Prólogo en 2021.
«Libros como volcanes»
Hay libros como volcanes, que emergen haciendo ruido, lanzando fuego, ofreciendo un espectáculo que combina sugerencia y destrucción. Luego, su efervescencia se detiene. Pasan los años y, cuando parecen más dormidos, alguna sima se remueve y el mundo vuelve a arder. Así ha sido con Diablo de Timanfaya, un libro de viajes sobre las islas Canarias que escribí cuando vivía entre demasiadas nubes, aunque ya era un hombre.
Por eso, cinco semanas después de que un volcán haya entrado en erupción en La Palma confirmando lo que incontables vulcanólogos y este libro advertían, y tras la avalancha de reacciones que ha dado una segunda vida al Diablo, me siento a escribir un prólogo pensando que, aunque no sea imprescindible, puede ayudar a entender algunas cosas no solo sobre Canarias sino, más que nada, sobre cómo se ha relacionado una influyente parte de España con la cultura y con los propios españoles en un tiempo en el que se suponía que el país iba bien.
La historia que justifica este prólogo es la que yo he vivido, claro, así que es de lo más parcial, pero intentaré ceñirme a los hechos y a las emociones que estos desataron en un chaval que aprendió bastante mientras temblaba.
Lo que vas a leer es un libro de viajes por las islas Canarias firmado por un aprendiz de escritor de veintisiete años que recurrió a los volcanes como hilo conductor para explicar un archipiélago fascinante que, como todo lugar y persona, también tiene lados feos, perturbadores, temibles. Se trata de un libro intenso como la juventud, todavía demasiado romántico, y en ocasiones descabellado, pero cuando lo releo aún me reconozco en la mayoría de párrafos. Es el libro de un ingenuo con ganas de epatar un poco siguiendo la estela de los grandes escritores de viajes que le habían maravillado.
Por entonces, yo ya había abandonado la prosa de Francisco Umbral, ganado por la deliciosa ironía de un Josep Pla que a veces podía ser algo hiriente, con el pensamiento de Miguel de Unamuno siempre al fondo. En el ámbito del viaje, en general me guiaba siguiendo a autores foráneos, de Theroux a Kapuściński, Byron, Maillart, Chatwin, Norman Lewis, Bouvier..., pero la influencia más directa del momento era Pla. En cualquier caso, estos viajeros me atraían porque también enfocaban el lado oscuro, aunque algunos lo hicieran sonriendo. Trataban el espacio como se trata a un personaje completo, espléndido desde sus ambigüedades. Y de ese modo quería escribir yo.
El libro se publicó en el año 2000. Con todo listo para la promoción, me telefoneó alguien de un periódico canario para notificar que renunciaban a hacerme la entrevista programada con ellos. Según me explicó, el libro decía cosas que no les gustaban. «Hemos leído la introducción y no, no te la vamos a hacer». Al día siguiente, Diablo de Timanfaya fue portada de ese diario, que tituló aludiendo a mi origen catalán y afirmando que había escrito «contra» las islas Canarias. En el interior, llenó dos páginas de extractos descontextualizados. A continuación, en una secuencia perfecta que duró seis días, el gremio de hostelería cargó contra mi profesionalidad; varios lectores enviaron cartas al director señalando que solo pude escribir aquello porque una canaria me había dado calabazas, o que lo hice bajo la influencia de drogas psicotrópicas; y entonces intervino el Cabildo pidiendo por fax la retirada del Diablo de las librerías. Cuando el abogado y escritor mexicano Jorge Volpi, que en esos días también promocionaba un libro incluido en la misma colección, leyó el fax dijo:
—Esto es censura.
Luego, en tono más bien jocoso, añadió:
—Esto no pasa ni en México.
Mi editorial del momento defendió el libro emitiendo un comunicado que apelaba a la historia de la literatura, a la libertad de expresión y a figuras represaliadas como la de Oscar Wilde; y, al final de la semana, apareció el presidente canario en televisión opinando sobre el tema. No recuerdo lo que dijo, solo que fue cauto y el único en reconocer que no se había leído el libro.
El revuelo continuó unas semanas. Hubo artículos a favor y, sobre todo, en contra de la publicación, se pidió que se me considerara persona non grata en Canarias, pero todo fue una deriva de lo acontecido durante la Semana Grande en la que, a partir de la reproducción de un puñado de fragmentos, pude experimentar lo que suponía recibir una campaña de descrédito años antes de que las redes sociales sublimaran, y casi normalizaran, ese tipo de ofensivas.
Cuando leí el comunicado de los hosteleros, recuerdo que literalmente temblé. Los primeros días viví en un limbo de nerviosismo estupefacto, preguntándome los porqués de semejante reacción. Era consciente de que en el libro aparecían algunas descripciones y opiniones que iban a incomodar, pero el Diablo es un libro escrito desde la curiosidad, la admiración y el cariño por las islas y por sus habitantes, y varias personas que lo han leído me han transmitido que al acabar la lectura desearon viajar a Canarias o conocerlas mejor. Y, bueno, sea como sea, sus páginas no mentían ni incitaban a ninguna violencia, de modo que costaba entender por qué un puñado de presuntas autoridades se empeñaban tanto en quitarlo de en medio.
Atendí a las recomendaciones de no alimentar el fuego y me mantuve muy al margen, asistiendo al espectáculo en silencio. Fue sencillo, porque prácticamente ningún medio me llamó para saber qué opinaba. Me sorprendió que la polémica no llegara a la península. Yo era un pipiolo desconocido, de acuerdo, pero el asunto había alcanzado al presidente canario. El mutismo mediático peninsular podía significar varias cosas. Quizá tuviera que ver con la a menudo lamentada desconexión del archipiélago del resto de España, donde las informaciones sobre Canarias no llegaban con la fluidez deseada por los isleños. Aunque también sugería falta de interés en denunciar la vigencia de censores potenciales en un país que se suponía democráticamente primermundista. Y, por último, cabía valorar la voluntad de ciertos medios de comunicación con tentáculos hosteleros e inmobiliarios en silenciar un libro que, según algunos, iba a enturbiar la imagen de un destino superturístico. Por ejemplo, saber que tres islas canarias están activas vulcanológicamente y que varios apartamentos, hoteles, viviendas, corrales se habían construido en zonas que, en el caso de erupciones, movimientos sísmicos o tsunamis podían ser arrasadas, no era buena publicidad. La verdad es que no. Y supuse, aún supongo, que, si bien el libro habla de la vida canaria al completo, desde los puros a los plátanos, de los dragos al carácter insular, los vestidos, las casas y sus balcones, la lava, los lagartos, los bimbaches o los zumos, si bien se trata de un genuino libro de viajes, el hecho de que varios fragmentos señalaran la irresponsabilidad de políticos, inmobiliarias y hosteleros fue el desencadenante de aquel follón.
La industria turística llevaba décadas campando a sus anchas por un país que había aceptado desindustrializarse a cambio del dinero «fácil» que proporciona la hostelería, así que los nuevos (y viejos) magnates estaban tan confortablemente instalados en sus adineradas seguridades, y se sentían tan respaldados e impunes, que se creyeron con el casi legítimo derecho de barrer a cualquiera que cuestionara su modelo. La cuestión es que varios de los fragmentos peliagudos que aparecen en este libro los extraje de informes e incluso publicaciones auspiciadas por el propio Cabildo. Entonces, ¿a qué vino tanta saña con un escritor novato?
Una verosímil respuesta apunta a la enorme desconexión que todavía hoy existe en España entre las humanidades y el mundo científico. La radical separación de disciplinas explica la falta de un diálogo imprescindible que permita la proliferación de obras donde se comunique con información y sentimiento el papel que, por ejemplo, juega la naturaleza en nuestras vidas.
Esa separación, aún más tangible en el año 2000, daba pie a financiar rigurosos y muy explícitos estudios sobre volcanes con la seguridad de que solo los consultarían un puñado de expertos y los curiosos habituales. Sin embargo, cuando idénticos datos sobre los peligros de tener volcanes activos en el archipiélago tomaron forma literaria para ser difundidos a través de una editorial de gran alcance, algunos detectaron una amenaza. Y decidieron actuar.
Especulo, sí, pero no encuentro ningún otro argumento lo bastante sólido para justificar aquel intento de censura, aún menos cuando esta tradición literaria cuenta con autores tan desmesurados, hiperbólicos e irreverentes como Camilo José Cela —ahí queda su Viaje a la Alcarria—, exploradoras con tan pocos tapujos como la Aurora Bertrana de Paraísos oceánicos o ese virtuoso de la ironía, ese adjetivador agudo que fue Pla.
En cualquier caso, aprendí mucho de aquella polémica. A lo largo de una vida de escritura, ha habido rachas de desánimo en las que me he preguntado para qué escribir, con tanto micrófono y pantalla divulgando de inmediato y a millones de personas unas ideas que con frecuencia son mentiras evidentes pero calan y desmerecen el trabajo de tantas personas honradas. Usar palabras para decir lo contrario de lo que significan ha sido una tendencia al alza refinada por el uso de las nuevas tecnologías, también entre sujetos que deberían ayudar a poner orden y claridad, así que varias veces me he cuestionado el sentido de la apuesta literaria. Y cada vez que ha llegado una racha de esas, he pensado en Canarias. En lo que detonó este libro, en las palabras que se emplean. Las palabras. Lo que no esperaba era lo que iba a ocurrir veintiún años después.
Cuando en septiembre de 2021 el volcán Cumbre Vieja de La Palma entró en erupción y comenzó a arrasar zonas edificadas, emergieron las preguntas sobre por qué se había permitido construir en ciertos lugares. Diez años antes, varias áreas de El Hierro habían sido evacuadas por unos seísmos subacuáticos que hicieron temer la posibilidad de tsunamis. Sopesé escribir un artículo a propósito para resarcirme un poco del vapuleo recibido años antes, pero preferí dejarlo correr. Como hacía tres meses que había ingresado en Twitter, tuve la tentación de enviar un mensajito mínimo, a ver qué pasaba, pero ni conocía la red ni me sentía lo bastante lejos de una historia que aún me removía. De modo que también lo descarté.
Con la erupción del Cumbre Vieja fue distinto. Una noche, mientras dudaba sobre si ver una película o irme a dormir, eché un vistazo a Twitter. El volcán salía por todas partes. Las noticias abundaban en la hipnótica magnificencia del fuego y, sobre todo, en el temor de las personas que veían peligrar propiedades situadas en la trayectoria que previsiblemente iba a seguir la colada. Algunas de las cosas que estaban ocurriendo se habían pronosticado en el libro y, como había pasado mucho tiempo desde la polémica y me sentía tranquilo a pesar de la rabia y la pena de ver a toda la gente que debía abandonar aprisa sus casas, y como mis mensajes casi nunca alcanzaban más allá de los siete u ocho retweets, escribí un breve hilo a propósito de la vieja historia.
Horas después, el siempre atento periodista Domingo Marchena me contactó para ampliar un poco la información. Publicó una nota en su periódico. Y el libro volvió a estallar. Solo que, por seguir con la metáfora volcánica, en esta ocasión el fuego empezó a quemar a mi favor.
De repente, varios grandes medios de comunicación del país me presentaron como víctima de los viejos poderes. El escritor prohibido. Vetado. Censurado. Recibí llamadas de numerosos programas de televisión, emisoras de radio y periódicos y revistas interesándose por el asunto. Algunos periodistas me denominaron visionario y uno hasta citó a Nostradamus. Varios se mostraron sorprendidos por el tema pero casi ninguno tuvo tiempo —en la tele y la radio cortan fácilmente la señal cuando creen que ya declaraste lo que esperaban— para profundizar en la cuestión que yo creía más clave: si me habían intentado censurar a mí, y de algún modo lo consiguieron, ¿cuántos artistas, cuántas personas habrían sido silenciadas o maltratadas por los lobbies político-empresariales del país a lo largo de los años de bonanza económica?
Una conclusión es que este país se ha abonado durante demasiado tiempo a las descripciones complacientes y al tríptico publicitario, entregándose a ese imperio llamado Turismo, cuyos tentáculos se han encargado de neutralizar cualquier mácula o crítica dirigida a la rentabilísima Meca del sol y playa europea, al paraíso de la Historia y las Reservas de la Biosfera que es España.
Lo más simbólico de esta historia, lo que resume el mundo en el que vivimos, con miles o millones de individuos sentenciando todo el día sobre cualquier cosa que los medios les acaben de mostrar, es que casi ninguno de los que opinaron, ni en 2000 ni en 2021, se había leído el libro.[*]
Escribí este Diablo con el cariño y la pasión del principiante pero, después de lo que pasó, lo asocio a ruido y distracciones, de modo que cuando la editorial me propuso rescatarlo, dudé. Además, pertenece a un periodo de mi vida en el que yo usaba otras palabras y estaba empeñado en sacudir la balsa de corrección política que amuermaba al personal. Ahora observo la vida de una forma distinta, más tranquila. Y la vida y la moral de los demás también han cambiado mucho en veinte años. Ahora, la confiada felicidad derrochadora colectiva se ha convertido en una crispada crisis permanente, y si antes necesité sacudir, agitar, alertar sobre la fantasía y las burbujas que unos cuantos nos estaban vendiendo, ahora me esfuerzo por presentar el encanto de los puntos intermedios en busca de un mínimo equilibrio.
Por eso, en la versión de Diablo de Timanfaya que vas a leer he retocado algún momento, no muchos. Acoto la presencia de ciertas palabras y matizo pasajes que en su tiempo escribí pretendiendo desafiar o divertir y hoy veo que no solo no lograron su objetivo, sino que pudieron haber servido para minusvalorar el resto de la obra. Ninguna corrección, por cierto, tiene que ver con la actividad de los volcanes. Y es que aquí se habla sobre todo de Canarias, de su n
