Remontando el Orinoco

Mathias Enard

Fragmento

Capítulo 1

1

Sentado en mi silla, me dije que él tenía razón: lo que les espera a los cuerpos es la putrefacción silenciosa, el olvido, a pesar de que el alma sobreviva a todo ello más allá de los papeles y los registros, de los certificados y los formularios, los mármoles y las imágenes. El embalsamamiento ya no se lleva, los cadáveres deben desaparecer, son entregados a los profesionales encargados de ocultarlos, a los responsables de almacenarlos, de manipularlos, de acumularlos, de destruirlos enterrándolos bajo tierra o entregándolos a las llamas: enteros o mutilados, jóvenes que han sufrido un accidente o viejos carcomidos por la enfermedad; lo que hay que hacer es esconderlos. Nada de pieles ajadas por el viento, de ojos hundidos, de barbas peladas; los ataúdes abiertos, los muertos expuestos a la vista, la mirada clavada en su más hermosa chaqueta, su vestido negro, ya no se estila. Ahora se encajonan en roble o en pino, se apartan cuanto antes de la agonía de la mirada de los vivos, se los llevan, los ocultan a toda prisa en un ascensor que los baja al sótano, donde ya nadie podrá cruzarse con ellos, vaciados y limpios, extirpados de un mundo que ya no quiere volver a verlos, de un entorno al que le incomoda no saber qué pensar, que se tranquilizará mirando fotografías, testimonios digitales o en celuloide, hasta que los difuntos inmateriales dejen de ser carne y pasen a engrosar las filas de los espectros que llenan los armarios que todos nosotros tenemos.

Sentado en mi silla, pensé en las instrucciones que debemos seguir los miembros del personal sanitario: desenchufarlo todo, retirar cualquier rastro de medicina, apartar las máquinas, elevar ligeramente la parte superior del cuerpo para evitar la afluencia de flujos corporales hacia la cabeza, relajar de inmediato los miembros del cadáver, cerrarle la boca, arreglar las sábanas. Una lista de procedimientos totalmente banales, pero es lo que hay que hacer cuando un paciente pierde la vida en nuestro centro antes de que lleguen las visitas, los formularios, las disposiciones, los desplazamientos silenciosos en una cama con ruedas, el ascensor, el sótano y la desaparición. Los muertos ya no son personas, dan miedo, en cuanto se convierten en muertos se les esconde a toda prisa. Los familiares los observan desde lejos, sin saber qué hacer, desconcertados, estupefactos, desamparados ante esa carne que el fin de la vida convierte en algo extraño, ajeno. Ahí donde segundos, minutos antes había un ser querido, ligado a aquel que se ve obligado a afrontar la pérdida, se encuentra ahora un simulacro, una máscara frágil y cerúlea que se ha convertido en el espejo de la angustia, la fría materialización del miedo. Los cadáveres, pensé sentado en mi silla, también cumplen, por lo tanto, su función, al igual que yo, que lucho contra ellos. Yo los combato, discuto, sin ser siquiera consciente, con futuros cadáveres, no escatimo mi tiempo ni mi pena para preservar el movimiento, la indecisión que caracteriza a los vivos, para curar, temporalmente, algo irremediable que nos empeñamos en olvidar, por la necesidad, precisamente, de oponer movimiento a la inmovilidad. Y hay días en que no resulta fácil, nada fácil, aceptar el fracaso, admitir, a pesar de que la mayor parte del tiempo uno simplemente se resigna, que el reposo es el estado natural de las almas, y de los cuerpos; o sea, la putrefacción.

Mi trabajo acaba aquí, sentado en mi silla, en este umbral, en esta antecámara, junto al instrumental esterilizado ordenado en sus correspondientes estuches, clasificado según el tipo de operación: pinzas, láser, sondas; de lo más antiguo a lo más moderno. Mi misión finaliza en este punto, en cuanto ordeno el instrumental, me saco los guantes y tiro la mascarilla (la mascarilla nos oculta, decía Yuri, de una improbable mirada del paciente, en el hospital todos somos idénticos, ya seamos monjes o soldados), entonces controlo de reojo al principiante de turno mientras cose los puntos de sutura, detrás del cristal, punto a punto, dispuesto, concentrado, silencioso. No sabe lo que está haciendo, pienso. No tardará mucho en aprenderlo. Por lo que a mí respecta, ¿es que acaso conozco lo que hago, realmente soy consciente? Por fortuna, no comprendo en absoluto lo que manipulo, aquello que late bajo mis manos. De hecho, ignoro el sentido del procedimiento, me quedo en la superficie: la carne no es la persona; esta palpitación moribunda ya no es más que una casualidad genética; esos ojos, que yo he visto despojados de la córnea, cuidadosamente separados del rostro, no son sino globos oculares; y esa espalda desgarrada, esos riñones abiertos, un receptáculo carente de sentido.

Sumido en el difuso sentimiento de la pérdida, que insufla en todos los miembros una insuperable indolencia, sentado en mi silla, me pregunto qué es lo que queda en esos cuerpos tendidos, recosidos hasta el absurdo por todos esos estudiantes en prácticas. Y una ola, a un tiempo tranquila y poderosa, me transporta hacia un gran río paciente.

Sin embargo, sé que debo recoger mis cosas, como siempre. Me cambiaré, me pondré el sombrero, bajaré al aparcamiento, saludaré al conserje, después saldré, atravesaré París, entraré en mi casa. No encontraré a nadie a estas horas, Aude estará en su consulta, mi hija está todavía de vacaciones, me sentaré confortablemente, es posible que ponga algo de música, un ligero sonido de fondo, apoyaré la cabeza sobre una de las grandes orejas del sillón, esperaré a que me venga el sueño y, lo sé muy bien, no tardaré, a pesar de lo que podrían hacer creer las circunstancias, en dormirme sin dificultad alguna.

Capítulo 2

2

Ya está hecho, por fin soy yo misma, aquella que siempre he querido ser, dentro de este cuchitril semejante a una bodega, mecido por la inmensidad de agua tormentosa ante la que se abre el ojo de buey, agua verde y fangosa, cercada por el manglar y la indolencia, así dirijo mi mirada hacia la lejanía, hacia una orilla tan alejada que lleva a preguntarse si es posible que un río sea tan ancho, con las manos sobre el vientre, balanceada dulcemente como si me encontrase en el centro del mundo, protegida, aquí es donde siempre he querido estar, pensó ella, estoy preparada para encaminarme hacia los monos, hacia los osos hormigueros y las cataratas, hacia los buscadores de oro, los aventureros, los contrabandistas y los guerrilleros, bamboleada tranquilamente por el río, en el interior de un barco amarrado en el muelle, sintiendo la vibración del motor, el olor a moho y a gasoil, el calor húmedo, que finalmente ha alcanzado ese camarote asfixiante, la maleta a los pies de la cama, la partida inminente, habiéndose ya despedido, en el muelle, de esa prima y de esa familia temporal, recién descubierta, querida como el inicio de un viaje un tanto atemorizador, a toda prisa, cuánto tiempo, diez, quince días de transición entre una partida y otra, dos semanas de espera, de indecisión, de dudas y de recuerdos. Un puerto es el lugar más adecuado para esperar, para dejar que el cuerpo se acople poco a poco a la idea del viaje, un lugar a un tiempo terrestre, marítimo y fluvial, una roca, una fortaleza americana fundada por el propio Cristóbal Colón, un lugar de cuya existencia se podría dudar de no ser por el movimiento de los buques de carga, los pontones, los contenedores y las grúas que los cargan, de sol a sol en un baile incesante. Los largos barcos cargados de minerales parecen ballenas entre los amarillentos remolinos de la desembocadura del Gran Río, los remolcadores hacen piruetas, los contenedores de múltiples colores que se amontonan en la orilla no dejan adivinar las riquezas que guardan en su interior: el café, las frutas, las conservas, el oro, las armas, el ron o la cocaína se esconden sin destilar perfume alguno y las únicas embarcaciones que huelen a algo son las de los vendedores de aves, donde las innumerables jaulas de metal, incapaces de disimular los aterrorizados chillidos de los pollos, esparcen un pestilente hedor en lugar de humo.

Nadie me encontrará en este camarote preñado de la húmeda insulsez del río, piensa ella, y lo cierto es que no sabe si estar triste o dichosa, con el corazón suspendido entre dos partidas, acorralada en ese exiguo rincón que se ha asegurado de cerrar con llave… el catre y el estrecho lavabo, el minúsculo armario, este es ahora mi mundo, con la única abertura de ese ojo de buey, un metro y medio por encima del agua, inundado por los reflejos verdosos del río que, con la primera tormenta, se lanzará al asalto del casco y golpeará con fuerza digna de un océano el sucio cristal de bordes oxidados que protege mi fuga, ella piensa que se trata de una fuga, pero de qué podría estar huyendo, lo lleva todo consigo, las manos sobre el vientre, los tres libros que guarda en la maleta y los recuerdos –espectros, fantasmas, placeres y dolores– bien aferrados a su corazón junto a la repentina angustia que la oprime en las profundidades de ese barco, atenazada por el bochorno de un día cualquiera en el trópico.

Esta ciudad que va a abandonar es una cuchilla cerrada alrededor de sí misma. Ella se fija en su afilada belleza, en su largo perfil, desde el faro hasta las murallas. En el color del metal, el reflejo del agua en los edificios. Es una amenaza agazapada. Aprieta las manos sobre su vientre. Se observa con frecuencia, pero no se ha producido cambio notable alguno, ninguna transformación más allá de la ausencia de sangre. Sin duda debe de tratarse del clima y del calor; qué otra cosa podría ser; el porqué se esconde aquí, incluso de sí misma, tiene una explicación sencilla, y un médico encontraría la respuesta en un par de segundos, porque ella no puede ser una excepción, a pesar de las apariencias. Nada se mueve, todo parece detenido, a pesar de que el motor sigue girando al ralentí, y ella sabe que la partida se hará esperar, ya lo tenía previsto; probablemente zarparán cuando caiga la noche, cuando ya lo hayan cargado todo.

La ternura de su prima también resultó ser una amenaza, otra clase de filo: mirar a los ojos de sus guapos hijos morenos, su casa, observar su lucha diaria por sacar adelante su hogar, la limpieza, la compra, la colada, el baño, todas las madres, o prácticamente todas, se parecen, la suya no habría actuado de un modo diferente con una pariente lejana como ella, la habría adoptado porque su madre también necesitaba obligaciones para seguir viviendo, obligaciones para existir, que podían agradecerle o no, y ella estaba contenta por esa nueva infancia que, en cierto sentido, le habían ofrecido, pues no había hecho otra cosa que dejarse llevar, flotar dulcemente, esperar a que la condujesen hasta ese barco, haciendo oídos sordos a la invitación a quedarse, a los consejos, a los peligros que le enumeraron, una mujer sola, una joven, sola, vas a atravesar el país y una vez llegues al sur, qué harás, esa tierra es un lugar salvaje, no te das cuenta de los riesgos que vas a correr, le habían repetido unas diez veces por día, pequeña mía, tú no lo comprendes, esto no es París, esto es otro mundo, pero le habían encontrado una embarcación más segura que las demás, una compañía en la que confiar, tal vez, más que en las demás, al menos tiene auténticos camarotes, podrás estar sola, es un poco como viajar en primera clase, aunque no se trata de un trasatlántico, no te hagas ilusiones, y una vez en Puerto Ayacucho, una vez llegues al laberinto del Amazonas, el barco se detiene frente a las cataratas y tú tendrás que ir a ver a un primo que tenemos allí, que ya te está esperando. A pesar de no tener miedo alguno, no ha podido evitar comprar (más por capricho que por otra cosa, a decir verdad) una hermosa navaja, fina como un escalpelo, un estilete, ligera, alargada y terriblemente afilada, que mantiene a su lado, y esa aliada imaginaria (¿cómo iba a ser ella capaz de acuchillar a alguien?) es una presencia tranquilizadora, a saber por qué.

A pesar de la emoción que sintió al ascender por la pasarela del barco, tras un largo y sentido abrazo con su prima y los niños, tras la ligera angustia que le supuso el descubrimiento de su camarote, de la tosca tripulación, se encuentra bien, tumbada de espaldas, soportando el calor que el ventilador no puede disipar, sino únicamente esparcir. De no ser por su vientre todo sería perfecto. Se deja llevar un poco por la nostalgia, como es lógico (un puerto es como un cuchillo, penetra en lo más profundo del alma), pero en el ensueño, acurrucada y sudorosa, puede decirse que es más o menos feliz. Ciertos fantasmas incluso son agradables; de no ser por el vientre, y por su sexo siempre seco (hay que decir las cosas por su nombre), todo sería absolutamente perfecto, piensa. ¿Por quién le gustaría verse acompañada? Tiene los libros y el cuchillo.

Capítulo 3

3

Desde que había regresado a París, me dijo Yuri, no había hecho nada. Ni bueno ni malo. Saber el porqué o el cómo no habría cambiado nada, sin lugar a dudas, no había nada que hacer y punto; había vuelto de la clínica en la que había pasado las tres últimas semanas, junto a su doctor Gachet, como él decía, y ahora bebía de nuevo con pequeños tragos secos y precisos, sin mirarme. Fue consumiendo la botella, hablaba entre tragos, sin posar el vaso. Hablaba porque no tenía otro remedio, pero resultaba evidente que habría preferido limitarse a beber, a ser posible a solas; cabe la posibilidad de que me tolerase porque necesitaba público –Joana solía decirle a Yuri necesitas público, siempre tienes que hacer tu número–, cabe la posibilidad de que estuviese totalmente ebrio y que me hablase como hubiese hablado a solas, sin mí, en silencio, él, Yuri, de ella y de mí como si yo fuese un personaje secundario que tuviese un papel destacado en la historia, al que le conviniese apelar para darle más amplitud al relato, un mayor sentido; amante de la literatura como era, bebía para parecerse a un personaje de Hemingway,

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