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Hoy, 19 de abril de 2021, el periódico digital elDiario.es comienza a publicar una serie de artículos sobre la querella penal de Íñigo a Fernando en un juzgado de Madrid. Vozpópuli, a su vez, lo resume en una frase: «La guerra de los Ramírez de Haro por la herencia familiar llega a los tribunales».
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533 años y 224 días antes, el 7 de septiembre de 1487, el Rey posó su espada sobre la cabeza de su vasallo y proclamó: «Dios vos faga buen caballero y el Apóstol Santiago».
Y para colmarle de mercedes le otorgó el título de: «Señor de Bornos».
El rey era Fernando de Aragón, y el nuevo caballero, Francisco Ramírez, de Madrid, más conocido como el Artillero. Un mes antes este Capitán Mayor había utilizado astutamente la gran novedad armamentística en Europa, la artillería, para hacer explotar las torres que protegían Málaga. La ciudad mora desde hacía siete siglos y setenta y seis años, asediada durante los seis meses anteriores, se rindió finalmente a la Corona de Castilla. Esta fue la última gran batalla entre musulmanes y cristianos previa a la entrega de las llaves de Granada por Boabdil, que ocurriría menos de cinco años más tarde.
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Para entrar en la Universidad de Brandeis, Massachusetts, Estados Unidos, en febrero de 2012, el último de los Ramírez de Haro escribió en su escrito de presentación:
Estaba confundido porque mi identidad estaba escindida por el antagonismo entre mis dos orígenes familiares. En común, yo solo tenía que mis antepasados, por un lado, estuvieron involucrados en la expulsión de España de mis antepasados por el otro lado. Llevo la sangre de ambos: la de la nobleza inquisitorial española y la de sus víctimas judías. De hecho, el título nobiliario que un día heredaré de mi padre fue concedido por la reina Isabel la Católica en 1504, la misma que firmó el Decreto de Expulsión de 1492. En mi infancia tenía una doble vida: encendía las velas de Shabbat con mis abuelos maternos los viernes por la noche; y cazaba jabalíes en las fincas de mis abuelos paternos los domingos.
En 1492, el Annus mirabilis de la Corona de Castilla —una rendición, una expulsión y un descubrimiento—, nacía también el primer Fernando Ramírez: hijo de una criada de la reina Isabel, Beatriz Galindo, de sobrenombre la Latina —la que posteriormente daría el nombre al barrio castizo madrileño— y aparentemente por parte de padre, de Francisco Ramírez. Unos meses antes, los reyes católicos, todavía no nombrados Reyes Católicos por el Papado, los habían casado precipitadamente en Granada, cubriéndolos de mercedes, mientras se festejaba con antelación la próxima capitulación de Boabdil. El viejo artillero rozaba los cincuenta años y la joven sabia salmantina, profesora de latín de la reina y de las infantas, tenía apenas veinticinco. El auténtico padre del nuevo niño, del que tomó el nombre propio de Fernando, no sería otro que el mismísimo rey, Fernando de Aragón. Si por un lado no existía mayor honor que descender de sangre real, por el otro, había que esconder la vergüenza social de ser bastardo.
Pero esa «mancha» materna de la bastardía no sería la única en el nuevo linaje: Francisco Ramírez era hijo de Juan Ramírez, escribano de dos reyes de Castilla, Juan II y Enrique IV. A nadie se le escapaba que la labor de «escribano» la habían ocupado tradicionalmente los judíos, y desde los pogromos de 1391, los conversos. La doble «mancha» se constituiría en rasgo de identidad de la familia, tanto como el nombre de «Fernando».
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Nunca pudo imaginarse Fernando Ramírez de Haro, actual XVI conde de Bornos, cuando casó el 1 de octubre de 1974 con Esperanza Aguirre que al cabo de unas décadas se producirían dos hechos que le cambiarían la vida: su mujer se convertiría en una de las políticas más polémicas de la joven democracia española; y el 30 de octubre de 2006, unos periodistas poderosos conseguirían que el Parlamento español aprobase la ley 33 sobre la igualdad del hombre y de la mujer en el orden sucesorio de los títulos nobiliarios. Para amargura y desgracia suya, y de sus padres aún vivos, Fernando había nacido el primogénito varón, pero no el primogénito absoluto. Tenía una hermana mayor. La primogenitura estaba pues en entredicho.
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En la primavera de 1578 un ya envejecido Diego Ramírez de Haro de cincuenta años, «El de las Grandes Fuerzas», por su descomunal constitución, se batía en duelo con el enclenque de su cuñado, Beltrán de Guevara. Era el primer Ramírez de Haro con el apellido compuesto desde que su padre, Fernando —el hijo bastardo de Fernando el Católico—, muerto prematuramente cuando Diego solo contaba nueve años, lo engendrase con Teresa de Haro, de la familia de Diego Lope de Haro, fundador de Bilbao.
Como una excepción de proporciones históricas, fue Diego el único Ramírez de Haro que dejó para la posteridad una creación literaria: El Tratado de la brida y jineta, que se estudia aún hoy día en las escuelas de tauromaquia, donde plasmó por escrito su larga experiencia como uno de los grandes toreros de la época, héroe de capa y espada, y modelo de la comedia de Agustín Moreto El lindo Don Diego. Al corpulento nieto putativo del Artillero y de la Latina, hijo y nieto de Fernando, vencedor en cientos de lides y desafíos tan legendarios como rocambolescos para mayor admiración de la sociedad de su tiempo, ese día de 1578 se le fue el santo al cielo, y se confió fatalmente ante un rival tan insulso. Aprovechó su cuñado la distracción para atravesarle el pecho con la espada y, a las pocas horas, lo acompañaría también a su última morada. Pero al fallecer en pecado mortal —los duelos estaban prohibidos tanto por la Iglesia como por la Monarquía—, iría muy seguramente al infierno, lugar que tal vez no le desagradaría en absoluto, ya que toda su vida fue el tipo de buen vividor que haría suya la máxima de su coetáneo, Nicolás Maquiavelo: «Yo quiero ir al infierno, no al cielo, donde solo podré encontrar mendigos, monjes y apóstoles. En el infierno, en cambio, estaré rodeado de papas, príncipes y reyes».
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Yo tenía once años en 1965, cuando los jesuitas del colegio de Chamartín donde estudiaba decidieron modernizarse. Se pondrían tan al día durante ese periodo revuelto del Concilio Vaticano II que cinco años más tarde, al finalizar mis estudios, casi todos mis profesores habían colgado los hábitos, en la mayoría de los casos, para poder ejercer libremente, y sin remordimientos, el sexto mandamiento. Pero en ese año 65, y siguiendo la tradición ilustre de jesuitas como Ferrán María Palmés y Vilella, que habían desarrollado en España el nuevo concepto científico de «test psicológicos», decidieron introducir en el colegio las versiones más modernas llegadas de Estados Unidos. Cogieron a los doscientos niños de mi curso y nos tuvieron durante varios días, como conejillos de Indias, inmersos en las pruebas de los «test» más sofisticadas del mercado. El resultado lo conocería unos días más tarde, en una llamada telefónica del sacerdote a cargo del proyecto, a mi madre.
—¿Señora de Ramírez de Haro? —preguntó el jesuita.
—Sí —respondió mi madre.
—Hemos hecho un test psicológico a todos los niños de segundo curso...
—Ah, ¡qué interesante...!
—Su hijo ha dado..., ¿cómo explicárselo exactamente?...
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No se quedaría corto para la Historia de España el periplo de otro Diego, ya del siglo XVII, el nieto homónimo del anterior citado, Diego Ramírez de Haro y Gaitán de Ayala, capitán de arcabuceros, héroe de la gloriosa Jornada del Brasil entre el 29 de marzo y el 1 de mayo de 1625, en que a las órdenes de Fadrique de Toledo expulsarían a los holandeses que habían osado tomar por sorpresa Salvador de Bahía unos meses antes. El mismo Lope de Vega le dedicaría unos versos encendidos de admiración en «El Brasil restituido»:
¡Cuerpo de tal! ¡Con qué furia, Matando, animando, hiriendo, Viene don Diego Ramírez!
¡Ea, famoso don Diego;
Que ya Madrid, vuestra patria...!
Fue en 1642, annus horribilis para la monarquía hispánica tras la derrota de los tercios de Flandes contra los franceses en Rocroi, tras la confirmación de la independencia de Portugal y tras las rebeliones de Andalucía y Cataluña cuando el rey Felipe IV, sin embargo, tendría todavía tiempo para otorgar al V señor de Bornos el título nuevo de: «Conde de Bornos».
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El 24 de junio de 1941, después de un intenso bombardeo, las primeras unidades de la Wermacht entraron en el pequeño Shtetl (pueblo donde la mayoría de la población era judía) de Horodziej en Polonia, hoy Bielorrusia. Dos días antes, a las 3:15 de la madrugada, comenzaba la invasión de la Unión Soviética con el despliegue de la Operación Barbarroja, en un frente de 1.600 kilómetros entre el mar Báltico y el mar Negro. Todos los judíos del Shtetl fueron obligados a abandonar sus hogares y posesiones para quedar aislados en un conjunto de casas cerrado y vallado a la salida del pueblo. Fue el pequeño «gueto de Horodziej». El 17 de julio de 1942, un año después de su encierro bajo condiciones infrahumanas, los alemanes sacaron a todos los judíos del gueto y, a las afueras del pueblo, a la vista de todos, les hicieron cavar una gran fosa, desnudarse, y con la ayuda de colaboradores locales, los asesinaron. Hombres, mujeres y niños cayeron bajo las balas combinadas de alemanes y de sus secuaces polacos y bielorrusos.
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Onofre Ramírez de Haro Lasso de la Vega, siendo Gobernador de Pamplona, además de VII conde de Bornos, Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos en la Guerra de los Siete Años (1756-1763), y posteriormente también durante los años de la independencia americana, no podía ni imaginarse que un siglo después, emparentarían sus descendientes con los de su coetáneo y amigo, Pedro de Alcántara Guzmán, XIV duque de Medina Sidonia.
Onofre y Pedro representan la cara y la cruz del reinado de Carlos III. Si el primero se mostró siempre fiel y orgulloso servidor del rey llamado «ilustrado» por sus admiradores; el segundo fue cayendo en la decepción, y progresivamente en la depresión, al comprobar cómo la supuesta «ilustración» de Carlos III se quedaría en agua de borrajas: una carcasa vaciada de contenido real. Del famoso «despotismo ilustrado» solo permanecería el sustantivo.
Para Pedro de Alcántara, el breve reinado de su hermano mayor y predecesor, Fernando VI, uno de los escasos reyes verdaderamente enamorados de su legítima esposa, sí podía calificarse correctamente de «ilustrado», al darse durante su reinado cierta tendencia a nutrirse de las reformas que provenían de Francia, pero por desgracia, su temprana muerte abortó cualquier posibilidad de cambio real en España.
Mientras el Ramírez de Haro escribía fríos informes militares y políticos a su Señor, acompañados de alguna que otra carta de adulación, el Guzmán resumía su visión de España en el magno discurso que escribió con motivo de su ingreso en la Sociedad de Amigos del País de Madrid en 1775, titulado: «Testamento Político de España». En este documento, el duque vomitaba toda su desilusión:
«Yo, la España Soberana... declaro ante Notario, la Historia; por testigos, el Tiempo y la Verdad; y por Albaceas y Ejecutores Testamentarios, el Engaño, la Ambición y la Ignorancia...
[...]
»Primeramente, dejo por atributo a mi Nación, el Don de Desgobierno... Mando que se destierre de mis Reinos la Justicia...
»Establezco en el carácter de mi Nación, la Soberanía, madre de la pereza y la ignorancia...
»Mando desterrar desde luego el mérito...
»Mando se destruyan las fábricas...
»Por lo que mira al comercio, no hay que asustarnos, pues se encargará a los extranjeros nos surtan de cuanto necesitamos...
»Viviremos en el trono de la ociosidad dando ley a estos miserables extranjeros, que, esclavos del interés y de su continuo afán, nos ofrecerán el fruto de sus desvelos...
»Para la Real Hacienda se nombrará un Ministro o Secretario que será de habilidad conocida para contar su provecho...
»Mando que se aumente el número de empleados en las administraciones para cuyos empleos escogerán a los Contrabandistas, que como conocedores de fraudes, no los podrán engañar...».
Esta descarnada y osada denuncia política parece seguir vigente con la misma actualidad casi tres siglos después en la España de hoy. Como era de esperar en mente tan brillante, Pedro de Alcántara sería delatado al Tribunal de la Inquisición.
—Antonia, léeme esto que me han mandado mis agentes —pidió Nuflo a su esposa.
Al Gobernador de Pamplona, Onofre Ramírez de Haro, para los íntimos Nuflo, le gustaba que, tras un día agotador de trabajo y antes de acostarse, su segunda esposa, Antonia, le leyese frente al fuego de la chimenea para relajarse. Sus lecturas se circunscribían, por supuesto, a los libros permitidos en el Index Librorum Prohibitorum, que promulgase a petición del Concilio de Trento por primera vez el papa Pío IV en 1564. Esa noche, tenía el gobernador la mosca detrás de la oreja, porque ya le habían contado que el Testamento Político de España, tal vez, no iba a ser de su agrado, y sabía, además, que el Medina Sidonia, en los últimos años, había estado desarrollando una actividad harto sospechosa: se carteaba con extranjeros como Locke, Diderot, Rousseau, Voltaire y otros ilustres reformadores del mismo estilo. Leía la fiel esposa Antonia:
«Confieso que soy deudor de dos Santos Institutos: el uno el Rosario y el otro la Inquisición, por cuyo medio veo propagada en mis Estados la verdadera Religión y la tranquilidad que toda Europa admira...
»[...] Declaro al Clero y Comunidades mis herederos legítimos dejando a su desmesurada ambición todo el ámbito de sus Dominios que sujetarán a sus leyes bajo el respetable título de Religión y Piedad. Es cierto que se agravarán mis Pueblos de la pobreza en que les constituyo, pero también les franqueo la deliciosa carrera de la Iglesia, por cuyo motivo se mirarán como depravados y heréticos los que propongan la limitación del Estado Eclesiástico...
»[...] Mando también que no se permitan más libros que el Breviario, para que no se canse la vista, y se quemen públicamente las Imprentas para que se perpetúe la ignorancia. Y en cuanto a la Ciencia, no se innove alguna cosa...
»Mando finalmente que si algunos edificios se conservan en España dignos de su atención como apreciables restos de antigüedad, se deshagan para emplearlos en chozas. A esto llamo aprovechar las piedras...»
—¡¡Basta!! —zanjó Nuflo.
Se dirigió a su despacho, sacó la pluma con los aparejos de escritura y redactó una acusación formal contra el duque dirigida a Su Majestad. El rey Carlos III, para evitar un escándalo mayor que concernía tan llamativamente al representante del ducado más antiguo de España, pero firmemente convencido de la necesidad de actuar con diligencia, autorizaría a Pedro de Alcántara, que había enviudado recientemente, a exiliarse a Francia, con una sola condición: que hiciera el viaje acompañado de un fraile que lo tuviese vigilado todo el camino. Pedro de Alcántara Guzmán, duque de Medina Sidonia, moriría a los pocos días cuando se disponía a cruzar la frontera, concretamente en Villafranca del Penedés, envenenado por el fraile. Nunca se confirmó quién dio la orden. A Onofre Ramírez de Haro, VII conde de Bornos, por los servicios prestados, el rey Carlos III le haría Grande de España.
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El 18 de julio de 1936 era el día en que el gobierno republicano surgido del Frente Popular, victorioso en las elecciones de febrero, había convocado a Fernando Ramírez de Haro Patiño, XIII conde de Bornos, para que se presentase en su finca de Ávila y la entregase oficialmente al Comité de la Reforma Agraria. Hacía unas semanas, el Parlamento español acababa de aprobar la ley con la que expropiar las tierras de todos los Grandes de España, en un intento por resolver de una vez, y para siempre, el problema del latifundismo endémico. El anciano de setenta y nueve años no pudo presentarse para entregar la propiedad por estar desde finales de mayo, como todos los veranos, en San Sebastián. En ese momento, tres generaciones de Ramírez de Haro convivían en el palacete de Madrid, calle de Jesús del Valle. Envió en su lugar a sus dos hijos, Fernando y José, y a su nieto Ignacio, que aún no había cumplido los dieciocho años. Todos ellos permanecían aún en Madrid a pesar de lo avanzado de la temporada.
Unos días antes, el 13 de julio, había caído asesinado Calvo Sotelo con un tiro en la nuca, que le asestaría Luis Cuenca, para «vengar» la muerte el día anterior de José del Castillo, quien a su vez «vengaba»... Dolores Pérez de Guzmán, la esposa de Fernando y madre de Ignacio, no tuvo ni la menor duda.
—¡Algo va a pasar! Ignacio debe irse a San Sebastián ya —advirtió con preocupación Lola.
—Tenemos que estar en Ávila el 18, nos vamos a la vuelta... Total, es esperar cuatro días... —trató de calmar los ánimos Fernando—. Así Ignacio nos acompaña a Pepe y a mí, que también estamos mayores. Hemos ideado un plan para que no nos expropien los rojos la finca...
—¡Ni hablar! No vamos a esperar nada —insistió Lola.
Fueron tantos los gritos, lloros y súplicas de la madre, que al día siguiente, el 14 de julio, Lola consiguió meter a su hijo en el primer tren que se dirigiría hacia el norte, y a los dos días viajarían todos los demás a la ciudad vasca. Se olvidaron de salvar la finca de Ávila. Cuando el 18 de julio se produjo el golpe de Estado que desencadenaría la guerra entre españoles, ya no quedaba ningún Ramírez de Haro en Madrid. Muchos de los primos y parientes que sí permanecieron en la capital serían «paseados» y asesinados en las semanas siguientes. Todos proclamaron solemnemente santa, vidente y milagrera a Dolores Pérez de Guzmán.
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El 26 de septiembre de 1814, siendo ya Rey absoluto de España Fernando VII, el Deseado, se produjo un acontecimiento sorprendente: el matrimonio de José Ramírez de Haro y Ramírez de Arellano, segundón de la Casa de Bornos, con María Asunción Bellvís de Moncada y Rojas, VII marquesa de Villanueva de Duero, Grande de España, X condesa de Villariezo y de Villaverde. Nada habría llamado la atención de este enlace aristocrático si no fuera por un pequeño detalle: la novia, por el lado de su madre Rojas, había heredado la que se consideraba entonces la «tercera fortuna de España». En un mundo en que se escrutaban con lupa los arreglos matrimoniales, nadie se explicaba cómo era posible una unión tan desigual: la Casa de Bornos había ido cayendo en picado, a lo largo de los interminables siglos anteriores, hasta convertirse en una Casa claramente empobrecida. Si el primogénito, Antonio Ramírez de Haro Ramírez de Arellano, IX conde de Bornos y de Murillo, ambos condados con Grandeza de España, y varios títulos más, ya tenía que hacer diariamente milagros para poder mantener el boato aristocrático en la época de la restauración fernandina, ¿qué no le tocaría hacer al segundón José?
—Las ricas pueden permitirse elegir marido —se murmuraba en los corrillos.
Pero a los más espabilados no se les escapó una explicación más plausible. El matrimonio del primogénito con Juana, condesa de Maceda, no producía vástago. Corrían desbocados los rumores: Antonio, como tantos otros Ramírez de Haro anteriores y posteriores, era un fin de raza.
Efectivamente, murió estéril en 1827, y su hermano José acumuló todos los títulos nobiliarios de su hermano mayor y los de su esposa: un total de siete, tres de ellos con Grandeza de España. Así, José Ramírez de Haro, sin hacer prácticamente nada más que esperar, se había convertido en uno de los hombres más ricos e ilustres de España. El matrimonio de José y María Asunción tendría dos hijos: Manuel, el primogénito, y Fernando, el segundón. Gracias a los Rojas, la Casa de Bornos recuperaba todo el esplendor pasado.
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No sería el de julio del 36 el primer milagro de Dolores Pérez de Guzmán. Ya antes, el 20 de septiembre de 1918, todavía bajo el trauma de la revolución soviética que seguía exterminando a la aristocracia rusa para aviso de navegantes, y a dos meses de finalizar la Primera Guerra Mundial, nacía en el veraneo de San Sebastián un esperadísimo varón. Este primogénito colmaría de felicidad a toda la familia al personificar la única esperanza de supervivencia de la estirpe. Por tradición familiar, el nombre no admitía duda: Fernando, como su padre, su abuelo y su bisabuelo. Pero entre los poderes de la milagrera Dolores no estaba el de la facilidad en el parto, y para colmo rayaba los treinta años, una edad insólita para una primeriza. El nacimiento se había complicado y los médicos tuvieron que encajarle al bebé un rústico fórceps de la época para extraerlo. Las marcas que le dejó el instrumento en la cabeza le acompañarían a lo largo de toda su vida. Tras muchas horas, pues, de sudores, dolores y lágrimas, consiguieron sacar al niño. Era tan poca cosa que lo dieron por muerto y lo depositaron en un rincón. La madre, aún destrozada por el parto, hizo un esfuerzo supremo. Se encomendó a su santo preferido, al fundador de la Orden que había expulsado Carlos III en 1767 como instigadora del Motín de Esquilache, y que Fernando VII había permitido regresar. Los jesuitas siempre habían regido los destinos de la Casa de Bornos.
—Si salvas a mi hijo, San Ignacio, prometo que le pondré tu nombre —suplicaba en sus rezos Lola.
Cumplió el Santo de Loyola, y Dolores realizó un nuevo milagro. El niño tomó en el bautismo el nombre de Ignacio Fernando Ramírez de Haro Pérez de Guzmán para gran alborozo de todos. Todo era felicidad en la Casa de Bornos.
Pero no duró mucho el júbilo. Un mes y medio después del difícil parto, el 16 de noviembre de 1918, cinco días después de que los alemanes firmasen el armisticio que terminaría con la Primera Guerra Mundi
