Cuando la tierra tiembla, los que viven en la isla muchas veces no se dan cuenta. Es imperceptible para ellos salvo si hacen caso de los ladridos de sus perros o se encuentran sumidos en el más absoluto silencio. Esa noche el temblor es tan pequeño que nadie se entera. El túnel que llevan meses construyendo las hormigas que viven debajo de la palmera más alta de la plaza se destruye. En menos de unos segundos sepulta toda la colonia.
Uno de los tornillos que sujeta la lámpara de la parada de guaguas se suelta y la luz se apaga. El nombre del pueblo, escrito en la marquesina, deja de estar iluminado.
En una casa se abre una grieta entre dos ventanas, tan pequeña que sus dueños no la verán hasta pasados muchos años. Aunque nadie se da cuenta, ni el túnel de las hormigas, ni la marquesina del autobús ni la casa volverán a ser lo que eran antes del temblor.
Esa misma noche también cambia para siempre la forma de un acantilado que está situado al este de la isla. El pequeño terremoto hace que la tierra y las piedras empiecen a caer, de forma muy lenta al principio, pero cogiendo más y más velocidad a medida que se acercan al agua. Su trayectoria llega a su fin al alcanzar un aparcamiento improvisado en el que los turistas tienen que dejar sus coches para bajar andando a la playa. Nunca suele haber mucha gente, ya que el camino hasta el mar es de cuarenta minutos por un sendero, que luego cuesta demasiado subir.
Al ser de noche, apenas quedan turistas en el aparcamiento, pero hay una pareja en un coche blanco haciendo el amor, aunque nunca se han dicho que se quieren. El ruido de las piedras chocando contra el suelo no los distrae de sus gemidos. Tienen casi cuarenta años, y, sin embargo, se besan como adolescentes. Los dos están casados, pero solo la mujer lleva el anillo puesto. Tiene una frase grabada en su interior: «Juntos para siempre». Ella siente que no le queda ningún centímetro del cuerpo de él sin lamer, pero sigue haciéndolo, como si fuese un día de calor y se estuviese derritiendo. El hombre se suele quitar la alianza antes de subirse al coche, se la mete en el bolsillo trasero del pantalón. Es una forma de sentirse un poco mejor consigo mismo. Nunca suele hacer ruido cuando tiene sexo, es más, es casi inexpresivo, pero esa noche acaba gritando. Ella sabe muy bien que él también está casado y conoce a su mujer, es la dueña de la heladería a la que va todos los domingos. Ella se corre y eso hace que él lo haga inmediatamente después. Se quedan tan pegados que, por un momento, piensan que podrían permanecer así para siempre. Nunca hablan de sus respectivos matrimonios, como si no existiesen, como si lo suyo todavía fuese un secreto en la isla.
Para no dejar el olor a tabaco en el coche de su amante, él sale a fumar fuera. Como hace viruje, ella se queda dentro y pone la música a todo volumen, por lo que se escucha desde fuera. Es una de esas noches en las que las nubes están bajas y no permiten ver qué hay al fondo del acantilado, que no es nada, solo la oscuridad del mar. Se aleja unos metros para intentar vislumbrar qué hay más abajo, pero ni siquiera es capaz de intuir las olas rompiendo contra las rocas. De repente, es consciente de que hay un sonido que lo envuelve. No sabe cómo empezó, pero lo llena todo. No sabe de dónde proviene, podría ser un avión volando muy bajo, el sonido del mar que le va a alcanzar o la tierra que está crujiendo. El suelo bajo sus pies cede y corre deshaciendo sus pasos. Cuando mira a un lado, el coche blanco comienza a rodar hacia el mar, solo le da tiempo a dar cuatro vueltas sobre sí mismo antes de desaparecer entre la bruma. Él grita su nombre, pero nadie responde, el único sonido que ahora queda es el del metal impactando una y otra vez contra las rocas y la música que cada vez es más lejana. Un golpe anuncia el final de la caída en el mar. La música también se ahoga. En medio del silencio, corre carretera arriba. Cuando el miedo disminuye, cambia de dirección y vuelve hacia el lugar donde una vez estuvo el coche. Se asoma al vacío y busca cómo bajar, pero es imposible.
Ese miedo no solo es a morir, sino también a perder su vida. Su matrimonio, su casa, su familia, su estabilidad y todo lo que conoce. A perder el único secreto que ha tenido nunca, lo que le convertía en alguien especial o lo que le hacía querer vivir un día más.
Tarda cinco horas en llegar caminando hasta su casa. En el trayecto, no para de repetirse que no pudo hacer nada más y que probablemente ella no habrá sobrevivido a la caída. Al entrar, se acuesta al lado de su mujer, pero no puede dormir. Más tarde, sus pensamientos desordenados le llevan hasta su anillo de casado. Se levanta, busca en su pantalón y ahí está. Tras ponérselo, vuelve a acostarse. Su mujer se despierta y mira el reloj que tiene en la mesilla de noche.
Jairo… ¿Llegas ahora? Son las cinco, dice.
Llevo aquí un rato, contesta él.
Vale, vale.
Jairo se hace una promesa, no dirá nada de lo que pasó esa noche, aunque siempre le quedará la duda de si pudo salvarla o no. Tampoco volverá a ser él mismo nunca más. Pero a diferencia de las hormigas, de la marquesina de la parada de guaguas y de la casa, todos los que le conocen se darán cuenta.
I
EL FUEGO
1
Había bajado la temperatura solo tres grados, pero era suficiente como para tener frío en la calle cuando desaparecía el sol. Nisa se calienta las manos con la llama del mechero que le ha robado a su padre. Es un mechero amarillo, el más barato, el más normal. Todos los mecheros de su padre son iguales. Los compra siempre amarillos para que no se los robe nadie. Cada vez que lo prende, el fuego ilumina su rostro y su cabello rizado, más rizado que de costumbre por la humedad que había esa tarde en el paseo marítimo. Ha caminado cinco kilómetros para llegar hasta allí y sus pies todavía están calientes, pero no tardarán mucho en enfriarse, por eso no se sienta y sigue dando vueltas alrededor de las tres casas desperdigadas que hay por la ladera. En el primer chalet no vive nadie desde hace años, las ventanas tienen verjas y los dueños vienen de vacaciones de vez en cuando. En el segundo vive una familia que ríe demasiado, come demasiado y ve demasiadas cosas en la tele todos juntos. En el tercero hay una pareja de casi sesenta años. No hablan mucho ni se miran y cada uno parece hacer su vida por separado. Mientras ella lee, él juega con su móvil. Cuando ella merienda, él hace un crucigrama. Si él arregla el jardín, ella toma el sol. Pero siempre lo hacen en contacto. Sus pies se tocan, él acaricia el brazo de ella o se cogen de la mano. Nisa piensa que esa debe de ser la relación perfecta y que por eso llevan tantos años juntos. Donde acaba el jardín de la pareja perfecta empieza la finca que pertenece a los apartamentos turísticos, los únicos que hay en ese valle.
Nisa solo tiene que esperar una hora más para que el chico de la recepción se vaya. En una hora se pueden hacer muchas cosas. Es lo que tardaría en leer unas cincuenta y cinco páginas del libro que tiene a medias. Es el tiempo que invertiría en ver casi tres episodios de la serie a la que lleva enganchada desde hace un año. Es lo que le costaría llegar hasta el otro lado de La Palma, a la capital, donde puede dar vueltas sin que nadie la conozca. Pero esa noche no tiene ni libro, ni serie ni la posibilidad de estar lejos.
La primera vez que lo vio, le pasó algo que no le pasa con muchos chicos. Imaginó cómo sería su vida, qué le gustaría hacer en sus ratos libres, qué desayunaría o cómo besaría. También se preguntó cómo sería su cuerpo debajo de ese uniforme color azul cielo, si tendría ya pelos en el pecho o qué tipo de ropa interior usaría. Mientras lo observa, el chico coge el teléfono y atiende tres o cuatro llamadas, es entonces cuando Nisa tiene la necesidad de saber cómo será su voz y busca en el móvil la página web del alojamiento. Apartamentos El Valle, tu lugar de descanso y aventura en el centro de La Isla Bonita. Marca y llama, el chico mira el teléfono con desdén antes de cogerlo.
Apartamentos El Valle, le atiende Jose, ¿en qué le puedo ayudar?, dice la voz al otro lado del móvil.
Analiza si la voz encaja con el cuerpo que lleva días observando. Quizá es demasiado grave para su tamaño o para su edad.
Hola, buenas noches, mira, quería saber precio y disponibilidad de una habitación, dice Nisa.
Muy bien, ¿cuántas personas?
Dos, somos una pareja.
¿Y cuándo tienen pensado venir?
La semana que viene, dos noches, de viernes a domingo.
Genial. Te lo miro.
Gracias.
Tiene una sensación muy extraña al verle. En el teléfono suena feliz y sonriente, pero su cara no tiene ninguna expresión. El chico se queda un segundo mirando al frente, en dirección a Nisa. Ella siente que la ha descubierto y cuelga. Ve como el chico, Jose, habla solo antes de colgar. Su inexpresividad ha pasado a ser una mezcla entre enfado y cansancio. Ahora se siente un poco tonta por haberle cortado, está a cien metros de él y protegida por la oscuridad, es imposible que la haya visto.
A las diez, el chico apaga la pantalla del ordenador, se levanta, comprueba que todas las ventanas y puertas están cerradas, coge un Clipper de fresa de la máquina de vending que hay fuera y sale. A las diez y cinco, el chico ya está en su casa, que es uno de los apartamentos de la finca, el único que no está decorado para turistas.
Ojalá no quede Clipper, piensa Nisa. Y ese cambio en su rutina le haga volverse loco.
Jose da el último sorbo a su lata antes de tirarla al cubo de basura que hay en la entrada de su casa. Abre la puerta y enciende las luces. Los muebles antiguos de madera oscura contrastan con su piel pálida, su pelo decolorado y su uniforme, que ha perdido su color original después de tantos lavados. Pese a que su aspecto choca con ese lugar, se siente en casa. Sube al piso de arriba, se mete en el baño y se desviste con cuidado para no rozar el plástico que cubre su último tatuaje. Tiene todo el pecho lleno de pequeños dibujos con trazos muy finos, inconexos entre sí y separados los unos de los otros por distancias desiguales. El que solo existe desde hace unos días es una porción de pizza y decidió hacérselo porque el día anterior había cenado una que estaba muy buena. El primero se lo hizo con catorce años. Es una fecha: 19/09/2015. Es el único de sus tatuajes que tiene un sentido, pero cuando se lo preguntan siempre miente. También es el único del que se arrepiente porque cada vez que lo ve siente una pequeña náusea en el estómago. Cuando le preguntan por el resto dice la verdad, pese a que con la verdad no satisface nunca a los que buscan algo más. Se ducha y antes de ponerse el pijama vuelve a ver la fecha reflejada en el espejo del baño. Otra vez siente esa náusea.
Jose tiene quince minutos para hacer la cena antes de que llegue Pedro, su padre. Hay tantas cosas en la nevera que no sabe qué escoger, aunque muchas de ellas están ya malas. Al final salva una berenjena, tres cebollas y queso que está duro por no haberlo tapado. Coge su teléfono y se lo acerca a la boca.
Qué cocinar con berenjena, cebolla y queso, dice Jose.
Esto es lo que he encontrado, responde una voz robótica.
Va pasando de receta en receta hasta elegir una. Berenjenas rellenas de cebolla y queso. Jose se ríe solo. Mientras pela y corta los alimentos deja el móvil en la mesa y pone vídeos de fondo. En la pantalla se reproduce uno tras otro. El que está viendo ahora se titula Try Not To Laugh Watching Funniest Pranks. Vuelve a reírse solo. El sonido del vídeo se corta por el timbre de una notificación. Aparece escrito Papá. Mensaje. Hace clic para leerlo y deja el vídeo a medias.
Llego tarde
Vete cenando si tienes hambre
Jose contesta.
Ok
No le gusta cenar solo o más bien no le gusta el silencio. Cuando cena con su padre, no ponen la tele, su conversación es poca, pero repasan todo lo que han hecho en el día. Hoy no tenía nada interesante que contar, las clases bien, la tarde bien. Solo podía quejarse de la llamada de esa chica que le ha colgado a la mitad. Criticar a los turistas siempre es un punto de unión entre padre e hijo.
Si Pedro no viene a cenar, Jose pasa de hacerlo en la mesa del comedor, coge su plato, un trozo de papel de cocina y se sienta en el sofá frente a la tele. La enciende y empieza su búsqueda. Con solo estar un segundo en cada canal, ya sabe que no ponen nada que le interese. Coge el móvil y acaba leyendo un artículo que se titula Las 50 mejores series del año 2018 que no puedes perderte, pero sigue sin encontrar nada que le apetezca. Al final decide volver a ver una que ha visto tantas veces que casi es una melodía de fondo, como cuando su padre se pone la radio en la recepción. Ha tardado más de veinte minutos en decidir qué ver y al probar la cena ya está fría, así que recalienta su plato en el microondas.
Nisa lleva días observando cuál de los apartamentos está vacío. Hay uno que nunca tiene la luz encendida, será porque es el único que no tiene vistas al mar y nadie viaja hasta allí para tener vistas a la montaña. Sabe que hay un pequeño hueco en la valla que separa los chalets de la terraza de uno de los apartamentos. Se agacha y se cuela por el agujero, muy lentamente para no pincharse con los alambres sueltos. Anda como un dibujo animado, tratando de no hacer ruido, sin ser consciente de que ya en su día a día ella es una persona silenciosa.
Nisa rodea el apartamento e intenta entrar por la puerta trasera, pero está cerrada; prueba por la principal y ocurre lo mismo. Aparenta tranquilidad, pero su corazón va más y más rápido, quizá porque sabe que lo que está haciendo no está bien, pero también porque sabe que si la pillasen tampoco pasaría nada grave. En silencio, va probando una a una las ventanas, desliza las manos por el cristal de la tercera y consigue abrirla con facilidad. Apoya las manos en el poyete, que es de piedra negra como el resto de la casa, y salta hasta colocar el culo en él. Pasa una pierna, luego la otra y se deja caer.
Sus sospechas eran ciertas, nadie ha estado en ese lugar en meses. La mesa está llena de polvo, huele a humedad y la casa está helada. Va hasta una de las habitaciones y busca en el armario algo con lo que abrigarse, encuentra una manta vieja y se envuelve en ella. Nisa se lanza al sofá y enciende la tele; cree que nadie puede descubrirla. Mientras el presentador del concurso habla, se siente protegida, como si nada ni nadie pudiese hacerle daño. También se siente un poco sola, aunque está acostumbrada a ese sentimiento. Saca el móvil y le escribe a su madre un mensaje:
No ceno en casa, estoy con estas
Nisa levanta el teléfono y se hace una foto; parece triste, se recoloca y dispara otra vez, fuerza el gesto, en esta parece un poco más feliz. Dispara un par más en esa misma postura, el flash ilumina su falsa sonrisa. Escoge la foto en la que se ve más guapa, retoca sus labios, sus ojos y la sube a Instagram con un emoji de un corazón negro. En los diez primeros minutos la fotografía recibe veinticinco likes y tres comentarios. El primero de ellos es de @elchicodelavozenoff y dice «bellaaaaaaaa <3». Los otros dos solo son una mezcla de llamas y corazones. En ese tiempo no ha recibido ningún mensaje privado. Para que su decepción no vaya a más, cierra Instagram y abre Tinder. Actualiza su perfil con la nueva foto y comienza a ver perfiles de chicos y chicas y a dar muchos más corazones que equis. Hace match con Víctor, 20, y Elena, 19. La última le escribe un mensaje que solo dice «Interesante…» con puntos suspensivos. Víctor escribe un clásico «hola q tal». El rostro de Nisa no cambia ni un milímetro al leer los mensajes, en realidad no tiene ganas de hablar con nadie pese a que es lo que buscaba desde que se hizo la foto. Piensa en lo automático que es todo lo que acaba de hacer. Al final ella es como el chico de la recepción; cuando cierra la pantalla, comprueba las ventanas, saca un Clipper de la máquina de vending y se marcha a casa.
Si alguien me observase a mí, pensaría lo mismo que yo pienso de él. Se dice a sí misma.
Jose se masturba en su habitación, tiene la mirada fija en un punto del techo. Hace unos minutos que ya no hace caso a las ocho pestañas que tiene abiertas con vídeos porno. Su respiración se agita. Siempre le pasa lo mismo; empieza viendo un vídeo, luego pasa a otro y a otro y después se agobia al no saber cuál elegir. También se agobia cuando piensa en todo lo que hay detrás del porno, en si lo que está haciendo está bien, en si su visita número ocho mil trescientos veintiocho será la decisiva para mantener una industria maligna. Es entonces cuando deja de mirar los vídeos y empieza a pensar en alguna chica de su clase, como Clara, Marta o Irene y eso, a veces, le parece que está aún peor. Sin saber muy bien cómo, consigue acabar, coge el trozo de papel higiénico que tiene ya cortado en la mesilla, se limpia y lo lleva hasta el baño. Intenta no hacer ruido porque su padre ya está dormido.
Al levantar la tapa de la vasija, Jose mira por la ventana y le llama la atención una luz parpadeante que sale de una de las casas. La única que cuesta alquilar porque no tiene vistas al mar. Se pone nervioso y piensa en despertar a su padre, pero en lugar de eso, decide apagar la luz del baño para que no puedan verle a él. La luz parpadeante se apaga de repente y la respiración de Jose se agita mucho más que hace unos minutos, cuando su única preocupación era conseguir correrse.
Joder, joder, joder, joder… es lo único que puede pensar Jose mientras intenta saber qué hacer.
La puerta de la casa se abre y una chica sale, aunque él solo consigue ver una silueta. La chica cierra con cuidado, como si no supiese que ya ha sido descubierta, se cuela por la valla y desaparece en la oscuridad.
Los «joder» en la cabeza de Jose se van espaciando.
No despiertes al viejo, se dice a sí mismo. Puede haber más personas. Esto es culpa tuya porque te habrás dejado la puerta abierta. No seas cobarde y vete a mirar.
Pese a haberlo hecho miles de veces, el camino hasta el apartamento esta vez es diferente. No se fija en el cactus moribundo que está junto al empedrado, ni tampoco en el banco comido por la humedad y que sabe que debe lijar, barnizar y pintar desde hace meses. Jose piensa en cómo lo más rutinario se vuelve algo nuevo cuando estás nervioso, cuando tienes miedo.
Al abrir la puerta del apartamento no le llega el olor a humedad, huele a colonia. Una mezcla de frambuesa y chicle que le recuerda a Clara, a Irene o a Marta, bueno, le recuerda a cualquiera de las pocas chicas de su edad con las que habla. La mesa está llena de polvo, y aparentemente no hay nada que esté descolocado. La televisión está en su sitio, y no hay nada más de valor en toda la casa. Aun así, revisa los cajones de la cocina y del baño; tampoco se han llevado el secador. En el armario, la caja fuerte sigue abierta, nadie guarda nunca nada ahí. A Jose le llama la atención lo bien doblada que está la manta. Siempre las dobla él y nunca consigue que le queden las cuatro esquinas juntas.
La foto de Nisa arropada con la manta ya tiene setenta y ocho likes. Los cinco perfiles que le han escrito por Tinder le han hecho desactivar su cuenta otra vez. Enciende la linterna del móvil para iluminar el camino de vuelta a casa, aunque apenas le queda batería. Todos duermen cuando ella llega. Coge las sobras de la cena, unos huevos fritos helados con unas papas duras, y se las lleva a la habitación sin ni siquiera calentarlas. Después de cenar se tumba en la cama y desliza la mano entre sus piernas. Nisa, a diferencia de Jose, no mira a un punto fijo del techo: cierra los ojos.
2
¿Dónde están las velas?, pregunta Yeray.
Escondidas en el cajón de los paños, contesta Mar.
Ella coloca las velas en la tarta y él saca los platos. Parecen estar sincronizados. Nisa no recuerda cuándo fue la última vez que vio así a sus padres, quizá en otro cumpleaños de Hari, o quizá mucho antes, en alguna Navidad cuando ella era pequeña.
Es curioso lo bien que se les da mentir juntos, piensa mientras los observa desde el salón.
Cada vez que los pilla en una de sus mentiras, el cuerpo de Nisa se agarrota, como si recibiese un golpe o estuviese enferma de repente. El enfado con sus padres le suele durar unas horas como mucho y pierde fuerza después. Al final no tiene mucho sentido odiarlos por ser unos mentirosos cuando ella también lo es. El día que se enteró de que los Reyes Magos no existían, no lo dijo en casa, no quería interrumpir la función de teatro de sus padres. A ellos les encanta mantener esa idea de familia feliz y Nisa no iba a ser quien estropease su fantasía.
A su lado está Hari, su hermana pequeña, abducida por la película de dibujos que está puesta en la televisión. Cuando las luces se apagan, ella no deja de mirar la pantalla, pero cuando la canción de Cumpleaños feliz empieza a sonar, Hari busca con su mirada la tarta, las velas y la idea de familia perfecta en la que todavía cree.
Nisa, en lugar de sentir alegría por su hermana, siente lástima. Le recuerda a sí misma hace doce años y piensa en todas las pequeñas decepciones que habrá acumulado cuando tenga diecisiete. En realidad, de la que siente lástima es de sí misma, atrapada en esa casa mientras lo único que quiere es estar sola en su apartamento con vistas a la montaña.
Hari sopla las velas y abre los regalos. Le han comprado de todo. Dos muñecas, muchos cuentos y un peluche con forma de unicornio, demasiado rosa y demasiado grande. Nisa se entretiene montando el castillo de miniaturas que también le han regalado y al que apenas ha hecho caso.
¿Unas fotos?, dice Mar.
Sí, contesta Yeray.
¡Sí!, repite Hari imitando a su padre.
Yo se las hago, contesta Nisa.
No, ponemos aquí el móvil y así salimos todos.
Claro, con el automático, apunta Mar.
Diez, nueve, ocho, siete… la luz del teléfono cada vez parpadea más rápido y suena ese disparo que imita al de las cámaras antiguas. Mar coge el móvil para ver cómo ha quedado la foto.
Hija, sales muy seria. Vamos a repetir, ¿vale?
Que no, mamá, que está bien así.
Venga, hija, otra.
La familia vuelve a colocarse. Nisa tensa la cara intentando sonreír, pero es incapaz. Tres, dos, uno… suena el disparo de nuevo. Y al coger el móvil, los ojos de Mar se clavan en Nisa.
¿Otra vez?
El padre coge el móvil.
¿Ni el día del cumple de tu hermana puedes sonreír un poco?
Si ya estoy sonriendo, contesta Nisa.
Ya veo cómo sonríes.
No entiendo por qué siempre tienes que estar de malas, dice Mar.
Chacha, déjame en paz, suplica Nisa.
Hari siente la tensión. Ya no es tan pequeña como para no notar que su feliz cumpleaños no es tan feliz. Nisa decide callarse. En ese preciso momento se teletransporta y se arropa con su manta vieja. Se sienta en su sofá con olor a humedad y se oculta en la noche, sin encender ni una luz para que no la descubran. Allí no tiene que aguantar gestos ni miradas que le hagan daño, lo único que tiene que aguantar es el tiempo. Las cinco horas que pasan desde que cae el sol hasta que puede volver a casa porque ya están todos dormidos.
Es un poco confuso cómo empezó a pasar. Nisa tenía, o bueno, tiene, ni ella misma lo sabe muy bien, una mejor amiga que se llama Gara. Nisa siempre iba a su casa después del colegio, jugaban, hacían los deberes, y un día, a eso de las nueve, la madre de Gara le preguntó si quería quedarse a cenar. Ella escribió a su madre:
Puedo quedarme a cenar en casa de Gara?
Mar contestó:
Sí
Al principio, a Nisa eso la hizo muy feliz. Con el tiempo, quedarse a cenar en casa de Gara pasó de ser algo especial a una costumbre, y la pregunta que cada noche le hacía a su madre dejó de ser una pregunta. Solo escribía:
Me quedo a cenar en casa de Gara
Las respuestas de Mar variaban de «vale» a «ok» o a «recibido» y el sentir que nadie la esperaba en su propia casa empezó a ponerla triste.
Con quince años, después de meses cenando en casa de Gara, las dos amigas se pelearon. Ni siquiera recuerda bien el porqué, pero sí recuerda notar cierta incomodidad al estar cerca de su amiga. Una incomodidad parecida a la que sentía con su propia familia. Ese día, Nisa decidió no quedarse a cenar, pero ya había mandado el mensaje a su madre diciéndole que no iría. Le dio tanta vergüenza tener que explicar lo que había pasado que prefirió dar vueltas sola por el pueblo. Gastó todo su dinero en un sándwich empaquetado de la tiendita del centro y volvió andando a casa porque no tenía para pagar la guagua.
En estos dos últimos años Nisa ha aprendido que es más fácil evitar estar en casa cuando no hace frío. En verano se queda sola en la playa, sube a la caseta de los socorristas si hace viento y espera mirando al mar a que sea la hora de volver. En invierno todo es más complicado. Tiene que esforzarse en ser más simpática en clase, buscar planes que llenen sus tardes y amigos que la inviten a cenar. Nadie parece ver que no quiere estar en casa, todos piensan que es la última en irse porque es la más divertida, la que nunca se cansa, la más libre.
Nisa tira a la basura los restos de tarta que quedan en su plato. Recoge la mesa y dobla los trozos de papel de regalo que hay por el suelo. Quiere compensar de alguna manera lo que ha pasado. Se asoma al pasillo, intentando ver si la luz del cuarto de su hermana está encendida. Hari lee un cuento que le han regalado esa misma tarde. Al entrar en la habitación, Hari ni siquiera aparta la mirada de las páginas.
¿Te ha gustado tu cumple?
Sí, Hari mira a Nisa.
¿Te lo has pasado bien?
Sí.
¿Cuál es el regalo que más te ha gustado?
Hari murmura, señal de que está pensando qué decir.
No sé, todos.
¿Pero el qué más, el qué más?
Hari levanta la mano con el cuento.
Este.
Mentira.
Hari se vuelve a reír.
Perdona si chafé un poco tu cumple, dice Nisa.
Hari no contesta, la mira, confusa.
Yo no quería discutir.
Vale, concluye Hari.
Nisa sonríe, besa a su hermana y sale del cuarto. Odia sentirse mal sin saber si ha sido culpa suya o no. Hace unas horas tenía claro que no había sido por ella, pero ahora ya no lo sabe.
Jose mira el reloj y ve que son las once y treinta y tres. Si a esta hora no ha llegado, es posible que esta noche la chica no venga. Hace semanas que la ve colarse en el apartamento. Los primeros días revisaba después de cada «visita» si se había llevado algo o había provocado algún desperfecto para convencerse de que tenía que hacer algo ya y contárselo a su padre o llamar a la policía. Pero siempre estaba como lo había dejado la noche anterior.
Luego empezó a observarla con cuidado. La chica cogía una manta, se sentaba en el sofá y ponía la tele. No entendía qué clase de persona hacía eso. Una noche consiguió verle la cara cuando salía del apartamento y le pareció reconocerla. Era de su edad y alguna vez la había visto en la playa; una chica guapa, con pelo rizado, tez morena y ojos claros.
Esa misma noche estuvo buscando entre los perfiles de sus amigos hasta que la encontró en una de las fotos de las fiestas de las hogueras del año anterior. El mismo pelo rizado, la misma tez morena y los mismos ojos claros, aunque un poco rojos por el reflejo del flash. Se llamaba Nisa y vivía al otro lado de la montaña. Tenía diecisiete años, una hermana pequeña y estudiaba en el instituto público El Paso. Parecía una persona especial o quizá era algo que solo veía él. En una de las fotos salía envuelta en una de las mantas del apartamento. Cuando la vio, Jose sonrió.
Decidió ponerle todavía las cosas más fáciles y empezó a dejarle la puerta de atrás siempre abierta, como si fuese un descuido. Así no tendría que saltar por la v
