La casa junto al río

Daniela Raimondi

Fragmento

Prólogo

Prólogo

«Año MCCCCXII d. C. El día 18 de julio llegó a Bolonia un duque de Egipto, llamado Andrea, y vino con mujeres, niños y hombres de su país, y podían ser unas cien personas».

En Cronica gestorum ac factorum memorabilum civitatis Bononie, editada en fratre Hyeronimo de Burselis (ad urbe condita ad a.1497) (en LUDOVICO ANTONIO MURATORI, Rerum Italicarum Scriptores, tomo XXIII, 1733)

«Estamos hechos de la misma materia que los sueños, y nuestra pequeña vida cierra su círculo con un sueño».

WILLIAM SHAKESPEARE,

La tempestad (acto IV, escena I)

«La familia se mestizó por culpa de una gitana». Me lo repetía a menudo mi abuela, con delantal blanco y remangada hasta los codos, cuando se aprestaba a extender el hojaldre. Empezaba a contar nuestra historia a partir de esa antepasada gitana mientras soltaba los huevos en el volcán de harina. Un ligero movimiento de la muñeca, crac, y partía un huevo; otro movimiento, crac, y partía el segundo. Amasaba la pasta y entretanto hablaba, y lloraba, y reía. Estaba convencida de que era por culpa de que uno de nuestros antepasados se había casado hacía dos siglos con esa gitana, por lo que la mitad de nuestros parientes tenía la piel clara y los ojos azules, y la otra mitad nacía con el pelo oscuro y los ojos negros.

No eran solo desvaríos debidos a la edad. La llegada de los gitanos al pequeño pueblo de Stellata, de donde es originaria mi familia, consta en un documento que tiene siglos de antigüedad y que se conserva en los archivos históricos de la Biblioteca Ariostea de Ferrara.

La caravana de gitanos apareció en el pueblo un día de lluvia apocalíptica. Era noviembre y había empezado a diluviar en septiembre. Los campos habían desaparecido bajo un palmo de agua; de manera que ya no se veían los senderos, los caminos, los patios ni tampoco la plaza. Para poder moverse, la gente empezó a usar los botes. Stellata terminó convirtiéndose en una especie de pequeña Venecia, pero en una versión pobre, sin palacios ni góndolas, con casas ruinosas, embarcaciones podridas y las aguas estancadas del río.

Arrastraron los carromatos chirriando por el puente de pontones del Po, luego siguieron por el camino de la ribera. El agua golpeaba y las patas de los animales se hundían en el cieno. Las ruedas se atascaron, la madera rechinaba y los carromatos terminaron hundiéndose en el barro. Los hombres bregaron hasta muy avanzada la noche, tratando de sacar los carromatos del barro, pero no les quedó más remedio que renunciar a cinco de ellos, y los gitanos tuvieron que quedarse en el pueblo, a la espera de que el tiempo mejorase.

Cuando la lluvia paró, desatollaron los carromatos y cambiaron las ruedas, pero, debido a una serie de circunstancias, la partida de los forasteros fue postergada varias veces: primero hubo que esperar que terminase un parto complicado; después, alguien enfermó de disentería; por último, uno de sus caballos murió. Cuando por fin los gitanos estuvieron listos para reemprender la marcha, empezó uno de los inviernos más crudos del siglo y el pueblo quedó rodeado de hielo. A todo el mundo le pareció una idea insensata seguir viaje.

Para romper la monotonía del largo invierno, algún gitano se mantuvo ocupado herrando caballos; otros empezaron a vender en el mercado cestos de mimbre, bridas, cedazos y panderetas; y otros empezaron a tocar en los bautizos y en las bodas. Llegó y terminó la primavera; en verano estalló el tifus y el pueblo fue aislado. Con el paso de las estaciones, la vida de esos gitanos quedó irremediablemente marcada por el vicio de la cotidianidad.

Casi sin que los habitantes de Stellata se diesen cuenta, su ojeriza a los recién llegados se convirtió en costumbre. Los viejos morían, los niños nacían y los jóvenes se enamoraban sin reparar mucho en las diferencias. El hecho es que, en pocas generaciones, una tercera parte de los habitantes de Stellata tenía en sus venas sangre gitana.

Aquí es donde entra en escena mi tatarabuelo, Giacomo Casadio. En Stellata se le conocía como un hombre solitario, de temperamento melancólico. Sin embargo, la naturaleza lo había dotado de una gran imaginación y muy pronto se manifestó en él el talento del visionario. Su sueño era construir barcos, pero no los típicos, las modestas embarcaciones que se veían pasar por delante de las riberas del Po. Él pensaba en buques con bodegas capaces de contener no solo grano, madera, cáñamo y animales de granja, sino también vacas y caballos. En pocas palabras: Giacomo Casadio proyectaba algo muy semejante al Arca de Noé.

Se le ocurrió la idea siendo niño, en la casa parroquial. Cuando hojeaba una Biblia, tropezó con una imagen del arca a punto de zarpar. Era preciosa, con la barriga redonda, cabezas de leones y jirafas asomándose por las ventanillas, y, más abajo, hileras de patos, gallos y gallinas, y además parejas de cabras, dromedarios, ovejas y burros. ¡Un barco capaz de desafiar al diluvio universal y de salvar a todos los seres vivos de la Tierra! Esa imagen bíblica fue la semilla de su obsesión. Ya mayor, Giacomo empezó a construir arcas en el patio de casa. Lo pensó durante mucho tiempo: el río había sido siempre el medio de transporte más rápido para el constante movimiento de personas, carros y animales; y estaban los pescadores, los cazadores de ranas, los recolectores de arena y grava… Stellata, donde el Po era ancho y profundo, podía convertirse en un gran puerto fluvial.

Necesitó tres años para terminar el proyecto. Cuando el arca estuvo lista, Giacomo esperó el 4 de diciembre, día dedicado a santa Bárbara, protectora de los marineros, para botarla.

Esa mañana en el pueblo hubo un gran revuelo. Todo el mundo estaba en la ribera para disfrutar del espectáculo. Fue también el cura con un crucifijo, monaguillos y agua bendita. Un enorme carro tirado por doce bueyes empujó la embarcación hasta el río. Cuando llegaron a sus orillas cenagosas, los hombres más fuertes arrastraron el arca, fueron apartando de uno en uno los troncos sobre los que estaba apoyada para que se resbalara desde el carro, luego orilla abajo. Hubo gritos de estupor, de ánimo, bastantes tambaleos y ansiosos momentos de espera, pero, al cabo, el arca entró en el Po. Sonaron exclamaciones y aplausos.

Con sus zancadas desgarbadas y un gesto triunfante, Giacomo subió a bordo. Saludaba a la multitud congregada a lo largo de la ribera con los ojos azules brillantes, el pecho henchido de emoción. Nunca en su vida se había sentido tan feliz.

Por desgracia, el barco no llegó lejos; en menos de una hora se fue directamente a pique.

El hombre se sumió en un profundo estado de abatimiento, que duró todo el invierno. Sus parientes estaban tan alarmados que, al final, su padre le sugirió que lo volviese a intentar.

Tienes buena cabeza. ¡La próxima vez tu barco lo llevarás hasta el mar![1]dijo con convicción.

Empujado por ese estímulo, Giacomo se sobrepuso al desconsuelo y empezó a construir una segunda arca; sin embargo, no le fue mejor. Llegó a construir media docena, todas las cuales se hundieron. A decir verdad, un par de ellas se mantuvieron a flote varios días. Y, con la sexta, Giacomo llegó incluso hasta Comacchio y el delta del Po, pero, justo cuando creía que había conseguido su objetivo, la embarcación empezó a llenarse de agua y en pocas horas se hundió. En ese lado el nivel del río era bajo, y se cuenta que durante generaciones los pescadores de anguilas pudieron ver el palo mayor despuntando de las aguas.

Entre un fracaso y otro, Giacomo vivía largos meses de postración, que lo debilitaban tanto que no era siquiera capaz de trabajar en el campo. Hasta que, de repente, tenía fases de euforia y la ilusión de construir un arca volvía a obsesionarlo. Sin embargo, llegó el momento en que también el padre perdió la paciencia.

¡Ya basta! Solo has sabido hundirlos. ¡Todos al fondo del Po como piedras!

Sin embargo, a pesar de los seis barcos que se habían hundido en el Po como piedras, Giacomo tenía una gran ilusión, y sus padres sabían que construir arcas era lo único que hacía un poco feliz a su hijo, melancólico desde que se encontraba en el vientre de su madre. Así, al cabo de unos meses, el patio volvió a convertirse en un astillero con andamios, pilas de tablas, cubos de clavos, sogas, tenazas, sierras y rollos de cuerdas multicolores. Y, en medio de toda aquella maraña de madera y utensilios, Giacomo cepillaba, clavaba y encolaba junturas. Cada vez que terminaba un barco, esperaba juiciosamente el día de santa Bárbara para botarlo, pero la protectora de los marineros nunca lo ayudó y todas las embarcaciones acabaron hundiéndose.

Cuando no trabajaba en los campos, o no estaba ocupado en la construcción de una nueva arca, Giacomo pasaba el tiempo solo. Tenía pocos amigos y las mujeres le daban auténtico pavor, tanto es así que cumplidos los cuarenta y cinco años todavía no había tenido nunca novia. Por fin, en una fiesta de pueblo, una gitana se cruzó en su camino. Hacía tiempo que Giacomo se había fijado en ella: era alta, tenía un cuerpo esbelto y una cabellera negra que le llegaba a la cintura. Se movía por Stellata con descaro, enaguas de colores, una multitud de plumas de faisán entre los cabellos, vistosos anillos en los dedos y un montón de collares sobre el pecho. Giacomo siempre la había esquivado, cohibido por su arrogancia; además, desconfiaba de aquella gente extraña. Sin embargo, ese día la gitana se le acercó y lo miró directamente a los ojos. Cuando le dirigió la palabra, él se sobresaltó y trató de escabullirse, pero la chica lo cogió del brazo.

—¿Adónde vas? No voy a comerte. Solo quiero leerte el futuro.

Déjalo. Conozco mi destino sin necesidad de que tú me lo cuentes.

Quería irse, pero ella no se dio por vencida y le agarró la mano.

—Déjame ver. Viollca nunca se equivoca.

No le leyó el futuro. Solo le observó las palmas, luego le estrechó las manos entre las suyas, abrió mucho los ojos y anunció:

—¡Has llegado, por fin! Llevo años esperándote.

Pocos meses después, Viollca estaba embarazada y, en contra de la voluntad de las dos familias, se casaron.

1800

1800

Era un pueblo de unos pocos cientos de habitantes, entre el camino y el río; un pueblo pobre, pero con un nombre tan bonito que no parecía real. Ahora bien, aparte de eso, Stellata no tenía muchas cosas poéticas: una plaza porticada, una humilde iglesia del siglo XIV, dos fuentes y las ruinas de un antiguo fuerte junto al río. Pocos conocían sus orígenes gloriosos. Desde la Edad Media, Stellata había sido un punto de defensa estratégico contra los intentos de conquista de Venecia y Milán por hallarse junto al Po y en la confluencia de los actuales territorios del Véneto, Lombardía y Emilia Romaña. Lucrecia Borgia se detuvo varias veces en sus viajes hacia Mantua, y en Stellata vivió también el hijo de Ariosto. Pero solo don Mario, el párroco, sabía eso, en parte porque la mitad del pueblo era analfabeto y, en parte, porque la otra mitad ignoraba que el poeta hubiera mencionado esa pobre aldea en el canto XLIII del Orlando Furioso.

Hacia su izquierda, atrás dejó Melara;

hacia la diestra Sermide se esconde,

y Ficarolo y Stellata la madera pasa,

donde sus cuernos, mugiendo, el Po separa.

A principios del siglo XIX, todavía pasaba madera entre Ficarolo y Stellata. Era un puente flotante formado por viejas barcas de madera, unidas entre sí con gruesas cuerdas, probablemente no muy diferente del que mencionaba Ariosto siglos antes. De la fortaleza, en cambio, solo quedaban vigas podridas, techos hundidos y excrementos de oveja diseminados por todas partes.

Los Casadio vivían fuera del pueblo, en la localidad llamada «La Fossa», debido al canal que, justo en medio de su tierra, marcaba el límite entre las provincias de Ferrara y Mantua. Su casa era un edificio de ladrillo típica de la llanura paduana, con un porche con arcos, habitaciones claras y aireadas y techos altos. Había un henil, un establo, un patio de tierra apisonada, una pocilga y un viñedo. Las paredes no estaban pintadas y las ventanas eran pequeñas, y mantenían las persianas cerradas de mayo a octubre para evitar las moscas y el calor.

Viollca se trasladó ahí cuando se casó con Giacomo. A los suegros les costó bastante acostumbrarse a los extraños hábitos de la recién llegada. La gitana, por su parte, no hizo concesiones: se siguió vistiendo con sus enaguas multicolores y adornándose el pelo con plumas de faisán. Por la mañana se presentaba con un viejo mortero y estaba horas preparando infusiones con hierbas y extrañas raíces.

Se dedicaba también a elaborados rituales de limpieza que debían eliminar todas las contaminaciones.

—No podemos vivir tranquilos mientras aquí haya algo marhime —repetía.

—¿Mari… qué? —le preguntaba su suegra, alterada.

Lo que estaba o no marhime, es decir, «contaminado», en lengua romaní, lo establecía la separación entre el interior y el exterior de la casa. Viollca se encargaba de mantener las habitaciones meticulosamente limpias y ordenadas, mientras que la era y los establos eran responsabilidad de otros miembros de la familia. Para ella, en efecto, tocar los desechos y los excrementos de los animales constituía una de las más graves formas de contaminación. Nunca fue a trabajar en los campos, porque para su gente cultivar la tierra era tabú; en cambio, daba mucha importancia a la manera de preparar las comidas, porque además, según ella, solo algunos animales podían comerse o incluso tocarse. Odiaba a los perros y a los gatos, porque se lamían y por ello eran impuros. De todas las carnes, su preferida era la del puercoespín, animal considerado entre los más limpios precisamente porque, debido a las púas, no podía lamerse.

Otra extraña costumbre de Viollca era la de dejar cada noche un cuenco de leche en el escalón de la puerta de entrada.

—¿Qué haces? —le preguntó Giacomo la primera vez que la vio llevar a cabo ese ritual.

—Es para la culebra buena —respondió ella con tranquilidad.

Los gitanos creían que en los cimientos de todas las casas vivía una culebra buena, con barriga blanca y dientes sin veneno. Y pensaban que cada noche esa culebra se arrastraba por la gente que estaba durmiendo, para protegerla y darle suerte. Ahora bien, si la culebra resultaba muerta, alguien de la familia fallecería y todos los demás sufrirían desgracias. Por eso Viollca dejaba siempre un poco de leche en la puerta: para dar las gracias a la culebra y alimentarla durante sus excursiones nocturnas.

¡Esa gitana está loca! —se quejaban sus suegros. Al mismo tiempo, sin embargo, observaban complacidos la transformación que la joven había supuesto en la vida de Giacomo. Ese hijo, que siempre había sido melancólico, ahora cantada cada mañana mientras se afeitaba, y por la noche escandalizaba a la familia por los ruiditos inequívocos que salían de su dormitorio. Fue por amor a Giacomo por lo que sus padres aprendieron a convivir con las rarezas de la nuera. E incluso tuvieron que admitir que los misteriosos mejunjes de Viollca eran eficaces.

—Soy una drabarno y cada drabarno sabe cómo curar —aseguraba la gitana—. Con los caballos sé qué hacer, y con los hombres también. Si a un caballo le duele la barriga, alguien tiene que poner los dedos así, ¿ve? La punta del índice y el meñique tienen que tocarse sin esfuerzo. Coges la paja que está debajo del caballo, y con los dedos así se la echas encima. Se la quitas, luego la coges y la vuelves a poner encima del animal. Se hace tres veces seguidas, y el animal ya estará curado. Para los hombres lo que hace falta es una cabeza de zorro, solo los huesos, y beber esta infusión. Aquí está, tome —le decía al suegro—. De esta cabeza de zorro han bebido también niños y nunca ha hecho falta ningún médico. Ahora mastique esto.

¿Qué tiene? —preguntaba él.

—Polvo de mostaza y el jugo de unas raíces que yo conozco. Hago bolitas y usted se las tiene que tomar antes y después de dormir. Es para que se le quite el fuego de los pulmones. Ahora repita: «Jesús ha sido herido, los judíos se han sentado sobre su pecho, Dios los ha echado. Un demonio está sentado en mi pecho. ¡Mujeres blancas, alejadlo y ponedle encima una piedra grande!».

—¡Dios no existe! —replicaba el viejo, dando un puñetazo contra la mesa.

—Me da igual que crea o no, basta que ahora trague —comentaba ella sin descomponerse.

El día 18 del tercer mes del nuevo siglo, nació el único hijo de Giacomo y Viollca Casadio: un varón de cuatro kilos, de pelo negro azabache y la misma mirada silvestre de la madre. Todavía sucio del parto, el niño abrió los ojos y miró de un lado a otro con un gesto inquisitivo que asustó a la partera.

—Virgen santa… ¡Tiene unos ojazos que parece ya mayor! —exclamó la mujer.

El recién nacido ni siquiera lloraba. Movía la cabeza de derecha a izquierda, observando el mundo, cautivado por todas las novedades que de golpe se le habían aparecido delante.

Viollca apartó un trozo de cordón umbilical y explicó:

—Cuando se haya secado, lo coso dentro de una bolsita y se lo cuelgo al cuello. Le dará suerte.

En cuanto lavaron al niño, le dio de mamar con el pecho derecho, lado que simbolizaba la verdad, la suerte y el bien. Después, cuando llegó el momento de ponerle un nombre, ella anunció:

—Lo llamaremos Dollaro.

—¿Qué nombre es ese? —preguntó Giacomo.

—Me han dicho que es una moneda. Si lo llamamos así, nunca pasará hambre.

También don Mario mostró el mismo escepticismo, pues no podía prever que, con ese bautismo, empezaba una secular e inútil guerra de la parroquia contra los extravagantes nombres que los Casadio iban a poner a los recién nacidos.

—El dinero es el estiércol de Satanás. ¡Ningún «Dollaro» será jamás bautizado en mi iglesia! —tronó el cura—. Ha de ser el nombre de un santo que proteja a la criatura y sea de buen augurio, de lo contrario, no hay nada que hacer.

Entregó a Giacomo y a su mujer un libro que contenía los nombres de todos los santos reconocidos por la Iglesia, con el día dedicado a ellos y una lista de los milagros que se les atribuía.

La pareja no pasó de las primeras líneas. Después de Abbondio, Abramo y Abrucolo, Viollca se detuvo en san Acario: patrón de los caracteres difíciles, invocado contra la locura, perfecto para evitar matrimonios infelices y para prevenir la rabia. Le pareció un buen santo y sus milagros eran espectaculares, de manera que lo aceptó. Así pues, el niño fue bautizado con el nombre de Acario, sin embargo, durante su larga vida, todo el mundo lo conoció solo como «Dollaro».

El hijo de Viollca no suscitaría solo la perplejidad de la comadrona que lo sacó de la barriga de la madre. En poco tiempo, los Casadio se dieron cuenta de que había sacado poco de su sangre: a lo mejor, el cuerpo flaco, el modo de caminar arrastrando los pies y la costumbre de estar siempre en Babia. En todo lo demás, el niño era el heredero del misterioso universo de la madre. Aprendió a hablar incluso antes que a sostenerse en pie y enseguida demostró que tenía una labia incontenible. La palabra para Dollaro no era una necesidad, sino una vocación. En el mismo instante en que abría los ojos, empezaba a conversar con cualquiera. Si no había nadie, hablaba solo.

También Viollca había empezado a hablar antes de cumplir un año; por eso, en el clan en el que había nacido decían que estaba poseída por el demonio y le tenían miedo. Nadie pensó nunca que Dollaro estuviese endemoniado; ni siquiera el cura, que, en realidad, le cogió cariño al niño y, con los años, él mismo acabó llamándolo con ese nombre blasfemo. No estaba endemoniado. Pero Dollaro sí que era extraño. Se podía comunicar con los animales y, al igual que su madre, si desaparecían cosas y animales, tenía el don de encontrarlos. No era raro que algún vecino llamase a la puerta de los Casadio pidiendo ayuda.

Viollca, me ha desaparecido el caballo.

Ella entonces llevaba a Dollaro a la orilla del Po, lo levantaba sobre la corriente y decía:

—Oh, Nivaseya, por los ojos negros de este niño, por su sangre de gitano, ¿dónde está el caballo? Puro es el niño, puro como el sol, como el agua y la luna y la leche más fresca. Dime, Nivaseya, por los ojos negros de mi hijo: ¿dónde está el caballo?

Antes del anochecer, el animal volvía con toda seguridad a la casa, o el dueño se lo encontraba en el camino.

Lo que ni su propia madre sabía era que Dollaro podía oír las voces de los muertos. Cuando estaba a punto de cumplir cinco años, el niño iba al cementerio, esperaba que los visitantes saliesen y entonces se sentaba entre las tumbas para escuchar a las almas hablar entre ellas. Nunca se dirigían a él ni parecían reparar en su presencia. Sin embargo, una tarde, el alma de una niña respondió a sus palabras. Se llamaba Susanna y le dijo que estaba bajo tierra desde mucho antes de que él naciese. Desde ese día, Dollaro adoptó la costumbre de ir a visitarla.

—Susanna, ¿cómo estás? ¿Tienes frío ahí abajo? —le preguntaba.

—Cuando llueve, el agua me cae en los ojos, pero me da igual, total, ya no notamos ni frío ni calor. Pero echo de menos el sol.

—¿Nunca tienes hambre?

—No, nunca. Pero ¿qué es lo que comes?

—He recogido moras.

—¡Ah, qué ricas! ¿A qué saben?

—Saben…, saben a moras… Toma, prueba.

Apretaba la mano para que goteara el jugo de las pequeñas frutas en la tierra. Susanna reía, aunque su boca ya no podía saborear el dulzor. Pero no todos los muertos eran como ella. A veces, encima del camposanto, pasaba el alma de una loca. De golpe las ramas de los árboles se doblaban y se levantaba un viento tan fuerte que torcía los cipreses casi hasta el suelo y hacía volar hojas de chopo, flores, virutas de madera, semillas de los campos.

—Pero ¿por qué grita de esa manera? —preguntaba Dollaro.

—Es Virginia. Está llamando a su niño muerto. Ella se mató el día del funeral y desde entonces lo sigue buscando.

Cuando el alma de Virginia pasaba cerca de ahí, sus gritos se mezclaban con el fragor de los truenos y la furia del viento que siempre llegaban después de sus lamentos.

—¡Odio esta lluvia! ¡Oye cómo araña! Todas las flores están muertas y mi niño llora… ¿Dónde está ahora? ¿Lo oís…? Tiene hambre de mi leche… ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde…?

Por fin, esa voz tremenda se alejaba. El viento paraba, los árboles se quedaban de nuevo quietos. Dollaro permanecía mudo, con las piernas temblorosas. Luego llamaba a Susanna para darse ánimos, pero su amiga rara vez respondía; a lo mejor se había quedado dormida. Entonces miraba hacia arriba: el cielo estaba de nuevo azul. Después, una multitud de mariposas caía a sus pies. Sus alas cubrían las tumbas con sus colores.

Desde que se había casado con Giacomo, Viollca había interrumpido las relaciones con su familia de origen. A pesar de que los gitanos se habían adaptado a las costumbres locales, todavía muchos de ellos se seguían oponiendo a los matrimonios mixtos. «Si te casas con un gagé, nuestra puerta estará cerrada para ti y para tus hijos», le advirtió el padre. Así fue, y ni siquiera el nacimiento de Dollaro consiguió restablecer los vínculos.

El amor que la unía a Giacomo ayudaba a la mujer a soportar esa separación. En cambio, nunca quiso abandonar las costumbres gitanas, si bien fueron precisamente estas las que causaron desavenencias en el matrimonio. Giacomo le permitió vestirse a su manera excéntrica, pero le prohibió practicar las artes adivinatorias, por lo que, muy a su pesar, Viollca tuvo que guardar las cartas del tarot en una caja y dejar esta al fondo del armario.

La educación de Dollaro era otro motivo de enfrentamiento. Mientras que los Casadio defendían la obediencia y la disciplina, la gitana deseaba que su hijo creciese libre y seguro de sí mismo. Así, desde que cumplió cinco años, le permitía estar por el pueblo hasta muy avanzada la noche y, en cuanto su hijo aprendió a flotar, lo dejó nadar solo en el Po.

—¡Tiene seis años! ¿Quieres que se ahogue? —la regañaba Giacomo.

—No le va a pasar nada. Yo le enseño la libertad y la valentía.

Cuando le llegó al niño el momento de ir a la escuela, Viollca trató de oponerse.

—¿De qué le va a servir? Se necesitan otras cosas para hacerse hombre.

—Dollaro irá a la escuela como todo buen cristiano. Y no se hable más —insistió Giacomo. Y esa vez se salió con la suya.

Las discusiones no mermaron la armonía de la pareja, pero el amor tampoco consiguió acabar con la profunda tristeza arraigada en Giacomo desde antes de nacer. De nada sirvieron las infusiones de su mujer, su devoción o el afecto del hijo. Llegó el día en que ni siquiera la idea de comenzar a construir una nueva arca pudo ya entusiasmar al hombre. Se pasaba los días metido en casa, sin pronunciar jamás palabra. Dejó de trabajar, luego, de comer, y, por último, de vivir.

Algunas noches, Viollca se despertaba de repente y lo encontraba de pie junto a la cama, pálido, los ojos azules abiertos de par en par.

—¡Jesús…! ¿Qué haces ahí? —se sobresaltaba ella.

—Voy a colgarme al caqui, así al menos te librarás de mí.

—¿Qué dices? Anda, ven a la cama, que vas a coger una pulmonía —lo regañaba ella.

Giacomo se encogía de hombros. Se envolvía en el tabardo y salía, desapareciendo enseguida en la niebla. Por la calle que daba a la ribera, se cruzaba con los pescadores de esturiones. Llegaban cuando todavía era de noche, arrastrando en sus carros las grandes redes de pesca. Medían hasta ochenta metros de largo y costaba mucho esfuerzo subirlas a las barcas. Giacomo veía a los hombres entrar en el río y remar hacia el centro, hasta desaparecer en la oscuridad. Si capturaban un ejemplar adulto, hacía falta la fuerza de muchos brazos para subirlos a las barcas; los esturiones, en efecto, podían pesar hasta más de dos quintales.

Parado en la ribera, Giacomo fijaba la mirada en el agua, pero en la oscuridad y en medio de la niebla no conseguía distinguir nada. Solo oía las voces de los pescadores y el ruido de las redes lanzadas a la corriente. Si tenían suerte, los hombres conseguirían capturar algún esturión y después repartirían la ganancia. Con la venta de solo un pescado, se mantenía una familia varias semanas.

Giacomo regresaba a casa cuando el cielo aclaraba. Se metía en la cama, procurando no despertar a su mujer, y pasaba horas mirando el techo. Las manchas de humedad se ensanchaban encima de él como flores monstruosas, hasta que el reflejo de un sol enfermo se filtraba por las persianas. Él pensaba en los esturiones que podían vivir hasta cien años. ¿Qué harían todo ese tiempo? Cien años, y él ni siquiera sabía cómo iba a aguantar ese día.

Tampoco la presencia de su hijo lo consolaba. Lo molestaba tenerlo cerca y no aguantaba su imparable parloteo.

¡Calla! ¡Si no, te corto la lengua y te obligo a comértela! —le gritaba de vez en cuando.

Enseguida se arrepentía de ese estallido de cólera. Miraba al niño, de repente mudo. Entonces lo cogía en brazos y lo abrazaba con tanta fuerza que le hacía daño.

La culpa es mía —decía. Después lo agarraba de la mano y lo llevaba a pasear por la vera del río.

Caminaban juntos en silencio: el mismo andar desgarbado, los ojos clavados en el suelo como si buscasen un tesoro oculto. Bajaban por la ribera entre las zarzas y las plantas de saúco, luego cruzaban el bosque de álamos hasta que llegaban a las planicies, que en invierno se cubrían de hielo. Dollaro miraba dentro, fascinado por los pequeños objetos que brillaban bajo la superficie resplandeciente: la hoja de un arce, una espiga, un pececillo muerto.

—¿Papá, dónde duermen los peces?

—No lo sé. A lo mejor no duermen. A lo mejor nunca se cansan.

Él, en cambio, estaba demasiado cansado para seguir adelante, y unos días después se colgó. No en el caqui de detrás de casa como había anunciado muchas veces, sino en una viga del dormitorio.

Cuando lo encontraron, todavía se balanceaba. Lo bajaron y tumbaron el cuerpo sobre la gran mesa de roble de la cocina. Viollca insistió en que quería prepararlo ella sola. Mandó salir a todo el mundo de allí y cerró la puerta. Lo lavó, después lo vistió con el traje de paño negro de la boda, tratando de borrar del cuello las marcas de su última pelea y del rostro la expresión triste que ni siquiera la muerte había conseguida quitarle. Desde la habitación de al lado, la familia la oyó sollozar, imprecar contra el destino, susurrarle al marido palabras de amor y luego reprocharle que la hubiera dejado con un hijo pequeño.

—¿Dónde está Dollaro? —preguntó de repente la suegra. Estaban tan quebrantados que se habían olvidado del niño. Lo buscaron por toda la casa. Lo llamaron largo rato, pero inútilmente. Cuando Viollca abrió la puerta, le contaron, nerviosos, que no encontraban a Dollaro. La gitana se concentró, tratando de hallar a su hijo entre sus pensamientos; entonces, decidida, fue hacia el cementerio.

Dollaro estaba sentado en la tumba de una niña, encorvado, con la barbilla hacia abajo. Viollca lo vio de golpe más chico, como encogido. Por un momento, le pareció un pequeño viejo.

—¿Qué haces ahí? Has conseguido que todo el mundo se preocupe —lo regaño.

Él levantó la cara. Tenía los ojos rojos y parecía asustado. Viollca se arrodilló delante de él, lo abrazó y no dijo nada más.

En el velatorio, los parientes reparaban en la expresión desconsolada que Giacomo seguía teniendo en el rostro. Todavía lo estaban velando cuando la campana de la plaza sonó tres veces.

—Más vale dormir unas horas. Nos espera un día difícil —sugirió Viollca.

Apagaron de una en una las lámparas de aceite. Dejaron encendidos solo los cuatro velones que había en las esquinas de la mesa en la que estaba Giacomo, y fueron a tumbarse.

Al cabo de pocos minutos, la puerta de la cocina rechinó. Dollaro echó una ojeada alrededor para asegurarse de que no había nadie, luego se acercó a su padre.

Le tocó la cara, aterradora y hermosa, y a continuación pasó la mano por delante de la nariz para comprobar que no respiraba. De repente, le pareció ver que los ojos de su padre se movían, que seguían sus movimientos en la penumbra. Dio un respingo hacia atrás y observó a su padre desde cierta distancia. Se movió hacia la derecha, luego hacia la izquierda, con gran cautela. Esperó unos segundos, pero al final lo venció la curiosidad.

De nuevo se acercó a la mesa, centímetro a centímetro. Habría jurado que su padre le estaba sonriendo. Se dio ánimos y se le acercó más.

—Pero ¿está usted muerto? —le preguntó por fin.

—Eso dicen —le respondió el padre con un suspiro.

—¿Y qué se siente cuando uno está muerto?

—Es como cuando sueñas que corres, pero no lo logras, o quieres gritar, pero no te sale la voz.

—¿Cómo en los cuadros? —preguntó entonces Dollaro, recordando los cuadros de la iglesia.

—Sí, como cuando las cosas parecen de verdad y crees que las puedes agarrar, pero no lo consigues.

—Si nos quería, no tenía por qué morir —dijo de golpe el niño.

—Claro que os quiero. Os quiero mucho, a ti y a mamá. Pero a veces eso no es suficiente.

—¿Por qué?

Giacomo no pudo encontrar una respuesta.

Dollaro pensó que su padre no había sido capaz de vivir por toda su melancolía; Susanna, en cambio, se reía incluso bajo tierra. Concluyó que solo quien es triste en la vida lo sigue siendo también después de muerto.

—Pero ¿se siente mejor ahora que está muerto? —le preguntó entonces.

Al menos he dejado de sufrir —suspiró de nuevo.

Padre e hijo charlaron largo rato de la muerte y de los buñuelos dulces, de los juegos preferidos de Dollaro, de caballos, de la gente de Stellata y de los peces del Po, que no dormían nunca. El niño también le habló a su padre de Susanna y de los gritos espantosos de Virginia.

Según hablaba, reparó en que su padre ya no estaba tan triste. Entonces le preguntó:

—Papá, ¿volvería a estar vivo?

Tras esa pregunta, Giacomo cambió de tema, dijo que estaba cansado.

—Pero ¡qué dice! Los muertos no se cansan.

—Cómo que no. Nosotros también necesitamos descansar, ¿qué te crees?

Dollaro entonces lo besó varias veces en la frente. Por fin, salió de la cocina, pero sin volverse, incapaz de apartar la mirada del rostro de su padre.

Por la mañana llevaron a Giacomo al cementerio. Fue un funeral sin misa porque la Iglesia no perdonaba a los suicidas, pero al final el cura aceptó bendecir el cuerpo y permitió que lo metieran en la capilla de la familia. A lo largo del perímetro de las paredes había vario

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