Las huellas del diablo

John Burnside

Fragmento

Las huellas del diablo

Hace mucho tiempo los habitantes de Coldhaven, un pueblecito pesquero de la costa este de Escocia, se despertaron en la oscuridad de una mañana de mediados de diciembre y descubrieron no solo que sus casas se hallaban enterradas bajo una de esas profundas nevadas de ensueño que únicamente se producen una o dos veces en cada generación, sino también que había ocurrido algo extraño mientras dormían. Algo que solo podían explicar a partir de rumores e historias que, como buena gente que iba a misa, les daba vergüenza repetir; historias en las que aparecía el diablo o espíritus; historias que contemplaban a regañadientes la existencia de una fuerza oculta en el mundo que la mayoría de las veces preferían ignorar. Por aquel entonces Coldhaven se parecía mucho a como es en la actualidad, una masa confusa de casas y jardines y astilleros atestados que descendían hasta el mar por calles angostas teñidas por la lluvia y estrechos callejones empedrados. Los habitantes de aquella época eran los antepasados de los vecinos con los que he vivido durante los últimos treinta años: gente obstinada, hecha a la mar, con sus supersticiones y terrores, su lógica, sus recuerdos de bajíos y mareas y la felonía del agua. Y aunque los hijos de sus hijos casi han perdido ya la afinidad con el mar, una relación fruto en parte del amor y en parte del temor, como cualquier otra, me permito imaginar que los conozco, aunque solo sea un poco y desde una considerable distancia. Puede que sea pura fantasía, extraño como es, pero me imagino que en sus torpes y gregarios descendientes puedo ver los fantasmas de aquellos antiguos navegantes, hombres que en demasiadas ocasiones se veían obligados a volver a casa en medio de densas nieblas e implacables tormentas; mujeres cuya mirada no se detenía en el horizonte, sino que alcanzaba más allá, hasta las orillas y depresiones que solo conocían por los mapas y los pronósticos meteorológicos, transformándolas en videntes, oráculos, arpías. Para ellas debía de suponer una carga horrible, una congoja terrible y frecuente, aquella forma de mirar que habían desarrollado en una sucesión de momentos críticos que se habían prolongado durante la vida entera, retorciéndose y deformándose hasta convertirse en un rictus de premonición. He visto esa mirada en los ojos de la administradora de correos, un don que no puede emplear, pero que tampoco puede dejar de lado. He visto sus últimos rastros fugaces en los ojos de las colegialas y de las jóvenes esposas al ocuparse de sus asuntos, como si esperaran un desastre.

Aquella lejana mañana de invierno, los primeros que abandonaron la cama, los panaderos y cereros, las mujeres que habían salido a buscar carbón, los hombres que aquel día no pescaban y que estaban levantados por la costumbre o el insomnio fueron los primeros en presenciar el fenómeno que más tarde todo el pueblo dio en llamar «las huellas del diablo», un nombre que no solo se mantuvo sino que también se convirtió, por razones que ellos no reconocieron ni siquiera para sí mismos, en una fantasiosa descripción que siempre quedaría envuelta en la incredulidad o la ironía para los forasteros y la posteridad. «Las huellas del diablo»: un título, como el de un himno o el de un libro tomado en préstamo de la biblioteca una tarde de lluvia y más tarde desechado al ser considerado un «viejo montón de tonterías»; una frase que únicamente pronunciaban a modo de cita, si es que alguna vez la pronunciaban, como si el nombre que habían escogido para lo que habían visto se les hubiera transmitido desde el más allá, al igual que aquellas marcas en la nieve habían sido unas marcas negras nítidas, dejadas por un ser con pezuñas, una criatura que no solo había andado apoyándose en dos piernas por las calles y callejuelas de un extremo al otro del pueblo, sino que también había subido por las paredes y recorrido sus altos y escalonados tejados en busca de un camino directo a través del reino del sueño de los vecinos. Más tarde estudiaron el fenómeno a fin de hallar una explicación que les permitiera volver, tranquilos y dichosos, a sus hornos, sus redes y sus fregaderos. Descubrieron que las marcas empezaban en la costa, un poco más allá del pequeño cementerio situado al final del pueblo, como si la criatura hubiera salido del mar, cruzado la estrecha playa azotada por la marea donde no había cuajado la nieve, avanzado silenciosa y resueltamente por James Street, recorrido Shore Street, subido y bajado por el tejado de la iglesia, saltado por encima del riachuelo que corría entre Coldhaven Wester y Coldhaven Easter, continuado a lo largo de Cockburn Street y hubiera subido y bajado por las casas de Toll Wynd, antes de macharse a los campos que había más allá, hacia el interior, donde nadie se molestó en seguirlas. Nunca supieron hasta dónde llegaba la hilera de huellas negras, pero ninguno albergaba dudas, y así lo reconocieron más tarde, cuando la nieve se hubo derretido y no quedaron pruebas que lo desmintieran, sobre la naturaleza de la bestia que las había dejado. No eran huellas humanas, dijeron, ni las de un animal ni terrestre ni marítimo que se hubiera visto por aquellos pagos. Eran puntiagudas, hendidas y oscuras, las huellas de un ser con pie firme que se había movido con rapidez —la impresión que transmitían de movimiento veloz era innegable, aunque esto quedó por demostrar— por su estrecho poblado costero, como si volara o fuera en pos de una resolución terrible y sobrenatural. Hubo quienes insistieron en que el fenómeno debía tener una explicación racional, que declararon que todo lo que había bajo el cielo se podía explicar, pues solo Dios era incomprensible. Sin embargo, la mayoría de los habitantes del pueblo se conformaban con decir que lo que había pasado por allí era el diablo, un ser que nunca habían aceptado por completo como algo real, pero que habían reservado para ocasiones como aquella, al igual que el coco, los duendes o, para el caso, Dios.

Por supuesto, todo es un rumor. Me contaron la historia de niño o, mejor dicho, la oí. Oí un fragmento aquí, un retazo allá, y la reconstruí poco a poco, enriqueciéndola, transformándola en algo ingenioso, mítico y definitivo. Inventándomela. Me imaginaba aquella hilera de huellas avanzando por un estrecho jardín cubierto de nieve, o danzando sobre el tejado de un ahumadero, y las seguía colina arriba, más allá de la vieja casita de la señora

Collings, de las ruinas de Ceres House, del viejo almacén de cal. Me imaginaba a un niño en la ventana de su cuarto, un muchacho como yo cuando todavía vivía en Cockburn Street, contemplando la milagrosa nevada y distinguiendo las hondas huellas negras en su capa crujiente y brillante. Me imaginaba al diablo caminando resueltamente entre las chimeneas; no era un hombre propiamente dicho, sino una criatura viva a medio camino entre un ángel y una bestia, entre Ariel y Calibán. En mi mente, sabía que no era más real que Santa Claus o el serafín de cara blanca de mi Biblia ilustrada para niños, pero creía en ellos con todo mi corazón. Cuando preguntaba, los profesores del colegio se sentían incómodos o se lo tomaban a risa, pero en una ocasión la señora Heinz, mi profesora de tercero, se tomó la molestia de explicármelo. La historia, dijo, era un antiguo mito que circulaba por la región mucho antes de que fuera cristianizada. Había quienes decían que el diablo era un antiguo dios pagano, uno de los espíritus de los pictos que habitaron aquellas tierras, y que era poco frecuente oír historias como aquella en la costa, ya que eran más propias de las antiguas comunidades agrícolas y de los bosques sombríos del interior. Aquí, junto al agua, los mitos autóctonos versaban sobre monstruos marinos, espíritus acuáticos y extrañas bestias atrapadas en las redes, mitad peces y mitad humanas. No había nada malo en aquellas antiguas historias, dijo, siempre y cuando uno se acordara de que eran solo eso, historias. Luego me prestó un libro titulado Mitos y leyendas de los griegos y romanos y me dijo que lo leyera. Lo leí, pero no era lo que me había imaginado.

El heraldo vespertino ace un año casi exacto, una mujer llamada Moira Birnie y sus dos hijos, Malcolm, de cuatro años, y Jimmie, de tres, fueron hallados muertos en un coche incendiado a unos once kilómetros de Coldhaven. Moira tenía treinta y dos años y estaba casada con un hombre llamado Tom Birnie, un matón de la zona con el que compartía un piso de planta baja en la parte húmeda e inferior de Marshall’s Wynd. Un piso que casualmente descubrí que alquilaba a Henry Hunter, hoy también fallecido pero en su día un casero y empresario conocido por su mezquindad, cuya fama de hacer negocios turbios se remontaba treinta años atrás o más, cuando compró su primera casa, situada al lado de la pescadería de Sandhaven Road, y la alquiló —instalación eléctrica defectuosa, mala ventilación y cosas por el estilo— a un grupo de estudiantes de la escuela náutica pesquera. No creo que Tom y Moira pagaran un alquiler elevado por el piso, pero fuera cual fuere, era excesivo. Henry Hunter era más conocido por su codicia que por su rectitud.

La prensa local informó del incendio y en principio lo trató

H como un accidente fortuito, pero cuando surgieron más detalles y la historia completa de lo que Moira había hecho quedó clara, los periódicos de tirada nacional se hicieron eco de la noticia. Dio la casualidad de que yo no leí nada sobre los sucesos que habían desembocado en la tragedia y los detalles truculentos del propio incendio hasta el sábado siguiente a los hechos, cuando Amanda estaba en casa de su madre. Los sábados me gusta comprar todos los periódicos y esparcirlos sobre la mesa de la cocina, hacer los crucigramas, leer algún que otro artículo al azar, ponerme al día de las noticias de la semana, recortar los pasatiempos y las reseñas y los artículos de interés humano que quiero reservar para más adelante. Es posible que hubiera pasado por alto aquella noticia de no haber sido porque dos días antes la policía había emitido un comunicado informando de que el incendio del coche había sido provocado y consideraban el caso sospechoso. Cuando los periódicos nacionales se apoderaron de ella, la noticia se había convertido en un suceso muy importante, una historia de proporciones trágicas o atroces; Moira Birnie había drogado a sus hijos pequeños, los había llevado a un tranquilo camino de arena situado cerca de una atracción turística local y había prendido fuego al coche con ella y los niños dentro. Nadie parecía saber por qué lo había hecho, pero las autoridades no tenían duda de quién era el responsable. La única pregunta que se hacía todo el mundo era: ¿cómo era posible que una mujer, una madre, hiciera algo tan terrible? ¿Y por qué solo había matado a los niños y no a su hija de catorce años, que había sido abandonada en una tierra de cultivo apartada, sola y aterrada?

Leí la noticia entre el crucigrama del Scotsman y la sección de críticas del Guardian. Naturalmente, me pareció espantosa, y me intrigó el hecho de que hubiera ocurrido tan cerca de mi casa, pero tardé un minuto o dos en darme cuenta de que conocía a la principal protagonista, Moira Birnie; o, mejor dicho, la había conocido en el pasado, cuando era Moira Kennedy, de dieciocho años y casi guapa, con una sonrisa radiante y ligeramente nerviosa y —parece irreverente decirlo ahora, pero fue lo primero en lo que me fijé cuando la vi y lo primero que recordé al leer la noticia de su trágica muerte— unas piernas como las que solo se ven en los anuncios de medias de seda. Cuando digo que la había conocido me refiero a que salí con ella un tiempo, y pensé, en parte por sus piernas pero también porque era fascinante en muchos aspectos, que incluso podía enamorarme de ella. Por aquel entonces yo estaba en la universidad y ella no, lo que pudo ser la razón por la que todo acabó bastante pronto, pero me imagino que el verdadero motivo de la brevedad de la relación fue Tom Birnie, al que realmente nunca conocí, pero que recordaba como un chico vigoroso y de un atractivo vulgar, creado, como diría nuestra mujer de la limpieza, la señora K, en una ocasión en que Dios tuvo un mal día.

Sucedió que Moira Kennedy fue mi primera novia de verdad. Mi primera amante, en otras palabras, y durante unos cuantos meses, una relación bastante intensa. Creo que entonces yo ya sabía que iba a terminar, de modo que no me sorprendió cuando ella me escribió a mitad del tercer trimestre de mi primer año de carrera para decirme que habíamos terminado. Creo que es posible que incluso me sintiera aliviado porque, si bien adoraba las piernas de Moira, su preciosa sonrisa y lo excitante del sexo, entre nosotros, me daba cuenta de que teníamos poco en común, y cuando el sexo se acabara no nos quedaría gran cosa de que hablar. Habíamos empezado la relación por casualidad, más o menos, y siempre había estado contaminada por un secreto que yo le había ocultado, un secreto que —si hubiera estado en mi sano juicio— me habría impedido tener la más mínima relación con Moira. El hecho es que me sentía culpable y atraído, embargado por una fascinación morbosa, si esa es la expresión adecuada, porque aunque Moira no lo sabía, aunque nadie más que yo lo sabía, era yo quien había matado a su hermano cuando tenía trece años y él quince. Lo había matado y hab

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