La dejaron sola. Faltaba media hora para que comenzara el concierto. Necesitaba calma. Durante los primeros quince minutos, deseó estar en el extranjero, bien lejos, en uno de esos países que tienen una bandera con un loro, una palmera y un sol, y cuya capital tiene un nombre indígena impronunciable. Los que ya habían estado ahí le recomendarían no parar en los semáforos con su coche de alquiler y no mirar directamente a los ojos de los lugareños más de dos segundos seguidos. Sí, ese país era el escenario. No había otro destino, otra escapada, otro refugio. Era el único sitio donde su voz amplificada sería tan convincente como el cartel de «no molestar» colgado en el picaporte de la habitación de un hotel. Ahí la dejarían en paz y las ondas sonoras la hamacarían a ritmo de vaivén de barco. Ese país estaba muy cerca, ahí al lado, pero aún faltaba una eternidad para llegar. Catorce minutos. Qué cabrona era la espera en un camerino. Estaba atacada. Maldito aire acondicionado. Tenía frio. No sabía utilizar el mando para subir la temperatura. Tiró bruscamente del cable de alimentación para desenchufarlo. Ahora tenía calor. Apagó las bombillas de los espejos. La luz tenue pareció equilibrar las temperaturas de la estancia y de su cuerpo. Se sentó. Se levantó. Se acercó a mirar la hoja que colgaba de la pared con el repertorio de las canciones y se apartó de ella cuando se dio cuenta de que al repasar la letra del primer tema no se acordaba de como empezaba la segunda estrofa. La Otra sí se acordaría, y, si no, sonreiría y le guiñaría un ojo al chico de la primera fila, que sí se acordaría porque habría conseguido que la canción que un día ella escribió, ahora también fuera del chico. Él la perdonaría a pesar de parecerle lamentable que ella hubiera olvidado unos versos tan importantes. Intentó sonreír y guiñarle el ojo derecho al espejo, como haría La Otra. Era patético, lo podía ver incluso a través de la imagen que recibía difusa por la falta de luz. Alguien abrió la puerta del camerino dejando oír el rumor del público. Después se cerró. Diez minutos. Sintió los aguijonazos envenenados en el estómago, igual que cuando, confiada, se metía en el agua en un soleado día de principios de primavera sin acordarse de que en la esquina del Mediterráneo donde se solía bañar, las olas guardan avaramente el frío del invierno. La Otra no sentía ni el frío ni el calor ni le dolía la tripa ni el nervio ciático ni las rupturas sentimentales. ¿Cuándo llegaría La Otra? A La Otra había que ir a buscarla y jamás antes de la hora pactada. Cinco minutos. Se apoyó en el pomo de la puerta del baño dudando si debía entrar. Las siete veces que se había sentado en la taza del váter para no hacer nada más que alinear las suelas de sus botas con las juntas de las baldosas del suelo, la convencieron de no hacerlo. Dos minutos.
—¿Estás preparada?
—Sí —mintió.
La acompañaron hasta las escaleras metálicas que conducían a la parte de atrás del escenario que el público no podía ver. Se encontró con sus músicos, que apartaron sus cuerpos menudos para dejarla entrar en el círculo mágico. Tratándose del último concierto de la gira, se suponía que tenía que dirigirles unas palabras a los miembros de su banda antes de pisar el escenario. Solo se oyó a sí misma diciendo: «la música es...» y «gracias por todos estos meses, os quiero». Lo que dijo en medio podrían haber sido las conclusiones de un estudio sobre la evolución demográfica en la República de Sierra Leona, pero algo emotivo debió encasquetarles porque todos, y especialmente Gemma, su bajista y mejor amiga, tenían los ojos humedecidos. Segundos. Sonó la introducción y dejó que los músicos salieran a escena. Griterío del público que paseaba la mirada expectante de un lado a otro de las tablas para ver si la veían. Silencio. Ahora. A un metro del micrófono, notó el codazo en las costillas; era La Otra abriéndose paso. Aún estaban las dos cuando alguien del público alzó un cartón con su nombre escrito con espray. Se llamaban igual. ¿A cuál de las dos quería convocar aquella pancarta? Lo adivinó cuando La Otra pegó un alarido y todo se vino abajo. La Otra no dudaba, no mentía, no cantaba; solo juraba. Se alejó de ahí y, a pesar de la humillación, aún conservaba el ánimo para preguntarse si él habría decidido ir.
1
Me vas a hacer la entrevista en una grabadora de casete.
—¿Sabes lo que es un casete?
—¿Es aquello que también sirve para mandar un documento escaneado?
—No, eso es un fax. Me estás vacilando.
—Claro que te estoy vacilando, sé perfectamente lo que es un casete. En el sótano de mi casa está la colección de mi padre. Baja después a verlos. ¿Empezamos?
—No pareces muy entusiasmada.
—Que sí, que sí; tira.
—¿Nombre?
—Abba.
—¿Apellido?
—Parece que esté en el Registro Civil.
—Déjame hacerlo a mi manera.
—Chavanel.
—¿Qué?
—Mi apellido. Chavanel.
—Ah sí. Siempre me ha gustado tu apellido.
—Es la primera vez que alguien hace un comentario sobre mi apellido.
—No voy a preguntar por tu nombre.
—Ya me da igual; de todas maneras, un periodista tampoco acostumbra a dar opinión sobre el apellido del entrevistado.
—El que te ha preguntado por tu apellido he sido yo, no el periodista —dijo Domènech comprobando que la cinta rodaba.
—¿Cómo puedo diferenciar al periodista de ti?
—Lo notarás por el tono. El periodista tiene una voz más grave. ¿Significa algo tu apellido? —Domènech se aclaró la voz y lo volvió a intentar bajando el tono— ¿Significa... algo?
—Significa que podríamos tomar otro gin-tonic.
—Voy a por ellos.
Era el tercero y Domènech no estaba acostumbrado a la ginebra. Quizás por eso tiró la silla de plástico al levantarse, haciendo que algunas cabezas se giraran. Abba estaba sentada con el culo en el extremo de la silla, la espalda mal apoyada en el respaldo y la cabeza inclinada hacia atrás. Iba sonriendo a los niños que se acercaban para ver la carta de los helados que colgaba de la pared que tenía a su espalda. Algunos de ellos veían sus caras reflejadas en los cristales espejados de sus gafas de sol. Ocupaba la única mesa de la terraza del bar Melitón donde aún daba el sol. Quedaba una buena hora de luz o, incluso, más, porque las casas blancas encaladas de Cadaqués apresaban la claridad hasta bien entrada la noche. Aquella tarde, como ella, tenía la misma postura repantingada de quien se acaba de dar un atracón de verano. Las horas pasadas en la playa, las copas, todo lo ocurrido en los últimos meses y las gafas sin graduar hacían que todo se le apareciese velado, especialmente ese septiembre. Observó a los turistas por el paseo y, mirando por encima de la montura, les ofreció su sonrisa de párpados caídos. Apuró la bebida y brindó consigo misma por otro día de solsticio perdido.
Los franceses y los lugareños se cruzaban en la plaça des Portitxó. Los primeros paseaban por el pueblo con el semblante satisfecho de quien ha cenado bien y ha sido servido con esmero. Tenían las mejillas sonrosadas por la paella y la sangría y todos compartían una agradable sensación de estar como en casa. Eso sí que eran vacaciones y no aquella semana que pasaron en Londres. Allí siempre brillaba el sol, todo era más barato y los restaurantes estaban abastecidos para mantener sus dietas ricas en grasas saturadas. La gente era mucho más amable allí que en Inglaterra y los camareros eran muy divertidos. Habían aprendido su idioma y lo hablaban con un acento muy gracioso: «Vu prandré quelque chus a buar?». Y los clientes franceses respondían: «¡Una sanggía, pog favog!». Con esa frase empezaba y acababa su relación con el castellano. El catalán ni siquiera existía para los que llegaban de más allá del norte de Occitania. Intercambiaban opiniones, coincidían en esto y en lo otro, y continuaban las mismas conversaciones llenas de lugares comunes que empezaron hacía tres generaciones. Todo eso hacía surgir una hermandad que ni siquiera tenían en su país de origen. De hecho, parte del éxito de esas vacaciones era sentir esa corriente de orgullo galo que les recorría todo el cuerpo y les provocaba pequeños calambres de placer.
Por su parte, los autóctonos, aún sin cenar, andaban algo nerviosos, se entendían a base de tacos y sonidos guturales con los que el grito era elevado a la categoría de arte. Gritaban porque no encontraban mesa, gritaban cuando la encontraban, gritaban cuando se veían de lejos y volvían a gritar porque se habían reencontrado. Gritaban para ser escuchados y gritaban por el infinito placer de escucharse a sí mismos gritar.
Abba rio pensando que había heredado lo peor de cada país. Su padre era marsellés y su madre era barcelonesa, y ese hecho provocaba su doble vergüenza ajena. Puso las manos detrás de la cabeza y pensó que, quizás, estaba reduciendo a todo y a todos a simples estereotipos.
—¿De qué te ríes? —preguntó Domènech dejando las dos copas sobre la mesa.
Abba se fijó en las uñas sucias de él, alguna tenía un moretón. Eran como las de un niño pequeño.
—Nada. Esto está lleno de gente, cada vez más y más gente. Me preguntaba si las cosas eran mejores en el pasado. Soy muy joven para hacerme estas preguntas.
—Unos años más joven que yo —respondió él mientras se agachaba para buscar algo en la bolsa de tela que tenía entre los pies—. Mira esto.
Domènech puso sobre la mesa una postal antigua de Cadaqués con los colores saturados. Era una imagen de 1965 tomada desde la playa, en la que se veían a bañistas que se abrasaban al sol. En el margen superior derecho se podía leer Recuerdos de Cadaqués sobre un fondo blanco formado por un pentágono irregular y, al lado, un escudo del pueblo dentro de un pergamino mal dibujado.
—¿Te gustaría vivir ahí? —dijo él, mostrándosela.
—Al menos me gustaría pasar un día ahí. ¿Dónde la has conseguido?
—La compré hace años en unos puestos de antigüedades que estaban por allí —dijo, señalando la plaza del paseo—. La he recuperado para enseñártela. Imagínate estar en este mismo lugar. El gin-tonic sería en vaso de tubo y con ginebra Larios.
—Tomaríamos el sol sin crema protectora, esperaríamos dos horas para bañarnos después de comer una ensalada que sabría a ensalada y, por la noche, nos iríamos a alguna discoteque, bebidos y sin cinturón de seguridad —dijo ella.
—Tú no podrías llevar esta camiseta de Riot Grrrl y a mí la Guardia Civil me miraría muy mal con estos pelos. Recuerda que estaríamos en una dictadura —dijo Domènech.
—Fíjate en esa gente —dijo ella señalando la postal— ¿Cómo se imaginarían el futuro?
—¿2019? Coches voladores, colonias en Marte...
—Qué decepción, pobres.
—No sabían lo que se les echaba encima —dijo Domènech—. Observa las grúas que construyen edificios de apartamentos en ese lado. ¿Lo ves? La invasión masiva de turistas empezó en esa época. A pesar de que aquí la construcción abusiva no se cebó tanto como en otras partes de la Costa Brava, a esta gente le hubiera costado reconocer el Cadaqués actual.
—Si no fuera por este turismo, mis padres no se hubieran conocido —dijo Abba.
—Es decir, que existes gracias al desarrollismo.
—Soy hija del turismo de sol y playa, quizás por eso me gustan tanto algunos de esos edificios de apartamentos construidos entre los sesenta y los ochenta.
—¿Qué dices? ¿Esa fealdad hecha de hormigón y acero? Para mí solo representan la destrucción del litoral —dijo Domènech.
—No lo puedo evitar. Hay edificios que, aislados, son auténticas preciosidades, y esos nombres que tienen... Vistamar, Playa Azul, Solimar, Bahía Serena, ¿no te parecen evocadores?
—No.
—No dudes de mí —dijo Abba—, soy socia de varias plataformas de defensa de la Costa Brava para evitar la degradación medioambiental. Quizás me atraigan porque pertenecen a la época en que mis padres se conocieron y se enamoraron. He idealizado esos años.
—¿Por qué no me cuentas algo de tu infancia? —preguntó él cogiendo la grabadora.
—Espera, Dom —dijo ella apartando la mano de Domènech del aparato con delicadeza—. Y, a ti, ¿a dónde te gustaría ir?
—Yo estoy bien aquí.
—Venga, juega.
—Vale. Retrocedería un poco más, a principios del siglo XX. Me hubiera gustado conocer a Lídia Savana.
—¿La bruja de Cadaqués? —dijo Abba.
—La hija de la última bruja de Cadaqués. Era pescadera y también hacía de hospedera, aunque se sospechaba que heredó algunas de las facultades de su madre, como las de convertirse en perro o provocar cambios meteorológicos.
Domènech gesticulaba tanto cuando hablaba que ella tuvo que alejar las copas de su alcance. Constantemente se apartaba el pelo largo cubierto de salitre con las dos manos como si abriera una cortina y dejara su frente abierta. Abba admiraba su pasión a la hora de contar cualquier cosa.
—Se enamoró del escritor Eugeni d’Ors —continuó él— cuando se hospedó en su casa. Ese amor degeneró en una obsesión tal, que ella se creía la protagonista de uno de sus libros. Su locura arrastró a su marido al suicidio y a sus dos hijos a un sanatorio mental. Lorca, que la conoció, decía que su locura estaba llena de gaviotas y langostas, y Dalí, que también la admiraba y la quería, dijo...
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Abba preocupada al ver que se levantaba de la silla.
—Lídia... —entonó con deje daliniano.
—Baja la voz, Dom, me estás avergonzando —dijo ella mientras mi
