Música para Sara

Vanesa Romero

Fragmento

Capítulo 1. Un nuevo despertar

Capítulo 1

Un nuevo despertar

Estaba sentada en el asiento 2B del vagón 7 del AVE con destino a Madrid. Creo que en ese momento tenía una mirada pensativa, triste, perdida y asustada. Era el reflejo de cómo me sentía, con miedo y a la vez nostalgia por la vida que estaba dejando atrás. A medida que el tren iba avanzando, mi pasado y mis raíces se quedaban por el camino.

Llevaba puestos unos cascos muy llamativos, de muchos colores, pero el que más predominaba era el rosa, mi color preferido. Dicen que los colores afectan mucho a nuestro estado de ánimo y según leí un día este color era un equilibrador emocional. Eso precisamente necesitaba yo ahora, equilibrar mi mezcla de emociones. Lo de los cascos era porque siempre fui una amante de la música. Me acompañaba en mi día a día, en cada viaje, en cada competición, en cada momento importante de mi vida... Y es que me hacía sentir bien, me conectaba con mi mundo interior, ese que solo habitaba yo.

Me gustaban todos los estilos musicales, escuchaba a cantantes como David Otero, música dance de Carlos Jean o David Guetta o a un grupo de pop-rock de las afueras de Madrid, de Galapagar, llamado Showpay, que, por cierto, lo descubrí por casualidad en la sala Luz de Gas de Barcelona, un local de conciertos al que me gustaba ir de vez en cuando.

Desde que estaba en el vientre de mi madre, muchas canciones me habían acompañado a lo largo de mi existencia. Y esto tenía una explicación muy sencilla: mi padre era el gran músico Hugo Salazar y mi madre era Amparo Crespo, profesora de canto. La música siempre estuvo conmigo cuando más la necesitaba. Me ayudaba a concentrarme antes de cada competición, a aislarme de la atenta mirada de mis rivales y me servía también para centrarme en mi objetivo. No podía vivir sin ella, creaba dentro de mí una sensación indescriptible y me ayudaba a conectar con mi alma, que en ese momento estaba herida por todo lo que dejaba atrás.

Sabía que había llegado el momento de cortar el cordón umbilical que me unía a mis padres, a mi vida pasada. Tenía que cortarlo de raíz y desplegar mis propias alas sin la ayuda de nadie. Sin embargo, me invadía una sombra, el pánico a lo desconocido, el terror hacia un futuro incierto que todavía no sabía qué rumbo iba a tomar.

Siempre me había gustado tenerlo todo bajo control, nunca había dejado nada en manos del destino. Pero en aquel momento todo era diferente, mi vida había tomado un rumbo distinto. El descontrol se había hecho con las riendas de mi camino y sabía que lanzarme al vacío quizá tendría consecuencias muy dolorosas. El golpe podría ser muy duro. Pero era inevitable seguir ese impulso fuerte que había nacido en mi interior, en lo más profundo de mis entrañas, y que llevaba tiempo diciéndome que ya había llegado el momento de pasar página para empezar una nueva etapa.

Estaba harta del deporte y de todas las exigencias que lo rodeaban. De las competiciones y de las dietas. Del sufrimiento y de esa frustración que sentía cuando no conseguía ganar una carrera, cuando veía que mi objetivo se alejaba. Estaba enfadada con este mundo que exigía tanto sacrificio y que era tan ingrato a la vez. Un mundo en el que me había entregado en cuerpo y alma. Me había partido el corazón. Mi relación con el atletismo se había convertido en tóxica, de amor-odio, pero desde hacía tiempo la balanza se había inclinado más hacia el odio, por eso ya no podía seguir más tiempo así, con esa sensación agria y amarga, porque me dolía, me dolía mucho y no me sentía bien con ese dolor.

Tenía muchas preguntas sin respuesta que navegaban a sus anchas por mi cabeza. Muchas de ellas necesitaban una con urgencia y solo manejando yo el timón de mi vida encontraría la solución. Me preguntaba qué tendría el destino preparado para mí. Todo estaba en el aire, pero a pesar de la sensación angustiosa que esto me provocaba, tenía esperanza. Algo en mi interior me repetía que era el momento adecuado para salir por primera vez de mi zona de confort. El tiempo me diría si la decisión de marcharme que había tomado la noche anterior había sido la correcta o no. Solo sabía que no era feliz, que había perdido por el camino la ilusión por vivir y que por eso necesitaba cambiarlo todo, porque la llama de la vida se había apagado en mi alma y no podía dejarme llevar por esa sensación oscura y tenebrosa. No quería seguir compitiendo ni en las carreras ni conmigo misma, estaba agotada.

Tanto perfeccionismo se me había ido de las manos, había saboreado en primera persona el veneno de esta arma de doble filo. No me permitía ni un solo fallo, el fracaso no entraba en mi ecuación del destino. Vivía con presiones constantes. Por un lado, tenía que ser la mejor hija, no podía fallar a mis padres, no quería defraudar a nadie ni defraudarme a mí misma; y, por otro, tenía que ser la mejor atleta, la número uno del mundo, pues ese era mi principal objetivo. Pero esto último se convirtió en una auténtica pesadilla que me hacía perder el sueño cada vez que sentía que había fracasado. Esta sombra me acompañaba a todas horas, en cada entrenamiento, en cada carrera y en cada relación. Por eso aquella carrera, la última como atleta profesional, marcó un antes y un después en mi vida. El fracaso se hizo más presente que nunca, se había metido en mi cuerpo y se encontraba en cada poro de mi piel. Y no lo podía soportar más. Fracasé por no poder controlar mi mente, que hizo que no diera el cien por cien de mí. Ese día no me podía permitir fallar, tendría que haberlo dado todo para mostrar mi valía, pero la gloria se me fue de las manos. Aquel maldito día defraudé a todas las personas que llevaban años apostando por mí: a mi entrenadora, a mi familia y a toda la gente que confiaba en mí. Me fallé a mí misma. Perdí la carrera de mi vida, la que me llevaba a cumplir mi ansiado sueño, el de ser campeona del mundo.

El sol entraba por la ventanilla, el día estaba despejado, y a pesar de la velocidad que cogía el AVE, parecía que apenas se movía. Desplegué la mesa que tenía delante y coloqué algunas de mis cosas. Entre ellas, mi teléfono, el último modelo de iPhone que había salido al mercado, regalo de mis padres en mi dieciocho cumpleaños. En ese móvil estaba gran parte de mi vida: fotos, mails, contactos y alguna de la música que me gustaba escuchar. Puse también mi carpeta, tamaño folio, forrada con pegatinas de los lugares en los que había estado, con frases inspiradoras y fotos de uno de mis actores preferidos. La tenía destrozada, pero a pesar de ello no la quise dejar en Barcelona, porque sentía que de alguna manera siempre había sido para mí una especie de talismán. Dentro se encontraban parte de mis raíces, las que quería cuidar y las que me recordarían quién era y quién había sido en los momentos difíciles que sabía que estaban por llegar en mi nuevo rumbo. Metí cosas que no quería que se quedasen atrás. Por ejemplo, algunas fotos. Sí, tenía muchas en el móvil de la gente que me importaba, pero me quise llevar algunas en papel de mis padres; de mi abuela materna, Rosario, recién fallecida; algunas de mis preferidas con mis amigas, y una de mi perro Little, un chuchillo que encontramos en la calle. Amaba a ese perro, tenía con él una conexión única, me entendía más que nadie y separarme de él fue una de las cosas más dolorosas, sabía que le iba a echar mucho de menos. En mi «carpeta talismán» estaba también la última libreta que me había comprado de Mr. Wonderful con la frase en la tapa de «Este va a ser el mejor año de tu vida». Y es que no concebía la vida sin escribir. Me gustaba hacerlo, me servía para desahogarme y para aclarar mis ideas tormentosas. Y ahora lo hacía con el portaminas que me regaló mi abuela en mi último cumpleaños, antes de dejarnos, por eso le tenía tanto cariño y lo llevaba conmigo. La conexión que tenía con mi abuela Rosario era especial. Ella había sido como mi madre, la que me había transmitido la pasión por la música, la que había estado conmigo y la que me había cuidado de verdad. Su pérdida fue muy dolorosa para mí, ¡la echaba tanto de menos! Y si algo no dudé en llevarme fue mi pendrive. Lo que se encontraba ahí no lo tenía grabado en ningún sitio más. Era muy especial para mí. Ahí estaba mi secreto.

Y aunque a todos los que estaban en esa carpeta los iba a echar muchísimo de menos, incluso a mis padres a pesar de nuestras diferencias, tenía que dejarlos atrás para poder emprender esta nueva aventura y recorrer así mi propio camino, sin que nadie me condicionase ni presionase, teniendo la única responsabilidad de aprender a ser yo misma. Me esperaban casi tres horas de viaje, casi tres horas para hacerme a la idea de mi nuevo rumbo en la vida.

Mi larga melena rubia estaba recogida en una trenza sencilla y un poco deshilachada. Era la única forma que tenía de domar mi pelo, que se encrespaba con facilidad. La trenza, junto con la coleta, era la manera más fácil que había encontrado para recoger mi pelo y no tenerlo en la cara todo el tiempo; me resultaba incómodo, pero no me lo quería cortar. No me gustaba maquillarme, para mí era una pérdida de tiempo y además no sabía hacerlo. Mis amigas siempre me regañaban, no entendían que me arreglase tan poco. A ellas no solo les encantaba, sino que no podían salir de casa sin unos retoques.

Pasaban los minutos en aquel AVE y yo seguía con la mirada perdida en el infinito, con mis cascos puestos, escuchando música a todo volumen, que me distraía de cualquier pensamiento que me pasase por la cabeza y que me hiciese sufrir. Cualquiera que mirase mis ojos azules, a punto de llorar, se daría cuenta de cómo me sentía: intentaba adaptarme a la decisión tomada a marchas forzadas. Solo hicieron falta ocho segundos para cambiar mi vida de golpe, pues en esos segundos perdió todo su sentido. No encontraba un motivo para luchar.

Diez años tirados por la borda de un plumazo, en un abrir y cerrar de ojos, lo que dura una carrera. Mi gran sueño de ser campeona del mundo se desvaneció para siempre en aquella pista de atletismo ante la atenta mirada de todo el mundo. Qué vergüenza y qué tristeza. En el deporte encontré mi refugio en un momento dado, pero ya había dejado de serlo. Era increíble cómo todo podía cambiar en tan solo unos segundos.

Y sin un refugio donde darle calor a mi corazón, sentía que me encontraba sin rumbo, que iba a la deriva, como un barco en alta mar sin timón ni marinero. A pesar de que me dirigía a Madrid, ni el más bello de los paisajes era capaz de consolarme o de llamar mi atención.

Hasta que de repente el tren se detuvo lentamente en Zaragoza, una de las paradas hasta mi llegada a Atocha. Los pasajeros bajaban y subían, un baile de maletas arriba y abajo se produjo ante mis ojos. Los que iban llegando al vagón colocaban su equipaje en los sitios vacíos que encontraban. Miré de soslayo, el tren estaba lleno, parecía la hora punta del metro. Durante esos días, Renfe había convocado una huelga. Por eso había tanta gente, pues solo se cubrían los servicios mínimos. Los trenes estaban a tope. De hecho, tuve que comprar mi billete en preferente, ya que en turista no quedaban plazas. No me importó pagar más, pues quería abandonar todo cuanto antes y empezar mi nueva vida. Cuando se me metía algo en la cabeza, lo tenía que llevar a cabo cuanto antes. Sí, también era impaciente y tozuda.

Ejecutivos, señores mayores, adolescentes, niños con sus padres fueron ocupando los asientos vacíos. También el asiento 2A, el que estaba justo a mi lado. Alguien se sentó junto a mí, sentí su presencia. Desprendía un olor peculiar, como a limpio, pero a la vez varonil. Era un aroma especial, distinto, sexi, con tantos matices que me llamó mucho la atención. Tenía curiosidad por saber quién era el individuo que llevaba esa fragancia, pero estaba enfrascada en mi música y mi estado de ánimo no me animaba a girarme para descubrir quién era esa persona que llevaba ese perfume con tanta elegancia.

Yo estaba en otra onda. Es más, si en ese momento me hubiesen concedido un deseo, habría pedido ser invisible, desaparecer, pasar completamente desapercibida para el mundo. Solo deseaba tener un viaje tranquila y que mi compañero de al lado no quisiera entablar conversación conmigo porque no me encontraba con ánimos para hablar con nadie, y menos con un desconocido. Estaba empeñada en continuar con mi particular duelo, seguir en mi mundo de luto y nostalgia, y poniendo una banda sonora a todas estas sensaciones con la música que escuchaba en mis cascos. Además mi atención estaba centrada en lo que había encima de la mesita: mi teléfono, mi carpeta talismán forrada con mis frases preferidas y con las fotos de mi ídolo como una adolescente total. No me importaba a estas alturas lo que nadie pensase sobre ello, no tenía que dar explicaciones de por qué llevaba una carpeta así con la edad que tenía. Esa era mi máxima, vivir sin tener que estar justificándome por las cosas que hacía o decía.

Habría pasado una media hora desde que aquel desconocido con una fragancia especial se había sentado a mi lado, cuando noté que me estaba intentando decir algo. Traté de hacerme la loca, pero parecía que los magos que condecían los deseos esa mañana también estaban en huelga, como los de Renfe. Y a pesar de mis esfuerzos, el de la fragancia interesante volvió a hacer el amago de hablar conmigo, y esta vez utilizó la táctica de darme un toque sutil en el hombro para llamar así mi atención. Imposible fingir más. Tenía que hacer frente a la realidad de la vida y salir del regocijo de mi melancolía. Me giré por educación y atendí amablemente la llamada de mi compañero de asiento. Y cuando me di la vuelta, la sorpresa fue mayúscula. «¡No puede ser! ¡¡¡No es verdad!!! Espérate, lo mismo estoy soñando. Me voy a pellizcar. No, no estoy soñando. ¡¡¡¡Dios mío de mi vida!!!! ¡¡¡Si es él!!!».

Instintivamente mi respiración se entrecortó al ver quién era la persona que tenía a mi lado, pero a la vez disimulé mis nervios. La falta de costumbre hacía que no supiese ni dónde mirar y mi corazón latía sin control, más fuerte que nunca, creía que se me iba a salir por la garganta. Sentí un calor que me recorría el cuerpo, las mejillas, el pecho. Me sobraba toda la ropa. Abrí y cerré los ojos una y otra vez para verificar de nuevo que no estaba soñando, que todo lo que me estaba pasando era real. «¡¡¡Es él!!! ¡¡¡¡Es él!!!! ¡¡¡¡Madre mía!!!! ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí justo ahora? Vale, ¿cómo me comporto? ¿Hago como si nada o me comporto como si lo conociese? No sé qué se suele hacer en estos casos…».

Y es que la persona que estaba a mi lado era Rubén Sánchez, uno de los actores más famosos de la televisión. Pero no era solo un actor conocido, Rubén Sánchez era mucho más para mí, era ni más ni menos que mi amor platónico desde hacía cuatro años. Fantaseaba con él día y noche, me había imaginado mil y una historias de amor a su lado y estaba loquita por sus huesos. Todo empezó el primer día que lo vi en la serie Amar eternamente. Me enamoré loca y perdidamente de él. Para mí era el chico ideal. Moría por su sonrisa, su cuerpo y su voz tan varonil.

Por eso mi «carpeta talismán», esa que tenía encima de la mesa, estaba forrada con unas cuantas fotos suyas, concretamente cuatro: una en bañador, otra en pantalón corto, un primer plano de su cara y la otra con el torso desnudo donde se le marcaban todos los músculos de los brazos y de los pectorales, y cuando digo todos es todos, porque de músculos el chico iba bien servido. Todas las mujeres de España estaban enamoradas de él, igual que yo. Bueno, seamos realistas, probablemente de quien estábamos enamoradas era del personaje de policía que interpretaba en esa serie de televisión y que le había llevado al estrellato. Porque a él personalmente no lo conocíamos, aunque yo no me perdía ni una sola entrevista ni ningún programa en el que saliese. La verdad es que era mucho más guapo en persona que en la tele. Era tan bello, era tan todo, y yo lo tenía al lado.

En ese instante pensé en cómo podría tapar de manera disimulada la carpeta con todas sus fotografías. «Nada, Sara, olvídate, error, pérdida de tiempo, Rubén lleva media hora sentado a tu lado viendo lo inevitable». Y yo, mientras ocurría eso, estaba mirando como una pánfila el infinito y más allá intentando disimular para no hablar con nadie, sumergiéndome en mi mundo melancólico sin saber que la persona que tenía a mi lado era Rubén Sánchez.

No sabía qué decirle. Bueno, le podía decir muchas cosas, pero estaba tan nerviosa que era incapaz de articular una sola palabra. Lo miraba y seguía sin poder reaccionar. Hasta que, por fin, él lo hizo por mí.

—Perdona, ¿tienes un cargador del iPhone?

—¿Qué?

—Que si tienes un cargador de teléfono.

No podía articular palabra, era como si tuviese la mandíbula paralizada. Me di cuenta de que tenía los cascos puestos y la música a tope, eso estaba aumentando la sensación de irrealidad. Me los quité y traté de centrar toda mi atención en lo que estaba ocurriendo.

—Estoy esperando una llamada muy importante y me olvidé el cargador en el hotel. Tengo un cinco por ciento de batería, va a morir.

Cogí el cargador de mi mochila en silencio y se lo di.

Ese silencio lo rompió el sonido de mi móvil que me hizo volver de golpe, por fin, a la realidad. En la pantalla aparecía «papá» en letras grandes. Pero no me quería despistar, mi amor platónico estaba sentado a mi lado y los dos nos dirigíamos a Madrid. Todo lo demás daba igual. Temía mirarle a los ojos por si descubría todo lo que sentía por él. Mi madre siempre me decía que la mirada era el espejo del alma, así que no quería que Rubén fuese consciente de todo lo que había dentro de mí, solo de pensarlo me entraban todavía más calores. Lo cierto es que no podía disimular mucho, ya que mi «carpeta talismán» me había delatado completamente. Mi actitud estaba siendo de una auténtica niñata, menos mal que intenté tomármelo con algo de sentido de humor, porque si lo hubiese meditado un poco más me habría lanzado a las vías del tren sin pensármelo ni un segundo.

—¿Vas a Madrid por estudios o vacaciones? —Dios mío, le apetecía entablar una conversación conmigo. Apenas me lo podía creer.

—Por ninguna de las dos cosas realmente. En realidad no sé por qué voy, simplemente me he subido al primer tren con destino a Madrid en el que había plaza.

No me podía creer que estuviera diciendo una frase entera sin titubear. Atención, estaba hablando con Rubén como si le conociese de toda la vida. Qué sonrisa tenía, por favor. Como siguiese sonriendo así, no iba a ser dueña de mis actos.

—¿Te vas a quedar mucho tiempo? —preguntó, curioso.

—No lo sé. En cuanto llegue, veré lo que hago. Tampoco me preocupa mucho, no tengo a nadie que me esté esperando.

Otra vez mi padre al teléfono. No era el momento de aceptar la llamada, esa conversación iba a ser larga y dolorosa y prefería hacerlo cuando estuviera sola.

—Si llama dos veces seguidas, es que tu padre quiere algo seguro.

—Sí, saber dónde estoy.

—¿No lo sabe? ¿No sabe que estás viajando hacia Madrid?

—No, digamos que me he ido de casa sin avisar. Soy mayor de edad y no quería dar más explicaciones de mi vida a nadie. Estoy en plena tormenta personal, por eso necesitaba irme de allí, cambiar de aires, empezar una nueva vida sin que nadie me diga lo que tengo que hacer ni cómo lo tengo que hacer. No sé si me entiendes.

«Pero ¿por qué narices le estoy contando mi vida a Rubén? Qué va a pensar de mí. Sara, controla tus nervios. Venga, respira». Y no podía parar de pensar en qué opinaría de la carpeta forrada con sus fotos cuando la había visto en la mesa. «Creerá que soy una fan muy fan de él, cosa que es obvia, porque nadie lleva forrada su carpeta con fotos de alguien si en verdad no le gusta». No podía dejar de generar pensamientos y más pensamientos.

—Lo mismo si no le coges el teléfono puede pensar que te ha pasado algo.

«¡Qué labios tiene! Y su mirada es… Sara, retoma la conversación, vuelve a la Tierra».

—En realidad sí me ha pasado algo. Voy en busca de soluciones.

«Explicación, sí, le debo una explicación de lo de la carpeta, pero me muero de la vergüenza. Pero sí, Sara, ármate de valor. Le tengo que decir algo».

—Tranquilo, que en cuanto llegue les avisaré de que estoy bien. Gracias por preocuparte. Por cierto, me llamo Sara.

—Yo Rubén.

—Ya lo sé. —Y no pude evitar echar un vistazo a mi carpeta.

Los minutos pasaron demasiado rápido, quería detener el tiempo, pero ese día estaba visto que no se concedían deseos. Los magos, dioses y todo el mundo estaban en huelga. Aunque el hecho de haberlo conocido ya era mágico en sí. ¡Quién me lo iba a decir!

«Próxima estación: Puerta de Atocha-Madrid, no olviden coger sus pertenencias».

En un abrir y cerrar de ojos el tren ya estaba llegando a su destino. En unos minutos nuestros caminos se separarían para siempre y tenía que hacer algo. No sabía muy bien qué, pero sentía que le debía una explicación de lo de la carpeta. Era una situación totalmente ridícula, pero cuando la forré nunca pensé que le iba a conocer en persona.

«¿Y si le digo lo que siento por él y le cuento que era y es mi amor platónico? O mejor le pido una foto e inmortalizo este momento. O las dos cosas. O no digo nada».

En apenas unos segundos tenía que tomar la decisión de pedirle una foto, declararle mi amor diciéndole que llevaba años enamorada de él o las dos cosas o no decir absolutamente nada y sufrir por este amor adolescente en silencio. Estaba en un mar de dudas, pero tenía que tomar una decisión. Y después de estrujarme los sesos unos segundos, decidí declararle mi amor, era lo más valiente y sincero. Podría empezar diciéndole que era superfan de Amar eternamente y luego lanzarle todo lo demás como una bomba de relojería. Total, no tenía nada que perder, ni tampoco se iba a enterar nadie, solo él y yo. Los nervios se apoderaban de mí.

Fuimos recogiendo todas nuestras pertenencias del tren para bajar al andén cuanto antes.

—Toma, aquí tienes tu cargador, no sabes lo mucho que te agradezco que me lo hayas dejado.

Era el momento perfecto para contarle todo.

—Rubén, antes no te lo he dicho, pero es que…

Y justo cuando iba a seguir la frase, su móvil empezó a sonar.

Hello, Mathew?

Era la llamada importante que estaba esperando desde hacía un buen rato, el motivo por el que me había pedido el cargador.

Un jarro de agua fría me cayó encima, el agua estaba helada, muy helada, y había enfriado toda la situación. Mi fantasía voló y regresé a la realidad, a mi mundo de melancolía y nostalgia. Cogí mi maleta, mi mochila y mi carpeta, me puse los cascos y, una vez que bajamos del tren, le dije adiós con un simple gesto con la mano. Caminé por el andén, rumbo a la salida, alejándome poco a poco de todo el trasiego de pasajeros. Sabía que me dirigía a mi nueva vida, a un nuevo despertar.

Paradójicamente la vida me acababa de ganar la partida, ella se había encargado de decidir por mí. No tuve la oportunidad de decirle nada más. No sabía hasta qué punto aquel encuentro iba a cambiar mi vida. Tampoco me di cuenta de que ese día se me cayó al suelo algo muy importante para mí.

Capítulo 2. La llave talismán

Capítulo 2

La llave talismán

Durante las primeras semanas tenía claro que quería quedarme en un hotel en plena Gran Vía de Madrid. Por eso le dije al taxista que me llevara hasta allí, iba a alojarme por esa zona, pues era uno de los sitios que más conocía de la capital. La última vez que estuve fue precisamente el año anterior, por Navidad, con Patri, Raquel y Carol, mis mejores amigas. Las de toda la vida. Aunque, la verdad, ahora no pasábamos por nuestro mejor momento, pero aquel fin de semana fue muy especial: acudimos al teatro, recorrimos todas las tiendas de la Gran Vía y, por supuesto, visitamos el inmenso Primark que habían inaugurado recientemente. Nos quedamos impresionadas, porque más que una tienda parecía una atracción del Parque de Atracciones. El edificio se encontraba lleno de turistas de todas las nacionalidades, la gente iba allí no a comprar, sino a hacerse fotos desde todas las plantas, desde todos ángulos y desde todas las perspectivas posibles para luego subirlas a sus redes sociales o compartirlas a través de WhatsApp. Buscaban la foto de la tienda de moda para fardar con sus amigos, para decir: «Aquí he estado yo y he sido de los primeros en visitarla». Y nosotras también queríamos ser de las primeras. Nos hicimos las dichosas fotografías desde todos los ángulos, desde todas las plantas y desde todas las perspectivas para subirlas a las redes sociales y así alimentar un poquito más nuestro ego caprichoso de una manera inocente y sentirnos más importantes ante los demás. Tenía muy buenos recuerdos de ese viaje, lo tenía dentro de mis top 10 de viajes, por eso me daba un poco más de confianza y seguridad estar por esa zona. Cada rincón de esa céntrica calle me recordaba algún momento vivido con mis amigas y eso me daba un poquito más de fuerza para todo lo que estaba por venir.

Antes de emprender la huida de casa de mis padres, la noche antes de coger el tren, busqué en mi ordenador personal un hotel para alojarme los primeros días. Me metí en diversos portales y rastreé hasta que di con una oferta que se adaptaba bastante bien a mi presupuesto. Sabía que iba a ser un sitio de paso, por eso no me volví demasiado loca. Mi principal requisito era que estuviera por la Gran Vía o cerca de ella. En un futuro mi intención era compartir casa o alquilar una habitación, pues sabía de sobra que alquilar un piso en Madrid yo sola era imposible. Antes tendría que encontrar un buen trabajo. Por lo que pude ver, los precios estaban desorbitados y no me quería gastar tan rápido mis ahorros. Reservé una habitación en el hotel Gran Vía, de tres estrellas. Parecía tener buena pinta, además era asequible y estaba recién reformado, o eso parecía por las fotos que figuraban en la web. La relación calidad-precio me encajaba, pero lo mejor era que se hallaba muy cerca de plaza de España, y eso me encantó.

Mi teléfono sonó mientras estaba en el taxi. Era mi amiga Patri; descolgué.

—Sara, ¿se puede saber dónde estás? —me dijo como si yo fuera una niña pequeña a la que tuviese que controlar.

Últimamente me molestaban bastantes cosas de ella. Su máxima era controlar la vida de todas las personas que estaban a su alrededor, y eso sinceramente me sacaba de quicio. Tampoco aguantaba que se hubiese autocoronado la portavoz de nuestro grupo. Cada vez que ocurría algo entre nosotras, ella era la que se metía por medio emponzoñando más que solucionando.

—Patri, estoy en Madrid.

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué dices?

—Que estoy en Madrid, justo acabo de llegar al hotel Gran Vía y voy a entrar ya. En un rato te llamo desde la habitación y te cuento.

—Tía, estás loca, joder. Esto se avisa y me habría ido contigo. No sabes las ganas locas que tengo de volver al Primark y de hacernos otra foto allí. La que nos hicimos el año pasado es una de las que más likes ha tenido en mi Instagram.

Ella siempre a lo suyo, sin escuchar a nadie, solo su discurso mental. ¿No me iba a preguntar cómo me sentía?, ¿no quería saber por qué narices estaba en Madrid…? No, no me lo iba a preguntar. La realidad era que no le importaba cómo estaba su amiga, eso no lo consideraba relevante.

—Estás fatal, Patri… —Y ahí lo dejé, no le pude decir nada más. No le dije lo que pensaba de verdad, que se estaba comportando como una auténtica egoísta. No quería más líos en mi vida, no quería que se tergiversaran las cosas y que me crease más conflictos. Cosas como estas hacían que me alejase más de ella, se había convertido en una persona totalmente distinta a la que yo conocí hace años. Su evolución distaba mucho de mi manera de ver la vida. La realidad era que nuestra amistad no estaba en el mejor momento.

—Oye, que se me olvidaba, que llames a tu padre, que está preocupado, que no sabe dónde estás. Buah, qué fuerte, cuando se entere de que estás en Madrid…

—Sí, sí. Luego le llamo. Hasta luego, Patri. —Y con la tristeza que me había creado su indiferencia a mi conflicto personal colgué el teléfono.

El taxi paró enfrente de la puerta del hotel, cogí mi maleta, mi mochila y mi carpeta y entré. Efectivamente parecía que todo estaba recién reformado, olía a recién pintado y la decoración a simple vista era sencilla. En la recepción había una mujer rubia de unos cincuenta años atendiendo a unos cuantos chinos. No logré adivinar si acababan de llegar o justo estaban abandonando sus habitaciones. Había unos treinta. Con todo ese jaleo no había huecos para alcanzar el mostrador y realizar el check-in. Los chinos tenían copada la recepción, todos apelotonados y con los equipajes por el suelo, parecía una manifestación, solo les faltaba alguna pancarta reivindicando algo. Quizá habían venido a una convención o simplemente estaban de vacaciones todos juntos. De pronto me di cuenta de que si tenía que esperar toda esa cola me iba a dar algo y no estaba dispuesta a ello. Me las ingenié como pude para ir abriendo huecos entre las maletas y los chinos y poco a poco logré alcanzar el mostrador. Me acerqué hasta la mujer rubia que estaba atendiendo.

—Perdone, ¿es indispensable hacer toda esta cola para coger la habitación?

—Un momento, por favor.

—Tú colal —me dijo indignado uno de los chinos.

—¿Perdón?

—Tú, señorita, colal. Nosotros primero, tú no empujal.

—No, no, no empujo, solo quería llegar al mostrador y preguntar una cosa —traté de disculparme.

—No, no, tú colal y empujal.

La verdad es que el chino que me estaba echando la bronca tenía razón. Me había colado y puede que también hubiese empujado algo, pero una vez allí, con lo que me había costado llegar, no me iba a dar la vuelta. Pero al ver que la mujer rubia, que se llamaba Silvia según ponía en la chapa de su chaqueta, seguía sin hacerme caso, volví a insistir.

—P

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