Los años dorados

Fragmento

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1

Me levanté en medio de una agradable normalidad. Ya saben: el sol filtrándose tenue a través de las cortinas, la inminencia del aroma a tostadas y a zumo de naranja y el pitido alegre de esa pequeña locomotora doméstica que llamamos cafetera. No podía imaginar que aquel día mi vida empezaría a cambiar para siempre.

Las nuevas torres emergían más allá de los ocres campos chamuscados. Un laberinto de autovías los surcaban en todas direcciones, produciendo una impresión de hormiguero. Pensé en lo mucho que había cambiado la ciudad estos últimos años y en que la terquedad de los humanos, incluso después del ataque a las Torres Gemelas, parecía empeñada en seguir rascando los cielos y en desafiar a los dioses, puede que con una osadía mayor que antes de los atentados.

Mi coche y yo éramos una hormiga más entre las muchas que iban y venían esa mañana a través de los áridos rodaderos por aquel desolado scalextric, que se diría manejado por un niño gigante e invisible.

Como ya he apuntado, yo venía de cumplir mecánicamente mi rutina de casi todos los días. Me había duchado y afeitado a conciencia. Había dedicado tres minutos a recortarme las cejas y los pelillos de la nariz con unas tijeras de punta redondeada. Había hecho unos estiramientos y una breve tabla de gimnasia; también había ratificado que me convenía un poco de dieta. Por mucho que te mentalices, en Navidad siempre acabas pasándote con la comida y la bebida. Y cuando ya has rebasado el ecuador de la cincuentena, hay que vigilar la propensión a engordar porque la grasa parece instalarse en tu cuerpo con la intención de quedarse para siempre.

Después había desayunado solo. (Laura tiene su propia empresa de diseño y trabaja como free lance: no tiene jefes ni empleados, nadie que la controle ni nadie a quien controlar; en el fondo siempre la he envidiado, por muy bien que hayan podido irme las cosas en la editorial).

Y Jonás no había dormido en casa. Se había quedado en el centro, en el piso de unos compañeros de su curso de Realización Audiovisual, acabando la edición de una práctica. Aunque Laura había añadido que últimamente no paraba de hablar y mandarse mensajes con Marta, una muchacha delgadita y un poco gótica. Y que Marta compartía con otras chicas un ático en la calle de la Palma, solo a un par de manzanas del apartamento de los compañeros de curso de Jonás…

Bueno, he sido injusto al decir que había desayunado solo. Starsky, el circunspecto husky, se había recostado al lado de mis zapatos, desmintiendo que fuera «el perro de Laura».

Hacía algún tiempo que ya no leía periódicos mientras desayunaba; a excepción, naturalmente, de los fines de semana. Engullí la tostada con tomate, aceite y una pizca de sal que la asistenta colombiana me sirvió con total diligencia. Y mientras ojeaba los titulares de prensa y mariposeaba en la sección de Cultura de los periódicos digitales a través de mi smartphone, decidí que no tenía por qué preocuparme de Jonás. Ya había cumplido los veinte y tenía todo el derecho del mundo a irse organizando a su manera. Pensé que a su edad yo había hecho ya un montón de barrabasadas. Una vez, dos colegas de farra me habían tenido que llevar hasta mi casa arrastrando las botas camperas y totalmente borracho. Cuando mi madre abrió la puerta, me desmayé, muy oportunamente, por cierto.

Por lo demás, yo no era capaz de recordarme desayunando con mi padre. Con todo, aquella mañana me habría gustado tener a Jonás a mi lado como de costumbre y revolverle ligeramente su castaña melena a modo de despedida mientras me incorporaba de la mesa, sorbiendo de un trago el expreso con sacarina que reforzaba el gran café con leche con que había acompañado la tostada. Me gustaba que me saludara llamándome por mi nombre, Mateo, la forma de dirigirse a mí que había reemplazado el entrañable «papi» más o menos desde que le habían salido pelos en sus largas y huesudas piernas.

Besé a Laura, que se retorció en la cama con un gesto de indolencia gatuna. Me pregunté en qué punto se encontraba nuestro matrimonio. Los años, esa tiranía de la costumbre, ¿habían extinguido la pasión, la habían cambiado por «otra cosa»? Haciendo de mi mente un diccionario acelerado y loco, traté infructuosamente de hallar una palabra que describiera la realidad de esa relación. Sin éxito, por el momento.

Antes de coger el portafolios para dirigirme al garaje, reparé en las prendas íntimas de Laura esparcidas sobre la tarima y en una butaca próxima. Por lo menos, estaba claro que el deseo no había desaparecido. Al contrario, en ocasiones tenía la sensación de que experimentaba repuntes próximos a un paradójico frenesí: la pasada noche, sin ir más lejos. Pero fuera de eso… Siempre hay peros, me dije, mientras abandonaba mi casa atravesado por un puñal de melancolía cuya súbita procedencia no podía permitirme discernir en ese momento.

Mi Mercedes plateado recorrió con eficiente elegancia el breve sendero de asfalto que atraviesa el parterre. Nada hacía prever un día diferente. La bestia loca del uso, como escribían los surrealistas, seguiría nutriéndose un día más de mi alma, esa mezcla imposible de miedo y de quimeras. Por delante, un día reglado de ocupaciones previsibles: discusión de nuevas líneas de programación editorial, respuesta a los desafíos planteados por el libro electrónico, identificación de nuevos mercados. Un día de decisiones importantes, trascendentes incluso, pero idéntico en su formato a cualquier otro día.

Me dije que esa sucesión de días iguales hacía que las semanas volaran casi sin darse uno cuenta. Había ingresado en la editorial muy joven y ahora me encontraba con que había traspasado la cincuentena, ¡casi sin darme cuenta! La rutina acelera el tiempo pero también impide, o al menos estorba, meditar acerca del paso de las horas, de los días, de las semanas, de los meses, de los años… Esa falta de perspectiva añade al vértigo una falsa ilusión de eternidad.

Entretanto, había escalado hasta una dirección general, casi sin proponérmelo. Parecía que había sido ayer cuando obtuve un primer contrato para confeccionar unos libros de incitación a la lectura. Yo no era ambicioso, pero a aquel proyecto lo siguió otro y después otro más, y en general las cosas funcionaron bastante bien, así que la cúpula de la empresa me fue promocionando hasta hacerme formar parte de ella. Jonás ya había nacido y la dedicación a la empresa hizo que relegara casi por completo mis sueños de escritor.

Lo único que preservaba un débil cordón umbilical con mis sueños y anhelos de adolescencia y primera juventud era una especie de dietario que procuraba mantener con una regularidad casi litúrgica. Se esparcía en infinidad de libretas y, desde aproximadamente el año 2000, en un documento de word con el lacónico rótulo de NOTAS. Había días resumidos en una prosaica anotación telegráfica de menos de una línea. Otros daban pie a prolijas digresiones en los límites de la meditación filosófica. Finalmente, algunos se materializaban en poesías, generalmente breves y aforísticas (en ocasiones de un solo verso) aunque no faltaban largas ristras de endecasílabos blancos y hasta sonetos.

Escribir sonetos siempre me había resultado muy entretenido. Casi más que hacer crucigramas o sudokus, pues al cálculo de sílabas y al concepto se unía la aventura de transmitir una emoción.

Pero evocar esa especie de juego privado conmigo mismo, esa suerte de simulacro o consolación literaria, empezó a hacerme sentir mal aquella mañana. Era un perverso espejo que multiplicaba mi desazón. El sintagma «escritor frustrado» rondaba mi mente con el sigilo del sicario que se dispone a abalanzarse sobre su víctima.

Las autopistas hendían los yermos de la periferia de Madrid, rodeando los polvorientos cerros testigo que evocaban remotos cataclismos. Un sol anémico se había ido consolidando y al fondo las cumbres del Guadarrama se ofrecían todavía engalanadas de nieve abundante. Prometía ser un radiante día del tramo final del invierno castellano: frío, pero soleado y transparente. Y sin embargo, yo sentía un repentino hastío de todo, un infantil anhelo de saltarme la rutina por primera vez en casi treinta años, unas ganas enormes de dejar de ir al trabajo.

Sonó una llamada en el móvil. Era Sonia, mi secretaria. Generalmente, me transmitía por teléfono, antes de que yo llegara, la agenda del día con las modificaciones y novedades que se pudieran haber producido a primera hora. Yo le comunicaba, sirviéndome del manos libres, mis decisiones, lo que dejaba las cosas listas para cuando entrara al despacho, entre las nueve y cuarto y las nueve y media. Esa mañana no me apeteció contestar y el nombre SONIA dejó de parpadear en la pantalla del móvil al cabo de casi un minuto.

Me relajé sobre el volante y levanté ligeramente el pie del acelerador. Iba bien de tiempo, no tenía por qué conducir al límite de velocidad. Cambié el dial de la radio y pasé de la música clásica a una emisora de rock. Recuerdo que sonaba «Brown eyed girl» y que la voz de Van Morrison, sutil y poderosa, disipó al instante mis aprensiones.

Con una larga recta de autovía frente a mí, me puse a tararear, invadido de un absurdo optimismo, los coros de la canción: «SHA, LA, LA, LÁ, LA-LA, LA, LA, LÁ, LA, LÁ…». Entonces fue cuando la divisé. Había cruzado los carriles contrarios de la autovía y saltaba las protecciones metálicas que limitaban la isleta de separación con su hilera de matorrales y sus adelfas chamuscadas. Distinguí una ancha cinta azulona recogiendo una media melena castaña, gafas oscuras, vaqueros por debajo de una gabardina vieja y unas deportivas de color marrón. Levanté un poco más el pie del acelerador, pues advertí que la mujer estaba atravesando ya el carril rápido. Me dije que no parecía una maniobra suicida pues ella miraba sin tregua a uno y otro lado y daba sigilosos y felinos pasos, bastante bien calculados. Comprendí: tenía ansiedad por llegar a un sitio concreto y asumía ese loco riesgo porque era un atajo que le ahorraba rodeos para poder cruzar la autopista. A mi derecha, unas columnas de humo emergían de un poblado de chabolas y caravanas. Comprendí que aquella mujer era una adicta y que no le importaba el riesgo mortal de los coches a 120 por hora con tal de conseguir su dosis cuanto antes.

Me dije que la mujer iba a tener suerte esa mañana. Por mi parte, yo estaba reduciendo ya la marcha para que pudiera cruzar los dos carriles del sentido en que iba mi coche; luego solo le quedaría el arcén, una nueva valla metálica y la vía de acceso por donde la velocidad máxima teórica era de 60 kilómetros por hora. Después, un rodadero, unos toscos caminos para bajar por la ladera y, abajo, el paraíso prometido, la dosis que le permitiría aguantar un día más.

Con un pie en la raya blanca que separaba el foso del carril rápido (yo conducía por el derecho), la mujer dudó y se paró en seco. Al mirar el retrovisor, comprobé que no era por mí. Detrás venía, lanzado como un obús y dando el intermitente para adelantar, un deportivo negro que me pareció un Toyota. La cosa se complicaba aún más porque en el horizonte surgió también, algo más atrás, otro coche a toda pastilla por el carril rápido, justo en el que la mujer estaba ahora.

Comprendí que ella nunca retrocedería e instintivamente pisé a fondo el acelerador. Podía ya sentir pegada a mí la sombra del Toyota, dispuesto a adelantarme. Entonces di un volantazo y zigzagueé unos segundos ocupando ambos carriles. Al mismo tiempo, reduje bruscamente la velocidad. Percibí los gestos injuriosos del conductor mientras su vehículo casi daba una vuelta de campana a causa de la reducción tan brusca. Entretanto, el otro coche, un Audi A6, ya estaba detrás de mi Mercedes en el carril rápido pero había tenido tiempo de advertir que algo pasaba, quizá había distinguido a la chica, y su reducción había sido menos violenta. Debían de venir picados entre sí, pues el del Audi gesticulaba y vociferaba también, pero parecía dirigirse al conductor del Toyota más que a mí.

Había pasado de 120 a menos de 50, y lo mismo los dos émulos de Fernando Alonso. Yo circulaba entre los dos carriles, vetando los intentos de ambos coches (más insistente el Toyota) por pasarme a cualquier precio y por cualquiera de los dos lados.

A unos cien metros de distancia, la mujer aceleró el paso y cruzó desbocada el tramo de calzada que le faltaba, más o menos el carril derecho. Yo situé mi coche más del lado del carril lento, haciendo una especie de parapeto protector y tuve la sensación de que la parte derecha del morro del Mercedes rozaba el vuelo de su desgastada gabardina. Ella, desde el arcén, con una mano apoyada en la alambrada en un punto en que esta estaba forzada, volvió la cabeza hacia mi coche y, durante una milésima de segundo, nuestras miradas se encontraron. Tuve la sensación de que, de algún modo, apreciaba la manera como yo había manejado la situación a su favor. Al instante, el Audi me adelantó por la izquierda como una exhalación y a continuación, sin dejar de increparme, el conductor del Toyota, que echaba tanto humo como su tubo de escape. ¡Por mi culpa había perdido la exigua ventaja obtenida antes sobre el Audi y ahora tendría que volver a empezar de cero en esa loca carrera!

Al final, no me decidí a faltar al trabajo. Persistía dentro de mí una sensación de malestar, de hastío general. Curiosamente, el incidente con la mujer de la autovía, en los límites de la tragedia, me había recargado de una rara energía. No solo no conseguía sacarlo de mi cabeza: es que no deseaba que eso sucediera.

Contemplé mi despacho: la mesa circular para atender pequeñas reuniones (sabía por experiencia que en ellas se tomaban realmente las decisiones), la gran serigrafía enmarcada de Fernando Zóbel, los estantes con una selección de los varios centenares de libros editados en las últimas décadas. Los más recientes y promocionados estaban situados de frente para que se pudiese apreciar mejor la portada con el título.

Me pareció impúdica, casi obscena, esa ostentación, que daba la impresión de competir con el despiadado darwinismo de las mesas de novedades.

Ante todo, mientras me hundía en mi butacón de cuero blanco, miré la gran mesa, con el Mac portátil discretamente cerrado a un lado, las dos carpetas de cuero que contenían documentos e informes recientes y la foto enmarcada en plata donde yo aparecía junto a mi mujer y mi hijo. Era una foto de hacía unos cuantos años, tomada en la nieve, en el exterior del Parador de Gredos. Jonás no era aún ni siquiera un adolescente. Los tres sonreíamos. La imagen rezumaba felicidad.

Tal vez, me dije, demasiada felicidad.

El último elemento reseñable de mi mesa de trabajo, amparado a la sombra del pedestal de la lámpara de diseño, pero aun así bastante visible, lo componían los dos libros que siempre estaban ahí. Una edición de la Biblia a cargo de Casiodoro de Reina y un ejemplar de Don Quijote. Algunos autores o visitantes en general, tratando de resultar simpáticos o quizá nerviosos, al ver la Biblia me preguntaban si era creyente. Yo aprovechaba para decirles que eran herramientas muy útiles para el desempeño de mi trabajo. Y les contaba mi creencia, aprendida creo de Daniel Defoe o quizá de Borges (la verdad es que no lo recuerdo con precisión), en que abrir al azar las páginas de cualquiera de esos dos libros insuperables y meditar sobre el primer párrafo que apareciera a la vista era de gran utilidad para tratar de resolver cualquier problema de índole material o espiritual.

Las visitas solían quedarse impresionadas. Además, saltaba a la vista que esos tomos estaban efectivamente bastante manoseados, lo que daba verosimilitud a mi curiosa explicación. Y lo cierto es que nunca he dejado de hacer esas consultas desde que alguien me contó en mi juventud esa historia o yo la leí en algún lado.

Esa mañana no quise dejar de hacer mi ceremonial. Abrí el Don Quijote al azar, mirando hacia las cumbres nevadas del Guadarrama, que habían reaparecido tras los cristales del amplio ventanal. Leí unas palabras que su anfitrión barcelonés dirige a Sancho al final de la segunda parte del libro:

«Acá tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de albondiguillas que, si os sobran, las guardáis en el seno para el otro día».

Recordé el contexto: don Quijote llega a Barcelona en olor de multitud, pues la primera parte ya lo ha hecho famoso en todos lados. Como los duques, como todos, su anfitrión pretende divertirse a su costa, «sacar a plaza sus locuras», desde luego sin la saña cruel de los duques. Con esa frase quiere resaltar la glotonería de Sancho y su posible suciedad, al guardar restos de comida entre sus ropas.

La defensa sosegada que hace don Quijote de su escudero es magistral: reconoce que pueda parecer algo tragón («porque come apriesa y masca a dos carrillos»), pero subraya su limpieza (aquí subyace el debate sobre el posible marranismo o raíces judaicas del propio Cervantes). Y recuerda que Sancho fue gobernador y que allí «aprendió a comer a lo melindroso: tanto que comía con tenedor las uvas y aun los granos de la granada».

Anoté mentalmente: «incomprensión del mundo, regreso al pasado, defensa del compañero»… Por el momento, aquel pasaje no parecía explicar mi desazón de aquella mañana, mi hastío de todas las cosas y de mí mismo.

Volví a levantarme como un león enjaulado.

Al pie del ventanal, miré hacia la nieve. Siempre me ha gustado hacerlo. Para mí evoca la pureza, la aventura, la persistencia de lo natural. Pero aquella mañana intensificó mis negros presagios. También era el lugar donde se cobijaban las almas de los muertos. Su blancura era irreal, un espejismo: no era sino un manto para ocultar la podredumbre.

Después miré debajo de mí: había quince pisos desde mi despacho a la acera. Sería tan fácil… Bastaría con accionar el pestillo, abrir y luego…

Entonces entró Sonia, acompañando la energía de sus palabras con la percusión de sus tacones. Supe que me notaba raro pero tuvo la sabiduría de no aludir a ello, de no preguntar nada. Tenía la rara virtud de convertir sus frecuentes monólogos en convincentes simulacros de diálogos.

—Vaya, al fin te has dignado. Supongo que el tráfico estaba complicado, basta un accidente para que se formen colas kilométricas. Veo que no has abierto todavía el ordenador. Te he reenviado un montón de correos que creo que debes revisar antes de que yo los conteste. Los jóvenes turcos están que trinan. Tenías la reunión marcada para las nueve y media.

Lo de «los jóvenes turcos» era una broma privada entre Sonia y yo para referirnos a los directivos más jóvenes, adscritos al aparato burocrático de la empresa. Economistas y juristas que no hacían más que sembrar de peros cualquier proyecto nuevo. Sin duda, con algún fundamento la mayor parte de las veces, pero, ante todo, para hacerse valer y trepar cuanto antes lo más alto posible en la pirámide del estatus. Pero es que yo, a mi manera, ¿no había sido también un trepador de la pirámide? Quizá, precisamente, por haberme granjeado una reputación de no trepador. Alguien cordial, centrado en la calidad literaria (que nunca vi como obstáculo para las ventas); una persona incapaz de subir hundiendo cabezas en el fango. Me pregunté si esa percepción buenista de mí mismo se habría correspondido realmente con una cuneta limpia de cadáveres.

—¿Están en la sala de juntas? —pregunté.

—Naturalmente. Me dijiste el jueves de la semana pasada que la reservara. Están de los nervios. Les he escuchado un par de comentarios…

—No me interesan sus comentarios. Y tienen razón al estar molestos. Les estoy haciendo perder su tiempo, que es el tiempo de todos, de la organización…

Mi mirada se cruzó con la de Sonia. Llevábamos ya cinco años juntos. Funcionábamos bien. No era una de esas secretarias explosivas, siempre esgrimiendo sus armas femeninas. Era de una discreta elegancia y sumamente inteligente y práctica. Sabía resolver situaciones complicadas. Simplemente, era una máquina.

—¿Cuántos son? —pregunté.

Sonia frunció un momento los labios y contestó:

—Son cinco. Había cuatro, pero me dijeron que uno había salido a fumar…

—Bueno, pues que se pasen por aquí. Esta mesa es perfecta para una reunión de seis personas. Fue exagerado reservar la sala de juntas.

—Se van a cabrear todavía más. ¿Qué les digo?

—Que ha habido una retención en la autovía. Sabes que yo no puedo pedirles disculpas. No digo que no las merezcan.

—Yo te los traigo. ¿Los quieres aquí ya?

—Dame unos veinte minutos.

Eché un vistazo al folio que Sonia había depositado encima de la mesa.

—Está lo de Ramírez. Quiero llamarlo cuanto antes.

—Está de un plasta… No deja de llamar. Intenté pasarlo con Alberto. Pero nada, no hay manera. Solo quiere hablar contigo.

Pensé en Ramírez, Celso Emilio Ramírez. No acababa de entender la animadversión que todos, incluida Sonia, le tenían en la editorial. Cumplía estrictamente los plazos de entrega. Tenía un caché de lo más ajustado y sus novelas de suspense histórico se acababan vendiendo razonablemente bien, con una promoción mínima por no decir inexistente.

Lo llamaban despectivamente «el Viejo». Traté de recordar la edad de Ramírez. En realidad, no era tan viejo. Prácticamente de mi generación, aunque de una promoción distinta. Extraje una carpeta y examiné la fotocopia del DNI de Celso Emilio Ramírez Araujo: tenía exactamente cincuenta y nueve años. ¡Ni siquiera había cumplido los sesenta y ya lo llamaban viejo!

Miré la fotografía de carnet de Ramírez. Se había hecho cortar el pelo por las sienes y se lo había humedecido o quizá se había echado fijador para recogerlo y contener la habitual melena canosa y desordenada que le daba un cierto aire leonino. También parecía haberse recortado la perilla de chivo. Ramírez no era tonto y sabía que podía ser útil, llegado el caso, dar una cierta imagen de seriedad ante las autoridades.

Ramírez procedía de El Barco de Valdeorras, una villa del sur de Galicia, próxima al Bierzo y a la meseta norte. Llegó a Madrid muy joven con el firme propósito de ser escritor. Al principio tuvo que hacer de todo (camarero, mozo de carga y descarga de mercancías, friegaplatos, etcétera) para poder pagarse la pensión, una comida caliente diaria y un par de cafés con leche que le ayudaran a mantener despierto el ingenio. Él era de los pocos que perpetuaba la costumbre de los bohemios y seguía denominando «lactocafé» al nutritivo y reconfortante brebaje. Escribía en cualquier sitio: en los bares, en los andenes del metro, en los bancos de las plazas, hasta en la taza del váter.

Al poco de llegar a Madrid conoció a Mabel. María Isabel: su hada, su musa, como él la llamaba. Mabel era manchega y decidió que si su hombre era escritor, ese debería ser su oficio y no cualquier otro. Ya trabajaría ella para ayudar a pagar el pisito del barrio de Batán, la comida y las facturas, que lo que Celso tenía que hacer era escribir. Algún día se reconocería su talento y se venderían sus libros. Pero ella ni lo agobiaba ni tenía prisa. Mabel idolatraba a Celso Emilio. Y Celso Emilio idolatraba a Mabel. Desde entonces, la escritura fue su dedicación exclusiva: vivía por y para la literatura.

Había ganado unos cuantos premios de cuento y de novela corta en provincias. Tras producirse un enconado empate entre los miembros del jurado de un premio de novela histórica que convocaba mi editorial, decidí que el galardón debía recaer en el tercero en discordia, que a mí me había parecido la mejor novela de la terna finalista. El resto del jurado no parecía muy convencido. Cuando abrimos la plica, un crítico, muy conocido por sus apariciones en televisión, exclamó:

—¡Celso Emilio Ramírez! Pero ¿se puede saber quién es ese tío?

—Acabas de identificarlo. Y sabemos que ha escrito una excelente novela, ¿qué más necesitas?, ¿saber si se tiró a Ava Gardner cuando era joven? —zanjé el asunto con la mayor contundencia.

A pesar de que generaba beneficios, discretos desde luego, pero beneficios al fin y al cabo, la editorial mantenía a Ramírez en catálogo solo por mí. Representaba un prototipo de escritor anacrónico, casposo y caduco. Muy al contrario, para mí era una supervivencia valleinclanesca de los heroicos tiempos de la bohemia. Justamente era eso lo que más me gustaba de él.

Marqué su número.

—Quesada, gracias a Dios…

El hombre agradecía mi detalle. Su mujer había muerto hacía un tiempo y, como no estaban casados, tenía problemas para cobrar la pensión. Solo disponía de lo que daban sus libros, que no bastaba para el sostenimiento de su hogar. Se había quedado al cargo de su hija, que tenía una seria discapacidad. Con casi cuarenta años se pasaba el día jugando con sus muñecas.

Ramírez me contó los grandes apuros por los que estaba pasando y lo que agradecería un anticipo sobre su siguiente novela, que ni siquiera estaba contratada todavía. O un adelanto de la liquidación anual.

—Nunca pensé que llegaría a esto. Ya soy de los que hurgan en las papeleras. Cualquier óbolo será recibido como agua de mayo, señor Quesada —dijo solemne.

—Te tengo dicho que me llames de tú, Celso Emilio. Coño, si soy más joven que tú…

Traté de animarlo, explicándole que intentaría conseguirle algo en el departamento económico y le prometí visitarlo lo antes posible.

Realmente, me apetecía hacer esa visita. La imagen, espectral y al tiempo muy consistente, de la mujer a la que había salvado de un atropello en la autovía no se había esfumado de mi mente en toda la mañana. De algún modo, la asociaba con Celso Emilio y su mundo. Además, la visita me permitiría zambullirme en la realidad de la literatura, en una vida consagrada a ella por entero; escapar por un rato del negocio de la literatura, aunque fuera con la excusa de reunirme con uno de los autores de la editorial.

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2

Ramírez vivía en el barrio de Maravillas, en el corazón de la ciudad. De la única vez que había visitado su casa recordaba un edificio galdosiano y oscuro, con la fachada apuntalada por estructuras metálicas, una escalera de pelada madera quejumbrosa, un piso saturado de cuadros y libros y a un gran gato orondo que lo presidía todo con su discreta solemnidad.

Dejé el coche en un parking con la escalera de acceso plagada de yonquis pedigüeños y pesados. Y enfilé por la calle de la Luna, torcí por Pizarro y aboqué a la calle del Pez. Después me perdí un poco. No estaba seguro de dónde estaba exactamente la calle donde vivía Ramírez. Sabía que era una lateral pero no recordaba bien a qué altura cortaba con Pez. Así que di algunas vueltas por esas calles que tanto había frecuentado en mi juventud: De la Madera, Jesús del Valle, Escorial…, dejándome llevar, perdiéndome con gusto. Hubo un tiempo en que aquel distrito era punto de encuentro y cuartel general de mi grupo de amigos, con referencias estables como el bar El Maño, el bar de Nico (Nico era el barman y el bar se llamaba Mogambo por aquellos años) o El Palentino, junto al teatro Alfil; este último, preferentemente para tomar café o picar algo, normalmente un cubanito, o sea, un sándwich de jamón y queso con un gran huevo a la plancha coronando el plato.

El barrio mantenía su espíritu joven y bohemio. Naturalmente, había cosas nuevas y otras que habían desaparecido. La inmigración parecía haberse integrado de un modo más armónico en un distrito que siempre fue abierto y propicio al mestizaje. Vi muchos restaurantes curiosos (comida cajún, mejicana…), una boutique especializada en guayaberas, cierta librería con fondos descatalogados regentada por un librero jovencísimo, una tienda de ropa y discos-solo-de-vinilo con estética rockabilly; un montón de cosas, sitios y gentes que me llamaban la atención. Malasaña, como desde hacía tiempo lo llamaba todo el mundo, seguía siendo un barrio vivo y alternativo.

Un sitio muy adecuado para un autor como Ramírez, pensé identificando otro elemento de admiración hacia él. Por la calle del Barco, que se precipita en una fuerte pendiente hacia Desengaño y la Gran Vía, busqué la vieja imprenta donde a finales de los años setenta había publicado mi primer libro: una antología de cuatro poetas jóvenes y prácticamente inéditos. Yo era uno de ellos y asumí el cuidado de la impresión. Subí y bajé unas cuantas veces, escrutando el tramo de la acera derecha donde la recordaba. El tiempo se la había tragado. Calculé que debía de corresponderse actualmente con una tienda china de alimentación.

Al fin reconocí la casa del bohemio gallego. Estaba hacia la mitad de la calle del Marqués de Santa Ana, una agradable rúa en cuesta que arranca de Pez. La fachada estaba libre de sujeciones metálicas y había sido revocada en tonos crema, lo que la hacía parecer bastante más alegre. Seguía sin haber ascensor, así que remonté con paciencia las cuatro plantas que me separaban del piso de Ramírez. La escalera de tarima seguía crujiendo como la vez anterior, pero relucía más blanca, como si la hubieran limpiado y pulido a fondo.

Ramírez me abrió en bata. El pelo, revuelto y encrespado, me pareció más blanco y, como él era más bien espigado, caminaba visiblemente encorvado. Me hizo seguirlo hasta su estudio. Los estantes saturados de libros seguían atestando las paredes de pasillos y habitaciones, pero algunos cuadros habían desaparecido. En su lugar habían quedado cercos polvorientos y renegridos que parecían de hollín.

—Los he ido vendiendo de mala manera. Cuadros de cierto valor material en algunos casos y, desde luego, con un gran valor de afección para mí. De pintores amigos, con los que libé el néctar de Baco en noches sin

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