El delicado arte de mantener el equilibrio en el columpio

Emmanuelle Urien

Fragmento

cap-2

1

Una señorita debajo de un columpio

Quizá me habría bastado aguzar el oído. Para oír los rumores, estar prevenida e, incluso inconscientemente, prepararme para el golpe antes de recibirlo. Lo habría encajado mejor. Sin duda incluso habría podido evitarlo. Sí, escuchar las frases que quedan en el aire, las que se pronuncian por descuido, a media voz, casi para una misma. Esas frases que ahora recuerdo, fuertes y claras, y como amplificadas: «¡Qué irritante llega a ser con tanta sonrisa!». O: «Me fastidia con tanta felicidad. Exagera, finge, no puede ser de otra manera». Y sobre todo: «Un día se caerá desde muy alto».

Estas palabras no son recientes, pero no me han llegado hasta que la burbuja ha estallado y ha derramado su contenido viciado sobre mi vida, o sobre lo que queda de ella. Antes era impermeable a ese tipo de comentarios, ni siquiera los oía. Era demasiado feliz para que los celos de los demás, sus pequeñas mezquindades, me afectaran. Y además, a los otros, antes, los quería, así que no podían ser mezquinos: existía un vínculo lógico tan sólido como una cadena entre mi predisposición a amar al género humano y su capacidad de hacer el bien.

Antes.

A lo largo de la vida de todo el mundo hay determinados puntos de inflexión. Unos acontecimientos puntuales que hacen que pueda hablarse de antes y de después. Hasta entonces, me los imaginaba como rellanos estables entre dos tramos de peldaños. Unas etapas que superar en el ascenso que para mí simbolizaba la vida.

Antes, estaba bien.

Subida. Rellano, pausa. Observar, aprender, recobrar el aliento en caso de necesidad. Luego, seguir subiendo. Rellano siguiente, breve mirada hacia atrás, sonrisa, constatación: se ha progresado, se sigue avanzando, subiendo, escalando si hace falta. Todo va bien, todo irá mejor aún.

Esta historia de los rellanos es una imagen, una teoría que se corresponde bastante bien con mis representaciones de antes. Tengo otra que explica mejor mi caída. Porque los rumores no eran infundados: al final, en efecto, me caí. Y de más alto aún de lo que cabía imaginar.

Pensad en un columpio. No de los que cuelgan de un árbol y en los que te sientas sola y agitas las piernas, sino uno de esos compuestos de una larga tabla que descansa sobre un punto de apoyo elevado en el centro. El peso de las personas sentadas una frente a otra permite alternar los vuelos. Las subidas y bajadas. Si las personas tienen un peso similar, una corpulencia parecida y, sobre todo, si se dan el mismo impulso, se obtiene cierto equilibrio: un balanceo agradable o por lo menos armonioso que te permite creer que estás cómoda, tranquila y lanzada para toda la vida.

Y un cuerno.

Porque de repente miras a otro lado o no miras nada, quizá deslumbrada por el sol que ese día brillaba con tanta fuerza y te calentaba, te hacía sentir profundamente viva y feliz, confiada y ciega. No miras y entonces, en el instante en que, como de costumbre, no sospechas nada, la persona sentada enfrente desaparece, se escamotea de golpe. Te encuentras repentinamente con el culo en la arena. Y con el corazón en la boca. No hay nadie enfrente, el juego se ha acabado. Con el trasero dolorido, en ese preciso momento recuerdas que, de pequeña, a ese tipo de columpio se le llamaba también subibaja.

Tu pareja ha saltado en pleno vuelo, se ha arrojado del columpio y te ha dejado sola y dolida, con la cabeza repleta de preguntas, una sensación de aprensión en el vientre y un nudo en el estómago.

Y, sin embargo, confiabas en él. Tu pareja indefectible, compañero de juego y de vida. Ese columpio era el movimiento continuo de los dos, ascendente, evidentemente; y por supuesto que no iba a detenerse, ni te lo planteabas: lanzados, los dos, juntos, de común acuerdo. Os divertíais, incluso erais felices. No había razón alguna para que se acabara.

En todo caso, eso es lo que yo creía. En la época en que era la Mujer. Esposa, madre y amiga ideal, todo a la vez. Una santísima Trinidad autoproclamada y destronada por aquello que la conjura fatalista llama «los avatares de la vida». Me llevó mucho tiempo tomar conciencia de la inanidad de mi estatus: esposa-madre-amiga perfecta, y perfectamente feliz. Cuando eso debería saltarle a la vista a todo el mundo: nadie busca a la persona ideal. Incluso a mí, pensándolo bien, me importaba un comino que mi familia, mis amigos fueran o no perfectos.

Mientras me quisieran.

Y me querían, todos, estaba convencida.

Hasta que ese cabrón saltó del columpio y me la pegué en todos los morros.

Detesto decir la palabra «morro», incluso si se refiere a los perros.

Separación. Divorcio. No por mi culpa, ni gracias a mí. Habría preferido, sin embargo, que me dijera: «Eres tan maravillosa, cariño, que prefiero dejarte, no estoy en absoluto seguro de ser lo bastante perfecto para asumir la inanidad de tu estatus».

Pero no, por desgracia yo nada tenía que ver: simplemente se follaba a mi mejor amiga desde hacía meses, ella también estaba en el columpio, como pasajera clandestina. Y fue su peso, que había pasado inadvertido, lo que hizo que todo saltara por los aires.

Una mujer bastante colgada, bastante guapa, bastante simpática. Podría decirse que era alguien que estaba bastante bien.

Un monstruo, en resumidas cuentas.

Así reviente.

Pero ni siquiera puedo darme el gusto de decir eso.

No es que no quiera desearle el mal a la que fue mi confidente, mi amiga más querida y mi alma gemela durante tantos años que soy incapaz de echar la cuenta; al contrario, simplemente es que esa traidora, la muy guarra, ya está muerta. Esa idiota hizo que se la cargara no sé quién y no me importa: que le den. Lo normal hubiera sido hundirse; perder a mi mejor amiga de una forma tan violenta, sin motivo aparente, me habría vuelto loca de tristeza y de incomprensión. Pero en este caso la locura ya estaba ahí y bien anclada en mí por esa doble traición. Ese crimen, que mi mente maltratada clasificó inmediatamente bajo la rúbrica de los sucesos sin resolver, finalmente me vino bien: ya no tenía corazón para ella, la traidora, salvo para continuar odiándola y pensar que se lo había buscado y que se lo merecía. El desconocido que la estranguló en su apartamento era el brazo de la justicia. O solo un amante ocasional; sé que era capaz de follarse a cualquiera. Y pensar que yo la aprobaba, que admiraba su lado epicúreo y que casi la animaba. Solo esperaba que se casara, que encontrara el bueno: el buen polvo, el buen plan, un buen hombre, en realidad. Me lo contaba todo.

Casi todo.

Menuda puta.

Una vez más, es una palabra que se me atraganta, que mastico y no logro tragar. No tanto por el fondo como por la forma: detesto la vulgaridad, sobre todo en el lenguaje. Con las palabrotas no existen los matices. Con la excepción de Mélanie. Si echo la cuenta de los términos que se me ocurren al pensar en ella, incluso si procedo por eliminación, siempre llego al mismo: putita.

El matiz está en el diminutivo: no merece el calificativo de «puta». Ni siquiera para eso tuvo valor. No tenía esa envergadura.

Pero que no se queje (de todas formas, está muerta, se hunde lacerante el cuchillo en mi herida): por mi parte, he merecido pava, cenutria, papanatas y hopeless housewife porque a mí me ha llamado una vieja amiga inglesa que hasta entonces me había parecido «inspirada por la vida» y que de hecho no era más que una vulgar adicta a las series americanas. Diríase que la felicidad pone cara de tontas a las personas que la exhiben y que estas hacen todo lo posible para merecer lo que les ocurre. Demasiada beatitud atrae las bofetadas; igual me lo merezco.

Todas esas bonitas palabras, evidentemente, no llegaron a mis oídos hasta que se marchó mi ex-marido-ese-cabrón. Sí, tendría que haber escuchado más. Y abrir los ojos, de paso. Nunca nada es tan perfecto como lo que nos esforzamos en creer. Sobre todo cuando estás tan bien dispuesta como yo. Los amigos pueden ser mezquinos y los maridos infieles. O las dos cosas, si por desgracia llevas malas cartas.

Y entonces hay tomar la delantera. Saltar del columpio antes que él, que el cabrón, aunque sea solo para guardar las apariencias.

Intentarlo, por lo menos, aun a riesgo de rasguñarse las rodillas, las palmas de las manos o la carne de las pantorrillas.

Aceptar el mejor papel, el del malo: el tipo malvado expuesto al odio de todos sus amigos íntimos (intentad poner esta frase en femenino). Lo habría preferido, y lo reivindico, aunque no resulte demasiado agradable.

Habría hecho nuevos amigos, una nueva vida de la A a la Z: el decorado y los personajes. Eso es lo que hacen los hombres cuando dejan a la mujer de su vida. En lugar de eso, tuve derecho a un cortejo de plañideras.

Con lágrimas en los ojos, los brazos tan abiertos como para abarcar a cuatro como yo, y pocas palabras, compasivas, púdicas, sensibleras.

Detrás de ellas, los maridos, compañeros o novios dispuestos a renegar de su condición de macho, a quienes a la vista de la situación yo solo podía aborrecer, proferían juicios categóricos sobre la conducta y la moralidad de mi ex marido y, a partir de entonces, ex amigo de ellos. De todo esto debía deducir que era una chica bien y él un infame gilipollas, y que la vida no era justa, ah no, para nada, menudo lío, querida; pero lograría levantarme de nuevo. ¿Acaso tenía otra opción? ¿Iba a pasarme el resto de mi vida llena de tristeza y de odio con todos esos negritos que se mueren con el vientre hinchado y el fusil en la mano?

Por lo general su verborrea empalagosa se interrumpía antes de que me explicaran la manera de volver a levantarme, a recuperar la posición vertical, aparentemente la única digna, de llevar de nuevo el timón, mantener el rumbo, seguir el camino, la vida.

Pues bien, esos amigos compasivos no lo sabían. No tenían ninguna receta milagrosa, ningún remedio magistral, aunque fuera amargo, ninguna magia, aunque fuese negra, y tampoco una panacea. Ni siquiera una buena palmada en la espalda para encarrilarme de nuevo.

Lástima. En aquel momento de mi vida, lo que habría necesitado era un poco más de dureza y no tanta conmiseración. A un sargento de voz estentórea que brotara de una mandíbula cuadrada trabajada a base de chicles y anabolizantes, y una mano ancha como una pala abatida con fuerza entre mis omoplatos, que me empujara hacia delante con el siguiente consejo, más bien una orden: «¡Ahora, soldado, avanza! Te vas a cagar, pero avanzarás. No hay elección: tienes al enemigo en los talones; si te detienes, se te come. Así que ¡arrástrate, soldado, y aprieta los dientes; esto te va a doler!».

Echaba en falta esa voz, esa violencia, esa convicción. Ya no soportaba más la dulzura de mis amigas y las palabras amables de sus maridos, compañeros o novios. Me hundía en toda esa compasión como si fueran arenas movedizas y no tenía ganas de luchar. Era una muerte asistida.

Aquello duró dos meses, durante los cuales mi sufrimiento alimentado por mi entorno y sus buenas intenciones me tuvo clavada al suelo. Hundida en la arena con la vista puesta en el cielo mientras, a intervalos regulares, mi lado del columpio volvía a golpearme en la cara y me recordaba que desgraciadamente aún estaba viva.

Tuve varios sobresaltos. Al menos uno.

Con motivo del entierro de mi ex amiga, justo después de que mi ex marido se marchara. Me pareció que esas exequias lluviosas eran la ocasión ideal para mostrarme como una mujer ultrajada y hacer gala pública de mi odio en medio de la tristeza de los demás. Me vestí de payaso, lucí los colores más chillones de mi guardarropa y me convertí en una mancha en el cortejo fúnebre, una gran mancha multicolor. Mostraba una sonrisa cruel y la gente evitaba mi mirada. Preferían transpirar en silencio la desaprobación y fingir con hipocresía que eran torrentes de lluvia. Pretendía armar un escándalo: hubiera querido mearme en su tumba, en la tumba aún abierta, delante de todo el mundo. Mearme sobre el ataúd de mi mejor amiga para darle una lección, aunque ya estuviera muerta.

¿Qué lección le daría?

¿Que eso no se hacía?

Finalmente no lo hice. Llovía demasiado, me parece, y los niños tenían hambre.

O la capacidad volumétrica de mi vejiga era insuficiente para expresar todo lo que sentía.

cap-3

2

Amor al peso

Claro que los niños me ayudaron a aguantar. Para ser más precisa, me recordaron que tenía que aguantar.

¿Qué tenía que aguantar?

Tenía que aguantarme.

Mis hijos, mi carne, pero también carne del otro, del cabrón que me traicionó.

Mis amores.

El problema es que luego —el luego del antes— el amor se convirtió en un peso muerto. No había desaparecido; eso era evidente. No tenía que buscar demasiado ni hurgar muy a fondo dentro de mí para asegurarme de su presencia. De todas formas no habría tenido fuerzas para ello. Sabía que estaba allí, y punto.

Pero eso no me era de gran ayuda, al contrario.

Sin los niños, sin ese amor que me lastraba, no habría necesitado luchar. Simplemente, y por fin aliviada, me habría vuelto una loca y una asesina.

La noche en que me anunció su relación con ella, su amor y nuestro divorcio, mi primer pensamiento, tan frío como lógico, fue: «La mataré». No era en absoluto una amenaza, se trataba pura y llanamente de una evidencia, el anuncio de una acción inminente, como si ya estuviera hecho: «Mañana llamaré para la reco

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos