La postal

Anne Berest

Fragmento

cap-2

Mi madre se encendió el primer cigarrillo del día, su preferido, el que te quema los pulmones nada más despertarte. Luego salió de su casa para admirar la blancura que recubría todo el barrio. Durante esa noche habían caído al menos diez centímetros de nieve. 

Se quedó un buen rato fumando fuera, a pesar del frío, para disfrutar de la atmósfera irreal que flotaba en su jardín. Le pareció hermosa toda esa nada, esas líneas y esos colores borrados. 

De repente oyó un ruido amortiguado por la nieve. El cartero acababa de dejar el correo en el suelo, al pie del buzón. Mi madre acudió a recogerlo, poniendo mucho cuidado al pisar para no resbalar. 

Con el cigarrillo entre los labios, cuyo humo se volvía más denso en el aire helado, volvió rápidamente a casa a calentarse los dedos entumecidos por el frío. 

Lanzó una rápida ojeada a los distintos sobres. Estaban las tradicionales tarjetas navideñas, la mayoría, de sus estudiantes de la facultad, una factura de gas y algún que otro folleto publicitario. También había cartas para mi padre; los compañeros del CNRS y sus doctorandos le deseaban un feliz año. 

Entre aquella correspondencia, de lo más común dado que estábamos a comienzos de enero, había una sorpresa. La postal. Ahí estaba, con los demás sobres, como si nada, como si se hubiera escondido para pasar inadvertida. 

Lo que intrigó de inmediato a mi madre fue la letra: extraña, torpe, una caligrafía que nunca había visto. Luego leyó los cuatro nombres escritos uno debajo de otro, en forma de lista. 

Ephraïm. 

Emma. 

Noémie. 

Jacques. 

Aquellos cuatro nombres eran los de sus abuelos maternos, su tía y su tío. Los cuatro habían sido deportados antes de que ella naciera. Murieron en Auschwitz en 1942. Y resurgían en nuestro buzón sesenta y un años después. Ese lunes 6 de enero de 2003. 

—¿Quién ha podido enviarme este horror? —se preguntó Lélia. 

A mi madre le entró mucho miedo, como si alguien estuviera amenazándola, agazapado entre las tinieblas de un pasado remoto. Le temblaban las manos. 

—¡Mira, Pierre, mira lo que me he encontrado en el correo! 

Mi padre cogió la tarjeta, se la aproximó a la cara para observarla de cerca, pero no llevaba ni firma ni explicación alguna. 

Nada. Solo esos nombres. 

En casa de mis padres, en aquella época, se recogía el correo del suelo, como la fruta madura caída del árbol. Nuestro buzón estaba tan viejo que no podía conservar nada en su interior; parecía un colador, pero a nosotros nos gustaba así. Nadie tenía intención de cambiarlo. En nuestra familia, los problemas no se solucionaban de esa manera: se convivía con los objetos como si tuvieran derecho a la misma consideración que los seres humanos. 

Los días de lluvia, las cartas acababan empapadas. La tinta se diluía y las palabras se volvían indescifrables para siempre. Lo peor eran las postales, apenas vestidas, como las jovencitas, con los brazos al aire y sin abrigo en pleno invierno. 

Si el autor de esa tarjeta hubiera utilizado una pluma para escribirnos, su mensaje habría caído en el olvido. ¿Lo sabía? La postal estaba redactada con bolígrafo negro. 

El domingo siguiente, Lélia convocó a toda la familia, es decir, mi padre, mis hermanas y yo. Alrededor de la mesa del comedor, la postal pasó de mano en mano. Permanecimos callados un buen rato, algo poco corriente entre nosotros, sobre todo durante el almuerzo dominical. En nuestra familia, normalmente siempre hay alguien que tiene algo que decir y que se empeña en comunicarlo de inmediato. Esa vez nadie sabía qué pensar de aquel mensaje que llegaba de no se sabía dónde. 

La tarjeta era de lo más banal, una postal turística con una fotografía de la Ópera Garnier, como las que se encuentran en los estancos, en esos expositores metálicos, sobre todo en París. 

—¿Por qué la Ópera Garnier? —preguntó mi madre. 

Nadie supo qué contestarle. 

—Lleva el matasellos de la oficina de correos del Louvre. 

—¿Crees que podrían informarnos allí? 

—Es la oficina de correos más grande de París. Es inmensa. Qué van a decirte... 

—¿Crees que lo han hecho adrede? 

—Sí, la mayor parte de las cartas anónimas se envían desde la oficina del Louvre. 

—Es vieja, esta postal tiene por lo menos diez años —añadí yo. 

Mi padre la expuso a la luz. La observó unos segundos muy atentamente para concluir que, en efecto, la tarjeta databa de los años noventa. La cromía de la impresión, con magentas saturados, así como la ausencia de vallas publicitarias alrededor del edificio de la Ópera confirmaban mi intuición. 

—Diría incluso que de principios de los noventa —precisó mi padre. 

—¿Qué te lleva a concluir eso? —preguntó mi madre. 

—Que en 1996 los autobuses SC10 verdes y blancos, como el que veis al fondo de la imagen, se sustituyeron por los RP312. Con una plataforma. Y un motor en la parte trasera. 

A nadie le sorprendió que mi padre conociera la historia de los autobuses parisinos. Nunca ha conducido un coche —y menos aún un autobús—, pero su profesión de investigador lo ha llevado a descubrir multitud de detalles sobre temas tan heterogéneos como específicos. Mi padre ha inventado un dispositivo que calcula la influencia de la Luna sobre las mareas terrestres y mi madre ha traducido para Chomsky tratados de gramática generativa. Entre los dos saben, pues, una cantidad ingente de cosas, la mayoría inútiles para la vida práctica. Salvo en ocasiones, como aquel día. 

—¿Por qué escribir una tarjeta y esperar diez años antes de enviarla? 

Mis padres siguieron haciéndose preguntas. Pero a mí me importaba un comino aquella postal. Sin embargo, me llamó la atención la lista de nombres. Esas personas eran mis antepasados y yo no sabía nada de ellos. Ignoraba en qué países habían estado, los oficios que habían ejercido, la edad que tenían cuando fueron asesinados. Si me hubieran enseñado sus retratos, habría sido incapaz de reconocerlos en medio de desconocidos. Sentí vergüenza. 

Al terminar de comer, mis padres guardaron la postal en un cajón y nunca volvimos a hablar de ella. Yo tenía entonces veinticuatro años y la cabeza centrada en una vida por vivir y en otras historias por escribir. Borré de mi memoria el recuerdo de la postal, sin por ello abandonar la idea de que un día tendría que interrogar a mi madre sobre la historia de nuestra familia. Pero iba pasando el tiempo y nunca me paraba a hacerlo. 

Hasta diez años después, cuando estaba a punto de dar a luz. 

Se me había abierto el cuello del útero demasiado pronto. Debía permanecer tumbada para no precipitar la llegada del bebé. Mis padres propusieron que fuera a pasar unos días a su casa, donde no tendría que hacer nada. En ese estado de espera pensé en mi madre, en mi abuela, en el linaje de mujeres que habían dado a luz antes que yo. Y entonces sentí la necesidad de escuchar el relato de mis antepasados. 

Lélia me condujo al despacho oscuro donde pasa la mayor parte del tiempo; ese despacho siempre me ha recordado a un vientre, forrado de libros y carpetas, bañado por la luz invernal del extrarradio parisino y con el ambiente cargado por el humo de los cigarrillos. Me instalé bajo la biblioteca y sus objetos sin edad, recuerdos cubiertos por un manto de cenizas y polvo. Mi madre extrajo una caja verde con motas negras de entre la veintena de archivadores, todos idénticos. De adolescente, yo sabía que aquellas cajas contenían los vestigios de las historias sombrías del pasado de nuestra familia. Me parecían ataúdes en miniatura. 

Mi madre cogió una hoja y un bolígrafo —como todos los docentes jubilados, sigue siendo profesora en todas las circunstancias, hasta en su forma de ser madre—. A Lélia sus alumnos de la facultad de Saint-Denis la adoraban. En aquella bendita época en que podía fumar en clase a la vez que enseñaba lingüística hacía algo que fascinaba a sus alumnos: conseguía, con una destreza inusual, que el cigarrillo se consumiera por completo sin que cayera la ceniza, formando así un cilindro gris entre sus dedos. No necesitaba cenicero, colocaba el pitillo consumido sobre su mesa antes de encender el siguiente. Una proeza que infundía respeto. 

—Estás avisada —me dijo mi madre—: lo que vas a oír es una narración híbrida. Algunos hechos se consideran incuestionables; no obstante, te dejaré deducir las conjeturas personales que al final me llevaron a esta reconstrucción. En realidad, nuevos documentos podrían completar o modificar sustancialmente mis hipótesis. Por supuesto. 

—Mamá —le dije—, creo que el humo del cigarrillo no es bueno para el cerebro del bebé. 

—Oh, déjame en paz. Fumé un paquete diario durante mis tres embarazos y no tengo la impresión de haber parido a tres retrasadas. 

Su respuesta me hizo reír. Lélia aprovechó para encender un pitillo e iniciar el relato de la vida de Ephraïm, Emma, Noémie y Jacques. Los cuatro nombres de la postal. 

cap-3

LIBRO I

Tierras prometidas

cap-4

—Como en las novelas rusas —dijo mi madre—, todo empezó con una historia de amor truncada. Ephraïm Rabinovitch amaba a Anna Gavronski, cuya madre, Liba Gavronski, de soltera Yankélevich, era una prima hermana de la familia. Pero esa pasión no era del gusto de los Gavronski... 

Lélia me miró y se dio cuenta de que no estaba entendiendo nada de lo que me contaba. Con el pitillo aprisionado en la comisura de los labios y el ojo medio cerrado por el humo, empezó a rebuscar en sus archivos. 

—Bien, voy a leerte esta carta, te ayudará a comprender... Está escrita por la hermana mayor de Ephraïm, en 1918, en Moscú: 

Querida Véra: 

Mis padres tienen muchos problemas. ¿Has oído hablar de la historia entre Ephraïm y nuestra prima Aniuta? Si no, solo puedo contártelo si me prometes guardar el secreto, aunque, según parece, algunos de los nuestros ya están al corriente. An y nuestro Fedia (que acaba de cumplir veinticuatro años hace dos días) se enamoraron en un abrir y cerrar de ojos. Los nuestros sufrieron mucho al enterarse, estaban como locos. La tía no sabe nada, sería una catástrofe si se enterase. Se cruzan con ella a todas horas y eso los atormenta mucho. Nuestro Ephraïm está muy enamorado de Aniuta. Pero te confieso que no estoy nada convencida de los sentimientos de ella. Estas son las noticias de por aquí. Empiezo a estar hasta la coronilla de esta historia. Bueno, querida, tengo que acabar. Voy a enviar la carta en persona, para asegurarme de que te llegue bien... 

Un tierno abrazo, 

SARA 

 

—Si he entendido bien, ¿Ephraïm tuvo que renunciar a su primer amor? 

—Y para ello se le busca enseguida otra novia, que será, pues, Emma Wolf. 

—El segundo nombre de la postal... 

—Exacto. 

—¿También era una pariente lejana? 

—No, en absoluto. Emma venía de Lodz. Era la hija de un gran industrial que poseía varias fábricas textiles, Maurice Wolf, y su madre se llamaba Rebecca Trotski. Pero no tenía nada que ver con el revolucionario. 

—Dime, ¿cómo se conocieron Ephraïm y Emma? Porque Lodz está por lo menos a mil kilómetros de Moscú. 

—¡Mucho más de mil kilómetros! O bien las familias acudieron a la shadjanit de la sinagoga, es decir, a la casamentera; o bien la familia de Ephraïm era la kest-eltern de Emma. 

—¿La qué? 

—La kest-eltern. Es yidis. Cómo explicarte... ¿Te acuerdas de la lengua inuktitut? 

Cuando yo era una niña, Lélia me enseñó que los esquimales tienen cincuenta y dos palabras para designar la nieve. Se dice qanik para la nieve cuando está cayendo, aputi para la nieve que ha caído ya, y aniu para la nieve con los que puede hacerse agua... 

—Pues bien, en yidis —añadió mi madre— existen distintos términos para decir «la familia». Se usa una palabra para «la familia» propiamente dicha, otra para «la familia política», otra más para «quienes se consideran como de la familia» aunque no haya lazo de parentesco. Y existe un término casi intraducible, que sería algo así como «la familia adoptiva», di kest-eltern, que podría traducirse como «la familia de acogida», pues era una tradición cuando los padres mandaban a un hijo lejos a cursar estudios superiores, buscar a una familia que se encargara de su alojamiento y su manutención. 

—Así que la familia Rabinovitch era la kest-eltern de Emma. 

—Eso es... Pero no te preocupes, escucha y al final acabarás atando todos los cabos... 

Siendo muy joven aún, Ephraïm Rabinovitch rompe con la religión de sus padres. De adolescente se afilia al Partido Socialista Revolucionario y declara a sus padres que no cree en Dios. Como provocación, hace todo lo que les está prohibido a los judíos en Yom Kipur: fuma cigarrillos, se afeita, bebe y come. 

En 1919, Ephraïm tiene veinticinco años. Es un joven moderno, esbelto, de rasgos finos. Si su piel no fuera tan mate y su bigote tan negro, podría pasar por un ruso auténtico. El brillante ingeniero acaba de terminar la carrera, después de escapar por los pelos al numerus clausus que limitaba a un tres por ciento la cuota de judíos admitidos en la universidad. Desea participar en la gran aventura del progreso, tiene grandes ambiciones para su país y para su pueblo, el pueblo ruso, al que quiere acompañar en su Revolución. 

Para Ephraïm ser judío no quiere decir nada. Se define ante todo como socialista. De hecho, vive en Moscú como un moscovita. Acepta casarse en la sinagoga solo porque es importante para su futura esposa. Pero previene a Emma: 

—No viviremos según la religión judía. 

La tradición exige que el novio, el día de la boda, al final de la ceremonia rompa una copa con el pie derecho. Ese gesto recuerda la destrucción del templo de Jerusalén. A continuación, puede pedir un deseo. Ephraïm pide no volver a acordarse de su prima Aniuta. Pero al contemplar los pedazos del vaso desperdigados por el suelo le parece que es su corazón el que yace ahí, hecho añicos. 

cap-5

Aquel viernes 18 de abril de 1919, los recién casados salen de Moscú en dirección a la dacha de Nachman y Esther Rabinovitch, los padres de Ephraïm, situada a cincuenta kilómetros de la capital. Si Ephraïm ha aceptado ir a celebrar el Pésaj, la pascua judía, es porque su padre ha insistido, algo inusual en él, y porque su mujer está embarazada. Es una ocasión para anunciar la buena nueva a sus hermanos y hermanas. 

—¿Emma estaba embarazada de Myriam? 

—Eso es, de tu abuela... 

Durante el trayecto, Ephraïm confiesa a su mujer que el Pésaj es su fiesta preferida desde siempre. De niño le encantaba su misterio, el de las hierbas amargas, la salmuera y las manzanas con miel que se dejan en un plato en el centro de la mesa. Le gustaba que su padre le explicara que la dulzura de las manzanas debía recordar a los judíos que hay que desconfiar del bienestar. 

—En Egipto —insistía Nachman—, los judíos eran esclavos, es decir, contaban con alojamiento y manutención. Tenían un techo sobre sus cabezas y comida a mano, ¿entiendes? La libertad, al contrario, conlleva incertidumbre. Se adquiere mediante el sufrimiento. La salmuera representa las lágrimas de quienes se deshacen de sus cadenas. Y las hierbas amargas nos recuerdan que la condición del hombre libre es en esencia dolorosa. Hijo mío, escúchame bien, en cuanto sientas la miel en los labios pregúntate: ¿de qué, de quién soy esclavo? 

Ephraïm sabe que su alma revolucionaria surgió de ahí, de los relatos de su padre. 

Esa noche, al llegar a casa de sus padres, corre a la cocina para oler el aroma suave y peculiar de los matzot, esos panes sin levadura que prepara Katerina, la vieja cocinera. Emocionado, le coge la mano toda arrugada y la posa sobre el vientre de su joven esposa. 

—Míralo —dice Nachman a Esther, que observa la escena—, nuestro hijo está más orgulloso que un castaño exhibiendo sus frutos a todo el que pasa. 

Los padres han invitado a todos los primos Rabinovitch por parte de Nachman y a todos los primos Frant por parte de Esther. ¿Por qué tanta gente?, se pregunta Ephraïm mientras sopesa un cuchillo de plata, que brilla tras lustrarlo durante horas con la ceniza de la chimenea. 

—¿También han invitado a los Gavronski? —pregunta, inquieto, a Bella, su hermana pequeña. 

—No —contesta ella sin desvelarle que las dos familias se han puesto de acuerdo para evitar un cara a cara entre la prima Aniuta y Emma. 

—Pero ¿por qué han invitado a tantos primos este año?... ¿Tienen algo que anunciarnos? —prosigue Ephraïm mientras enciende un cigarrillo para disimular su nerviosismo. 

—Sí, pero no me preguntes. No tengo permiso para decir nada antes de la cena. 

La noche del Pésaj, la tradición exige que el patriarca lea en voz alta la Hagadá, es decir, el relato de la partida de Egipto del pueblo hebreo conducido por Moisés. Al final de las oraciones, Nachman se levanta y se golpea el vientre con la hoja del cuchillo. 

—Si insisto esta noche en las últimas palabras del Libro —dice dirigiéndose a todos los comensales—, «Y reconstruye Jerusalén, la ciudad santa, rápidamente en nuestros días», es porque, como jefe de familia, mi deber es advertiros. 

—¿Advertirnos de qué, papá? 

—De que ha llegado la hora de partir. Debemos abandonar este país. Lo antes posible. 

—¿Partir? —preguntan sus hijos. 

Nachman cierra los ojos. ¿Cómo convencer a sus hijos? ¿Cómo encontrar las palabras adecuadas? Es como un olor acre en el aire, como un viento frío que sopla para anunciar la helada que va a caer, es invisible, casi nada, y sin embargo está ahí; primero volvió en sus pesadillas, pesadillas que se mezclan con los recuerdos de su juventud, cuando lo escondían detrás de la casa, junto a otros niños, ciertas noches de Navidad, porque unos borrachos iban a castigar al pueblo que había matado a Jesucristo. Entraban en las casas para violar a las mujeres y matar a los hombres. 

Aquella violencia se apaciguó cuando el zar Alejandro III reforzó el antisemitismo de Estado con las Leyes de Mayo, que privaban a los judíos de la mayor parte de sus libertades. Nachman era un hombre joven cuando de repente se le prohibió todo. Prohibido ir a la universidad, prohibido desplazarse de una región a otra, prohibido poner nombres cristianos a los hijos, prohibido hacer teatro. Tan humillantes medidas contentaron al pueblo y durante unos treinta años se derramó menos sangre. De manera que los hijos de Nachman no conocieron el miedo del 24 de diciembre, cuando la jauría se levanta de la mesa con sed de matar. 

Pero Nachman llevaba unos años notando de nuevo en el aire ese olor a azufre y podredumbre. Las Centurias Negras, el grupo monárquico de extrema derecha liderado por Vladímir Purishkévich, se organizaban en la sombra. Este antiguo cortesano del zar fundaba sus tesis en la teoría de un complot judío. Estaba esperando a que le llegara el momento. Y Nachman no creía que esa Revolución nueva, conducida por sus hijos, acabara con los viejos odios. 

—Sí. Partir. Hijos míos, escuchadme bien —dijo con calma Nachman—: es’shtinkt shlejt drek. Apesta a mierda. 

Dicho lo cual, los tenedores dejan de tintinear en los platos, los niños detienen sus chillidos, reina el silencio. 

—La mayoría acabáis de casaros. Ephraïm, pronto vas a ser padre por primera vez. Tenéis arrojo, valor... y toda la vida por delante. Ha llegado el momento de que hagáis las maletas. 

Nachman se vuelve hacia su mujer y le estrecha la mano. 

—Esther y yo hemos decidido irnos a Palestina. Hemos comprado un terreno cerca de Haifa. Plantaremos naranjos. Venid con nosotros. Y compraré allí tierras para vosotros. 

—Pero... Nachman, ¿de verdad piensas instalarte en tierra de Israel? 

Jamás se habrían imaginado los hijos Rabinovitch semejante cosa. Antes de la Revolución, su padre pertenecía a la Primera Guilda de los comerciantes, es decir, formaba parte de los escasos judíos que tenían derecho a desplazarse libremente por el país. Para Nachman era un privilegio inaudito poder vivir en Rusia como un ruso. Gozaba de una buena posición en la sociedad, ¿y ahora quería abandonarla para ir a exiliarse a la otra punta del mundo, a un país desértico de clima hostil, y dedicarse a cultivar naranjas? ¡Qué idea más extravagante! Él, que no sabe ni pelar una pera sin ayuda de la cocinera... 

Nachman coge un lápiz y moja la punta con los labios. Mira a su descendencia y añade: 

—Bueno. Voy a hacer una ronda de intervenciones. Y exijo de cada uno, oídme bien, de cada uno, que me diga un destino. Iré a comprar los billetes de barco para todo el mundo. Salís del país antes de tres meses, ¿entendido? Bella, empiezo por ti; es fácil, tú te vienes con nosotros. Así que apunto: Bella, Haifa, Palestina. ¿Ephraïm? 

—Prefiero esperar a que se pronuncien mis hermanos —contesta Ephraïm. 

—Yo me vería bien en París —dice Emmanuel, el más pequeño de los hermanos, balanceándose desenfadado en su silla. 

—Evitad París, Berlín, Praga —replica, muy serio, Ephraïm—. En esas ciudades, los buenos puestos están ocupados desde hace generaciones. No encontraréis cómo estableceros. Os juzgarán demasiado brillantes, o no lo suficiente. 

—Eso no me preocupa, tengo ya una novia que me espera allí —contesta Emmanuel, haciendo reír a toda la mesa. 

—Pobre hijo mío —se impacienta Nachman—, tendrás una vida de puerco. Estúpida y breve. 

—¡Prefiero morir en París que en el culo del mundo, papá! 

—Ohhh —responde Nachman agitando frente a él una mano, amenazante—. Yeder nar iz klug un komish far zij: todos los imbéciles se creen inteligentes. No bromeo en absoluto. Bueno, si no queréis seguirme, probad en América, también será una buena opción —añade suspirando. 

«Indios y vaqueros. América. No, gracias», piensan los hijos Rabinovitch. Paisajes demasiado borrosos. Por lo menos Palestina saben a qué se parece, puesto que está escrito en la Biblia: un montón de pedruscos. 

—Míralos —dice Nachman a su mujer—. ¡Son como chuletas con ojos! ¡Pensad con la cabeza! En Europa no sacaréis nada. Nada. Nada bueno. Mientras que en América, en Palestina, ¡encontraréis trabajo fácilmente! 

—Papá, siempre te preocupas por cosas sin importancia. ¡Lo peor que puede sucederte aquí es que tu sastre se vuelva socialista! 

Es cierto que si se observa bien a Nachman y a Esther, sentados juntos como dos pastelitos en el escaparate de una pastelería, cuesta imaginarlos de granjeros en un nuevo mundo. Lucen muy erguidos, impecablemente arreglados. Esther sigue siendo coqueta, a pesar de sus canas, que lleva recogidas en un moño. No hace ascos a los collares de perlas ni a los camafeos. Nachman sigue vistiendo sus famosos trajes de tres piezas, confeccionados a medida por los mejores sastres de Moscú. Su barba es blanca como el algodón y toda su fantasía se concentra en sus corbatas de lunares y sus pañuelos de bolsillo a juego. 

Nachman, exasperado por sus hijos, se levanta de la mesa. La vena del cuello se le ha hinchado tanto que parece a punto de estallar y salpicar el bonito mantel de Esther. Tiene que ir a tumbarse para calmar su acelerado corazón. Antes de cerrar la puerta del comedor, pide a todos que reflexionen, y concluye: 

—Tenéis que comprender una cosa: un día querrán vernos desaparecer a todos. 

Después de la teatral salida, las conversaciones se reanudan alegremente alrededor de la mesa hasta bien avanzada la noche. Emma se sienta al piano, echando ligeramente hacia atrás el taburete a causa de su vientre. La joven tiene el título superior de piano por el prestigioso Conservatorio Nacional de Música, pero le habría gustado ser física. No ha podido debido al numerus clausus. Espera de todo corazón que la criatura que lleva en su seno viva en un mundo donde pueda escoger sus estudios. 

Ephraïm, mecido por las piezas musicales que toca su esposa en el salón, habla de política con sus hermanos y hermanas junto a la chimenea. La velada es muy agradable, se sienten muy unidos, burlándose sin maldad del patriarca. Los Rabinovitch no saben que son las últimas horas que pasan así, todos juntos. 

cap-6

Al día siguiente, Emma y Ephraïm parten de la dacha familiar; todo el mundo se dice adiós con tono cordial, prometiendo volver a verse enseguida, antes del verano. 

Emma mira el paisaje desfilar tras la ventanilla del coche de punto. Se pregunta si su suegro no tendrá razón, si quizá sería más prudente instalarse en Palestina. El nombre de su marido figura en una lista. La policía puede ir a detenerlo a casa en cualquier momento. 

—¿Qué lista? ¿Por qué se busca a Ephraïm? ¿Por ser judío? 

—No, aún no. Ya te lo he dicho: mi abuelo es un socialista revolucionario. Después de la Revolución de Octubre, los bolcheviques empiezan a eliminar a sus antiguos compañeros de armas: persiguen a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios. 

De vuelta en Moscú, Ephraïm tiene, pues, que ocultarse. Encuentra un sitio donde refugiarse, cerca de su apartamento, para poder visitar a su mujer de vez en cuando. 

Esa noche quiere lavarse antes de marchar. Para cubrir el ruido del agua en la palangana de zinc de la cocina, Emma se sienta al piano, aporreando con todas sus fuerzas las teclas de marfil. Desconfía del vecindario y de las delaciones. 

De repente llaman a la puerta. Golpes secos. Autoritarios. Emma se dirige a abrir, con la mano sobre su grueso vientre. 

—¿Quién es? 

—Buscamos a tu marido, Emma Rabinovitch. 

Emma hace esperar a los policías en el descansillo para dar tiempo a su marido a recoger todos sus enseres e instalarse en un escondite que han habilitado en el doble fondo de un armario, detrás de las mantas y las sábanas. 

—No está. 

—Déjanos entrar. 

—Estaba bañándome, permitid que me vista. 

—Dile a tu marido que salga —ordenan los policías, que empiezan a ponerse nerviosos. 

—No tengo noticias suyas desde hace un mes. 

—¿Sabes dónde se esconde? 

—No tengo la menor idea. 

—Vamos a tirar la puerta abajo y a registrar toda la casa. 

—¡Adelante! ¡Y si lo encontráis, dadle noticias mías! 

Emma abre la puerta y exhibe su grueso vientre ante las narices de los agentes. 

—Fijaos cómo me ha dejado..., ¡en qué estado me ha abandonado! 

Los policías entran en el piso. Emma se fija en la gorra de Ephraïm, que se ha quedado en el sillón grande del salón. Entonces finge un mareo. Nota cómo se aplasta la gorra bajo su peso. El corazón le late con fuerza. 

—Tu abuela Myriam no es aún más que un feto, pero acaba de sentir físicamente lo que significa tener un nudo en la tripa debido al miedo. Los órganos de Emma se han encogido a su alrededor. 

Cuando finaliza el registro, la mujer permanece impasible. 

—¡No os acompaño, mucho me temo que rompería aguas! —dice a los policías con la frente pálida—. No os quedaría más remedio que ayudarme en el parto. 

Los agentes se marchan maldiciendo a las preñadas. Al cabo de unos largos minutos de silencio, Ephraïm sale de su escondrijo y se encuentra a su mujer tumbada en la alfombra, junto a la lumbre, hecha un ovillo: le duele tanto el vientre que no puede incorporarse. Ephraïm se teme lo peor. Promete a Emma que, si el bebé sobrevive, partirán a Riga, en Letonia. 

—¿Por qué Letonia? 

—Porque acaba de conseguir la independencia. Y los judíos ya pueden instalarse allí sin estar sujetos a la legislación que regulaba el comercio. 

cap-7

Tu abuela Myriam —Miroshka para la familia— nace en Moscú el 7 de agosto de 1919 según la Oficina de Atención al Refugiado que se encargó de su documentación en París. Pero la fecha es incierta a causa de la diferencia entre el calendario gregoriano y el calendario juliano. De manera que Myriam nunca sabrá el día exacto de su nacimiento. 

Viene al mundo bañada por la magnífica tibieza del leto, el verano ruso. Nace prácticamente en una maleta mientras sus padres preparan la partida a Riga. Ephraïm ha estudiado la rentabilidad del comercio del caviar y cuenta con montar un negocio próspero. Para instalarse en Letonia, Ephraïm y Emma han vendido todo lo que poseen: los muebles, la vajilla, las alfombras. Todo menos el samovar. 

—¿Es el que está en el salón? 

—Exacto. Y ha cruzado más fronteras que tú y yo juntas. 

Los Rabinovitch salen de Moscú en plena noche para alcanzar clandestinamente la frontera transitando por las pequeñas carreteras comarcales y con su bebé en un carromato desvencijado. El viaje es largo y difícil, casi mil kilómetros, pero se alejan de la policía bolchevique. Emma entretiene a su pequeña Miroshka, le susurra historias a la hora del miedo vespertino, levanta las mantas para dejarle ver por encima de la carreta: 

—Se dice que la noche cae, pero no es cierto: mira, la noche asciende poco a poco de la tierra... 

La última noche, unas horas antes de llegar a la frontera, Ephraïm tiene una sensación extraña: el atelaje va muy ligero. Vuelve la cabeza y se da cuenta de que el carro ha desaparecido. 

Cuando Emma sintió que la carreta se soltaba no gritó por miedo a que los descubrieran. Espera, pues, a que su marido dé media vuelta, sin saber qué le da más miedo, si los bolcheviques o los lobos. Pero Ephraïm llega por fin. Y el carromato acaba por franquear la frontera antes del amanecer. 

—Mira —me dijo Lélia—. Tras la muerte de Myriam, encontré unos papeles en su despacho. Borradores de textos, fragmentos de cartas; de esa forma di con la historia de la carreta. Termina así: «Todo transcurre sin incidencias al alba, a la hora gris, antes de la aurora. Porque al llegar a Letonia estuvimos unos días en la cárcel a causa de las formalidades administrativas. Mi madre me daba el pecho todavía, y no guardo ningún mal recuerdo de su leche con sabor a centeno y trigo sarraceno durante aquellos días». 

—Las frases siguientes son casi incomprensibles... 

—Es el principio de su Alzheimer. A veces pasé horas enteras intentando entender qué se ocultaba tras un error gramatical. La lengua es un laberinto en el que se pierde la memoria. 

—Conocía la historia de la gorra que había que ocultar a toda costa a los policías. Myriam me la escribió en forma de cuento infantil cuando yo era una cría. Se titulaba «El episodio de la gorra». Pero no sabía que se trataba de su propia historia. Creía que se la había inventado. 

—Todos esos cuentos un poco tristes que os escribía la abuela por vuestros cumpleaños eran fábulas sobre su vida. Me resultaron de gran valor a la hora de reconstruir ciertos acontecimientos de su infancia. 

—Pero, y con los demás, ¿cómo has conseguido reconstruir la historia con tanta precisión? 

—Partí de casi nada, unas fotos con anotaciones indescifrables, fragmentos de confidencias de tu abuela apuntados en trocitos de papel que hallé después de que muriera. El acceso a los archivos franceses desde el año 2000, los testimonios del Museo de la Historia del Holocausto, Yad Vashem, y de los supervivientes de los campos me permitieron reconstruir la vida de esos seres. Sin embargo, no todos los documentos son fiables y algunos pueden conducir a pistas extrañas. Ya ha sucedido que la Administración francesa cometa errores. Solo el cotejo permanente y minucioso de los documentos, con ayuda de los archivistas, me ha facilitado establecer acontecimientos y fechas. 

Levanté la vista por encima de la biblioteca. Las cajas de archivos de mi madre, que tanto miedo me daban en otro tiempo, me parecieron, de repente, los arcanos de un saber tan vasto como un continente. Lélia había recorrido la historia como si de países se tratara. Sus relatos de viajes dibujaban en ella paisajes interiores que yo tendría que visitar a mi vez. Puse la mano sobre mi vientre y pedí en silencio a mi hija que escuchara atentamente conmigo la continuación de esa vieja historia que atañía a su nueva vida. 

cap-8

En Riga, la pequeña familia se instala en una bonita casa de madera situada en Aleksandra iela, n.º 60/66, dz 2516. El vecindario del barrio aprecia a Emma, que se integra bien. Ella admira a su marido, que se ha lanzado al comercio del caviar con éxito. 

«Mi marido tiene alma de emprendedor y don para las relaciones —escribe ella, orgullosa, a sus padres en Lodz—. Me ha comprado un piano para que pueda despertar mis dedos adormecidos. Me da todo el dinero que necesito, y también me anima a que imparta clases de música a las niñas del barrio». 

Gracias a la venta de caviar, la pareja se compra una dacha en Bilderlingshof, como las familias de clase alta. Ephraïm ofrece a su mujer el lujo de una niñera alemana, que va a ayudar a Emma en sus tareas domésticas. 

—Así podrás trabajar más. Las mujeres deben ser independientes. 

Emma aprovecha para acudir a la gran sinagoga de Riga, conocida por sus jazanes, pero sobre todo por sus coros. Asegura a su marido que lo hace solo para captar a nuevas alumnas, no para rezar. Cuando llega al final del oficio, le da un vuelco el corazón al oír hablar en polaco. Se reencuentra con viejas familias de Lodz y la atmósfera provincial de su ciudad natal. Es como si se tropezara con miguitas de su infancia que puede ir recogiendo. 

Emma se entera por las viejas chismosas de la sinagoga que la prima Aniuta se ha casado con un judío alemán y que ahora vive en Berlín. 

—No se lo cuentes a tu marido, no se te ocurra reavivar el recuerdo de tu antigua rival —le aconseja la rabanit, la mujer del rabino, cuyo cometido consiste en prodigar consejos a las esposas de la comunidad. 

Por su parte, Ephraïm recibe noticias muy esperanzadoras de sus padres. Su naranjal prospera. Bella ha sido contratada como sastra en un teatro en Haifa. Los hermanos, desperdigados por los cuatro rincones de Europa, han logrado colocarse bien. Salvo el menor, Emmanuel, quien planea convertirse en actor de cine, en París. «De momento —escribe su hermano Borís— no ha conseguido ningún papel. Tiene ya treinta años y me preocupa. Pero es joven, espero que llegue a algo. He podido verlo en alguna toma y no lo hace mal. Progresará». 

Ephraïm compra una cámara fotográfica para inmortalizar el rostro de Myriam. Viste a su hija como una muñeca, le pone los conjuntos más lindos y en el cabello los lazos más primorosos. Con sus vestidos blancos, la cría es la princesa del reino de Riga. Es una niña orgullosa y presumida, consciente de su importancia a los ojos de sus padres, es decir, a los ojos del mundo entero. 

Al pasar por delante de la casa de los Rabinovitch, en la calle Aleksandra, las notas del piano resuenan en el aire —los vecinos no se quejan nunca: al contrario, aprecian la música—. Transcurren las semanas, felices, como si todo se hubiera vuelto fácil. Una noche del Pésaj, Emma pide a Ephraïm que componga el plato del Séder para la cena. 

—Por favor, no leas las oraciones, solo la salida de Egipto. 

Ephraïm acaba por aceptar y muestra a Myriam cómo se disponen el huevo, las hierbas amargas, los trocitos de manzana con miel, la salmuera y un hueso de cordero en el centro del plato. Se deja llevar, por una noche, y cuenta la historia de Moisés, exactamente como antaño hacía su padre. 

—¿En qué se diferencia esta noche de todas las demás? ¿Por qué se comen hierbas amargas? Hija mía, el Pésaj nos enseña que el pueblo judío es un pueblo libre. Pero esa libertad tiene un precio. El sudor y las lágrimas. 

Para esa cena de Pésaj, Emma ha preparado la matzá según la receta de Katerina, la vieja cocinera de sus suegros. Quiere que su marido sienta de nuevo ese sabor suave y delicioso de las comidas de su infancia. Esa noche Ephraïm está de un humor excelente, hace reír a la niña imitando a su abuelo: 

—El hígado picado es el mejor remedio contra los míseros problemas de la vida —dice adoptando el acento ruso de Nachman, antes de engullir pequeños patés de ave. 

Pero, en medio de las risas, Ephraïm siente de repente una pena en el corazón: Aniuta. Una imagen le pasa por la cabeza, la de su prima, a la que imagina en ese mismo momento festejando el Pésaj con su propia familia, con un marido, alrededor de una mesa a la luz de las velas. «Seguro que la madurez la ha embellecido —piensa—. ¡Estará más bella aún!». Una sombra oscurece su rostro, y Emma se da cuenta inmediatamente. 

—¿Te encuentras bien? —pregunta. 

—¿Y si tuviéramos otro niño? —contesta Ephraïm. 

Diez meses después, Noémie —la Noémie de la postal— nace en Riga, el 15 de febrero de 1923. La hermanita destrona a Myriam en su reino; tiene la cara redonda, igual que su madre, redonda como la luna. 

Gracias al dinero que obtiene con la venta de sus huevas de esturión, Ephraïm compra un local para instalar un laboratorio experimental. Quiere crear nuevas máquinas. Pasa veladas enteras con la mirada brillante, explicándole a su mujer los principios de sus inventos. 

—Las máquinas serán una revolución. Liberarán a las mujeres de sus agotadoras faenas domésticas. Escucha esto: «El hombre es en la familia el burgués; la mujer representa en ella al proletario», ¿no estás de acuerdo? —pregunta Ephraïm, que sigue leyendo a Karl Marx, aunque ahora sea un patrono a la cabeza de un comercio floreciente. 

«Mi marido es como la electricidad —escribe Emma a sus padres—, viaja a todas partes aportando la luz del progreso». 

Pero Ephraïm el ingeniero, el progresista, el cosmopolita, ha olvidado que el forastero seguirá siendo siempre un forastero. Comete el terrible error de creer que puede fundar su felicidad en alguna parte. Al año siguiente, 1924, un barril de caviar en mal estado lleva la pequeña empresa a la bancarrota. ¿Mala suerte o maniobra de algún envidioso? Esos emigrantes llegados en un carromato han ascendido a notables demasiado deprisa. Los Rabinovitch se convierten en personas no gratas en la Riga de los gois. Los vecinos del patio Binderling piden a Emma que deje de importunar al barrio con las idas y venidas de sus alumnas. Se entera por sus amistades de la sinagoga que los letones la han tomado con su marido y que no pararán de molestarlo hasta que no le quede más remedio que marcharse. Ella entiende que ha llegado la hora de hacer las maletas, una vez más. Pero ¿para ir adónde? 

Emma escribe a sus padres, pero las noticias de Polonia no son buenas. Su padre, Maurice Wolf, parece intranquilo a causa de las huelgas que estallan por todo el país. 

—Sabes, hija mía, que mi mayor dicha sería tenerte a mi lado. Pero no he de ser egoísta y mi deber de padre es decirte que quizá debáis alejaros más, tu marido, tú y las niñas. 

Ephraïm envía un telegrama a su hermano menor, Emmanuel. Pero, por desgracia, este vive de prestado en París en el apartamento de unos amigos pintores, Robert y Sonia Delaunay, que tienen un hijo pequeño. Ephraïm escribe entonces a Borís, su hermano mayor, que se ha refugiado en Praga, como muchos otros miembros del PSR. Sin embargo, allí la situación política es demasiado inestable y Borís desaconseja a Ephraïm que se instale con él. 

A Ephraïm ya no le queda ni dinero ni elección. Con el alma hecha pedazos, envía un telegrama a Palestina: «Vamos». 

cap-9

Para llegar a la Tierra Prometida hay que bajar en picado, desde el sur de Riga, dos mil quinientos kilómetros en línea recta. Atravesar Letonia, Lituania, Polonia y Hungría antes de tomar el barco en Constanza, en Rumanía. El viaje dura cuarenta días. Como el de Moisés al monte Sinaí. 

—Haremos una parada en casa de mis padres, en Lodz. Querría que mi familia conociera a las niñas —hace saber Emma a su marido. 

Después de cruzar el estanque del río Lodka, Emma se reencuentra con la ciudad de su infancia, que tanto había echado de menos. La efervescencia del tráfico, entre los trolebuses, los coches y los droskis que se cruzan en medio de un bullicio infernal, espanta a las niñas, pero a Emma le encanta. 

—Cada ciudad tiene su olor, ¿sabes? —le dice a Myriam—. Cierra los ojos e inhala. 

Myriam entorna los párpados y nota cómo penetra en su interior el perfume de las lilas y del alquitrán del barrio de Baluty, los efluvios de aceite y de jabón de las calles de Polesie, las emanaciones de chulent que despiden las cocinas y, por todas partes, el polvo de los tejidos, las pelusas que escapan por las ventanas. Al pasar por los barrios judíos obreros, Myriam descubre por primera vez a esos hombres vestidos de negro, bandadas de aves austeras, con sus barbas pardas, sus tirabuzones que rebotan como muelles a cada lado de las orejas, sus tzitzits que cuelgan sobre sus largos caftanes de reps, y sus anchos sombreros de piel sobre la cabeza. Algunos llevan en la frente una filacteria, un grueso y misterioso dado de color negro. 

—¿Quiénes son? —pregunta Myriam que, a sus cinco años, nunca ha entrado en una sinagoga. 

—Son religiosos —contesta Emma, respetuosa—; estudian los textos sagrados. 

—¡Nadie les ha avisado de que ha llegado el siglo XX! —dice Ephraïm riendo. 

Myriam se impregna de esas visiones fantasmagóricas del barrio judío. La mirada de una pequeña vendedora de pasteles con semillas de amapola, una niña de su edad, se le queda grabada, así como las siluetas de las ancianas, sentadas en el suelo, que venden fruta podrida y peines desdentados. Myriam se pregunta quién puede comprar cosas tan sucias. 

En aquellos años veinte, las calles de Lodz parecen surgir del siglo precedente, pero también de un libro antiguo de cuentos extraños que recrean un mundo donde pululan personajes tan maravillosos como aterradores, un mundo peligroso, donde los ladrones astutos y las hermosas prostitutas aparecen en cada esquina armados de todos sus atributos, donde los hombres conviven con los animales en calles laberínticas, donde las hijas de los rabinos quieren estudiar Medicina y sus pretendientes rechazados tomarse la revancha en la vida, donde las carpas vivas nadan en los barreños y se ponen a hablar de repente como en las leyendas yidis, donde se susurran historias de espejos negros, donde se comen en la calle panecillos tiernos untados de queso fresco. 

Myriam se acordará toda la vida del olor ligeramente nauseabundo de los vendedores de buñuelos de chocolate en medio del calor de una ciudad en ebullición. 

Los Rabinovitch llegan luego al barrio polaco, donde se oye también el clac-clac de los telares. Pero la acogida es violenta. 

—¡Hep-hep, judíos! —oyen a su paso. 

Una banda de críos, seguida por unos perros, les arroja gravilla. Myriam recibe una pedrada justo debajo del ojo. Unas gotas de sangre le estropean el bonito vestido que se ha puesto para el viaje. 

—No es nada —dice Emma a la pequeña—, son unos mocosos estúpidos. 

Emma intenta limpiar la mancha de sangre con su pañuelo, aunque el punto rojo bajo el ojo permanece ahí; más tarde se pondrá negro. Ephraïm y Emma intentan tranquilizarla. Pero la niña entiende que sus padres se sienten amenazados por «algo». 

—Mirad —dice Emma, para distraer a sus hijas—, esos edificios de muros rojos son la fábrica de vuestro abuelo. Hace mucho tiempo, viajó a Shanghái para estudiar distintas técnicas del oficio de tejedor. Os hará una manta de seda. 

La cara de Emma se ensombrece. En las paredes de la hilatura lee inscripciones pintadas a mano: WOLF = LOBO = PATRÓN JUDÍO. 

—Ni me hables —dice Maurice Wolf con un suspiro al abrazar a su hija—. Los polacos ya no quieren trabajar en las mismas salas que los judíos, porque se detestan entre sí. Pero ¡al que odian por encima de todo es a mí! No sé si porque soy su patrón o porque soy judío... 

Ese ambiente pernicioso no impide a Emma, Ephraïm, Myriam y Noémie pasar unos días felices en la dacha de los Wolf, entre Piotrków y la ribera del Pilica. Todo el mundo cultiva el buen humor, y las conversaciones giran en torno a las niñas, el tiempo que hace y las comidas. Emma exagera adrede frente a sus padres su entusiasmo por partir a Palestina, explicándoles que esa aventura es formidable para su marido, porque así podrá desarrollar allí todos sus inventos. 

La noche del sabbat, los Wolf han preparado una mesa magnífica para la cena, y las criadas polacas se afanan en la cocina; solo ellas tienen permiso para encender el horno y hacer todo lo que está prohibido a los judíos esa noche. Emma, feliz, se reencuentra con sus tres hermanas. Fania se ha hecho dentista y se ha casado con un Rajcher. La bella Olga es médica y ha contraído matrimonio con un Mendels. Maria está comprometida con un Gutman y también va a estudiar Medicina. Emma se queda muda ante su hermano pequeño, Viktor, al que no veía desde hacía mucho tiempo. El adolescente se ha convertido en un joven de barba rizada, está casado y se ha instalado como abogado en el número 39 de la calle Zeromskiego, cerca del centro. 

Ephraïm lleva consigo su impresionante cámara fotográfica para inmortalizar ese día en que la familia Wolf al completo posa en la escalinata de su casa de campo. 

—Mira —me dijo Lélia—, voy a enseñarte la fotografía. 

—Es inquietante —respondí. 

—¡Ah!, ¿tú también la ves así? 

—Sí, los rostros se difuminan, las sonrisas parecen forzadas. Como si flotara en el ambiente la conciencia tenue del precipicio. 

En la fotografía, la abuela Myriam es la niñita con el lazo en el pelo, el vestido y los calcetines blancos, y la cabeza ladeada. 

—Encontré esta foto totalmente por casualidad —me dijo mi madre—. En casa del sobrino de un amigo de Myriam. El día que se tomó, según le contó ella, los adultos y los niños jugaron todos juntos al juego del pañuelo en el jardín. Myriam añadió que aquel día, en pleno juego, se le pasó por la cabeza un pensamiento: «Quien gane la partida será quien viva más tiempo». 

—Es a la vez una premonición macabra, y un deseo extraño para una niña de cinco años... ¿Se acordaba? 

—Sí, puedo asegurarte que se acordaba perfectamente, sesenta años después. Ese pensamiento la obsesionó toda la vida. 

—¿Por qué confiar ese secreto a un desconocido? Ella, que nunca hablaba con nadie, ¿no es un poco raro? 

—No, pensándolo bien, tampoco es tan extraño... 

Me acerqué a la fotografía para observar mejor todos aquellos rostros. Ya podía poner nombre a cada persona. Ephraïm, Emma, Noémie, y t

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