidad de definirse porque son sus actos y sus diálogos los que lo hacen por sí solos.
Si algo tiene Paula es vida. Además, vida de la de verdad. Ríes con ella, incluso te sirves una copa de vino para que no beba sola y brindas mentalmente por su futuro: También le gritas a las páginas, te enamoras de Iñigo, del sentido del humor de Paula y de cada uno de los personajes. Es fácil venirse arriba con sus escenas íntimas y abajo con sus lágrimas; te enfadas, comprendes y te enterneces. Y todo esto en menos de nada, porque El cuaderno de Paula se lee solo. Este libro que tienes entre las manos es una experiencia en sí mismo.
Sara Ballarín es una mujer excepcional. Inteligente, divertida y empática. Ha empapado esta historia de todas esas sensaciones que se tienen cuando se charla con ella de la vida y se arregla el mundo con una copa de vino en la mano. Es uno de esos libros que, cuando terminan, dejan un vacío. Porque has vivido tan cerca todo lo que les sucede a sus personajes que, cuando los dejas marchar, duele. Duele porque cuesta darse cuenta de que no son reales por más que los sientas como tus amigos. Y debes decirles adiós con una sonrisa.
No leas este libro si no tienes ganas de enamorarte, de sonreír, de lanzar una carcajada en pleno transporte público. No lo leas si no quieres acuñar alguna de sus frases como tuya y si no quieres sentirte comprendida e identificada con un personaje. No leas este libro si no quieres descubrir a una escritora alucinante cuyas palabras se convierten en una especie de película que se proyectará en tu cabeza hasta hacerte soñar.
Bienvenida a El cuaderno de Paula. Entre sus páginas te esperan tantas cosas que quizá debas tomar unas cuantas precauciones antes de empezar. Apaga el teléfono, cierra el pestillo y pon a tu alcance unos cuantos víveres, porque cuando tus ojos acaricien las primeras letras, estarás perdido y nadie te encontrará hasta finalizar la historia. Buen viaje. Ojalá yo no lo hubiera leído aún para volver a comenzarlo.
ELÍSABET BENAVENT
1
UN DÍA CUALQUIERA
Día: 4 de febrero
Lugar: Cafetería Arándanos
Hora: 10.35
Entra un hombre medio calvo, pelo grasiento, marcas de viruela por toda la cara. Aspecto andrajoso y sucio, pero no mendigo. Gafas de culo de vaso y maletín lleno de papeles que sobresalen. Desordenado. Caótico. Sucio.
Idea 1: Exalcohólico, abandonado por su mujer y enajenado. Demasiado fácil.
Idea 2: Superdotado. Cerebro con patas que es tan listo que se ha pasado de cabeza.
En el maletín lleva un sinfín de fórmulas químicas que una multinacional le ha pedido para un nuevo proyecto que está relacionado con la Interpol. Ole.
Definitivamente, es un personaje que me resulta interesante.
Hora: 10.45
Sale del baño una chica joven, universitaria con carpeta. Tiene cara de marranilla chupatodo. Es rubia teñida, pelo ondulado, delgada. No es despampanante, pero sí guapa. Sobre todo es sexi. Viste vaqueros elásticos claros y camiseta de tirantes ajustadísima. Se tiene que estar helando… Lleva unos horrendos plataformones y parece que va pisando huevos.
Idea 1: Es una universitaria metida en el mundo de la prostitución de alto standing. Su chulo la magrea y la engaña todo lo que puede, pero ella es feliz con sus cuatro mil limpios al mes. Acaba siendo una yonqui y se suicida.
Idea 2: Es una universitaria robanovios que se mete en medio de la tormentosa relación entre X e Y. Pero al final X se quedará con Y, por muy bien que la universitaria la chupe.
Hora: 10.46
Un chico alucinantemente guapo y con aire rebelde está en la barra. Parece sacado de un anuncio de colonia de Navidad. Gira la cabeza cuando ve a la universitaria y le da un repaso, deteniéndose en el culo respingón. La universitaria le guiña un ojo y él sonríe. El chico está… tremendo. Igual hasta es el tío más guapo que he visto nunca. Sí, lo es. Va vestido con pantalones grises de franela y camisa blanca remangada. Trabaja cerca, está en su rato del café. Es moreno, con el pelo corto pero un poco más largo y revuelto en la parte de arriba; parece un emperador romano recién levantado. Barba de tres días, ojos azul oscuro y sonrisa perfecta. Musculoso. Muy alto y fuerte. Atlético. Despide masculinidad, sexo y seducción por todos sus poros. Lo huelo desde aquí. Madre de Dios.
Idea 1: Es X.
Idea 2: Chico solitario, aunque vaya de ligón. No le interesan las mujeres más que para el sexo porque no ha encontrado una que comparta sus inquietudes por lo místico. Atormentado. Guarda un gran secreto.
Idea 3: Es un mojabragas de manual y culpable del calentamiento global. Vacío por dentro y solo se mira el ombligo. Que le den.
Idea 4: Idea personal, al margen del libro. Viene, me sonríe, me estampa un beso con lengua que me deja temblando. Me arranca la camiseta, me baja el pantalón, me arranca las bragas, me lo come entero y me embiste como un miura encima de esta misma mesa hasta que me corro como una diosa. Madre del amor hermoso, qué calores me han entrado. En cuanto llegue a casa destenso mis muslos.
¡Joder, qué tarde! ¡Mierda, Nero me va a matar!
Cojo mi móvil, no hay llamadas ni mensajes. Cojo el fular, las gafas de sol y voy corriendo a la barra. Estratégicamente me coloco al lado del guapérrimo. Se gira levemente. A mí no me sonríes, patán. Pago y me largo pitando. Nero esta vez me echa.
Marco su número.
—Zorra.
—Nero; Nero, perdóname. Estoy metida en un atasco.
—Paulita.
—Nerito.
—Acaba lo que sea que estés haciendo y ven de una puta vez, que necesito que vayas a la casa de los Basona. Quieren wengué en el salón y papel pintado ocre.
—El wengué ya no se lleva y se ve el polvo. De verdad que me hacen tener unas tragaderas…
—Ven de una jodida vez si no quieres que te patee el culo y lo ponga en la calle.
—Deja mi culo en paz, Nero, eres mi jefe y hablar de mi culo es acoso.
Meto la mano en el bolso y saco el paquete de tabaco y el mechero. Me paro en seco. Aquí falta algo.
—Cállate y ven ya, tocapelotas.
—Espera. ¡Joder!
—¿Qué te pasa ahora? Esa pequeña mancha roja se llama menstruación, cielo, ya te acostumbrarás; no es motivo para no venir a trabajar, so vaga.
—Imbécil. Me he dejado el cuaderno de notas para la novela en…
Me callo. Mierda.
—¿En el atasco?
—Voy enseguida, Nero.
Vuelvo corriendo sobre mis pasos. Dios, ¡qué estúpida! ¿Pero dónde tengo yo la cabeza? Ahora mismo en los pies, ¡qué dolor con estas prisas y estos tacones! Empiezo a sudar. Qué asco, los Basona van a pensar que no me ducho. Repaso mentalmente el cuaderno para asegurarme de que no tiene mi nombre escrito. No, creo que no. Pero sí hay cientos de ideas. Ideas que me sirvieron para dar forma a la novela de suspense que estoy escribiendo y que estoy a nada de terminar. Características de la gente que veo que me sirvieron de inspiración para crear a los personajes principales y que sigo recogiendo para dar forma a los que faltan por aparecer en el desenlace. Ideas que trazaron la trama. Retazos de mi vida para mi novela. Mi vida. No hay nombres. No hay señas. Mierda, hay señas. Los lugares donde los veo, las horas. Dios.
En la barra siguen el chico de anuncio y el hombre sucio. Estoy tan roja y sofocada por la carrera que no puedo ni hablar. Me planto ante el camarero, que parece el dueño de la cafetería. Tiene sobrepeso, está sudoroso y tiene cara de pocos amigos. Fantástico.
—Perdone, discúlpeme.
El camarero pasa de mi culo. Oiga, no soy la universitaria chupona y parece que haya venido de la media maratón, pero soy persona. Pongo uno de mis caretos de mala leche.
—¿Qué te pongo?
—No, verá, es que he estado aquí hace un rato y con las prisas me he dejado en esa mesa un cuaderno, bueno, como un libro con tapas moradas. Venía para saber si lo había visto o se lo había entregado alguien. Es importante.
—Pues no he visto nada, ni nadie me ha dado nada. Ya lo siento. Ve pasándote.
Me quedo con cara de idiota. ¿Ve pasándote? Oiga, vengo un montón a esta cafetería, hágame la pelota.
—Ah, ya, muy bien. Ya me iré pasando. Muy amable.
Lo digo con toda la mala baba de la que soy capaz. El camarero se gira con más mala baba aún. Sí, eres un borde, tío mierda, pero yo también.
—Quizá podría dejar su número de teléfono y si aparece el cuaderno, la llaman.
Dios. Mío. Del. Amor. Hermoso. El guapo. Mejor dicho, el ULTRA guapo buenorrísimo ha hablado. Y tiene una voz que me pone cardíaca. Grave, sensual; de locutor. Mierda, me está mirando y estoy roja como un tomate, pero ya no es de la carrera.
—¿Le importaría, por favor? De verdad que es un cuaderno muy importante.
Es mi novela, patán. El sueño de mi vida. Recojo ideas para terminarla porque me he quedado totalmente atascada y soy incapaz de sacar los cuatro o cinco capítulos que me quedan.
—Anda, toma. Apunta tu número y tu nombre en este papel y ya te llamaré. Pero ve pasando de todas formas.
—Gracias.
Escribo mi nombre y mi teléfono y se lo doy. Sonrío al camarero panzudo y le deseo mentalmente un esguince y una tendinitis. Me dirijo al buenorro con una sonrisa cortés.
—Gracias.
Me devuelve la misma sonrisa cortés y sigue con su cortado. Me voy.
Los Basona me han dado dolor de cabeza. Dios, qué mujer más histriónica, qué niños más histriónicos y qué marido más histriónico. No podría sobrevivir ni cinco minutos con ellos. Odio a la gente histriónica. Con lo bonito que es el silencio. Al final wengué. Claro, la señora Basona tiene cuatro asistentas y un ama de llaves que le limpiarán el polvo al anticuado wengué. Mientras me hablaba de su gusto por lo rococó, que casi me hace vomitar, me ha contado la historia de su familia. Odio a la gente a la que le gusta aparentar. Fantasma. Hija de marqués, nieta de no sé qué, su tía abuela íntima de no sé quién del rey. Qué honor. Fantasmas y arruinados, he pensado yo. Lo poco que tienen se lo gastan en carísimos muebles de auténtico wengué africano y sábanas de algodón egipcio. Pobre gente.
De vuelta al estudio me enciendo un cigarrillo. Cojo el móvil y llamo a Vera.
—Siempre a la verita tuya.
Canturrea.
—Hola, bombón. ¿Cómo va el día? Dime que te apetece una caña a las siete, anda, que ha sido un día del demonio.
—Pues…
—Verita…
—Bueeeeno. Una caña. Una. Que nos conocemos. Tus días del demonio acaban siendo mis mañanas del ibuprofeno. Además le he dicho a Héctor que hoy le ayudaría a corregir exámenes.
—Perfecto. ¿A las siete en El Sol?
—Sol, solito, caliéntame un poquito…
Cuelgo. Cuando se pone tonta no hay quien la pare.
Nero me dice nada más llegar que los Basona han quedado encantados conmigo y mis ideas. Yo le pongo cara de «y aún te sorprendes» y él pone los ojos en blanco.
Amo a Nero. Es mi jefe, pero es también como mi familia. Abuso todo lo que puedo de él y él me hace trabajar como una mula. La ecuación es perfecta. Hablaré de Nero después. Ahora me largo.
—Me voy ya, he quedado con Vera.
—¿Y va a ir Héctor o solo es quedada de tetitas?
—Héctor, Héctor... Héctor ya está colocado. Búscate otro sitio para clavar tu anzuelo.
—De eso no me falta, mira tú por dónde, tía lista. Y mañana te quiero aquí a las ocho como un puto clavo. O te mando a Basona House de por vida.
—¿A las ocho? Venga ya, no me necesitas hasta las diez.
—Ocho, mamonaza. Tengo planes para ti.
Vera es mi mejor amiga. Como una hermana. Y es insuperable. No creo que haya en el mundo tía más buena que ella. En todos los sentidos. Es altísima, delgadísima, rubísima, melenísima, estilosísima, graciosísima, inteligentísima, buenísima persona y todos los ísima que haya en el mundo. Encima es enfermera y sabe curar heridas como nadie. Pero yo tengo más tetas. ¡Ja! Cada vez que la miro pienso por qué no me habré hecho lesbiana. Es una bomba de artillería para los hombres; un imán. Los tíos han caído siempre como sapos a sus pies. Y al final se casó con el que se convirtió en príncipe. Héctor es como ella en hombre. Madre mía, qué hombre Héctor. Pelo cobrizo, con mechones más rubios, metro noventa, cachas de gimnasio, sonrisa Profidén… Parecen Barbie y Ken. Y es profesor de literatura. ¿Podría ser más perfecto? Pero claro, es que Vera es perfecta. Y la gente perfecta se casa con gente también perfecta y viven en el mundo perfecto donde todo es perfecto. Lo que no sé es cómo soy su mejor amiga. Ah, sí: porque es la persona más noble y buena que hay en el mundo. Jodida Vera, qué perfecta.
—He perdido el cuaderno.
—¿Qué? ¡Si es tu vida!
—Me lo dejé en una cafetería, salía con prisa y… Volví, pero no lo habían visto. Dejé mi teléfono por si acaso. Por cierto, ¡vaya tiazo que había en la barra! Madre mía, Vera. ¡Estaba más bueno que Ken!
—Qué idiota eres, Paulita, mi vida.
Mueve las pestañas frenéticamente poniendo cara de Barbie cabreada. Me encanta.
—Seguro que aparece. ¿No había nombres, no?
—No, no, menos mal. Me da un patatús. Aunque quien lo encuentre se va a reír un rato largo. Imagínate. Cientos de ideas de escenas de suspense, de violencia, de amor, de desamor, de odio y de sexo explícito incluyendo fantasías de cosecha propia.
—Bueno, aparecerá, ya verás. Y de todas formas, Pau, tienes que escribir la novela de una vez. Acabarla. No puedes estar así eternamente. ¿Cuánto tiempo llevas ya? Estás empezando a ser pesadita.
Ojiplática me quedo.
—No me mires así. Solo digo que es el sueño de tu vida y estabas muy ilusionada, aunque te niegues a publicarla. Pero últimamente parece más una carga que una ilusión.
—Últimamente todo es más una carga que una ilusión.
—¡Hala, ya está la destroyer! Oye, no he venido a escuchar cómo te revuelcas en tu mierdecita, mona. Que Marcos ya no esté no significa que debas castigarte con dolor y más dolor. Paula, vive, coño. Eres fuerte, eres independiente, eres la hostia en verso. Has olvidado su amor, déjalo marchar también. No te aferres más.
—No es fácil. No es fácil volver a sacar ilusiones de la nada. Las ilusiones que tenía las tenía con él. Vale, tenía parcelas de mi vida para mí, pero al fin y al cabo con quien compartía mi vida era con él. Y es duro de repente no poder tener ilusión por casarme o tener hijos. Es duro no poder tener ilusión por hacer la Ruta 66 en moto. Es duro no tener ilusión por publicar una novela que empecé a escribir el día que se marchó. No sé si lo he olvidado o no, pero sí sé que no me resulta fácil ser Paula Arranz porque no tengo ni idea de quién es, qué le gusta, qué le divierte o qué siente. Es todo caótico, Vera. No consigo encauzar mis emociones. Y encima he engordado, hay que joderse.
—¡Qué vas a engordar! Y deja de añadir el apunte cómico a toda conversación como para quitar importancia a lo anterior, Paulita, que nos conocemos. Ya sé que es duro, cariño. ¿Cómo no lo va a ser? Son diez años. Diez. Y no hace ni un año que se terminó. Date tiempo, reflexiona, escribe sobre lo que sientes y trata siempre de tener un norte al que ir. Eres fuerte, solo necesitas tiempo.
—Tiempo y una caña.
Me río.
—De verdad que me desquicias. Anda, que nos tomamos otra.
—¿Y Ken?
—Ken ya sabía que nos íbamos a tomar dos, boba, te conoce más que a su mano.
Tres cañas y ya noto mareos al subir al ascensor de mi piso alquilado. Madre mía, ¿cuánto hace que no salgo? Suspiro. Me meto directa al baño y comienzo a desmaquillarme. Y al pasarme el algodoncito y quitarme el eyeliner pienso en mi conversación con Vera y en su frase del apunte cómico. Sí, siempre hago eso. Siempre maquillo lo que siento, con cuidado y mimo para que no se note mucho. Y solo cuando llego a casa me reconozco a mí misma que estoy hecha una mierda. Porque Marcos no está. Porque sus besos son de otra. Porque yo no soy guapa, ni tan delgada como Vera, y porque con treinta y dos años ya no encontraré a nadie. ¡Madre mía! ¡Treinta y dos años! Siento vértigo y me mareo. Porque me siento muy vacía. Porque me siento muy sola. Porque me siento débil. Porque a veces echo de menos a mi padre…
Mis padres y mi hermano pequeño viven en el pueblecito donde nací, a unas dos horas de Barcelona, adonde vine a estudiar la carrera y donde me quedé a vivir después. Y al recordarme estudiando la carrera, a mi padre, lo que pasó, que nuestra relación nunca será lo que fue y hace años que solo somos dos extraños… y como estoy de bajón, pues me pongo a llorar delante del espejo, porque ¡qué me queda! Elegir los muebles wengué de la estúpida señora Basona. Y no paro, no paro, no paro de llorar. Suena el teléfono.
—Hola, mamá.
Mierda, qué oportuna. Me recompongo como puedo.
—¿Qué tal hija, cómo va todo?
—Bien, ocupada trabajando.
—Ah, bueno. Deberías descansar un poco.
—Sí, pero ya sabes que Nero es un explotador.
Nos reímos.
—¿Qué tal tú?
—Bien, también. Ocupada con las clases de pilates.
Hablamos un ratito más sobre nimiedades y nos despedimos después de que yo le prometa ir a verlos pronto. Me pongo el camisón. Mi camisón de algodón cortito de tirantes con un poquito de encaje en el escote. Es mono, sin ser lencero. Perfecto para el día a día. Y para que no me lo vea nadie. Lloro otra vez. Me fumo un último cigarro y vuelve a sonar el teléfono. Mi madre, o no me llama nunca o no suelta el teléfono.
—Que te guardo un estofado congelado para cuando vengas.
—Vale mamá. Para cuando vaya tendré estofado. Gracias.
—Así recordarás el sabor de la comida, hija.
—No te preocupes, como bien.
—Bueno, pues come mejor.
—Vale, adiós.
—Adiós cariño.
Me tomo una copita de vino. Otro pitidito del teléfono. Estoy por apagarlo pero no sé vivir sin móvil. Es un wasap de Vera.
«Eres fuerte, reina, solo date tiempo. Yo estaré aquí para que no te caigas demasiado».
Sonrío. Cuánto la quiero.
«Gracias, pequeña; sin ti no sería nada. Te quiero».
Me enciendo otro cigarro y vuelve a sonar el móvil. ¡No puede ser! ¿Más estofados? Aprieto la tecla de descolgar sin mirar siquiera.
—¡¿Y ahora qué pasa?!
—Eh…, esto…, hola ¿Paula?
Mierda. ¡Es un tío! Esa voz tan… me suena. Miro la pantalla, pero no tengo registrado el número. Mierda, creo que es el tío de los tapices que me tiene que terminar el de Minerva. Ya la he cagado.
—Hola, sí, perdona, pensé que eras otra persona. Disculpa.
—Pues no me gustaría ser esa otra persona. ¡Menuda fierecilla, Paulita!
¿Cómo dice usted?
—Mmm. Ya, bueno. ¿Perdone, usted es?
—Soy Íñigo.
«Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir». Es que cada vez que oigo ese nombre me sale sola la frase de La princesa prometida. ¡Qué le vamos a hacer! Repaso mentalmente: Íñigo, Íñigo…, no me figura.
—Ah. Ya. ¿Y en qué te puedo ayudar, Íñigo?
«Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir».
—Más bien pregúntate en qué te puedo ayudar yo a ti, cielo.
Oy, oy, oy. Montoya es un chulapo y me llama cielo. Siento ganas de potar. Ah, ya sé, creo que es uno de los amigos guarros de Nero. ¿O era Iñaki? ¿Israel? ¿Íñigo? Montoya, tú mataste a mi… Vale, paro.
—Oh, vaya, ¿eres el genio de la lámpara y me vas a conceder tres deseos?
—Puede ser. Y si así fuera, ¿qué deseos pedirías?
—Desearía tener infinitos deseos, claro.
—Chica lista. Y ¿cuál sería el primero?
No sentirme como una mierda cuando me voy a dormir porque siento que no soy nadie, doctor.
—La paz en el mundo, no te jode. Anda, dile a Nero que se quede tranquilo, mañana a las ocho estaré allí.
—Vaya por Dios, ese deseo no te lo puedo conceder, Paula; no sé quién cojones es Nero.
Y cuando dice Paula con esa voz tengo una erección en mi pene imaginario.
—Pero sí hay un deseo que quizá pueda concederte... ¿Quieres saber cuál?
—¿Tengo elección?
—No.
Se ríe. ¡Ay! Qué risita. Dios. Me acuerdo de la canción de Olé Olé... Era una voz tan masculina y viril lalalalala. Madre mía, Paulita, qué mal estás.
—A ver, dispara.
—Puedo arrancarte la camiseta, bajarte el pantalón, arrancarte las bragas, comértelo entero y embestirte como un miura encima de esta misma mesa hasta que te corras como una diosa.
Di algo, Paula. Di algo, Paula. Algo ingenioso. Algo como un «te voy a denunciar». Di algo, Paula. Di algo, Paula.
—¿Hola? ¿Paula? ¿Sigues allí?
—No. Estoy llamando a la policía, pervertido.
Y el cabrón se ríe.
—Para, para, nena. No te enfades. Solo era una broma. Tengo algo que tú quieres. Llegó a mis manos por casualidad y creo que era importante para ti.
Que me maten y me arranquen los oídos porque si sigo oyendo esta voz me corro fijo. Y entonces caigo. El cuaderno. Joder, estaba leyendo la última frase/fantasía sexual que escribí en el cuaderno sobre aquel buenorro. Respiro. No es un psicópata. No voy a salir en la sección de sucesos de Ana Rosa… aún. Tiene mi cuaderno. Mi vida.
—El cuaderno.
Suspiro. Y hasta yo sé que él ha notado que el alivio de ese suspiro me ha atravesado el alma.
—El cuaderno.
—¿Dónde?
—Es una larga historia. Quizá algún día te la cuente.
—Oh, lo harás. Tengo una lámpara de deseos infinitos y pienso pedir ese.
Ríe. ¡Ay qué graciosita soy!
—¿A qué hora quedamos?
Sucesos Ana Rosa: chica de treinta y dos muere violada y descuartizada… para, Paula.
—Pues mañana estaré libre sobre las seis y media. Así que a partir de esa hora cuando te venga bien.
—Perfecto. Salgo de trabajar sobre las cinco, así que podemos quedar ¿a las siete? ¿Te iría bien en El Arándanos mismo?
—Me había prometido no volver a ese sitio en mi vida. El camarero… pero sí, me va bien.
—Bueno, quedamos en la puerta y así no tienes que ver al barrigón. Ciao, nena. Hasta mañana.
¿Nena? Ouch. Caricia en genitales. Caricia, rayos y centellas. Me he puesto tonta y todo. Pues venga, me voy a dar un homenaje en la camita.
2
UNA CASUALIDAD CUALQUIERA
A Nero se le salen los ojos de las órbitas. Son las ocho en punto y voy tan ultra ideal que creo que va a tener una erección.
—Nero, por Dios, solo son tacones y pitillos.
—Y escote, reina. ¿Qué celebramos?
Me acerco a él y le susurro al oído.
—Que me he cansado de llorar por las noches. Que no puedo más y que quiero volver a ser la Paula que venía con escote y a nadie le extrañaba.
Nero me agarra de la cintura y me da un beso en la comisura del labio. Ole mi jefe.
—Por fin, Paulita. Por fin.
—No cantes victoria. Poco a poco, ¿vale?
Nero asiente.
—Te quiero, cascarrabias. No sé qué haría sin ti.
—Y yo, tonta del culo. Y hablando de culos, mueve ese bonito culo que Dios te ha dado y métete con los jodidos tapices de una vez.
—Acoso, Nero, acoso.
Es mi familia. Si hubiera tenido otro hermano y hubiera podido elegir, sería sin duda él. Conocí a Nero en la universidad. En los años locos. Sí, esos en los que te pegas la semana de borrachera en borrachera, fumando porros y tratando de arreglar el mundo. Esos en los que te lías con mil tíos y lloras por todos y pasas de todos a la vez. Esos en los que conocí a Marcos. Vale, parando que es gerundio.
Nero y yo íbamos a clase juntos y compartíamos piso con Vera, mi mejor amiga desde la guardería. Él era y es superrico. El único hijo de una familia más que bien acomodada. Su padre, notario. Su abuelo, cirujano. Vamos, que tiene pasta como para no trabajar y vivir como un marqués. Pero en aquella época no dejaba de ser un friki de manual, de los que nadie ajunta, superdotado, supersoez y supergay. Un loser absoluto. Y yo era una chica de pueblo que apenas tenía amigos. La pareja perfecta. Nos hicimos inseparables, junto con Vera.
Al año de licenciarnos, Nero se montó un estudio de arquitectura y decoración con ayuda de su padre millonario, y la noche de la inauguración me dijo que quería que trabajara para él. Me lo soltó mientras me sujetaba la cabeza y yo vomitaba mi borrachera en el váter. Muy glamuroso todo. Le respondí que sí, claro, qué iba a decirle. Y luego añadí que le quedara claro que yo no estaba hecha para cumplir horarios, condiciones y estricteces. Meneó la cabeza y me llamó zorra. Y aquí estoy. Trabajando para mi mejor amigo.
Soy una jefaza. De verdad. En otras áreas de mi vida soy un completo desastre, pero en mi trabajo soy la mejor. Mejor que la mejor. La más jefa. Una sheriff del condado. Los Basona quedaron tan contentos conmigo que me han recomendado a sus queridísimos amigos los Orgoya, que rima con… vale, paro; que son como los Basona pero realmente ricos, aristócratas, famosos del corazón y poderosos. Me han pedido, bueno le han pedido a Nero, que les reforme la casita invernal que tienen en Baqueira. Casita de dos mil metros cuadrados. Carta blanca. Nero directamente ha tenido una erección cuando lo han llamado. Me ha dado un beso en los labios, Nero, hijo, eres demasiado gay a veces y no te soporto, pero me ha prometido un día libre. Maldito explotador, hago más horas extra que de jornada laboral y hace que no me cojo vacaciones más de un año. Desde que Marcos empezó… vale, parando.
Y tomo una decisión: voy a darlo todo de mí en esta casa. Voy a ser una decoradora de los pies a la cabeza y voy a demostrarme de una vez que no solo soy buena, sino que sé ser la mejor. Por una vez en mi vida voy a tener una meta clara, un reto, un deseo. Y lo voy a conseguir. Voy a hacer que esta casa me recuerde a mí misma que sé hacer cosas buenas y que tengo que dejar de autocompadecerme.
Siete menos cinco. ¡Mierda, el tío del cuaderno! Como Speedy González recojo mis bártulos, que no son pocos, y salgo de algo parecido a mi despacho. ¡Qué graciosa, Paula, llamar despacho a una mesa y una silla en medio de la nada! Bueno, salgo de mi agujero y me voy pitando.
—Nerooooo me voy yaaaaa.
—Valeeeee; hasta mañana a las ochooooooo.
—Ni lo sueñeeeeeeeees.
—Zorraaaaaaaa.
—Gayeeeeeeeer.
Menos mal que a esta hora ya no hay nadie, si no fliparían. Solo somos cinco personas trabajando: nosotros dos, Mónica, de recepción y administración, Lucas, también arquitecto, e Ismael, decorador en prácticas. Y aunque Nero es como es con todo el mundo, en el estudio se corta un poco.
No recuerdo dónde está el maldito Arándanos y me pierdo. Y llego tarde, claro. Solo diez minutos. De repente me paro en seco. ¡Si no sé cómo es ese tío y él no sabe cómo soy yo! Mierda, se me olvidó decirle que llevaría el clavel rojo. Anda qué... Bueno, voy llegando a la puerta y veo de lejos un tío de espaldas que mira el reloj. One moment in time! Conforme me voy acercando más veo que, veo que, veo que, que me falta el aire y me pongo del color de las amapolas. Si es…
—¿Entre tus deseos estará volverte puntual, verdad Paula?
Oh. Dios. Mío. Madre. De. Todos. Los. Santos. Me. Quiero. Morir. Ya. El tío bueno. ¡¡El tío buenorrísimo que estaba en la barra es el que cogió mi cuaderno, leyó lo que quería que me hiciera ¡y me lo relató por teléfono! Romperme las bragas, joder, Paula. Mis bragas, mis bragas, ¿qué bragas llevo?, pienso. Calla, anda, Paulita. ¡Ha leído toda mi vida! Dios. Y ahí está, mirándome como si fuera una extraterrestre. Será que no ha visto otras tías que no sean las pluscuamperfectas buenorrísimas con boca de chuponas a las que seguro que se tira cada dos horas.
—Perdona, de verdad que siento el retraso. Me salió una cosa de última hora y pensé que llegaría justo a tiempo.
Me perdí porque soy lerda y no recuerdo dónde están los sitios.
—Bueno, te perdono.
Oh, vaya, gracias, mi amor. Gracias por ¿perdonarme? Buenorro e imbécil. Qué desperdicio.
—Oh, vaya, gracias.
Mi filtro mente-boca funciona regular, aviso.
—Oh, vaya, de nada. Te recuerdo que la que quiere el cuaderno eres tú, bonita. He estado a punto de irme y dejárselo al huevón del dueño que, por cómo gestionó el tema, diría que pasaba de ti como de la mierda.
Oh, mi héroe. Gilipollas.
—De verdad que lo siento, perdona. Y te agradezco mucho que me llamaras y me des mi cuaderno. Toma, te he comprado un detalle en agradecimiento.
Y al notar sus dedos rozando los míos siento un latigazo en todo mi cuerpo. Sería lo bonito, ¿eh? Pero no. El roce es tan infinitamente corto que no siento más que una mano helada de haber estado diez minutos esperando en la tarde más fría de febrero.
—Muchas gracias. Vaya, no tenías que haberte molestado.
Saca de la bolsa la cajita con bombones. ¡Qué original Paula! Le regalas a un tío que lleva jersey de Carolina Herrera, camisa de El Ganso y un reloj Breil que me hace destellos, una cajita con bombones dentro.
—Solo es un detallito de nada. Por las molestias.
¿Me das mi cuaderno? Gracias.
—No es molestia, bombón.
Me guiña un ojo y siento que voy a convulsionar. Dios, cómo me pone este tío.
—Toma, tu cuaderno.
—Gracias. Muchas, muchas gracias. De verdad que no sabes lo importante que es para mí. Ya sé que una cajita de bombones no es nada, pero es que no hay oro que pague esto.
Se me queda mirando como asombrado. Serio.
—Los bombones me han parecido perfectos, Paula. Y si hubiera sabido que es tan, tan importante para ti, te lo hubiera llevado de inmediato donde hiciera falta. Pero si quieres puedo concederte uno de tus infinitos deseos e invitarte a una caña en ese bar de allí. ¿Qué te parece?
Sonríe descaradamente. Trago la poca saliva que me queda. Vas ideal Paula, taconazos, escote y pitillos ceñidos. Venga va, está buenísimo y desde Marcos no has echado un mísero polvo. ¡Y ya van diez meses! Un año si tenemos en cuenta que antes de romper tampoco…
—Pues te agradezco mucho la invitación, pero ahora mismo no puedo. Quizá en otro momento.
—Ah. Bueno, pues en otro momento.
Siento unas tremendas ganas de llorar.
—Tengo el coche allí mismo; si quieres, te acerco a algún lado.
—Eres muy amable, Íñigo; pero no, gracias.
Se ríe. Y yo quiero llorar.
—Amable no sé si es el adjetivo que me define, pero gracias. Lo digo en serio, puedo llevarte donde necesites.
Estoy por soltárselo. Estoy por soltárselo. Calla. Calla. Calla. Al final me reprimo el «solo eres amable porque leíste que quiero que me dejes sin bragas; entre otras muchas ideas calenturientas que hay en el cuaderno».
—Bueno, quizá entre mis infinitos deseos pida saber qué adjetivo te define, pero ahora tengo que irme.
Le guiño un ojo y me doy la vuelta.
—¿No me vas a preguntar si me ha gustado lo que leí en tu cuaderno?
Me giro.
—Ya sé que te ha gustado.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo sabes, listilla?
—Porque si no, no me habrías llamado.
Me vuelvo a girar y me abrazo mentalmente a mí misma. No sin antes escuchar un:
—Te llamaré Paula, para la caña que me debes.
Y ahora sí, me pongo a llorar.
Llego a casa con todo el rímel corrido, el eyeliner por todas las mejillas, los tacones en la mano, sí, en la mano, ¡qué me importa ir descalza por Barcelona!, y una quemazón en el pecho que me oprime. Me dirijo directamente a la bañera. Abro el grifo, me desnudo y mientras se llena me siento en el váter encogida y balanceándome. Me duele tanto… Lloro hasta que no me quedan lágrimas.
Me meto en la bañera. ¡Qué gusto! Adoro los baños. Solo sentir el agua caliente hace que mis agarrotados músculos se destensen y floten. Cuánta paz. Miro la luz tenue que proporcionan dos velitas que siempre enciendo y me abstraigo en ambas llamas. He dejado de llorar. Oh, oh; ahora toca pensar. Me propongo dejar mi mente divagar sola. Peligro. Aunque sé de sobra el rumbo que va a tomar. Lo primero que pienso es en mi libro favorito, Cien años de soledad; me lo estoy releyendo. Muy apropiado para cómo me siento. Inevitablemente me acuerdo de Él. Porque Él siempre está. Marcos. Me acuerdo de Marcos besándome. Me acuerdo de Marcos diciéndome que soy lo que más quiere en el mundo. Me acuerdo de él haciéndome la cena mientras yo hablaba con Vera por teléfono. Me acuerdo de Marcos haciéndome el amor. Me excito ipso facto. Marcos. Marcos en el sofá de casa con la cara desencajada. Lloro. Marcos pidiéndome que me siente, «tenemos que hablar, Paula». Lloro más. Marcos diciéndome «he conocido a otra, no sé cómo ha pasado, pero estoy enamorado y no puedo seguir contigo». Me retuerzo. Marcos con la maleta ya preparada antes de que yo llegara. Marcos arrastrándola por el pasillo mientras mis gritos y mis lloros le hacen llorar a él también. Marcos diciéndome que jamás pudo imaginar que esto nos sucedería a nosotros, que siempre me querrá. Marcos recibiendo mi bofetón y mis empujones. Marcos.
Respiro hondo. Me digo a mí misma que tengo que superarlo. Que hace diez meses de la ruptura y que la vida sigue. Que Vera tiene razón
