Diario de una sumisa

Sophie Morgan

Fragmento

Índice

Diario de una sumisa

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Epílogo

Biografía

Créditos

Prólogo

Puede que hubieras salido a atender una llamada de tu móvil cuando reparaste en nosotros, o que, de tener ese hábito, hubieras estado apurando un cigarrillo furtivo antes de regresar al calor del bar. Sea como fuere, hemos atraído tu atención, de pie en un hueco entre los edificios, al otro lado de la calle, no lejos de donde tú estás.

No me malinterpretes, con eso no estoy insinuando que sea especialmente deslumbrante, o que lo sea él. Parecemos una pareja normal y corriente que ha salido a divertirse, ni extravagante en el vestir ni escandalosa en el hablar, ni siquiera destacable por lo poco que destaca. Pero algo está fraguándose entre nosotros, una intensidad que te detiene en seco y te empuja a mirar a pesar de que hace un frío que pela y ya te disponías a entrar para reunirte con tus amigos.

Su mano me aprieta el brazo con una vehemencia tan visible incluso desde donde tú estás, que por un momento te preguntas si me dejará una marca. Me ha empujado contra la pared y con su otra mano me tiene firmemente agarrada del pelo, de modo que cuando intento desviar la mirada —¿para pedir ayuda?— no puedo.

No es un hombre especialmente grande o corpulento, de hecho, probablemente lo describirías como un tipo anodino en el caso de que te tomaras la molestia de describirlo. Pero algo en él, algo en nosotros, hace que te preguntes por un momento si va todo bien. No puedo apartar los ojos de él, y la evidente magnitud de mi sobrecogimiento hace que tú tampoco puedas. Le estás mirando atentamente, tratando de ver lo que yo veo. Entonces acerca mi cara a la suya con un brusco tirón de pelo que te obliga a avanzar instintivamente unos pasos para intervenir, hasta que esas historias de los diarios sobre buenos samaritanos que sufren una muerte chunga invaden tu cerebro y te detienen en seco.

Más cerca ahora, te percatas de que está hablándome. No puedes oír las frases en su totalidad —no estás tan cerca—, pero sí palabras suficientes para formarte una idea. Porque son palabras evocadoras. Palabras despiadadas. Palabras feas que te instan a pensar que si la cosa va a más, tendrás que intervenir después de todo.

Guarra. Puta.

Observas mi rostro, tan próximo al suyo, y ves la ira brillar en mis ojos. No me ves hablar, porque no hablo. Estoy mordiéndome el labio, como si estuviera reprimiendo el impulso de replicarle, pero permanezco callada. Su mano se enreda un poco más en mis cabellos y se me escapa una mueca de dolor, pero aparte de eso me mantengo inmóvil, no exactamente pasiva —puedes percibir mi pugna por no moverme como si fuera tangible—, pero sí contenida, capeando el ataque verbal.

De pronto, silencio. Está esperando una respuesta. Te acercas un poco más. Si alguien te lo preguntara, dirías que lo hiciste para comprobar si yo estaba bien, pero en el fondo sabes que es curiosidad, simple y pura curiosidad. En nuestra dinámica hay algo salvaje, primario, que te empuja hacia nosotros al tiempo que casi te repele. Casi. Quieres saber qué voy a responder, qué ocurrirá a continuación. Hay algo oscuro y sin embargo irresistible en ello que hace que en lugar de horrorizarte, sientas intriga.

Me ves tragar saliva. Me paso la lengua por el labio inferior para humedecerlo antes de intentar hablar. Comienzo una frase, se me apaga la voz. Cuando al fin susurro mi respuesta, bajo los ojos para escapar de su mirada.

No puedes oírme. Pero puedes oírle a él.

—Más alto.

Me ruborizo. Tengo lágrimas en los ojos pero no puedes distinguir si son de miedo o de rabia.

Mi voz suena más clara esta vez, incluso fuerte en el aire quedo de la noche. Aunque el tono es desafiante, el rubor que desciende desde mis mejillas hasta la clavícula, visible bajola chaqueta abierta, habla de una vergüenza que no puedo ocultar.

—Soy una guarra. Llevo toda la noche mojada, imaginando que me follas, y lo único que deseo ahora es que nos vayamos a casa y lo hagamos. Por favor.

Mi tono desafiante flaquea en las dos últimas palabras, las cuales emergen como un ruego débil.

Desliza un dedo ocioso por el filo de mi blusa —lo bastante escotada para mostrar cierta hendidura pero sin resultar chabacana— y tiemblo. Cuando habla, el tono de su voz hace que reprimas el impulso de temblar también.

—Ha sonado casi como una súplica. ¿Estás suplicando, guarra?

Ves que empiezo a asentir con la cabeza, pero la mano que me tiene sujeta del pelo me detiene en seco. Trago saliva, cierro los ojos un segundo y contesto.

—Sí. —Una pausa que se extiende hasta convertirse en un vasto silencio. Una exhalación que casi podría interpretarse como un suspiro quedo—. Señor.

Su dedo sigue recorriendo la curva de mis pechos mientras me habla.

—Tengo la impresión de que ahora mismo harías cualquier cosa por correrte. Cualquier cosa. ¿Me equivoco?

No contesto. Mi expresión es de recelo, lo cual te sorprende teniendo en cuenta el tono desesperado de mi voz. Te preguntas qué ha significado ese «cualquier cosa» en el pasado, qué significará ahora.

—¿Te arrodillarías y me chuparías la polla aquí mismo?

Se hace un largo silencio. Aparta la mano del pelo, da un paso atrás y aguarda. Cuando oigo a lo lejos la puerta de un coche me encojo y vuelvo nerviosa la cara para escudriñar la calle. Te veo. Nuestras miradas se cruzan un segundo, la sorpresa y la vergüenza hacen que abra mucho los ojos antes de girarme de nuevo hacia él. Está inmóvil como una estatua. Sonriendo.

De mi garganta emerge un sonido, mitad sollozo, mitad ruego. Tragando saliva, señalo vagamente la calle.

—¿Ahora? ¿No preferirías…?

Aprieta sus dedos contra mis labios todavía abiertos. Está sonriendo casi con indulgencia, pero su voz suena firme. Imperiosa incluso.

—Ahora.

Lanzo una mirada fugaz en tu dirección. Tú no lo sabes, pero por dentro estoy jugando a una versión adulta de un juego infantil: si no te miro directamente significa que no estás ahí presenciando mi humillación, que no puedes verla porque yo no puedo verte a ti.

Te señalo nerviosamente con la cabeza.

—Aún es temprano, hay gente caminando…

—Ahora.

Estás paralizado, observando el espectro de emociones que cruza por mi rostro. Vergüenza. Desesperación. Ira. Resignación. Abro la boca varias veces para hablar, me lo pienso mejor y callo. Él se limita a observarme atentamente. Tan atentamente como tú.

Al final, roja de vergüenza, doblo las rodillas y desciendo hasta la humedad de los adoquines. Mantengo la cabeza gacha. El pelo me cae sobre la cara, y aunque no puedes asegurarlo, crees ver lágrimas brillando en mis mejillas bajo la luz de la farola.

Durante unos segundos permanezco así, arrodillada, sin hacer nada. Luego me ves respirar hondo. Enderezo los hombros, elevo la mirada hacia él y acerco una mano a su pantalón, pero cuando mis dedos temblorosos alcanzan el cinturón los detiene y me da unas palmaditas en la cabeza, como haría con un perro fiel.

—Buena chica. Sé lo difícil que ha sido. Ahora levántate. Nos iremos a casa y terminaremos allí. Esta noche hace un poco de frío para jugar en la calle.

Con mano solícita, me ayuda a ponerme de pie. Pasamos por tu lado, del brazo. Él sonríe. Te saluda con la cabeza. Tú comienzas a devolverle el saludo antes de detenerte y preguntarte qué demonios estás haciendo. Yo mantengo la mirada gacha, la cabeza inclinada.

Puedes ver que estoy temblando, pero lo que no puedes ver es lo mucho que esta experiencia me ha excitado. Lo duros que tengo los pezones bajo el confinamiento del sujetador. Que mi temblor se debe al subidón de adrenalina provocado por lo que acaba de acontecer ante tus ojos tanto como al frío y la humillación. Lo mucho que me estimula. Que me llena de una manera que no sé explicar. Que lo odio pero al mismo tiempo me encanta. Lo anhelo. Lo ansío.

Tú no puedes ver nada de eso. Solo puedes ver a una mujer temblorosa que se aleja con las rodillas sucias y paso tambaleante.

Esta es mi historia.

1

Ante todo quiero dejar claro que no soy una pervertida. Bueno, no más que el resto de la gente. Si vinieras a mi casa te sorprenderían más las pilas de platos por fregar que mi mazmorra, sobre todo porque el coste de vivir en la ciudad es tan elevado que me siento afortunada de haber encontrado un piso con sala de estar cuyo alquiler se ajustara a mi presupuesto. Digamos que la mazmorra quedaba descartada.

En cuanto a ciertos estereotipos molestos, no soy ni un felpudo ni una simplona. No ansío pasarme el día cocinando y manteniendo encendido el fuego del hogar mientras alguien caza y recolecta para mí, lo cual es una suerte, porque exceptuando el asado dominical soy una cocinera pésima. Tampoco me parezco a Maggie Gyllenhaal en La secretaria. Por desgracia.

Sencillamente soy, en los momentos en que el impulso me domina y tengo alguien de confianza con quien jugar, una sumisa. Aunque si me conocieras no lo dirías. Es solo una faceta más de mi personalidad, uno de los muchos elementos que conforman mi carácter y que convive con mi pasión por las fresas, mi compulsión a seguir discutiendo obstinadamente sobre algo incluso cuando sé que estoy equivocada, y mi tendencia a desdeñar del noventa y nueve por ciento de los programas de televisión y obsesionarme con el uno por ciento restante hasta un punto que me asusta incluso a mí.

Ejerzo de periodista en un periódico regional. Me encanta mi profesión, y —aunque en realidad no debería ser necesario decirlo— ser sumisa no afecta a mi trabajo. Francamente, si lo hiciera me tendrían todo el día preparando té y reportajes sobre la semana del libro en las escuelas de primara, lo cual es incluso peor que la muerte. Además, las salas de redacción son auténticos mataderos, un mundo de hienas donde has de estar dispuesta a devolver los golpes. Yo lo estoy.

Me considero una feminista. Soy, decididamente, una mujer independiente. Competente. Equilibrada. Hay a quien eso podría parecerle incongruente con mis gustos sexuales, con las cosas que me ponen. Durante un tiempo a mí también me lo pareció. De hecho, a veces todavía me lo parece, pero he llegado a la conclusión de que hay temas más importantes de los que preocuparse. Soy una mujer adulta con una cabeza, por lo general, sensata. Si deseo ceder el control de mi persona a alguien en quien confío para que nos conduzca a un lugar estimulante y excitante para los dos, siempre y cuando no lo hagamos en lugares donde podamos asustar a niños o animales, pienso que estoy en mi derecho. Asumo la responsabilidad de mis actos y elecciones.

Alcanzar esta fase, sin embargo, me ha llevado tiempo. Si los reality shows no se hubieran adueñado de la palabra y convertido esta en algo que suena nauseabundo y necesitado de montajes de vídeo de rock suave, diría incluso que ha sido todo un viaje y la razón de este libro. Esto no es un manifiesto ni un manual práctico, aunque me gustaría pensar que si te va este rollo y deseas explorarlo, podrías sacar algunas ideas. Es el relato sobre lo que me sucedió a mí, sobre cómo descubrí y exploré esa parte de mi ser, sobre mis experiencias y pensamientos. Pregunta a otra persona qué significa para ella la sumisión y obtendrás un libro muy distinto.

Mirando atrás, diría que mis tendencias sumisas comenzaron a una edad temprana, aunque entonces no las habría llamado así. Simplemente sabía que había cosas que me producían un cosquilleo, cosas en las que me descubría pensando con añoranza sin llegar nunca a entender por qué.

Como es lógico, de niña era ajena a todo eso. Básicamente estaba ocupada creciendo en un agradable hogar de clase media de los Home Counties. Detesto derribar mitos, pero no hay traumas profundos en mi pasado ni carencias en mis años de formación que hayan exacerbado mi gusto actual por el sexo morboso. No tengo problemas con la figura paterna, en mi entorno familiar no hubo angustia y gocé de una infancia —afortunadamente para mí pero, probablemente, poco interesante para escribir un libro sobre ella— feliz, tranquila y colmada de cariño. Tuve y sigo teniendo mucha suerte con mi familia; somos muy diferentes unos de otros, pero el amor y el sentido del absurdo que compartimos nos mantienen unidos tanto en las duras como en las maduras, y es una bendición para mí tenerlos en mi vida.

Crecí en una casa agradable con mi madre, mi padre y mi hermano.

Mi madre, contable antes de darme a luz, dedicó su vida a criarnos a mi hermano y a mí y es el corazón de nuestra familia. Pasaba mucho tiempo con nosotros, formándonos como personitas, tanto si eso implicaba ayudarnos con los deberes como dar volteretas con nosotros por el jardín. No creía en mantenerse al margen; si salíamos a patinar, ella salía a patinar con nosotros. Su otra pasión eran las tareas de bricolaje en todas las habitaciones de la casa por turnos rotativos, el equivalente en reformas domésticas a repintar el puente de Forth pero con papel de pared de Laura Ashley.

Mi padre dirige su propio negocio y es el hombre más trabajador que conozco, un sostén económico que se aseguró de que en nuestra infancia no nos faltara la última bicicleta del mercado ni cualquier otro chisme que deseáramos (afortunadamente, mi madre estaba allí para dosificarnos tales caprichos y evitar que nos convirtiéramos en unos malcriados), los viajes y una maravillosa vida familiar. Listo y divertido, posee una vena aventurera que creo que he heredado, además de un espíritu independiente y un firme sentido de «yo soy así» que fomentó en sus hijos, lo que en ocasiones ha chocado con la idea que tenían sus propios padres de lo que él debería lograr en la vida, a diferencia de lo que deseaba hacer.

Mi hermano es, en muchos aspectos, opuesto a mí. Si yo soy por lo general más bien callada y estoy más cómoda rodeada de unos pocos amigos íntimos, él es el alma de la fiesta, la persona cuya energía anima la sala, la que consigue que se hagan las cosas. Pese a nuestras diferencias, es la primera persona a la que llamaría a las tres de la madrugada si me encontrara en un apuro, sobre todo porque es esencialmente nocturno. Me siento muy afortunada de que este hombre, quien probablemente estará en mi vida más tiempo que los demás, sea tan increíble —si bien, pese a tan rotunda afirmación, danos tres días juntos en la casa familiar durante las Navidades y en menos de una hora habremos regresado a nuestro pasado adolescente y empezado a discutir sobre quién pasa más tiempo en el cuarto de baño (por norma él).

También compartíamos nuestra acogedora casa adosada con una colección de animales, desde el pececito Goldie —no juzgues, tenía tres años cuando lo bauticé— hasta Cheesy el hámster, pasando por Barry el perro, bautizado durante mi fase de «¿por qué no pueden los perros tener nombres de persona?» (pregunta que me fue rápidamente contestada cuando mi pobre padre tuvo correr por todo el parque gritando «¡Barry!» de una forma que sin duda desconcertó a otros paseantes de perros). Siempre me han gustado los animales, y uno de los recuerdos de infancia que conservo con más nitidez es el día que enterré un pájaro que había encontrado muerto en el jardín, yendo en contra de los deseos de mi madre, quien, como es comprensible, estaba más preocupada por temas de higiene. Cuando descubrió que no solo había ido en contra de sus deseos al recoger al mencionado pájaro para trasladarlo a su última morada, sino que estaba dirigiendo un funeral con mi hermano y los hijos de los vecinos como asistentes —de perdidos, al agua—, me envió de inmediato a mi cuarto. Normalmente dicho castigo, pese a ser la principal táctica de mis padres frente a la mala conducta —nada de castigos corporales en nuestra casa—, para mí no representaba un castigo en absoluto. Mi cuarto constituía uno de mis lugares favoritos, pues contenía los libros en los que me gastaba todo mi dinero de la paga, y me tiraba horas sentada sobre la repisa de la ventana leyendo y viendo pasar la vida. Pero en este caso me pareció una injusticia difícil de aceptar. Escribí una indignada carta a David Bellamy hablándole del opresivo régimen anticonservacionista bajo el que estaba obligada a vivir, un régimen donde los pájaros muertos eran desechados por adultos sin corazón. No me respondió, lo cual probablemente fue una suerte, pues sospecho que de haberlo hecho me habría advertido que obedeciera a mi madre y eso me hubiera enfurecido aún más. Que esto sea lo más cercano, que yo recuerde, a un entrenamiento con madre indica que nunca fui una rebelde nata. Hacía mis cosas con discreción, pero no me dedicaba a traspasar límites, básicamente porque me dejaban hacer casi todo lo que quería, y tampoco era dada a las discusiones. Este último aspecto, he de reconocerlo, cambió con la edad.

Mi interés por la escritura comenzó pronto. Recuerdo escribir e ilustrar relatos en hojas pequeñas que unía con gomas. Solía basar mis historias en series de televisión, libros y películas infantiles que me gustaban. Escribía mucho mejor que dibujaba, aunque entonces eso no quería decir mucho. Tuve escarceos con el arte a una edad temprana, después de haber visto una noticia sobre un niño precoz cuyas obras se vendían por miles de libras. Por desgracia, cuando improvisé un par de cuadros con una técnica que mezclaba rotuladores y lápices de colores, mi madre estuvo encantada de aceptar el primero como regalo e incluso me dio cincuenta peniques por el segundo, pero cuando subí el precio a diez libras —me pareció una suma razonable dadas las circunstancias— me respondió con un firme pero amable «no», lo que echó por tierra mis sueños de una vida dedicada al arte y me devolvió a la producción de minilibros e historietas. A la más mínima oportunidad arrastraba a mi familia y amigos a los mundos de Narnia, la Tierra Media y, un poco más cerca de casa pero menos conocida, pues la había descubierto a través de la televisión por cable, la ciudad de Newcastle según aparecía en Jossy’s Giants, una serie de televisión sobre un equipo de fútbol escolar.

Mi pasión por Jossy’s Giants y por el fútbol en general procedía en gran parte de una veta andrógina de un kilómetro de ancho. Estaba —y sigo estando— bastante alejada del estereotipo femenino. Siento una aversión patológica por el color rosa y nunca he desarrollado el gusto por el maquillaje, la ropa cara o los zapatos modernos. Hasta el día de hoy, súbeme a unos tacones y me verás caminar prácticamente como Bambi intentando atravesar el hielo, aunque lo que no me gasto en zapatos lo compenso de sobra con lacas de uñas y bolsos. Durante mi infancia no mostraba demasiado interés por los chicos, lo que hacía que, curiosamente, tuviera muchos amigos varones en el colegio, pues me encantaba jugar al fútbol con ellos a la hora del almuerzo y no era proclive a las charlas triviales. Si me preguntaras cuáles eran mis aficiones favoritas a los diez años, diría leer, patinar, montar en bici y trepar al árbol del fondo del jardín, actividad que me ofrecía una visión panorámica de los huertos circundantes, una fuente de fascinación inagotable por razones que parecían muy importantes entonces. El árbol era mi rincón privado; a mi hermano no le interesaban los inevitables arañazos y manchas provocadas con el salto inicial incluso con mi ingenioso sistema de poleas, el cual proporcionaba un impulso hasta la primera rama escalable. Yo era una niña bastante solitaria en muchos aspectos, me sentía muy a gusto leyendo o fantaseando sola, lo cual probablemente no sorprenda dada la descripción que acabo de hacer de mí misma como bicho poco sociable.

Naturalmente, ninguna mujer es una isla, aunque pase su tiempo encaramada a un cerezo a la más mínima oportunidad. Mi hermano era una compañía constante y mi compinche en casa, mientras que en el colegio —mixto hasta que cumplí los once y luego, en secundaria, un colegio solo de chicas— tenía un círculo variado de amistades, muchas de las cuales aún conservo. Aunque no pertenecía al grupo popular —me atraían más los cerebritos de la música, el arte dramático y la tecnología—, la mayor parte del tiempo me llevaba bien con todo el mundo y utilizaba el humor para solucionar los problemas cuando estos surgían. Una vez que ingresé en la escuela secundaria, me convertí en una estudiante del montón. Me llevó un tiempo habituarme, pues había pasado de estar entre los estudiantes de primaria más

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