Mi madre era andaluza. Por una de esas cosas del azar sus padres, el uno y la otra, tenían el mismo apellido, Muñoz. Así pues, ella, según la usanza española usaba sus dos apellidos Muñoz Muñoz. Su nombre de pila era Araceli.
Yo me parecía a ella en la tez y en los rasgos, mientras que el color de los ojos me venía de mi padre (italiano de Piamonte). Del tiempo en que yo aún era hermoso suena en mis oídos una coplilla típica de las noches de plenilunio que siempre me sabía a poco. Y ella me la repetía alegre, levantándome hacia la luna, como si quisiera presumir de mí ante una hermanita gemela que yo tuviera en el cielo.
Luna lunera
cascabelera
los ojos azules
la cara morena.[1]
Esta y otras coplillas semejantes del mismo repertorio, compañeras de mi breve edad feliz, son de los pocos testimonios que me quedan de su cultura originaria. De su tierra natal ella hablaba poco o nada en nuestra casa de Roma, encerrándose rápida a las primeras alusiones en una esquivez defensiva. Del mismo modo que les sucede a ciertos harapientos, que adquieren un doble orgullo cuando son ascendidos a las «altas esferas», ella era la primera que asumía hacia su propio pasado en determinadas circunstancias un duro desprecio mundano y hasta esnob, contagiado, sin remedio, de una tosca vergüenza, pero mezclado siempre, hasta dentro de sus entrañas, a unos celos feroces que vedaban a los extraños su pequeño territorio, como una propiedad consagrada a los Muñoz Muñoz.
Pero en aquellas actitudes suyas, recelosas y avaras, increíblemente parecía vislumbrarse su país como una especie de pedregal desértico, agostado por un viento africano, en el que brotaban matorrales que solo daban espinas y en el que la hierba recién nacida moría de sed. Al oírla, mi tía Raimonda, llamada Monda (hermana de mi padre), abría los ojos maravillada, pues en su opinión España (y con mayor razón Andalucía) debía de ser toda ella un jardín de naranjos, jazmines de Arabia, rosales, ferias pascuales, faldas de volantes, guitarras y castañuelas. Sin embargo, con su habitual discreción, la tía Monda no insistía con demasiadas preguntas. En efecto, acerca de las raíces familiares de mi madre y de su existencia prenupcial de virgen pueblerina, en nuestra casa se hallaba vigente una especie de honorable secreto de Estado, cuyo único depositario legítimo era mi padre, y la tía Monda nada más que una simple albacea con funciones reservadísimas y limitadas a lo estrictamente necesario. En realidad, se trataba de un secreto obligado y nada tenebroso en sí mismo, pero la fantasía infantil no puede imaginarse un secreto sino cubierto de tinieblas o circundado de esplendores que pueden desvanecerse en cuanto el arcano se encuentra con la luz. Y así, naturalmente, yo dejaba que nuestro secreto permaneciera inviolado, semejante a un tesoro exótico cuya clave oculta yo renunciaba a buscar. A lo largo del breve curso de mi vida en familia (concluida para mí en la primera adolescencia) solo me llegaron de él noticias casuales y fugaces, sobre las cuales (especialmente la tía Monda) se pasaba como sobre ascuas. Claro que si yo hubiera tenido una mente más empírica, semejantes reticencias me habrían estimulado a una investigación personal, aunque fuera mínima, pero dichas reticencias se aliaban con mi ya clara inclinación natural, más proclive a las visiones que a las indagaciones. Así pues, dejaba que los varios indicios sobre la prehistoria de mi madre se cancelasen ante mí apenas aparecían, lo mismo que esos hilos luminosos que relampaguean bajo los párpados en la oscuridad. De ciertos chismorreos de nuestra servidumbre o de algunos curiosos, me apartaba con desapego instintivo, casi aristocrático, a menudo ensombrecido por un feroz aire de amenaza. Allí estaba yo, solo, defendiendo no solo la celosa propiedad de mi madre contra toda indiscreción vulgar, sino también las abiertas e infinitas llanuras de la ignorancia contra toda frontera.
Además, por su parte, mi propia madre, desde los tiempos de nuestra intimidad exclusiva, me había dejado en mi ignorancia. Acaso sentía que yo, como ella de mí, también lo sabía todo de ella sin saberlo. Su historia me había sido transmitida desde que empecé a crecer en su seno a través del mismo mensaje cifrado que había transmitido desde su piel hasta la mía el color moreno. Por tanto, habría sido en vano intentar una traducción terrestre de cuanto yo llevaba, congénito, dentro de mí, ya grabado en un fabuloso código propio.
Ella disfrutaba describiéndome confidencialmente algunas maravillas especiales dejadas en su casa, en su país; todas ellas más o menos parientes de aquellas famosas coplillas tan bien conocidas por mí, e igualmente seductoras para mí. Con la gran pompa de una reina que hace gala de su propio linaje, me describía, por ejemplo, a su cabra Abuelita (llamada así por ser abuela de otra cabra pequeña, una huérfana de nombre Saudade) y a su gato Patufé («rojo como el oro») y a una viejecita vecina suya, milagrosa, de nombre Tía Patrocinio..., etcétera. Pero sobre todos sus vecinos, paisanos y deudos, sobre todo el pueblo andaluz y español, campeaba su único hermano Manuel, llamado también Manolo y Manuelito. Este tío mío (destinado a serme siempre desconocido) era menor que ella en edad, pero ella le guardaba la consideración de un verdadero y gran primogénito. Por lo que se adivinaba, debía de haber sido de estatura pequeña, como ella, pero su genio y su valor lo engrandecían a los ojos de su hermana hasta una digna medida viril. «Es más alto que yo», decía ella alzando la mano un palmo más arriba de su propia cabeza, como queriendo significar con ello una altura insólita; y yo, desde mi pequeñez, seguía la dirección de su mano con la mirada reverencial de quien mira la cima del Everest. En cuanto hablaba de su hermano —aunque solo lo nombrase—, su voz vibraba de notas festivas y sacrales que iban de la canción de corro infantil al aleluya. E inmediatamente, mi garganta, sacudida por un temblor, repetía las mismas notas en una risa enamorada que sonaba como un coro de laúdes. Yo creo que en la naturaleza no existe un solo muchachito o niño que desde sus primeras aventuras no haya elegido —o mejor, reconocido— a su propio «héroe». Venido a él desde las historias, de los cuentos, de los mitos o de la actualidad concreta o incluso de la publicidad, su héroe podrá encarnarse en Bonaparte, en el burgundio Sigfrido, en el chino Mao, en Caín, en Belcebú, rey de los Infiernos, en Casanova, en Hamlet, en el Mahatma Gandhi, en un as del balón, en un galán de cine o en un personaje de tebeo..., y se da por supuesto que podrá transmutarse variadamente con el variar de las suertes, de los climas y de las modas. Es más, esto suele ser el caso más común, pero no era el mío. Mi héroe fue y sigue siendo, aún hoy, siempre uno: mi tío Manuel, desde el día en que por primera vez tuve noticia de él. Según mis cálculos posteriores, en aquella época Manuel debía de tener unos trece años y yo unos diez menos. Y supongo que debo, al menos en parte, a esa edad mía, mínima y cascabelera, el favor especial con que me dignó Araceli al hacerme único depositario y confidente de sus propios alardes privados y, en primer lugar, de las hazañas y hermosuras de su Manuel. Que yo sepa, ella no extendía tal favor a nadie más fuera de mí, un niño. ¡A nadie más, ni siquiera a mi padre! Pero creo que ante él la humildad debía desanimarla, confundiendo sus orgullos infantiles. La verdad es que, a su juicio, ni siquiera el esplendor de Manuel soportaría la comparación con la luz solar de mi padre.
El cual, por otra parte, era el único de todos nosotros que presumiblemente había podido conocer personalmente a Manuel, así como al gato Patufé y, tal vez, a todo el linaje andaluz de los Muñoz Muñoz.
Han pasado treinta y seis años desde que mi madre fue enterrada en el cementerio de Campo Verano de Roma (mi ciudad natal). Nunca entré en él a visitarla. Y hace más de treinta años que me fui de Roma, adonde nunca más pienso volver.
La última vez que estuve fue a comienzos del verano de 1945, al final de la guerra. Entonces tenía unos trece años (pero era como si aún tuviera diez). Y en esa ocasión, entre otras cosas, vine para saber que, durante un bombardeo aéreo sobre la ciudad, el Campo Verano también había sido arrasado por las bombas: muchos sepulcros quedaron destapados y muchos cipreses derribados. También me enteré del día y de la hora del bombardeo. Fue hacia el mediodía, el 19 de julio de 1943. Y desde entonces, en mis visiones, ese ignoto campo se me representó en una hora fija canicular (sabía que en lengua española verano significa «estío»). Un bosque de humo y de incendio del que mi madre huía empavorecida y manchada de sangre, con el mismo camisón arrugado que llevaba cuando la visité por última vez.
¿Adónde podía haber huido sino a Andalucía? Y hoy, al cabo de tantos años de separación desmemoriada, es precisamente a Andalucía donde voy a buscarla.
A veces —especialmente en ciertas situaciones de extrema soledad— en los vivos empieza a latir un pulso desesperado que los impulsa a buscar a sus muertos no solo en el tiempo, sino en el espacio. Hay quien los persigue hacia atrás, en el pasado, y quien se lanza al espejismo de alcanzarlos en un futuro último, y quien, no sabiendo ya dónde ir sin ellos, recorre los lugares tras su posible pista. Semejante reclamo puede sobrevenir inesperado e ir acompañado del mismo desasosiego que se apoderaría de un mísero indigente, el cual —después de una larga amnesia— recordase que posee un diamante escondido. Pero él mismo ignora dónde lo escondió, toda señal ha sido borrada. Y no le sirve de nada invocar un indicio cualquiera que le valga para recuperarlo, y ya no le es dado poseer otro bien.
En este otoño de niebla, desde hace varios días, me siento tentado a seguir a mi muchacha Araceli en todas las direcciones del espacio y del tiempo, menos en una en la que no creo: el futuro. En realidad, en la dirección de mi futuro no veo más que una vía sinuosa a lo largo de la cual mi habitual yo mismo sigue moviéndose arriba y abajo como un viajero borracho. Hasta que sobreviene un choque enorme y todo movimiento cesa. Es el punto extremo del futuro. Una especie de mediodía cegador, o de medianoche ciega, en el que ya no hay nadie, ni siquiera yo.
Desde hace unos dos meses tengo un empleo eventual en una pequeña editorial donde me dedico a la traducción o lectura de textos en estudio, de los que luego debo presentar un breve informe escrito. En su mayor parte se trata de opúsculos o de pequeños tratados de divulgación de argumento científico-práctico o político-social o incluso instructivo-mundano.
Por lo que yo sé, la empresa la constituyen dos despachitos, con un retrete oscuro y sin ventanas. Uno de los despachitos sirve más que nada como almacén; el otro lo ocupo yo. Si bien el jefe, en sus apariciones no infrecuentes pero apresuradas, ha aludido algunas veces a un invisible «personal de empresa», allí dentro, y según todas las apariencias, el único personal soy yo. La puerta de cristales que da a la escalera y que lleva el rótulo «Editorial Ypsilon» y más abajo la palabra empujar, anuncia a los visitantes con un largo chirrido, al que sigue inmediatamente la libre entrada del visitante de turno. En general, se trata de aspirantes a autores, en gran parte ya maduros, los cuales, con su aspecto lobuno y casi torvo aumentan el hielo natural del ambiente y me precipitan rápidamente en una confusa congoja.
Según mi contrato, dentro de ese despacho tengo que pasar mis días de nueve a una y de cuatro a siete y media.
Al principio había recibido este empleo como un golpe de suerte (en efecto, mis rentas, ya escasas, en los últimos tiempos no me daban ni para pagar el alquiler de un cuartito), pero muy pronto me di cuenta de que mi cerebro lo condenaba a un rechazo sin remedio. Al leer aquellos tratadillos, ya desde las primeras líneas, tenía la sensación de estar deglutiendo engrudo. No me interesaban nada sus argumentos; es más, no concebía que otros cerebros pensantes pudieran ocuparse de ellos. Al cabo del rato ya había perdido el hilo. Y aunque desde hacía algún tiempo había renunciado a toda droga ligera o pesada y hasta —en los límites de lo posible— al alcohol, recaía en mi vicio morboso del sueño. Entonces, de golpe, me caía dormido con la boca abierta sobre mis trabajos. Y ocurría que fatigosamente me sacudía al oír el chirrido de la puerta de entrada para ver delante de mí, ya listo, a uno de aquellos funestos visitantes, bien derecho, mirando con una especie de sonrisa sospechosa mis ojos hinchados y el hilo de saliva que me caía por la barbilla. También ocurría que aquellos sopores me trajesen sueños, o mejor dicho, delirios pasajeros, fútiles y tétricos. Por ejemplo, los caracteres de imprenta, allí debajo de mi nariz, se transformaban en miríadas de gorgojos que brotaban como un enjambre de las hojas dejándolas reducidas a un polvo blanco.
Cada día nuevos opúsculos y nuevas pruebas se descargaban en mi mesa. Y la simple vista de aquellos montones bastaba para darme náuseas desde el primer momento. Naturalmente, mi bajo rendimiento no podía escapar ni siquiera a las miradas atareadas y rápidas de mi lacónico boss. Y sin duda hacía ya tiempo que la Editorial Ypsilon programaba mi próximo despido inevitable.
De todos modos, a finales de octubre se me pagó mi segundo sueldo, que resistió casi intacto en mis bolsillos hasta estas vacaciones anuales de primeros de noviembre. La duración de las vacaciones había sido calculada con largueza, gracias a la usanza nacional de los puentes de fin de semana: desde el viernes 31 de octubre (vigilia) hasta el martes 4 de noviembre (vieja festividad patriótica). Y así, esta mañana (viernes 31) me puse en marcha para mi viaje.
Hace tiempo que me convertí en un sedentario. Y además, la palabra fiesta o vacaciones siempre evocaba en mí una triste tribu dominguera, ebria de bolsas de plástico, de Coca-Cola y de frenéticas radios a transistores. Nunca había estado antes en el extranjero. Y la decisión de esta partida se agitaba en mí en un sentimiento extremo de riesgo y de locura, pero también de ignoto entusiasmo (enthusiasmós = invasión divina). Al principio, sin embargo, aún estaba dudoso acerca del itinerario. En efecto, ¿adónde podría ir un tipo como yo, huraño y misántropo, y sin ninguna curiosidad por el mundo, por ningún lugar del mundo? Hasta que el enthusiasmós me enseñó el único itinerario posible para mí: mejor dicho, el obligado.
Anda niño, anda
que Dios te lo manda.
Y así, ahora (casi las once de la mañana) me pongo en camino, partiendo de Milán, para ir a la busca de mi madre Araceli en la doble dirección del pasado y del espacio. Sobre su prehistoria en Andalucía siempre me había mantenido ignorante, más o menos como en los tiempos de mi niñez. Y aún ahora, buscarla no significaba para mí documentarme o recoger testimonios sino marcharme de aquí, siguiendo las huellas de su antiguo paso, como un animal desbandado va tras los olores de su propia guarida.
Entre las escasas noticias que de ella poseía estaban sus principales señas personales, o sea además de su doble apellido de soltera, su lugar de nacimiento, que sabía se hallaba en la provincia de Almería, y que se llamaba El Almendral. Pero la escasa correspondencia de su casa que ella recibía en Roma —esto lo recuerdo con precisión— llevaba en el sobre el matasellos de Gérgal, un nombre que en vano busqué en los atlas corrientes, pero que, por fin, encontré en un gran mapa del Instituto Geográfico. Resultó ser un pequeño pueblo aislado en medio de la sierra, a una notable distancia del mar.
En cambio, en ningún mapa encontré El Almendral. Pero mientras tanto, aquel mínimo punto periférico ignorado por la geografía últimamente se había convertido en la única estación terrestre que indicase una dirección a mi cuerpo desorientado. El suyo era un reclamo sin ninguna promesa ni esperanza. Sabía, más allá de toda duda, que no me llegaba de la razón, sino de una nostalgia de los sentidos tal que ni siquiera la certeza de su existencia era para mí una condición necesaria. Mi estado era justo el de un animal bastardo al que, siendo apenas un cachorrillo, arrebataran de su guarida dentro de un saco y lo dejaran, para desembarazarse de él, a la orilla de un camino. Quién sabe cómo sobrevivió. Pero a su alrededor solo halló tribus hostiles que lo tratan como a un intruso y un animal rabioso. Y entonces, llevado por sus agudos sentidos, rehace todo el camino hacia atrás, hacia el punto de partida (¿tal vez a una anagnórisis?)
Este niño chiquito
no tiene madre.
Lo parió una gitana
lo echó a la calle.
La tentación del viaje se había apoderado de mí recientemente con la voz misma de mi madre. No fue una transcripción abstracta de la memoria la que me devolvió sus primerísimas canciones, ya sepultadas, sino justamente la voz física de ella, con su tierno sabor de garganta y de saliva. Volví a sentir en el paladar la sensación de su piel que olía a ciruelas frescas, y en la noche, en este frío milanés, he sentido su aliento todavía de niña, como un velo de ingenua tibieza en mis párpados envejecidos. No sé cómo los científicos explican la existencia, dentro de nuestra materia corporal, de estos otros órganos de sensación ocultos, sin cuerpo visible, y segregados de los objetos, pero también capaces de oír, de ver y de cualquier sensación de la naturaleza y aún de otras. Se diría que están dotados de antenas y sondas. Actúan en una zona excluida del espacio, pero de movimiento ilimitado. Y allí, en esa zona se cumple (al menos mientras vivimos) la resurrección carnal de los muertos.
Araceli. En los primeros años de mi convivencia con ella me sonaba, por supuesto, del todo natural. Pero cuando ella y yo nos vimos lanzados al mundo, advertí que eso la distinguía de las otras mujeres de la ciudad. Efectivamente, nuestras conocidas se llamaban Anna, Paola o Luisa o en algunos casos Raimonda, Patrizia, Perla o Camilla. «¡Araceli! —exclamaban las señoras—. ¡Qué nombre tan bonito! ¡Qué nombre tan raro!».
Más tarde supe que en España es de uso común bautizar a las niñas con nombres así, incluso latinos de la iglesia o de la liturgia. Pero, poco a poco, con la edad adulta ese nombre de Araceli se escribió en mi recuerdo como un signo de diversidad, como un título único, en el que mi madre permanece separada y encerrada dentro de un marco recargado y macizo, pintado de oro.
Quizá esta figura del marco me venga del espejo que había realmente en nuestra primera casa clandestina, de donde nos siguió a la nueva casa legítima de los Barrios Altos. Allí se quedó, en el dormitorio de mis padres, grande y vistoso, en el centro de la pared hasta nuestro derrumbamiento económico. Desde entonces no sé adónde ha ido a parar, ni si pasó a manos de algún pariente o si fue vendido con el resto del mobiliario a cualquier anticuario o chamarilero. Pero es muy probable que aún exista y que sobreviva a la familia desaparecida.
Su luna era brillante y de reciente fabricación, pero su marco, viejo y empalidecido en sus dorados, era de un estilo siglo XVII majestuoso. Ese estilo suyo contrastaba con el tono bastante moderno (llamado racional) que predominaba en nuestra casa; efectivamente, al igual que la alfombra francesa puesta a sus pies y otras piezas esparcidas aquí y allá, procedía, a través de Raimonda, de mis abuelos paternos de Turín.
Según algunos nigromantes, los espejos serían vorágines sin fondo que engullen, para no consumirlas nunca, las luces, del pasado (y tal vez también las del futuro). Ahora la primerísima visión póstuma de mí mismo que sirve de fondo a todos mis años se presenta a mi memoria (¿o pseudomemoria?) no directamente sino reflejada en ese espejo y encuadrada en su conocido marco. ¿Es posible que haya quedado fijada allí, en los mundos subacuáticos del espejo, para serme hoy restituida, recompuesta en sus átomos, desde el vacío? Dicen que nuestros recuerdos no pueden remontarse más allá del segundo o tercer año de edad, pero aquella escena intacta y casi inmóvil me llega a mí desde más atrás.
Se ve sentada en una butaquita de peluche amarillo-oro (para mí ya conocida y familiar) a una mujer con un lactante en el pecho. Apoya en la cama un pie descalzo, y en el suelo, en la alfombra francesa, hay una babucha vuelta del revés. No distingo bien su vestido (¿una batita larga de color fucsia?), pero reconozco su modo de apartarse los lazos del pecho teniendo cuidado en ofrecer apenas la punta del pecho, con un pudor cómico, como si se avergonzase incluso delante de su pequeño bebé. En efecto, estamos los dos solos en el cuarto, y yo soy ese mamoncillo de cabecita negra que de vez en cuando alza los ojos hacia ella.
Y en este punto se desvanece el espejo con su marco. Ahora, de aquella escena reflejada en el espejo y que parecía pintada, se me aproximan, desarrollándose en concreción física, los íntimos detalles, como si mi yo mismo de hoy volviera a tener las mismas pupilas de aquella criaturita estática colgada del pecho. ¿Podría ser que este fuera uno de mis recuerdos apócrifos? En su continuo trabajo la máquina inquieta de mi cerebro es capaz de fabricarme reconstrucciones visionarias, a veces remotas y ficticias como morganas, y a veces próximas y posesivas, hasta el punto de que me encarno en ellas. Sea como fuere, sucede que algunos recuerdos apócrifos después se me descubren más reales que los verdaderos.
Como este. Por entre los párpados entrecerrados del yo mismo de entonces vuelvo a ver el pecho de ella, desnudo y blanco, con sus venillas azules, y alrededor del pezón una pequeña aureola de color naranja-rosa. Es de forma redonda, no demasiado grande, pero turgente. A menudo, yo, con mis minúsculas manecitas inquietas lo busco al mamar de él, encontrando la mano de ella que me lo ofrece, tapándolo y destapándolo al mismo tiempo. Su mano, así como su cuello y su cara —luego, con el paso del tiempo, se fueron aclarando—, comparada con sus pechos es de color bastante más oscuro, y su forma es regordeta y corta, con las uñas también cortas en su trazo casi rectangular. A causa de una herida de su infancia las falanges de los dedos meñique y anular se le quedaron hinchadas y un poco deformadas.
Su leche tiene un sabor dulzón, tibio, como el del coco tropical recién arrancado del cocotero. De vez en cuando, mis ojos enamorados se alzan para dar gracias a su rostro que se inclina enamorado hacia mí, entre los racimos negros de sus rizos de desigual longitud que le llegan a los hombros (ella no quería cortárselos. Era una de sus desobediencias).
Su frente está cubierta de rizos hasta las cejas. Cuando se aparta el pelo de la cara descubriendo su frente, adquiere una fisonomía distinta, de extraña inteligencia y de inconsciente, congénita melancolía. De otro modo, la suya es la fisonomía intacta de la naturaleza, entre la confianza y la defensa, la curiosidad y la hurañía. Sin embargo, en su sangre vibra continuamente una alegría por el solo hecho de haber nacido.
Decir «ojos como una noche estrellada» parece una frase literaria. Pero yo no sabría de qué otro modo describir sus ojos. Sus iris son negros, y, al recordarlo, este negro se engrandece más allá del iris en un temblor de minúsculas gotas o luces. Son ojos grandes, algo oblongos, con el párpado inferior pesado, como en algunas estatuas. Sus cejas tupidas (solo más tarde aprenderá a clareárselas con la navaja) se le reúnen encima de la frente dibujando un acento circunflejo, hasta el punto de que, cuando baja la cabeza, le da una expresión severa, oscura y casi ceñuda. Su nariz es bien modelada y recta, no caprichosa. El contorno de la cara es un óvalo lleno y sus mejillas aún son algo mofletudas, como las de los niños.
Todavía hoy creo que la naturaleza, en su variedad, difícilmente habría podido producir un rostro más bello. Pero algunas irregularidades y defectos de aquel rostro siguen golpeando con especial insistencia en mi memoria, gritándome una unicidad irrepetible: una pequeña cicatriz de quemadura en la barbilla, los dientes demasiado pequeños y más bien ralos, el labio inferior que sobresale por debajo del superior dándole a su seriedad un aire como suspenso e interrogativo y a su sonrisa algo de indefensa o atónita. Asimismo, de su cuerpo de entonces lo primero que recuerdo, con un afecto irremediable, son algunas desproporciones, fealdades o defectos entonces no percibidos por mí: su cabeza tal vez demasiado grande para sus flacos hombros, sus piernas rústicas y bien plantadas, de pantorrillas demasiado robustas en contraste con sus brazos y su cuerpo, aún gráciles, cierta torpeza al andar (especialmente mientras se acostumbraba a llevar tacones altos) y sus pies cortos y gordezuelos, de dedos desiguales y un poco separados y las uñas que han crecido mal. Incluso después de haberme parido, su cuerpo se mantenía casi virgíneo, con algunas angulosidades infantiles y los movimientos recelosos y torpes del animal trasplantado.
A sus primeras canciones de cuna (que fueron, en realidad, el primer lenguaje humano oído por mí) ella acompañaba invariablemente, en estas «remembranzas apócrifas» mías, el acto de ofrecerme el pecho o de mecerme. Es su misma tierna voz de garganta empapada de saliva la que vuelve a cantarme al oído aquellas canciones suyas de pueblo. Ella las mezcla con ciertos grititos de afecto y risitas juguetonas, y en ellas parece que su lengua se suelta echándome un discurso. En nuestros primeros tiempos en el cuartito suburbial ella aún hablaba prevalentemente el español, especialmente en sus arranques instintivos. Y en su discurso, que ahora escucho, reconozco los acentos españoles, pero no entiendo ninguna de sus frases. Solo capto sus sonidos, que llueven sobre mí de su boca reidora como un arrullo que viene de lo alto. Y entonces, de repente, me traspasa una sensación horrible, como si en ese incomprensible balbuceo ella me lanzara una advertencia que no puede articular. Esta ya no es mi habitual «remembranza apócrifa», pero tal vez sea la anamnesia póstuma de un mal sin nombre que sigue minándome desde que nací.
Así, he creído entender por qué ahora, mientras me acerco a la vejez, ella se obstina en reaparecérseme en el acto de tenerme a mí, niño, en los brazos: del mismo modo, entre sus brazos, ella quiere llevarme finalmente a su propio nido, como el aire lleva la semilla que quiere enterrarse.
A pesar de la escasez de mis medios económicos, decidí hacer el viaje en avión reservando con tiempo una plaza en un aparato de Iberia que partía por la mañana, y llegaba a Almería al anochecer, después de una parada de unas horas en Madrid. Una vez conseguido el pasaporte, ya no tenía muchos preparativos que hacer. Desde hace meses cambio a menudo de alojamiento llevándome en cada mudanza todas mis propiedades, contenidas en un petate en bandolera. Últimamente me había mudado a un hotelito cerca de Porta Ticinese, al que no quería volver a mi regreso. Por lo demás, este regreso ya previsto —de acuerdo con mis obligaciones profesionales— para tres o cuatro días más tarde, lo vislumbro a duras penas en una distancia huidiza, como las galaxias. Tuve una sensación de despedida liberadora e irreparable al salir para siempre del hotelito. Y con gran adelanto me apresuré hacia la plaza del Air Terminal de donde salen los autobuses de servicio para el aeropuerto.
El edificio del Terminal, bajo y amarillento, se alza en medio de un amplio terreno yermo, de escasas construcciones desordenadas, semejantes a edificios provisionales alzados después de un cataclismo. Excluido del clamor de las calles del centro, este lugar suburbial, en su informe fealdad sin «duomos» ni anuncios, me acoge como un remanso de quietud y consuelo. Aquí no llegan las muchedumbres jadeantes que desde hace años corren por la ciudad gritando su presunta revolución, que a mi escaso juicio solo suena a estrépito, a furia acéfala. Es un batiburrillo de siglas y de consignas para mí indescifrables, repetidas en coro y que a mi cerebro ensordecido gritan fatalmente quién sabe qué amenazas de venganza contra mí. A veces me mezclé a la gente, tentado por mi mismo miedo como por una sirena. Y mi pesada persona se vio sacudida inerte y desentonada entre el tumulto, para ser rápidamente sacada de allí por mi consabido y mísero pánico de la materia que, sin embargo, entrelaza sus raíces confusas y malogradas en los lugares de mi conciencia. Efectivamente, no son pocos los motivos que me señalan a la vindicta pública, pero todos ellos brotan de un mismo bulbo amargo...
... Entre los varios y posibles bienes de que la gente es ávida yo, todo el tiempo, solo pedía este: ser amado. Pero pronto me quedó claro que yo no puedo gustar a nadie, del mismo modo que no me gusto a mí mismo; y sin embargo, no sabía renunciar a mi obstinada ilusión o pretensión; y mientras, mi demanda angustiosa se iba vinculando inexorablemente para mí al tema de la culpa y de la vergüenza. Al final, he renunciado a toda demanda, pero la culpa y la vergüenza perduran. Es más, yo diría incluso que forman la sustancia misma de mi protoplasma y que dibujan mi forma visible que me denuncia al mundo. Así, cuando me encuentro entre una muchedumbre, me siento el objeto destinado a un linchamiento. El juicio innumerable del Colectivo dirige sus pupilas homicidas sobre mi cuerpo.
Ahora, una némesis torva y maliciosa (no carente de gracia) va eligiendo con preferencia a mis ajusticiadores entre los jóvenes y los muchachos de veinte años. Son ellos, en su mayor parte, la milicia de esta revolución que me ve huir aterrorizado y a la vez furiosamente cautivado, como un ilota arrojado de su patria. Avanzan formados en escuadras, enarbolando sus pancartas perentorias, y entre sus largos rizos sucios sus rostros imberbes, sin sombra de memoria ni de intelecto, se abrazan en su extraordinaria desobediencia como en una borrachera dominical. ¿Es mi vista torpe la que los transfigura o realmente todos son bellos? La uniformidad de sus rasgos me los confunde unos con otros como animales de la misma manada. Y con sus pasos jactanciosos y sus bocas inmaduras, abiertas hasta la garganta en sus tremendos vituperios, parecen jugadores excitados en un deporte sanguinario.
En sus clamores de condena repiten títulos y apellidos que mis oídos reciben sin oírlos, nada más que ruidos extraños. Pero un nombre al que a menudo hacen eco sus «¡A muerte!», me resulta sabido y resabido, como un antiguo estribillo. A este lo conozco, desgraciadamente. ¡El generalísimo Franco! ¡El Caudillo! Pero ahora apenas siento un estupor incrédulo, fútil y risible como unas cosquillas, si recuerdo que en mi infancia este mísero viejo barrigón fue mi «enemigo».
La verdad es que yo nunca lo he visto ni estuve cerca de él, ni tampoco puedo achacar nuestra enemistad a diferencias políticas (yo siempre fui negado para la política, entonces como ahora). No, el motivo es otro: ese tipo se convirtió en mi «enemigo» (secreto y jurado) cuando llegué a descubrir que era el «enemigo» de mi tío Manuel.
¡Franco el victorioso, el amo de toda España! Desde que yo existo él siempre ha existido. Toda mi familia (todos leales franquistas en la práctica) hace tiempo que murió (la última fue la tía Monda hace once años). Y los demás personajes de nuestra comedia, grandes y pequeños, murieron todos. Solo el generalísimo sobrevive todavía. Por las calles de la ciudad, entre los distintos anatemas y hosannas pintarrajeados en las paredes se lee: «¡Abajo Franco! ¡A muerte el verdugo Franco!». Y en varios sitios, encuadrado en pintura roja se ve pegado un cartel —reciente, pero ya deslucido por la intemperie— con las fotografías de algunos guerrilleros vascos condenados a muerte por el delito de complot antifranquista. Uno de ellos (se diría que el más joven) tiene ojos grandes abiertos de par en par y tan claros que en el grabado parecen blancos, sin pupila. Y aunque yo no sigo los acontecimientos públicos, al mirar aquellos ojos, adivino que su sentencia de muerte ya ha sido ejecutada. Así, finalmente, el joven vasco ha transmigrado, inalcanzable, más allá de Bilbao y de Madrid, y es acogido y festejado con besos y risas por mi tío Manuel, el andaluz.
Sus hermosos cuerpos adolescentes están intactos, y ni el vasco ni el andaluz ya ni recuerdan el nombre del caudillo generalísimo. El cual, mientras tanto, con más de ochenta años se debate sobre la corteza terrestre contra su propio fin, ya próximo.
De repente, me sorprendo riéndome divertido, recordando que en algunas fantasías veleidosas de mi edad infantil yo mismo rumiaba a veces el proyecto ideal de escaparme a España para matar al famoso «enemigo», sin comprender (y, sin embargo, habría bastado con observar el perfil de su barbilla y de su nariz) que el fin que le era debido era otro. Caer bajo el tiro de gracia de una mano juvenil para él habría sido una misericordia imposible. Un favor extremo que él mismo rechazaría.
Ni siquiera los doce ángeles de la muerte todos juntos podrán desviar a un mortal del curso de su propio cumplimiento. Para uno será una operación violenta y prematura. Para el otro, una lenta necrosis senil que le arranca la vida trozo a trozo, como un vendaje pegado vorazmente a la propia putrefacción. Y para otros, como una caída mórbida y sin peso, como si fuera una hoja. Para alguno será la cruz, y para algún otro, la lepra o el hambre o la picadura de un mosquito... Pero de los muchos posibles resultados del problema, ninguno —si bien se miran— habrá sido obra de un azar ciego, o más bien, de un cálculo. Quizá, al observar la foto de aquel guerrillero vasco, un ojo perspicaz leería en él que el suyo era el rostro de un suicida.
En el epílogo de ciertos destinos se diría que nosotros mismos, por una ley orgánica propia, desde el principio, junto con la vida, también hemos elegido el modo de nuestra muerte. Solo en este acto final el diseño que cada uno de nosotros va trazando con su propio vivir cotidiano tomará una forma coherente y cumplida en la que cada acto precedente tendrá explicación. Y habrá sido aquella elección —aunque oculta a nosotros mismos o disfrazada o equívoca— la que determine nuestras otras opciones, la que nos entregue a los acontecimientos y la que marque en cada movimiento nuestros cuerpos, conformándolos a sí. La llevamos escrita indeleblemente dentro de cada una de nuestras células. Y el habitual agudo conocedor podría leerla en nuestros gestos y rasgos y en cada pliegue de nuestra carne vulnerable. Y en conciencia no podría denunciar despropósitos, nudosidades o contrasentidos en su trama. Al contrario, al leerla desde el principio hasta el fin, aprendería que responde siempre a una lógica propia, segura y constante. Pero ninguno de los mortales entiende ese código ni sus escrituras. Según nuestra naturaleza, queremos ignorar el principio y el fin. Y son raros los casos contra natura de quien voluntariamente (o con esa ilusión) salta a sabiendas la barrera final. Normalmente, día tras día —y ayer, hoy y mañana— vivimos inconscientes de nuestra propia elección así como de la ajena.
Inconscientes: esta es la norma deseada. Pero también, en algunas ocasiones, una certeza innombrada golpea nuestra conciencia con un fragor ensordecedor, como los pasos de un ejército extranjero en marcha hacia nuestras fronteras para cumplir una devastación inaudita que no sabemos explicarnos, mientras que en voz baja un espía nos insinúa que nosotros mismos lo hemos llamado.
Algunos saltos atrás en el tiempo. Verano de 1945. Mi padre, en mi primera y última visita a aquella casa suya del barrio Tiburtino medio bombardeada, con todas las ventanas cerradas y aquel hedor dulzón. Él, con la piel de una blancura sórdida bajo la barba sin afeitar. Su boca que mastica en el vacío. El sudor frío de su mano que se encoge... con aquella especie de sonrisita miserable...
... Poco antes, el mismo día. La carcajada semejante a un cloqueo de gallina de la tía Monda, mientras delante del espejo se prueba sobre su cara ajada aquel nuevo e inverosímil sombrero de doncella, y repentinamente se lo arranca de la cabeza, como si se amputase...
... Y más atrás, hacia 1940, en Roma, en un tardío ocaso dominical. Mi madre con la cabeza descubierta (como un reto sacrílego) en nuestra fea iglesia del Corso d’Italia. Extraño efecto de las sombras en la nave, donde la única iluminación nos llega de un altarcito con cirios votivos a espaldas nuestras. Los ojos de mi madre marcados de ojeras parecen grandísimas órbitas negras y vacías. Y sobre su frente las cejas unidas en una sola raya transversal se asemejan a una cicatriz mágica...
... Y atrás, aún más atrás en el tiempo. El 4 de noviembre de hace cuarenta y tres años, a las tres de la tarde. Es el día y la hora de mi nacimiento, mi primera separación de ella, cuando manos extrañas me arrancan de su vientre para exponerme a su ofensa. Y se oyó entonces mi primer llanto, ese típico llanto de corderillo que, según los médicos, tendría una sencilla explicación fisiológica para mí absurda. En efecto, yo sé que el mío fue un verdadero llanto de luto desesperado; yo no quería separarme de ella. Ya debo haber sabido que a aquella nuestra primera separación sangrienta le seguiría otra y otra hasta la última, la más sangrienta. Vivir significa la experiencia de la separación y yo debo de haberlo aprendido aquel 4 de noviembre con el primer gesto de mis manos, que fue el de buscarla a tientas. Desde entonces, en realidad, nunca he dejado de buscarla y, desde entonces, mi elección fue esta: volver a entrar en ella. Acurrucarme dentro de ella, en mi único cubil, perdido ya quién sabe dónde, en qué precipicio.
Este niño chiquito
no tiene cuna.
«¡Ya es hora, ya es hora!
¡El poder a quien trabaja!» es una de sus consignas preferidas. Y esta misma mañana, a lo largo de mi recorrido hacia el Terminal hasta casi el centro, las escuadras de la Revolución juvenil se empecinaron en gritarla a coro, como una abierta denuncia contra mí. La verdad es que yo nunca he trabajado en mi vida. Y no adaptado al trabajo, tampoco sería idóneo para el famoso poder que esta joven multitud parece considerar como el Sumo Bien. Así pues, su consigna vale para mí como una doble descalificación. «¿Qué busca entre nosotros ese tipo? ¡No es de los nuestros!». Ya al acecho, mi viejo y ambiguo miedo empezaba a morderme, cuando, semejante a un bisturí, la última gran noticia liberadora atravesó mi carne: «Hoy me voy de viaje y no quiero saber nada de vosotros». Llegado a este punto, con un gesto automático me quité las gafas, como suelo hacer cuando no hay nada que me interese ver.
De inmediato, una cortina de humo me separa de la escena que se desarrolla, hasta que el espectáculo circundante, con sus muñecos de humo, se va extinguiendo poco a poco hacia aquella punta remota donde el día es noche. Y al poco rato, el baile atroz de los coches, con sus dementes bocinazos, se disuelve en un blando murmullo de adiós.
Hace poco, durante mi caminata hacia el Terminal, uno de los últimos objetos caídos bajo mi mirada a través de las gafas había sido la ya conocida foto del vasco pegada a la pared; y de golpe, en sus ojos blancos me pareció reconocer cierta semejanza con mis ojos. Mientras tanto, de un grupo de transeúntes me llegaban comentarios sobre los sucesos del día. Se afirmaba que el Caudillo, reducido a una ínfima existencia vegetativa, yacía en un estado preagónico que se prolongaba a la fuerza por medio de inyecciones de droga y de corrientes eléctricas. No sé qué intereses políticos, económicos o dinásticos aconsejaban retrasar el anuncio de su fin. Es más, a este respecto, entre otros chismes, se decía que en realidad ya llevaba varios días muerto.
Pero sus historias, por fortuna, ahora no me interesaban. No me interesaban desde hacía treinta o cuarenta años por lo menos, desde la edad pueril en que por las noches soñaba que escapaba a la tierra de España a arrancarle la piel a mi famoso enemigo. Tu vida y tu muerte, pobre viejo verdugo, para mí ya no tienen mayor peso que el estallido de un neumático durante una carrera automovilística o que un movimiento de bolsa en Wall Street. A mi alrededor se abre un espacio de aire en cuanto pienso que si por fin huyo hacia mi patria materna no es para ajusticiar al enemigo, sino para acudir a una cita de amor.
Y sin embargo, el derrumbamiento de mi sistema nervioso es tal que al entregar mi pasaporte en la ventanilla de salida me fulmina la extravagante sospecha de que me detendrán aquí, en la salida, como individuo políticamente fichado. ¿Cuáles son los indicios? Si se quisiera, se encontrarían los suficientes empezando, por ejemplo, por aquellas ocultas veleidades terroristas de mis pocos años inmaduros, filtradas, tal vez a saber por qué vías metapsíquicas, a los omnividentes servicios secretos internacionales, y fijadas en sus ficheros desde entonces, a la espera de la primera ocasión para fastidiarme. En esta época de siniestros mecanismos —para mí totalmente indescifrables—, ciertos fenómenos podrían sin duda verificarse a traición. Es más, alguna señal parecería avisarme de que la esperada ocasión al acecho estaba a punto de llegar. En efecto, me parece que el agente de servicio observa con especial atención mi foto del pasaporte, tal vez por haber notado él también aquella particular semejanza que me emparienta con el joven vasco (si bien mi fealdad me distingue de él). Poco falta para que me vea ya entregado al garrote. Y al final saludo con una sonrisa de gratitud al agente que me devuelve el pasaporte convenientemente sellado.
Sin embargo, aún me persigue el agobio que vuelve a vejarme cada vez que cruzo una estación —o semejantes lugares de tránsito y de partida— con el acoso de los horarios. Es un efecto no solo de mis congojas reincidentes, sino —en su origen— de mis taras visuales. Siempre fui miope y astigmático desde niño, y con la edad adulta, desde hace unos años, se me vino a añadir la presbicia. Así pues, soy al mismo tiempo miope y présbita y, en consecuencia —especialmente cuando mi mente se halla confundida—, los objetos comunes se me transmutan en formas extravagantes e indescifrables que a veces me recuerdan algunos cómics de ciencia ficción. Y las gafas no siempre bastan para socorrerme ya que, a causa de mi pobreza e indolencia, sigo usando lentes viejas y ya inservibles. Así me muevo desbandado ahora en este aeropuerto de Milán, buscando la puerta de salida para el próximo vuelo de Madrid sin distinguir a distancia las indicaciones luminosas y sin entender los avisos rabiosos y descompuestos gritados por los altavoces y sin saber a quién dirigirme entre tantas caras pasmadas. Y cuando, por fin —gracias a un golpe de suerte—, alcanzo el famoso pasillo de «Salida», estoy sudoroso y jadeante. Entonces, igual que un atontado beato en peregrinación al santuario del Milagro, los nervios se me ponen de punta en un espasmo más allá de la invisible estratosfera. Allá donde, en vuelo pero también inmóvil, dentro de su espejo de suntuoso marco, me precede mi encantadora embajadora: ¡Ella! ¡Araceli!, que lleva a su niño hacia su cuartito inmortal.
Desde que nací esta es la primera vez que viajo en avión. Y aunque, por supuesto sé que este es en todas partes un medio común de transporte, al subir al aparato conocí la sensación que acaso experimenta el chamán al entrar en su sueño mágico. El despegue fue precedido por una de esas típicas musiquillas corrientes de calidad industrial que raspan el estómago y el cerebro y que siempre me descomponen con su mísera imbecilidad. Pero hoy su vacuo ruido me halla inmune y casi sordo. Nada más entrar en el avión me envuelve una especie de narcosis que me aísla de los fenómenos ordinarios y de la gente. Los otros pasajeros del avión (que ni siquiera distingo, como si fueran esbozos de una única figura de viñeta) se dirigen todos a destinos usuales, calculados por la razón. Solo yo zarpo para El Almendral, extrema punta estelar del Génesis que rompe el horizonte de los acontecimientos, para engullir cada una de mis tramas en sus gargantas vertiginosas.
Vuelven a mis sentidos, como una resaca, ciertos fervores místicos de mi adolescencia, cuando me dejaba tentar por el suicidio, como si fuera una arriesgada expedición a la búsqueda de quién sabe qué paraísos, tanto más exóticos y envidiados porque eran imposibles.
No noté el tiempo de mi «narcosis», ni me di cuenta de que, mientras tanto, el avión —quién sabe desde cuándo— había emprendido la gran travesía de los espacios ni de que ya, en su movimiento vertical, había dejado la tierra a distancia. Menos mal que las estúpidas musiquillas cesan. Y la primera sorpresa fantástica de mi despertar es la de viajar por encima de las nubes. Allá abajo, en tierra, al partir, la luz otoñal era lluviosa y sombría, mientras que aquí, por encima de nuestra máquina voladora, se abre un puro infinito celeste, y hacia abajo, en dirección a la tierra, ha desaparecido todo rastro del mundo. Los únicos cuerpos visibles son las nubes, que en su formación en ondas componen un luminoso desierto de dunas, mórbidas como cojines para reposar. Y por encima de ellas, en el espacio azul sin límites, el avión navega despreocupado, como una cometa liberada de su hilo.
Esta visión mirífica debe de ser, en realidad, un fenómeno habitual para la normal población madura experta en vuelos. En efecto, los demás pasajeros del avión ni se molestan en mirar por las ventanillas, indiferentes como si fueran en tranvía, charlando o leyendo sus diarios o revistas. Aquí me acuerdo de haber entrevisto —¿quizá después del despegue?—, con mis pupilas nubladas por el sopor, a una mujer de uniforme que distribuía periódicos, y la verdad es que yo mismo tengo uno entre mis manos. Es un periódico español con la fecha de hoy, y en primera página destaca una gran foto del generalísimo Franco con su conocido uniforme, arrodillado ante un crucifijo en compañía de su mujer y de un alto dignatario. Se ve al generalísimo decrépito pero vivo; así que esta foto —si es (como dicen los titulares) reciente— desmentiría la última noticia oída por mí, que situaba a mi famoso «enemigo» al borde de la agonía. De todos modos, para mí, que viajo en la máquina del tiempo más allá de la barrera del sonido, todo esto se pierde en una zona superada y cancelada posiblemente desde ya hace siglos, hasta el punto de que me parece que el periódico, que se me ha caído en las rodillas, va amarilleando bajo mi mirada. En una somnolencia como un filtro veo en la tierra mi oficina editorial de Milán, cerrada y desierta por el «puente» de noviembre: pero no de este noviembre de 1975, sino de quién sabe qué otro noviembre anterior. El despacho se me aparece abandonado desde hace semanas, meses, años. Las arañas han tejido sus telarañas de una pared a la otra. Los estantes, los ficheros y los volúmenes están cubiertos de un blando musgo de polvo. Y las pruebas de imprenta, abandonadas en mi mesa, están comidas por las polillas.
Para mí, que corro hacia El Almendral, los tiempos se reducen a un único punto centelleante: un espejo dentro del cual se precipitan todos los soles y las lunas. Y allí, en ese punto, suspendida, en vuelo pero también inmóvil, me precede mi encantadora embajadora.
Ahora las nubes se han transformado en un chubasco gris, dentro del cual el aparato va cayendo. Una voz que viene de la cabina de mando avisa: nos preparamos para aterrizar en el aeropuerto de Madrid.
En Madrid hay que esperar algunas horas para enlazar con el avión de Almería. Mi embajadora celeste, mientras tanto, se ha desvanecido. Y para mi mente trastornada, el aeropuerto de Madrid, con las voces irreales de sus altavoces, sus pasajeros febriles y sus quioscos de periódicos y de «recuerdos», no es más que una copia alucinada del aeropuerto de Milán del que he partido. Yo aquí, como allá, me apresuro de una ventanilla a otra, buscando informaciones de las que desconfío, balbuceante con mi diccionario español elemental, con mi petate en bandolera y el pasaporte empuñado en la derecha como un revólver. Así pues, este soy yo, desembarcado en la primera etapa de mi legendario «extranjero» materno; nada más que un turista despistado fuera de temporada. Después de la breve aventura extratemporal del vuelo, la reexpatriación celeste me revuelve el estómago hasta la náusea. Y el movimiento común de los lugares de enlace, con sus encuentros precarios entre quien llega y quien parte, me ofende devolviéndome a la noción inexorable de la universal indiferencia por mi destino.
Hurgando en mis bolsillos en mi habitual búsqueda de las gafas, estuve a punto de caerme como un saco por una escalera. Entonces me senté en uno de los escalones en un rincón poco iluminado y de poco tránsito, decidido a consumir la espera hasta la hora del enlace. Dentro del aeropuerto y bajo las marquesinas se han encendido las luces eléctricas; afuera oscurece y llueve. Y yo siento ascender hasta mi piel, desde los bajos fondos de mi neurosis, la sensación de ser un apátrida arrojado por el azar en una sala de espera de frontera aguardando un convoy hacia ningún sitio.
Encuentro mis gafas en el bolsillo interior de mi mugriento chaquetón impermeable pero, de momento, renuncio a usarlas pensando que, a fin de cuentas, no hay nada que ver. A intervalos dirijo aquí o allá una mirada huidiza; y el mundo circundante, ante mis ojos semiciegos sin las gafas, se disuelve, como suele ocurrirme, en una nube acuosa recorrida por luces agitadas e imágenes deformadas. Las lámparas se hinchan en enormes burbujas inflamadas, centellas atraviesan los muros y filamentos eléctricos se retuercen entre los pasos de la gente. Del techo cuelga un gran cuadro tenebroso dotado de pupilas luminiscentes y de movibles cejas verdes; pasa una señora obesa con dos cabezas, y derechos en fila, vueltos contra una pared, como en un registro, se bambolean unos individuos que en lugar de cara tienen una probóscide. Pero para mí tales bromas ópticas son efectos habituales que doy por descontados y no me molesto en desenmascararlos.
En esta época del año la multitud del aeropuerto no es excesiva, pero es una multitud locuaz, que varía y se mueve continuamente agrediendo mis oídos con el estrépito de sus voces. De vez en cuando, un pie de paso choca con mi petate en el escalón junto a mí, o bien me rozan al bajar o al subir grupos que dialogan en distintos idiomas, con predominio natural del español. Pero entre todas las demás, esta lengua precisamente suena vacía de todo significado en mi cerebro, reduciéndose para mí a poco más que un ruido incomprensible.
Es un fenómeno antiguo. En efecto, yo (que sé usar desde mi niñez las principales lenguas extranjeras) soy incapaz, no sé desde cuándo, de entender y de practicar con éxito la lengua española. Esta habla debía sonarme clara en los días en que, analfabeto, aprendía las primeras canciones de Araceli, pero más tarde —salvo el retorno obsesivo de aquellas cancioncillas de cuna— se derrumbó en algún abrupto y oscuro barranco de mi conocimiento. Y ahora su sonido casi extraño, alrededor de mi escalón solitario, se revuelve contra mí en una nostalgia negativa, de rechazo, como el murmullo de las frondas de un árbol abatido suena a un pájaro que antes tenía en él su nido.
En realidad —desde cuando Araceli tronchó hasta sus raíces mi niñez— podría haber sido una voluntad por mi parte (también a mí mismo inconfesada) lo que me llevó a evitar como una voz de sirena nuestro primer idioma de amor. Esta idiota ineptitud mía para el español no sería más que un truco de mi guerra desesperada contra Araceli. Y a propósito, me pregunto si con este viaje, con el loco pretexto de volver a encontrar a Araceli, no deseo más bien intentar una última y falsa terapia para curarme de ella. Hurgar en sus raíces hasta que se sequen en mis manos, ya que no soy capaz de extirparlas.
Un día en Roma (yo tenía tal vez cinco años) ocurrió que una gitana por la calle, después de mirarme las líneas de la mano, lanzó una teatral exclamación de espanto. Y llevándose aparte a Araceli, susurrando (pero no lo bastante bajo para que no la oyera), le reveló que, según la escritura de mi mano, yo moriría de amor antes de los quince años de edad. Imaginando que yo no había oído el responso, Araceli se esforzó en ocultarme su propia zozobra (ella creía en las gitanas adivinas no menos que en las estatuas de las iglesias), pero ese mismo día me colgó en la cadenita que llevaba en el cuello un amuleto de madera, al que atribuía el poder de mantener a la muerte alejada de mí. Era una minúscula forma humanoide de talla rudimentaria, que con los brazos abiertos sostenía un arco por encima de la cabeza, y creo que formaba parte de su ajuar personal (todo él cabía en una bolsa de paja) que ella, después de sus primeros desposorios con mi padre, se había traído consigo de Andalucía. Aquel hombrecillo hechizado, garante de mi vida (la fe de ella lo consagraba a mi fe), se añadió así a la medalla bendecida y a otros colgantes maternos propiciatorios que adornaban mi cadenita de bautismo. Y allí se quedó hasta el último verano de mi infancia, cuando en una hora de oscuro maleficio, yo, de repente, con la sensación trágica de una amputación, me arranqué del cuello la cadenita con todos sus colgantes y la arrojé en un carrito de basuras que había quedado olvidado en la calle. No hay duda de que mi intención con aquel gesto era renegar de Araceli y de amputarme de ella y de mi demasiado amor, como de un objeto de vergüenza. Pero al mismo tiempo, al traicionar su consigna, que me imponía el amuleto andaluz para salvarme de la muerte, con ese mismo gesto me entregaba a mi muerte anunciada: de amor, antes de mis quince años de edad. Pero ¿quién era desde siempre mi amor? ¿Y quién, por tanto, mi muerte? ¿Y qué juego era este de repudiar a una hembra infame en el acto mismo en que, como un mártir, se arroja a sus pies la propia vida?
Ya entonces estaba claro que en mi convulsa inocencia me hacía trampas a mí mismo. Y el juego no ha cambiado, porque aún hoy esta especie de monólogo desordenado que voy recitándome a mí mismo yo lo tejí desde el comienzo con los hilos del equívoco y de la impostura. Anda niño, anda. Como un huerfanito del campo me voy contando a mí mismo fabulillas parroquiales. Y corro tras mi madre-novia y su icono musical rechazando como una intrusa a aquella otra Araceli hecha mujer que, en realidad, me ha dejado obscenamente huérfano aún antes de estar muerta. Hoy intento ocultarme a mí mismo que esta segunda Araceli también es mi madre, la misma que me llevó en su seno, y que también ella está instalada en mi tiempo burlándose de mi ridícula pretensión de reconstruirme, más allá de ella, un nido normal. Por más que me empeñe en rechazarla, ella no me libera de sus visitas,
