1
Dicen que para solucionar cualquier problema el primer paso es reconocer que lo tienes, y la verdad es que, visto asÃ, parece fácil. Como si reconocer algo no fuese más que un trámite, una diligencia anodina consistente en admitir aquello que ya se sabÃa pero que, por alguna razón estúpida y caprichosa, uno se empeña en negar de manera sistemática. SencillÃsimo, vaya. Poco menos que un juego de niños si no se pasase algo por alto. Algo importante, fundamental. Y es que, para reconocer, primero siempre hay que conocer; es decir, percatarse, notar o percibir, pues difÃcilmente puede admitirse algo que se ignora.
Yo misma, por ejemplo, hasta hace poco ignoraba que era una cobarde. Que soy bastante soberbia sà que lo intuÃa, más que nada porque es casi lo único que llevan reprochándome en serio mi padre y mis hermanas desde que tengo uso de razón. Pero ¿cobarde yo? No lo habrÃa imaginado jamás. Nunca. De hecho, llevo —o llevaba— toda la vida considerándome osada y transgresora, diferente, mejor incluso, y pavoneándome por ello dÃa sÃ, dÃa también, con unas Ãnfulas que ahora se me antojan de lo más ridÃculas y cuyo recuerdo aún me sonroja, provocándome dolorosas punzadas de vergüenza. Un recuerdo no muy lejano, todo sea dicho, porque aunque esta historia comenzó meses atrás, su absurdo desenlace se produjo hace apenas unas semanas. Una resolución que por mucho que mi padre se empeñe en considerar necesaria y, por eso mismo, acertada, a mà solo me parece triste. Triste, cobarde e indecorosa. Y con el amargo regusto que le queda a una al descubrir que ha estado demasiado tiempo haciendo el gilipollas.
Me llamo Elena Garcinuño, por cierto, y voy a cumplir treinta y cuatro años.
El último sábado de enero, hace casi siete meses, llamé a mi hermana pequeña en estado de shock. Al principio, como viene siendo lo habitual en estos casos, Natalia se cabreó con Alberto. Aunque quizás «cabrear» no se ajuste del todo a la sarta de improperios que le dedicó, que lo puso de vuelta y media. Es probable que aquel dÃa no jugase a favor de Alberto el hecho de que mi hermana no le ha tragado nunca y que los últimos cinco años, por educación y porque me quiere, se ha limitado a dejarme caer, como si fuera una observación objetiva y sin malicia, que es un blandengue y que no entiende qué veo en él. Con lo macarra que es Natalia, todo un detalle por su parte. Asà que durante esa conversación telefónica no desaprovechó la oportunidad y se desquitó a gusto; y no se le pasó por la cabeza concederle siquiera la presunción de inocencia.
De todas formas, como esto es a toro pasado y estoy intentando ser sincera y despiadada conmigo misma —y valiente, claro—, reconozco que llamando a Natalia sabÃa perfectamente dónde me metÃa y que eso era justo lo que buscaba. Pero es que la situación era de todo menos simple y lo que yo tenÃa esa mañana era el orgullo dolorido y un ataque de cólera monumental y descontrolado que me urgÃa canalizar antes de verle. Que estaba llorando a moco tendido, vamos. Mientras aporreaba la pantalla del teléfono era consciente de que, si me lo hubiese encontrado dándose un revolcón con otra, o intentándolo, habrÃa sido todo muchÃsimo más fácil. Sobre todo por lo espontáneo. Conociéndome, seguro que le habrÃa abofeteado, escupido e insultado, y que después me habrÃa escapado a gimotear y a seguir injuriándole en algún bar, alternando amigas y familia. Y copas, eso por supuesto, mogollón de copas. La cuestión —y aquà residÃa el problema fundamental, mi problema fundamental— era que no le habÃa pillado, asÃ, con las manos en la masa como quien dice, sino un mensaje antiguo en su Facebook que, además de parecer una despedida, por lo menos temporal, resultaba bastante ambiguo. Eran apenas tres lÃneas, tal vez cuatro, y aunque no era sexualmente explÃcito en su contenido, el hecho de no conseguir ubicar a la remitente —una tal Pilimindrina— en mi lista mental de legÃtimas amistades femeninas de Alberto, ni lograr identificarla por su foto de perfil —una figura sin contornos ni facciones, a lo lejos, frente a lo que me pareció el Coliseo romano— disparó todas mis alarmas.
Ella, Pilimindrina —apodo que me la sugerÃa traviesa e inocente al mismo tiempo, como pilindri o pelandrusquilla, una aleación irresistible para cualquier ego masculino—, habÃa escrito, hacÃa más o menos un año, que le habÃa hecho muy feliz conocerle, que desde aquellos dÃas pasados juntos en Barcelona no habÃa podido dejar de pensar en él, en las circunstancias que les impedÃan mantener una relación más estrecha, y que esperaba con ilusión y expectativa que el destino volviera a ponerlo en su camino pronto. Bla, bla, bla. Un zorrón en toda regla, concluÃ, pues si hablaba de circunstancias adversas es que sabÃa de mi existencia. Y se la sudaba.
Lo peor, no obstante, era que Alberto, mi en teorÃa entregadÃsimo novio, le habÃa contestado unos dÃas después en un tono similar: «A mà también me ha encantado conocerte, han sido unos dÃas mágicos. Me he sentido muy a gusto contigo, en serio, y confÃo en volver a verte pronto, aunque tengamos que hacerlo a escondidas. Si vienes a Madrid, avÃsame, ya sabes cómo encontrarme».
Aun a riesgo de parecer una neurótica, confieso haberme aprendido la respuesta de memoria, emoticonos incluidos, pero es que tuve que repasarla varias veces para confirmar que de verdad ponÃa eso y no otra cosa, tal era mi desconcierto. Que vaya ingenua, se burlaba Natalia, como si no estuviese clarÃsimo lo que significaba. Menudo cabrón, cabronazo, pedazo de cabrón, repetÃa machacona. Peor que eso, decÃa, una mosquita muerta es lo que es. Y es que Alberto —Albertito, como lo apodó despectiva nada más conocerle—, el novio ideal, guapo y pijo, la envidia de todas mis amigas, el más estupendo, detallista y sacrificado, siempre respetando mis tiempos y sin presionarme, nunca me habÃa dado motivos para sospechar de él.
—Y ya ves por dónde te ha salido al final —ironizaba mi hermana, supurando amargura—. TÃa, Elena, si es que estaba cantado que no podÃa ser tan perfectito.
—…
—¿Elena? ¿Sigues ah�
HacÃa rato que habÃa dejado de llorar, pero tampoco la escuchaba ya. Era como si, poco a poco, le hubiese ido traspasando toda mi rabia a Natalia a través del teléfono, cediéndole la responsabilidad de la pataleta, y empezaba a acusar el cansancio de una resignación derrotista.
—SÃ, perdona, estaba pensando.
—Pues deja de pensar tanto y llámale, joder. Que vaya a casa ahora mismo y hablas con él —gritaba indignada—. ¡Y le mandas a la mierda! ¿Me oyes? ¡A la mierda, tÃa!
Suspiré, de vuelta a la realidad y, ya más calmada, encendà otro cigarro.
—Te oigo, sÃ. No te preocupes.
Un cuarto de hora más tarde, después de asegurarle por enésima vez que estaba mejor, y de prometerle que serÃa arrogante y despiadada, conseguà colgar el teléfono a mi hermana. El impacto inicial se habÃa diluido y, a pesar de todas las incógnitas no resueltas, me sentÃa preparada para enfrentarme a la situación como se suponÃa que debÃa, es decir, con más rabia que desconcierto.
Respiré hondo y arrojé el móvil al otro lado del sofá. El café se habÃa quedado frÃo, tenÃa tabaco de sobra, el portátil de Alberto, prueba irrefutable del delito, abierto sobre la mesa del salón, y todo un sábado por delante para gritarle a mi futuro exnovio que era un gilipollas y una mala persona sin las formalidades que se suelen guardar, imagino que por pudor, en los espacios públicos. El escenario perfecto para un acontecimiento de ese calibre, pensé. Solo me faltaba él, que como casi todos los sábados por la mañana se habÃa ido a jugar al pádel y no me cogÃa el teléfono. TodavÃa tardarÃa una hora en llegar.
Dos cigarrillos después, empecé a ponerme nerviosa. En el silencio de la espera no habÃa podido evitar ignorar las órdenes de mi hermana y seguà dándole vueltas al asunto. A los mensajes, más bien, que era lo único que tenÃa. Intentaba situarlos en el tiempo, cotejarlos con los sucesos de entonces, hacÃa justo un año: su viaje a Barcelona poco antes de irnos a vivir juntos, al fin, tras tres años de relación y varios meses de insinuaciones por parte de Alberto; la ilusión de la búsqueda, cuando decidà dejarme llevar y formalizar el vÃnculo. QuerÃa encajarlos en su momento, precisos, con la esperanza de discernir la mentira en la que habÃa estado viviendo el último año de mi vida. Porque no era posible no haber notado nada, me decÃa. Por narices, pensaba, tenÃa que haber habido algo sospechoso; no sé, un gesto comprometido, una actitud taciturna o demasiado melancólica, algún comportamiento extraño que, por mucho que me pasase desapercibido entonces, sin mayor importancia, ahora tendrÃa que revelarse evidente, ¿no? Me acordé de una pelea, recién mudados, por una cómoda horrorosa que nos regaló su madre y que yo me negué a poner. Alberto me gritó por primera vez en su vida. También recordé la boda de alto postÃn de su primo, el verano pasado, en la que me pasé de morros toda la noche por una tonterÃa, amargándole la fiesta a él y quedando como una maleducada con toda su familia. Y la despedida de soltera de Nuria unos dÃas más tarde, en la que estuve planteándome en serio liarme con el camarero guapo de aquel bar de mala muerte en el que acabamos, disfrazadas de monjas, a las tantas de la mañana. No pude eludir el recuerdo de Pablo, y las horas desperdiciadas indagando su perfil de Facebook empezaron a torturarme. El suyo y el de la chica con la que, desde hacÃa unos meses, aparecÃa en todas las fotos, a la que inspeccionaba en busca de una celulitis que no tenÃa, o la mueca hastiada, que tan bien conocÃa, de Pablo a su lado. Una explicación digna a qué tendrÃa ella que no habÃa tenido yo. Y empecé a perder la compostura, claro, porque por parte de Alberto no encontraba nada evidente, ni mucho menos rotundo, pero por la mÃa rebosaba miserias. Mi propia culpa amenazó peligrosamente con quitarme el derecho a estar muy indignada y eso, en mi situación, no me beneficiaba en absoluto.
Se me ocurrió entonces que podrÃa rellenar la espera con alguna actividad productiva para dejar de pensar y me pareció una idea cojonuda. Entre hacer las camas o la compra por internet, me decanté por lo primero, porque, total, me dije, qué iba a comprar ya si no sabÃa siquiera si volverÃa a comer en esa casa. Ni a dormir tampoco, es verdad, pero tenÃa que ocupar las manos con algo, por muy ridÃculo que fuera, o me iba a dar un sÃncope. Asà que me levanté del sofá y, frotándome los ojos, anduve como una autómata hasta la habitación. Me quedé clavada en el umbral. Y es que en ese momento ocurrió algo. Algo que, en mi opinión, cambió el curso de mi destino, del de todos, para bien o para mal. Aunque eso, como siempre, depende de a quién se pregunte.
2
La vida, la de cada uno, no necesita demasiado para desmoronarse y perder el sentido que le damos, por muy despegados que hayamos sido con ella, hasta volverse irritante. Me lo dijo mi padre, distraÃdo, en medio de una charla tardÃa y en apariencia inocua, pero que fue decisiva en el desenlace de esta historia. Hablaba de sà mismo, pues no sabÃa lo que me ocurrÃa a mÃ, de lo que sintió cuando mi madre murió y nos quedamos todos, de la noche a la mañana, en una casa huérfana y sin timón. Y lo dijo aséptico y desapasionado, como corresponde a aquello que, por inapelable, no teme ser juzgado.
A mÃ, aquella mañana de enero, un ridÃculo mensaje de Facebook me exterminó en un segundo todo lo demás y no me dejó acordarme de qué dÃa era ni en qué mundo vivÃa hasta que llegué a mi habitación. AllÃ, jirones de papel de colores sobre la cama me devolvieron a mi realidad, de pronto tan superflua y poco apetecible, recordándome de paso qué hacÃa trasteando a escondidas en el ordenador de Alberto y, sobre todo, lo inoportuno del hallazgo. Porque no solo resultó que era el treinta y cinco cumpleaños de mi novio, sino que, además, para esa noche le tenÃa preparada una fiesta sorpresa con un montón de gente que no conocÃa.
—¡Mierda! —chillé, dándole una patada a la puerta.
Se me agitó la respiración. Tranquila Elena, pensé, cálmate. Las fiestas se anulan, ¿no? Los cumpleañeros se ponen enfermos, las casas se queman, las abuelas se mueren; en fin, que a mi disposición tenÃa un arsenal de excusas socialmente adecuadas que solÃan aceptarse sin rechistar y podÃa tirar de cualquiera de ellas. Total, me decÃa, si a esas horas solo tenÃa confirmados a los habituales, a un puñado de desconocidos rescatados con secretismo de su pasado —gracias a Facebook— y en lo que a organización se refiere, por no levantar sospechas todavÃa no he comprado ni las bebidas. Tranquila, Elena, respira.
Pero no conseguà calmarme y allà mismo me falló la serenidad, hiperventilando ante cuatro trozos de papel de regalo; y me entraron las prisas, de nuevo, por identificar indicios en el pasado —y en el presente también—, si de verdad, pero de verdad, no noté algo extraño entonces, si lo notaba ahora, si no habrÃa estado siempre equivocada con Alberto y su falderismo casi enfermizo. ¿Cómo podÃa haber sido tan imbécil?
—Alberto te quiere muchÃsimo más a ti que tú a él —me habÃa reprochado MarÃa unos meses atrás en la despedida de soltera de Nuria. HabÃamos bebido mucho y le patinaba la lengua—. Vuestra relación no es justa.
—Anda ya, MarÃa, no digas chorradas —repliqué burlona, sintiéndome de pronto culpable por llevar toda la noche tonteando con un desconocido—. Que no quiera casarme no tiene nada que ver con él.
Con un «lo que tú digas» bastante despectivo zanjó la discusión, aunque no era la primera vez que alguien, sobre todo amigas, como MarÃa, me habÃa llamado la atención acerca de este punto, haciéndome sentir incómoda. El fastidio, sin embargo, no me lo producÃa lo desacertado del comentario, sino al contrario, la seguridad morbosa que me invadÃa sabiéndome imprescindible. Alberto, me daban a entender, me querÃa demasiado como para dejarme o hacerme daño. Y yo, soberbia y engreÃda, me lo habÃa creÃdo.
Por su parte, todo hay que decirlo, él tampoco se habÃa esforzado por desmentir la teorÃa de nuestro entorno, jugando con maestrÃa el papel de novio entregado y por tanto vÃctima resignada de mis estúpidos caprichos. Porque, como me preguntaban mis amigas con más insistencia cada vez, ¿qué me costaba casarme? ¿No me resultaba ridÃculo seguir llamándole novio después de tantos años y viviendo ya juntos? ¿A nuestra edad? Esas recriminaciones encubiertas resumÃan los dos elementos que, en mi negativa, le resultaban a todo el mundo especialmente cojoneros. El primero de todos, por supuesto, la edad. En mi castizo cÃrculo de niñas bien, a los treinta y tantos la que no se habÃa casado todavÃa era porque, la pobre, no tenÃa con quién. A la que sà tenÃa, las reglas del decoro y el buen gusto la obligaban a pasar por el altar, pues o eras gay y te dedicabas a la moda, o solo habÃa una cosa más hortera que empezar a decir «mi pareja», y era seguir diciendo «mi novio.» El segundo factor era la convivencia en solterÃa. Vivir en pecado, como dirÃa mi abuela. Por descontado que independizarse era algo positivo, el primer gran paso hacia la madurez que toda la sociedad aplaudÃa, pero en el ambiente en el que me habÃa criado yo eso ocurre si eres hombre, y si eres mujer, solo si te has ido al extranjero una temporada y tan lejos de tu familia que no te ha quedado más remedio. Por suerte, y aunque tampoco casaba con su educación, mi padre nunca me echó en cara que me buscase un apartamento a los veintiocho, y si le molestó que lo dejase para instalarme en uno más grande, con mi novio, se esforzó mucho por no hacérmelo notar. En cambio, la madre de Alberto puso el grito en el cielo y no se cortó a la hora de recriminármelo. A mÃ, claro, porque era evidente que su hijo, el pobre, pobrecito, seguÃa siendo el caballero que ella habÃa educado y yo una malÃsima influencia que le llevaba por el mal camino.
—¿No te das cuenta —me sermoneó indignada el dÃa que les anunciamos nuestra inminente convivencia— de que todo el mundo hablará de vosotros? ¿De mÃ? ¿De que un López de Pineda se ha ido a vivir por ahà con una chica? Yo no soy tonta, Elena, ni estoy ciega. Entiendo que los tiempos han cambiado y que los jóvenes tenéis más libertad ahora. Y me parece bien, fÃjate lo que te digo. Pero lo que no me entra en la cabeza es esa modernez de irse a vivir juntos sin casarse, como los pobres. ¡Es absurdo! Si vais a dar ese paso, ¿qué os cuesta casaros? ¿Formalizarlo como es debido? Aunque sea por respeto hacia vuestros mayores, que tanto nos hemos esforzado por inculcaros ciertos valores; ¿o es que no te importa avergonzar a tu padre?
Alberto, que llevaba varios dÃas nervioso, advirtiéndome de la que sabÃa serÃa la reacción de su madre, pero que me habÃa jurado estar seguro y preparado para afrontarla, se fue amustiando con cada gimoteo materno, para acabar callado, la vista fija en el suelo y la mirada abochornada.
—Mi padre no se avergüenza por tonterÃas, Marga —zanjé antipática—, y de verdad que no entiendo por qué le das tú tanta importancia. Que yo sepa, ser un López de Pineda hace años que ha dejado de significar algo.
No me hizo falta el respingo de Marga para darme cuenta de que habÃa sido impertinente y maleducada —algo que, por cierto, a mi padre sà le habrÃa avergonzado—, pero con Alberto a punto de claudicar, que lo veÃa venir, y pedirme que nos casáramos para contentar a la bruja —si, total, no era más que un trámite y nuestra vida no iba a diferir mucho de la de cualquiera de nuestros amigos casados—, me pudo la soberbia. O ella o yo, me dije, y ya sà que no hubo quien me sacase de mis trece.
Un año después de aquella conversación, Marga no me habÃa perdonado el descaro. Lo sé porque dejó de insistir en que nos casáramos. Y no por deferencia hacia mi decisión, como pretendÃa venderme Alberto intentando que en la relación entre las dos mujeres de su vida brotase algo de simpatÃa, sino por puro pragmatismo. Desde ese dÃa, me consta que la madre de mi novio empezó a alimentar la esperanza de que su hijo recapacitase y se buscara a otra que se muriese por tenerla como suegra. Lo que todos ellos no sabÃan —y yo no iba a reconocer ni muerta— era que, en el fondo, tenÃan razón. Lo único que diferenciaba mi vida con Alberto de la de cualquiera de nuestros amigos eran un simple anillo y una foto enmarcando el suceso de su entrega en la cómoda del salón. Asà que seguir empeñada en no casarme con él se habÃa convertido en nada más que un capricho, la tenacidad infantil y arrogante por exhibir en público mi dominio sobre Alberto que, dócil y perfecto, me correspondÃa con amorosa sumisión. «Yo solo quiero estar contigo, Elena —me decÃa—, y no me importa si para eso solo valen tus reglas.»
Supongo que con esa proclamada unilateralidad sentimental no será difÃcil imaginarme aquella mañana, apoyada en el marco de la puerta de mi habitación con la sensación casi fÃsica de que los cinco últimos aÃ
