La candidata

Elena Moya

Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Agradecimientos

Sobre la autora

Créditos

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Para mamá y mis hermanas Susana y Sofía

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1

Que el poder es solitario, sobre todo para una mujer, siempre lo he sabido; de hecho, mucho mejor de lo que yo quisiera. Pero nunca había sospechado que la soledad del poder pudiera ser tan dolorosamente cruel como la sentí aquella noche, y a esas alturas de la vida, con dos décadas de experiencia a mis espaldas y en una posición sin duda privilegiada.

Aquella noche, más que nunca, todo estaba quieto y silencioso. Demasiado. Desde la ventana de mi espacioso despacho observaba el ir y venir de coches y peatones por la calle Alcalá. La noche era fría y oscura, casi invernal. La gente se dirigía hacia el metro, seguramente para ir a sus casas o a cenar con sus amigos. Qué suerte tenían. Yo hacía tiempo que había dejado de ser normal, básicamente desde que decidí dedicarme a la política, pero sobre todo desde hacía dos años, cuando el presidente del gobierno me había nombrado ministra de Economía, la primera mujer en ocupar tal cargo en la historia de España.

Había conseguido mucho en dos años, pero ¿para qué? Otros podrían llegar ese mismo domingo y deshacer todo cuanto había conseguido, borrando por completo mi labor, mis años de esfuerzo. Mi despacho podría volver a ser tan oficial y decadente como cuando entré en él por primera vez: sofás de cuero viejos, alfombras verdes desgastadas, una foto del rey algo torcida, una mesa grande, pesada, con un ordenador de los años noventa, unas sillas de museo más que de trabajo y un sinfín de jarros y jarrones con motivos florales de lo más horteras. Todo ello buen reflejo del grado de modernidad y frescura de nuestra democracia.

Gracias a Ingeborg, mi homóloga danesa y con quien hice buenas migas en Bruselas, conseguí dos sillas Jacobsen, las famosas «orejudas», que inmediatamente le dieron al despacho un aire más sofisticado. Hice quitar las alfombras para rescatar el precioso parqué antiguo que había debajo y colgué réplicas de un cuadro de Picasso y otro de Miró que empequeñecieron el retrato del rey, que nunca pude descolgar por cuestiones de protocolo, pero que al menos logré esconder en una esquina, detrás de un ficus enorme que casi llegaba al techo. Había llenado la estancia de plantas para darle más vida y para recordarme en todo momento que la economía de un país precisaba las mismas atenciones y cuidados que las orquídeas, violetas, cintas y drácenas que había dispuesto junto a las ventanas y en todos los rincones. Mi mesa de trabajo cambió de un estilo Luis XIV a otro más propio de Steve Jobs e hice que me instalaran dos pantallas Bloomberg y un Apple lo más grande posible; siempre me ha gustado ver las cosas claras. Yo estaba allí para trabajar y no para perder el tiempo, pasarlo bien o impulsar mis proyectos personales futuros. Ilusa.

Esa noche, agotada, me senté en el sofá que tenía en el despacho y acaricié el tomo que me había acompañado durante mis dos años de ministra. Eran unas memorias inéditas de Victoria Kent que el director del Ateneo, un republicano de alma y pecho, me había regalado un día que fui allí a dar una conferencia sobre mujeres y economía. No acudieron más de veinte personas y todas mujeres, ya que para muchos el feminismo está pasado de moda y ha dejado de interesar. El acto no estuvo mal, pero lo mejor de la noche fueron esas memorias que el viejo director me entregó con tanto cariño. Mirándome a los ojos, me aseguró que aquel volumen me serviría de inspiración porque la Kent, como se la conocía en tiempos de la República, había sido la primera mujer en ocupar un cargo ejecutivo en un gobierno español. La andaluza con nombre inglés —su bisabuelo, un marino británico, se había casado con una malagueña— no le hizo ascos a Alcalá-Zamora cuando la nombró directora general de prisiones, el puesto menos glamuroso del gabinete pero que ella aceptó con tanta elegancia como entusiasmo. En tan solo dos años la Kent dignificó la mayoría de cárceles del país, que hasta entonces tenían más de cuadra que de centro penitenciario. Por más rufianes que fueran los delincuentes, la Kent fue la primera en reconocerlos como personas y luchar por sus derechos.

Empecé el libro nada más volver del Ateneo y desde la primera página me impresionó. Todavía recuerdo un pasaje sobre la etapa del exilio francés, cuando coincidió con un grupo de obreros españoles en una fábrica en Toulouse. Al reconocerla, uno de ellos le contó que un primo suyo había estado en la prisión de Teruel a finales de la República y que le había hablado de la biblioteca a la que tenía acceso, de los campos de fútbol que habían construido, del hecho de que su mujer le pudiera visitar los fines de semana y hasta del buzón de sugerencias que la directora general había puesto a disposición de todos. El primo en cuestión había entendido la idea que Victoria siempre promulgó sobre corresponsabilizar al preso de su propia recuperación y había salido de la cárcel justo antes de empezar la guerra.

Yo siempre había soñado con algo parecido. Admiradora del británico J. S. Mill, quería ser recordada por ayudar de manera real y concreta al mayor número de personas posible. Por eso me dediqué a la política y por eso acepté la cartera de Economía, por más que todas las hienas de la prensa más conservadora y recalcitrante del país se me echaran encima justo después de mi nombramiento. Me acusaban de no tener ni preparación, ni experiencia, ni talento, ni qué sé yo cuántas cosas más. Siempre he intentado ignorar a la prensa al máximo, pero todos sabemos que eso es imposible.

Unirme al gobierno a los dos años de empezada la legislatura tampoco fue fácil. Además me tocaba sustituir a un ministro que, sin haber hecho mucho, se llevaba bien con todos los estamentos relevantes, como presidencia, banca, sindicatos y prensa. Precisamente por no haber tomado decisiones importantes, ninguna de esas fuerzas sociales le pudo atacar. También tuvo toda la suerte que a mí me faltó; su mandato coincidió con los dos últimos años antes de la crisis, el final de una burbuja donde todo parecía subir: los salarios, el precio de las casas, la producción…, todo. El país estaba lleno de grúas y el paro no hacía más que bajar, aunque fuera a costa de contratos basura, pero eso no lo decía nadie. Algunas voces sensatas empezaban a insinuar que aquello no era sostenible y él, que no tenía un pelo de tonto, debió de ver lo que se avecinaba. Dejó su puesto en cuanto pudo, o en cuanto le surgió la oportunidad de presidir el Fondo Monetario Internacional, un glamuroso puesto en Washington esplendorosamente pagado y que encima implicaba múltiples viajes por todo el mundo, un bonus irresistible para hombres con ganas de pasar algunas noches fuera de casa.

Nada más llegar al Ministerio, la burbuja financiera explotó y me tocó a mí lidiar con las consecuencias: desde la drástica subida del paro o el rescate o no rescate por parte de la Unión Europea, hasta viles acusaciones por parte de la prensa y la oposición, e incluso de algunos compañeros de gabinete, de ser yo la causante de la crisis y de la pérdida de popularidad del gobierno. Ser mujer también me hacía más visible y vulnerable como blanco de críticas; la vida es a veces tan mezquina que los ataques suelen dirigirse hacia las personas o grupos que se perciben como más débiles, empezando por las mujeres.

Pero yo siempre intenté remar hacia delante, respaldada y animada por colegas extranjeras como Ingeborg y por cuanto leía en el libro de la Kent sobre la infatigable determinación de las tres primeras diputadas de España: Clara Campoamor, Margarita Nelken y la propia Victoria. Qué fuerza tenían. Pero cómo acabaron las tres: tristes, solas y exiliadas. A veces me pregunto si será eso lo que el futuro me deparará a mí también.

En esos pensamientos estaba ese viernes por la noche cuando Estrella, la secretaria que me ha acompañado en los últimos doce años, entró en el despacho con el gin-tonic que le había pedido. En principio, el alcohol está prohibido en todas las estancias oficiales, pero el poder viene con tanto estrés y responsabilidad que es de humanos hacer alguna excepción en ocasiones especiales y esa era una de ellas. Mi criterio siempre ha sido que si algo es bueno para mí y me ayuda a relajarme y a pensar mejor, también lo será para el país. Así que Estrella aprendió a prepararme los mejores gin-tonics que he probado en mi vida —en copa grande, hielo del que no se deshace, eneldo, tónica de la que engorda y un chorrito de Gin Mare—. Son mucho mejores que los que me han servido en las coctelerías más famosas del mundo, aquí en Madrid, en Nueva York o en Kuala Lumpur.

Esa noche, además, lo necesitaba más que nunca. Estaba nerviosa y exhausta y tenía un fin de semana muy largo por delante. Un gin-tonic era lo que mejor me podía sentar en ese momento.

—Aquí tienes, Isabel —dijo Estrella, quien con los años por fin había aprendido a tutearme. Con su desenvoltura y delicadeza natural, la joven dejó el vaso sobre la mesa de cristal junto al sofá, para lo que tuvo que apartar el sinfín de revistas y periódicos que, como de costumbre, yo tenía amontonados.

Siempre me ha gustado leer prensa internacional y nada más llegar pedí que me suscribieran al The Economist, al Wall Street Journal, al Financial Times y a Barrons. Tuve que insistir lo indecible para conseguirlo, porque el encargado de suscripciones de la casa nunca entendió para qué necesitaba prensa extranjera si mi labor era mejorar la economía del país. Me sorprendió que mi antecesor no recibiera ya esas publicaciones tan necesarias para una persona en ese cargo, pero todavía me sorprendió más tener que cancelar las suyas: Interviú y Viajar.

Poco a poco fui amontonando pilas de libros, carpetas y blocs de notas sobre las tres mesas que tenía en el despacho, la de café, la de reuniones y la mía. Me gusta el desorden controlado, que me ayuda a pensar libremente, sin ataduras; lo contrario, el vacío y el orden extremo, me pone un tanto nerviosa pues no lo veo natural. Lamentablemente, eso fue lo que encontré al llegar: mesas vacías, carpetas polvorientas, estanterías sin libros, por no mencionar los juegos de café de plata que enseguida pasaron a mejor vida. Yo ya me traía un café del Starbucks todas las mañanas y prefería no tomar cafeína a partir de las once. Después, bebía tés herbales todo el día hasta la hora del gin-tonic, ya por la noche.

—Muchas gracias, Estrella, no necesito nada más; por favor, vete a casa que es tarde —dije mientras me esforzaba por sonreír. Estaba agotada.

Eran más de las diez y apenas hacía una hora que había vuelto de un tenso debate en la televisión pública. Eso, después de una mañana repleta de reuniones y de atender multitud de llamadas de última hora durante toda la jornada.

—¿Seguro que no necesitas nada más? ¿Qué vas a cenar?

—No te preocupes —contesté—, si tengo hambre, pediré una pizza.

—De acuerdo, Wuri —me respondió con una sonrisa socarrona.

Wuri era el gato que mi marido y yo teníamos en Londres, donde vivimos unos años después de acabar la carrera. El nombre es en realidad el de un remoto pueblo etíope nada conocido en España y casi tampoco en la propia Etiopía. Me traía tan buenos recuerdos que lo elegí como clave de seguridad informática y como consigna cuando necesitaba que Estrella interrumpiera alguna reunión. Si tenía que hablar con algún miembro de mi equipo o compañero de gobierno que estaba reunido con personas ajenas a Moncloa o al Ministerio, Estrella decía que tenía al señor Wuri al teléfono para así mantener la confidencialidad y la discreción. La consigna también me ayudaba para asuntos más prosaicos: el personal de seguridad a la entrada del Ministerio sabía que si llegaba una pizza o un paquete para el señor Wuri, era para mí. También usaba el nombre para reservar restaurantes u hoteles a título privado, pues nunca se me ocurrió pedir a Estrella que dedicara a mis asuntos personales un tiempo que pertenecía a los contribuyentes.

De la misma manera he intentado no invadir el tiempo libre de los miembros de mi equipo o, si lo he hecho, he procurado que se les paguen todas y cada una de las horas extras. Creo en tratar al personal lo mejor posible, ya que mi objetivo siempre ha sido gobernar más que mandar. Para mandar basta el palo, mientras que el gobierno es cuestión de pensamiento, tacto y acción. Siempre he creído en lo segundo, por más que a mi alrededor sobre todo haya visto lo primero.

Por fin me quedé sola, sentada en la silla danesa y seguro que con la misma expresión que esas mujeres tristes y solitarias de los cuadros de Hopper. Mis manos, asidas al gin-tonic, temblaban ligeramente. Las tenía frías. Cerré los ojos y sentí el peso del mundo sobre mis espaldas. Respiré hondo, muy hondo. Mi destino y —sin ánimo de ser egocéntrica— el del país estarían en juego en tan solo dos días. Ese domingo había elecciones generales y yo era la primera mujer candidata a la presidencia del gobierno de la historia de España.

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2

Pasé frío y tuve temblores toda la noche, en la que apenas pegué ojo. El Ministerio es un edificio enorme con estancias amplias y techos altos, por lo que el anticuadísimo sistema de calefacción no llega, ni mucho menos, a todos los rincones. Por más que hubiera cambiado casi la mitad de tuberías y puesto doble ventana en el despacho, este era un lugar gélido, sobre todo de noche.

No había querido ir a casa porque Gabi, mi marido, había volado a Santiago para ver a su madre, que estaba muy enferma. No entendía cómo podía dejarme sola justo entonces, pero supuse que si yo hubiese tenido una madre a punto de morir también habría acudido a su lado.

Estaba tan cansada que al final me medio dormí en el sofá de cuero, incomodísima, tapada con la manta que guardaba siempre en el armario para estas ocasiones. La crisis financiera había llegado a tales extremos que durante los últimos meses había pasado varias noches en el despacho pegada a las pantallas siguiendo la cotización de nuestra deuda en América (cuyos mercados cierran cuando aquí son las diez de la noche) y en Asia (que arranca dos horas más tarde). Los mercados ni comen, ni duermen, ni se van de vacaciones, y por descontado que no tienen corazón. Por eso siempre ganan. Es una lección que aprendí pronto.

Acurrucada en el sofá, esa fue quizá la única noche durante todo mi mandato que no miré el precio de nuestros bonos antes de irme a dormir. Supongo que por lo agotada que estaba, y también por tener la cabeza totalmente centrada en la campaña y en el domingo. Me vinieron a la cabeza un sinfín de flashbacks del último mes, que me había dejado seca. Durante cuatro semanas me desperté a diario en una ciudad diferente, donde solía desayunar con la prensa, reunirme con asociaciones locales y luego comer con el establishment de turno: encuentros agotadores con café, copa y puro, que odiaba. Por la tarde nos reuníamos para analizar la campaña y por las noches siempre había un mitin para el que tenía que prepararme, vestirme y sobre todo sonreír, inspirar confianza y mostrar una energía desbordante, que a esas horas del día ya no tenía. La parte positiva era que nunca veía una silla vacía, porque la asistencia a mítines hoy en día es como casi todo: se compra y ya está. Si no teníamos suficientes simpatizantes en un pueblo o ciudad, no había más que llamar a las dos o tres mayores asociaciones locales, prometerles algo (pequeño) y asunto resuelto. En las grandes capitales no había problema, pues siempre hay suficientes afiliados a los partidos mayoritarios, como era entonces el mío.

Aun así, la campaña exigía casi más de lo que yo podía dar, sin dejarme por supuesto ni un segundo para mí. Durante esas interminables cuatro semanas tan solo pude salir a correr un día, después de una reunión que acabó a las once de la noche, lo que enfureció al servicio de seguridad que me acompañaba. Era tarde, pero mucho más temprano de lo que solían acabar las cenas y mítines nocturnos. El poder permite emprender grandes acciones, pero siempre con un alto coste personal ya que uno pierde toda su independencia y, como descubrí después, posiblemente mucho más.

Acabé la campaña exhausta, débil. Había perdido la forma física que conseguí pocos meses después de mi nombramiento, cuando Estrella me encontró por internet un entrenador personal que me acribillaba dos veces por semana en el gimnasio del Ministerio. Yo misma hice instalar ese espacio para uso exclusivo de los empleados, empezando por mí, nada más llegar. El deporte siempre había sido una de mis prioridades, ya que un país no puede prosperar económicamente si su población no está sana y en forma. De hecho, una de las estadísticas que más me impresionó al principio, cuando me pasé dos meses enteros revisando datos y números para conocer mejor nuestra economía, fue el número de personas que iban corriendo al trabajo: aunque todavía muy bajo, se había casi doblado en apenas doce meses. Siempre había creído en los medios de transporte sostenibles, y no digamos ya en reducir la contaminación, así que al poco de llegar introduje un programa para incentivar a los corredores. Fue un éxito rotundo, una de mis primeras victorias y que más tarde me ayudó a conseguir el liderazgo del partido. Un partido que, por muy socialista que fuera, era un bastión de masculinidad y de desigualdad. Solo por citar un ejemplo, el comité que de facto gobernaba el colectivo se autollamaba, y les llamaban, «los barones», dejando poco espacio para mujeres aspirantes como yo.

Por fortuna nuestro presidente, GR, era más moderno y justo, e incluso algo democrático. Siempre nos habíamos llevado bien, aunque la verdad es que antes de mi nombramiento nos conocíamos poco. Fue, quién lo iba a decir, un exministro de la oposición, un amigo ahora reconvertido en consultor político, quien le alertó de mi trabajo en el Ministerio de Administraciones Públicas, donde empecé. Allí, como secretaria general, hice y deshice a mi antojo, pues el ministro estaba tan ocupado en labrarse su propio futuro que apenas sabía lo que ocurría puertas adentro. Mientras él se dedicaba a comer (de doce a cinco de la tarde) con banqueros y los presidentes de las principales empresas telefónicas y eléctricas del país, yo tomaba las decisiones que siempre había soñado: cambiar los horarios del Ministerio para hacerlos más europeos, acortar la hora de comer, poner una guardería o subir el nivel al que pudieran llegar los técnicos del Estado, para así evitar que absolutamente todos los altos cargos públicos fueran nombramientos a dedo. También instalé un nuevo sistema de control de costes que enseguida notificaba los excesos. Como me esperaba, fueron los gastos del propio ministro los que más problemas me dieron. Nunca entendí por qué tenía que organizar reuniones en El Bulli, en la Costa Brava, o en Arzak de San Sebastián, para lo que también había que pagar coches y chóferes.

No tuve el valor de alertarle, por lo que él siguió comiendo, cenando y viajando con los políticos, empresarios y magnates mediáticos más poderosos del país por adonde quería, pidiendo los vinos más caros y las carnes o los pescados más exóticos. Creo que aprobar la factura del bacalao negro de doscientos euros que se tomó en Bilbao es la firma que más me ha costado hacer en toda mi vida. Para él aquellas reuniones eran una inversión y, efectivamente, ya las ha rentabilizado: ahora forma parte del consejo de administración de la principal petrolera española y de otras empresas cuasipúblicas, lo que le permite vivir en Pozuelo, una de las zonas más caras de Madrid, rodeado de futbolistas y otros folclóricos.

Todos hacen lo mismo. Hasta mi amigo Manolo, el consultor político, que después de ser ministro se montó una empresa de networking, una manera fina de decir «abrepuertas» o, sencillamente, «enchufes». Con la agenda llena, él cobra cantidades ingentes a empresas internacionales por presentarles a los políticos y empresarios que les facilitarán una entrada al país rápida y eficiente. Los inversores están dispuestos a pagar porque este fast track les evita el riesgo de toparse con la Administración o de dedicar meses a obtener unos permisos que igual nunca llegan. Todo ejecutado de una manera elegante, en palcos o sobre manteles de hilo, o en fiestas exclusivas. Mi amigo es un tipo listísimo, un gran estratega. Una vez me contó que fue precisamente él, un conservador de toda la vida, quien una noche le trazó a GR la estrategia para llegar a la presidencia, incluso cuando los conservadores tenían todas las de ganar en las siguientes elecciones. En cuatro trazos mal escritos sobre una servilleta de papel, Manolo le había aconsejado tejer tan solo cuatro alianzas y en un orden muy determinado, que se tradujeron en el apoyo de cuantos estamentos necesitaba: los barones del partido, la prensa, los sindicatos y la banca. A los demás, incluidos los propios ciudadanos, le aconsejó que no les prestara ni un minuto de atención, ya que solo le consumirían tiempo y energía, sin transmitirle ningún poder, porque en realidad no tienen ninguno.

GR también tuvo suerte. Rencillas internas en el partido conservador, entonces en el poder, hicieron que alguien con ganas de revancha filtrara a la prensa un escándalo de corrupción que salpicó a medio gobierno. Dos ministros habían aceptado dinero ilegal de dos multinacionales para reducir su tasa impositiva, que acabó siendo menor que la de un asalariado de rango medio. Al poco tiempo se descubrió que la práctica no era más que la tapadera de una trama mayor y que el partido en el gobierno se había financiado con grandes cantidades que empresas y particulares donaban a cambio de favores: terrenos que de pronto se convertían en edificables, contratos de exportación a China y a Oriente Medio, concesiones de concursos públicos, además de suculentos contratos con la Administración a precio de oro.

GR capitalizó el escándalo y, también gracias a la estrategia de Manolo, ganó unas elecciones contra todo pronóstico.

Fue precisamente Manolo quien primero le habló a GR de mí. Hacía dos días que Pedro, mi predecesor, había dimitido para irse a Washington, con lo que el presidente había citado a Manolo para hablar de posibles sucesores. Como siempre, quedaron en el Manduca, un pequeño restaurante en la calle Sagasta frecuentado por políticos, escritores, cantantes o actores, todos cercanos a nuestro partido. Según me contó, allí, entre alubias y pochas navarras, le dijo:

—Oye, hay una tía en Administraciones Públicas que te vendría muy bien.

(Tal cual).

El presidente ni le miró, concentrado como estaba en un Matarromera del 2006, uno de sus tintos preferidos, según he sabido después.

—Que te lo digo en serio —insistió Manolo, sin duda interesado en mi éxito pero también en el favor que recibiría de GR si yo resultaba un buen fichaje.

—Dime —contestó el presidente, más pendiente de las pochas o de no ensuciarse la camisa que de otra cosa.

Manolo me había contado que GR siempre se ponía la servilleta bien asida al cuello de la camisa para mantener impecable su apariencia. Y luego dicen de las mujeres, pero meses más tarde me enteré de que el presidente pasaba más horas en el sastre que yo en la modista y que también gastaba mucho más en trajes de lo que yo he osado jamás. Mientras siempre he procurado ir de Zara o de alguna marca popular española, GR viajaba a Saville Row, en Londres, un par de veces al año para hacerse a medida los trajes que tanta planta y autoridad le daban. Igual, a mí me habrían ido mejor las cosas de haber intentado parecerme más a Carla Sarkozy que a Hillary Clinton o Angela Merkel.

—Trabaja como una mula —le dijo Manolo a GR ese día en el Manduca.

—Como todas las mujeres —intercedió el presidente, todavía sin mirarle.

—Pero esta, a diferencia de las demás, lo hace bien y con sentido y estrategia —insistió Manolo, según me contó.

—Ah —musitó GR levantando por fin la mirada y expresando interés.

Manolo era un artista.

—En tres años se ha metido al personal de Administraciones Públicas en el bolsillo y creo que podría hacer lo mismo con el público general, creando oportunidades para conseguir medallas de las que lucen; de las que ganan votos.

—Cuenta —respondió GR, masticando la última pocha y mirando con impaciencia al camarero, pues esperaba su solomillo habitual.

Manolo, que siempre tuvo el don de la oportunidad, esperó a que llegara el segundo plato para dar más sabor a la propuesta. Siempre me recordaba lo que ya dijo Cervantes hace siglos: «Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures: espera sazón y coyuntura para negociar; no vengas a la hora de comer ni a la del dormir, que los jueces son de carne y de hueso y han de dar a la naturaleza lo que la naturaleza les pide».

Es un consejo que siempre he seguido y que Manolo aplicó ese día, esperando a que GR se hubiera comido al menos medio solomillo antes de continuar.

—La tía ha cambiado horarios, puesto una guardería, introducido un flexitiempo para madres, ha fijado un máximo de una hora para reuniones, ha dado una semana sabática como premio a un aumento de productividad y hasta ha lanzado un programa de bonus… —le replicó.

—Algunas cosas son interesantes, pero lo de los bonus… —enseguida objetó GR—. Un presidente de izquierdas no puede ponerse a dar bonus, por Dios.

—Pues ella ha podido —respondió Manolo bajando la voz, apoyando las manos sobre la mesa, dejando de lado el solomillo que él también había pedido—. Se ha reunido con todo quisqui, les ha preguntado qué querían y necesitaban para ser más productivos, les ha dado listas de objetivos bien consensuadas y si los alcanzan pueden coger o una semana más de vacaciones o medio mes de paga extra. ¡Los tiene a todos a sus pies!

GR seguía enfrascado en el solomillo. Aun así y con la boca llena, preguntó sin dejar de mirar al plato:

—¿Es guapa?

—Lo suficiente —remarcó Manolo, rápido, neutral.

(Esa nunca se la he perdonado).

—Y ¿qué quieres que haga con ella, que le dé un bonus?

Manolo sonrió. Esa sonrisa con luz que me ha cautivado desde que le conocí cuando él era ministro y coincidimos en una reunión en Administraciones Públicas, cuando yo acababa de entrar y solo tenía un puesto técnico en el departamento de gastos. Según me contó meses después, esta fue su respuesta al presidente:

—Te vienen tiempos difíciles, GR. Se nos avecina una bien gorda y en Economía vas a necesitar alguien con mucho fuelle, con don de gentes. Y con mucha comprensión y empatía, alguien que conecte bien con el público. Si no, lo que viene se te puede llevar por delante. A ti, al partido y a todos.

El presidente aparcó el solomillo y miró a Manolo. El consultor no solía equivocarse y GR lo sabía.

—¿A qué te refieres?

Manolo esperó a que el camarero rellenara las copas de vino y luego continuó, casi susurrando.

—Estamos en plena burbuja y la cosa va a petar muy pronto, y muy fuerte. Mal asunto.

GR dejó el tenedor sobre el plato y le miró durante unos segundos. Casi inmediatamente volvió a asir el tenedor para pinchar un trozo de solomillo y llevárselo a la boca como si nada.

—Pero si no hay casi paro, bueno, lo de costumbre, pero no más —dijo el presidente, tranquilo, mientras masticaba—. La economía va bien y el consumo y la industria van tirando.

—Sí, a base de deuda, deuda y más deuda —replicó Manolo—. Eso durará hasta que los bancos no den más de sí, empiecen a perder sus propias líneas de crédito y cierren el grifo a los demás. No es broma. Ya pasa en otros países; habrás visto el banco inglés que quebró el otro día y que tuvieron que nacionalizar a toda prisa.

GR asintió, pero no tardó en responder.

—Nuestros bancos y cajas tienen una salud envidiable —dijo en tono defensivo y de nuevo dejando el tenedor sobre el plato.

Manolo guardó un breve silencio.

—Tú sabes tan bien como yo que eso no es verdad —le dijo sosteniéndole la mirada—. La Caixa gallega, por ejemplo, ha cuadriplicado su volumen de préstamos en tan solo dos años. La gente se ha vuelto loca.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo sigo; soy consultor y tengo contactos, por eso me pagan.

GR miró a su alrededor. Estaban en un espacio público nada adecuado para una discusión de ese nivel y el presidente parecía más preocupado por la falta de discreción del lugar que por lo que Manolo le estaba contando. No dejaba de mirar, ansioso, a ambos lados. Su pelo, negro azabache cuando había llegado al poder tan solo hacía dos años, estaba ahora medio cubierto de canas. La cara exhibía grandes ojeras y parecía que el traje de Saville Road le viniera hasta grande. En cuestión de pocos meses había perdido peso y mucho color. Hacía tiempo que no se le veía esa sonrisa tan sugerente que había conquistado a la mayoría femenina que le votó, dándole la victoria en las elecciones. Los hombres fueron más indulgentes con la corrupción y, según las encuestas, muchos conservadores habían vuelto a votar a su partido. No así las mujeres, que en gran medida se cambiaron de chaqueta al estallar el escándalo de financiación ilegal. Algunas, eso sí, solo se pasaron al socialismo por el encanto personal y las sutiles maneras del candidato.

Lejos de ese embeleso inicial, ese día en el Manduca GR parecía abrumado por los problemas, incapaz de absorber uno más, especialmente el que Manolo le estaba apuntando.

—La mayor prueba de que la cosa se pone fea es la marcha de Pedro a Washington —dijo el consultor—. Pedro, ya sabes, siempre se lava las manos y estos tiempos son muy buenos para escaparse. Estamos en la cima de la montaña y, a partir de ahora, todo lo que viene es cuesta abajo. Pon a una mujer que te amortigüe la caída. O, si es posible, que te salve el culo si las cosas se ponen verdaderamente feas. Créeme que sé lo que te digo.

—Y ¿si la cosa empeora con ella porque no da la talla? ¿Qué experiencia tiene? —preguntó el presidente, por fin interesado.

—La misma que Pedro tenía al llegar: ninguna.

—Pedro tenía…, no sé cómo decirlo…, planta…, un cierto aire que inspiraba confianza —refutó GR ante la sorpresa de Manolo.

—Un presidente de centro-izquierda no debería hablar así… —le advirtió Manolo—. Recuerda que las mujeres siempre se quejan de que a ellas solo se las promociona una vez demostrada su valía, mientras que los hombres solo tienen que «aparentar» potencial para subir. Y no olvides lo que las mujeres han hecho por ti; te hicieron presidente.

—Sí, lo sé —contestó GR con cierta displicencia, como si aquel hecho fuera una losa de la que no se podía desprender—. Pero Pedro había presidido el Instituto Nacional de Hidrocarburos antes.

—Y ya me dirás tú para lo que sirve eso. ¿Cuándo fue la última vez que ese organismo hizo algo de relevancia?

GR bajó la mirada.

—Además, Pedro nunca toma decisiones —continuó Manolo—. Al menos esta es expeditiva, seria y está limpia, no tiene antecedentes de corrupción; es buena chica, la conozco bien. Y joven.

GR alzó una ceja.

—¿Cuántos años tiene?

—Acaba de cumplir cuarenta y dos.

—¿Familia?

—Casada con un chico normal. No hay divorcios, aunque tampoco hijos.

—Me van mejor con familia, sobre todo si tienen que promulgar medidas sociales.

—Pues ella ha hecho más por las familias de su Ministerio que todos los gobiernos de la democracia juntos. Además, así podrá dedicar más horas.

—Cierto —dijo GR, levantando una ceja—. Estoy harto de trabajar con mujeres que desaparecen a las seis de la tarde o que llaman cada dos por tres diciendo que están enfermas cuando en realidad solo buscan más tiempo para estar con sus hijos. Es un verdadero problema —dijo el presidente, dando un buen trago del Matarromera.

Manolo no supo cómo responder a tan brutal comentario, por lo que permaneció en silencio.

GR suspiró y le miró directamente a los ojos.

—¿Cómo se llama?

—Isabel San Martín.

Manolo siempre me recuerda cómo al presidente le brillaron los ojos al oír mi nombre.

—La conozco. ¿Una morena de ojos negros, no muy alta pero con un buen cuerpo, un poco como una mozarrona del norte, con una voz grave y mucha seguridad?

—Esa misma, de Pamplona, como yo. ¿La conoces?

El presidente pareció animarse.

—¡Sí! —exclamó quitándose la servilleta que todavía le colgaba del cuello—. Ahora que lo dices, estuve hace un año o así en una reunión de trabajo en Administraciones Públicas y me impresionó. Detecté un ambiente sano, participativo, muy buenas vibraciones. Ostras… —dijo pasándose sus gruesas manos por la cabeza—. Según recuerdo, personalidad no le falta, eso está claro. —GR se quedó pensativo durante unos instantes; luego continuó—: Sí, es buena chica, sí —dijo—. Igual demasiado. ¿Y si se la comen?

Manolo recobró la frialdad del consultor.

—Pues te la cargas y la culpas a ella de la crisis —le contestó.

(Otro comentario que no le he perdonado nunca, por más que me haya asegurado repetidamente que lo dijo para ayudarme).

—Hombre, pero cómo eres… —respondió GR, que siempre había vendido muy bien su lado humano.

—En la política y en el amor…

GR miró al suelo y luego a Manolo, sonriendo con cierta complicidad.

—Es una gran mujer, no me cabe la menor duda —dijo el presidente—. Me recuerda mucho a esa tía de Ocho apellidos vascos con el flequillo cortado con un hacha… Muy directa; con un buen par de cojones —añadió convencido.

Los dos hombres se echaron a reír, según me explicó Manolo, quien no tardó en cerrar la conversación al ver que tenía a GR casi en el bolsillo.

—Si quieres, organizo una pequeña reunión.

GR accedió con un suave movimiento de cabeza.

—¿El lunes a las nueve de la mañana en Moncloa? —sugirió Manolo, decidido a no perder la oportunidad.

—Hecho.

Y así fue como llegué al poder hace dos años, gracias al encanto de mi flequillo, aparentemente cortado a hachazos, pero que me negué a cambiar durante mucho tiempo por más que los asesores de prensa e imagen del Ministerio se horrorizaran al verme.

La historia, que Manolo repite a menudo por considerarla una de sus mejores victorias, todavía no sé si me hace reír o llorar. Sí me hizo acordarme, esa noche preelectoral, de Victoria Kent, a quien Alcalá-Zamora también nombró para dar color a su gobierno y, sobre todo, para absorber críticas. ¿Qué mejor que una andaluza vistosa y moderna con ganas de mejorar el país para atraer la atención y los ataques de la prensa y la oposición? Centrar la atención en ella dejaba libres a los demás miembros del gobierno republicano, permitiéndoles esconder su propia inactividad o hasta negligencia. Mi nombramiento obedecía a razones similares.

No nos engañemos: en los gobiernos, sobre todo de este país, las mujeres siempre han ejercido el papel de floreros (notas de color para distraer) o bien de espantapájaros (dianas fáciles para las críticas). Siempre instrumentalizadas, siempre con las de perder.

Yo misma estuve a punto, muy pero que muy cerca de perder, no solo el poder, sino también todo lo que siempre soñé, todo por lo que tanto trabajé y me sacrifiqué durante tantos años. Pero ahora, con un poco más de perspectiva, me doy cuenta de que la única responsable de haberme encontrado en una posición tan vulnerable fui yo misma. Había centrado mi vida única y exclusivamente en mi trabajo como ministra y, luego, en las elecciones, había dejado de lado cualquier alternativa a la política, además de no prestar ninguna atención a mi matrimonio. Me lo había jugado todo a una única baza: esas elecciones.

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3

Solo el hecho de presentarme a unos comicios me llenaba de orgullo y de esperanza. España había avanzado mucho desde la muerte de Franco, sobre todo en cuanto a adquirir un nivel de vida más próximo al de nuestros vecinos europeos, pero todavía quedaba mucho por hacer, sobre todo en cuanto al paro y en cuanto a la igualdad de las mujeres. Por eso mi equipo y yo centramos en esos dos temas la campaña, no solo la electoral sino también la que realizamos dentro del partido.

Conseguir el liderazgo del principal grupo de izquierda había costado menos de lo que yo me esperaba, quizá porque tanto el país como los miembros de la Ejecutiva del partido tenían hambre de cambio y de ver caras nuevas, una propuesta diferente. Estaba ya todo el mundo harto de tanto varón de mediana edad, provinciano y superior.

Yo enseguida puse las cartas sobre la mesa e hice una apuesta clara por la educación como auténtico motor de riqueza y por la igualdad de todas las minorías, sobre todo de las mujeres. La propuesta conectó bien con todo el público que no es un hombre entre cuarenta y cincuenta años, es decir, la mayoría de personas, algo increíble si pensamos que el país está precisamente construido por y para ellos.

Los miembros más jóvenes y mayores de la Ejecutiva, con GR a la cabeza, se sumaron enseguida a la idea de modernidad que abanderé, dejando en minoría a Mario, mi contrincante, ministro de Industria en el gabinete de GR. Aunque al principio nunca creí que le pudiera arrebatar el liderazgo del partido, por personificar el candidato clásico de siempre, con el tiempo me di cuenta de que tan solo se trataba de un cuarentón mediocre de sonrisa de plástico, sin ideas nuevas y a quien solo le faltaba el rosetón de papel en la solapa en plan elecciones americanas: mucho globo y papelito de colores pero, a la hora de la verdad, poca sustancia.

Durante la campaña experimenté un proceso similar. Al principio, entusiasmada como estaba por haber logrado la candidatura, creía que solo el hecho de presentarme era suficiente. La ambición de ganar no me hervía por dentro y, además, nunca pensé que alguien como yo, con todos mis defectos, pudiera, o incluso debiera, llegar a la presidencia del gobierno. ¿Quién? ¿Yo? ¡Imposible! Desgraciadamente así piensa la mayoría de mujeres ante los grandes retos.

Pero a medida que avanzaba el mes de campaña, me di cuenta de que mi oponente conservador, Jesús Aguado, era tan mediocre como yo e incluso tenía menos ideas —o si las tenía, se las callaba—. Al final entendí lo que Einstein tan acertadamente acuñó hace más de medio siglo: todo es relativo. Nadie es tan grande ni tan genial (salvo los escasísimos genios y esos no se dedican a la política, sino a ganar dinero, a la música o al deporte). Para los terrenales basta con ser un poquito mejor o tener más ganas que los demás. En las reuniones, por ejemplo, cuando no aportar ideas originales o soluciones creativas me preocupaba, aprendí a observar el nivel de comentarios de los demás para darme cuenta de que no tenían nada de espectacular. Aprendí a ponerme el mismo baremo que ponía a los demás. Sin duda, una de las decisiones más acertadas de mi vida.

Una vez me di cuenta, a media campaña, de que ganar no era totalmente imposible, pedí a Manolo que me ayudara a diseñar una estrategia para la recta final. Él accedió encantado y me organizó reuniones de emergencia con empresas, asociaciones, sindicatos, periodistas, artistas, maestros, pensionistas, amas de casa, catalanes, vascos, andaluces, prostitutas, hasta top models. Escuché más que hablé, apuntándolo todo en un centenar de pequeñas libretas (que luego se hicieron famosas), por lo que estos agentes sociales me recibieron con los brazos abiertos. Para que se sintieran más importantes, y para demostrar que les quería ayudar y estaba de su parte, no les recibí en mi despacho, sino que fui a visitarles adonde fuera. Me personé en mercados, escuelas, centros comerciales, fábricas, torres de cristal, campos de cultivo… de todo. Y por supuesto no solo en Madrid, sino que en apenas dos semanas me recorrí medio país, desde las rías gallegas hasta los pueblos más recónditos de los Pirineos, pasando por los abrasadores campos extremeños, el Levante agradable o el frío pero acogedor norte. Les traté a todos del mismo modo, con sumo interés y, sobre todo, de igual a igual, algo que, tal y como no dejaban de repetirme, no habían visto nunca en ningún político.

Ese apoyo y la publicidad que me ofrecieron después de cada reunión me dieron gran confianza, sobre todo en los últimos días de la campaña, cuando por primera vez empecé a creerme que podía ganar. Algunas noches incluso soñé con la victoria, algo que no me había pasado nunca, pero que, en el fondo y en secreto, empecé a disfrutar. Nunca había sido competitiva, pero el hecho de haber dejado atrás a Mario en la batalla por la candidatura del partido y a mi rival conservador en las encuestas me producía un placer que si bien al principio me pareció algo egoísta, se convirtió después poco a poco en un sentimiento más natural que dejó de incomodarme. Al fin y al cabo, la idea de ganar reforzaba el sentido de mi trabajo y en el fondo me hacía sentir más importante. Y eso, claro, me gustaba.

Con esa seguridad creciente llegué al último día de campaña, ese viernes, dispuesta a rematar un intensísimo mes de trabajo con un buen debate televisivo, que seguramente serviría para decidir el voto de los miles de españoles todavía indecisos.

Con Manolo y el resto del equipo habíamos dedicado horas a preparar bien los temas y mensajes que queríamos transmitir durante la emisión. A esas alturas, lo más importante era no meter la pata, decir dos o tres cosas claras, y sobre todo aprovechar cualquier ocasión para desmontar los argumentos de mis dos contrincantes. Mi apuesta era presentarme como la opción del cambio y del sentido común, y como la alternativa más cercana a la gente y a sus problemas diarios.

Todo parecía estar en orden hasta que pocas horas antes de acudir al debate recibí una llamada que no esperaba. Estrella me la pasó porque se trataba de José Antonio Villegas, mi antiguo director general. No habíamos hablado desde que hacía un mes había decidido no renovarle el contrato con el Ministerio ya que había vetado la entrada de un fondo de inversión extranjero a España a mis espaldas, aprovechando uno de mis viajes a Bruselas. Aquello terminó con la paciencia que había tenido con él durante los casi dos años que trabajamos juntos. Pero lejos de que su precipitada salida del Ministerio le causara ningún daño, el muy listo ya se había colocado como consejero de HSC, el mayor banco del país, con lo cual supuse que ese cargo ya lo tenía apalabrado desde hacía tiempo. Estrella le conocía bien, por lo que sin pensar más me pasó la llamada.

—Candidata, ¿cómo está? —dijo en su tono grave, educado y superior habitual.

—Qué sorpresa —contesté intentando disimular mis pocas ganas de hablar. Nunca me había fiado de José Antonio y ahora, una vez que había conseguido quitármelo de encima, quería poco contacto con él.

—Como supongo que estará muy ocupada, iré al grano —dijo. No contesté y aprovechando mi silencio él se apresuró en continuar—. Como sabe, presido una filial del banco HSC que ofrece servicios de telefonía por internet. —No lo sabía. Creía que había conseguido un puesto en el consejo, o igual combinaba las dos actividades. Guardé silencio mientras, resignada, pensaba cuán rápido siempre se colocan los hombres. Siguió hablando—. Con la confianza que me da haber trabajado con usted —empezó, mientras yo ponía los ojos en blanco—, me gustaría proponerle un acuerdo entre nosotros y el nuevo gobierno para dar conexión rápida a las niñas con mejores notas del país, el diez por ciento con mejor rendimiento escolar —propuso.

Pensé un instante.

—Me parece una buena idea, y en caso de ganar, la estudiaremos —respondí, convencida de que lo mejor era darle largas. Sencillamente no quería nada con él.

Pero al cabo de unos segundos me dije que ser presidenta, del mismo modo que ministra, implicaba dejar lo personal a un lado y centrarse únicamente en lo que era mejor para el país. Además, cualquier paso por parte de un banco tan importante como HSC por ayudar a los escolares merecía como mínimo una consideración. Solo había una cosa que no me cuadraba.

—Pero ¿por qué solo a las niñas y no a todos los alumnos con mejores notas? —José Antonio respondió rápido.

—Después de una campaña tan profeminista como la suya, creímos que un plan para ayudar a las futuras mujeres líderes, ya desde pequeñas, sería de su agrado —dijo en un tono falsamente simpático.

—Me parece estupendo ayudar a las niñas pero ya tenemos proyectos de programas escolares de liderazgo para ellas, gracias —respondí—. Como le digo, me parece una buena idea, pero sin discriminar.

José Antonio insistió.

—Nos encantaría poder ofrecérselo a todos, pero también queremos participar en esta oleada de igualdad que parece haber invadido el país, así que nos encantaría llegar a un acuerdo —dijo, sorprendiéndome porque la insistencia no era propia de su estilo—. Desgraciadamente no podemos ofrecer ese descuento a todos y hemos pensado que su potencial gobierno siempre favorecería a las niñas antes que a los niños, ¿no?

—Por supuesto —afirmé—. Las niñas parten con desventaja y hay que intentar ayudarlas. Pero insisto en que eso no significa en absoluto discriminar a los niños de ningún programa.

—Bueno —concluyó repentinamente en un tono más alegre—. Entiendo su posición y gracias por su tiempo. Mucha suerte el domingo y si gana, la volveré a llamar para intentar llegar a un acuerdo.

Después de una fría y breve despedida, colgué el teléfono y miré por la ventana del despacho. Aquella llamada me había parecido algo extraña, pero tenía tantas cosas que preparar antes del debate que decidí, como siempre me repetía a mí misma, solo mirar hacia delante. Lo entendí todo unas horas más tarde.

Llegué a los estudios de Televisión Española antes que mis rivales, pues la puntualidad siempre me ha parecido una manera de empezar con ventaja, o al menos sin desventaja. Al poco tiempo llegaron los otros dos candidatos, a quienes saludé sobriamente con un flojo apretón de manos y sin mirarles a los ojos. Ellos tampoco me miraron de manera directa. Supongo que en el fondo los tres queríamos marcar las distancias, por lo que pudiera pasar después. No estábamos allí para hacer amigos, sino para ganar unas elecciones venciendo a la oposición.

Por suerte, esas eran ya las séptimas elecciones generales desde la dictadura, con lo que la bienvenida y los protocolos con los tres candidatos antes de arrancar el debate fueron más bien discretos. Muy lejos quedaban ya esas entrevistas tan acartonadas, cronometradas y predecibles de los años noventa.

Nos condujeron enseguida al plató principal y nos colocaron a cada uno detrás de los atriles altos y minimalistas que habían dispuesto. A mi derecha tenía a Jesús Aguado, líder conservador, trajeado de azul pero con una corbata horriblemente rosa, y al otro, a Melchor Garriga, candidato de un partido alternativo radical, vistiendo vaqueros, camisa de cuello de payés, chaleco que parecía hecho a mano, y su habitual cresta, ese día menos puntiaguda que de costumbre. Yo había elegido un traje de chaqueta verde oscuro, sobre una camiseta blanca, después de que mis asesores me dijeran que el verde siempre da esperanza.

Respiré hondo y me sentí fuerte, llena de confianza. A un lado tenía a un dinosaurio político sin nada nuevo que aportar y al otro, a un crío que estaba allí gracias a Facebook y que ni él se creía hasta dónde había llegado. Claro que les podía ganar.

En silencio escuchamos la cuenta atrás, la música de bienvenida y yo, siguiendo al pie de la letra las indicaciones recibidas, miré sonriente a la cámara nada más encenderse el piloto rojo.

Como esperaba, el moderador dio primero la palabra a Jesús, supongo que porque los conservadores le ficharon como estrella de la televisión pública antes de que GR llegara al poder (y que extrañamente mantuvo el puesto durante un mandato de izquierdas. Supongo que debido a más favores).

—Nosotros proponemos una España para todos y no solo para unos cuantos —dijo Aguado mirando a la cámara. De repente, y ante mi sorpresa, se volvió hacia mí—. El partido conservador cree en un país plural que se centre en los hombres y las mujeres, no solo en las mujeres como el Partido Socialista. Y si no, escuchen.

Ante la estupefacción de todos, Aguado se sacó del bolsillo interior de la americana un móvil de última generación. Pulsó una tecla para que todo el mundo pudiera oír, alto y claro, parte de mi conversación con José Antonio tan solo unas horas antes, y por supuesto totalmente sacada de contexto: «Hemos pensado que un gobierno suyo siempre favorecería a las niñas sobre los niños, ¿no?», decía la voz de José Antonio, a la que siguió la mía: «Por supuesto. Las niñas parten en desventaja y hay que intentar ayudarlas».

Se quedó mirando a la cámara con una sonrisa cínica que me revolvió el estómago. Empecé a inquietarme, pero intenté no perder un segundo pensando en la maldad de José Antonio para centrarme en una respuesta. Justo cuando me disponía a contestar, el moderador se me adelantó, diciendo que no era mi turno, sino el de Melchor.

—Pero… —fue cuanto pude decir.

—Señora San Martín, no se impaciente —me cortó el moderador, paternalista.

Por educación, respeté su palabra ya que lo último que me convenía era enfadarme delante de las cámaras dos días antes de las elecciones. Había que mantener la calma.

Melchor, no tan solidario conmigo como con los miles de personas a quienes prometía ayudar, quiso beneficiarse de ese golpe y apuntó que solo la extrema izquierda había abanderado siempre la lucha por la igualdad, no solo entre clases sino también entre sexos. El comentario no debió de agradar a Aguado, quien enseguida alzó la mano para indicar al moderador que deseaba replicar, lo que le fue concedido. Eso implicaba saltar mi turno. Ya casi llevábamos cinco minutos en antena y yo todavía no había abierto la boca. Había llegado el momento de tomar la palabra, aunque no me la dieran.

—Disculpen, pero creo que me toca hablar —dije intentando mantener las buenas formas, pero supongo que sin poder esconder el hecho de que aquel ostracismo me había incomodado. Me estaba jugando unas elecciones y no me iba a dejar pisotear.

—Tranquila, señora San Martín, justo ahora le iba a dar la palabra —me indicó el moderador.

—Yo estoy muy tranquila —repliqué—. Pero es mi turno, ¿o no?

—No hace falta ponerse agresiva. Pero hable, señora San Martín, hable… —dijo el presentador con displicencia.

Intenté no caer en la provocación y expliqué la conversación con José Antonio, la falta de contexto de la grabación, e insistí que en mi gobierno, niños y niñas tendrían las mismas oportunidades.

—¿Conoce usted bien a José Antonio Villegas? —me preguntó el moderador.

—Por supuesto, fue mi colaborador durante mi etapa como ministra —dije, esforzándome por ser neutral y por disimular mi monumental cabreo con José Antonio. Menuda jugarreta me había hecho el muy hijo de puta. Me las pagaría.

—¿Cómo describiría su relación profesional con él?

—Correcta. —Mentí, ¿qué más podía decir en público?—. Durante su etapa en el Ministerio siempre se portó de manera muy profesional; fue un buen miembro de un equipo que consiguió muchas cosas —afirmé.

—Muchas gracias, candidata —me interrumpió el moderador, justo en un momento en el que parecía que yo adoraba a José Antonio, lo que por supuesto me molestó.

El debate pasó a un plano más personal en el que nos preguntaron por nuestra infancia y nuestras aspiraciones. Aguado y Melchor contaron historias parecidas de liderazgo y representación ya durante su infancia, mientras que yo me centré en el ascenso y la adquisición de responsabilidades como consecuencia de haber logrado proyectos y objetivos.

—O sea, que usted ha subido peldaños basándose en la ambición —resumió el moderador antes de dar paso a la siguiente pregunta. Esta vez le corté yo, harta ya de su trato.

—¿Ambición? —le pregunté—. La misma, o quizá menor, que la de mis contrincantes aquí presentes —dije, mirándoles a los tres—. ¿O está usted sugiriendo que mi presencia aquí es por ambición mientras que para ellos es algo más natural?

El moderador me miró con fuego en los ojos, como si no pudiera creer que me estuviera plantando.

—No se ponga así, señora San Martín, no se lo tome como algo personal —dijo, intentando desdeñarme.

—¿Personal? —respondí con rapidez—. ¿Lo de «subir peldaños basándose en la ambición» no era en alusión a mí? Pues entonces es bastante personal, ¿no?

Melchor intercedió, seguro que pensando que había llegado el momento de eliminar a uno de los contrincantes.

—La señora San Martín siempre es muy clara y directa —dijo en tono resabido y girándose hacia el moderador.

Le miré seguramente con los ojos encendidos. ¿Qué se había pensado ese crío treintañero para quien la política no era más que un juego?

—Y ¿eso es malo? —le espeté. ¿Qué sabía él de la vida? Me sonrió con displicencia y sentí un revoltijo en el estómago, pero no me iba a acobardar, y mucho menos delante de aquellos tres representantes de un mundo que no existía más que en sus mentes. Así el atril con las manos, levanté la cabeza y miré a Melchor fijamente—. Para los que nos hemos labrado el camino nosotros mismos sin la ayuda de nadie, la única manera de avanzar es haciendo, diciendo y pidiendo las cosas claras —continué sin dejar de mirarle. Por mucha cresta y vaqueros que llevara, Melchor era hijo de un inspector fiscal de Valladolid más que bien acomodado y nieto de un delegado del gobierno en Castilla y León durante los tiempos de Franco. De hippy tenía poco.

Sin darme tiempo a continuar, Aguado tomó la palabra, supongo que por solidaridad de género hacia Melchor y por supuesto para neutralizarme a mí.

—Sí, sí, ya hemos visto cómo usted se ha sabido buscar apoyos a la velocidad de la luz —dijo a la cámara, sin dirigirse a mí—. La señora San Martín se ha pasado las semanas previas a estas elecciones reuniéndose con casi todas las asociaciones de España, como si ganarse la confianza de las personas fuese solo cuestión de apuntar problemas en una li-bre-ti-ta —recalcó empleando un tono sarcástico en la última palabra, lo que me hizo fruncir el ceño. Continuó—: La señora San Martín siempre quiere ir muy deprisa, como si gobernar fuera tan simple como comprar ladrillos y ponerlos unos encima de otros a toda celeridad. —Se detuvo para aumentar la atención del público y levantó el dedo índice con superioridad, como si estuviera a punto de hablar desde un púlpito—. Nosotros, los partidos más establecidos que proponemos programas más sensatos —continuó—, sabemos que la política es más compleja de lo que parece y por eso llevamos décadas trabajando por mejorar nuestra conexión con el público, a quien conocemos sustancialmente mejor que la señora San Martín, que apena

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