Llámame Nia

Cristina Vatra

Fragmento

g-3

1

Calpurnia Pearson giró con cuidado la llave en la cerradura. Eran las dos de la madrugada y lo último que quería era despertar a su familia. Todavía necesitaba disfrutar del silencio, del sentimiento de ser ella y solo ella. Aún no estaba preparada para dejarse ir, para convertirse en Cal, la esposa, la madre, la trabajadora competente, eficaz y absolutamente ninguneada, la hija despegada. No quería despedirse de Nia, su yo universitario, justo cuando acababa de reencontrarse con ella y con Reina, Effie y Juana, sus mejores amigas de la facultad, en aquel fabuloso viaje exprés a Las Vegas. No estaba lista para dejarla marchar otra vez.

Había sido una escapada maravillosa en la que habían revivido todo lo que solían hacer las cuatro cuando estudiaban: bebida, comida, música, bailes, charlas absurdas y liberadoras, y muchas cosas más. Qué placer liberarse de todas las responsabilidades de la vida adulta y ser únicamente Nia, como solo ellas la llamaban, y disfrutar del ingenio de Effie, la ternura de Juana y la energía de Reina. Lástima que el reencuentro hubiera sido tan breve…

Andando de puntillas cerró la puerta tras de sí, silenciosa, y se dejó envolver por el familiar olor de su apartamento, una mezcla poco sofisticada de polvo, White Musk y leche rancia.

Se dirigió a tientas al salón y se sentó en el borde del sofá de cuero blanco-ya-no-tan-blanco para descalzarse silenciosamente, empujando el zapato del pie derecho con la punta del izquierdo y a la inversa. Luego se tendió y apoyó la cabeza en uno de los reposabrazos. Los brazos le pesaban una barbaridad y los dejó caer, muertos, a ambos lados del cuerpo agotado.

Los párpados se le cerraban por el sueño, pero su cerebro seguía trabajando. El día siguiente era lunes. «No —se corrigió—, ya es lunes». Intentó aferrarse a los recuerdos del fin de semana: la sensación de libertad que la invadió en cuanto despegó el avión hacia Las Vegas, la alegría de ver de nuevo a sus amigas de la universidad, el sabor de los pinchos del Don Pint­xote, las gafas oscuras de los seguratas del Master and Commander y el espectacular trasero de Ian-Jamie sin su kilt. Movió los dedos de la mano derecha como si agarrara un micro y sintió en la mejilla el cabello pelirrojo de Effie al cantar los coros de Poison, de Alice Cooper. Y el maravilloso baile con el buenorro de Malcolm al son del You Are So Beautiful, de Joe Cocker. Con un suspiro se acordó de Reina, su Reinita, y de su aventura en aquel Peugeot destartalado. Y también de Effie, Juana, Joe y Matt. Habían pasado tantas cosas…

«Oh, para de una vez, Calpurnia, solo quiero dormir de una puta vez. Mañana va a ser un infierno», gritó una voz impaciente en su cabeza. Nia pensaba lo mismo, un infierno de padre y muy señor mío.

«Dame solo un minuto antes de levantarme, ¿de acuerdo? Sesenta segundos antes de volver a empezar. Un minuto y seré toda tuya de nuevo, te lo prometo».

Unas manitas frías y pegajosas impactaron contra su cara con una fuerza sobrenatural.

—¡Ay! —gritó Nia, sobresaltada.

—¡Mami! —Un chillido de gozo, una cabeza cubierta de rizos rubios—. ¡Mami! ¡Mami, mami, mami! ¡Ya estás en casa, mami! —Un gran beso en su mejilla izquierda y un par de bracitos flacos alrededor del cuello.

Noah. Una calidez genuina la invadió de los pies a la cabeza.

—Buenos días, amor. ¿Qué tal has dormido?

Alargó los brazos para agarrar el cuerpo menudo de su hijo de tres años y lo estrechó con fuerza en un enorme abrazo de oso. Sentir su peso le proporcionó una paz y una felicidad instantáneas que se desvanecieron enseguida, justo en el momento en el que Noah, riendo, se puso a patear con frenesí para desembarazarse de ella.

—Muy bien, ¿y tú? ¿Por qué estás en el sofá? ¿Te ha castigado papá por llegar tarde?

—Papá no ha castigado a nadie. —La voz grave de Dan flotó hasta los oídos de Nia haciéndola sonreír—. Papá se pasó toda la noche guardándole a mamá el sitio en la cama y se despertó preocupado a las tres de la mañana, solo para encontrarla completamente despatarrada en el sofá. Papá necesita un café con urgencia.

—¡Que sean dos! —imploró Nia al tiempo que se incorporaba para sentarse.

—Sí, señora —respondió Dan desde la cocina.

—No estaba castigada, cariño. —Nia se volvió hacia su hijo pequeño—. Anoche llegué muy tarde y me quedé dormida aquí sin querer.

—¿Qué tal te fue con las amigas, mami? ¿Has jugado mucho al bingo?

Ella dejó escapar una risa cansada.

—No jugué al bingo, cielo. No jugué a nada, en realidad.

—Pues qué aburrido —se quejó Noah, con una mueca que deformaba su pequeña cara.

—Aburridísimo, seguro —rezongó Dan mientras removía el café con una cucharilla antes de tendérselo a su mujer.

—«Aburridísimo» es la palabra exacta —contestó Nia con sorna.

—¿En serio? —insistió Noah, con la mosca detrás de la oreja.

Nia le acarició la mejilla con cariño.

—No, mi vida. No fue aburrido. Fue muy divertido. Comimos, bebimos, charlamos, cantamos y bailamos. Mamá se lo pasó muy bien, incluso sin jugar al bingo.

Noah le lanzó una mirada de: «Pues menuda mierda de diversión» antes de dirigirse a la mesa y atacar su bol de cereales. Dan ocupó su lugar y se inclinó hacia ella para darle un beso de buenos días.

—Bienvenida. Me alegro de que lo pasaras bien. Aquí también hemos estado muy distraídos. Ha sido un fin de semana entretenidísimo.

Nia soltó una carcajada.

—Seguro que sí.

—Toneladas de diversión, alternadas con intervalos de tranquilidad relajada.

Nia no podía parar de reír.

—De hecho, he publicado un anuncio en internet —continuó Dan, impertérrito— describiendo nuestro hogar como el lugar ideal para hacer retiros de meditación y bienestar. Ya me han escrito cinco personas interesadas.

Nia se agarraba el vientre con fuerza. Como no se levantara pronto, iba a mearse encima. Ese era el efecto que Dan tenía en ella. Él abría la boca y ella se hacía pis. Lo adoraba.

—En fin, te diría que volvieras a irte, por favor. Ha sido todo tan maravilloso que no puedo esperar a repetirlo, pero por desgracia tengo que trabajar, y tú, también. Como no despegues de una vez el culo del sofá, llegarás tarde. Y, ya que subes, haz el favor de despertar a Kevin. El muy puñetero no se durmió hasta las once y media, y todavía amanecerá cabreado.

Con un esfuerzo supremo, Nia se levantó y suspiró.

«No sé a qué se refería Dorothy en realidad cuando lo dijo —pensó mientras inspiraba hondo por la nariz—, pero, ciertamente, no hay nada como el hogar».

g-4

2

Gerry estaba especialmente contento aquella mañana, y a Nia no le gustaba un pelo.

Gerry era el becario del departamento editorial de Mercy Publishing, la pequeña pero lucrativa editorial religiosa en la que trabajaba Nia. Ella había estado antes en el departamento de comunicación y relaciones públicas, donde se dedicaba con ahínco y tenacidad a promocionar a los autores y títulos más destacados del catálogo… hasta que tuvo hijos y pidió una pequeña reducción de jornada, con su correspondiente bajada de sueldo. A partir de entonces la compañía dejó de mostrarse tan agradable. Le recortaron las promociones de los autores más importantes, alegando que no podría atenderlos de forma adecuada ahora que era madre, y comenzaron a pedirle ayuda con los asuntos contables, a pesar de que jamás había estudiado contabilidad. Además, la invitaron a ser una buena samaritana y cubrir a las compañeras sin reducción que no llegaban a todo. «Tengo una presentación el jueves a las cinco que me coincide con otra en el extremo opuesto de la ciudad, ¿puedes cubrirme?». O «Hay una lectura de la Biblia infantil el sábado por la mañana y no hay nadie disponible. Necesitamos que vayas por el bien de la editorial, Cal, por favor». Cualquier persona inteligente se habría negado, pero Nia era inteligente a su manera.

Hasta que una tarde cualquiera de un día cualquiera sufrió un ataque de ansiedad y se plantó. Se plantó como hacen esos perros obcecados que se sientan en la acera y se niegan a dar un paso más por mucho que les tiren de la correa. Se plantó como una lápida en un cementerio. Se centró en tramitar las facturas, los viajes de los autores y los paquetes promocionales que había que enviar a influencers de todos los rincones del país con fervorosa devoción y comenzó a negarse a ir a ningún evento fuera de su jornada laboral (en esencia, todos). Abrazó su nueva condición de asistente-becaria de treinta y cinco años, y empezó a registrar por escrito todas las tareas que realizaba para que a nadie le cupiera duda de que no andaba por allí tocándose las narices. Y comenzó a decir NO, con mucha educación pero con firmeza, a todo aquel que quisiera mangonearle un minuto más de su vida.

Su nueva estrategia no gustó.

Una tarde, el anciano responsable de recursos humanos se acercó a ella y le dio un par de toques en el hombro desde atrás. Nia se giró, sorprendida. Nunca había acudido a recursos humanos para nada. Jamás se le habría pasado por la cabeza. «Ni se te ocurra hablar con ellos, Cal —le decían todos sus conocidos—. Es por la reducción. No van a parar de presionarte hasta que renuncies a ella o te vayas». Y, sin embargo, allí estaba el señor Leeham, preguntándole si sería tan amable de reunirse con él un momento. Nia accedió, nerviosa, y ambos entraron en una minúscula sala de reuniones.

—Tu jefa dice que no rindes como deberías, Calpurnia —arrancó el señor Leeham en cuanto se hubieron sentado—, que tu actitud hacia el trabajo deja mucho que desear, que eres arisca y desagradable, y te niegas a echar una mano a tus compañeras, que andan desbordadas por tu falta de solidaridad. ¿Tienes algo que decir al respecto?

Por toda respuesta, Nia comenzó a estremecerse de indignación y temió entrar en combustión allí mismo. Las manos le temblaban de forma incontrolable y las palabras se le habían quedado atascadas en la garganta. Iba a convertirse en una llama, en un incendio, ¡puf! Un instante y lo arrasaría todo a su alrededor. Porque si había algo que encendiera a Calpurnia Pearson era la injusticia. La injusticia era su talón de Aquiles, su punto débil, su kryptonita. No era tan tonta como para pensar que podía haber una equidad universal y permanente, pero la injusticia, mezclada con tal cantidad de desfachatez, la sacaba de sus casillas. Así que abrió la boca y dejó salir por ella todo lo que había estado acumulando dentro de sí durante los últimos años. Un torrente de lágrimas le inundó los ojos y las mejillas, y un hipo muy desagradable se empeñó en interrumpir su discurso cada dos por tres. Aun así, logró terminar de dar su versión de los hechos y lo hizo moderando el tono de voz, de lo cual se sintió muy satisfecha. Una vez que hubo acabado y la niebla roja de su cerebro se disipó, sus ojos enfocaron de nuevo al señor Leeham, que parecía que acabara de despeñarse por una catarata. El hombre permanecía quieto, muy erguido, pero sus facciones mostraban las señales de alguien que hubiera pasado por una experiencia horrible, casi traumática. Parpadeó una sola vez y alargó su arrugada mano hasta ponerla encima de la de Nia. Entonces movió los labios y pronunció una única frase que fue como un bálsamo para sus oídos.

—Entiendo, querida. Vamos a sacarte de allí. Dame un par de días para encargarme.

Nia se los dio con gusto. Aquellos fueron los días más tranquilos que había tenido desde que solicitó la reducción de jornada. Su jefa se lo pedía todo por favor, sin olvidarse de darle las gracias después, y nadie le exigió que hiciera nada fuera de su horario laboral. Eso no significaba que Nia no estuviera deseando largarse de allí. Le daba igual adónde. Era una persona resistente, pero ser un perro testarudo a tiempo completo resultaba agotador. No sabía cómo Gandhi había resistido tanto tiempo luchando de forma pacífica contra el Imperio británico, pero entendía perfectamente que hubiera acabado flaco, consumido y sin ganas de ponerse más ropa que un calzón.

Tres semanas después de aquel encuentro, el señor Leeham la convocó para informarle de su traslado al departamento editorial bajo la supervisión del señor Lawrence, en calidad de asistente y personal de apoyo administrativo. Nia se llevó una alegría. Era una lectora omnívora y apasionada, y había oído decir que allí el ambiente era agradable y distendido. Lo que no le gustó tanto fue enterarse de que también debería atender ciertas cuestiones asistenciales del señor Robson, de marketing, porque la persona que se encargaba de ellas había ascendido. Cuando se lo comunicaron, miró al señor Leeham y le dijo que no lo entendía. Llevaba más de diez años en la empresa y podía aportar mucho más de lo que le estaban permitiendo, por no mencionar que era prácticamente imposible crecer profesionalmente estando dividida entre dos departamentos que no tenían nada que ver entre sí. El señor Leeham se encogió de hombros, como diciendo: «Lo tomas o lo dejas». Nia lo tomó.

De aquello habían pasado ya más de seis meses. En cuanto se incorporó a su nuevo puesto, Nia se esforzó en adoptar un perfil bajo, respetar su horario de trabajo, mantener una actitud positiva, echar una mano en todo lo que hiciera falta y orientar en lo que pudiera a Gerry, el becario, un chaval espabilado, educado y colaborador que se mostró encantado de aprender algo diferente de las cuatro tareas repetitivas que le habían encomendado nada más llegar.

El señor Robson, por su parte, apenas se dejaba ver. Tan solo se dirigía a ella con monosílabos y un tono condescendiente para cuadrar la liquidación de su Visa una vez al mes, algo que Nia detestaba, porque hacer coincidir el desglose del banco con los recibos desordenados y arrugados que le proporcionaba era como resolver un crimen a lo Sherlock Holmes sin la ayuda de Watson.

El resto de sus quehaceres consistía en realizar y coor­dinar las reservas de los viajes de negocios de los señores Lawrence y Robson, ocuparse de cualquier necesidad logística de ambos departamentos, preparar y servir café a los autores de postín, y alimentar y administrar las redes sociales de recemosjuntos.com, la web de Mercy Publishing en la que los usuarios comentaban cuáles eran sus lecturas, versículos y autores religiosos favoritos; qué situaciones habían superado gracias a ellos; y, en general, creaban una comunidad activa y conectada.

No era un trabajo creativo ni excesivamente motivador y, a veces, Nia se sentía una alienígena en un mundo extraño. Si alguien le hubiera dicho a los veinticinco años que iba a acabar trabajando allí, ella, que no iba a misa desde los doce y que ni se le había pasado por la cabeza bautizar a ninguno de sus hijos, se hubiera desternillado de la risa. Sin embargo, quien se estaría riendo en ese momento sería Dios. Karma. Con todo, se sentía relativamente satisfecha: tenía un empleo, ganaba un sueldo, sustentaba a su familia y mantenía —precariamente— el equilibrio laboral y familiar. Además, todo lo que veía en el área de edición le resultaba distinto, novedoso, y tenía la reconfortante sensación de que gozaba de la confianza y el aprecio del señor Lawrence. Hablar con él resultaba fácil, era accesible, campechano, sincero y generoso con la información. Sabía escuchar y había un cálido matiz de bondad en sus pequeños ojos grises. Todas estas fantásticas cualidades habían hecho que, con el paso de los meses, Nia atesorara en el fondo de su corazón la secreta esperanza de crecer laboralmente bajo su tutela, pero el buen humor de Gerry de aquella mañana amenazaba con hacer añicos su ilusión.

Nia había percibido su entusiasmo nada más sentarse en su mesa con una enorme taza de café, la segunda en menos de tres horas. Apenas encendió el ordenador, le llegó un mensaje suyo al chat del trabajo.

Gerry

¿Puedes hablar?

Nia miró la hora en la pantalla. Las nueve y cinco. La noche en el sofá la había dejado baldada y aún le quedaba todo el día por delante. Suspiró.

Calpurnia

Dame diez minutos. Te aviso.

Lo tecleó con parsimonia, tomándoselo con calma.

Al cabo de un rato le informó de que ya estaba lista y Gerry se plantó en su mesa en siete nanosegundos. Nia casi podía ver su emoción, que emanaba de él en intensas oleadas eléctricas.

—Buenos días, Gerry, ¿qué tal estás?

—Hola, Cal. Yo genial, ¿y tú? ¿Qué tal el viaje a Las Vegas?

—Genial también. —Sonrisa—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Pues mira. Es que tengo una pregunta, ¿tú sabes cuánto tarda recursos humanos en mandar los contratos?

—¿Contratos? ¿Qué contratos? Los de los autores los manda Rosie, de derechos.

—No, no, los de los empleados.

A Nia se le encogieron las tripas de sopetón.

—¿Empleados?

—¡Sí! —Palmoteó Gerry, alegre—. A final de mes se termina el contrato de la beca y van a contratarme como empleado a tiempo completo. Estoy superemocionado.

Nia forzó una sonrisa que le tensó los labios de forma muy poco natural. El corazón comenzó a latirle al doble de su velocidad normal.

—¿En serio? ¡Qué alegría! —Su tono parecía genuinamente entusiasta.

—Sí, ¿verdad? El señor Lawrence me llamó a su despacho el viernes a última hora, después de que te fueras al aeropuerto. Me dijo que era muy consciente de que se terminaba mi contrato de formación y que tanto él como el resto del departamento estaban muy contentos conmigo, que era responsable y tenía iniciativa, y que aportaba mucho al equipo.

—Ajá.

Gerry continuó hablando, emocionado, y Nia no paraba de asentir con la cabeza, la sonrisa pegada en la cara y la garganta completamente seca.

—Y, bueno, el caso es que me dijeron que el contrato llegaría esta semana y estoy como loco por firmarlo.

Nia carraspeó con tanta fuerza que se le escapó una tos.

—Por supuesto, es normal. ¡Felicidades! Pues no tengo ni idea, Gerry, lo siento, pero seguro que no tardará, ya verás. Me alegro mucho. Entrar en el mercado laboral es muy complicado y es una verdadera suerte contar con oportunidades como esta. —Eso lo dijo completamente en serio—. Y, oye, una pregunta, ¿de qué es exactamente el puesto al que te incorporas?

La cara de Gerry se iluminó como un sol reluciente.

—Editor júnior.

El corazón de Nia se desplomó y miró al suelo por temor a verlo allí, desparramado, agonizante, preparado para que Gerry terminara de machacarlo con su zapatilla Onitsuka.

Reuniendo toda su fuerza de voluntad, se puso en pie y se acercó a él.

—Enhorabuena, Gerry. Es una noticia excelente.

El chico dio un paso y la abrazó con fuerza.

—Gracias, Cal. Me hace muchísima ilusión, sobre todo porque me gusta mucho trabajar contigo.

—Y a mí, y a mí. —Nia tenía que terminar con aquello. La agonía la estaba matando—. Discúlpame, Gerry, pero tanto café me está pasando factura y tengo que ir al lavabo.

—Por supuesto. ¡Te mantendré informada!

—Genial. Felicidades otra vez, y sí, cuéntame, ¿vale?

Nia se dio la vuelta e intentó caminar con dignidad y de­senfado, algo a todas luces imposible. Cuando llegó al lavabo se metió en el primer cubículo abierto que encontró y se derrumbó por completo.

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3

Llorar en los baños públicos era una mierda. Nia se aguantaba los sollozos y no dejaba de parpadear, pero las lágrimas seguían brotando sin cesar, obstinadas. Alguien tiró de la cadena a su derecha y aprovechó para sonarse la nariz con fuerza.

«Para de una vez —se dijo—. Se te van a quedar los ojos rojos y la cara congestionada. Todo el mundo va a saber que has estado llorando, ¿y qué les vas a decir? ¿Eh? ¿Que tienes envidia del becario? ¿Que no te alegras por él? ¿Que has sido tan tonta de creer que podían darte el puesto a ti? ¿Que aún sigues pensando que algún día vas a dejar de ser asistente o técnica o alguno de estos puestos en los que haces de todo, pero a la hora de buscar un trabajo creativo mejor remunerado no te sirven de nada? Eres idiota, Calpurnia. Vamos, para ya, recomponte, cuadra esos hombros, sécate las lágrimas, suénate los mocos. Tienes trabajo que hacer, y luego debes preparar la merienda a los niños antes de ir a recogerlos. No tienes tiempo para estas gilipolleces, no tienes tiempo para quejarte. Paciencia, tu recompensa llegará en algún momento. Lo dice la Biblia. Ya sé que preferirías no tener que morirte para disfrutarla, pero es lo que hay, hija, ¿qué se le va a hacer?».

Con ademán enérgico, Nia tiró de la cadena, respiró hondo y, cuando estuvo segura de que no había nadie fuera, salió. Delante del lavabo abrió el grifo de agua fría y se lavó la cara con vigor. Odiaba llorar en el trabajo. Odiaba a Gerry, odiaba al señor Lawrence, odiaba al señor Leeham. En ese preciso momento odiaba a toda la puta editorial. Regresó a su puesto de trabajo con la cabeza gacha, disimulando, escondiendo el rostro. Agradeció más que nunca que su sitio estuviera encajado en una de las esquinas más alejadas de la oficina. Una vez sentada, se colocó los cascos, abrió YouTube, tecleó «Billie Eilish» y se puso Bad Guy a todo volumen.

«Eres mucho más que este trabajo —se repetía mientras hacía los balances y revisaba los escandallos de cada uno de los títulos de la programación—. Eres simpática, inteligente, tienes un montón de amigos que te valoran y un hogar en el que, aunque a veces te ahogas, tienes la libertad de ser tú y te quieren precisamente por eso. Eres mucho más que este puesto. Serénate. No dejes que lo noten».

De tanto repetírselo, acabó por creérselo. Su pulso volvió a la normalidad, los latidos se le regularon, su cerebro se centró en lo que estaba haciendo. Hasta que en sus oídos sonaron los acordes de una canción que no le estaba sentando nada bien. Aun así no pudo dejar de escucharla. Parecía que la hubieran compuesto para ella.

Cuando el estribillo comenzó a sonar por segunda vez, cogió su móvil, buscó el grupo de WhatsApp del viaje a Las Vegas y escribió:

Nia

Le han dado el puesto de editor júnior a Gerry

Ni siquiera sabía que había una vacante

Si lo hubiera sabido, me habría presentado

Juana

Quién es Gerry?

Nia

El becario

Effie

No!

Nia

Me he enterado por él

Me ha dado la noticia emocionado y luego me ha abrazado

Effie

sustosustosustosustosusto

Nia

Estoy fatal. He tenido que ir a llorar al baño

Estoy escuchando a Billie y me he topado con esta canción, y ahora solo quiero largarme a mi casa y no salir de la cama en una semana

Después de adjuntar el link de la canción 8 de Billie Eilish, Nia se concentró brevemente en sus tareas antes de que el móvil se iluminara de nuevo.

Juana

Por qué mandas esto?

Ahora soy yo la que va a tener que ir al baño a llorar! llorandollorandollorando

Lo siento mucho, cielo

Sé cuánto querías crecer profesionalmente

Effie

Qué es eso de que quieres irte y arrastrarte? Tienes 35 años, dos peques y jornada reducida, adónde te crees que vas a llegar?

Tú no te vas a ir a ninguna parte

Tú vas a sacudirte de encima esa tontería que tienes y vas a demostrarles a todos de qué pasta estás hecha

Esta noche, cuando hayas acostado a las fieras, me llamas y hablamos de esto

Nia

ok

Effie

Y, por cierto, sabes que esta canción es sobre rupturas amorosas adolescentes, verdad?

Madura de una vez! beso

Nia no pudo evitar sonreír, que era justo lo que necesi­taba.

Nia

De verdad no trata sobre trabajadoras invisibles a las que ignoran y relegan a encargarse de las tareas asistenciales que nadie más quiere hacer para que se pudran intelectualmente y dejen las empresas sin hacer ruido ni montar escándalos, con el corazón destrozado y la autoestima por los suelos?

Juana

riendoriendoriendo

Nia

Escúchala otra vez, Effie. Yo creo que no está tan claro

Y sé que me estoy comportando como una niña pequeña, que escuchar una canción y quejarme no va a solucionar nada, pero necesitaba desfogarme

Effie

No le digas a Dan que necesitas desfogarte o no te lo quitas de encima en una semana

Llámame. Esta noche. Sin falta. Y cambia de canción. Ahora te busco yo alguna más acorde con la situación

Tengo que dejaros. Os quiero!

Juana

Yo también tengo que irme, cielo. Mucho ánimo! brazofuertebrazofuerte

Nia les mandó un beso virtual a las dos y metió el móvil en el cajón. Le saltó una alarma en el centro de la pantalla del ordenador. Reunión semanal del departamento en media hora, probablemente para anunciar la nueva incorporación. Estupendo. Veinte minutos después le llegó un correo de Effie sin asunto a la bandeja de entrada.

De: Effie

Para: Nia

El vídeo es feo de cojones, pero la canción te va a venir de perlas.

Te quiero, eres la mejor.

¡Y llámame!

Nia pinchó el link y dejó escapar una sonora carcajada antes de ponerse el Ratamahatta de Sepultura a todo volumen en los auriculares. Se sintió mucho mejor.

Effie tenía razón, aquella opción era mil veces mejor.

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4

Cuando por fin se metió en la cama, Nia estaba agotada. Los niños hacía ya un rato que dormían, y Dan y ella acababan de ver la primera película que les había recomendado Netflix. En cuanto apoyó la cabeza en la almohada, suspiró con fuerza.

—Ven aquí —le dijo Dan acercándola a su pecho descubierto—. ¿Estás un poco mejor?

—Estoy tan cansada que ya ni siento ni padezco, pero sí, voy un poco mejor, gracias. —Inhaló el suave aroma a jabón del pecho de su marido—. Soy una tonta. No sé por qué sigo haciéndome ilusiones.

—Porque las ilusiones son importantes, me lo enseñaste tú. Lo jodido es recogerlas cuando te las rompen en pedazos, y eso es algo que pasa constantemente. Por suerte nos tienes aquí para ayudarte a barrer y dejarlo todo como nuevo para volver a empezar.

—Estoy cansada de empezar de nuevo una y otra vez. Si me paso la vida empezando, nunca voy a llegar a ningún sitio.

—¿Te acuerdas de cuando Kevin comenzó a andar?

Nia resopló sobre el pezón de su marido.

—Parecía un gusano.

—Bailaba break dance —continuó él sonriendo al recordarlo—. Fluctuaba por el suelo, moviendo ese pequeño cuerpo arriba y abajo, arrastrándose por el parquet y, para cuando querías darte cuenta, estaba en la otra punta del salón. Ni siquiera gateó. Pasó del plano horizontal al vertical en cuatro días, y ahora mira cómo va en la bicicleta. Nunca ha necesitado ruedines y maneja las marchas como un profesional. Puede que pienses que solo avanzas a trompicones, pero yo creo que has llegado muy lejos. Eres la maravillosa madre de dos niños estupendos.

—No me vengas ahora con la realización maternal, Dan.

—Déjame terminar. Tienes dos hijos que te adoran, un marido que te idolatra, una casa que encontraste y conseguiste tú.

—Y que se ha convertido en mi prisión.

—Unas amigas que te quieren con locura —continuó Dan como si nada— y, por lo que sé, hay mucha gente en tu trabajo que te aprecia y se lo pasa bien contigo.

—Sí, eso es cierto, aunque todos están más o menos como yo. Nunca he sabido elegir mis amistades.

—Yo diría que las eliges muy bien, ¿o acaso no te lo has pasado genial en Las Vegas?

—No tendría que haber vuelto, tendría que haberme quedado allí, con Effie. Me habría buscado un trabajo de asistente y habría conocido a un montón de gente interesante —bromeó—. Ha sido fabuloso. Sí que tengo las mejores amigas del universo.

—¿Lo ves?

—Sé lo que dices, lo entiendo, de verdad. Me encanta mi casa, aunque se llene de polvo a los tres minutos de haberla limpiado, y los niños son… no sé ni cómo explicar lo que son los niños.

Dan se rio a su lado.

—No hace falta que lo expliques, lo sé de sobra.

—Y tú eres fantástico, y te quiero, aunque hubiera preferido quedarme a vivir en Las Vegas.

—Yo también te quiero, y te agradezco que no te quedaras a vivir en Las Vegas.

—Pero es que lo del trabajo es… Una se pasa la vida esperando encontrar la pareja adecuada, la casa ideal, el cole perfecto para sus fantásticos retoños, y luego se da cuenta de que todo eso estaba chupado y que lo realmente chungo es encontrar un buen jefe, un trabajo en el que prosperar e ilusionarte y crecer sin que te obliguen a dejar de lado el resto de la vida que tanto te has esforzado en lograr, joder. ¡Es el puto Shangri-La!

—No se puede tener todo, nena. Ni siquiera Freddie Mercury lo consiguió, y mira que escribió una canción y todo. Demos gracias de estar como estamos.

Nia permaneció en silencio un buen rato antes de contestar.

—Doy las gracias todos los días, pero quiero más, no puedo evitarlo. ¿Acaso está mal?

—No, pero puede causar frustración.

—¿Frustración? ¿Qué es eso? ¡No he sido más feliz en mi vida! —exclamó ella con ironía—. No creo que mis aspiraciones sean para tanto. En realidad son bastante lamentables, si lo piensas bien. Envidiar a un becario es absolutamente ridículo…

Dan volvió a reír contra el pelo oscuro de su mujer.

—Me encantas, ridícula o no. Pero estoy seguro de que acabarás justo donde quieras llegar; y yo estaré allí, a tu lado, orgulloso y susurrándote al oído: «Te lo dije».

Nia levantó la cabeza y lo miró a los ojos con vehemencia.

—Eso es lo más sexy que me has dicho en mucho tiempo, cariño. Me está subiendo un ardor por el pecho que hacía mucho que no sentía.

Dan movió las cejas arriba y abajo.

—¿Quieres echar un polvete? —preguntó, esperanzado.

—No —respondió Nia tras meditarlo un instante—, estoy agotada. ¿Te vale una pajilla rápida?

—¿Desde cuándo dejo yo pasar la oportunidad de que cualquier parte de tu anatomía entre en contacto con mi pene?

—Eso me imaginaba —comentó Nia mientras se despegaba de él y se colocaba en una posición más adecuada para maniobrar.

Era cierto que estaba agotada, pero también lo era que, siempre que Dan la apoyaba de corazón en alguna de sus absurdas reivindicaciones, que rara vez llegaban a alguna parte, se ponía más cachonda de lo habitual.

No había mentido a Joe cuando le informó a voz en grito en el bar de Las Vegas de que se sentía metafóricamente ahogada en el líquido seminal de Dan, aunque, para ser justos, hacía mucho que su marido había aprendido a no acosarla de forma pasiva. Eso solía ayudarla a estar más predispuesta sexualmente hablando, pero era lunes por la noche, le habían dado una noticia deprimente y ya no volvería a ver a sus amigas de la universidad en mucho mucho tiempo. Una paja rápida y eficaz era lo máximo que se sentía dispuesta a ofrecer.

Dan recibió sus atenciones con entusiasmo e intentó que ella también participara, acariciándola por encima del pijama. Al ver que su mujer no se apartaba ni le bufaba como solía hacer cuando le agarraba un pecho inesperadamente o le propinaba un cachete espontáneo en la nalga, le introdujo la mano por la goma elástica de las bragas. Ella se dejó hacer y Dan sonrió para sí. Había pocas cosas en la vida que le gustaran más que conseguir que su mujer se abriera de piernas para él. «Aún hay esperanza», se dijo, moviendo los dedos con habilidad. Nia gimió y Dan se giró para besarle el cuello.

—Saca un condón —ordenó ella.

Dan no se hizo de rogar. En menos de un minuto ya estaba listo para completar la faena. Nia lo atrajo hacia sí y lo abrazó con las piernas hasta que ambos quedaron encajados a la perfección. Luego comenzaron a moverse con cuidado, minimizando los ruidos al máximo para no despertar a los niños, hasta que alcanzaron el clímax y se abrazaron con torpeza, Dan derrumbándose sobre su mujer, que lo rodeó cariñosamente con los brazos y le besó la nariz, antes de quitárselo de encima y subirse las bragas por debajo de la sábana.

—Qué paja más buena —dijo Dan mientras anudaba el preservativo.

—¿Verdad? Tengo un truco en particular que hace que sean muy especiales.

—Nadie me las hace como tú, me encanta.

—Tú tampoco lo has hecho nada mal —le alabó Nia—, tu muñeca sigue conservando su toque a pesar de los años.

—Mi lengua también, ¿quieres que te lo demuestre?

Nia se rio. 

—No seas tan ambicioso, cariño. Ya sabes qué es lo que más me gusta hacer después de echar un polvete. 

—Darte la vuelta y dormir. 

—Exacto, y ya estoy tardando. 

—Estás aguantando muy bien, por cierto. 

—¿A que sí? Después de haber pasado todo el fin de semana fuera, no quiero que te sientas como un trozo de carne. 

Pero, mientras lo decía, se giró hacia un costado y se arrebujó en un ovillo apretado, preparándose para descansar. 

Dan se pegó a su espalda y le plantó un beso ligero en el omóplato. 

—Y ahora a dormir, mi estrella. 

Y Nia le obedeció sin rechistar. 

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—Disculpe, señor Lawrence, ¿podría avisarme cuando tenga un hueco, por favor? 

Nia trató de sonar despreocupada, pero estaba hecha un flan. Hacía veinte minutos que la había llamado Reina para solidarizarse con su situación y le había dicho que ni se le ocurriera tragar sin más. «Lo mínimo que te deben es una explicación. Sé educada, oculta tus nervios y deja claro que no entiendes la decisión», le había aconsejado. 

Así que ahí estaba ella, pegada al marco de la puerta del despacho de su responsable, intentando mostrarse rela­jada. 

—Calpurnia, qué maravilloso placer. Claro que tengo un hueco. ¿Qué le parece ahora? Vamos, pase, pase.

Nia entró en pánico. El señor Lawrence siempre estaba muy ocupado. Todo el mundo andaba sentado a todas horas en la silla dispuesta al otro lado de su mesa, o llamándole al móvil o enviándole cientos de correos. No se suponía que tenía que ir así. Nia no se había preparado nada en absoluto, aparte de un «¡No es justo!» francamente infantil. 

Sonrió con una mueca boba y arrastró los pies hasta el borde de la mesa de caoba. 

—Cierre la puerta, ¿quiere? Estaremos más tranquilos. Así, muchas gracias. Tome asiento, por favor. Bueno, pues usted dirá, Calpurnia. ¿Qué era eso que quería comentarme? 

Nia sintió un picor en la garganta y carraspeó para calmarlo. 

—Verá, señor Lawrence, el otro día estuve hablando con Gerry y me comentó que iba a comenzar a trabajar como editor júnior. 

—¡Ah, Gerry! —exclamó su jefe exhibiendo una amplia sonrisa en su cara de tez naranja zanahoria—. Qué gran tipo, ¿verdad? Joven, dinámico, fresco… Y tiene una dentadura fantástica, ¿no le parece? 

Nia calculó mentalmente cuánto tiempo había pasado el señor Lawrence con Gerry a lo largo de su beca y no le salieron más de cinco horas, eso siendo generosa. ¿Quizá se habían ido de copas los viernes por la noche? ¿Saldrían a correr juntos los fines de semana? A algunos jefes les gustaba salir con los más jóvenes de la oficina para demostrarles de primera mano lo fuertes y en forma que se conservaban. 

—Muy blanca y uniforme, sí —coincidió Nia. Definitivamente la conversación no estaba yendo por donde había previsto—, pero, verá, señor Lawrence, el caso es que yo me preguntaba si esa vacante se había publicado en el tablón de ofertas internas o en algún otro sitio. 

—Oh, no, le ofrecimos el puesto sin más. ¿No recuerda que le pregunté sobre el chico y me dijo que tenía buenos mimbres? ¿Por qué cree que le consulté? 

«¡Porque pensé que estaba buscando a alguien para sustituirme y ofrecerme ese puesto a mí!», quiso gritar Nia, pero se mordió la lengua.

—Verá, es que me hubiera encantado optar a ese puesto y me gustaría saber por qué no me lo ofrecieron. Tengo mucha experiencia laboral en el sector y…

El fornido señor Lawrence, vestido de traje gris marengo y camisa blanca, la miró con expresión de sorpresa. Nia se sonrojó, convencida de que iba a soltar una carcajada, una enorme y larga risotada, como si ella fuera un chiste andante disfrazado de empleada eficaz. 

Pero su jefe no se rio, tan solo se pellizcó ligeramente el puente de la nariz y se reclinó con pesadez sobre el respaldo de su mullido y elegante asiento, perfectamente ergonómico. 

—Ay, Calpurnia, Calpurnia, usted gestiona las facturas, ¿verdad? 

—Sí, pero es que no me ha quedado otra. No tengo formación contable o administrativa, yo solo…

—Aun así, eso no importa, trabaja con facturas, con dinero, debería saber la respuesta. 

—¿Disculpe? 

—Querida —el señor Lawrence hablaba con tono didáctico y una paciencia infinita—, como le he dicho antes, Gerry es un tipo joven, dinámico y fresco. ¿Y sabe qué más es Gerry, aparte de eso, Calpurnia? 

—¿Qué? 

—Barato.

—Oh. 

—Gerry es absoluta y maravillosamente barato, Calpurnia. 

«Y además no tiene hijos ni jornada reducida», añadió ella para sí.

—No le voy a dar datos específicos porque no los necesita, pero el caso es que usted lleva ya unos cuantos años en la empresa. Entró antes de la crisis, ¿no es cierto? Los sueldos base por aquella época no estaban nada mal y, con los trienios y demás, la cifra ha ido aumentando hasta estar más cerca de un sueldo más sénior que júnior. 

Nia lo miró con los ojos como platos. 

—No puede ser candidata a un puesto júnior, Calpurnia —continuó—, porque su sueldo es el de un puesto sénior. 

—Pero… pero tramito facturas, señor. —Estaba completamente perpleja—. Hago labores asistenciales y me encuentro dividida entre dos departamentos. ¿Cómo va a ser eso un perfil sénior? No necesito ser sénior, señor, estaría encantada de trabajar como júnior en su departamento. 

El señor Lawrence chasqueó la lengua y Nia sintió como si le hubiera escupido en un ojo. Se agarró la muñeca para evitar llevársela a la cara y comprobarlo. Lo notaba allí, una masa viscosa y caliente resbalándole poco a poco por la mejilla. Por supuesto, solo estaba en su imaginación, como la posibilidad de ser algo más que una asistente rasa de treinta y cinco años. 

—Usted no puede ser júnior, Calpurnia. 

—Pero Gerry… Él podría hacer mi trabajo. Tiene toda la vida por delante y me ha estado ayudando, él sabe lo que hago y yo sé lo que hace él.

«¡Prácticamente le he formado yo, maldita sea!».

—Gerry va a iniciar una carrera profesional como editor júnior, Calpurnia. 

—Pero yo también quiero tener una carrera profesional, señor, optar a un trabajo con posibilidad de crecimiento, un poco más creativo, a ser posible, tener un puesto definido…

—Usted ya tiene un puesto definido.

—¡Soy un Picasso! —estalló Nia, muy a su pesar. «Oculta tus nervios», le había dicho Reina. «Demasiado tarde, amiga»—. ¡Soy un cuadro cubista dividido entre dos de

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