Leo
Hace tres años
Era principios de julio y en el cielo despejado brillaba un sol intenso. Estábamos tumbados muy cerca de la orilla y la espuma de las olas me bañaba los dedos de los pies. Cogí un puñado de arena. La primera vez que vine a Benalmádena le dije a mi padre que odiaba este lugar. No era la típica playa de arena rosa de Tarifa, donde solíamos ir cuando mi madre todavía vivía con nosotros. Muchas cosas cambiaron cuando ella se marchó a perseguir sus sueños, y desde entonces llevábamos quince años veraneando aquí.
Con el paso del tiempo, aprendí a enamorarme de sus espetos y del paseo marítimo. También a convivir con los guiris alemanes que se ponían colorados de beber cerveza y con los mosquitos adictos a mi sangre. A mi hermana, sin embargo, nunca le picaban. Este año, Clara había venido a pasar el verano con nosotros. La pobre tenía sentimientos encontrados. Disfrutaba de mi compañía, le caía bien a mi padre e intentaba ganarse el afecto de mi hermana, pero lo pasaba fatal con la alergia que le causaba un viento cálido llamado terral.
—Será mejor que nos vayamos —dijo, y se levantó para recoger la toalla—. Ya sé que te quedas embobado mirando el mar. Siempre se te ocurren las mejores letras cuando estás en la playa, pero, como siga un minuto más aquí, te vas a quedar sin novia.
No exageraba. Tenía los ojos hinchados como dos pelotas de tenis y le moqueaba la nariz. Clara y yo llevábamos seis meses juntos. Empezamos a salir en segundo de bachillerato. Juntos compartimos un montón de primeras veces. El sexo, el carnet de conducir y nuestra primera cogorza. Era la chica más guapa de mi clase y no me lo pensé dos veces cuando me pidió que fuera su compañero para un trabajo de Economía. Aquella misma tarde nos enrollamos en el sofá de la casa de sus padres. Me gustaba Clara porque era fácil estar con ella. Me apoyaba como si mis sueños fueran posibles y siempre estaba de mi parte. Era la novia perfecta.
—No quiero quedarme sin ti. —Le di un beso en la frente y cargué con su bolsa de playa—. He quedado con el grupo dentro de media hora en el local. Así me da tiempo a ensayar. Tú puedes irte al apartamento. Mi padre ha salido de cañas con unos colegas y puedes ver la serie de hombres lobo que te gusta. Y luego pasamos la noche juntos, te lo prometo.
—Es de vampiros. Crónicas vampíricas —respondió, y me acordé de que ya me lo había repetido varias veces, pero Clara sabía que vivía en mi mundo y me quería tal y como era—. Prefiero quedarme con vosotros si no os importa tener público. Me gusta escucharos tocar.
—Eres nuestra única groupie. ¿Por qué iba a importarnos?
—No sé si me gusta ser vuestra groupie. Tu hermana lo dice en tono despectivo.
—Ya sabes cómo es Gabi. —Le resté importancia—. Está acostumbrada a ser el centro de atención. Le gustaba ser la única chica en un grupo de tíos. Ya se le pasará el mosqueo. Además, tiene quince años. Es una cría.
Le pasé un brazo por encima de los hombros y la aparté de la carretera. En aquella zona los coches circulaban a toda velocidad. Cruzamos por el paso de peatones cuando el semáforo se puso en rojo. Clara olía a sal y arena y tenía muchas ganas de acostarme con ella, algo complicado teniendo en cuenta que veraneábamos en un estudio cuya única habitación era la de mi padre. A nosotros nos tocaba el sofá y a Gabi la cama nido. Así que aprovechábamos las noches en las que ellos se ausentaban para tener un poco de intimidad. A decir verdad, tampoco nos faltaban oportunidades porque a mi padre le iba la marcha y Gabi tenía amigos hasta debajo de las piedras. Además, el hecho de que pudieran pillarnos le añadía un punto morboso.
—Es solo que no lo entiendo. Yo soy una negada para la música y ella tiene una voz alucinante. No podría hacerle sombra ni aunque lo pretendiera. Soy una futura maestra.
—Una futura maestra muy sexy.
Le mordí el lóbulo de la oreja y a ella se le escapó una risa floja, pero luego se apartó e intentó ponerse seria.
—No sé por qué le caigo tan mal. Lo digo de verdad. Habla con ella, por favor. Me gustaría que fuéramos amigas.
Asentí para cambiar de tema. Conocía de sobra a mi hermana y no existía la menor posibilidad de que se hiciera amiga de Clara. Yo tampoco entendía por qué no la tragaba, pero Gabi había decidido que no la soportaba desde el primer momento que la vio. Y cuando a Gabi se le metía algo en la cabeza…
Quizá era porque estábamos muy unidos y la veía como a una intrusa. Qué se yo. Pero seguía queriendo a mi hermana con toda mi alma y era tan protector con ella que a veces me comportaba como su padre. Porque el nuestro se lo consentía todo. Era su niña mimada. No le ponía límites. Y, en cuanto Gabi cruzó el peligroso umbral de la adolescencia, comenzó a mostrar los primeros signos de rebeldía. Faltaba a clase, se fijaba en chicos mayores y tenía complejo de diva. Aun así, adoraba a mi hermana pequeña. Se había criado sin madre y con un padre que quería que fuera la próxima Hannah Montana. Tenía que protegerla. Era mi deber.
Ensayábamos en la sala común de un complejo de apartamentos en primera línea de playa. El típico sitio de veraneo para familias con niños y jubilados que se habían establecido en la Costa del Sol. A los vecinos no les importaba siempre que cumpliéramos con el horario y tocáramos los sábados por la noche para ellos. Y nosotros estábamos encantados de tener un público tan entusiasta. Las abuelas eran las mejores. Nos vitoreaban como si fuéramos los Beatles.
Los cuatro veraneábamos en el mismo sitio desde hacía un montón de años. Axel era un año mayor que yo y nos hicimos amigos cuando nos tropezamos en la piscina. Nos bastó cruzar un par de frases. Cuando cumplí ocho años ya éramos inseparables y Benalmádena empezó a tener su encanto porque añoraba a mi amigo del verano. Cuatro años después conocimos a Pol, que tenía la misma edad que mi hermana. Axel y yo nos acercamos a buscar de dónde venía el sonido de una batería y descubrimos a un chiquillo de nueve años que la tocaba con furia y un talento impropio para su edad. Después se nos unió Gabi, que se hizo la dura durante unos minutos, pero se notaba a la legua que estaba deseando formar parte del proyecto.
Crecimos juntos. La música nos unió. Éramos como la típica familia que vive en partes remotas del país y se reúne una vez al año para celebrar la Navidad. Nos gustaba estar juntos y exprimíamos cada segundo al máximo. Solo era un sueño, pero era un sueño de puta madre.
Aquella tarde el primero en llegar fue Axel. El bajista. Era de un pueblo de Guipúzcoa y venía todos los veranos con sus abuelos. Sabía que sus padres fallecieron en un accidente de tráfico porque a su amona se le escapó una vez. Él jamás hablaba del tema. Era alto, desgarbado e introvertido. Si yo estaba en mi mundo, él vivía en otro planeta. Acababa de terminar su formación en el conservatorio y había empezado a estudiar Traducción e Interpretación. Era un cerebrito y mi mejor amigo.
—Siento el retraso —se disculpó, a pesar de ser el primero en llegar—. Estaba ayudando a mi prima con unas clases de italiano por Skype. ¿Y los demás?
—Tarde, como siempre. Ya sabes cómo son.
Gabi apareció diez minutos después. Llevaba unos shorts, sandalias y la parte superior del biquini. Había crecido y me cabreaba cómo la miraban los hombres. A ella, por el contrario, le encantaba llamar la atención. Aunque no tuviera ni idea de lo peligroso que era despertar semejante atracción en el sexo opuesto siendo tan joven. Solo era una cría. Y, si yo se lo explicaba, ella hacía oídos sordos.
—Hola, Axel. —Le dio un beso en la mejilla—. ¿Por qué tengo la impresión de que sigues creciendo?
—Quizá tengas razón. La edad a la que se estanca el crecimiento de los varones es a los veintiún años, y yo tengo diecinueve. Aunque, la última vez que me medí, seguía en el metro noventa y dos.
—¿Y tú cuánto mides, Leo? —Antes de que pudiera responderle, Gabi clavó una mirada burlona en Clara—. Seguro que Clara lo sabe mejor que tú. Total, no se despega de ti en todo el día. Se sabrá hasta la talla de tu rabo.
Clara suspiró. No era la clase de persona que entraba al trapo con una adolescente de quince años. Menos mal.
—Tengamos la fiesta en paz —le pedí en voz baja a Gabi.
—Ella no debería estar aquí. El grupo es cosa de cuatro. A no ser que quiera aplaudir y lanzarnos ropa interior. Entonces puede quedarse.
—Es un local de ciento diez metros —intervino Axel, y se recolocó las gafas sobre el puente de la nariz—. Yo creo que hay espacio para todos.
—Si a Axel le parece bien… —Gabi tenía debilidad por él. No se gustaban. Él jamás se habría fijado en una menor y mi hermana solo lo veía como un amigo. Pero lo respetaba. Era una de las pocas personas a las que tenía en cuenta, quizá porque lo veía transparente y noble—. Que se quede.
—Gracias, Gabi. Es un detalle por tu parte permitirme estar aquí —respondió Clara con ironía.
Mi hermana le dedicó una sonrisa falsa. En ese momento apareció Pol, nuestro batería, y la expresión de Gabi cambió. Tenía también quince años y la habilidad de comportarse como alguien mayor. Era la despreocupación en persona. Un ligón que causaba furor entre las chiquillas de su edad. Sus padres eran unos ricachones barceloneses que no veían con buenos ojos que «se juntara con nosotros y perdiera el tiempo con tonterías como la música». Pero a Pol se la sudaba lo que ellos pensaran. No lo decía yo, lo repetía él cada vez que tenía la menor oportunidad. Le encantaba llevarles la contraria y mascullaba que prefería estar muerto antes que trabajar en el bufete de su familia.
—A buenas horas —se quejó mi hermana.
Pol la ignoró a propósito, le estrechó la mano a Axel, me dio una palmada en la espalda y dos besos en la mejilla a Clara. Los ojos de Gabi echaron chispas cuando comprendió que había pasado de ella. A eso, desde luego, no estaba acostumbrada.
—Clara, estás guapísima.
Gabi resopló.
—¿Podemos ensayar ya? Me piro en una hora.
—No te cabrees. —Pol se volvió hacia ella con una sonrisa arrogante—. Si te portas bien, luego te hago un poco de caso.
—Vete a la mierda.
—A ensayar —sentenció Axel interponiéndose entre ellos porque adivinaba que se avecinaba la tragedia. Tampoco había que ser un lince para darse cuenta. Gabi y Pol se picaban desde que se conocieron. Ella le preguntó cómo se llamaba y él le hizo una ahogadilla en la piscina. Desde entonces, competían por ver quién dejaba en evidencia al otro. Al principio era divertido presenciar cómo dos críos se peleaban por cualquier chorrada. Últimamente no me hacía tanta gracia. Pol era demasiado Pol. Gabi era demasiado Gabi. Y estaban en esa edad en la que las hormonas se revolucionan y todo ese rollo.
—Antes de ensayar, he pensado que deberíamos ponerle un nombre al grupo —dije. Todos me miraron extrañados. No sé por qué ponían esas caras. Me sentí decepcionado porque no me esperaba semejante reacción—. Menudo entusiasmo.
Pol se encogió de hombros.
—Me parece bien. ¿Has pensado en algo?
—Debemos decidirlo entre todos.
Gabi resopló de nuevo. Le encantaba hacerlo cuando algo le producía hastío. Aquel verano no estaba tan centrada en el grupo como de costumbre. Por lo visto, tenía sus propios planes.
—En serio, tengo prisa. Elegid cualquiera.
—Si quieres podemos elegir «Mierda». ¿Te gusta? —respondí ofuscado—. ¿Por qué tienes tanta prisa? Pensé que te gustaba estar aquí, nadie te obliga a quedarte.
—Yo no he dicho que no me guste estar aquí. Es solo que me parece una tontería ponerle nombre a algo que tiene fecha de caducidad. ¿Qué tal «Efímero»? Es lo que vamos a durar. Un suspiro. Porque, en cuanto cumpla los dieciocho, me piro a Londres o a París. Quiero ver mundo. Lamento deciros que os vais a quedar sin vocalista.
—Ya encontraremos a otra que sepa cantar sin desafinar. Tampoco tienes tanto talento —la provocó Pol.
—Habla por ti. Lo mío es natural. ¿Cuánto has tenido que ensayar para no sonar como un mono amaestrado que toca los platillos?
—No empecéis —les pidió Axel con su habitual tono conciliador, y luego se volvió hacia Gabi—. Somos amigos. Puede que tengas razón y esto solo sea una forma de pasar el tiempo durante el verano. Pero nos gusta. A las cosas buenas hay que ponerles nombre.
—Vale —terció Gabi, que en ese momento se miraba las uñas pintadas de azul turquesa—. No se me ocurre nada. Tú eres el de las letras, Leo. Lo tuyo es componer.
Fruncí el ceño. Le había estado dando vueltas al tema, pero no me había venido ninguna idea buena a la cabeza. Gabi señaló a Axel.
—Axel, estudias un montón de idiomas. Eres un empollón. ¿De verdad no hay ninguna palabra chula en uno de tus pesados diccionarios? Lo que sea. Acabemos con esto cuanto antes. Dentro de una hora he quedado con Jota y no pienso llegar tarde por vuestra culpa.
Vaya, así que por eso tenía tanta prisa. Las miraditas cargadas de intención dedicadas al socorrista de la piscina habían dado sus frutos. Me puse enfermo solo de imaginármelo con mi hermana. Aquel tipo era un pulpo y yo deseaba cortarle los tentáculos.
—Tú sabes que ese va a lo que va, ¿no? —le dijo Pol.
—Espero que a lo mismo que yo —respondió Gabi con atrevimiento.
Me froté la cara. En aquel momento, me habría gustado estar en cualquier otro sitio y no escuchando los comentarios de mi hermana pequeña sobre la posibilidad de perder la virginidad con el socorrista de la piscina. Sabía que tarde o temprano echaría un polvo y no sería yo quien le cortase el rollo, pero prefería estar al margen. Me sentía incómodo y me salía la vena protectora.
—Tío, dile algo. —Pol me dio un codazo.
Hablar con Gabi era como hacerlo con la pared. Había salido a nuestra madre. Un espíritu libre que hacía lo que le daba la gana. Llevarle la contraria era peor porque entonces la alentabas. Además, ¿quién era yo para decirle cuándo y con quién podía acostarse? Ser hombre no me daba derecho a decidir sobre su vida sexual, pero quizá sí podía brindarle un buen consejo. Al menos le hablaría de la importancia de utilizar preservativo. Qué cojones, le compraría una caja y le explicaría que, si aquel imbécil la obligaba a hacer algo con lo que no se sintiera cómoda, tenía derecho a decirle que no en cualquier momento.
—Pues ahora que sacas el tema, sí que hay una expresión que… —Axel abrió un libro enorme llamado Introducción al japonés—. La leí el otro día. Estaba por…
—¿Ahora hablas japonés? —pregunté impresionado.
—Solo un par de palabras. Es muy complicado.
—Alucino. Yo no paso del «Hello, my name is Gabriella» —respondió mi hermana.
—El típico cliché de la chica mona y tonta —la picó Pol.
—El típico cliché del chulo que no se come una rosca. Y, antes de que abras esa bocaza, las abuelas del complejo no cuentan, Pol.
Clara, sentada con la espalda pegada a la pared, empezó a reírse. A mí también se me escapó una sonrisa. Puede que esos dos se llevaran a matar, pero no tenía de qué preocuparme mientras mi hermana supiera cómo defenderse. Tenía agallas. Ojalá también se mostrara firme con Jota. Algo me decía que sí. Mi hermana era de las que llevaban la voz cantante.
—¡Aquí está! —exclamó Axel con un tono más emocionado de lo normal—. Yūgen.
—Yūgen —repitió Gabi—. Suena guay. ¿Qué significa?
—Yū significa «tenue» o «borroso» y gen, «misterioso» u «oscuro». Algo así como «un sentido profundo y misterioso de la belleza del universo». Los japoneses lo utilizan para referirse a emociones o sentimientos que son inexplicablemente profundos y demasiado misteriosos como para describirlos. Es decir, el poder de apreciar la belleza a través de la evocación.
Todos lo miramos como si acabara de hablar en otro idioma. Menos Pol, que se dobló por la mitad y empezó a reírse. Tuve ganas de estrangularlo porque Axel era muy inseguro.
—Profundas son las ganas que tengo de hacerme una paja cuando me despierto por la mañana —bromeó Pol.
Axel levantó la vista del libro y carraspeó incómodo. No debería sentirse intimidado por las chorradas que salían de la boca de un quinceañero con ínfulas de grandeza, pero era el introvertido del grupo y Pol siempre conseguía que se ruborizara.
—Sigue, Axel. No dejes que este idiota te corte el rollo —lo alentó mi hermana.
Gabi fulminó a Pol con la mirada, y este se metió las manos en los bolsillos y bajó la cabeza hacia su entrepierna. Ella puso los ojos en blanco, se llevó dos dedos al interior de la boca y fingió una arcada. Si no estuviera convencido de que Pol tenía buen fondo, le habría partido la cara en ese instante. Un error teniendo en cuenta que Gabi y Pol eran como el perro y el gato y que era el mejor batería que conocía, además de ser un buen chaval cuando no pretendía ir de gracioso o tirarle los tejos a mi hermana pequeña.
—Alan Watts lo definió bastante bien en uno de sus libros.
—¿Y ese quién es? —preguntó Gabi.
—Un filósofo británico. —Axel pasó las páginas hasta que encontró el fragmento que buscaba. Se aclaró la voz—. «Ver el sol ponerse detrás de una colina cubierta de flores, andar por un inmenso bosque sin pensar en el regreso, pararse en la orilla y contemplar un barco que desaparece tras islas lejanas, contemplar el vuelo de los gansos salvajes, vistos y perdidos entre las nubes». Es decir, Yūgen.
Todos nos quedamos en silencio. Axel cerró el libro y me miró con gesto inquisitivo. Sabía que ellos me veían como a una especie de líder que se encargaba de tomar las decisiones más importantes, pero no me parecía bien que recayera en mí todo el peso de dar la aprobación al nombre del grupo.
—Me gusta —dijo de repente Clara—. Si os interesa mi opinión. Suena diferente. Exótico. Fácil de recordar.
—Estoy con la groupie —dijo Gabi deseando largarse.
—Mola —añadió Pol.
Axel sonrió y me miró esperanzado. Yo también sonreí. Solo era un nombre, pero parecía el principio de algo. Quizá había que ponerle nombre a los sueños para que fueran más tangibles. Puede que a las cosas que merecen la pena hubiera que bautizarlas para que se convirtieran en algo real.
—Parece que todos estamos de acuerdo. —Cogí la guitarra y empecé a tocar—. Yūgen. Podría funcionar.
No tenía ni idea de lo que se avecinaba. Parecía un sueño imposible. Como viajar a la luna o ganar la lotería. Bonito de imaginar y difícil de alcanzar. Siempre fui un soñador, pero ni en mis mejores fantasías habría adivinado lo que se nos venía encima. A partir de ese momento, nuestra vida daría un giro de ciento ochenta grados y el nombre que elegimos para aquella banda de chavales se convertiría en la palabra que corearían las masas. Empezaba nuestro momento de gloria. Pero la gloria, como todo lo bueno de esta vida, tiene una parte oscura.
Fragmento de la entrevista a los componentes de Yūgen. Revista ¡Viva la Música!
La banda llega puntual a la suite del hotel. Dentro de cinco horas, embarcarán en un avión con destino a Lisboa. Leo y Axel, los mayores del grupo, solo tienen veintiuno y veintidós años y su carrera ya ha alcanzado la cima. Primero conquistaron España y ahora comienzan a sonar en toda Europa. Portugal, Italia, Francia, Grecia o Países Bajos. Ningún lugar se les resiste. Acaban de ganar el Premio Rockbjörnen otorgado por el periódico sueco Aftonbladet en la categoría de mejor grupo extranjero del año.
LEO: Fue una completa sorpresa. No nos lo esperábamos.
POL: Un poco sí. Los suecos nos adoran. Llenamos el estadio Gurmanson Arena.
GABI: Göransson Arena. [Lo corrige la vocalista del grupo. En su tono hay un deje de crispación].
Axel, el bajista, se mantiene en un discreto segundo plano. A la periodista que realiza esta entrevista le parece un grupo de amigos de toda la vida que han triunfado en lo que les gusta. Cada uno con una personalidad marcada. Es evidente que Leo, guitarrista y compositor del grupo, es el que lleva la voz cantante para relacionarse con la prensa. Es educado, amable y sabe quedar bien. Su hermana Gabi es harina de otro costal. Adicta a los escándalos y las redes sociales, no se esfuerza un ápice en ser agradable y se muestra tal cual es. Supongo que no puedo culparla. Acaba de cumplir diecinueve años y se ha convertido en el ídolo musical de una generación. Se encoge de hombros cuando le digo que tiene más de veintinueve millones de seguidores en Instagram. Actualmente es la mujer con más fans en esta red social en España, incluso por encima de una conocida actriz de una serie juvenil de Netflix.
G: Solo es un número.
Pol interviene en ese momento. Es el carismático del grupo. Cada mes se lo relaciona con una nueva conquista amorosa. ¿Qué hay de cierto en ello? Él ni confirma ni desmiente, pero es evidente que está encantado de gustar.
P: Que no te engañe su indiferencia. Está orgullosa de tener tantos seguidores.
G: Si tú lo dices…
Les pregunto cómo llevan la fama. El éxito les sobrevino de golpe hace tres años y desde entonces se han convertido en un fenómeno de masas. A Leo le propusieron escribir una canción para la cabecera de una serie. Así empezó todo. De cero a cien en cuestión de segundos. Luego vinieron el disco, los festivales y todo lo demás. El éxito los arrolló como un huracán inesperado.
L: A veces es complicado, pero lo llevamos lo mejor que podemos. La vida te cambia y quien diga lo contrario miente. Al final te acostumbras a que todos te miren cuando caminas por la calle.
AXEL: Nunca te acostumbras del todo. [Responde con voz queda antes de sumirse en su mutismo habitual].
P: A mí me encanta. No digo que no tenga sus cosas malas, pero ni en mis mejores sueños habría imaginado lo que nos iba a pasar. Somos unos afortunados por vivir de lo que nos gusta.
L: Por supuesto. Todo se lo debemos a los fans. A cada persona que nos escucha en Spotify o asiste a uno de nuestros conciertos. Lo que tenemos es gracias a ellos. Nunca me cansaré de agradecérselo.
Leonardo Luna es la voz de la razón. Nadie lo culparía si la fama se le hubiera subido un poco a la cabeza, pero, a pesar de ser el compositor de una de las bandas más prometedoras de los últimos tiempos, lo único que parece haber cambiado en su vida es la cifra de la cuenta corriente. Sigue saliendo con su novia de toda la vida y no tiene pensado irse de Sevilla, su ciudad natal. Aunque, con el ajetreo de la banda, tampoco es que esté mucho tiempo en el mismo sitio. Con toda seguridad, su padre, Andrés Luna, lo preparó a él y a su hermana para lo que estaba por venir. Andrés es el mánager del grupo. Fue vocalista de una banda de rock que tuvo cierto éxito a finales de los ochenta, hasta que desapareció del mapa. Los hermanos Luna admiten que su padre les contagió el amor por la música.
L: Nos ha enseñado todo lo que sabemos. No era el típico padre que nos leía un cuento antes de irnos a la cama. Él nos cantaba. Me enseñó a tocar la guitarra cuando tenía seis años. Mi hermana ha heredado su voz. Es su ojito derecho.
Gabriella Luna esboza la primera y única sonrisa de la entrevista. Se nota que los hermanos se adoran. Quizá la clave del éxito radique en que son una piña. Más que amigos, el grupo ha formado una familia, ya que se conocen desde que eran niños.
P: Aquellos veranos en Benalmádena, quién lo habría dicho…
A: Éramos unos críos. Me gusta haberlo conseguido con vosotros. De lo contrario, no tendría ningún sentido.
P: Eres un sentimental. [Le da un apretón cariñoso en el brazo].
Les pregunto si se llevan tan bien como parece, porque todos sabemos que incluso en las mejores familias hay peleas de vez en cuando. Me parece captar una mirada de soslayo entre Gabi y Pol. Durante todos estos años, han circulado rumores que afirman que son más que amigos, pero ellos siempre lo han negado. El historial romántico de ambos parece confirmar que entre ellos solo hay amistad.
L: Son mi familia.
Todos asienten. Les pregunto por una posible separación. Gabi pone los ojos en blanco, Axel sacude la cabeza y Pol me mira como si me hubiera vuelto loca. Por lo visto, la amistad de la que alardean es muy real.
L: Funcionamos mejor juntos. Es algo que tenemos muy claro.
Le pregunto a Gabi qué hay de cierto acerca de la noticia en la que se la relaciona con Diego Gómez, el actor de la serie de moda. La ahora exnovia de Diego emitió un comunicado en Twitter en el que culpó a la vocalista de Yūgen de interponerse en su relación. Por lo visto, pilló unas conversaciones de WhatsApp un tanto subidas de tono de su novio con la cantante. Gabi me dedica una mirada tensa y se levanta del sofá.
G: No voy a hablar de eso.
Después de abandonar la habitación del hotel, su hermano intenta quitarle hierro al asunto.
L: No hablamos de nuestra vida privada. En cuanto haces algún comentario, se abre la veda. Somos músicos profesionales. En realidad, si la gente nos conociera, se daría cuenta de que somos muy aburridos.
1
Nura
Mi plan perfecto para un sábado por la noche no es llevar a mi hermana pequeña a un concierto. Odio las aglomeraciones. Pero aquí estoy. Fue su regalo de cumpleaños y se lo merece. Mis padres dijeron que me excedí demasiado, pero soy de las que piensan que el dinero está para gastarlo y no hay nada que me produzca más placer que invertirlo en las personas a las que más quiero. Además, Aisha acaba de cumplir trece años, es la mejor estudiante de su clase y hace una semana aprobó el nivel B2 de inglés. Es cariñosa, noble y responsable. Puedo permitirme este pequeño lujo. No soy millonaria, pero tampoco me va mal.
Aisha está nerviosa, al igual que el grupito de nueve jóvenes con el que hemos coincidido en el camerino. Algunas están llorando y otras dan saltitos de emoción. Una de ellas lleva una pancarta con purpurina en la que se puede leer: POL, TE QUIERO. ERES EL MEJOR. Dios mío, quiero que esto acabe pronto para largarme a mi apartamento y acurrucarme en el sofá con un libro en el regazo.
El único requisito para estar aquí es venir acompañado de un mayor de edad y pagar la entrada vip, que vale un ojo de la cara y dudo que merezca la pena. A realista no me gana nadie, qué le vamos a hacer. Ni siquiera conozco el grupo. Lo único que sé de él es que a mi hermana le encanta y está loquita por el batería. Dice que es rock indie, pero yo estoy convencida de que es música comercial con letras mediocres. El paquete que he adquirido incluye asiento en primera fila, merchandising, acceso a un lobby exclusivo (aquí estamos, en un camerino de cartón con una bandeja de cruasanes rancios y una docena de botellas de agua), una fotografía con el grupo y una charla de quince minutos cuando termine el concierto.
Aisha me agarra la mano con fuerza. Le suda la palma. Se me pasa el mosqueo cuando la miro. Sus ojos desprenden pura felicidad. Me recuerda a mí cuando mi editor me llamó a las siete de la tarde hace un año y medio para comunicarme que había ganado el certamen literario al que me presenté sin ninguna pretensión. Estaba en mitad de la calle y comencé a gritar como una loca. La gente me miraba extrañada, pero me trajo sin cuidado.
—¿Qué les voy a decir? —Antes de que pueda responder, comienza a hablar de carrerilla—. Nada personal. No soy su amiga, lo sé. Quiero causarles buena impresión. ¿Les caeré bien?
—Seguro que sí.
Me abstengo de decirle lo que pienso. Es una banda famosa y están acostumbrados a estos encuentros con los fans. Mañana no se acordarán de mi hermana, pero no tengo por qué arruinarle el momento.
—A lo mejor no debería haberle traído ningún regalo. Estará cansado de recibir baratijas, pero leí en un foro del club de fans que es sagitario y un poco supersticioso.
Aisha se guarda en el bolsillo el paquetito envuelto en papel de seda. Sé lo que es porque la acompañé al centro comercial a comprarlo. Una pulsera de cuero trenzado con el símbolo de sagitario y una amatista, la piedra de la suerte de este signo, o eso fue lo que aseguró la vendedora de la tienda.
Por supuesto que Polcomosellame tirará la pulsera a la basura en cuanto salga del estadio olímpico. Ni siquiera recordará el nombre de mi hermana cuando se haga la siguiente foto con la siguiente chiquilla ilusionada que lo espera con ansiedad. Pero finjo lo contrario porque quiero que Aisha viva una experiencia inolvidable.
—Le va a encantar. Es un regalo muy chulo.
—¡Tú qué vas a decir! —exclama riéndose—. Eres mi hermana mayor. Para ti soy la mejor del mundo. Deberías haber traído uno de tus libros firmados. Axel, el bajista, es un gran lector. O eso dicen. No tiene redes sociales y se sabe muy poco de él. Pero en un reportaje que les hicieron en Formentera lo pillaron leyendo a Ken Follett. Sus libros son más largos que el Quijote. Te podrías hacer publicidad.
—No he venido a hacerme publicidad.
Ni a endosarle a un grupo de pop de tres al cuarto un libro que seguramente olvidarán en la mesita de noche de alguna habitación de hotel.
—Tampoco te hace falta —responde Aisha—, pero sigo creyendo que a veces eres un poco estirada.
—¡Oye!
Le pellizco el brazo y ella se parte de risa. Compruebo la hora. No quiero dejar a Aisha sola, pero necesito ir al baño con urgencia. Así que la animo a unirse al grupito de chicas que se asoman al palco y comienzan a corear lo que canta el público del estadio: «¡Gabi Luna, como tú no hay ninguna!». Qué desperdicio de creatividad adolescente. Me froto la cara. Solo son dos horas de concierto. He sobrevivido a cosas peores.
—Vuelvo en dos minutos.
—¡No tardes! El concierto está a punto de empezar. En serio, lo vas a flipar. Ya sé que piensas que no merece la pena, pero es porque no los has escuchado. Son buenísimos.
Salgo del camerino en dirección al servicio que nos han asignado. Seguro que mi madre habría podido acompañar a Aisha al concierto. Qué pena haber pospuesto mi cita con el chico de Tinder. Es muy mono y dice que le encantan los deportes de riesgo, aunque quizá solo lo ha puesto en su perfil para resultar más interesante. Como los que salen abrazados a un perro que luego resulta ser de su prima y tienen alergia a las mascotas, pero saben que parecen de fiar si posan con un cachorrito. Bah, no entiendo por qué la gente no va de frente. Con lo fácil que sería escribir: «Voy buscando un polvo sin compromiso. Y luego, si nos gustamos, ya lo vamos viendo». Pero en internet la sinceridad brilla por su ausencia y a la peña le encanta jugar a ser otra persona. Tampoco es que yo esté muy obsesionada con encontrar al amor de mi vida. Solo quiero divertirme. Creo que el amor llega cuando no lo buscas. En el momento más inesperado. Es absurdo emparejarse con alguien que no está hecho para ti solo porque somos seres sociales y alguien dijo que debemos buscar a nuestra media naranja. Porque yo me siento la mar de completa y no necesito que nadie venga a rellenar mis imperfecciones.
Salgo del lavabo individual y le doy un portazo a algo o, mejor dicho, a alguien, porque emite un gruñido. Cierro la puerta y miro con gesto de disculpa al chico. Tendrá mi edad. Alto, pelo castaño y mirada amable. Es guapo. No el típico guapo que llama la atención, pero sí tiene algo. Sobre todo, porque sus rasgos varoniles resaltan en la piel bronceada.
—Perdón, no te he visto.
—Culpa mía por no mirar por dónde voy.
Se acaricia el brazo.
—¿Te has hecho daño?
—Qué va. Suerte que soy diestro.
—¿En serio? —pregunto sintiéndome culpable.
El chico balancea el brazo izquierdo para demostrarme que se encuentra perfectamente.
—Tranquila, es mi brazo inservible. Solo soy bueno con el brazo derecho.
«¿Bueno en qué?».
Me acerco al lavabo y coloco las manos debajo del grifo. Noto que me mira de reojo y frunce el ceño. Parece intrigado. Sonrío para mis adentros. Sé la reacción que provoco en los hombres. No es porque sea una belleza despampanante, sino porque en esta ciudad no están acostumbrados a las mujeres negras. Llamo la atención, lo quiera o no. A algunos les parezco exótica y otros me llaman «bombón» o «piel de ébano» como si fuera un cumplido. Gilipollas hay en todos lados y en Sevilla no iba a ser menos.
—¿Has venido a ver el concierto? —pregunta con curiosidad.
—Pues claro. ¿Qué te crees que estoy haciendo aquí?
Está agachado y mi primer impulso es pegarle una patada porque pienso que está intentando mirar por debajo de mi falda, pero luego me doy cuenta de que está buscando algo. Parece desesperado. Doy por hecho que trabaja aquí porque esta zona es exclusiva para los empleados y los que hemos pagado la entrada vip. No lo he visto en el camerino, así que será un trabajador del estadio. Pobrecillo. Quizá un componente del grupo echa en falta una pertenencia y lo va a culpar a él.
—¿Qué buscas?
—La púa de una guitarra. —Se pone de pie y se sacude los pantalones vaqueros—. Aquí no está.
—¿Te va a caer una bronca? —intuyo, y él enarca una ceja—. Supongo que los artistas pueden ser un poco excéntricos. Seguro que puede tocar con otra púa, y, si no, que hubiera sido más cuidadoso con sus cosas. No es culpa tuya.
—Quizá las prisas y el estrés lo han hecho ser más despistado de lo normal.
—Estrellas del rock, siempre tienen una excusa para todo.
—Vienes acompañando a alguien, ¿no? —Lo da por hecho. En su tono hay un deje de ironía que me obliga a sonreír. Me ha pillado.
—A mi hermana pequeña. Es su regalo de cumpleaños.
—Eres una hermana muy generosa. El pase vip es caro.
—Solo espero que merezca la pena —respondo con desdén—. Le hace muchísima ilusión y lleva pidiéndolo un año. Ojalá que no se tropiece con la típica banda de idiotas egocéntricos que ni siquiera la miran a la cara cuando ella les habla.
Se le cambia la expresión.
—Dales un voto de confianza.
Echo un vistazo a mi reloj de muñeca. Ya han pasado más de cinco minutos. Este tipo es majo, pero tengo que largarme porque Aisha estará que se sube por las paredes.
—Uy, soy una maleducada. Ni siquiera me he presentado. Soy Nura, y debería irme ya porque el concierto está a punto de empezar y no quiero dejar sola a mi hermana.
—Tranquila, no va a empezar sin el guitarrista.
Me quedo congelada cuando capto su sonrisa burlona. Entonces lo pillo. La púa de la guitarra es suya. Mierda, acabo de conocer al guitarrista del grupo. Lejos de estar irritado, parece divertido por mi metedura de pata. Porque la he metido hasta el fondo. Acabo de soltar pestes de su grupo. Me rasco la nuca y aprieto los labios. Generalmente sé cómo salir airosa de una situación, pero en este momento me gustaría mimetizarme con la pared. No se me ocurre nada que decir para arreglarlo. Sería una chorrada si no tuviera que volver a verlo, pero luego voy a reencontrarme con él en el backstage y no me apetece que sea grosero con Aisha solo porque su hermana mayor es una bocazas.
—Verás… —comienzo a decir, y luego opto por ser sincera porque no tengo nada mejor que ofrecerle—. Como habrás podido adivinar, no soy fan de vuestra banda.
—No me digas.
No está enfadado. Quizá se está divirtiendo a mi costa, pero supongo que es mejor que haberlo cabreado. Sospecho que el ego de un artista es enorme. Sé de lo que hablo. Soy escritora y las malas críticas a veces me sientan como el culo.
—Voy a intentarlo de nuevo. Me llamo Nura y he venido a acompañar a mi hermana al concierto de su banda favorita de la que, por cierto, no sé nada. Encantada de conocerte, mmm…
Se ríe en voz baja. Para mi sorpresa, me tiende la mano. Le doy un apretón rápido.
—Leo.
—Leo, si te he ofendido con mis comentarios, te pido disculpas. No ha sido con mala intención. Me estaba desahogando porque…
—Te gustaría estar en cualquier otro sitio menos aquí —adivina sin perder la sonrisa—. Espero que disfrutes del concierto. Danos una oportunidad. No digo que vaya a ser lo mejor que hayas escuchado en tu vida, pero quizá te guste.
«Lo dudo».
—¡Por supuesto! —exclamo con una emoción más falsa que un billete de treinta euros. Se está dando la vuelta cuando le toco el hombro y me mira con los ojos entornados. No debería haberlo hecho. Sigue siendo una estrella del rock. O del pop. Y a los famosos no les gusta que los toquen, por muy majos que sean—. ¿Puedo pedirte un favor?
—Depende de qué se trate —responde más serio.
—Es una tontería. —Lo tranquilizo, no vaya a ser que piense algo raro—. Mi hermana le ha comprado un regalo al batería del grupo. No sé si tenéis prohibido aceptar regalos por algún tipo de protocolo de seguridad o algo por el estilo, pero se pasó tres horas buscando el regalo perfecto y para ella sería muy importante que él lo aceptara.
—Cuenta con ello.
—Gracias.
—No hay de qué.
Leo abre la puerta y me deja un poco descolocada cuando la sostiene para que salga primero. Al pasar por su lado, me llegan unas notas de su perfume. Huele bien, pero no sabría decir a qué.
—¡Mucha mierda! O lo que sea que se les desee a los artistas.
Leo sonríe de nuevo. Eso sí ha sido sincero. Parece que lo intuye. Me mira con sus profundos ojos castaños clavados en mí.
—¿Cómo se llama tu hermana?
—Aisha.
Leo asiente, como si estuviera memorizando el nombre, y luego se despide con un gesto de mano.
—Hasta luego, Nura.
Me ruborizo sin poder evitarlo cuando lo veo alejarse caminando con seguridad. Lo he juzgado sin conocerlo de nada y ha sido muy amable conmigo. Siempre me ha irritado que la gente tenga prejuicios y ahora resulta que yo también los tengo.
El público grita enardecido cuando la banda aparece en el escenario. Agradezco estar refugiada en el palco, porque no soportaría dejarme arrastrar por la masa de gente enloquecida. Reconozco a Leo, a la derecha de una chica rubia y bajita que debe de ser la vocalista. Son cuatro jóvenes que no son mayores que yo y, sin embargo, el público corea sus nombres como si fueran los Beatles.
Me pregunto lo que se siente al estar en el centro del escenario con miles de ojos pendientes de ti. ¿Adrenalina? ¿Emoción? ¿Pánico? No tengo ni idea, pero seguro que no se parece a lo que experimento cuando una cola ordenada de lectores espera en una de mis firmas de libros. Menos mal que nadie me para por la calle. No lo soportaría.
Aisha se agarra a la barandilla y da saltitos de emoción. Sus ojos están vidriosos cuando la vocalista comienza a cantar. Tiene un buen directo. No puedo negarlo. Una voz ronca, ligeramente varonil, pero a la vez con un cariz erótico. Consigue llegar a las notas altas y se luce en los registros bajos. Me recuerda a Miley Cyrus versionando «Jolene». Hipnótica al estilo de Lana del Rey. Y todo ese torrente sale de una chiquilla rubia y diminuta que se come el escenario.
—Es una pasada, ¿a qué sí? —Las lágrimas le corren por las mejillas. Me pregunto si algún lector llorará al leer mis libros. De miedo, tal vez, teniendo en cuenta el género que escribo.
—Es muy buena.
Aisha dice algo, pero no logro escucharla porque el público está cantando el estribillo de la canción.
—¿¡Qué!?
—¡Las letras son increíbles! —me grita al oído—. Su hermano es el compositor. ¡Ese! El de la guitarra. ¿A que está bueno? Ya sé que objetivamente es más guapo que Pol, pero el batería tiene algo que me vuelve loca. ¿Has visto sus brazos tatuados? ¡Me encantan los chicos tatuados! Tiene un rollazo… ¡No me mires así!
«Su hermano».
«El guitarrista».
«Leo».
Siento un cosquilleo desconcertante en el estómago. No quiero ser como estas chiquillas del palco que vitorean a sus ídolos y estarían dispuestas a saltar de un puente si ellos se lo pidieran, pero siento un regocijo extraño y sonrío para mis adentros.
Yo lo conozco, ja. He hablado con él. Y mientras todo el mundo canta una canción que yo no me sé, clavo la vista en el escenario hasta centrarla en él. Me fijo en sus dedos y en la destreza con la que se mueven por las cuerdas de la guitarra. Menudo embustero, sabe utilizar ambas manos. Me pregunto si tocará con esa habilidad a las mujeres que pasan por su cama o será de esos energúmenos que se limitan a buscar su propio placer. Me fijo en su expresión concentrada. Una profunda arruga en la frente cuando hace un solo con la guitarra. Se luce. Lo disfruta. Lo da todo. Y luego cierro los ojos y me dejo llevar. Me concentro en la letra de la canción:
Tengo miedo de buscar y no encontrarme,
de perderme en esta inmensidad de gloria y carne.
Todos me hablan, gritan y nadie dice nada.
Me siento tan rodeada…
de ruido, de cenizas y promesas esclavas.
Me siento tan rodeada…
de palabras vacías y fama.
Tengo miedo de estar y no sentir nada.
De callar por el qué dirán.
De hablar, aunque me falten las ganas.
Me siento tan rodeada…
de ruido, de cenizas y promesas esclavas.
Me siento tan rodeada…
de palabras vacías y fama.
—¿Cómo se llama esta canción? —le pregunto a mi hermana.
—«Ruido y cenizas». Es una de mis favoritas. No esperabas que fuera a gustarte, ¿eh? —Aisha me da un codazo suave—. Te lo dije.
—No está mal. —Me hago la dura.
Regreso al camerino a buscar una botella de agua. Sacudo la cabeza cuando compruebo que Aisha se ha olvidado la mochila en una butaca. Es una despistada. Estoy cansada de decirle que no puede dejar sus pertenencias olvidadas por ahí. Entonces algo llama mi atención. Está semienterrado en el borde del cojín. Lo cojo con dos dedos y se me escapa una sonrisa. Es la púa de una guitarra. Hay un nombre grabado: «Leo».
2
Leo
Ha sido un buen concierto. Tocar en mi ciudad natal siempre me sube el ánimo. Se suele decir que nadie es profeta en su tierra, pero la verdad es que Gabi y yo nos sentimos muy queridos en Sevilla.
Echaba de menos mi hogar. Puedes alojarte en hoteles de cinco estrellas y visitar los lugares más paradisiacos del mundo, pero no hay nada comparable a la sensación de deshacer las maletas y tumbarte en tu cama.
El público sigue vitoreándonos cuando salimos del escenario. Tengo las manos agarrotadas y estoy deseando darme una ducha. Axel también parece agotado. El único que actúa como si pudiera soportar tres horas más de concierto es Pol, y sospecho que es porque se ha metido algo. Pero la última vez que intenté hablar con él me mandó a la mierda y aprendí la lección: no te metas donde no te llaman. Aunque me duela, no se puede ayudar a quien no quiere.
Gabi lo ha dado todo y esa ovación final ha sido más que merecida. La balada con inicio a capela siempre es un triunfo en los conciertos y por eso la dejamos para el cierre. La escribí para ella. En realidad, todas mis canciones están pensadas para el registro vocal de mi hermana, aunque bien podría cantar por Raphael o Bruno Mars y la tía conseguiría salir airosa. Gabi tiene una voz alucinante. Puede caer bien, regular o fatal, pero nadie puede negar que le sobra el talento. Lo suyo es de otro planeta.
Mi padre ya nos está esperando en el camerino. Le frota la espalda a Axel, le revuelve el pelo a Pol y me guiña un ojo. En cuanto nos ha prestado un poco de atención, estrecha con fuerza a Gabi. Ella se ablanda y sonríe. Estoy convencido de que nos quiere a ambos por igual, pero ella siempre fue su preferida. La estrella destinada a brillar. El diamante en bruto. La niña con voz de terciopelo rasgado y ojos azules.
—Un concierto fantástico, chicos. —Nos felicita. Ya tiene el termo preparado para Gabi: té caliente con jengibre, anís estrellado y miel. Ella pone cara de asco—. Tómatelo. Sabes que tienes que cuidar tu voz.
Gabi obedece de mala gana. Las únicas órdenes que acepta de mi padre son las referentes al cuidado de su voz. Por lo demás, siempre hace lo que le da la gana. En eso es la mejor. Pero los masajes, las visitas al naturópata, las clases con el profesor de canto y las ocho horas de sueño con la almohada perfumada de lavanda sí las acata. Creo que lo hace porque su voz es lo único de lo que se siente orgullosa —por mucho que vaya de diva— y tiene un pánico atroz a perderla. Para asustarla, mi padre le pone ejemplos de cantantes que perdieron la voz por no mimarla lo suficiente.
—¿Qué tal he estado? —pregunta insegura—. Creo que he desafinado en la segunda estrofa de la balada. Siempre me pongo nerviosa cuando se hace el silencio.
—Has estado maravillosa —la tranquiliza mi padre.
No ha desafinado, tiene razón. Le tiende un paño tibio empapado en eucalipto para que se cubra la garganta. Me gustaría reprenderla por haber cambiado la frase de una canción, pero sé que no es el momento. Quizá más tarde, cuando estemos los dos solos. Ha querido lanzarle una indirecta a ese tal Diego, el actor con el que se lio. Y, en vez de cantar: «Te escribo mensajes esperando que los respondas», ha dicho: «No te escribo mensajes porque ya no me importas». Ya me imagino los hilos de Twitter que elucubrarán al respecto. Después que no se queje si la ponen a parir o hacen comentarios mezquinos sobre su vida privada. Si les das carnaza a los buitres, te despedazan. Ya debería haber aprendido la lección.
—Entonces ¿he estado bien? —insiste buscando nuestra opinión.
—Más que bien —dice Axel.
—Perfecta —añado para que se quede tranquila.
Gabi busca la mirada de Pol, que en ese momento está ocupado con el móvil. Ella necesita que le demos nuestra aprobación, al menos en lo relativo a los conciertos. En ese aspecto es muy insegura y todos tendemos a sobreprotegerla. Mi madre dice que no es bueno tenerla entre algodones, pero qué sabrá ella si lleva ausente la mayor parte de nuestra vida.
—¡Pol! —exclama irritada.
—Que sí, pesada. Has estado brillante. A tu lado, Adele es una mera principianta.
Gabi arroja el paño sobre la mesita con ademán indignado. No soporta que Pol la ignore o no la tome en serio. Lo de estos dos no es ni medio normal. Son como el perro del hortelano.
—Vamos, chicos. Ya tendréis tiempo de relajaros. —Mi padre nos hace un gesto para que nos levantemos—. Tenéis el meet and greet con los fans.
Todos nos ponemos en pie menos Gabi. Ella se limita a cruzarse de brazos con expresión de desagrado. Me entran ganas de cogerla de los hombros y obligarla a levantarse. Uf, ¿quién se cree que es? ¿Beyoncé?
—No quiero ir —dice, por si no nos hubiera quedado bastante claro—. Id vosotros. La mayoría son crías.
—¿Y tú qué eres? —se burla Pol.
—Tenemos la misma edad —le recuerda con aspereza—. En todo caso, somos dos críos.
—Habla por ti. Yo sí cumplo con mis obligaciones.
Gabi aprieta los dientes, pero el comentario de Pol consigue que se ponga de pie. Mi padre le frota los hombros y ella se aparta airada. Está molesta porque no se ha salido con la suya.
—No me gustan los meet and greet. ¿Por qué tenemos que hacerlos?
—Porque dan dinero y os hacen parecer más cercanos al público —le explica mi padre—. Solo serán quince minutos.
Le pediría que fuera amable, pero eso sería como rezar para que ocurriese un milagro. A veces creo que es mejor que no venga. Nos hace quedar como una banda de estirados. ¿Qué fue lo que dijo la chica del servicio? «La típica banda de idiotas egocéntricos». Sí, eso fue lo que nos llamó. Se me escapa una sonrisa cuando la recuerdo. No estoy acostumbrado a que no me reconozcan y su reacción me hizo bastante gracia. Desde luego, se nota que le sobra carácter.
—Pol… —Le pongo una mano en el hombro—. Tengo que pedirte un favor.
—Lo que sea, tío.
—Hay una chica que se llama Aisha y va a darte un regalo. No sé qué será, pero finge que te encanta, ¿vale? Es importante para ella.
—Lo que es importante para mis fans es importante para mí.
Gabi nos adelanta y suelta una risilla burlona. Los dos pasamos de ella.
—Vale, solo era eso. Le hará ilusión que recuerdes su nombre.
—¿Cómo es?
«Ya empezamos».
—No lo sé. Me he tropezado con su hermana en el servicio y ella me lo ha pedido.
—¿Su hermana está buena? —Al ver mi cara, añade con ironía—: Venga, tío, ya sé que eres monógamo, pero tienes ojos en la cara. ¿O también tienes prohibido mirar?
—Supongo —respondo para que me deje tranquilo.
Es guapa, sí. No voy a negar que le eché un vistazo rápido cuando me ignoró por completo. Lo hice motivado por la curiosidad de que no me reconociera. Boca carnosa y ojos ligeramente rasgados. Es una mujer llamativa y sé que a Pol le va a encantar en cuanto la vea. Ella no es fan de nuestro grupo, lo dejó bastante claro. De todos modos, Pol nunca ha tenido ningún problema para ligar. Incluso cuando no habla el mismo idioma de la chica, se las ingenia para resultar encantador. No sé cómo lo hace, pero le funciona.
La veo en cuanto entramos en el camerino. Es alta, curvilínea y tiene el pelo rizado, cortado por encima de los hombros. Es imposible que pase desapercibida. Iba a acercarme a saludarla porque quiero preguntarle si ha disfrutado del concierto, pero un grupito de veinteañeras me acorrala en cuanto cruzo la puerta. Ahora no tengo escapatoria. Firmo autógrafos, me hago fotos y tengo la pequeña charla de rigor con cada una de ellas. A mis compañeros no les va mejor que a mí. Axel lo pasa fatal porque es muy introvertido y más de una vez le hemos tenido que quitar de encima a alguna fan un poco pesada. Recuerdo cómo se ruborizó cuando una pelirroja comenzó a coquetear descaradamente con él y le metió su número de teléfono en el bolsillo del pantalón. Axel me contó avergonzado que ella le rozó la polla y luego le guiñó un ojo.
Gabi se limita a sonreír con falsedad para salir bien en las fotos, firmar algún autógrafo y responder con monosílabos cortantes. Pol es el único que se lo pasa bien.
—Sé simpática con ellas —le pido a mi hermana señalando en dirección a Nura y a la que supongo que debe de ser su hermana.
—¿Por?
—Porque te lo pido yo.
Gabi se encoge de hombros y accede de mala gana a mostrarse más amable de lo normal cuando Aisha le pide una foto. Pero su nivel de simpatía tiene un límite muy bajo y enseguida se larga. Le hago un gesto disimulado a Pol para que sepa de quién se trata, aunque él está demasiado ocupado comiéndose con los ojos a Nura. Por el amor de Dios, este tío no tiene límites.
—Tú debes de ser Aisha. —Le da dos besos que ella recibe con evidente desconcierto—. Me han dicho que tienes un regalo muy especial para mí.
Presto atención a lo que sucede entre ellos mientras atiendo a un par de fans que me piden un autógrafo para su prima. Lo firmo mientras pongo la oreja. No soy un cotilla, pero esto, por alguna razón inexplicable, me interesa.
—Nura. —Lo saca de su error y rodea a su hermana con un brazo—. Ella es Aisha, mi hermana pequeña.
—Un nombre precioso. ¿De dónde es?
—Es un nombre árabe. Significa «llena de vitalidad» —responde con voz trémula la niña—. Te he traído un regalo. ¿Puedo dártelo? No debes aceptarlo por compromiso, pero…
—Muchísimas gracias, Aisha. Es un honor que hayas pensado en mí. —Pol rasga el envoltorio y pone cara de sorpresa. Ya no está fingiendo—. ¿Es un amuleto?
—¡Sí! —exclama Aisha emocionada por haber acertado—. Un amuleto de la suerte para tu signo del zodiaco. La piedra es una amatista. Transmite energía positiva y dicen que es buena para aliviar los dolores de cabeza. No sé si tienes dolores de cabeza, espero que no.
—¿Me la pones?
Aisha se ruboriza y sonríe ilusionada. Le tiemblan las manos cuando le abrocha la pulsera. Pol se muestra encantador con la niña, aunque es obvio que la que le interesa es su hermana mayor. Incluso se anima a enseñarle los tatuajes de los brazos cuando ella le pregunta por su significado.
—Espero que lo hayáis pasado bien.
—Mi hermana no es fan de vuestro grupo. Me ha acompañado, pero se lo ha pasado genial. ¿A que sí?
—Ha estado bien —responde Nura, a la que no parecen gustarle las conversaciones forzadas. Cuando su hermana le da un codazo, añade con tono educado—: Me han gustado las letras.
—Leo es un guitarrista y compositor de la hostia. ¡Leo! —me llama Pol.
Por fin tengo una excusa para integrarme en la conversación. Reconozco que lo estaba deseando. Quiero conocer la opinión de Nura. Me vendrá bien la crítica de una persona que no es fan del grupo.
—Dice que le gustan tus letras.
—Mi hermana es muy exigente —añade Aisha, y me mira un tanto cohibida—. Es escritora. Ha ganado un premio.
—Aisha —le pide su hermana con voz tensa—, no les interesa.
—Nos interesa —miente Pol, que lo único que ha leído en su vida es la etiqueta del champú—. ¿Qué género escribes?
—Novela de terror.
—Muy gore —nos explica Aisha con orgullo—. A su lado, Stephen King es un terrón de azúcar.
—Aisha… —Nura pone los ojos en blanco—. Es mi hermana y tiene que hacerme la pelota porque le he regalado la entrada. No le hagáis caso.
Quiero preguntarle el título del libro porque me ha picado la curiosidad, pero un puñado de fans me rodea y pierdo el hilo de la conversación. Un guardia de seguridad informa a los fans de que se ha acabado el meet and greet, y una azafata los acompaña a la salida y les entrega una bolsa con merchandising de la banda. Me quedo solo y, de repente, alguien me toca el hombro. Para mi sorpresa, es Nura. Está a punto de decirme algo cuando la azafata la agarra del brazo.
—Tienes que irte.
—Tranquila, Míriam. Ella y su hermana pueden quedarse todo el tiempo que quieran.
Míriam frunce el ceño y se aleja en dirección a la puerta. No está acostumbrada a que hagamos excepciones en el meet and greet. De hecho, nunca las hacemos. A lo lejos, Pol me guiña un ojo porque cree que he retenido a Nura para que él tenga la oportunidad de ligar con ella.
—Solo será un segundo —se disculpa, y luego se mete la mano en el bolsillo trasero de la falda. Doy por hecho que va a sacar su teléfono.
—¿Quieres una foto conmigo?
—No. —Su respuesta me deja bastante cortado—. En realidad, quería devolverte esto. Lo he encontrado por casualidad.
—¡La púa!
El desconcierto por el rechazo pasa a un segundo plano. Noto una emoción extraña cuando nuestras manos se rozan. Un chispazo de electricidad. Un calorcillo que me recorre la punta de los dedos. Nura tiene la piel muy suave y achaco la sensación que me ha producido a la euforia por haber recuperado la púa.
—Estaba en esa butaca.
—Sí, estuve ahí sentado tocando hace cuatro horas. Ya la daba por perdida, gracias.
—No hay de qué. ¿Cuánto dura la púa de una guitarra? —pregunta con curiosidad.
—Depende del uso. Esta tiene casi un año. Compré una caja con mi nombre grabado antes de firmar nuestro primer contrato discográfico. Esta es la última que me queda. Pensarás que soy un exagerado, pero creo que me da suerte.
—Para nada. —Me enseña una cadena de plata en forma de herradura que lleva colgada del cuello. Intento no mirarle el escote—. Me lo regaló mi mejor amigo, que fue quien me animó a presentarme al certamen literario el día que acababa el plazo. Desde entonces no me la he quitado.
Sonreímos. Sus ojos de tono chocolate me miran con un destello de simpatía, como si hubiera decidido concederme el beneficio de la duda. Por lo visto me he ganado su aprobación.
—¿Has disfrutado del concierto? Sé sincera. Me interesa tu opinión.
—Ha sido mejor de lo que me esperaba —responde, y no sé si es un sí o un no—. Me ha gustado «Ruido y cenizas». Y un par más que no recuerdo cómo se llaman.
—Fue una de las primeras canciones que escribí.
—Tus letras son…
—¡Aquí estáis! —Pol llega con Aisha cogida de la mano—. La escritora y el compositor. Si él no estuviera pillado, haríais buena pareja.
Nura y yo nos miramos con incomodidad. A ninguno nos ha hecho gracia la broma.
—Pero tú no estás pillado —le suelta Aisha con atrevimiento—. Y mi hermana tampoco.
Pol le dedica a Nura una mirada cargada de intenciones y ella se tensa.
—Entonces ¿te apuntas a una copa? —le lanza a bocajarro.
—Tengo que cuidar de mi hermana. —Lo rechaza con educación.
Pol no se da por vencido. Está acostumbrado a salirse con la suya y se ha fijado en Nura.
—¡Yo también puedo ir! —exclama Aisha.
—Son las dos de la mañana y tengo que llevarte a casa. —Nura le da la mano a su hermana pequeña y la mira de una forma que no acepta réplicas. Aisha suspira—. Otra vez será. Ha sido un placer, chicos.
—El placer es mío. —Pol le da dos besos.
Como no quiero ser un maleducado, también la beso en las mejillas. Nura huele a vainilla y su olor me trastoca los sentidos. Un olor dulce que contrasta con un carácter fuerte. Me separo un poco aturdido y me rasco el codo con disimulo para aparentar una normalidad que no siento. El corazón me late acelerado. «¿Qué cojones ha sido eso?».
—Tío… —Pol me da un guantazo cuando las hermanas se marchan—. Si no te conociera y tuvieras novia, diría que te ha molado.
—No digas gilipolleces.
—Yo no te culpo. Está tremenda.
—Te has picado porque ha pasado de ti.
—Pues sí.
Nos reímos. La vida sigue su rumbo y me siento mejor conmigo mismo. Solo ha sido atracción física. No es para tanto. A lo largo de mi vida, me he sentido atraído por algunas mujeres y nunca he cruzado la línea porque no merecía la pena. ¿Para qué? Tengo a Clara. Quiero a mi novia. Me gusta la vida que comparto con ella. Fin de la película que me he montado en la cabeza.
Solo quiero ir directo a casa y dormir. Estoy agotado después de una gira que ha llegado a su fin. Horas interminables de aeropuertos, habitaciones de hotel y comida para llevar. Parece guay, pero a la larga terminas cansándote y echas de menos el puchero de tu abuela y la rutina de tumbarte en el sofá y ver una peli.
Clara y yo no vivimos juntos. No tendría mucho sentido porque apenas paso por casa y me siento muy a gusto en la de mi padre. La compró hace tres años, cuando firmamos nuestro primer contrato discográfico. Pensé que Gabi echaría a volar en cuanto ganara pasta porque siempre ha sido muy rebelde, pero resulta que los dos nos sentimos cómodos en casa. Pasamos demasiado tiempo fuera y cuando regresamos a Sevilla lo único que queremos es hacer piña. Además, ya tendré tiempo de mudarme a vivir con Clara. Ella está trabajando a media jornada en una academia mientras oposita a maestra de primaria. Ese siempre ha sido su sueño.
Hoy no ha podido venir al concierto. Hace una semana, su abuelo tuvo un infarto del que se está recuperando y esta mañana le han dado el alta en el hospital. Iban a celebrarlo con una cena en familia a la que me habría encantado asistir. Cuando sucedió, me pilló en Barcelona y cogí un vuelo de ida y vuelta solo para acompañarla durante unas horas porque ese mismo día tenía que actuar. ¿Qué otra cosa podía hacer? Adoro a la familia de Clara y sus padres me quieren como a un hijo. Son la familia estructurada y numerosa que me habría gustado tener. El matrimonio de sus padres es sólido, tienen tres hijos y un montón de primos, sobrinos y tíos que se reúnen con frecuencia. Yo solo tengo a mi padre y a Gabi. A mi madre no puedo contarla porque es como una especie de tía política a la que ves de vez en cuando y te llama por compromiso para felicitarte el cumpleaños.
Clara me envía un mensaje cuando el chófer está a cinco kilómetros de la urbanización privada en la que vivimos. Debería morirme de ganas de verla y por eso siento una punzada de culpabilidad cuando leo su mensaje.
Clara
¡Ey! ¿Ya has llegado? ¿Vienes a verme?
Yo
Estoy muerto. Necesito llegar a mi casa y darme una ducha.
Clara
¿Y si me recoges y paso la noche contigo?
No quiero ser una basura de novio, así que le pido al chófer que dé la vuelta para recoger a Clara. Gabi resopla y comienza a protestar. Mi padre le pide que se calle. Ella responde que soy el perrito faldero de Clara y que siempre hago lo que dice. Y luego termina diciendo: «Tienes menos personalidad que un zapato». Como me tiene hasta los huevos, le suelto que al menos «yo no soy el segundo plato de un capullo con novia». Me tira del pelo. La llamo niñata. Mi padre zanja la discusión gritando: «¡Parad ya!». Nos miramos de reojo y me arrepiento de haber metido el dedo en la llaga. Sé que está dolida por lo que sucedió con el imbécil ese. Estiro el brazo y le cojo la mano. Es mi manera de pedirle perdón. Al principio se resiste, pero al final estrecha mi mano y susurra: «Te quiero, tonto».
Clara me abraza por detrás cuando salgo de la ducha. Ella es mi hogar. La amiga a la que acudo cuando necesito un consejo. La novia que me consuela cuando estoy agobiado. La que me envía fotos de su sobrina porque sabe que adoro a esa pequeñaja.
—Qué bien hueles.
Entierra la cabeza en mi pelo húmedo. Noto que sonríe. Pongo mis manos sobre las suyas. No tenemos una relación apasionada. Ni de película. Con ella todo es calma. Me gusta que seamos previsibles. Sé que quiere ser madre joven y ya me ha dejado caer un par de veces que le gustaría irse a vivir conmigo. Me planteo mi vida con Clara y sé que será buena. Matrimonio estable, hijos y un golden retriever correteando por el jardín de nuestra casa. Es lo que siempre he querido.
—Te he echado de menos… —dice con voz melosa, e intenta quitarme la toalla que llevo atada a la cintura—. ¿Y tú a mí?
Clara palpa mi entrepierna. No estoy duro. Estoy agotado. Es imposible tener una erección cuando te pesan los párpados.
—Muchísimo. —Le aparto las manos con delicadeza. Ella aprieta los labios y me dedica una mirada decepcionada—. Lo siento, estoy cansado. Entiéndeme. Te lo compensaré mañana.
—Vaaale.
Sé que ese «vaaale» significa que está mosqueada, aunque va a dejarlo pasar porque en los últimos tres meses nos hemos visto siete días contados. No quiere que nuestra primera noche juntos comience con una discusión. No me la merezco. Odio la sensación de herir a alguien que quiero a pesar de que no lo hago a propósito. Pero sucede, ¿no? A veces dañamos a las personas que queremos y no podemos hacer nada para remediarlo. Es como si te tropezaras con un jarrón que se cae al suelo y se rompe en pedazos. No lo has hecho a posta, pero no volverá a ser igual por mucho que te esfuerces.
Odio esa sensación.
Con todas mis fuerzas.
Y últimamente me persigue.
Es una tontería, lo sé. Todo el mundo sabe que Clara y yo estamos hechos el uno para el otro. A mi padre le cae de maravilla. Axel dice que aspira a encontrar algo como lo que yo tengo con Clara. Incluso Pol admite que a veces siente un poco de envidia de nosotros. Excepto Gabi, a la que nunca le ha caído bien. Una vez me encaré con ella y le pregunté qué diantres le había hecho Clara. Ella me miró como si me hubiera vuelto loco.
—Nada.
—¿Y entonces qué problema tienes con ella?
—No tengo ningún problema con ella. No me gusta para ti, eso es todo. Es buena persona y te quiere. Nunca lo he puesto en duda.
No era la respuesta que esperaba y jamás volví a sacar el tema. En fin, quién entiende a mi hermana.
Estoy abrazado a Clara y son las tantas de la madrugada, pero no puedo dormir. Así que me levanto, camino de puntillas y voy directo al piano que hay en el salón. Levanto la tapa y finjo tocar sin llegar a rozar las teclas. No quiero despertar a nadie. Cojo una libreta y apunto algunas frases sueltas. Me estoy volviendo loco. Cuando estoy trabajando no veo el momento de llegar a casa y disfrutar de un merecido descanso. Pero, en cuanto llego, la creatividad me desborda hasta que necesito sacar todo lo que tengo dentro.
Pablo Picasso dijo: «Aprende las reglas como un profesional para poder romperlas como un artista».
Soy un artista.
Soy un profesional.
Pero no soy la clase de hombre que rompe las reglas ni corre riesgos. Sé que quien no arriesga no gana, pero yo ya he ganado suficiente. El único problema es que me siento lleno y a la vez vacío, y no sé cómo arreglarlo.
